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24 febrero 2014 1 24 /02 /febrero /2014 15:03

Meditación: Marcos 9,30-37: Martes VII Semana Tiempo Ordinario: Ciclo A.  25 de enero, 2014

La cruz tiene un sentido transformador

«Una vez que salieron de allí cruzaban Galilea, y no quería que nadie lo supiese; pues iba instruyendo a sus discípulos y les decía: El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán, y después de muerto, resucitará a los tres días. Pero ellos no entendían sus palabras y temían preguntarle. Y llegaron a Cafarnaún. Estando ya en casa, les preguntó: ¿De qué discutíais por el camino? Pero ellos callaban, porque en el camino habían discutido entre sí sobre quién sería el mayor Entonces se sentó y llamando a los doce, les dijo: Si alguno quiere ser el primero, hágase el último de todos y servidor de todos. Y tomando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe; y quien me recibe a mí, no me recibe a mí, sino al que me envió» (Marcos 9,30-37).

 

1. “-Jesús y sus discípulos atravesaban la Galilea, queriendo que no se supiese. Pues les enseñaba diciendo: "El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres."” Como Jesús no quiere que se utilice el titulo de "Hijo de Dios" utiliza constantemente el de "Hijo del hombre", que no está contaminado por interpretaciones judías, y en cambio recoge la profecía de la venida de Dios en Daniel,7-13-14… «Desde el comienzo de su vida pública, en su bautismo, Jesús es el «Siervo» enteramente consagrado a la obra redentora que llevará a cabo en el «bautismo» de su pasión» (Catecismo 565).

-“Le darán muerte y al cabo de tres días resucitará”. Es el segundo anuncio de la Pasión. Ni Buda, ni Mahoma ni ninguna ideología humanista han propuesto solución alguna a esta gran angustia del hombre que sabe que morirá. Solamente Jesús, serenamente, sencillamente dijo: le darán muerte y ¡tres días después resucitará!Jesús es aquel que se dirigía hacia la muerte en medio de una gran paz total... porque sabía que, detrás de la puerta sombría, le esperaba: no la nada desesperante, sino los brazos del Padre. La nueva liturgia de difuntos canta: "En el umbral de su casa, nuestro Padre te espera, y los brazos de Dios se abrirán para ti”.

-“Y los discípulos no entendían esas palabras y temían preguntarle”. Es una buena muestra de humanidad corriente, más bien mediana. Fueron transformados por un acontecimiento... fueron levantados por encima de sí mismos, e investidos de una fuerza y de una inteligencia que no venía de ellos. Siempre es así hoy en la Iglesia: no se la puede juzgar simplemente desde un punto de vista estrictamente humano.

-“¿Qué discutíais en el camino? Ellos se callaron porque habían discutido entre sí sobre quién sería el mayor”. He aquí su nivel de reflexión y de ambición. ¡Humanidad corriente, mediana!

-“Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. En su Pasión, a la que alude, Jesús se hizo el último, el servidor. Así, el anuncio de la Cruz, no es sólo para El, sino también para nosotros. No hay otro camino para seguir a Jesús, que el de pasar por la muerte para llegar a la vida. ¿Es esto, desde ahora, mi vida cotidiana? (Noel Quesson).

Y pones el ejemplo de un niño… ayúdame, Señor, a ser niño, para entender tu Reino.

2. –“Hijo mío, si te dispones a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba. Endereza tu corazón, permanece firme y valiente, no te atormentes cuando llegue la adversidad”. Vemos también nosotros los desórdenes e injusticias del mundo: millones de hombres que mueren de hambre, cataclismos colectivos, sufrimientos individuales, la enfermedad, la muerte. A diferencia de Job, Ben Sirac no plantea preguntas radicales sobre el mal. Hombre práctico, se contenta con dar consejos concretos sobre las actitudes a tomar cuando viene la prueba.

