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7 diciembre 2012 5 07 /12 /diciembre /2012 00:26

La Homilía de Betania: Domingo II de Adviento, 9 diciembre de 2012

1.- DIOS NOS LLAMA A LA CONVERSIÓN

Por José María Martín OSA

1.- Juan Bautista, un personaje singular. El eco de la predicación de Juan Bautista ha llegado hasta nuestros días en este segundo Domingo de Adviento. Juan Bautista es un personaje singular, fiel siempre a su vocación y a su misión con humildad. Ni siquiera "se sentía digno de soltar las correas de las sandalias de aquel" a quien anunciaba. Pero aún atrae más su sentido espiritual, el mensaje ascético de Juan. Es un mensaje que se hacía durísimo con los poderosos: "No te es lícito vivir con la mujer de tu hermano"; cortante con los fariseos: "Son una raza de víboras"; fuerte con los soldados: "No hagáis extorsión a nadie y conténtense con la paga"; suplicante con los publicanos: "No pidáis más de lo tasado". Y todo esto, consciente de que estaba "preparando los caminos del Señor", "enderezando las sendas", Nos hace falta Juan en nuestros días. En estas ciudades rebosantes de multitudes, de muchedumbres informes y masificadas, en estas ciudades que, bajo otros aspectos, son verdaderos desiertos, está haciendo falta que aparezca Juan con su mensaje: "Yo soy la voz del que clama en el desierto".

2.- Necesidad de conversión. Juan iba al grano y sin rodeos en su papel de precursor: Hay que cambiar, hay que convertirse. Porque “el hacha está tocando ya la raíz, y todo árbol sin frutos será talado y echado al fuego". Él nos invita también a ti y a mí, diciéndonos con potente y penetrante voz: ¡Endereza tus pasos! ¡El Señor viene, y ya está a la puerta!". Sí, el Señor que vino hace dos mil años y que vendrá al final de los tiempos, viene también a nosotros en el hoy de nuestra historia y de muchas formas se acerca para tocar suave o fuertemente a la puerta de nuestros corazones. Por tanto: ¡despójate de la impaciencia con que sueles tratar a algunas personas y revístete de la paciencia, tratando a todos con máxima afabilidad! ¡Despójate del egoísmo y apego a los bienes materiales para revestirte de actitudes de generosidad y desprendimiento! ¡Despójate de la insensibilidad frente a las necesidades del prójimo y revístete de la caridad que se hace concreta en actitudes e iniciativas de solidaridad! ¡Despójate de los chismes, de la difamación, de la calumnia, de hablar mal de personas ausentes!

3.- Nuestra tarea es preparar los caminos del Señor: "que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale". ¿Cuál nuestra colina? Quizá sea nuestro orgullo y nuestra autosuficiencia. El gran pecado del hombre actual es prescindir de Dios y creerse él mismo el todopoderoso. Pero podemos también vivir sin valorarnos, con una falsa humildad y abatimiento. Por eso se nos dice que nos levantemos y reconozcamos los dones que Dios nos ha dado para ponerlos a disposición de los hermanos. A veces nos empeñamos en caminar por caminos tortuosos o escabrosos. Dios quiere que eliminemos los baches y las curvas que nos desvían de la senda verdadera. Prepara los caminos al Señor y le abre la puerta quien con humildad reconoce que necesita del Señor y endereza sus pasos torcidos, quien se convierte de su mala conducta, quien abandona el camino del mal y de la mentira para recorrer el sendero del bien que conduce a la Vida. Prepara los caminos al Señor quien se afana seriamente en quitar todo obstáculo del camino, despojándose de todo lo que retarda o impide su llegada a nuestra morada interior. Prepara los caminos al Señor y le abre la puerta quien se esfuerza en "rellenar los valles y abismos", quien con sistemático trabajo lucha para se acaben las desigualdades y triunfe de una vez para siempre la justicia.


2.- ES TIEMPO DE PURIFICACIÓN

Por Antonio García-Moreno

1.- LO GRANDE DE LO PEQUEÑO.- Todo tiene fin en esta vida, también los dolores y los sufrimientos. Jerusalén era como viuda llena de tristeza, afligida, enlutada. Fueron descuajados sus cimientos de gran ciudad asentada sobre el monte Sión, el monte de Dios donde se recostaba vestida de vistosos mármoles. Sus moradores han sido deportados lejos, allá junto a los ríos de Babilonia. Pero ya está todo para terminar.

