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17 septiembre 2011 6 17 /09 /septiembre /2011 15:21

Evangelio del Domingo XXV Semana Tiempo Ordinario. Ciclo A. 18 de septiembre, 2011

Lectura del Santo Evangelio, según San Mateo 20,1-16

Gloria a ti, Señor

¿Vas a tener tú envidia porque soy bueno?

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: "El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: "Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido." Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: "¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?" Le respondieron: "Nadie nos ha contratado." Él les dijo: "Id también vosotros a mi viña." Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: "Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros." Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: "Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno." Él replicó a uno de ellos: "Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia por que yo soy bueno?" Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos."

Palabra del  Señor

Gloria a ti, Señor Jesús

Reflexión:

En el evangelio de hoy, en la parábola de los trabajadores descontentos con la paga se refleja el modo de actuar de Dios contrario a nuestra mentalidad utilitarista. El contexto de la parábola debió ser la controversia de Jesús con las autoridades judías por su continua relación con personas de dudosa reputación como publicanos, pecadores, enfermos, niños, paganos y mujeres. Precisamente aquellos que estaba considerados impuros y, por tanto, excluidos del círculo de santidad. Pero en el contexto de la comunidad mateana se percibe el conflicto producido entre los judeocristianos y paganos cristianos que confluyen en la misma comunidad. Era inaceptable que los recién conversos tuvieran el mismo trato de los que han pertenecido desde tiempos antiguos al pueblo elegido. Es claro que el encuentro entre judaísmo y cristianismo en el seno de una misma comunidad resultó bastante complicado. Así lo manifiestan otros escritos del nuevo testamento como la carta a los gálatas.

La parábola, narrada por Jesús, parte de un hecho real. El propietario representa a los terratenientes que a base de aranceles habían quitado las tierras a los campesinos. Así mismo, los desocupados eran los que lo habían perdido todo y se alquilaban por cualquier cosa para poder vivir. Por supuesto que había quienes siempre eran clientes fijos del propietario, es decir, aquellos a quienes siempre se les contrataba, y estaban los que iban apareciendo a última hora. La clave de la parábola no está en la actitud equitativa del patrón, pues el podría pagar como quisiera. Lo que llamó la atención a los oyentes es que haya preferido a los que no eran sus trabajadores (los de la última hora) sobre los que si lo eran (los de la primera hora). Situación incomprensible desde todo punto de vista.

El sistema religioso del tiempo de Jesús y de las primeras comunidades centraba la práctica religiosa en el mérito y la paga. La salvación se había convertido en un mercado de compra y venta. Jesús cuestiona a fondo esta mentalidad que tanto mal le ha hecho al pueblo. La salvación es don gratuito de Dios. Y la gracia tiene que ver con el amor misericordioso. Dios no maneja nuestros esquemas contables interesados y lucrativos. Para Dios, tanto los primeros como los últimos son objeto de su inmenso amor y misericordia.

Los discípulos pensaban con la lógica de la mentalidad vigente y esperaban que la retribución para ellos fuera mayor. Confiaban en que "sus sacrificios" les asegurarían un premio mayor, pero no contaron con la más importante: el Reino de Dios y su justicia no actúan según los parámetros de la legalidad humana.

En el Reino lo importante es la misericordia de Dios. Pues, para Dios no hay privilegios basados en el prestigio, en la cantidad de trabajo o en cualquier otra ventaja. Y esto es así, porque ha sido Dios quien ha llamado gratuitamente, y nuestra respuesta debe ser igualmente gratuita. Dios llama cuando le parece oportuno sea al comienzo o al final de la jornada. Lo importante es que él llama y que podemos participar.

El descontento de los empleados obedece a un privilegio que ellos mismos se conceden, no a una injusticia del patrón. Creen que por haber trabajado más tiempo tienen ventaja sobre los demás. Pero no es de este modo como funciona la lógica del Reino. El mérito está en haber sido llamado, en participar en la obra, no en los privilegios que se puedan sacar de ella.

