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11 diciembre 2013 3 11 /12 /diciembre /2013 02:39

La Homilía de Betania: Tercer  Domingo de Adviento.

1.- TIEMPO DE ALEGRÍA: YA LLEGA…

Por José María Martín OSA

1.- Motivos para la alegría. Estamos en el Tercer Domingo de Adviento, llamado así por la primera palabra del Introito de la Misa (Gaudete, es decir, Regocijaos). El Domingo de Gaudete hace un alto en el camino del Adviento: el Señor está ahora aquí y al alcance de la mano. Isaías anuncia el gozo de la liberación a los desterrados que el Señor trae. Sus signos coinciden con los del Evangelio. Los discípulos de Juan descubrieron a Jesús por sus obras: "los ciegos ven, los inválidos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio". San Agustín comenta que es como si Jesús dijese "Ya me veis, reconocedme. Ved los hechos, reconoced al hacedor". Cuando nos acercamos a la celebración del Nacimiento de Jesús, la palabra de Dios nos está recordando cómo las profecías han sido ya cumplidas, que estamos en lo que los teólogos llaman el "ya, pero todavía no". Con el domingo del "Gaudete" recordamos que la vida del Reino, es ya una realidad, a pesar de que ésta no se puede vivir aun en plenitud. Nuestro compromiso en esta Navidad es que cada día sea más un "ya", y menos un "todavía no".

2.- Adviento, un tiempo privilegiado para la paciencia. La paciencia es fruto del amor. Sin embargo, el hombre es con mucha frecuencia impaciente, ya que inconscientemente busca la eficacia, desea palpar resultados tangibles. "La venida del Señor esta cerca. Tened paciencia, hermanos", nos dice Santiago en su carta. Creemos que Jesús, el que vino, es también el Señor que ha de venir. Entre una y otra venida se abre un espacio para la fe y para las obras, para escuchar y practicar la palabra de Dios, para volvernos los unos a los otros y cumplir el mandamiento del amor. La venida del Señor no está en nuestras manos y no podemos precipitarla con un golpe de fuerza. Pero sabemos que vendrá. Esta confesión resonaba entre los primeros cristianos como una liberación inminente, que se iba a producir de un día para otro. El tiempo fue corrigiendo el error de la comunidad apostólica. La misma confesión ha adquirido así nuevas resonancias. El Señor está cerca, pero lo que de El nos separa no es la distancia del tiempo, ni la magnitud de su grandeza, sino la pobreza de nuestra fe, los afanes del mundo y de la riqueza, junto con la inconsciencia. Estos obstáculos nos alejan de El, encerrándonos en el egoísmo, la mentira, la insolidaridad o la desesperación. Está cerca en el pobre y en el que sufre. Está cerca en la naturaleza, huella y obra del Creador y está, sobre todo, en nuestro interior profundo.

3.- "¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?". El hombre necesita salir de sus angustias, superar sus preocupaciones; y cuando no puede hacer esto por sí mismo busca a alguien que le libere de sus problemas. En esta situación de impotencia el hombre busca "salvadores", y en ellos pone sus esperanzas, sus ilusiones. Pero todos estos "salvadores" ¿son el verdadero salvador que necesitamos? El evangelio de hoy nos da la clave para saber si estos salvadores son el verdadero salvador. ¿Qué respuesta pueden dar los abundantes salvadores de nuestro tiempo a esta pregunta? Nuestros pequeños salvadores de hoy son capaces de resolver problemas, pero son incapaces de salvar al hombre en su totalidad. ¿Son éstos los que tenían que venir? ¿O tenemos que esperar a otro? Juan estaba en la cárcel. El hombre hoy se encuentra cautivo de muchas cosas. Juan espera el Reino de Dios y se preguntaba por el Mesías. El hombre hoy espera el cambio y se pregunta por las personas, movimientos o iglesias que lo hagan posible. Jesús lo hace realidad con sus obras. Traducido a nuestro tiempo, el Reino de Dios estará con nosotros cuando:

-Se valore a la persona por encima de las cosas;

-Se acabe la injusticia, el paro y el hambre

-La persona no sea explotada o marginada;

-No se viva bajo el signo de la tristeza o el miedo;

-La amistad y la solidaridad sean algo más que palabras;

-La naturaleza no sea violada ni destruida;

-La palabra prevalezca sobre las armas,

-Se ofrezcan razones válidas para vivir y morir;

-El ser y el sentir, la verdad y el amor sean los valores primeros.


2.- JUAN FUE UN TESTIGO FIEL

Por Antonio García-Moreno

1.- NUESTRA TIERRA SE ALEGRARÁ.- Canta el profeta Isaías las grandezas de los tiempos mesiánicos. En medio de las dificultades, en medio de las tinieblas que envuelven su época, brota su palabra luminosa, llenando los corazones de alegría, disipando miedos y colmando el alma de paz.

