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15 enero 2014 3 15 /01 /enero /2014 13:40

La Homilía: Segundo Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo A. 19 de enero, 2014

1.- JESUCRISTO, VÍCTIMA INMOLADA Y SEÑOR GLORIOSO

Por Antonio García-Moreno

1.- EL ORGULLO DIVINO.- El profeta va dibujando la figura del Siervo de Yahvé, y a través de diversos poemas va trazando los perfiles de ese personaje, que ha de salvar al pueblo de Dios. Hoy nos refiere que ese Siervo es el orgullo de Yahvé, su mayor motivo de gloria… Se refiere a Cristo, al Verbo encarnado, a Jesús de Nazaret. Él es, efectivamente, el mayor reflejo de la grandeza de Dios, es su imagen perfecta, es la manifestación mejor conseguida del amor divino, que nos tiene el Padre eterno.

Y nosotros, los cristianos, hemos de plasmar en nuestras vidas la figura entrañable de Cristo. Ser también manifestación del amor de Dios y motivo de orgullo para el Señor. Para conseguirlo sólo tenemos un camino, el de identificarnos con Cristo. Hemos de esforzarnos para imitarle, para vivir como él vivió, para morir como él murió, para ser como él es: reflejo de la bondad de Dios, orgullo del Padre eterno.

El Siervo de Yahvé congregaría al resto de Israel, a lo que había quedado de la casa de Jacob, aquellos hombres desperdigados por el mundo entero, aquellos que habían conservado en sus corazones la sencillez y la esperanza. Son los que la Biblia llama "pobres de Yahvé". Pero Cristo no se limitaría a reunir a ese "resto" preanunciado por los profetas. Él vino con una misión universal, él será, es la luz para todas las naciones. Y entre todos los pueblos habrá muchos que sigan a Cristo, atraídos por la luminosidad de su palabra.

También en esto hemos de asemejarnos a Cristo. Siendo como luces encendidas en medio de nuestro oscuro mundo. Y es que la misión de Cristo se prolonga en los que le siguen. Los que creemos en él somos, hemos de ser, una llamada a la esperanza. Y así cada cristiano que viva seriamente sus compromisos será como un punto de luz. De esta forma, todos encendidos, construiremos un mundo mejor, iluminado por el resplandor del amor de Cristo.

2.- EL CORDERO DE DIOS.- Las orillas del Jordán bullían de muchedumbres venidas de todas las regiones limítrofes. La fama del Bautista se extendía cada vez más lejos. Su palabra recia y exigente había llegado hasta las salas palaciegas, hasta el castillo del rey a quien recriminaba públicamente su conducta deshonesta. Al Bautista no le importó el peligro que aquello suponía. Por eso hablaba con claridad y con valentía a cuantos llegaban. A veces eran los poderosos saduceos, en otras ocasiones fueron los fariseos pagados de sí o los soldados que abusaban de sus poderes. Para todos tuvo palabras libres y audaces que denunciaban lo torcido de sus conductas y que era preciso corregir. Qué buena lección para tanto silencio y tanta cobardía como a menudo hay entre nosotros.

Juan fue fiel a la misión que se le había encomendado: preparar el camino al Mesías. Ello supuso el fin de su carrera, dar paso a quien venía detrás de él, ocultarse de modo progresivo para que brillara quien era la luz verdadera. Sí, el Bautista aceptó con generosidad su papel secundario y chupando llegó el momento se retiró, no sin antes señalar con claridad a Jesús como el Mesías anunciado, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Desde entonces su figura ha quedado vinculada a la del Cordero. Un título cristológico que encierra en sí toda la grandeza del Rey mesiánico y también su índole kenótica o humillante. El Cordero es, en efecto, la víctima inmolada en sacrificio a Dios que Juan contempla en sus visiones apocalípticas desde Patmos. Así en más de una ocasión nos presenta sentado en el trono a ese glorioso Cordero sacrificado, ante el que toda la corte celestial se inclina reverente, y canta gozosa y agradecida.

