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La Homilía de Betania: XIV Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo C.7 de julio de 2013

1.- COMO CORDEROS EN MEDIO DE LOBOS

Por Gabriel González del Estal

1.- El cordero por excelencia, el cordero de Dios es Cristo. Lo mismo que Cristo predicó su evangelio en medio de una gran indiferencia por parte de la mayoría, de una hostilidad por parte de bastantes y de una entusiasta acogida por parte de sólo unos pocos, así nosotros tendremos que predicar el evangelio de Jesús. Nosotros deberemos hacerlo como corderos, es decir, con humildad y mansedumbre, predicando siempre la paz, la justicia y el amor. No deberemos desanimarnos si la respuesta de los que nos escuchan es la indiferencia, o la sonrisa burlona, o la franca hostilidad. Si eso fue lo que le ocurrió a Cristo es probable que a nosotros nos ocurra algo parecido. Los lobos, en nuestra sociedad, son menos montaraces, pero no menos agresivos que los lobos del tiempo de Cristo. En nuestra sociedad secularizada y, en gran parte, anticlerical, los lobos de turno van a intentar mordernos acusándonos de anticuados, de anticientíficos, de enemigos del progreso. Nosotros, con humildad y mansedumbre, deberemos predicar el verdadero progreso del espíritu, la verdadera ciencia del ser humano, el camino más actual y seguro para alcanzar la verdadera felicidad. Y deberemos predicar todo esto en nombre de Cristo, presentando a Cristo como el hombre modelo y ejemplo de lo que debe ser el hombre actual, en su continuada búsqueda de la felicidad.

2.- Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. A San Pablo no le gustaba sufrir así porque sí; huía del sufrimiento inútil y estéril, pero aceptaba con alegría el sufrimiento que era consecuencia necesaria de la predicación del evangelio de Cristo. Es más, sabía que lo que le salvaba no era el cumplimiento de la Ley judía, sino su fidelidad a Cristo, una fidelidad que le proporcionaba continuos sobresaltos y sufrimientos. A estos sufrimientos, a estos sobresaltos, es a lo que San Pablo llama la cruz de Cristo y de llevar esta cruz es de lo que él está más orgulloso. El sufrimiento que se deriva necesariamente del cumplimiento de nuestra fidelidad a Cristo es siempre un sufrimiento que salva, un sufrimiento redentor. El sufrimiento, como el fuego, puede purificar o destruir; nosotros debemos aceptar no sólo con resignación, sino con alegría, el sufrimiento que purifica. Porque la vida humana es un continuo camino de purificación y sólo se puede caminar hacia la perfección aceptando el sufrimiento y el dolor necesario. También nosotros debemos decir como San Pablo: La paz y la misericordia de Dios vengan sobre todos los que se ajustan a esta norma.

3.- Así dice el Señor: yo haré derivar hacia ella, como un río, la paz. Como sabemos, el profeta Isaías es el gran cantor de la esperanza en un Dios Padre y Madre. Lo hace en términos poéticamente bellos, con metáforas deslumbrantes que nos hablan de lobos y corderos amigos, de niños que juegan con serpientes, de cojos que andan, o de ciegos que ven. Todo esto, dice, lo hará Dios con los que esperen en él y se fíen de él. En este caso, el texto se refiere a la nueva Jerusalén, en la que se notará la fuerza y el poder de Dios de tal modo que “al verlo, se alegrará vuestro corazón y vuestros huesos florecerán como un prado”. Pensemos que la nueva Jerusalén puede ser cada uno de nosotros, si sabemos fiarnos de nuestro Padre Dios.


2.- EVANGELIZAR CON EL TESTIMONIO DE VIDA

Por José María Martín OSA

1.- Aceptar o rechazar el mensaje. Las lecturas de hoy nos muestran la diferencia entre los que aceptan el mensaje de Dios y los que lo rechazan. En Isaías, el profeta proclama la paz y bondad que Dios le dará a su pueblo si son fieles a la Alianza, pero ellos son responsables si se alejan de Dios. En Lucas, Jesucristo manda a los setenta y dos discípulos a los pueblos antes de que llegue El. Les manda llevar paz y curar a los enfermos. Pero respecto a los pueblos que rechazan al evangelio, Jesús le dice a sus discípulos que sacudan el polvo de sus pies «en señal de protesta» contra tales pueblos. La decisión libre que rechaza el evangelio trae separación de Dios. Somos nosotros los que nos alejamos, no es Dios el que nos abandona. Hemos de reconocer las consecuencias de rechazar el Evangelio. Cuando reconocemos esas consecuencias, reiteramos la urgencia de aceptar la invitación de vivir el Evangelio. Hacen falta testigos de esa ternura y consuelo de Dios que recuerda la primera lectura de hoy, testigos humildes y poseídos de la fuerza del Espíritu que viene en ayuda de la debilidad humana

