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19 febrero 2014 3 19 /02 /febrero /2014 23:30

La Homilía: VII Domingo, Tiempo Ordinario. Ciclo A. 23 de febrero, 2014

1.- DESCUBRIERON AL DIOS DE LA LIBERTAD Y DEL AMOR

Por Pedro Juan Díaz

1.- Continuamos escuchando en el Evangelio de Mateo la aplicación de las bienaventuranzas a la vida de la comunidad cristiana, dentro de este capítulo 5 que venimos escuchando en las últimas semanas y que termina hoy. En las tres lecturas hay una llamada a ser santos (“sed perfectos”, dice Jesús). Y esa santidad pasa necesariamente por el mandamiento del amor, que es el que empapa todo el mensaje de Jesús, y que vamos viendo aplicado desde las bienaventuranzas hasta el texto de hoy en su forma más radical. Esa llamada a la santidad contrasta con el estar sometidos a nuestra condición de seres humanos, imperfectos, limitados. Cuando comenzamos la Eucaristía lo hacemos reconociéndonos necesitados de Dios, pecadores. Pero Dios sabe bien de nuestra frágil naturaleza, porque se ha encarnado, ha sido uno de nosotros. Y nos sigue llamando y convocando a ser perfectos, a vivir el amor como Él lo vivió. Porque sólo el amor vivido así, a su estilo, hará posible nuestra santidad.

2.- Ese amor de nosotros hacia Dios no se puede improvisar. Es un amor que nace de una experiencia religiosa, una experiencia que da sentido a toda nuestra vida. Para el pueblo de Israel, esa experiencia fue la de sentirse liberados. Descubrieron a un Dios preocupado por sus vidas, por sus sufrimientos. Descubrieron a un Dios que se les dio a conocer liberándolos de la esclavitud de Egipto. Descubrieron al Dios de la libertad y del amor. Años más tarde, esa experiencia religiosa se “enfrió”, por decirlo de alguna manera, o quizás se “descafeinó”. Y se “escondió” a ese Dios del amor y de la libertad debajo de un montón de normas que hacían la vida más difícil, en vez de todo lo contrario. Entonces llegó Jesús, y comenzó a “desvelar” al Dios del amor y de la libertad que estaba en el origen de la experiencia religiosa de aquel pueblo. Y Él mismo se convirtió en experiencia de amor y de liberación para cuantos le siguieron, desde entonces hasta hoy.

3.- Detrás de esa experiencia de amor y libertad que los cristianos descubrimos no pueden haber obligaciones, sino gratitud. Gratitud hacia un Dios que se ha hecho uno de nosotros y ha dado su vida para que tengamos Vida eterna. Gratitud a un Dios que no deja nunca de preocuparse por sus hijos e hijas, especialmente por los más pobres e indefensos. Gratitud hacia un Dios que nos ama y nos ha amado incondicionalmente, sin nosotros pedírselo, ni merecerlo. Esa es la experiencia religiosa que tiene que estar en el origen de nuestro seguimiento de Jesús. Si está, descubriremos que es el amor el motor y el sentido de nuestras vidas, el amar al estilo de Dios, al estilo de Jesús. Pero si no está, todo nos vendrá cuesta arriba, desde el venir a Misa, hasta el desprendernos de lo nuestro para que otros puedan vivir dignamente, y no digamos el “amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por os que os persiguen y calumnian”, que propone hoy el Evangelio.

4.- Ante las dificultades de la vida, los cristianos confiamos en el amor, que está avalado por una experiencia religiosa: sentirnos amados y ayudados por un Dios que se ha comprometido por nosotros. Es el mismo Dios del amor y de la libertad al que el pueblo de Israel descubrió y siguió. Y el mejor agradecimiento que podemos mostrarle es el vivir unidos, en comunidad, en Iglesia, siendo todos, una gran familia. “¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?”. Es lo que Pablo les dice a los recién bautizados de la comunidad de Corinto. Todos los bautizados formamos un solo cuerpo, somos parte de la misma comunidad, de la misma parroquia, y estamos llamados a ser un signo de unidad para las personas que conviven con nosotros. “Mirad como se aman”, era la expresión de la gente cuando veían el estilo de vida de los primeros cristianos.