1º Tener paciencia, aceptar, esperar el final: -“Sé fiel, no te separes para que seas exaltado al fin de tu vida”.Todo lo que te sobrevenga, acéptalo; en los reveses de tu humillación, sé paciente. Es la sabiduría elemental de la mayoría de los pueblos: hay que acomodarse al dolor lo mejor posible. .. siempre que se presente. Pero no está prohibido pensar que las cosas se arreglarán, de ahí la invitación a «esperar», a «tener paciencia»; ver la prueba como algo temporal que un día terminará. Vieja filosofía de siempre. ¿Qué ponía Ben Sirac tras esas palabras «sé fiel para que seas exaltado al final"? ¿Veía una glorificación, una "exaltación" de los que han padecido? ¿Cómo, dónde, cuándo? Y nosotros, con las luces más precisas que la Pascua aporta al Viernes Santo, ¿qué ponemos detrás de esas palabras? Leo de nuevo, lentamente las exhortaciones del sabio, aplicándolas a Jesús en su misterio pascual... a mis propias pruebas... y a las pruebas del mundo.

2.° La prueba es fuente de purificación, de valores, «templa los caracteres": -“Porque en el fuego se purifica el oro, y los aceptos a Dios, en el crisol de la humillación”. Es mejor no usar a menudo ese argumento con los que vemos que sufren. No hay nada peor, a veces, que dar «buenos consejos» a los que están sufriendo. No obstante, convendría que nos aplicáramos ese argumento a nosotros mismos. Es un hecho de experiencia que si la prueba es a veces destructora, por lo menos aparentemente, también tiene, a menudo, un misterioso poder de valorización del hombre. Es un crisol. En él se decantan las impurezas y las gangas y aparece lo esencial del metal.

3.° Lo ideal sería vivir la prueba «en compañía» de Dios: -“Confiate a El y El te sostendrá... Espera en El”. Los que adoráis a Dios, contad con su misericordia... Confiaos a El y no os faltará la recompensa. Los que adoráis a Dios, esperad sus beneficios: gozo eterno y misericordia. El drama extremo es, precisamente, que el sufrimiento pueda hacernos dudar de Dios. Pero, aquí también, la experiencia corriente nos muestra que el hombre de Fe puede hallar en la "presencia" de Dios un reconfortante del cual suele verse privado el ateo. Pero no es algo automático. Ese "compañerismo" que Dios ofrece a los que sufren ha supuesto para El vivir personalmente la cruz del hombre, en Jesucristo (Noel Quesson).

La vida y la historia poseen una dimensión invisible a los ojos de la carne, un misterio "más allá interior". Lo mismo que la mirada del artista cuando contempla un cuadro penetra mucho más profundamente que la del hombre de la calle; o el enamorado cuando lee la carta de la novia ve mucho más allá de ese trozo de papel que tan fácilmente se arruga, así el cristiano frente al hombre, frente al mundo, y frente a su historia personal, "ve más allá" que los demás hombres. Es un vidente, San Pablo cuando escribe a Tito, llama a los cristianos los hombres del "superconocimiento".

Los hombres que carecen de ojos para ese "más allá interior" creen que Dios no existe; en cambio los hombres del "superconocimiento" lo descubren en las mismas realidades en que aquellos no vieron nada.

El evangelio nos dice que el discípulo de Cristo debe entrar generosamente -lo mismo que Jesús- en el plan del Padre, que no resulta nada agradable humanamente, sino que exige sacrificio.

Jesús camina con el deseo de encajar su vida en la voluntad del Padre: de muerte y resurrección. Nosotros caminamos con Cristo -pero haciendo el tonto- viendo quién va a ser tenido como más importante. Debemos pedir la sabiduría de Dios.

Pero las pruebas nos vienen bien: nos hacen madurar, nos acrisolan, como el fuego al oro. Las pruebas nos hacen pensar, nos invitan a relativizar tantas cosas y a dar importancia a las que valen la pena. Si nos desanimamos, es porque no confiamos suficientemente en Dios. Con su fuerza no hay dificultad insuperable. Con su luz vamos adquiriendo la verdadera sabiduría que nos trae también la felicidad (J. Almazábar).

