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23 octubre 2013 3 23 /10 /octubre /2013 18:32

La Homilía de Betania: XXX Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo C. 27 de octubre de 2013

1.- ¿NOS CREEMOS SUPERIORES?

Por José María Martín OSA

1.- El pecado de soberbia. El fariseo se creía santo, por eso se sentía "separado" de otro, el publicano. El afán de piedad y de santidad llevó a muchos a separarse de los demás, eran los "parushim" --en hebreo significa separado--. Cifraban la santidad en el cumplimiento de la ley tal como prescribía el Levítico. Ponían todo su empeño en la recitación diaria de oraciones, ayunos y la práctica de la caridad. Se sentían satisfechos por lo que eran y por lo que les diferenciaba de los demás. Estaban convencidos de que así obtenían el favor de Dios. Sin embargo, aquél que se creía cerca de Dios, en realidad estaba lejos. ¿Por qué? Porque le faltaba lo más esencial: el amor. Así lo reconoció después Pablo, que fue fariseo antes de su encuentro con Cristo: "si no tengo amor, no soy nada". Aunque alguien repartiera en limosna todo lo que tiene y hasta se dejara quemar vivo, si le falta el amor, no vale de nada. El fariseo dice "Te doy gracias". San Agustín se pregunta dónde está su pecado y obtiene la respuesta: "en su soberbia, en que despreciaba a los demás"

2.- Dios no estaba lejos del publicano. Era un recaudador de impuestos odiado por todos. Se quedó atrás, no se atrevía a entrar. Pero No da gracias, sino que pide perdón. No se atrevía a levantar los ojos a Dios, porque se miraba a sí mismo y reconocía su miseria, pero confía en la misericordia de Dios. Una vez más Dios está en la miseria del hombre, para levantarle de la misma. El publicano tenía lo que le faltaba al fariseo: amor. No puede curarse quien no es capaz de descubrir sus heridas. El publicano se examinaba a sí mismo y descubría su enfermedad. Quiere curarse, por eso acude al único médico que puede vendarle y curarle tras aplicarle el medicamento: su gracia sanadora.

3.- "El que se exalta será humillado y el que se humilla será enaltecido". No se trata aquí de caer en el maniqueísmo: hombre malo, hombre bueno. El fariseo era pecador y no lo reconocía, el publicano también era pecador, pero lo reconocía y quería cambiar. El fariseo se siente ya contento con lo que hace, se siente salvado con cumplir, pero esto no es suficiente. En el Salmo proclamamos que Dios está cerca de los atribulados. En realidad está cerca de todos, pero sólo puede entrar en aquellos que le invocan, porque El escucha siempre al afligido. Este es justificado y el fariseo no. Pablo en la carta a los Romanos emplea el mismo término "justificación" -en hebreo dikaiow". Justificar es declarar justo a alguien y sólo Dios puede hacerlo, no uno mismo. No es un mérito que se pueda exigir, sino un don gratuito de Dios. La conclusión de la parábola es bien clara: "el que se exalta será humillado y el que se humilla será enaltecido".

4.- Examinemos nuestro comportamiento como cristianos. ¿No somos muchas veces como el fariseo creyéndonos en la exclusiva de la salvación porque "cumplimos" nuestros deberes religiosos? Incluso puede que despreciamos a los demás o les tachamos de herejes o depravados. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar? El Papa Francisco ha dicho en más de una ocasión que él no puede condenar a nadie porque solo Dios es quien juzga las intenciones y las circunstancias concretas de cada persona. Sólo Dios puede justificar. Además la fe cristiana no consiste sólo en un cumplimiento de devociones, sino en encontrarnos con Jesucristo resucitado y dejar que su amor vivificante transforme nuestra vida. Entonces nos daremos cuenta de que hay amor en nuestra vida.


2.- DIOS NO ES PARCIAL

Por Gabriel González del Estal

1.- Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Una de las primeras virtudes que exigimos a un juez es que sea imparcial, pero, aplicado esto a Jesucristo, a veces puede resultarnos difícil ver la imparcialidad en su actuar y juzgar. Se alegra más por la oveja perdida que acaba de encontrar, que por las noventa y nueve que han permanecido dóciles y fieles en el redil, y se alegra más por la vuelta del hijo pródigo, que por la fidelidad y trabajo continuado del hijo mayor que siempre ha permanecido junto al padre. En el evangelio de hoy nos dice Jesús que el publicano salió del templo justificado y, en cambio, el fariseo no. Y no porque lo que decía el fariseo fuera mentira, o porque fuera verdad lo que decía el publicano. El texto evangélico no nos da derecho a pensar que el fariseo no tenía razón en lo que decía y, en cambio, el publicano sí. Seguramente era verdad lo que decían uno y otro. Tendremos que deducir, pues, que Jesús no los juzgó por lo que dijeron, sino por la actitud con la que cada uno actuó como actuó y dijo lo que dijo. Fue la prepotencia y la autosuficiencia con la que habló el fariseo lo que le condenó y fue la humildad la que justificó al publicano. Esto se desprende claramente de la primera frase con la que el evangelista Lucas introduce esta parábola del fariseo y el publicano: “a algunos que teniéndose por justos se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola”. Dios no es parcial por escuchar preferentemente más a uno que a otro, lo que pasa es que Dios escucha más al que pide con humildad, que al soberbio que desprecia a los demás. Si queremos que Dios escuche nuestras oraciones debemos siempre rezar desde la humildad, sin despreciar jamás a los que creemos peores que nosotros. Dios, antes que nuestras buenas acciones quiere nuestros buenos corazones: un corazón contrito y humillado Dios no lo desprecia. Esto no es parcialidad, sino justicia misericordiosa.

