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11 agosto 2012 6 11 /08 /agosto /2012 03:39

La Homilía de Betania: XIX Domingo del Tiempo Ordinario, 12 de agosto de 2012

1.- JESÚS ES EL PAN QUE DA LA VIDA Y LA FUERZA

Por Pedro Juan Díaz

1.- Las lecturas de esta celebración tienen un profundo tono eucarístico. Las continuas referencias a comer, pan, fuerzas, camino… me llevan a pensar en la vivencia que las primeras comunidades cristianas tenían de la Eucaristía, en concreto, la comunidad Joánica, que es a la que hace referencia el Evangelio de hoy.

2.- La Eucaristía era el momento más importante de reunión de la comunidad. Todo el mundo esperaba el domingo para encontrarse y celebrar con alegría la resurrección de Jesús. Era el momento en el que recordaban la vida de Jesús, confesaban su fe y, a través de la comunión, recibían la luz y la fuerza para afrontar la vida, los siete días restantes hasta el siguiente encuentro. Entre ellos crecía el amor fraterno y las fuerzas para dar testimonio, en sus ambientes, del Señor resucitado.

3.- Los textos de la Palabra de Dios de hoy son muy significativos en este sentido. En la primera lectura, el profeta Elías, cansado y exhausto, escucha de boca del ángel: “¡Levántate, come!, que el camino es superior a tus fuerzas”. Y ese “pan cocido” que encuentra Elías al despertar le dio fuerzas para llegar al monte de Dios, al final de su camino. Y Jesús, en el Evangelio, dice que “el que coma de este pan vivirá para siempre”. Y al celebrar la última cena con sus discípulos, dejó el siguiente encargo: “haced esto en memoria mía”. La Eucaristía, por tanto, es ese “pan” que Jesús nos da para el camino, pero no es un “pan” cualquiera, sino Él mismo. “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”. Jesús es el pan que da la vida y la fuerza.

4.- Estas referencias eucarísticas tienen dos momentos necesarios que las complementan y que también aparecen en la Palabra de Dios de hoy. El primero de ellos es una necesaria confesión de fe. Para reconocer a Jesús presente en la Eucaristía es necesaria la fe en Él, en su Palabra, en su deseo de quedarse con sus discípulos para siempre, de ser alimento para el camino de nuestra vida. Por eso dice Jesús: “Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna”. La fe nos hace ver en este simple pan y vino el Cuerpo y la Sangre de Jesús resucitado, el alimento para la vida eterna. Y esa convicción es la que nos hace fuertes para andar el camino de la vida.

5.- El otro momento viene dado en la segunda lectura, escrita a la comunidad cristiana de Éfeso. Antes comentaba la importancia del encuentro dominical en la Eucaristía para la comunidad de Juan. Por supuesto, también era igual de importante para la comunidad de Éfeso. Lo que viene a decir aquí el autor de la carta es que ese encuentro eucarístico produce en las personas que lo viven un deseo de vivir en una vida nueva. Pero un deseo que no se ha de quedar solo en mero deseo, sino que se convierte en un compromiso por crear unas relaciones más fraternas entre los miembros de la comunidad: “desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos… sed buenos, comprensivos, perdonaos… vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros a Dios”.

6.- A los primeros cristianos les reconocían, precisamente, por estas cosas. Decían de ellos: “mirad como se aman”. La relación entre los miembros de las comunidades cristianas era digna de aquellos que creían en Jesús como Señor. Y eso no se quedaba solo en bonitas teorías, sino que era necesario llevarlo a la práctica y plasmarlo en la vida.

7.- Hoy revisamos nuestra vivencia comunitaria a la luz de esta Palabra de Dios que nos ha sido proclamada. También revisamos nuestra manera de participar en la Eucaristía y el testimonio que damos hacia el exterior. Es necesario preguntarnos si verdaderamente vivimos el encuentro eucarístico como un momento en el que fortalecer nuestros lazos como comunidad y dar un testimonio comunitario a nuestro mundo, o simplemente es un “cumplir” para que Dios “no me castigue”. Pensémoslo detenidamente y hagamos el esfuerzo de cambiar todo aquello que no responde a una vivencia verdadera de la Eucaristía.