2.- Somos criaturas nuevas gracias a Jesucristo. En la carta a los Gálatas, San Pablo se gloria solamente en la cruz de Jesucristo. Somos criaturas nuevas. Pablo da el ejemplo del cristiano que sabe que la cosa más importante y clave en la vida es Jesucristo. Todas las otras cosas del mundo merecen, en comparación, indiferencia. Al rechazar el evangelio nos engañamos a nosotros mismos. No es Dios quien nos condena, somos nosotros mismos. Por eso, en la sociedad de hoy, los cristianos tienen que estar preparados para no dejarse engañar por los que rechazan el evangelio.

3.- El texto de Lucas nos recuerda la urgencia de anunciar el Evangelio desde la comunidad. Jesucristo mismo envía a los setenta y dos discípulos y los manda de dos en dos. En el mundo de la fe no existe el individualismo. No existe el evangelizador por libre. De dos en dos, para que el camino sea más llevadero, para que se ayuden uno a otro, para que lo que prediquen sea un testimonio contrastado. En todo proyecto o viaje humano siempre tenemos que tener bien claro lo que debemos de llevar según el punto de destino y las características concretas. Jesús, en cambio, nos deja bien claro lo que no tenemos que llevar en el camino de la evangelización. No llevemos lo que nos puede dar una seguridad aparente. Hay cristianos que piensan que el cristianismo se tiene que equiparar a una ONG de nuestro tiempo. Creo que no han entendido en profundidad cuál es el mensaje ni cuál es su finalidad. El Evangelio es desposeerse de todo para tenerlo todo. Cristo no suele "dorar la píldora", a sus seguidores, no les augura un "camino de rosas". Al contrario, les dice y repite que "el que quiera seguirle, tome su cruz". Pero hay algo, que conviene recordar enseguida: Dios no abandona nunca a los suyos, siempre va a su lado.

4.- Todos somos llamados a evangelizar con nuestra vida. Dice el evangelio que los setenta y dos volvieron contentos y dijeron: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre". Más de una vez nos ha invadido este tipo de alegría. Jesús nos dice: "No estéis alegres porque se os sometan los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo". Es un buen aliento para cuando nos sentimos fracasados. No debemos olvidarnos nunca de que somos "instrumento" en sus manos. Evangelizar no es la tarea exclusiva de los pastores del pueblo de Dios, ni monopolio de los misioneros de vanguardia. Toda la comunidad eclesial es misionera siempre y en todo lugar. Evangelizar es su misión y su dicha. Con tal de que estemos evangelizados nosotros mismos, todos los cristianos podemos y debemos ser evangelizadores, pues por los sacramentos de la vida cristiana participamos de la misión profética de Cristo. Hoy, más que de conquista se habla experiencia y de testimonio. Es este testimonio de los cristianos lo que mejor puede impactar al incrédulo y al hombre de hoy, harto de propaganda, palabrería y falsos mesianismos. Hoy como ayer, lo que más necesita es el evangelio vivido. Es verdad que hemos de emplear todos los medios a nuestro alcance para difundir la fe, con tal que se avengan con las instrucciones de Jesús en el evangelio de hoy: pobreza y solidaridad, y no avasallamiento y poder. Nuestra misión, hoy como ayer, es ser mensajeros de la paz y la alegría. Los auténticos seguidores y seguidoras de Jesús serán capaces de, en su nombre, lograr la transformación de la vida de las personas y de las realidades sociales en las que viven. El Evangelio no es intimismo, no es buscar el solo bienestar interior sino que es una llamada a salir de nosotros mismos para llevar a los demás la alegría que tenemos en el corazón. ¿Te sientes enviado por Jesús?