Nosotros muchas veces queremos adueñarnos de la cosecha. Pensamos que al desempeñar un ministerio o servicio en la comunidad somos propietarios de ella. A veces, también, excluimos a otros porque consideramos que no están preparados o porque creemos que han llegado tarde. El evangelio, sin embargo, nos pide un cambio de mentalidad. Todos tienen derecho a participar en la obra del Reino. Y este derecho no nace de nuestra generosidad, sino que es algo que Dios mismo ha dado. Si Dios ha llamado a muchos a su obra, nosotros no somos quiénes para cerrar la puerta. Debemos reconocer la acción del Espíritu y permitir que en la comunidad todos participen por igual.

 

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17 septiembre 2011 6 17 /09 /septiembre /2011 14:54

Evangelio del Domingo XXIV Semana Tiempo Ordinario. Ciclo A. 11 de septiembre 2011

† Lectura del santo Evangelio según san Mateo (18, 21-35)

Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó:

“Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?” Jesús le contestó:

“No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete”.

Entonces Jesús les dijo:

“El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores. El primero que le presentaron le debía muchos millones. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones, para saldar la deuda. El servidor, arrojándose a sus pies, le suplicaba, diciendo: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’.

El rey tuvo lástima de aquel servidor, lo soltó y hasta le perdonó la deuda.

Pero, apenas había salido aquel servidor, se encontró con uno de sus compañeros, que le debía poco dinero. Entonces lo agarró por el cuello y casi lo estrangulaba, mientras le decía:

‘Págame lo que me debes’.

El compañero se le arrodilló y le rogaba: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. Pero el otro no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda.

Al ver lo ocurrido, sus compañeros se llenaron de indignación y fueron a contar al rey lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo:

‘Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?’ Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía.

Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón

a su hermano”.

Palabra del Señor.

Gloria a ti, Señor Jesús.

 

Reflexión:

El evangelio de hoy es el final del cap. 18, el discurso de la comunidad, del que leíamos otro fragmento el pasado domingo. Pedro pregunta, en efecto, cuántas veces tendrá que perdonar a "mi hermano", que es la designación propia de los que compartían la misma fe en Jesús. Así, el texto quiere señalar que, si la comunidad tiene como objetivo ser el modelo del estilo de vida que Dios quiere para todos los hombres, el espíritu de perdón mutuo tiene que ser constante, sin condiciones. Y la dureza de la parábola que ilustra la respuesta a la pregunta de Pedro es hoy, para nosotros, un fuerte toque de atención ante el peligro de acostumbrarnos demasiado a ser cristianos y a pensar que nuestro cristianismo no nos exige más que lo que ya hacemos: ser cristianos nos exige perdonar siempre, por difícil que sea; y si no queremos dar ese perdón, Dios no nos puede admitir.

Si repasamos las narraciones evangélicas, nos daremos cuenta de que esta actitud de perdón aparece a menudo como una de las actitudes que determinan si realmente se ha cruzado el umbral del seguimiento de Jesús o no se ha cruzado aún. La llamada al perdón de los enemigos, o la petición del perdón en el padrenuestro (es el único momento del padrenuestro en el que nosotros nos comprometemos a algo), son muy ilustrativos en este sentido.

Si el ser cristiano, pues, comporta, la actitud del perdón constante, resulta muy evidente que la comunidad cristiana debe ser un lugar modélico en este sentido. Y se podría decir que, según los criterios del evangelio, si dentro de la comunidad cristiana sus miembros no son capaces de tener ese espíritu de perdón mutuo, significa que poco cristianismo verdadero debe haber ahí.

Hoy no habría que temer "poner el dedo en la llaga". Invitándonos mutuamente a repasar, e incluso -al volver a casa- escribir, con qué personas concretas mantenemos enemistades, pequeñas o grandes. Y ver qué hacemos, y qué estamos dispuestos a hacer, para superarlas. Si las enemistades son por nuestra culpa, lo que hay que hacer es muy claro. Pero si consideramos que son "por culpa del otro", entonces ahí se verá si tenemos verdaderas ganas de ser cristianos. Porque el cristiano no espera que el otro pida perdón, ni exige reparaciones: el cristiano, simplemente, "perdona de corazón", como dice la última frase del evangelio de hoy.