El profeta exulta de gozo y grita con voz urgente: "Jerusalén, despójate de tu vestido de luto y de aflicción y viste las galas perpetuas de la gloria que Dios te da; envuélvete en el manto de la justicia de Dios y ponte en la cabeza la diadema de la gloria perpetua, porque Dios mostrará tu esplendor a cuantos viven bajo el cielo...".

"Ponte en pie, Jerusalén, sube a la altura, mira hacia Oriente y contempla a tus hijos...". Por los anchos caminos de los aires, de los mares y las tierras siguen marchando los enviados de Dios, los misioneros de la verdad, del amor y de la paz, de la justicia. El Oriente, lejano y misterioso, se ha llenado una vez más con la abundante semilla de la palabra de Dios. Y Occidente, el viejo padre de la cultura y la ciencia, se siente esperanzado en medio de las mil negras noticias que surcan las ondas del espacio... Y nosotros, los hijos de la nueva Jerusalén, la Iglesia de Cristo, queremos contribuir a esa siembra de esperanza con nuestra vida pequeña de siempre, pero grande y hermosa si la vivimos con fe, muy unidos a Cristo.

Un espectáculo grandioso: se han abierto nuevos caminos en la tierra. Dios ha intervenido y por medio de los montes las aguas han pasado. Para que Israel –también nosotros los cristianos- caminemos con seguridad, con paso decidido y firme, con la cabeza alta y el corazón lleno de canciones.

El trabajo, la lucha por la subsistencia, el afán de progreso y desarrollo, el angustioso pluriempleo, la absorbente familia, el juego azaroso y rudo de la política... Todo puede y debe servir para llegar a Dios. Él ha señalado la ruta, la ha marcado con su propio caminar, cruzando muchas veces durante treinta años ese itinerario humano que se ha hecho divino.

Guíanos, Señor, con tu luz y con tu fuerza. Para que sepamos descubrir el sentido extraordinario de nuestra vida ordinaria, el valor grande y divino de todo lo pequeño y humano.

2.- VERACIDAD HISTÓRICA.- Todos los evangelistas nos transcriben los hechos ocurridos con fidelidad, sin faltar en lo más mínimo a la verdad. La historicidad de los Evangelios es una doctrina que siempre ha sostenido la Iglesia, a pesar de los ataques que a lo largo de los siglos se ha venido haciendo contra los textos sagrados. En el pasaje de este domingo tenemos una prueba suficientemente clara de esa preocupación por narrar los acontecimientos, tal como ocurrieron.

Es cierto que los autores inspirados trataban ante todo de despertar la fe en sus lectores y oyentes, exhortarles para que creyesen en Jesucristo, mejorasen sus vidas y alcanzaran así la salvación. Por eso precisamente los primeros evangelizadores expusieron lo que ocurrió como testigos directos que sabían que era verdad cuanto contaban. Y cuando el que narra los hechos sobre la vida de Jesús no era un testigo presencial, como en el caso de san Lucas, trata de informarse cuidadosamente indagando y preguntando a los que vivieron con el Señor. En efecto, así nos lo dice con toda claridad el evangelista en el prólogo de su evangelio. Y así lo vemos en este pasaje que contemplamos, dónde da una serie de datos concernientes al tiempo preciso en que el Bautista comienza su predicación.

Los personajes que nombra, el emperador Tiberio, el gobernador de Judea Poncio Pilato, los tetrarcas o virreyes Herodes Antipas, Filipo o Felipe y Lisanias o Lisanio, son todos personajes que existieron y que fueron coetáneos a Jesucristo. De este modo, el hecho de la Redención se sitúa con exactitud en el tiempo, haciéndonos entender la veracidad histórica del Evangelio.

También el Bautista es un personaje que, lo mismo que los anteriores, está atestiguado por otros autores ajenos al cristianismo. Así Flavio Josefo nos refiere el ministerio del Precursor y la veneración de que fue objeto por parte del pueblo judío de entonces. Un dato más que nos ha de confirmar y fortalecer en nuestra fe acerca de cuanto nos narran los Evangelios. Al mismo tiempo, esas palabras que nos permiten conocer mejor a Jesucristo, han de despertar en nosotros un amor más profundo y comprometido, una fidelidad cada día más delicada en el cumplimiento de la voluntad divina.

