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2 junio 2011 4 02 /06 /junio /2011 23:38

Meditación: Viernes de la semana 6 de Pascua

«En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, en cambio el mundo se alegrará; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando va a dar a luz, está triste porque llegó su hora, pero una vez que ha dado a luz un niño, ya no se acuerda de la tribulación por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. Así pues, también vosotros ahora os entristecéis, pero os volveré a ver y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo. En aquel día no me preguntaréis nada. En verdad, en verdad os digo: si algo pedís al Padre en mi nombre, os lo concederá.» (Juan l6, 20-23)

1º. Jesús, con el ejemplo de la madre que va a dar a luz, me explicas la experiencia tan humana de que lo que vale, cuesta: cuesta esfuerzo, cuesta sacrificio.

«Pero vuestra tristeza se convertirá en gozo.»

Cuando hago el esfuerzo y consigo lo que buscaba, estoy feliz.

Lo que vale, cuesta: cuesta hacer bien el trabajo, estudiar al máximo de mis posibilidades, subir un monte, ganar en cualquier deporte, y también cuesta la santidad.

Pero vale la pena.

Al revés también se cumple: lo que no cuesta, no vale.

En un primer momento puede parecer que sí compensa, precisamente porque no cuesta esfuerzo; pero luego aquello me deja vacío.

Si al clavar un clavo para colgar un cuadro, el clavo entra sin resistencia en la pared, al principio parece una suerte el que no cueste clavarlo, pero luego el clavo no aguanta el cuadro, y se viene todo abajo.

En mi camino de santidad -de mi amor a Dios- no me puede extrañar que encuentre dificultades y resistencias.

De esta manera, Jesús, me afianzas y me robusteces para que mi amor a Ti crezca y no te abandone en el tiempo de prueba.

«Por experiencia sabemos que, cuando soportamos pruebas difíciles por alguien a quien queremos, no se derrumba el amor sino que crece (...). Y así los santos, que soportan por Dios contrariedades, se afianzan en su amor con ello; es como un artista, que se encariña más con la obra que más sudores le cuesta» (Santo Tomás).

Jesús, la sociedad en la que vivo se mueve con una visión distinta.

Su lema es: «busca el máximo de placer y de poder con el mínimo esfuerzo».

Si puedes aprobar estudiando menos o –incluso- copiando, ¿por qué no?

El que estudie más de lo justo está «haciendo el primo».

Si puedes ganar más dinero trabajando menos, o con un «chanchullo», ¿por qué no?

El que trabaja más de lo justo está «haciendo el primo».

Señor, sin querer, se me pega por todos lados esta forma de vivir.

¿Qué puedo hacer?

2º. «La relativa y pobre felicidad del egoísta, que se encierra en su torre de marfil, en su caparazón..., no es difícil conseguirla en este mundo.   -Pero la felicidad del egoísta no es duradera.

¿Vas a perder por esa caricatura del cielo, la Felicidad de la Gloria, que no tendrá fin?» (Camino.-29).

Jesús, sólo tengo un procedimiento para no caer en la tentación de la vida fácil, de la postura egoísta: probar seriamente los beneficios de una vida entregada, sacrificada pero con sentido, por amor.

Entonces me daré cuenta de que la felicidad del egoísta es una felicidad pobre y relativa, y poco duradera.

Pero tengo que decidirme seriamente, de verdad, a seguirte.

Porque no hay nada peor que la entrega a medias, que el sacrificio por compromiso o la vida tibia.

Para encontrar la verdadera alegría, la paz que más llena, hay que entregarse de veras, coger la Cruz cada día, darse a los demás, olvidarse de uno mismo.

Un día y otro día, con cansancio, con dificultades, con esfuerzo.

«Pero vuestra tristeza se convertirá en gozo.»

Entonces sí.

Entonces vienen los frutos: el gozo del trabajo bien hecho; el gozo de ser útil a los demás; el gozo de ayudarte un poco, Jesús, en la tarea de la Redención.

«Y nadie os quitará vuestro gozo.»

Jesús: nada ni nadie podrá quitarme esta alegría, porque está por encima de mis éxitos personales, de mis fracasos, de mis preocupaciones humanas.

Ni siquiera la muerte me podrá apartar de esa alegría, puesto que, tanto para mí como para mis seres queridos, la muerte será la puerta de «la Felicidad de la Gloria, que no tendrá fin.»

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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1 junio 2011 3 01 /06 /junio /2011 20:34

Meditación: Jueves de la semana 6 de Pascua

«Y les dijo: Así está escrito: que el Cristo tiene que padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día, y que se predique en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las gentes, comenzando en Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas. Y sabed que yo os envío al que mi Padre ha prometido. Vosotros, pues, permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de la fuerza de lo alto. Los sacó hasta cerca de Betania y levantando sus monos los bendijo. Y sucedió que, mientras los bendecía, se alejó de ellos y se elevaba al Cielo. Y ellos le adoraron y regresaron a Jerusalén con gran gozo. Y estaban siempre en el Templo bendiciendo a Dios.» (Lucas 24, 46-53)

1º. Jesús, te has ido a la derecha del Padre, en el Cielo.

Así culminas la obra de la Redención, abriéndonos las puertas de tu Reino.

«Jesucristo, cabeza de la Iglesia, nos precede en el Reino glorioso del Padre para que nosotros, miembros de su cuerpo, vivamos en la esperanza de estar un día con él eternamente» (CEC.- 666).

Pero ahora, ¿qué voy a hacer si Tú no estás, si no te veo, si no te oigo?

Y me respondes: «Yo os envío al que mi Padre ha prometido.»

En diez días, el día de Pentecostés, vas a enviar al Espíritu Santo; y los apóstoles, hoy aún titubeantes, se van a lanzar a predicar en tu nombre la «conversión para perdón de los pecados a todas las gentes.»