2.- NO QUISIERON COMPRENDER A JESÚS

Por Antonio García-Moreno

1.- UN LARGO CAMINO.- Israel estaba bajo el dominio de la reina Jezabel, que persigue con saña a Elías con toda la malicia de su corazón de mala mujer. El profeta de Yahvé la dejó en ridículo ante todo el pueblo, demostró con hechos contundentes que sólo Yahvé era el Dios verdadero y que Baal, el dios de la reina, no era más que una pantomima, un ídolo monstruoso. Aquella humillación la colma de rabia y despecho, y jura que Elías pagará con creces su atrevimiento.

Ya hacía tiempo que el profeta era perseguido, y andaba escondido por las montañas, para defenderse del odio de quienes no le perdonaban su fidelidad a Yahvé. Por eso esta última persecución le llena de cansancio y hastío, harto de tanto sufrir injustamente. "Basta ya, Señor, quítame la vida" -exclama angustiado-.

En él vemos cómo a veces el ser fieles a Dios significa lucha, un combate continuo, una guerra sin cuartel. Ya lo ha dicho Jesús: Quien quiera ser mi discípulo que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que venga en pos de mí... Qué claro es el Señor. Él no engaña, no dora la píldora, manifiesta con franqueza las dificultades que implica seguirle. Es un camino evidente, marcado sin ambigüedades por el caminar mismo de Jesucristo.

Dios tiene exigencias totales para quienes le siguen. El negarse a sí mismo es lo que más cuesta al hombre, dado su egoísmo congénito, su egolatría innata. Además hay que coger la cruz de cada día, es decir, hay que cogerla siempre, llevarla continuamente sobre nuestros hombros, tan inclinados a escurrir la carga. Con ella a cuestas hay que ponerse en camino, andar por una senda estrecha y en ocasiones muy empinada, tratando de superar nuestra tendencia a la quietud y al descanso, al reposo y a no complicarnos la vida.

Después de comer Elías vuelve a sonreír. Una fuerza renovada le anima. Se siente capaz de continuar su rudo camino, recorrer la distancia que le separa del monte de Dios, el Horeb. Ha desaparecido su angustia y su miedo, ese cansancio y tedio de muerte que le atormentaba.

Aquel alimento que Elías comió es figura de otro alimento mucho más rico y poderoso, el Pan de Vida. El Señor dijo que estaría con los suyos hasta el fin de los tiempos y, a través de la Eucaristía, cumple su promesa día a día. Convencidos de esta realidad hemos de continuar nuestro camino, cargados con la cruz, olvidados de nosotros mismos, con la mirada y la esperanza puesta siempre en Dios.

2.- ¿A QUIÉN VAMOS A IR?.- Seguimos contemplando el pasaje evangélico que San Juan recoge en el capítulo sexto de su Evangelio. Fue un acontecimiento que suscitó polémica, y también una ocasión para que Jesús expusiera una doctrina tan importante como la referente a la Sagrada Eucaristía. Sus palabras son claras y contundentes, expresión meridiana de la realidad inefable que constituye el Augusto Sacramento del Altar. Su carne es verdadera comida, alimento espiritual que transmite la vida eterna y alienta, en cierto modo, la vida terrena del hombre. Pan vivo bajado del Cielo que, más aún que el maná, fortalecerá a quienes caminamos por este desierto que es la vida misma.

Pero aquellos hombres, lo mismo que ocurre hoy con tantos otros, no entendieron a Jesús; o, mejor dicho, no quisieron comprenderle. Le criticaron abiertamente y le abandonaron. Este momento, después de los discursos de Cafarnaúm, fue uno de los más decisivos en la vida de Jesús. A punto estuvo de quedarse solo, abandonado incluso de lo más íntimos. Sólo Pedro, siendo el portavoz de los demás apóstoles, hizo un acto de fe al exclamar: ¿A quién vamos a ir, si Tú tienes palabras de vida eterna?

Las mismas críticas de entonces, de una u otra forma, se repiten en cierto modo a lo largo de los tiempos. Hoy también surge la incomprensión y la incredulidad, la actitud crítica ante las exigencias de la fe, que trata de obstaculizar la marcha del Reino de Dios. Sin embargo, el daño que causen será siempre periférico, por muy hondo que pueda parecer. Siempre quedará un pequeño resto tan encendido y vibrante, que consiga mantener el fuego sagrado, y hacerlo prender otra vez en el mundo entero.