Eso es, en último término, lo que interesa: conocer mejor a Dios y amarle sinceramente con una entrega total y gozosa a sus planes de salvación. Recordemos que estamos en Adviento, con una actitud de espera activa que se esfuerza por tenerlo todo a punto para cuando llegue el Señor. Es tiempo de purificación en el que hemos de intensificar el espíritu de oración y penitencia. Supliquemos, por tanto, a Dios que nos envíe al que ha de venir y que abra de nuevo el cielo y descienda hasta nosotros el Salvador.


3.- EL BAUTISMO DE CONVERSIÓN

Por Gabriel González del Estal

1.- Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados. En tiempos de Juan el Bautista, a orillas del río Jordán, Juan practicaba un bautismo de conversión: cuando una persona se convertía acudía a Juan para que éste le bautizara y así se le perdonaran todos los pecados de su vida pasada. La conversión personal era un requisito previo y necesario para poder recibir eficazmente este bautismo. Hoy, nosotros, los cristianos que nos estamos preparando para la Navidad cristiana, ya estamos bautizados en el bautismo de Cristo, es decir en el bautismo del Espíritu Santo. Por tanto, para que se nos perdonen los pecados no necesitamos, ni podemos, bautizarnos de nuevo; lo que sí necesitamos es convertirnos. La conversión personal sigue siendo hoy, como entonces, condición indispensable para que se nos perdonen los pecados. Sin conversión no puede haber absolución de los pecados. Este es, pues, el propósito y la tarea que debemos realizar en este tiempo cada uno de nosotros: la conversión personal. Si, como dice la Escritura, hasta el justo peca siete veces al día, es evidente que todos los días necesitamos convertirnos. La conversión cristiana es una tarea que nos dura toda la vida. Y no debemos olvidar que la conversión no es una tarea sólo de palabras o intenciones, sino de hechos y buenas obras. En esta vida nunca llegaremos a ser perfectos del todo, pero sí podemos cada día ser un poco mejores que el día anterior. Esta es, como digo, una buena tarea que nos debemos proponer para este tiempo de Adviento: ser cada día un poco mejores que el día anterior, para así poder llegar a la Navidad con el alma limpia y convertida.

2.- Una voz grita en el desierto: Preparad el camino del Señor. Es el mismo Juan, con palabras del profeta Isaías, el que nos dice cómo debemos preparar el camino del Señor: allanando los senderos, elevando los valles, rebajando los montes y colinas, enderezando lo torcido e igualando lo escabroso. Sólo así podremos ver la salvación de Dios, sólo así Dios podrá llegar hasta nosotros. El profeta Isaías hablaba de senderos, valles, colinas y montes físicos, nosotros debemos pensar hoy en senderos, valles, montes y colinas psicológicos y espirituales. Corregirnos de aquellas costumbres y hábitos torcidos y equivocados, levantar nuestro ánimo y tono espiritual, rebajar un mucho nuestro egoísmo y nuestro orgullo, desbrozar con tesón los caminos del alma, hasta dejarlos limpios de la broza de nuestros vicios y pasiones. El camino del Adviento cristiano debe ser el camino de Jesús, el camino del que quiso ser nuestro Camino, nuestra Verdad y nuestra Vida. Sólo así podremos llegar a la Navidad con el alma limpia y preparada.

3.- Que vuestro amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores. San Pablo se mostró siempre muy agradecido a la comunidad cristiana de Filipos, porque esta fue la primera que le ayudó económicamente, cuando él se encontraba en dificultad económica para poder seguir viajando y predicando el evangelio. Pero lo que más le alegra a Pablo es ver que esta comunidad sigue siendo fiel al evangelio que él les predicó. Por eso siempre les recuerda con alegría y les pide ahora que no decaiga su amor, apreciando cada día más los valores del evangelio. Esta recomendación paulina nos viene bien también a nosotros en este tiempo de Adviento: que crezcamos cada día en penetración y en sensibilidad para descubrir cada día más y más el valor del evangelio de Jesús. Frente a tantos falsos valores como nos propone hoy constantemente la cultura y la sociedad en la que vivimos, el valor del evangelio debe seguir siendo para nosotros el principal y único valor absoluto. Así llegaremos “limpios e irreprochables, cargados de frutos de justicia” al día de Navidad.

Fuente: www.betania.es

 

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