Por tanto, es a Jesucristo, víctima inmolada y Señor glorioso, al que se representa con el Cordero. Todo un símbolo que se repite una y otra vez, sobre todo en la liturgia eucarística, para que en nuestros corazones renazca el amor y la gratitud, el deseo de corresponder a tanto amor como ese título de Cordero de Dios implica. Es, además, todo un programa de vida, un itinerario marcado con decisión y claridad por los mismos pasos de Jesús. Aceptemos, pues, la parte de dolor y de sacrificio que nos corresponda en la vida y en la muerte. Ofrezcamos nuestros cuerpos como víctima de holocausto que se quema, no de una vez sino día a día y momento a momento, en honor y gloria de Dios. Si vivimos así, la esperanza renacerá siempre en medio de las dificultades, nos sentiremos vinculados al sacrificio de Cristo y, por consiguiente, asociados también a su triunfo.


2.- CELEBRAMOS NUESTRA LIBERACIÓN

Por Pedro Juan Díaz

1. Cordero de Dios.- Cuántas veces hemos escuchado la expresión “cordero de Dios”, pero que poco nos hemos parado a profundizar en su significado. Es la oración que rezamos antes de comulgar, pero no se puede entender si no conocemos el sentido del “cordero pascual” en la vida judía. ¿Qué quiere decir Juan el Bautista con esta expresión? El cordero era el animal que se ofrecía en los sacrificios que hacían los judíos. Era la ofrenda que hacían las personas pobres. Un cordero fue sacrificado en la liberación de los judíos de Egipto, señalando con su sangre las casas de los liberados. Desde ese momento y para celebrar la liberación de la esclavitud de Egipto, todas las familias se reunirán en la noche de la Pascua, y sacrificarán un cordero en conmemoración de aquel día. El cordero se convirtió así en el símbolo de la Pascua, de la liberación.

2.- Los cristianos celebramos otra Pascua, otra liberación. Celebramos la liberación de algo que nos esclaviza y a lo que llamamos pecado. En esta Pascua hay un paso de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la Vida. Y también un “cordero” va a ser sacrificado para perdonar el pecado del mundo. Jesús es ese “cordero”. Pero además es el cordero “de Dios”, porque tiene la plenitud del Espíritu. Su sacrificio en la cruz nos ha “marcado” para siempre como personas libres del pecado. Con la entrega de su vida ha quitado el pecado que da la muerte, y todo lo que ello conlleva, para que vivamos como hombres y mujeres libres, como hijos de Dios, miembros de su gran Familia.

3. Jornada mundial de las migraciones.- Precisamente ese sentido de unidad de la gran familia humana es el que quiere resaltar el lema de una jornada que estamos celebrando este fin de semana en toda la Iglesia: la Jornada mundial de las migraciones. Su lema es “una sola familia humana”. Nos parece obvio que Jesús, al sacrificarse por nosotros como el “cordero de Dios” no hace distinción en los que salva, ni por su clase social, ni por el color de su piel, ni por en lugar en el que han nacido. La salvación es universal. El gran deseo de Dios está expresado en la primera lectura del Profeta Isaías: “Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra”, para que todas las personas por las que Jesús se sacrificó como “cordero de Dios” podamos formar “una sola familia”.

Entre nosotros, y también en nuestra Iglesia, sigue habiendo “pecado que quitar”, mucho racismo, xenofobia, intolerancia hacia lo diferente, hacia los que no piensan o viven como nosotros. El gran reto de todos es reconocernos hermanos, no sólo en este aspecto de la relación con los inmigrantes, sino en todos los aspectos de nuestra vida, también en las relaciones de cada día entre nosotros. La Iglesia nos propone todos los años esta jornada para recordarnos estas claves fundamentales, y para seguir manteniendo la tensión por construir el Reino de Dios desde las claves de la fraternidad y la igualdad. Todos somos hermanos, todos somos iguales ante Dios. Jesús es el “cordero de Dios que quita el pecado del mundo” para todas las personas por igual.

4.- Semana de oración por la unidad de los cristianos.- En esta misma línea, la Iglesia también nos propone la próxima semana que recemos por la unidad de los cristianos. Del 18 al 25 de Enero celebraremos el octavario de oración por la unidad de los cristianos. Las diversas Iglesias y Comunidades eclesiales se han ido incorporando a esta larga marcha de plegarias y oraciones por la recuperación de la unidad visiblemente perdida de la Iglesia, y la oración intensa y ferviente del Octavario es hoy patrimonio de todas las confesiones cristianas. Dios tiene una misión para su “ungido”: reunir, convocar, sanar, recuperar, reconciliar… La misión del profeta es “reunir a Israel”. La misión del “cordero de Dios” es quitar el pecado del individualismo, de la división, del odio, de la falta de unidad.