3.- TAMBIÉN HOY ES MUCHA LA MIES Y POCOS LOS OBREROS

Por Antonio García-Moreno

1.- SENTIR CON LA IGLESIA.- Jerusalén, capital del antiguo reino de Israel, ciudad codiciada por su historia, por su honda tradición religiosa. Disputada aún hoy por árabes y judíos, siendo su posesión un punto que los hebreos no quieren ni siquiera mencionar. En el Nuevo Testamento queda constituida como símbolo de la Iglesia de Cristo, prototipo de la ciudad de Dios. Desde este ángulo tenemos que interpretar los cristianos cuanto se dice en los libros sagrados acerca de Jerusalén. Hoy nos invita el profeta Isaías a exultar con ella, a llenarnos de gozo cuantos la amamos, todos cuantos somos ciudadanos de esta gran ciudad... Mas para gozar con la Jerusalén victoriosa, es necesario haber sufrido con la Jerusalén oprimida. Es preciso llorar con la Iglesia cuando la Iglesia llora, sufrir cuando ella sufre. Hay que sentir con la Iglesia, latir al unísono con su corazón de madre.

He aquí, dice el Señor, que voy a derramar sobre Jerusalén la paz como un río, la gloria de las naciones como un torrente desbordado. Dios llenará de consuelo a cuantos se encuentren en el recinto de la Iglesia. Como cuando a uno le consuela su madre, dice el Señor, así os consolaré yo a vosotros. Como consuela una madre. No pudo el Señor buscar una comparación más entrañable, más cercana al corazón huérfano del hombre. Como una madre, de la misma forma, con la misma ternura, con el mismo cariño.

Y vosotros lo veréis, sigue diciendo el profeta, y latirá de gozo vuestro corazón, y vuestros huesos reverdecerán como la hierba... Nuevos brotes en estos sarmientos repelados por el paso del tiempo. Nuevos sueños, nuevas ilusiones, un nuevo despertar a la vida de tus ojos, tan apagados ya por los años y las lágrimas.

2.- LA MIES ES MUCHA.- Dios que nos creó sin necesidad de nuestra colaboración, pudo salvarnos también sin que nosotros interviniéramos. Sin embargo, no ha sido así. En la nueva creación que supone nuestra redención, el Señor ha querido que fuéramos colaboradores suyos, que tuviéramos una parte, e importante, en la tarea de nuestra salvación y en la de todos los hombres. En efecto, como dice san Agustín, Dios que nos creó sin nosotros no nos salvará sin nosotros. Cuando Jesucristo redime al hombre, le llama a una vida sobrenatural que implica una respuesta y un compromiso. Así Dios toma la iniciativa en la llamada, pero el encuentro salvador no se realiza sin la respuesta del hombre.

Además de esta participación en la propia salvación, los hombres, porque Dios lo ha querido, tenemos también una participación en la salvación de los demás. En primer lugar llamó a los doce apóstoles para que predicaran el Evangelio, pero también llamó a otros setenta y dos para que fueran delante de Él anunciando su llegada a la gente, preparándolos para recibir al Señor. Aquello no fue más que el principio de una larga historia que se prolonga a lo largo de los siglos. Hoy, de modo particular, se insiste en la responsabilidad de todos, también de los laicos, en la obra de la salvación por medio de la predicación del Evangelio. Así se ha hablado mucho de la llegada a la edad madura de todo aquel que ha sido bautizado.

Se ha profundizado en la responsabilidad personal e intransferible que tiene cada creyente en difundir el mensaje de Cristo, según su propio estado y condición. Es cierto que el modo de predicar el Evangelio en el caso de los seglares no ha de consistir en predicar en las iglesias, o en subirse al ambón a leer una de las lecturas de la misa. Eso está bien -si se hace bien-, pero la responsabilidad de predicar el Evangelio tiene un alcance mucho mayor, una repercusión más comprometida y costosa. Se trata de predicar sobre todo con el ejemplo, presentando un testimonio sincero de vida cristiana y dando la cara cuando sea preciso por la doctrina de Cristo.

Las palabras de Jesús siguen teniendo vigencia. También hoy es mucha la mies y pocos los obreros. Hay que reconocer que en el mundo que vivimos es mucha la tarea y escaso el número de los que son responsables, con seriedad, en esta empresa de transformar el mundo, según la mente de Cristo. De ahí que hayamos de rogar, una y otra vez, al dueño de la mies para que envíe obreros a su mies, para que despierte la conciencia dormida de tantos como se dicen cristianos y no lo son a la hora de dar la cara por Cristo, en esos momentos en los que hay que ir contra corriente y defender a la Iglesia y al Papa, confesar sin ambages, con obras sobre todo, nuestra condición de cristianos.

Fuente: www.betania.es

 

 

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