2º. «La liturgia pone ante nuestros ojos, una vez más, el último de los misterios de la vida de Jesucristo entre los hombres: su Ascensión a los cielos. Desde el Nacimiento en Belén, han ocurrido muchas cosas: lo hemos encontrado en la cuna, adorado por pastores y por reyes; lo hemos contemplado en los largos años de trabajo silencioso, en Nazaret; lo hemos acompañado a través de las tierras de Palestina, predicando a los hombres el Reino de Dios y haciendo el bien a todos. Y más tarde, en los días de su Pasión, hemos sufrido al presenciar cómo lo acusaban, con qué saña lo maltrataban, con cuánto odio lo crucificaban.

Al dolor, siguió la alegría luminosa de la Resurrección. ¡Qué fundamento más claro y más firme para nuestra fe! Ya no deberíamos dudar. Pero quizá, como los Apóstoles, somos todavía débiles y en este día de la Ascensión, preguntamos a Cristo: «¿Es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?»; ¿es ahora cuando desaparecerán, definitivamente, todas nuestras perplejidades, y todas nuestras miserias?

El Señor nos responde subiendo a los cielos. También como los Apóstoles, permanecemos entre admirados y tristes al ver que nos deja. No es fácil, en realidad, acostumbrarse a la ausencia física de Jesús. Me conmueve recordar que, en un alarde de amor se ha ido y se ha quedado; se ha ido al Cielo y se nos entrega como alimento en la Hostia Santa. Echamos de menos, sin embargo, su palabra humana, su forma de actuar, de mirar, de son reír, de hacer el bien. Querríamos volver a mirarle de cerca, cuando se sienta al lado del pozo cansado por el duro camino, cuando llora por Lázaro, cuando ora largamente, cuando se compadece de la muchedumbre.

Siempre me ha parecido lógico y me ha llenado de alegría que la Santísimo Humanidad de Jesucristo suba a la gloria del Padre, pero pienso también que esta tristeza, peculiar del día de la Ascensión, es una muestra del amor que sentimos por Jesús, Señor Nuestro. El, siendo perfecto Dios, se hizo hombre, perfecto hombre, carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre. Y se separa de nosotros, para ir al cielo. ¿Cómo no echarlo en falta?

Si sabemos contemplar el misterio de Cristo, si nos esforzamos en verlo con los ojos limpios, nos daremos cuenta de que es posible también ahora acercarnos íntimamente a Jesús, en cuerpo y alma. Cristo nos ha marcado claramente el camino: por el Pan y por la Palabra, alimentándonos con la Eucaristía y conociendo y cumpliendo lo que vino a enseñarnos, a la vez que conversamos con Él en la oración» (Es Cristo que pasa, 117-118).

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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31 mayo 2011 2 31 /05 /mayo /2011 22:23

Meditación: Miércoles de la semana 6 de Pascua

«Todavía tengo que deciros muchas cosas, pero no podéis sobrellevarías ahora. Cuando venga Aquél, el Espíritu de la Verdad, os guiará hacia toda la verdad, pues no hablará por sí mismo, sino que dirá todo lo que oiga y os anunciará lo que ha de venir: Él me glorificará porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por esto dije que recibe de lo mío y os lo anunciará.» (Juan 16, 12-15)

1º. Jesús, en estos años con los apóstoles, ¡cuántas cosas les has dicho!

En parábolas, sin parábolas, a través de tu ejemplo y de tus milagros, les has hablado del Padre, del Reino de los Cielos, del amor entre los hombres, de la entrega, del sacrificio.

Pero aún es poco: «Todavía tengo que deciros muchas cosas.»

Queda mucho por explicar, por aclarar.

Y sobretodo, queda poner en práctica, en las distintas circunstancias históricas de cada momento, el mensaje perenne del Evangelio.

¿Quién nos va a decir estas cosas?

¿Quién ha de completar esa vida y esas palabras tuyas que están recogidas en el Evangelio?

«El Espíritu de la Verdad, os guiará hacia toda la verdad.»

Jesús, el Evangelio sólo no basta.

Quedan muchas cosas por decir.

Y has querido que sea el Espíritu Santo quien las diga.

Pero ¿cómo las dice?

¿Cómo ha hablado, habla y hablará el Espíritu de la Verdad?

El Espíritu Santo habla bajo, poniendo en mi alma en gracia esos buenos propósitos, afectos e inspiraciones que necesito para seguirte, Jesús.

Además tengo otras dos frentes para escucharle con voz clara: la voz de la Iglesia y la voz de los santos.

La doctrina que enseña la Iglesia y el ejemplo de la vida de los santos, son dos altavoces de sus palabras, porque es el Espíritu Santo el que habla a través de ellos.

«Ya no huyen, ya no se ocultan por miedo a los judíos; ahora despliegan más energía en predicar que antes desplegaban en disimular. Esta transformación, que es obra del Altísimo, aparece claramente en el príncipe de los apóstoles; ayer amedrentado por la voz de una sirvienta, ahora se tiene inquebrantable bajo los golpes de los jefes de los sacerdotes (...). ¿Quién podría dudar de la venida del Espíritu de fuerza, cuya potencia invisible iluminó sus corazones? Igualmente, lo que el Espíritu obra en nosotros da testimonio de su presencia.»

2º. «No te asustes -y, en la medida que puedas, reacciona- ante esa conjuración del silencio, con que quieren amordazar a la Iglesia. Unos no dejan que se oiga su voz; otros no permiten que se contemple el ejemplo de los que la predican con las obras; otros borran toda huella de buena doctrina..., y tantas mayorías no la soportan.

No te asustes, repito, pero no te canses de hacer de altavoz a las enseñanzas del Magisterio» (Forja.-585).

Jesús, estoy abarrotado de noticias: me bombardean con todo tipo de opiniones, críticas, descubrimientos, acontecimientos, sucesos, y hazañas.

No es malo saber de todo un poco, o un mucho.