Habría que desenmascarar los múltiples subterfugios con los que nos evitamos el perdonar (desde la rotundidad del convencimiento de que la culpa es del otro hasta inconfesados deseos de ver al otro humillado, pasando por aquello de que "ha pasado junto a mí y no me ha saludado"), e invitar a convencernos todos de que o nos decidimos a romper esas actitudes o poco cristianos seremos.

Sin duda que hay ocasiones en las que los lazos están rotos y por esfuerzos que se hagan no hay forma de recomponerlos: pero los esfuerzos hay que hacerlos. Y sin duda también que en las relaciones humanas hay momentos muy complejos en los que resulta más sano no pretender grandes y solemnes reconciliaciones: pero la mano tendida debe estar ahí siempre dispuesta.

Todo ello nos puede llevar también a ver cómo tratamos a los demás en el secreto de nuestro corazón: si nos sentimos los únicos buenos, si tenemos aversiones personales insuperables, si pensamos que nadie nos quiere bien... el evangelio invita también a limpiar el corazón, porque lo que llevamos en el corazón es lo que sale afuera.

 

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16 septiembre 2011 5 16 /09 /septiembre /2011 17:38

Evangelio del Sábado XXIV Semana Tiempo Ordinario. Ciclo A. 16 de septiembre, 2011

Lectura del Santo Evangelio, según San Lucas 8,1-3

Gloria a ti, Señor

Algunas mujeres acompañaban a Jesús y le ayudaban con sus bienes

En aquel tiempo, Jesús iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, predicando el Evangelio del reino de Dios; lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que él había curado de malos espíritus y enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, intendente de Herodes; Susana y otras muchas que le ayudaban con sus bienes.

Palabra del Señor

Gloria a ti, Señor Jesús

 

Reflexión

La realidad de la cruz y del dolor está íntimamente ligada a la experiencia del cristianismo y, por supuesto, a la persona de Cristo; el dolor y la muerte abren camino a la resurrección y a la vida plena; el misterio del dolor y de la cruz, en contextos donde son crucificados no sólo personas sino pueblos, culturas y hasta la madre tierra, exigen signos de vida y esperanza.

En ese juego de palabras: “Mujer, ahí tienes a tu hijo…. Hijo, ahí tienes a tu madre”, dirigidas a su madre y al discípulo amado, encontramos la maternidad amplia de la que nos habla Jesús, maternidad nacida del dolor y el sufrimiento, y filiación que procede no por vía de sangre, sino por opción de vida y compromiso por el Reino.

La mutua compañía que se ofrecen la madre y el discípulo amado son la semilla de la nueva comunidad; allí florecerá la vida.

Por esta razón, al contemplar a María de los Dolores, no tenemos que fijarnos en ella de una forma aislada; estamos obligados a ubicar a su lado al discípulo amado. Ella y él, junto con las otras mujeres y los discípulos, han de regresar al seno de la comunidad para dar testimonio de fe y de vida.

 

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15 septiembre 2011 4 15 /09 /septiembre /2011 17:41

Evangelio del Viernes XXV Semana Tiempo Ordinario. Ciclo A. 16 de septiembre, 2011

 

† Lectura del santo Evangelio según san Lucas (8, 1-3)

Gloria a ti, Señor.

 

En aquel tiempo, Jesús comenzó a recorrer ciudades y poblados predicando la buena nueva del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que habían sido libradas de espíritus malignos y curadas de varias enfermedades.

Entre ellas iban María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, el administrador de Herodes; Susana y otras muchas, que los ayudaban con sus propios bienes.

 

Palabra del Señor.

Gloria a ti, Señor Jesús.

