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10 octubre 2013 4 10 /10 /octubre /2013 00:16

La Homilía de Betania: XXVIII Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo C. 13 de octubre de 2013

1.- SEPAMOS RECONOCER Y AGRADECER

Por José María Maruri, SJ

1.- El agradecimiento es una cosa que todos llevamos tan dentro, tan innata, tan humana, que no hay nada que nos moleste tanto como el que no nos den las gracias cuando hemos hecho un favor a alguien. Y esa actitud del ingrato que pasa de largo junto a su bienhechor lo hemos plasmado con el dicho castellano: “si te he visto no me acuerdo”.

La ingratitud y el egoísmo son hermanos gemelos, son las dos caras de un mismo naipe. Ambos no piensan más que en sí mismos, no necesitan de nadie, o todo se les debe y por eso, ¿qué agradecer?

A Jesús también le molestó la ingratitud. Ha curado a 10 leprosos y sólo uno vuelve a dar las gracias y éste es un extranjero: “¿no eran diez los curados, dónde están los otros nueve?”. “Vete tu fe te ha salvado”… diez los curados corporalmente, pero uno sólo consigue la plena salvación porque en su corazón ha nacido una actitud de reconocimiento de su pequeñez y de agradecimiento por un favor que no merecía. No se ha parado en el don recibido de la curación gozándose egoístamente en él, sino que ha ido hasta la misma persona de Jesús que le ha mirado con bondad y cariño, y esa es la actitud que el leproso vuelve a agradecer.

2.- Todos nosotros dependemos esencialmente primero de Dios que nos ha creado, nos da la vida, salud, aire, agua, una naturaleza que gozar y admirar. Y dependemos de los demás. Esta doble dependencia es la que ha consagrado el Señor con el doble mandamiento de amar a Dios y al prójimo.

Pensad en esa línea de predecesores de cada uno, que se pierde en la lejanía del tiempo y de la que apenas conocemos más que los dos o tres últimos eslabones… los abuelos y los padres.

Todos dependemos de todos. Echad una mirada al sin fin de personas a las que debemos algo de nuestra vida: padres, hermanos, amigos, maestros, médicos, sacerdotes, religiosos, personas que nos prestan sus servicios. Ninguno de nosotros, si no está loco, puede decir que no necesita a nadie.

3.- Metidos en una sociedad que cambia a gran velocidad podemos decir que nos sentimos todos amargados. Unos pensando en que lo nuestro fue mucho mejor, que lo actual no es civilización sino salvajismo. Y los otros despreciando todo lo que huele a antiguo como si los anteriores a ellos no hubieran hecho nada bueno jamás. Y metidos en esa mutua recriminación no tenemos ojos para ver la estrecha intercomunicación que hay entre nosotros, y lo que nos debemos unos a otros.

4.- Sepamos reconocer y agradecer. Agradecer a nuestros padres lo que se afanan por nosotros. Cuántos padres y madres sufren al ver a sus hijos que suponen que todos se les debe, y que viven vidas anodinas, suspenden los exámenes año tras año, sin pensar en lo que supone para sus familias, que se divierten en grande sin pensar en que tienen que comenzar a vivir por su cuenta y por sus medios.

Seamos fáciles en dar gracias: al camarero que os sirve el café, al vendedor de periódicos, al conductor del autobús, al de la gasolinera que os echa gasolina en el auto. Es verdad que pagáis un servicio, pero lo que nunca pagaremos es el valor humano que va en el servicio.

Entre esas personas encontrareis atrabiliarios que os contesten con una mueca como diciendo “yo no quiero le quiero hacer el favor, lo hago por necesidad para vivir…” Será uno entre mil, a los demás les dejaréis con buen sabor de boca, os sentirán más humanos también.