El problema es que, con tanto ruido, puedo no oír lo importante; con tanta información puedo no enterarme de lo que más necesito para vivir una vida cristiana recta, llena de sentido, que sea también luz para los demás.

Tú también tienes muchas cosas que decirme, y he de estar atento a no perder tu onda.

Estamos en la «sociedad de la información», y sin embargo observo como una conjuración del silencio: es noticia lo que es escabroso, espectacular, injusto o anormal.

No es noticia la ejemplaridad, la vida santa de tantas y tantos que hacen más justo el mundo en el que vivimos.

No es noticia tampoco lo que dice la Iglesia ante tanta deshumanización, mientras silo es el criterio de unos políticos que, en su afán de poder, sólo pretenden agradar a las mayorías.

Jesús, si quiero hacer de altavoz a las enseñanzas del Magisterio, primero tengo que procurar escuchar al Espíritu Santo en el silencio de mi oración personal; además he de entenderle mejor leyendo y enterándome bien de las enseñanzas del Magisterio -el Papa y los Obispos- sobre los temas de actualidad: el aborto, la eutanasia, la doctrina social, la pena de muerte, la solidaridad; finalmente, debo oír sus llamadas a través del ejemplo de los santos, aprendiendo de sus vidas e intentando imitar su amor a Ti.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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31 mayo 2011 2 31 /05 /mayo /2011 01:20

Lectio: Visitación de la Virgen María -Lc 1:39-56

Lectio: 

Martes, 31 Mayo, 2011

 1) Oración inicial

Concédenos tu ayuda, Señor, para que el mundo progrese, según tus designios; gocen las naciones de una paz estable y tu Iglesia se alegre de poder servirte con una entrega confiada y pacífica. Por nuestro Señor.

 2) Lectura

Del santo Evangelio según Lucas 1,39-56
En aquellos días, se puso en camino María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, Isabel quedó llena de Espíritu Santo y exclamó a gritos: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que venga a verme la madre de mi Señor? Porque apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!»
Y dijo María:
«Alaba mi alma la grandeza del Señor
y mi espíritu
se alegra en Dios mi salvador
porque ha puesto los ojos en la pequeñez de su esclava,
por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada,
porque ha hecho en mi favor cosas grandes el Poderoso,
Santo es su nombre
y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen.
Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los de corazón altanero.
Derribó a los potentados de sus tronos
y exaltó a los humildes.
A los hambrientos colmó de bienes
y despidió a los ricos con las manos vacías.
Acogió a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia
-como había anunciado a nuestros padres- en favor de Abrahán y de su linaje por los siglos.»
María se quedó con ella unos tres meses, y luego se volvió a su casa.

 3) Reflexión

• Hoy, fiesta de la visitación de Nuestra Señora, el evangelio habla de la visita de María a su prima Isabel. Cuando Lucas habla de María, él piensa en las comunidades de su tiempo que vivían dispersas por las ciudades del Imperio Romano y les ofrece en María un modelo de cómo deben relacionarse con la Palabra de Dios. Una vez, al oír hablar a Jesús, una mujer exclamó: "Feliz la que te dio a luz y felices los pechos que te amamantaron”. Elogió a la madre de Jesús. Inmediatamente, Jesús respondió: "¡Felices, pues, los que escuchan la palabra de Dios y la observan!" (Lc 11,27-28). María es el modelo de comunidad fiel que sabe escuchar y practicar la Palabra de Dios. Al describir la visita de María a Isabel, enseña qué deben hacer las comunidades para transformar la visita de Dios en servicio a los hermanos y a las hermanas.

• El episodio de la visita de María a Isabel muestra otro aspecto bien típico de Lucas. Todas las palabras y actitudes, sobre todo el cántico de María, forman una gran celebración de alabanza. Parece la descripción de una solemne liturgia. Así, Lucas evoca el ambiente litúrgico y celebrativo, en el cual Jesús fue formado y en el cual las comunidades tenían que vivir su fe.

• Lucas 1,39-40: María sale para visitar a Isabel. Lucas acentúa la prontitud de María en atender las exigencias de la Palabra de Dios. El ángel le habló de que María estaba embarazada e, inmediatamente, María se levanta para verificar lo que el ángel le había anunciado, y sale de casa para ir a ayudar a una persona necesitada. De Nazaret hasta las montañas de Judá son ¡más de 100 kilómetros! No había bus ni tren.

• Lucas 1,41-44: Saludo de Isabel. Isabel representa el Antiguo Testamento que termina. María, el Nuevo que empieza. El Antiguo Testamento acoge el Nuevo con gratitud y confianza, reconociendo en él el don gratuito de Dios que viene a realizar y completar toda la expectativa de la gente. En el encuentro de las dos mujeres se manifiesta el don del Espíritu que hace saltar al niño en el seno de Isabel. La Buena Nueva de Dios revela su presencia en una de las cosas más comunes de la vida humana: dos mujeres de casa visitándose para ayudarse. Visita, alegría, embarazo, niños, ayuda mutua, casa, familia: es aquí donde Lucas quiere que las comunidades (y nosotros todos) perciban y descubran la presencia del Reino. Las palabras de Isabel, hasta hoy, forman parte del salmo más conocido y más rezado en todo el mundo, que es el Ave María.

• Lucas 1,45: El elogio que Isabel hace a María. "Feliz la que ha creído que se cumplieran las cosas que le fueron dicha de parte del Señor". Es el recado de Lucas a las Comunidades: creer en la Palabra de Dios, pues tiene la fuerza de realizar aquello que ella nos dice. Es Palabra creadora. Engendra vida en el seno de una virgen, en el seno del pueblo pobre y abandonado que la acoge con fe.

