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24 enero 2014 5 24 /01 /enero /2014 17:26

Meditación Jn 1,29-34: Domingo III Semana Tiempo Ordinario. Ciclo A. 26 de enero, 2014.

Jesús es el Cordero pascual, que quita el pecado del mundo

“En aquel tiempo, vio Juan venir Jesús y dijo: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es por quien yo dije: ‘Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo’. Y yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que Él sea manifestado a Israel».
Y Juan dio testimonio diciendo: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre Él. Y yo no le conocía pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo’. Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios»”
 (Jn 1,29-34).

1. Juan está aún a orillas del Jordán junto a dos de sus discípulos cuando ve pasar a Jesús y no se retiene de gritar de nuevo: «¡He ahí el Cordero de Dios!». Los dos discípulos comprenden y, dejando para siembre al Bautista, se ponen a seguir a Jesús.

En la Misa contemplamos esas palabras: «Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros / danos la paz». Entonces, antes de recibir al Señor en la comunión, el sacerdote las pronuncia en uno de los momentos más solemnes de la Misa, mostrando Jesús en la Eucaristía, como Cordero, y nos unimos a la fe eucarística con aquellas otras: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una sola palabra tuya y mi alma quedará sanada”. La expresión “cordero” aparece aquí unida a “el que sana mi alma”, el que me cura, me salva…

“Cordero” es una metáfora de carácter mesiánico que habían usado los profetas, principalmente Isaías, y que era bien conocida por todos los buenos israelitas. A orillas del Jordán (quizá por Betaraba o Beth Abarah, el “lugar del pasaje”, en recuerdo del paso del Jordán por los hebreos), Jesús se nos muestra como Pascua: el que pasa por este río de la vida, para abrirnos el camino de la Vida. “La misericordia de Dios es superior a toda expectativa”, decía san Leopoldo Mandic. El Cordero se nos muestra como salvación. San Hipólito exclamaba admirado: “¡Oh, hecho que llena de estupor! El río infinito, que alegra la ciudad de Dios, es bañado por unas pocas gotas de agua. El manantial incontenible y perenne del que brota la vida para todos los hombres, se sumerge en un hilo de agua escasa y fugaz. Aquél que está en todas partes y no falta en ningún lugar, aquél que los ángeles no pueden comprender y los hombres no pueden ver, se acerca voluntariamente a recibir el bautismo”.

¿Por qué se bautiza el Mesías, si es el cordero inmaculado en quien no hay sombra de pecado? Hemos visto que pasa por las aguas para ser el Cordero pascual, que “se ha dado a sí mismo por nosotros para rescatarnos de toda iniquidad” (Tit 2,14). “En este abajamiento de Dios en el sublime momento de comenzar la predicación de la verdad y la proclamación del Misterio de Dios, se pone de manifiesto la magnitud, la generosidad de esta total donación de Dios en la Encarnación. ¿Por qué el Inmaculado se acerca humildemente a recibir el signo de los que se confiesan pecadores? Es mucho más fácil responder a esta pregunta que responder a la pregunta infinitamente más radical que ésta: ¿Por qué Dios se ha hecho hombre y se ha dado a los hombres que contra él pecaron? Ninguna de las cosas que hace Cristo las hace porque Él las necesita, sino porque las necesitamos nosotros. Todos los actos de Cristo son don a los hombres: Dios no tenía necesidad de hacerse cercano a nosotros en la Encarnación, pero nosotros sí teníamos necesidad de su cercanía, porque la lejanía de Dios es la muerte del alma; Jesucristo no tenía necesidad de purificarse en las aguas del Jordán, pero nosotros necesitábamos contemplar la humildad de Dios encarnado que se abaja hasta nosotros, pecadores; nosotros teníamos la necesidad de escuchar, en este ejemplo de Cristo, la invitación a expresar exteriormente nuestra penitencia (...)        No venía Él a purificarse sino a purificarnos. Es el trasfondo de la maravillosa expresión que acuña Juan para referirse a Jesús: ‘Ese es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’” (Miguel Á. Fuentes).