Dios está empeñado en que la salvación se lleve a cabo. Él sigue tocando el corazón de los hombres, atrayéndolos de forma irresistible. La gracia divina actúa de forma dinámica y moviliza de mil maneras el corazón humano. Podrá parecer en ocasiones que Dios está ausente, pero no es verdad. Él está cerca de nosotros, atento a nuestras necesidades, presto a socorrernos a pesar de no merecerlo. Dios Padre nos habla a cada uno, y de cada uno espera una respuesta, que nos lleve a vivir siempre muy próximo a Jesús, el único que tiene palabras de vida eterna.


 

3.- EL PAN DE VIDA Y LA FE VIVA EN CRISTO

Por Gabriel González del Estal

1.- Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. San Juan dice, en el evangelio y en sus Cartas, que tanto el pan de vida, como la fe en Cristo, producen el mismo efecto: la vida eterna. Como sabemos, San Juan no describe en su evangelio la institución de la eucaristía, pero en el capítulo sexto habla extensa y profundamente del pan de vida. El pan de vida, nos dice San Juan, nos da la vida eterna. También nos dice San Juan en este mismo capítulo que el que cree en él tiene vida eterna. Para San Juan el pan de vida y la fe viva en Cristo producen, pues, el mismo efecto: la vida eterna. De donde debemos deducir que la fe viva en Cristo es también comunión con Cristo. Es decir, que comer el pan vivo y creer en Cristo, según San Juan, es vivir en comunión con él. Es evidente que no se trata aquí de un comer físicamente el cuerpo de Cristo, como tampoco se trata aquí de un simple creer racionalmente en Cristo. Comer el cuerpo de Cristo es comulgar con él, es identificarse místicamente con él, como también creer en Cristo es querer identificarme con él, es querer vivir en comunión con él. Cuando comemos físicamente el cuerpo sacramentado de Cristo en la eucaristía debemos comulgar mística y espiritualmente también con Cristo. Solo si comulgamos espiritualmente con Cristo cuando comemos físicamente el pan consagrado, habremos comido el pan vivo que nos hace vivir para siempre. En este sentido, se han aplicado estas palabras de San Juan a la participación de los fieles en el sacramento de la eucaristía. El pan que comulgamos lo recibimos como pan de vida, como vida de Cristo, y por eso creemos que este pan nos da la vida eterna. No debemos separar nunca la comunión física de la comunión espiritual, porque comulgar con Cristo es comulgar con el cuerpo místico de Cristo, del que todos nosotros somos miembros vivos.

2.- ¡Levántate, come! Elías se levantó, comió y bebió y, con la fuerza de aquel alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios. La eucaristía debe ser para nosotros alimento y fuerza espiritual, para vencer los muchos cansancios y las muchas dificultades que tenemos que vencer en nuestra vida. El profeta Elías se encontraba derrumbado física y psíquicamente, hasta el punto de desear la muerte. Pero el pan que le había preparado el ángel – el pan del cielo- le dio vida y vigor. El profeta Elías empleaba todas sus fuerzas en comunicar a su pueblo las palabras que el Señor ponía en su boca; él era únicamente un instrumento del que se valía Dios para hablar a su pueblo. Esta debe ser la misión de todo predicador del evangelio: ser un canal a través del cual la voz de Cristo llegue a otras personas. Para esto, el canal debe estar limpio y ser resistente; con la eucaristía Dios mismo limpia nuestro espíritu y nos da fuerza y entusiasmo. La fuerza que recibimos en la eucaristía no debe quedarse en nosotros, debe ser fuerza que fortalezca a los demás. No sólo comulgamos para nosotros mismos; comulgamos también para los demás.

3.- No pongáis triste al Espíritu Santo de Dios. San Pablo sigue animando a los fieles de Éfeso a vivir en comunidad cristiana y fraterna, tal como el Señor Jesús se lo había recomendado. Una comunidad cristiana en la que no reine el amor, no es verdadera comunidad cristiana, porque no es una comunidad presidida por el Espíritu de Cristo, que es espíritu de amor. Los consejos concretos que da San Pablo a los primeros cristianos de Éfeso siguen siendo hoy tan válidos como entonces. Es suficiente con que los recordemos literalmente: “desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo”. Más resumido y mejor no se puede decir.

Fuente: www.betania.es

 

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