Aquellos campos áridos, aquellos paisajes desnudos, aquella tierra seca, tierra mostrenca, estéril como la arena. Un día se obrará el prodigio. Florecerá, reverdecerá, dará copiosos frutos, ubérrimos frutos. Será un bosque de cedros altos como los del Líbano, brotarán flores, como en el valle del Sarón, como en el monte Carmelo.

Tierra nuestra, vida nuestra, tan seca a veces, tan estéril, tan árida. Esta sensación de inutilidad, esta impresión de estar sin nada que presentar ante Dios y ante los hombres, este miedo a no haber hecho nada por Él, nada que tenga realmente valor a la hora de la verdad. Tierra nuestra, seca y pobre, un día Dios realizará, también contigo y conmigo, el prodigio de una maravillosa primavera, un florecer prometedor de ricos frutos. Y ya no quedarás baldío, y no sentirás el temor de pasar toda la vida sin pena ni gloria.

Manos desfallecidas, rodillas vacilantes, corazón apocado. Miedo y timidez, aprietos del alma, angustia del corazón. Sentimientos indefinidos que a veces atenazan el espíritu, que ahogan hasta robar la tranquilidad. Siempre el hombre ha vivido entre peligros y apuros, entre riesgos y pesares, entre prisas e incertidumbres. Sin embargo, es un hecho irrefutable que el ritmo de la vida ha crecido notoriamente, es indudable que el bullicio del vivir, la vorágine de la existencia humana ha aumentando.

Y paralelamente aumentan las neurosis, los infartos de miocárdico, los complejos, los miedos, las dudas, esa angustia vital que arrastra mecánicamente a los hombres, siempre con prisas... ¡Valor! No temáis, he ahí a nuestro Dios. Viene la venganza, viene la retribución, viene Dios mismo y nos salvará. No te intranquilices, no te apures, no te angusties. Ten confianza en el amor y en el poder de Dios. Que son tan grandes, tan grandes que se alargan hasta el infinito. Y siempre puedes estar seguro del Señor, sin que nada rompa el equilibrio de tu vida, sin que nada te preocupe seriamente, sin que nada te robe el sueño.

2.- LA VIOLENCIA DE LOS SIGNOS.- Siempre ha sido arriesgado decir la verdad. Por esta razón los profetas solían ser perseguidos y encarcelados, incomprendidos y objeto de burla... La liturgia de Adviento nos vuelve a presentar la figura del Bautista. Hoy lo vemos metido en prisión por mandato del rey Herodes. Su vida disoluta y, sobre todo, sus amoríos con la mujer de su hermano habían provocado la denuncia abierta del Precursor. El rey al parecer le tenía cierto respeto, le escuchaba aunque luego no le hiciera caso alguno. Pero Herodes no podía soportar que aquel hombre, surgido del pueblo, la insultara impunemente. Día llegará en que pueda vengarse y eliminarlo de una vez... Sólo la muerte pudo apagar la voz de Juan que decía la verdad.

Hoy también hay hombres y mujeres que son perseguidos y encarcelados por defender y pregonar la verdad. Hoy también hay sonrisas y palabras de burla ante los voceros de Dios, insultos descarados o encubiertos al paso de un sacerdote, que no tiene reparo en aparecer como lo que es, un signo ostensible, incluso llamativo, que proclama con sólo su presencia un mensaje divino de perdón y de misericordia, que ofrece abiertamente el camino de la salvación eterna. En un mundo paganizado y desacralizado, viene a decir el Papa, es preciso dar relieve a cuanto significa un vestigio de lo sobrenatural.

No podemos avergonzarnos de ser cristianos, no podemos camuflar nuestras ideas, no podemos traicionar nuestra fe, ni nuestra esperanza, ni nuestra caridad. El Evangelio es un mensaje que exige ser proclamado, que no es compatible con el silencio o con una anuencia conformista. Es cierto que no hay que provocar situaciones límites de tensiones inútiles, es verdad que nunca podemos ser cerriles ni fanáticos, pero también lo es que no podemos conformarnos con lo que contradice a nuestro Credo, ni aceptar como bueno o como indiferente lo que desdice de la Ley de Dios. Y hay que obrar así aunque se nos señale con el dedo, aunque vengamos a ser un signo molesto o incluso chirriante que crispa a quienes opinan lo contrario.