“Cordero” tiene sin duda otros significados: animal pacífico que se deja hacer, que se deja comer… también es suave y manso, que se ofrece en sacrificio, inocente sobre el que se vierten las culpas como sacrificio vicario, víctima expiatoria… recordamos el animal que sustituye la muerte de Isaac en el altar del sacrificio, cuando Abraham puede recuperar a su hijo, todos son símbolos mesiánicos, y el hijo recuperado somos nosotros, salvados por la sangre redentora de Jesús. Es un cordero el del sacrificio cotidiano en el templo (cf. Ex 29,38); también hace referencia al Siervo de Yahvéh, de Isaías, llevado al matadero como corderito mudo (cf. Is 53,6.7); se resalta en muchos sitios su cualidad de inocencia o su disposición al sufrimiento. En el fondo Juan cifra todas estas cosas en ese solo nombre. De Cristo dice que “quita” el pecado del mundo; en el sentido de “hacer desaparecer”. Lo explicará también Juan Evangelista en sus cartas: “Sabéis que (Cristo) apareció para quitar los pecados” (1 Jn 3,5). Juan de Maldonado apunta: “Algunos siguiendo al Crisóstomo notan que Juan no dice ‘que quitará’, sino ‘que quita’ los pecados del mundo, usando el presente para significar, más que el hecho, la virtud natural de Cristo de quitar los pecados. A la manera que no decimos ‘el fuego calentará’, sino ‘el fuego calienta’, para expresar que el fuego, de su natural, como no halle impedimento, calienta cualquier cosa en todo tiempo y lugar”.

¿Cómo quita los pecados? Juan, hablando de la misión de Cristo dice: “Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego”. La obra de Jesucristo, a diferencia de la de Juan, llega hasta el corazón, lo penetra y lo cambia. Por eso es comparada con el fuego: el fuego quema y purifica la escoria, la destruye; limpia, transforma. Cristo bautiza en el Espíritu Santo porque con su predicación no se limita a decir a los hombres que no pueden seguir viviendo como lo hacían hasta ese momento, sino que Él mismo los cambiará. Hará penetrar en los corazones el Espíritu Santo, y el Espíritu Santo, penetra, transforma y santifica. Juan prepara y Cristo lleva a plenitud la obra de la santificación de las almas cuando las sumerge con Él en las aguas fecundantes del Jordán espiritual: con Él hemos sido sepultados en el bautismo (Rom 6,4)” (Miguel Á. Fuentes).

Juan habla del bautismo del Espíritu Santo, por el que recibimos la filiación divina. Mucho más que cualquier otro talento o riqueza que podríamos desear o imaginar, es ser hijos de Dios: constituye el único fin que consuma nuestra vida. Esto va unido a la fraternidad, sentir como propias las cosas de los demás, y por tanto ser apóstoles de tan gozosa verdad, que estamos llamados a ser hijos en el Hijo, al camino de santidad, según nuestra condición ser consecuentes con esa filiación divina.

La filiación es complicada, para quien no tiene idea de padre, o ha perdido la confianza en ella, y considera Dios, más que como un Padre amoroso al que debe la vida y todo lo que es y tiene, como un obstáculo de la propia autonomía, o incluso un rival de la libertad personal. A veces, en efecto, hay quien considera a Dios como una complicación incómoda, que lamentablemente existe, que dificulta más aún la vida, ya de suyo difícil de los hombres. La imagen del Padre que perdona, que espera cada día la vuelta del hijo, dispuesto a restituirle su favor apenas regrese arrepentido, es muy plástica para re-construir la idea de padre, viendo al "padre misericordioso". La confesión será así una “actualización” del bautismo, como en los programas informáticos, para reavivar el fuego de la gracia, y cada vez que animamos a otro a "volver", se cumplen las palabras con las que concluye Santiago su carta a una joven comunidad de fieles: si alguno de vosotros se desvía de la verdad y otro le convierte, sepa que quien convierte a un pecador de su extravío, salvará su alma de la muerte y cubrirá sus muchos pecados.