5.- La Eucaristía es el momento de mayor agradecimiento de los cristianos. Es cuando damos gracias a Dios por la entrega de su hijo Jesús. Es cuando fortalecemos nuestra experiencia religiosa para salir a la vida de cada día y ser testigos de ese Dios del amor y de la libertad que se ha comprometido con la humanidad y que nunca nos va a abandonar. Nuestro compromiso es vivir en acción de gracias, vivir amando. Termino con una frase que leí al preparar esta reflexión: “amar igual que Dios, solo Dios; pero amar a su estilo, es posible”. Proclamemos nuestra fe como comunidad cristiana en el Dios que nos ama y nos ha hecho libres para responderle con gratitud.


2.- NO HAY QUE DEVOLVER MAL POR MAL

Por Antonio García-Moreno

1.- SED SANTOS, PERFECTOS.- Dios es el Santo. Nadie como Él es justo y bueno, distinto y singular, trascendente y diverso. Por eso los que ha elegido para formar parte de su Pueblo, los que creen el Él, han de ser santos, perfectos, hombres consagrados para servirle. De hecho, al ser bautizado el creyente es consagrado, santificado. Todo su ser queda, en cierto modo, separado del uso meramente profano, su persona queda consagrada a Dios. De tal forma que cuanto el bautizado haga, si permanece unido al Señor por la gracia, viene a ser algo grato al Señor, algo también santo. El estar consagrado implica dedicación a Dios, y por eso mismo supone también perfección.

En efecto, cuanto se consagraba a Dios había de ser intachable, sin el menor menoscabo. Por eso la consagración supone santidad, e implica también perfección y rectitud en el orden moral. El creyente, mediante el Bautismo, es un ser sagrado, queda constituido en hijo de Dios, y como tal ha de comportarse. Lo dirá expresamente Jesús: "Sed perfectos, como mi Padre celestial es perfecto". El lugar paralelo de san Lucas formula de otra forma lo mismo al decir: "Sed misericordiosos, como vuestro Padre celestial es misericordioso". Es una aclaración muy provechosa, ya que es en la misericordia donde está el aspecto divino que podemos imitar. Hay que extirpar como mala hierba cualquier tendencia que nos incline al rencor o al odio. Más aun hay que fomentar el deseo de ayudar al prójimo en cuanto podamos, no sólo en el plano moral sino también en el material. Hay que aprender a ponerse en el lugar del prójimo, de ese que está junto a nosotros. Hay que amar al otro como a uno mismo.

En otra ocasión Jesús nos dará una medida aun mayor para la práctica de la misericordia, para vivir el amor. Como yo os he amado, nos dice, así habéis de amaros los unos a los otros. Por tanto, la medida de amor que tiene el Corazón divino de Jesús, esa ha de ser nuestra propia medida. Sólo así llegaremos a esa perfección y santidad que el Señor nos exige.

2.- OJO POR OJO, DIENTE POR DIENTE.- Este pasaje corresponde a una de las antítesis que Jesús pronuncia en el Sermón de la Montaña. Aunque es cierto que la Ley sigue en vigor, hay sin embargo un modo nuevo de vivirla, una exigencia de mayor interiorización y autenticidad en su cumplimiento. Así dirá que el mandamiento de no matar implica también un respeto hacia el hermano, hasta el punto que quien se enfade contra su prójimo, o le insulte, es reo de juicio o del fuego de la Gehenna.

En el caso de la ley del Talión, Cristo abre unas perspectivas nuevas. Es cierto que el ojo por ojo y diente por diente en la ley del Talión era un modo de atemperar la venganza personal o la represalia. Se intentaba, en efecto, que quien se tomara la justicia por su mano no se excediera, llevado por su indignación ante el daño sufrido, y causara un mal desproporcionado. Sin embargo, Cristo considera que hay que desechar todo deseo de venganza o de justa compensación por el daño sufrido. Según la doctrina evangélica, no hay que enfrentarse a quien nos perjudica, no hay que devolver mal por mal. Aunque eso sea lo normal, e incluso podemos decir que lo natural.