• Lucas 1,46-56: El cántico de María. Muy probablemente, este cántico, ya era conocido y cantado en las Comunidades. Enseña cómo se debe cantar y rezar. Lucas 1,46-50: María empieza proclamando la mutación que ha acontecido en su propia vida bajo la mirada amorosa de Dios, lleno de misericordia. Por esto canta feliz: "Exulto de alegría en Dios, mi Salvador". Lucas 1,51-53: En seguida después, canta la fidelidad de Dios para con su pueblo y proclama el cambio que el brazo de Yavé estaba realizando a favor de los pobres y de los hambrientos. La expresión “brazo de Dios” recuerda la liberación del Éxodo. Esta es la fuerza salvadora de Dios que hace acontecer la mutación: dispersa a los orgullosos (1,51), destrona a los poderosos y eleva a los humildes (1,52), manda a los ricos con las manos vacías y llena de bienes a los hambrientos (1,53). Lucas 1,54-55: Al final recuerda que todo esto es expresión de la misericordia de Dios para con su pueblo y expresión de su fidelidad a las promesas hechas a Abrahán. La Buena Nueva viene no como recompensa por la observancia de la Ley, sino como expresión de la bondad y de la fidelidad de Dios a las promesas. Es lo que Pablo enseñaba en las cartas a los Gálatas y a los Romanos.
El segundo libro de Samuel cuenta la historia del Arca de la Alianza. David quiso colocarla en su casa, pero tuvo miedo y dijo: "¿Cómo voy a llevar a mi casa el Arca de Yavé?" (2 Sam 6,9) David mandó que el Arca fuera para la casa de Obed-Edom. "Y el Arca permaneció tres meses en casa de Obed-Edom, y Yavé bendijo a Obed-Edom y a toda su familia" (2 Sam 6,11). María, embarazada de Jesús, escomo el Arca de la Alianza que, en el Antiguo Testamento, visitaba las casas de las personas distribuyendo beneficios a las casas y a las personas. Va hacia la casa de Isabel y se queda allí tres meses. En cuanto entra en casa de Isabel, ella y toda la familia es bendecida por Dios. La comunidad debe ser como la Nueva Arca de la Alianza. Al visitar las casas de las personas tiene que traer beneficios y gracias de Dios para la gente.

 4) Para la reflexión personal

• ¿Qué nos impide descubrir y vivir la alegría de la presencia de Dios en nuestra vida?
• ¿Dónde y cómo la alegría de la presencia de Dios está aconteciendo hoy en mi vida y en la vida de la comunidad?

 5) Oración final

Bendice, alma mía, a Yahvé,
el fondo de mi ser, a su santo nombre.
Bendice, alma mía, a Yahvé,
nunca olvides sus beneficios. (Sal 103,1-2)

www.ocarm.org

 

 

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31 mayo 2011 2 31 /05 /mayo /2011 01:11

Meditación: Martes de la semana 6 de Pascua

«Ahora voy a quien me envió y ninguno de vosotros me pregunta: ¿Adónde vas? Pero porque os he dicho esto, vuestro corazón se ha llenado de tristeza; mas yo os digo la verdad: os conviene que me vaya, pues si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros. En cambio, si yo me voy os lo enviaré. Y cuando venga Él, argüirá al mundo de pecado, de justicia y de juicio: de pecado, porque no creen en mí; de justicia, porque me voy al Padre y ya no me veréis; de juicio, porque el príncipe de este mundo ya está juzgado.» (Juan 16, 5 -11)

 

1º. Jesús, en esta última cena, sigues intentando animar a los apóstoles para que superen la prueba que les espera con la crucifixión.

Vuelves al Padre, y eso significa que les dejas.

Por eso se quedan tristes, abatidos: «porque os he dicho esto, vuestro corazón se ha llenado de tristeza.»

¿Cómo no estar hundidos cuando se está a punto de perder a la persona más amada, a quien se ha dado toda la vida?

«Os conviene que me vaya, pues si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros.»

Jesús, ¿quién será el Paráclito -el Espíritu Santo- como para que compense tu pérdida?

¿Es posible que salga ganando con el Espíritu Santo en lugar de verte a Ti, Jesús, cara a cara?

Tú dices que sí.

Y Tú sabes más.

«Del mismo modo que nuestro cuerpo natural, cuando se ve privado de los estímulos adecuados, permanece inactivo (por ejemplo, los ojos privados de luz [...J), así también nuestra alma, si no recibe por la fe el Don que es el Espíritu, tendrá ciertamente una naturaleza capaz de entender a Dios, pero le faltará la luz para llegar a su conocimiento» (San Hilario).

Sentimentalmente parece que pierdo, porque no te veo, no oigo tu voz, ni me siento atraído por la fuerza de tus palabras o el cariño de tu mirada.

Pero ahora, por la gracia del Espíritu, te puedo tener más cerca que nunca: en mí, dentro de mí.

Y esa cercanía -que es «convivencia»- hace posible que entienda los misterios de Dios; y que, entendiendo, ame.

Señor Espíritu Santo: llena mi corazón de amor de Dios; quema con tu fuego mis apegamientos terrenos, mis egoísmos, mi pereza, mi sensualidad.

2º. «La santidad se alcanza con el auxilio del Espíritu Santo -que viene a inhabitar en nuestras almas-, mediante la gracia que se nos concede en los sacramentos, y con una lucha ascética constante.

Hijo mío, no nos hagamos ilusiones: tú y yo -no me cansaré de repetirlo- tendremos que pelear siempre, siempre, hasta el final de nuestra vida. Así amaremos la paz, y daremos la paz, y recibiremos el premio eterno» (Forja.-429).

«Si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros.»

Jesús, hacía falta que nos redimieras primero del pecado para poder enviar al Espíritu Santo.

Sin la Redención, nuestra alma era incapaz de recibir la gracia. Por eso convenía que te fueras, aunque ello supusiese un terrible mazazo para los apóstoles.

Tu marcha, me acerca a Ti; tu muerte me da vida: la vida de los hijos de Dios.

Y esa vida es posible por la acción del Espíritu Santo en mi alma.