 

Reflexión:

A lo largo del recorrido que nos ha planteado Lucas, desde la frontera norte hasta llegar al centro geográfico y del poder, la ciudad de Jerusalén, donde coexisten todos los poderes, va ocurriendo una serie de situaciones que marcan la diferencia entre el maestro Jesús y los otros maestros.

Lucas, en su forma descriptiva, nos informa de la presencia de mujeres en el itinerario de Jesús; ahora se suman a los anteriores los nombres de Juana y Susana, quienes ofrecían al maestro ayuda con sus bienes, mujeres que habían alcanzado su autonomía económica.

La centralidad de la predicación de Jesús por pueblos y ciudades es la buena noticia del Reino de Dios, que ya está aconteciendo; la presencia significativa y numerosa de las mujeres, que también están llamadas a formar parte del Reino, es una novedad de esa buena noticia de salvación.

Los doce, que serán los continuadores inmediatos de Jesús, viven en directo la relación de igualdad y fraternidad entre hombres y mujeres, que, fascinados por la forma cómo enseña Jesús, van dejando todo y ofrecen sus bienes a la causa inaugurada por el Galileo.

 

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14 septiembre 2011 3 14 /09 /septiembre /2011 17:38

Evangelio del Jueves XXIV Semana Tiempo Ordinario. Ciclo A. 15 de septiembre, 2011

Lectura del Santo Evangelio, según San Juan 19,25-27

Gloria a ti, Señor

Triste contemplaba y dolorosa miraba del Hijo amado la pena

En aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre: "Mujer, ahí tienes a tu hijo." Luego, dijo al discípulo: "Ahí tienes a tu madre." Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa.

Palabra del Señor

Gloria a ti, Señor Jesús

Reflexión

La realidad de la cruz y del dolor está íntimamente ligada a la experiencia del cristianismo y, por supuesto, a la persona de Cristo; el dolor y la muerte abren camino a la resurrección y a la vida plena; el misterio del dolor y de la cruz, en contextos donde son crucificados no sólo personas sino pueblos, culturas y hasta la madre tierra, exigen signos de vida y esperanza.

En ese juego de palabras: “Mujer, ahí tienes a tu hijo…. Hijo, ahí tienes a tu madre”, dirigidas a su madre y al discípulo amado, encontramos la maternidad amplia de la que nos habla Jesús, maternidad nacida del dolor y el sufrimiento, y filiación que procede no por vía de sangre, sino por opción de vida y compromiso por el Reino.

La mutua compañía que se ofrecen la madre y el discípulo amado son la semilla de la nueva comunidad; allí florecerá la vida.

Por esta razón, al contemplar a María de los Dolores, no tenemos que fijarnos en ella de una forma aislada; estamos obligados a ubicar a su lado al discípulo amado. Ella y él, junto con las otras mujeres y los discípulos, han de regresar al seno de la comunidad para dar testimonio de fe y de vida.

 

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13 septiembre 2011 2 13 /09 /septiembre /2011 17:28

Evangelio del Miércoles XXIV Semana Tiempo Ordinario. Ciclo A. 14 de septiembre, 2011

Lectura del Santo Evangelio, según San Juan 3,13-17

Gloria a ti, Señor

Tiene que ser elevado el Hijo del hombre

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: "Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen el él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él."

Palabra del Señor

Gloria a ti, Señor Jesús

Reflexión

En este día la iglesia nos invita a meditar el misterio de la cruz, desde la perspectiva de Jesús, el Hijo del Hombre, figura recurrente en el evangelio de Juan.

Este texto es parte de lo que se ha llamado el “Libro de los signos”, dentro de la estructura del Evangelio de Juan. De manera más cercana es parte del diálogo entre Jesús y Nicodemo. Jesús da respuesta a quien se siente interesado por su proyecto, aunque éste todavía no ha sido capaz de manifestar ese interés abiertamente –Nicodemo se acerca a Jesús de noche.

La referencia a Moisés en el desierto nos conecta con el Éxodo, con el Dios liberador, cuya encarnación es Jesús. Esta experiencia ha marcado el caminar de los pueblos que, desde el sufrimiento de la cruz, han encontrado caminos de esperanza.