3. Para no caer en la impaciencia y el pesimismo, que bloquean nuestra vida, tendremos que decirnos a nosotros mismos lo de Ben Sira: «Confía en Dios, que él te ayudará, espera en él y te allanará el camino». Y lo del salmo: «Confía en el Señor y haz el bien, porque el Señor ama la justicia y no abandona a sus fieles. Encomienda tu camino al Señor y él actuará». Hay momentos de oscuridad, sí, pero a la noche siempre le sigue la aurora. Hay crisis, pero los túneles llegan a su final y aparece la luz. Hay Viernes Santo, y es trágico, pero desemboca en el Domingo de la resurrección. Confiemos en Dios. Eso iluminará de sabiduría nuestra jornada.

Llucià Pou Sabaté

Fuente: www.almudi.org

 

 

 

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23 febrero 2014 7 23 /02 /febrero /2014 19:11

Meditación Lunes VIi Semana Tiempo Ordinario. Ciclo A: Marcos 9,14-29:

24 de febrero, 2014.

 

«Toda sabiduría viene de Dios», por eso le rezamos: «Tus mandatos son fieles y seguros,  la santidad es el adorno de tu casa «Tengo fe, pero dudo, ayúdame».

 “Al llegar junto a los discípulos, vieron a una gran muchedumbre que les rodeaba y a unos escribas que discutían con ellos. En seguida, al verle, todo el pueblo quedó sorprendido y corrían a saludarle. Y Él les preguntó: ¿Qué discutíais entre vosotros? A lo que respondió uno de la muchedumbre: Maestro, te he traído a mi hijo, que tiene un espíritu mudo; y en cualquier sitio se apodera de él, lo tira al suelo, le hace echar espuma y rechinar los dientes y lo deja rígido; pedí a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido. Él les contestó: ¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo tendré que sufriros? ¡Traédmelo! Y se lo trajeron. En cuanto el espíritu vio a Jesús, agitó violentamente al niño, que cayendo a tierra se revolcaba echando espuma. Entonces preguntó al padre: ¿Cuánto tiempo hace que le sucede esto? Le contestó: Desde muy niño; y muchas veces lo ha arrojado al fuego y al agua, para acabar con él; pero si algo puedes, ayúdanos, compadecido de nosotros. Y Jesús dijo: ¡Si puedes...! ¡Todo es posible para el que cree! En seguida el padre del niño exclamó: Creo, Señor; ayuda mi incredulidad. Al ver Jesús que aumentaba la muchedumbre, increpó al espíritu inmundo diciéndole: ¡Espíritu mudo y sordo, yo te lo mando, sal de él y ya no vuelvas a entrar en él! Y gritando y agitándole violentamente salió; y quedó como muerto, de manera que muchos decían: Ha muerto. Pero Jesús, tomándolo de la mano, lo levantó y se mantuvo en pie. Cuando entró en casa le preguntaron sus discípulos a solas: ¿Por qué nosotros no hemos podido expulsarlo? Y les respondió: Esta raza no puede ser expulsada por ningún medio, sino con la oración” (Marcos 9,14-29).

1. –“Te he traído a mi hijo que tiene un espíritu mudo. Cuando se apodera de él, le derriba, le  hace echar espumarajos y rechinar los dientes y se queda rígido... Muchas veces le arroja  al fuego y al agua para hacerle perecer”. Aquí nos parece ver una epilepsia y una presencia demoníaca. Jesús llevará a cabo esta  curación en dos tiempos: hay primero un exorcismo que le libra del "espíritu impuro" y deja  al muchacho como muerto; luego la curación definitiva, hecha más sencillamente a la  manera de otras curaciones: Jesús lo tomó de la mano y lo levantó.

-“Dije a tus discípulos que lo arrojasen, pero no han podido”...

Jesús tomó la palabra y les dijo: "¡Generación incrédula!'; ¿Hasta cuándo tendré que  soportaros?” Este milagro parece haber sido relatado para poner en evidencia el contraste entre la  impotencia de los discípulos y el poder de Jesús. Jesús manifiesta sufrimiento. Hay como un desánimo en estas palabras. Jesús se  encuentra solo, incomprendido, despreciado. ¡Incluso sus discípulos no tienen fe! Y da la  impresión de que tiene prisa por dejar esta compañía insoportable. Todo esto nos hace penetrar en el alma de Jesús. A fuerza de verle actuar como hombre,  acabamos por encontrar muy natural que "Dios" se haya hecho "hombre". Y no acabamos  de comprender en qué manera esta "encarnación" fue de hecho un anonadamiento, un  encadenamiento, un “descenso”: "¿Hasta  cuándo tendré que estar con vosotros?” 