Jesús, me doy cuenta de que la santidad -ese camino al que estoy llamado por ser cristiano, hijo de Dios- es un don y una tarea: es una combinación del auxilio de tu gracia y de la lucha mía por corresponder a esa gracia.

Sólo así puedo ir hacia arriba en mi vida cristiana, sólo así puedo irte amando cada vez más: con tu gracia y con mi esfuerzo.

«La santidad se alcanza con el auxilio del Espíritu Santo, mediante la gracia que se nos concede en los sacramentos, y con una lucha ascética constante.»

«Así amaremos la paz, y daremos la paz, y recibiremos el premio eterno.»

Luchando contra el pecado, buscando en todo momento hacer tu voluntad para recibir la gracia del Espíritu Santo, llevaré la justicia y la paz al mundo, y estaré preparado en el día del juicio para recibir el premio de la vida eterna.

Se cumplirán entonces tus palabras: «cuando venga Él argüirá al mundo de pecado, de justicia y de juicio.»

Y entenderé con mayor claridad por qué convenía que me dejaras, aunque el no verte físicamente me llene el corazón de tristeza.

Y volveré a recuperar esa alegría que es propia de los que se saben hijos de Dios.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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31 mayo 2011 2 31 /05 /mayo /2011 00:50

Meditación: Visitación de Nuestra Señora

«Por aquellos días, María se levantó, y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y en cuanto oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó de gozo en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando en voz alta, dijo: Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme? Pues en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno; y bienaventurada tú que has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor. María dijo: Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador: porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones. Porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso, cuyo nombre es Santo, cuya misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen. Manifestó el poder de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y ensalzó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos, y a los ricos los despidió sin nada. Acogió a Israel su siervo, recordando su misericordia, según había prometido a nuestros padres, a Abrahán y a su descendencia para siempre. María permaneció con ella unos tres meses,  y se volvió a su casa». (Lc 1, 39-56)

 

1º. María se enteró, por el ángel, de que Isabel, la que llamaban estéril, iba a tener un hijo.

No le costó mucho a la Virgen darse cuenta de que la esclava del Señor tenía que ser, por ello mismo, esclava de los hombres.

Por eso, se puso en marcha hacia la montaña donde vivía Isabel.

El evangelio dice que fue «de prisa».

¡Qué buen ejemplo el de María en este terreno!: darse prisa para el bien, «que los hijos de las tinieblas no descansan y siembran cizaña cuando se duermen los hijos de la luz» (Mateo 13, 25).

La prisa de la Virgen, su prontitud de alma para el servicio.

Hay en esta actitud todo un mun­do de enseñanzas para nosotros: «Nos acucia el Amor». (2 Corintios 5, 14):

«Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.»

Este saludo y esta voz desencadenaron en Isabel un torrente de gracia y de alegría: el seno de Isabel se estremeció con los saltos de gozo de su hijo, el espíritu de Isabel quedó colmado por el Espíritu Santo, los labios de Isabel se desataron en cantos de alabanza a Nuestra Señora.

¿Cómo fue el saludo de María?

Jesús, en cierta ocasión, dirá a sus discípulos: «Cuan­do entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa» (Marcos 10, 12).

Quizá fue así el saludo de la Virgen.

Pero más importante que la palabra del saludo lo era la voz de María al saludar, el tono, el acento, el amor que llevaba en sus pliegues.

Una voz que hacía saltar de gozo al Bautista en el seno materno, y que llenaba a Isabel del Espíritu Santo trayendo a sus labios una letanía de gloria: «-Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí que me visite la Madre de mi Señor? Dichosa tú porque has creído.»

Piropos encendidos... Bendita, dichosa, Ma­dre del Señor... Alabanzas, aclamaciones, encomios...Detrás de todos estos elogios está el Espíritu Santo. Es el Espíritu Santo quien impulsa al culto y la venera­ción a la Virgen.

La Virgen es bendita -como la llama Isabel- pues sobre ella se dijo la mejor palabra salida de la boca de Dios: bendita por su divina Maternidad, bendita por su fe, una fe que produce felicidad; bendita entre todas las mujeres, dichosa porque ha creído, santa Madre de Dios.

2º. El Magníficat

Ante el raudal de alabanzas que se le prodiga, la humildad de María se vuelve hacia Dios para referírselo todo a El.

Nunca se queda la Virgen con la gloria. La gloria es de Dios.

«Engrandece mi alma al Señor, y exulta mi espíritu en Dios.»

Esta es la actitud de la Virgen, colmada ella como nadie de la plenitud del Espíritu Santo: llena de gracia y de exultación, cantar la gloria de Dios.

Pero hay dos verbos también, en el Magnificat, que expresan la acción de Dios sobre la Virgen: «Miró la humillación de su esclava, hizo en ella cosas grandes»

La mirada de Dios sobre la actitud humilde de la Virgen que se hace pequeña y se anonada y se considera -se sabe- esclava del Señor.

¡Cómo descansa la mira­da de Dios en una persona así!

Mirada de amor absolutamente preferencial por la Virgen, por la pequeñez de la Virgen, por su profundísima humildad.

«Hizo en mí cosas grandes.»

Dios es el Hacedor. Dios hizo el cielo y la tierra; Dios hizo el mar y cuanto contiene; Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza...

Cosas grandes ciertamente.

Pero Dios hizo cosas grandes sobre todo en María: la hizo Inmaculada desde el primer instante de su concep­ción, la colmó de gracia, la llevó hasta los linderos de la divinidad por la grandeza de la divina maternidad, la hizo corredentora al pie de la Cruz, la constituyó Media­nera de todas las gracias, la llevó en cuerpo y alma a la gloria del cielo, la coronó como Reina y Señora de todo lo creado...

Esta es la actitud de Dios con la Virgen.

¿Y cuál la actitud de los hombres para con Ella?

Ella lo dice en una palabra: me llamarán dichosa.

Nosotros, según la enseñanza de Cristo, llamamos dichosos, bienaventurados, a los pobres, a los mansos, a los que tienen hambre y sed de justicia...