Así como Dios, a través de la mano de Moisés, salvó al pueblo de la esclavitud de Egipto, ahora Jesús afirma que la salvación se da por iniciativa de Dios Padre. Juan nos presenta a un Jesús, Hijo del Hombre, cuya condición divina no procede de su ser humano, ni es resultado del puro desarrollo personal, sino que se origina en la plenitud del Espíritu, recibido de lo alto.

 

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12 septiembre 2011 1 12 /09 /septiembre /2011 19:14

Evangelio del Martes XXIV Semana Tiempo Ordinario. Ciclo A. 13 de septiembre, 2011

Lectura del Santo Evangelio, según San Lucas 7,11-17

Gloria a ti, Señor

¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!

En aquel tiempo, iba Jesús camino de una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y mucho gentío. Cuando se acercaba a la entrada de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba. Al verla el Señor, le dio lástima y le dijo: "No llores." Se acercó al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo: "¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!" El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre. Todos, sobrecogidos, daban gloria a Dios, diciendo: "Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo." La noticia del hecho se divulgó por toda la comarca y por Judea entera.

Palabra del Señor

Gloria a ti, Señor Jesús

Reflexión

Una mirada al mapa de Palestina en tiempo de Jesús es de gran ayuda para una mejor comprensión de este capítulo 7 de Lucas, puesto que la ubicación geográfica de los acontecimientos nos aporta elementos importantes para su comprensión y posterior aplicación a nuestra realidad.

Ahora Lucas nos ubica en Naín, una población al sur de Cafarnaún. Jesús va con sus discípulos y con la gente que le sigue. Su destino final, Jerusalén.

A la entrada de la ciudad, se encuentran con un cortejo fúnebre. Se trata del entierro del hijo único de una viuda… La muerte del hijo único conlleva casi la muerte de la madre viuda, quien queda totalmente desamparada.

Ante la escena de tristeza y desconsuelo por la muerte del joven, Jesús sintió compasión, y dijo a la mujer un “no llores” en tono de consuelo y esperanza; se acercó al féretro, tocó al joven y le ordenó que se levantara.

Ante las palabras de Jesús, el muerto vuelve a la vida y es entregado a su madre. Con este gesto de misericordia Jesús no sólo devuelve la vida al joven, sino también a su madre, quien en su condición de viuda y sin hijo quedaba totalmente desprotegida.

 

 

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11 septiembre 2011 7 11 /09 /septiembre /2011 16:12

Evangelio del Lunes XXIV Semana Tiempo Ordinario. Ciclo A. 12 de septiembre 2011

Lecturas del Santo Evangelio según San Lucas 7,1-10

Gloria  a ti, Señor

Ni en Israel he encontrado tanta fe

En aquel tiempo, cuando terminó Jesús de hablar a la gente, entró en Cafarnaún. Un centurión tenía enfermo, a punto de morir, a un criado a quien estimaba mucho. Al oír hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos, para rogarle que fuera a curar a su criado. Ellos, presentándose a Jesús, le rogaban encarecidamente: "Merece que se lo concedas, porque tiene afecto a nuestro pueblo y nos ha construido la sinagoga." Jesús se fue con ellos. No estaba lejos de la casa, cuando el centurión le envió unos amigos a decirle: "Señor, no te molestes; no soy yo quién para que entres bajo mi techo; por eso tampoco me creí digno de venir personalmente. Dilo de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes, y le digo a uno: "Ve", y va; al otro: "Ven", y viene; y a mi criado: "Haz esto", y lo hace." Al oír esto, Jesús se admiró de él y, volviéndose a la gente que lo seguía, dijo: "Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe." Y al volver a casa, los enviados encontraron al siervo sano.

Palabra del Señor

Gloria a ti, Señor Jesús

Reflexión:

Toda la instrucción contenida en el capítulo sexto, Jesús la ofrece de camino, en espacios exteriores y de cara a la realidad que vive la gente que le sigue. Dos actitudes positivas se destacan en el Centurión: ama a la nación y ha construido una sinagoga; al final del relato Jesús añade otra más: su fe.