Juan fue un testigo fiel, un signo claro de la verdad que proclamaba. Por eso Jesús elogia su fortaleza en el cumplimiento de su misión. Nada pudo doblegarlo, ante nadie se inclinó. Fue recto y consecuente, prefirió la persecución, la cárcel y la muerte, antes de claudicar. El Reino de los cielos, nos dice, sufre violencia y sólo los violentos podrán conseguirlo. A primera vista podría parecer que el Señor justifica y aconseja la violencia como tal. Pero no es ese el sentido de sus palabras. Por el contexto podemos decir que Juan es un ejemplo claro de lo que significan las palabras del Señor. La violencia del Precursor fue la de sus palabras, la que ejerció contra sí con una vida penitente y austera, la violencia de la persuasión y de la inmolación del propio egoísmo, la violencia de los signos que él no ocultaba.


3.- LA SEÑAL DEL VERDADERO MESÍAS

Por José María Maruri, SJ

1.- En medio de un desierto de piedra calcinada por el sol. Se alza tenebrosa como una amenaza a toda esperanza y libertad la fortaleza de Maqueronte. Y en una de sus mazmorras vive malamente Juan el Bautista. Hombre duro, recio como hecho de raíces de encina.

En la soledad, Juan medita las noticias que le van llegando de ese Jesús en el que él quiso reconocer el Mesías prometido por los profetas. Juan ha predicado un Mesías que viene a tomar cuentas a los hombres, a bautizar con agua y fuego purificador, un Mesías con el hacha en la mano dispuesta a cortar las raíces de los árboles podridos y sin esperanzas de vida.

Y las noticias que sus discípulos le traen de un Jesús, humilde de corazón, no concuerdan con su imagen del Mesías. No sabemos si la duda fue suya o fue de sus discípulos. Una crisis de fe no le quita, desde luego, nada de santidad. Sea como sea, envía a dos de sus discípulos a Jesús para preguntarle si Él era el Mesías o había que esperar u otro.

2.- Y contra las ideas de un Mesías justiciero, purificador, que viene a reunir a los buenos y castigar a los malos, Jesús responde a Juan: “No temas, yo soy el Mesías que tu has anunciado, pero no como lo has anunciado”. Y con palabras de Isaías --que acabamos de oír—le da la señal del verdadero Mesías. Y es que la benignidad y misericordia de Dios se ha manifestado con los que más lo necesitan, con los enfermos, con los pobres, con los ignorantes… ¡Y dichoso el que no se siente defraudado por mí!

3.- Este evangelio nos cuestiona a nosotros nuestra idea de Dios. ¿El Dios que nosotros pensamos y creemos es el que Jesús ha venido a predicar? Dios ha querido manifestarnos su verdadero rostro, su belleza, como dice Isaías, y a través de la naturaleza y luego de los profetas ha sido enseñando a los hombres. Y cuando ya ha visto que así no llegábamos a tener una imagen verdadera de Él, nos envía a su Hijo, que le conoce bien como Hijo, y que como Verbo, Palabra y Ciencia de Dios es todo lo que sabe Dios de Si mismo para que nos enseñe.

Cuántas veces nos defrauda Dios cuando deseamos su rápida intervención en el mundo para acabar con las injusticias, cuando deseamos un justo castigo para los que pensamos pecadores e indignos de vivir entre nosotros, cuando le pedimos que aclare situaciones dentro de la misma Iglesia, que no coinciden con nuestra manera de pensar. Nos defrauda Dios porque no está siempre con el hacha en alto para acabar con los malvados y los pecadores, con los que llamamos ateos.

Y el rostro que Jesús nos manifiesta de Dios es totalmente contrario:

--es Dios que deja las 99 ovejas en el redil para ir detrás de la descarriada.

--es el médico que corre a sanar al enfermo, porque los sanos no tienen necesidad de curtación.

--es el Dios paciente, el labriego que sabe que la semilla del Reino echada en tierra tarda en dar fruto, pero que al fin lo va a dar.

--es el Dios al que no le importa que le llamen comilón y borracho porque se va a comer con los pecadores.

--es un Dios que no viene a dar un grito de guerra, sino a mantenerse escondido bajo la entrañable forma de un niño recién nacido. O a quedarse en los sagrarios de nuestras iglesias.

Más aún, es un Dios que no solamente Él mismo se ha hecho hombre, sino que se ha escondido en los demás hombres y quiere que le busquemos en ellos, sirviéndolo a Él cuando servimos a los hermanos y a las hermanas. “El que recibe a uno de estos pequeños a Mí me recibe… y cuando visitasteis al enfermo, al triste, al encarcelado, a Mí me visitasteis.

Esta es la verdadera imagen de nuestro Dios y si tenemos otra distinta sigamos el ejemplo de Juan el Bautista que supo distinguir la imagen que se había hecho él mismo del Mesías, de la que era verdadera. Y creyó y dio su vida por cumplir su misión de profeta, del más grande de los hombres nacidos de mujer.

 

Fuente: www.betania.es

 

 

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