Pero todos estos adjetivos se concentran en María.

Llamamos dichosa a María.

Y todas las generaciones del mundo harán lo mismo: «me felicitarán.»

Desgraciado aquel que no lo haga, que se niegue a proclamarla bienaventurada y a bendecirla precisamente a causa de su disponibilidad, su amor y entrega a Dios.

Pienso que quien la alabe y la felicite de todo corazón tendrá en sí el alma de María, el espíritu de María, para engrandecer a Dios y exultar de gozo en el Señor.

La actitud del cristiano con María es manifes­tativa de la actitud del cristiano con Dios.

3º. San Lucas termina este pasaje diciendo que la visita de María duró unos tres meses, es decir, hasta el tiempo en que Isabel dio a luz.

Duró su visita mientras hizo falta, mientras fueron necesarios sus servicios.

«Y luego volvió a su casa» -dice el evangelio.

Es el don de la oportunidad, que en sumo grado tenía la Virgen.

También estará en las bodas de Caná, ayu­dando, sirviendo, dándose cuenta la primera de que escaseaba el vino, y luego desapareciendo otra vez.

Hacer y desaparecer.

El gozo de servir.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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29 mayo 2011 7 29 /05 /mayo /2011 22:47

Meditación: Lunes de la semana 6 de Pascua

«Cuando venga el Paráclito que yo os enviaré de parte del Padre, el Espíritu de la verdad que procede del Padre, Él dará testimonio de mí. También vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo. Os he dicho estas cosas para que no os escandalicéis. Seréis expulsados de las sinagogas; aún más, llega la hora en que todo el que os dé muerte pensará que hace un servicio a Dios. Y esto os lo harán porque no han conocido a mi Padre ni a mí. Pero os he dicho estas cosas para que cuando llegue la hora os acordéis de que ya os las había anunciado. No os las dije al principio porque estaba con vosotros.» (Juan 15, 26 -16, 4)

 

1º. Jesús, has venido a mostrarnos el camino, la verdad y la vida de Dios.

Has venido a marcar, con tus pisadas, el camino que conduce a Dios;

has venido a enseñar, con tus palabras y tus milagros, cuál es la verdad sobre mi fin en la tierra y en la eternidad;

has venido a darme la vida de Dios, tu propia vida, a través de los sacramentos.

Pero ahora has de volver a la derecha del Padre.

¿Quién va a dar testimonio de ese camino, verdad y vida divina?

«El Paráclito que yo os enviaré departe del Padre, el Espíritu de la verdad que procede del Padre, Él dará testimonio de mi.»

Toda la Trinidad -Padre, Hijo y Espíritu Santo- se pone en movimiento para que yo no me pierda; y envías, Jesús, de parte del Padre, al Espíritu Santo para que me recuerde constantemente el Camino, la Verdad, y la Vida.

«El Espíritu Santo es enviado a los apóstoles y a la Iglesia tanto por el Padre en nombre del Hijo, como por el Hijo en persona, una vez que vuelve junto al Padre. El envío de la persona del Espíritu Santo tras la glorificación de Jesús, revela en plenitud el misterio de la Santísima Trinidad» (CEC.-244)

Dios Espíritu Santo, tengo que aprender a oírte porque Tú hablas bajo y hay mucho ruido en el exterior.

He de aprender a escucharte porque yo también debo dar testimonio de Jesús, ser apóstol suyo: «También vosotros daréis testimonio.»

Dios no quiere dejarte a Ti, Espíritu Santo, todo el peso del apostolado; sino que espera que yo también dé ejemplo de camino cristiano, de verdad coherente con la fe, de vida eterna.

He de aprender a oírte en el silencio de la oración, y también en el ajetreo de la vida diaria.

2º. «También los primeros Doce eran extranjeros en las tierras que evangelizaban, y tropezaban con gentes que construían el mundo sobre bases diametralmente opuestas a la doctrina de Cristo.

-Mira: por encima de esas circunstancias adversas, se sabían depositarios del mensaje divino de la Redención. Y clama el Apóstol: «¡desventurado de mí si no lo predicare!» (Forja.-668).

Jesús, muchas veces tengo que dar testimonio de vida cristiana en un ambiente adverso, con gente que a lo mejor no me va a perseguir y matar como hicieron con los apóstoles, pero que tampoco me va a alabar por ello.

Es más, será frecuente que, algunos de los que no entienden se metan conmigo, y que se rían e intenten desprestigiarme.

Son personas que construyen el mundo sobre bases diametralmente opuestas a la doctrina de Cristo.

«Y esto os lo harán porque no han conocido a mi Padre ni a mí»

Los que se burlan de mi apostolado, lo hacen porque no te conocen, Jesús, ni conocen al Padre.

No los puedo juzgar, puesto que no sé lo que han recibido.

Tal vez Tú esperas que esas personas puedan conocerte a través de mi ejemplo, devolviendo cariño por burla, amor por desprecio.

«Por encima de esas circunstancias adversas, se sabían depositarios del mensaje divino de la Redención.»

Nada puede detenerme en el apostolado si me doy cuenta de que soy testigo del camino, la verdad y la vida que Tú, Jesús, has venido a mostrar al mundo.

Aún más cuando sé que, en esta labor, está colaborando el Espíritu Santo por deseo expreso de la Trinidad.