2.- El Señor es un juez justo, que no puede ser parcial. En este libro del Eclesiástico se tratan temas muy diversos, sin una necesaria conexión lógica entre unos y otros. En este texto que leemos hoy se nos insiste en que Dios se pone siempre de parte de los más desfavorecidos, cuando estos le piden ayuda con humildad e insistencia. El pobre, el oprimido, la viuda, el huérfano, eran personas que no podían defenderse por sí mismas. Cuando pedían ayuda al Señor, Dios les miraba con compasión, porque Dios tiene un corazón compasivo y misericordioso. Dios se pone siempre a favor de las víctimas inocentes, y en contra de los verdugos. Esto no es parcialidad, nos dice el autor, sino estricta justicia. El mensaje es el mismo que el del evangelio: la oración humilde alcanza el corazón de Dios.

3.- He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Estas podrían ser realmente las últimas palabras de Pablo, cuando siente que su muerte es inminente. Hace un último análisis de su vida y ve que ha sido fiel a la vocación que, en su día, recibió del mismo Jesús. Perdona a todos los que le abandonaron cuando él más les necesitaba y da gracias a Dios porque le ha permitido transmitir el evangelio a todos los gentiles. Ahora sólo espera encontrarse definitivamente con Dios en el reino del cielo. Es bueno que también nosotros hagamos examen de conciencia, sin tener que esperar a la hora de la muerte, para ver hasta qué punto estamos siendo fieles a la vocación que Dios nos ha dado. Todos venimos a este mundo con una vocación determinada y es bueno examinarnos de vez en cuando para ver si estamos siendo fieles o infieles a nuestra vocación. Con la ayuda de Dios podemos conseguirlo.


3.- DIOS ESTÁ CON LAS VÍCTIMAS

Por Pedro Juan Díaz

1.- ¿A favor de quién está Dios? ¿Puede Dios ser parcial? La primera lectura dice claramente que no: “El Señor es un Dios justo, que no puede ser parcial”. Pero a continuación dice: “No es parcial CONTRA el pobre, escucha las súplicas del oprimido, no desoye sus gritos…”. Que es una manera de decir que si Dios tiene que ponerse de parte de alguien, lo hará (y lo hace, creo yo) siempre a favor de los más pobres, de los más necesitados, de los que “no cuentan”, de “la viuda y el huérfano”, que en el Antiguo Testamento representan la pobreza absoluta. Y esto viene muy bien recordarlo en este mes en el que hemos recordado la campaña para la erradicación de la pobreza en el mundo, haciendo presentes aquellos 8 objetivos que los gobernantes del mundo se propusieron en el año 2000 para acabar con la pobreza y que, a dos años de la fecha propuesta, aún siguen pendientes. No conviene olvidar que Dios está de parte de estos pobres.

2.- Jesús pone de manifiesto esta imparcialidad de Dios en el evangelio de hoy. Dos hombres entran en una iglesia a rezar. Uno se sienta cerca y el otro lejos. Uno entra hasta dentro y el otro se queda prácticamente en la puerta. Uno no para de hablar de sí mismo y de sus “buenas obras”; el otro no hace más que pedir perdón por sus pecados. Uno salió reconciliado con Dios; el otro, no. “Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”. Al fariseo le puede el orgullo y la vanagloria al pensar que él si cumple y los demás no. El publicano llega ante Dios con la “mochila” de sus pecados, pero también con el reconocimiento de su incoherencia. El publicano va a cambiar de vida, el fariseo no. El perdón de Dios ha provocado en él un cambio interior, una renovación, una transformación. Así es nuestro Dios. Así lo mostró Jesús, provocando un profundo cambio de esquemas tanto en los que lo oían como en cada uno de nosotros. El secreto de todo esto yo creo que está en confiar mucho más en el amor de Dios que en nuestras propias fuerzas y en nuestro voluntarismo.

3.- Un gran ejemplo de todo esto nos lo propone la segunda lectura con la figura de San Pablo. Pablo descubre sus incoherencias y sus adversidades como apóstol, pero nadie puede negar que se ha entregado en cuerpo y alma al servicio del evangelio. “He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará”. Pablo pone en Dios toda su confianza y de Él recibe las “fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles”. Este texto de San Pablo a Timoteo bien podría ser un buen resumen de toda su vida.

4.- Dios está con las víctimas. Su misericordia y su compasión le llevan a actuar a favor de los desfavorecidos y maltratados, frente a los que golpean, aplastan y humillan, aunque sea con sus formas. La persona que es soberbia, engreída y vanidosa no encuentra el beneplácito de Dios. Sin embargo, el humilde y el que se arrepiente de sus fallos, aunque sea un desastre de persona, recibe la acogida y el perdón de Dios. La justicia de Dios está en su compasión.

5.- A Dios no se le puede comprar, ni engañar, ni chantajear. No podemos pensar que somos buenos si nos dedicamos a despreciar a los demás porque no son como nosotros. Jesús nos dice que eso no está bien. La prueba de nuestro amor a Dios es y será siempre nuestro amor a los hermanos, especialmente a los más pobres. Ahí le demostraremos a Dios nuestro buen corazón.

6.- En la Eucaristía vemos a Jesús que se hace pobre para enriquecernos, que muere y da su vida para que todos tengamos la Vida Eterna. La Eucaristía es un momento de comunión que nos hace a todos iguales ante Dios. Aquí no valen las riquezas, ni los cargos, ni los privilegios. Aquí vale un corazón compasivo y misericordioso como el de Dios. Si no es así nuestro corazón, tenemos mucha tarea que hacer, estamos necesitados de mucha conversión. Pidamos que Dios nos ayude a ello.

Fuente: www.betania.es

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Published by xcmasmasmas - en Homilía
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