4.- La Virgen Santísima, cuya fiesta del Pilar hemos celebrado ayer sábado, esa Virgen a la todos personalmente tanto debemos –y también como pueblo español—ella nos dejó esta actitud fundamentalmente cristiana del agradecimiento plasmada en su cántico del Magníficat, en el que se reconoce indigna de los dones del Señor, y le alaba y agradece por mirar la pequeñez de su esclava. Que ella en esta Eucaristía, que es también acción de gracias, nos alcance del Señor el don de ser agradecidos a Dios y a los demás.


2.- SER AGRADECIDOS AL SEÑOR

Por José María Martín OSA

1.- Lo hemos recibido gratis. En esta sociedad pragmática en la que nos ha tocado vivir se valora a la persona sólo por lo que tiene: "tanto tienes, tanto vales". Y además, se supone, que todo lo que tienes lo has conseguido por méritos propios, gracias al esfuerzo que has puesto. Parece que "todo nos es debido". No se valora una cosa hasta que la perdemos, ocurre con la salud y con otros bienes a los que "tenemos derecho". Esto puede observarse en ciertas actitudes de los niños y jóvenes con respecto a sus padres. Es la cultura de la "exigencia". Hemos perdido el sentido de la gratitud, del agradecimiento. A nivel de nuestra práctica religiosa es más frecuente pedir que dar gracias. Cuando estamos en apuros solemos "aplicar misas", pero ¡cuánto trabajo nos cuesta agradecer la ayuda que recibimos! Sin embargo, de "bien nacidos es ser agradecidos". Todo lo hemos recibido gratis: la fe, la salud, la vida, los padres, el amor".

2.- Recuperemos la actitud de agradecimiento. No olvidemos que Eucaristía significa "buena gracia", acción de gracias. Por eso nos reunimos todos los domingos, para agradecer a Dios el don de nuestra fe. A Él le debemos, como dice San Agustín "la existencia, la vida y la inteligencia; a él le debemos el ser hombres, el haber vivido bien y el haber entendido con gratitud. Nuestro no es nada, a no ser el pecado que poseemos. Pues ¿qué tienes que no hayas recibido? ". En santo obispo de Hipona recomienda curarnos de la enfermedad de la altivez y de la ingratitud y elevar nuestro corazón purificado de la vaciedad y dar gracias a Dios.

3.- La salvación es para todos los hombres. Naamán, el general sirio, aprendió el significado de la humildad cuando tuvo que obedecer al criado del profeta y bañarse siete veces en el río Jordán, excluyendo a todos los ríos de su tierra. Naamán reconoce que la curación se debe a Dios. El milagro no es su curación, sino la doble confesión de fe de Naamán. Reconoce la gracia y la fuerza curativa del Dios de Israel. "Reconozco que no hay dios en toda la tierra más que el de Israel". La petición de una carga de tierra refleja la sinceridad de su conversión. Responde a la mentalidad de que una divinidad sólo puede ser adorada en la tierra en la que se ha manifestado, y a la convicción de que una tierra donde se practica el culto idolátrico queda profanada. El texto del Libro Segundo de los Reyes enseña que la salvación es para todos los hombres, sin distinción de raza, lengua o religión, como proclama el salmo97, "el Señor revela a las naciones su salvación".

4.- Agradecidos al Señor. De los diez leprosos curados por Jesús, sólo uno vuelve a darle gracias. Los otros nueve siguen anclados en la servidumbre del cumplimiento de la Ley. Vuelven al templo a cumplir las prescripciones rituales. Sólo uno, precisamente un extranjero samaritano, se da cuenta de la grandeza de su curación y vuelve para dar gracias a Jesús. Se produce entonces el milagro: el encuentro con Jesús y su transformación en persona nueva. Sólo éste se vio plenamente renovado, pues "su fe le había salvado". Recuerdas cuando de niño tus padres te decían después de recibir un regalo "¿Cómo se dice?". Y tú contestabas con una sonrisa y un beso: "GRACIAS". Sé agradecido, reconoce todo lo que has gratis ý sé generoso sin esperar nada a cambio.