Que me dé cuenta de que las dificultades externas no son nunca un obstáculo si, por dentro, me mantengo encendido, vibrante, lleno de amor a Ti: lleno de la luz y el fuego y el amor del Espíritu Santo.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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28 mayo 2011 6 28 /05 /mayo /2011 03:41

Meditación: Domingo de la semana 6 de Pascua; ciclo A

«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros siempre: el Espíritu de la verdad, al que el mundo no puede recibir porque no le ve ni le conoce; vosotros le conocéis porque permanece a vuestro lado y está en vosotros. No os dejaré huérfanos, yo volveré a vosotros. Todavía un poco y el mundo ya no me verá, pero vosotros me veréis porque yo vivo y también vosotros viviréis. En aquel día conoceréis que yo estoy en el Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama. Y el que me ama será amado por mi Padre y yo le amaré y yo mismo me manifestaré a él.» (Juan 14, 15-21)

 

1. Jesús, los discípulos debían estar tristes ante tus palabras de despedida: un poco y el mundo ya no me verá.

Ellos lo habían dejado todo, habían recorrido Palestina de arriba a bajo, habían visto tus milagros, oído tus palabras; habíais caminado, comido, reído juntos. Y los ibas a dejar.

¿Cómo no sentirse hundidos, destrozados, desconcertados?

Ante esta situación, les aseguras: No os dejaré huérfanos, yo volveré a vosotros. Jesús, vas a volver después de la Resurrección y vas a estar con ellos durante cuarenta días.

Pero luego asciendes al Cielo, al lugar donde te corresponde: a la derecha del Padre. ¿Cómo permanecer unido a Ti, cuando estás otra vez tan lejos?

Has dejado dos medios imponentes que nos unen a Dios, uniéndonos también entre nosotros: la Eucaristía y el Espíritu Santo. Hoy me hablas del Espíritu Santo, el Espíritu de la verdad, al que el mundo no puede recibir porque no le ve ni le conoce; vosotros le conocéis porque permanece a vuestro lado y está en vosotros.

El Espíritu Santo, que es el Amor y la Verdad de Dios, está en mí, en mi alma en gracia. Dios dentro de mí: soy Templo de Dios, sagrario del Espíritu Santo. Por eso me puedo dirigir a El en todo momento.

¿Le tengo presente en mi comportamiento diario?

Así como la Eucaristía une a los miembros de la Iglesia en un mismo cuerpo, el Espíritu Santo nos une en un mismo espíritu.

«Todos nosotros que hemos recibido el mismo y único espíritu, a saber, el Espíritu Santo, nos hemos fundido entre nosotros y con Dios (...). Y de la misma manera que el poder de la santa humanidad de Cristo hace que todos aquellos en los que ella se encuentra formen un solo cuerpo, pienso que también de la misma manera el Espíritu de Dios que habita en todos, único e indivisible, los lleva a todos a la unidad espiritual» (San Cirilo de Alejandría).

2º. «Cuando te parezca que el Señor te abandona, no te entristezcas: ¡búscale con más empeño! Él, el Amor no te deja solo.

-Persuádete de que «te deja solo» por Amo, para que veas con claridad en tu vida lo que es suyo y lo que es tuyo» (Forja.-250).

Jesús, a veces me parece que me dejas solo: tu presencia se me hace casi imperceptible. Y entonces me cuesta seguir luchando: hacer esas normas de piedad que antes cumplía con ilusión y ganas; trabajar cuidando los detalles; pensar en los demás...

¿Qué puedo hacer?

No te entristezcas: ¡búscale con más empeño! Él, el Amor, no te deja solo.

Jesús, que me convenza de que Tú no me abandonas.

Tal vez soy yo el que me he alejado poco a poco de Ti por no luchar suficientemente contra la tibieza, la comodidad, la pereza.

O tal vez es que Tú me has quitado conscientemente esas recompensas del sentimiento que me ayudaban a luchar, para que mi amor a Ti sea más puro. En todo caso, he de volver a empezar con más empeño, con brío renovado, aunque falten las ganas.

«El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama. Y el que me ama será amado por mi Padre y yo le amaré y yo mismo me manifestaré a él».

Jesús, independientemente de cómo me sienta y de las ganas que tenga de seguirte, te amo más cuanto mejor cumplo tus mandamientos.

Sólo entonces te manifiestas a mí.

Por eso es un engaño pensar que haré más cuando lo sienta más.

Porque «esto» funciona al revés: lo sentiré más -te manifestarás más a mí-, cuando haga más: cuando me decida a vivir mejor los mandamientos y las normas de piedad.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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27 mayo 2011 5 27 /05 /mayo /2011 20:58

Meditación: Sábado de la semana 5 de Pascua

«Si el mundo os odia, sabed que antes que a vosotros me ha odiado a mí. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero como no sois del mundo, sino que yo os escogí del mundo, por eso el mundo os odia. Acordaos de la palabra que os he dicho: no es el siervo más que su señor Si me han perseguido a mí, también a vosotros os perseguirán. Si han guardado mi doctrina, también guardarán la vuestra. Pero os harán todas estas cosas a causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado.» (Juan 15, 18-21)

1º. Jesús, ¿qué quieres decir con eso de que no sois del mundo?

¿Es que acaso tengo que dejar este mundo para servirte porque el mundo es algo perverso, imposible de santificar?

El mundo y todo lo que conlleva -el trabajo, las relaciones familiares y sociales, la diversión, el deporte, la política, la ayuda a los más necesitados, la música- no puede ser malo, puesto que es creación de Dios.

Salida de la bondad divina, la creación participa en esa bondad («Y vio Dios que era bueno... muy bueno»: Génesis 1).

Porque la creación es querida por Dios como un don dirigido al hombre, como una herencia que le es destinada y confiada.

La Iglesia ha debido, en repetidas ocasiones, defender la bondad de la creación, comprendida la del mundo material.

Además, Jesús, Tú te has pasado la vida trabajando, santificando una vida de lo más corriente: en un pueblo pequeño, Nazaret, entre familiares y amigos, haciendo bien tu trabajo, cumpliendo tus deberes y viviendo con espíritu de servicio.

Jesús, con tu vida me enseñas que mi vida no es algo sin importancia: puede ser una vida santa si la vivo como la hubieras vivido Tú en mi lugar.

Un poco más adelante me das la respuesta: «No pido que los saques del mundo, sino que los guardes del Maligno». (Juan 17,15).

El mundo en sí no es malo: lo malo es ser «mundano».