Los emisarios consideran que esas dos razones son suficientes para que Jesús haga el milagro; Jesús camina con ellos hasta la casa, pues quiere enterarse de la situación que requiere su presencia.

El propósito de Jesús al ubicarse en la frontera era comunicar que Dios es Padre de todos; y se concretará en la expresión que nos informa de la tercera característica que tiene el centurión, su fe… Es la fe de un pagano la que Jesús ha suscitado.

La condición de extranjero lo hace ajeno a la religión judía, pero, por su misma actitud y expresión, al decir que una sola palabra de Jesús bastaría para lograr la sanación, lo hace merecedor de la gracia de Dios y del elogio del mismo Jesús acerca de su fe.

 

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10 septiembre 2011 6 10 /09 /septiembre /2011 21:59

Evangelio del Domingo XXIV Semana Tiempo Ordinario. Ciclo A. 11 de septiembre 2011

† Lectura del santo Evangelio según san Mateo (18, 21-35)

Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó:

“Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?” Jesús le contestó:

“No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete”.

Entonces Jesús les dijo:

“El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores. El primero que le presentaron le debía muchos millones. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones, para saldar la deuda. El servidor, arrojándose a sus pies, le suplicaba, diciendo: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’.

El rey tuvo lástima de aquel servidor, lo soltó y hasta le perdonó la deuda.

Pero, apenas había salido aquel servidor, se encontró con uno de sus compañeros, que le debía poco dinero. Entonces lo agarró por el cuello y casi lo estrangulaba, mientras le decía:

‘Págame lo que me debes’.

El compañero se le arrodilló y le rogaba: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. Pero el otro no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda.

Al ver lo ocurrido, sus compañeros se llenaron de indignación y fueron a contar al rey lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo:

‘Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?’ Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía.

Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón

a su hermano”.

Palabra del Señor.

Gloria a ti, Señor Jesús.

 

Reflexión:

El evangelio de hoy es el final del cap. 18, el discurso de la comunidad, del que leíamos otro fragmento el pasado domingo. Pedro pregunta, en efecto, cuántas veces tendrá que perdonar a "mi hermano", que es la designación propia de los que compartían la misma fe en Jesús. Así, el texto quiere señalar que, si la comunidad tiene como objetivo ser el modelo del estilo de vida que Dios quiere para todos los hombres, el espíritu de perdón mutuo tiene que ser constante, sin condiciones. Y la dureza de la parábola que ilustra la respuesta a la pregunta de Pedro es hoy, para nosotros, un fuerte toque de atención ante el peligro de acostumbrarnos demasiado a ser cristianos y a pensar que nuestro cristianismo no nos exige más que lo que ya hacemos: ser cristianos nos exige perdonar siempre, por difícil que sea; y si no queremos dar ese perdón, Dios no nos puede admitir.

Si repasamos las narraciones evangélicas, nos daremos cuenta de que esta actitud de perdón aparece a menudo como una de las actitudes que determinan si realmente se ha cruzado el umbral del seguimiento de Jesús o no se ha cruzado aún. La llamada al perdón de los enemigos, o la petición del perdón en el padrenuestro (es el único momento del padrenuestro en el que nosotros nos comprometemos a algo), son muy ilustrativos en este sentido.

Si el ser cristiano, pues, comporta, la actitud del perdón constante, resulta muy evidente que la comunidad cristiana debe ser un lugar modélico en este sentido. Y se podría decir que, según los criterios del evangelio, si dentro de la comunidad cristiana sus miembros no son capaces de tener ese espíritu de perdón mutuo, significa que poco cristianismo verdadero debe haber ahí.