Mirar el Cordero de Dios es participar de su misericordia (la que contemplamos en Semana Santa por ejemplo), dejarnos transformar por el Cordero: es amar a Dios de verdad, participar en su corazón, y nos dolerá que otros ofendan al Señor, aunque no sepan que lo hacen. Saldrán propósitos de pedir la luz de la fe, también con nuestros sacrificios, pues todos buscan la verdad y a Dios aún sin saberlo, todos intentan alcanzar la felicidad que en Él está, la vida plena que la Trinidad nos ha preparado, pues a esa vida nos eligió antes de la constitución del mundo para que seamos santos y felices en su presencia por el amor.

2. Samuel era un niño al servicio del templo y del sacerdote Elí, y acostado oyó que le llamaban, y “fue corriendo a donde estaba Elí y le dijo: —Aquí estoy; vengo porque me has llamado”.

Por tres veces oyó voces Samuel y le dijo Elí: —“No te he llamado; vuelve a acostarte”. Hasta que “Elí comprendió que era el Señor quien llamaba al muchacho y dijo a Samuel: —Anda, acuéstate; y si te llama alguien, responde: «Habla, Señor, que tu siervo te escucha.» Samuel fue y se acostó en su sitio. El Señor se presentó y le llamó como antes: —¡Samuel, Samuel! El respondió: —Habla, Señor, que tu siervo te escucha.

Samuel crecía, Dios estaba con él”, y fue el último Juez, antes de que comenzara la dinastía de los Reyes. Samuel habla con Dios

Nosotros, con el salmo, queremos decirle de algún modo al Señor: aquí está "tu siervo que está dispuesto a escucharte": "Aquí estoy para hacer tu voluntad. Dios mío, lo quiero y llevo tu ley en las entrañas”. Dios se inclina hacia cada uno de nosotros, para escucharnos, y darnos fortaleza: "afirmó mi pie sobre la roca”, y darnos su palabra: “me puso en la boca un canto nuevo", -"abriste mis oídos... para que escuchara tu voluntad", y queremos serle fieles: "llevo tu ley en mis entrañas... mira, no guardo silencio". Dios no quiere ya sacrificios de animales... lo que agrada a Dios es la docilidad de cada instante a su voluntad... El "don de sí por amor".

3. “Dios, con su poder, resucitó al Señor y nos resucitará también a nosotros. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? El que se une al Señor es un espíritu con él. Huid de la fornicación. Cualquier pecado que cometa el hombre, queda fuera de su cuerpo. Pero el que fornica, peca en su propio cuerpo. ¿O es que no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo?” Ser templos del Espíritu Santo, Dios en nosotros respetando nuestro modo de ser, sabiendo que estamos edificando el Templo: “Él habita en vosotros porque lo habéis recibido de Dios. No os poseáis en propiedad, porque os han comprado pagando un precio por vosotros. Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo!”

Es falso pensar que el alma está destinada a la inmortalidad y el cuerpo a la corrupción. También los cuerpos resucitarán. Por eso ya ahora los cuerpos de los bautizados, de los creyentes, están unidos a Cristo como los miembros a su cabeza. Cristo es la cabeza; a él le pertenecemos y con él estamos unidos en cuerpo y alma. La separación del alma y la degradación del cuerpo a enemigo del alma obedecen a una concepción platónica distinta de la cristiana. Para Pablo el hombre nunca es pura interioridad; más aún, no puede ser interioridad, alma, sin ser al mismo tiempo expresión corporal. Por eso, o nos unimos a Cristo en cuerpo y alma o no estamos unidos a él de ningún modo. "Ser en Cristo" es el fundamento de la conducta moral del cristiano y su motivación. El fundamento decisivo y el motivo último de la conducta moral es la unión personal con Cristo. No es una ética de normas abstractas sino una vida desde la fe, la esperanza y el amor. "Ser en Cristo" abarca toda la realidad del hombre, alma y cuerpo, todo lo que es y todo lo que hace (P. Franquesa).

Llucià Pou Sabaté

 

Fuente: www.almudi.org

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Published by xcmasmasmas - en Meditación
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