Jesús, cuando dices: no sois del mundo, quieres recordarme que no puedo poner mi último fin en las cosas de este mundo -esto sería ser mundano-; que estoy llamado a una vida eterna.

Que no viva como si todo se acabara aquí abajo, porque es falso; es el gran engaño del Maligno: conseguir que me olvide de Ti la mayor parte del tiempo.

2º. «¡Madre! –Llámala fuerte, fuerte. -Te escucha, te ve en peligro quizá, y te brinda, tu Madre Santa María, con la gracia de su Hijo, el consuelo de su regazo, la ternura de sus caricias: y te encontrarás reconfortado para la nueva lucha (Camino.-516).

Madre, si quiero comportarme como un buen cristiano, mi conducta chocará con el ambiente.

Estoy en el mundo, con los pies en la tierra, pero miro al cielo con visión sobrenatural, que es la visión más real: miro las cosas del mundo desde tu punto de vista.

Por eso no pierdo la alegría donde otros sólo descubren sufrimiento; trabajo lo mejor posible cuando otros sólo hacen lo justo; no calculo los favores que hago; intento servir en lo que puedo; lucho por mejorar cada día un poco; me mortifico; etc.

Sin embargo, a veces me canso de luchar o me cuesta especialmente ese ir contracorriente.

Ayúdame Virgen María, dame tu cariño de madre, consígueme gracia de tu hijo para que sea fuerte.

No me dejes solo ante las persecuciones del mundo, que es uno de los enemigos del alma: el mundo, el demonio y la carne.

A lo mejor no sufro una persecución como la de los apóstoles, pero el mundo me tienta ahora de manera mucho más sutil y más mortífera: por ejemplo, cuando me aconseja quedar bien a toda costa, cuando me dominan las cosas materiales o cuando no hago lo que debo por pura comodidad.

Madre, cuando sienta esas tentaciones -que parecen poca cosa pero que destruyen mi vida interior- que sepa llamarte fuerte, fuerte, pidiéndote la fortaleza necesaria para no dejarme atrapar por el ambiente mundano, pagano, superficial y hedonista que me rodea.

Que sepa ser, en medio de este mundo, un ejemplo de vida cristiana.

Que sepa vivir en el mundo con los pies en el suelo y la cabeza en el cielo: metido de lleno en mi ambiente pero con una vida interior tan profunda que ayude también a otros a levantarse y volver a luchar.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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26 mayo 2011 4 26 /05 /mayo /2011 23:44

Meditación: Viernes de la semana 5 de Pascua

«Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros, en cambio, os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca, para que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Esto os mando, que os améis los unos a los otros.» (Juan 15, 12-17)

 

1º. Jesús, me llamas amigo.

¡A mi!

A mí, que te he vuelto tantas veces la espalda, o que he pasado de largo con indiferencia cuando me pedías algo.

Pagas bien por mal.

Gracias.

Que sepa responder a tu amistad tratando de cumplir tu voluntad, que está bien clara: «Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado.»

Jesús, ¿cómo me has amado?

«Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos.»

Tú me has amado con el amor más grande posible: dando tu vida por mí; y ahora me pides que te imite.

Ayúdame a pensar en los demás, a servir a los que me rodean: mi familia, mis compañeros, mis amigos, mis vecinos.

«No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros.»

Jesús, me has elegido Tú: te has puesto a mi alcance, me has llenado de gracias.

No es mérito mío el ser cristiano; es un don tuyo, un talento valiosísimo que me has prestado para que lo haga rendir.

Porque no quieres que entierre mis talentos -los dones que me das-, sino que los haga fructificar: «el treinta por uno, el sesenta por uno, y el ciento por uno» (Mateo 4,8).

La   nueva es llamada 'ley de amor', porque hace obrar por el amor que infunde el Espíritu Santo más que por el temor; 'ley de gracia', porque confiere la fuerza de la gracia para obrar mediante la fe y los sacramentos; 'ley de libertad' porque nos libera de las observancias rituales y jurídicas de la Ley antigua, nos inclina a obrar espontáneamente bajo el impulso de la caridad y nos hace pasar de la condición del siervo «que ignora lo que hace su señor», a la de amigo de Cristo, «porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer»(CEC.-1972).

 

2º. «Si el Señor te ha llamado «amigo», has de responder a la llamada, has de caminar a paso rápido, con la urgencia necesaria, ¡al paso de Dios! De otro modo, corres el riesgo de quedarte en simple espectador» (Surco.-629).

Jesús, eres Tú el que me has llamado, el que te has metido en mi vida, casi sin darme cuenta.

No soy yo el que te he elegido: Tú has querido contar conmigo.

Por eso, no tengo derecho a dejarte; no puedo quedarme en una posición cómoda, de simple espectador, cuando Tú me estás pidiendo más: «os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca.»

Jesús, me pides que dé fruto.

¿Pero qué fruto?

Fruto de santidad,

fruto de apostolado,

fruto de trabajo bien hecho,

fruto de servicio a los demás.

Este es el fruto que me pides después de decirme que has dado tu vida por mí y que ya no puedes mostrarme más el amor que me tienes; después de llamarme amigo «porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer.»

¿Cómo no voy a responder a tu llamada?

¿Cómo no voy a intentar ir a paso rápido, al paso de Dios?

Pero necesito ayuda, y por eso me aseguras que «todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo concederá.»

Padre, te pido más corazón, para corresponder al amor que me tienes;

te pido más fortaleza, para no conformarme con «ir tirando», sino que me ponga a luchar en serio en el camino de la santidad;

te pido más generosidad, para saber dar la vida por Ti y por los demás como ha hecho Jesús;

te pido más lealtad, para no traicionar la amistad que Jesús me ha dado, rechazando el pecado con todas mis fuerzas;

te pido más vibración apostólica, para que sepa dar ejemplo y hablar de Ti a mis familiares y amigos: para dar fruto, y que ese fruto permanezca.

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