Hoy no habría que temer "poner el dedo en la llaga". Invitándonos mutuamente a repasar, e incluso -al volver a casa- escribir, con qué personas concretas mantenemos enemistades, pequeñas o grandes. Y ver qué hacemos, y qué estamos dispuestos a hacer, para superarlas. Si las enemistades son por nuestra culpa, lo que hay que hacer es muy claro. Pero si consideramos que son "por culpa del otro", entonces ahí se verá si tenemos verdaderas ganas de ser cristianos. Porque el cristiano no espera que el otro pida perdón, ni exige reparaciones: el cristiano, simplemente, "perdona de corazón", como dice la última frase del evangelio de hoy.

Habría que desenmascarar los múltiples subterfugios con los que nos evitamos el perdonar (desde la rotundidad del convencimiento de que la culpa es del otro hasta inconfesados deseos de ver al otro humillado, pasando por aquello de que "ha pasado junto a mí y no me ha saludado"), e invitar a convencernos todos de que o nos decidimos a romper esas actitudes o poco cristianos seremos.

Sin duda que hay ocasiones en las que los lazos están rotos y por esfuerzos que se hagan no hay forma de recomponerlos: pero los esfuerzos hay que hacerlos. Y sin duda también que en las relaciones humanas hay momentos muy complejos en los que resulta más sano no pretender grandes y solemnes reconciliaciones: pero la mano tendida debe estar ahí siempre dispuesta.

Todo ello nos puede llevar también a ver cómo tratamos a los demás en el secreto de nuestro corazón: si nos sentimos los únicos buenos, si tenemos aversiones personales insuperables, si pensamos que nadie nos quiere bien... el evangelio invita también a limpiar el corazón, porque lo que llevamos en el corazón es lo que sale afuera.

 

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9 septiembre 2011 5 09 /09 /septiembre /2011 20:27

Evangelio del Sábado XXIII Semana Tiempo Ordinario. Ciclo A. 10 de septiembre 2011

 

† Lectura del santo Evangelio según san Lucas (6, 43-49)

Gloria a ti, Señor.

 

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No hay árbol bueno que produzca frutos malos, ni árbol malo que produzca frutos buenos. Cada árbol se conoce por sus frutos. No se recogen higos de las zarzas, ni se cortan uvas de los espinos.

El hombre bueno dice cosas buenas, porque el bien está en su corazón; y el hombre malo dice cosas malas, porque el mal está en su corazón, pues la boca habla de lo que está lleno el corazón.

¿Por qué me dicen ‘Señor, Señor’, y no hacen lo que yo les digo? Les voy a decir a quién se parece el que viene a mí y escucha mis palabras y las pone en práctica. Se parece a un hombre, que al construir su casa, hizo una excavación profunda, para echar los cimientos sobre la roca. Vino la creciente y chocó el río contra aquella casa, pero no la pudo derribar, porque estaba sólidamente construida.

Pero el que no pone en práctica lo que escucha, se parece a un hombre que construyó su casa a flor de tierra, sin cimientos. Chocó el río contra ella e inmediatamente la derribó y quedó completamente destruida”.

 

Palabra del Señor.

Gloria a ti, Señor Jesús.

 

Reflexión:

Estamos ubicados en el capítulo 6, que inicia con la polémica de Jesús por el precepto del sábado, y concluye con una serie de comparaciones que nos proponen una nueva forma de relacionarnos con Dios Padre. Esta nueva forma de encuentro con Dios va más allá de las normas y leyes; está mediatizada por la persona y sus circunstancias.

El texto que nos propone la liturgia de hoy tiene dos comparaciones complementarias, que apuntan a dos actitudes fundamentales en el discípulo del Reino.

La comparación del árbol y los frutos, que es reiterativa en el Nuevo Testamento, apunta a la radicalidad de vida que compromete a los seguidores de Jesús. Al centro de este ejemplo está nuestro corazón. Un corazón sano es capaz de generar los valores, actitudes, sentimientos y compromisos que requiere la propuesta del maestro de Nazaret.

El ejemplo de la casa construida sobre roca, es la puesta en práctica de la radicalidad que exige Jesús. Ya no bastan sólo las palabras… “¡Señor, Señor!”; esta expresión tendrá que ser cargada de sentido y de vida.

 

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