 

3.- LA FE COMO AGRADECIMIENTO Y ALABANZA A DIOS

Por Gabriel González del Estal

1.- Uno de ellos, el samaritano, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra, dándole gracias. Está claro que nuestra verdadera fe en Dios nos dice que cuando Dios nos concede un favor no lo hace atendiendo a los títulos de nobleza, afiliación política, social o religiosa que tengamos. Dios nos escucha y nos concede sus favores porque nos ama; su corazón misericordioso le inclina a atender al que le suplica con humildad, sea de la condición que sea. Se equivocaban los nueve judíos que fueron curados, pensando que ellos por ser judíos ya merecían que un profeta judío les atendiera y les curara. Pensaban que ellos no tenían por qué expresarle su agradecimiento, bastaba con cumplir la prescripción ritual que les había ordenado. En cambio, el samaritano comprendió desde el primer momento que su curación había dependido únicamente de la bondad de corazón y misericordia del profeta judío, por eso, muy emocionado, corrió hacia él para darle las gracias y alabar a Dios por el gran favor que, a través de su profeta, le había otorgado. También puede ocurrirnos hoy a nosotros, los cristianos, algo parecido. Por poner sólo un ejemplo, afortunadamente poco frecuente, oímos decir a algunas personas que él, cuando peca, se confiesa, cumple la penitencia y ya está. Para un cristiano, piensan, el perdón de Dios es fácil conseguir porque depende del simple cumplimiento de unos ritos y normas eclesiásticas. Es evidente que la actitud del samaritano fue mucho más pura y religiosa que la actitud de los otro nueve judíos. Para nosotros, la fe en Dios debe expresarse, ante todo, como agradecimiento y alabanza a Dios, por su infinita bondad y por su gran misericordia para con nosotros. Un agradecimiento y una alabanza que no se queda en simples palabras, o en el cumplimiento de ciertos ritos, sino que es, sobre todo, una actitud vital de obediencia y fidelidad a Dios.

2.- En adelante tu servidor no ofrecerá holocaustos ni sacrificios a otros dioses fuera del Señor. Estas palabras del ministro sirio Naamán son también expresión de un alma agradecida ante la curación que experimentó gracias a la intercesión del profeta judío Eliseo. Naamán no sólo no era judío, sino que estaba muy orgulloso de no serlo, pero su orgullo patriótico se derrumbó ante el milagro de la curación de su carne, después de haberse bañado siete veces en el río Jordán. Desde ese mismo momento, el ministro sirio hace propósito firme y público de alabar y adorar al Dios de Israel como a su único Dios. En nuestra vida ordinaria también nosotros podemos experimentar en muchos momentos la bondad misericordiosa de Dios para con nosotros. Es bueno saber aprovechar estos momentos para alabar a Dios y, agradecidamente, ofrecerle nuestra vida como un sacrificio de alabanza y obediencia total. El ministro sirio Naamán puede ser en esto nuestro modelo, pero los cristianos tenemos el mejor modelo de todos: la vida, pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo que son, por sí mismos, un cántico de alabanza y agradecimiento a Dios, nuestro Padre.

3.- La palabra de Dios no está encadenada. En san Pablo, evidentemente, la palabra de Dios nunca estuvo encadenada, aun cuando estuvo encadenado su cuerpo. Nosotros, los cristianos, ¿podemos decir lo mismo? Yo creo que en muchas ocasiones nuestra fragilidad y nuestros respetos humanos, siempre interesados, sí encadenan la palabra de Dios. Todos, pero sobre todo las personas públicas, debemos tener mucho cuidado en esto: ser valientes para proclamar la verdad del evangelio, aunque esto suponga oposición y contradicción de gran parte de la sociedad en la que vivimos. La verdad del evangelio es una verdad superior a las verdades interesadas de tantas autoridades públicas y de tantos medios de comunicación que lo único que pretenden es conservar y mantener el poder que a ellos les dan sus cargos públicos, sean cargos políticos, sociales o, incluso, religiosos.

Fuente: www.betania.es

 

 

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