Jesucristo, por el contrario, desea que actuemos, no como hijos de los hombres, sino como hijos de Dios. Es decir, quiere que nos parezcamos más a nuestro Padre Dios. Y si Él no distingue entre buenos y malos a la hora de mandar la lluvia o de hacer salir el sol, tampoco quienes somos sus hijos podemos dejarnos llevar de criterios meramente humanos. Hemos de luchar por ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto, o, como dice el paralelo de Lucas, hemos de ser misericordiosos como nuestro Padre celestial es misericordioso.


3.- LA MEDIDA DEL AMOR ES EL AMOR SIN MEDIDA

Por Gabriel González del Estal

1. En este domingo debemos reflexionar sobre las dos últimas antítesis que Jesús pronunció en el sermón del monte: perdonar a los que nos ofenden y amar al enemigo. Es decir, que seguimos hablando de la plenitud de la ley, de la ley que, según Jesús, no cumplían en su plenitud los escribas y los fariseos. La primera de las antítesis hace referencia al mandato que establecía la llamada ley del talión, tal como está escrita en el libro del Éxodo, 21, 25: ojo por ojo y diente por diente. La ley del talión era considerada por los judíos como una ley sagrada, dada por Moisés a su pueblo, para impedir la venganza desproporcionada e indiscriminada. En su momento, fue una ley buena y necesaria. Pero Jesús de Nazaret les pide a sus discípulos que ellos vayan mucho más allá de la ley, que si reciben una bofetada en la mejilla, no sólo no respondan con otra bofetada en la mejilla del agresor, sino que presenten mansamente la otra mejilla. Yo no sé si nosotros, en nuestro comportamiento diario, somos más partidarios de la ley de Moisés, que del consejo de Jesús. Pero lo que sí sé es que la plenitud del perdón, según el mandamiento de Jesús, nos obliga a no devolver mal por mal, sino a vencer el mal con el bien. Los cristianos debemos ofrecer mansedumbre y paz siempre, incluso a los que nos ofenden o injurian injustamente. Es evidente que ahora existen los tribunales de justicia, y que también los cristianos tenemos derecho a hacer uso de ellos cuando lo creamos justo y conveniente. Pero en la convivencia de cada día debemos esforzarnos en parecer y en ser siempre mansos y humildes de corazón.

2. La segunda de las antítesis que nos presenta Jesús este domingo se refiere al amor a los enemigos: “Yo, en cambio, os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian”. ¿Es posible amar a los enemigos? Afectivamente, casi nunca es posible, pero lo que nos manda Cristo no es que amemos afectivamente a los enemigos, sino que les hagamos el bien y recemos por ellos. Esto no sólo es posible hacerlo, sino que haciéndolo nos sentiremos mucho mejor. La apalabra <amar> a una persona significa en este caso hacerle el bien, rezar por ella. Nos dice Jesús que si hacemos esto actuaremos como verdaderos hijos de Dios, de un Dios padre de todos, que hace salir el sol sobre buenos y malos. Amar a una persona en la medida en la que ella nos ama, es relativamente fácil; amar a una persona más allá de la medida en la que ella nos ama, es difícil. Eso es amar sin medida, amar con la medida de Dios. Muchas personas dicen: yo perdono, pero no olvido. Pues si perdonan en sentido cristiano, ya es suficiente. Olvidar, ya sabemos que, psicológicamente, es imposible y nadie nos lo va a exigir. Esa es la paz de conciencia que nos debe dar la religión, ante las injurias, los insultos y los daños no merecidos. El perdón es la cara humilde del amor; el que sabe perdonar, sabe amar.

3. ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Este pensamiento que San Pablo escribe a los primeros cristianos de Corinto es un pensamiento que nos debe llenar de paz y, al mismo tiempo, de responsabilidad. El templo no es sagrado por la riqueza arquitectónica de sus muros, o por la suntuosidad interior y exterior que presenta al que lo mira. El templo es sagrado porque es la casa visible donde Dios se manifiesta. Si nosotros somos templos de Dios, debemos presentarnos a los demás como personas en las que Dios habita y en las que Dios se manifiesta. Dios quiere vivir en nosotros como un Dios bondadoso y lleno de amor. Si sabemos vaciarnos de nuestro yo vanidoso y carnal, Dios podrá manifestarse en nosotros como un Dios Amor, como el Dios de Jesucristo. Así cada uno de nosotros será un templo vivo de Dios, porque el Espíritu de Dios habita en nosotros.


 

 

Fuente: www.betania.es

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