En el fondo, todo nos lleva a lo mismo. La Eucaristía de cada domingo nos convoca a celebrar con alegría que somos una gran familia, la familia de los hijos y las hijas de Dios, que no conoce fronteras, en la que cabemos todos, y en la que Él, el “cordero pascual”, se ofrece una y otra vez para hacernos libres del pecado. En nosotros está acoger esa salvación. En nosotros está valorar ese “sacrificio” redentor. Para nosotros Él está ahí, en la Mesa, convocándonos, animándonos, llamándonos a la unidad, ofreciéndose por nosotros, por nuestra salvación. Proclamemos juntos nuestra fe en el Dios sin fronteras, en el Dios de todos y todas, en el Dios de la unidad, en el “cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.


3.- EL PECADO DEL MUNDO

Por Gabriel González del Estal

1.- Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo. El “pecado del mundo” es más amplio y profundo que los pecados personales que cometemos individualmente cada uno de las personas humanas. El pecado del mundo es un pecado social y estructural que afecta a comunidades enteras de personas: las guerras, el hambre, la injusticia, la desigualdad económica y social, la discriminación, el egoísmo y la ambición sin límites… Es verdad que, aunque no son la misma cosa, sí hay una relación íntima entre los pecados individuales y el pecado del mundo, porque el pecado del mundo se concreta y realiza en y a través de nuestros pecados individuales. Si no hubiera pecados individuales no habría pecado del mundo. Cristo vino a quitar los pecados individuales y vino también a quitar el pecado del mundo. El pecado del mundo es siempre, en definitiva, un pecado contra el amor, contra el mandamiento nuevo que Jesús nos mandó. San Juan, en su primera Carta, lo dice y lo repite por activa y por pasiva. Me limito a repetir algunas de las frases de esta Carta que hemos leído en las eucaristías del día en el que estoy escribiendo esto: “En esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del diablo: todo el que no obra la justicia no es de Dios, ni el que no ama a sus hermanos. Pues este es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos amemos unos a otros… quien no ama permanece en la muerte; no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad”.

2.- Lo que Cristo quiere es que cada uno de sus seguidores, cada uno de nosotros los que nos llamamos cristianos, luchemos contra el pecado del mundo, contra el desamor, individual y socialmente. Que amemos nosotros de verdad, con obras, a nuestros hermanos, y que luchemos, con amor y por amor, contra el pecado social y estructural del mundo en el que vivimos. Los cristianos no podemos conformarnos con ser nosotros individualmente buenos, debemos luchar activamente contra el gran pecado estructural, contra el pecado del mundo, contra el pecado del desamor. Sí, sabiendo que yo no voy a cambiar definitivamente al mundo, pero sabiendo también que mi lucha es necesaria para que el mundo cambie. De muchos buenos granos de arena se hace una buena playa y de muchas acciones buenas individuales se hace una sociedad buena. Debemos hacerlo todo movidos por el Espíritu Santo, por el Espíritu que Juan vio que se posaba, como una paloma, sobre Jesús de Nazaret. Así también nosotros daremos testimonio de Jesús y así también nosotros, por Él y con Él, estaremos contribuyendo a quitar el pecado del mundo.

3.- Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra. Esa fue la vocación del “siervo de Yahvé”, esa fue la vocación de Cristo, esa debe ser la vocación de cada uno de los cristianos. No podemos encerrarnos ni en nosotros mismos, ni en nuestro propio barrio, ciudad o Estado; nuestra vocación es universal, católica, como fue la vocación del siervo de Yahvé. Porque el pecado del mundo nos supera y nos trasciende, está en cualquier lugar del mundo donde un ser humano sufre el pecado del desamor. Si actuamos así, también Dios podrá decirnos a nosotros que somos sus siervos, de los que Él se siente orgulloso.

 

Fuente: www.betania.es

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