-"Todo le es posible al que cree" "Creo. Ayuda a mi incredulidad" Sí, es Fe lo que Jesús  necesita. Es la Fe lo que pide a los que le rodean. Su gran sufrimiento es que en su  entorno las gentes no creen y El sabe las maravillas que la Fe es capaz de hacer. El padre del muchacho intuye todo esto, y, a la invitación de Jesús, hace una admirable  "profesión de Fe"... admirable porque está llena de modestia. "¡Sí, creo! Pero, Señor, ven a  robustecer mi pobre fe, pues siento ¡que no creo todavía suficiente! 

Jesús aparece de nuevo como más fuerte que el mal. Tiene la fuerza de Dios. Igual que  en la montaña los tres discípulos han sido testigos de su gloria divina, ahora los demás  presencian asombrados otra manifestación mesiánica: ha venido a librar al mundo de sus  males, incluso de los demoníacos, de la enfermedad y de la muerte. Los verbos que emplea  el evangelista son muy parecidos a los que empleará para la resurrección de Jesús: «Lo  levantó y el niño se puso en pie». Cristo, el que libera al mundo de todo mal, nos enseña a vencer el mal con el bien. No sólo con el bien, sino con El que salva y el que libera. Por eso lo importante es la oración, que nos mantiene unidos a Él. Así podemos decir como el padre del  muchacho enfermo: «Tengo fe, pero dudo, ayúdame». En el sacramento del Bautismo hay una «oración de exorcismo» en que suplicamos a  Dios que libere de todo mal al que se va a bautizar: «tú que has enviado tu Hijo al mundo para librarnos del dominio de Satanás, espíritu del mal»; «tú sabes que estos niños van a  sentir las tentaciones del mundo seductor y van a tener que luchar contra los engaños del  demonio... Arráncalos del poder de las tinieblas y, fortalecidos con la gracia de Cristo,  guárdalos a lo largo del camino de la vida». En la guerra continua entre el bien y el mal Cristo se nos muestra como vencedor y nos  invita a que, apoyados en él -con la oración y el ayuno, no con nuestras fuerzas-  colaboremos a que esa victoria se extienda a todos también en nuestro tiempo. 

-“¿Por qué no hemos podido echarle nosotros? "Esta especie no puede ser expulsada por  ningún medio si no es por la oración”. Poder de la FE = poder de la oración. Los apóstoles por sí mismos, humanamente son radicalmente incapaces de hacer un  OBRA DIVINA: su poder les viene de Dios y encuentra su fuente en la oración. 

-“El espíritu impuro salió del muchacho dejándolo como un cadáver, de suerte que  muchos decían: "Está muerto". Pero Jesús, tomándolo de la mano, le levantó y se mantuvo  en pie”. Este milagro tiene un tono pascual: muerte y resurrección. Esto evoca la impotencia radical del hombre, de la cual sólo Dios puede librarnos. La  fatalidad última y esencial sólo puede ser vencida por Dios: ¡Únicamente la fe y la plegaria  humilde pueden liberarnos de esta fatalidad y de este miedo! (Noel Quesson). Jesús lo cura todo.

2. Comenzamos hoy la lectura del libro del "Eclesiástico" (así llamado desde San Cipriano), muy usado en las lecturas litúrgicas. Fue escrito en hebreo hacia el año 190 a. JC. en Jerusalén, por Ben-Sirac, un judío culto y experimentado. Su obra parece recoger en parte sus enseñanzas de  escuela.

-“Toda sabiduría proviene del Señor y con él está por siempre”. Es la primera frase del libro y la clave de todo lo restante. Ben Sirac posee un sólido humanismo que llama «sabiduría», que a la vez es inseparable  de su fe. Según él, el éxito del hombre, el arte del bien vivir procede de una  correspondencia con el pensamiento divino de Dios. 

-“Sólo uno es sabio y en extremo temible, el que está sentado en su trono: es el Señor”:  así «el temor de Dios» -que con frecuencia equivale al «amor de Dios»- es la fuente  misma de la «sabiduría». Así, en filigrana, ¿no podríamos adivinar ya como un esbozo de la Encarnación? El  Hombre perfecto será pronto aquél que es también la Sabiduría misma de Dios. Y en ese  preludio de Ben Sirac percibimos como un anuncio del prólogo de san Juan: “En el principio era el Verbo... «El Verbo estaba en Dios...  Y el Verbo era Dios”... (Juan 1,1)  

-“El Señor creó la sabiduría, la midió y la derramó sobre todas sus obras, en todos los  vivientes conforme a su largueza y la dispensó a los que le aman”. Podemos seguir comparándolo con el prólogo de san Juan, que dice: “Todo fue hecho por El y nada se hizo sin El. En El estaba la vida y la vida es la luz de  los hombres» (Juan 1,3), pues la sabiduría es Jesús, y «de su plenitud, todos hemos recibido» (Juan 1,16). Es una visión absolutamente optimista del hombre, fundada sobre la convicción de que  Dios «derramó sobre todo ser viviente» algo de sí mismo, una participación de su sabiduría, de su Espíritu. ¿Estoy convencido de que «buscar a Dios» es también «crecer en  humanidad»? ¿Qué  importancia doy a la oración, a la contemplación de la Sabiduría de Dios en Sí mismo? ¿Estoy convencido, en consecuencia, de que «crecer en humanidad» es aproximarse  a Dios? Todo esfuerzo de promoción, de verdadero humanismo, incluso si  momentáneamente parece ignorar a Dios, va dirigido a la Sabiduría de Dios. ¿Qué importancia doy a la cultura humana, al esfuerzo moral, a la promoción válida de  mis hermanos y mía?  

-“La arena del mar, las gotas de la lluvia, los días de la eternidad, la altura del cielo, la  extensión de la tierra, la profundidad del abismo... ¿Quién dirá su número, quien los  explorará? Antes de todo estaba creada la Sabiduría, la inteligencia prudente...” ¿Quién  conoce sus recursos, sus finezas?  Sabiduría. Inteligencia. Fineza. Ciencia... ¡Dones de Dios! (Noel Quesson).

3. El «temor de Dios» no quiere decir miedo, sino  respeto,  admiración y reconocimiento de la grandeza de Dios: o sea, una actitud de fe y  obediencia. Sólo los creyentes pueden tener verdadera sabiduría como participación de la  de Dios. Por eso el salmo nos hace cantar nuestra confianza en el Dios creador del mundo: «El  Señor reina... así está firme el orbe y no vacila... tus mandatos son fieles Y seguros». En el mundo de hoy, ¿dónde encontrar la verdadera sabiduría? Nosotros lo sabemos: en la Palabra de Dios, que es Cristo mismo, a quien escuchamos  día tras día como interpelación de Dios siempre nueva, sobre todo en la celebración de la  misa. Dichoso el que tiene el secreto de esta sabiduría en su vida. Dichoso el que escucha  esta Palabra, la asimila, la recuerda, la pone en práctica, construyendo sobre ella el edificio  de su vida. Dichoso el que se deja enseñar por Cristo Jesús Maestro de sabiduría. 

Llucià Pou Sabaté

 Fuente: www.almudi.org

 

 

 

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22 febrero 2014 6 22 /02 /febrero /2014 18:28

Meditación: Mateo 5, 38-48: Domingo VII Semana Tiempo Ordinario. Ciclo A. 23 de febrero, 2014.

«Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los Cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? ¿Acaso no hacen eso también los publicanos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿Acaso no hacen eso también los paganos? Sed, pues, perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto.» (Mateo 5, 38-48)

1º. «Amad a vuestros enemigos, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los Cielos.»

Jesús, quieres que aprenda de Ti a amara todos como Tú los amas.

Tú eres el Hijo de Dios, pero hoy me dices que también yo puedo ser hijo de Dios: pertenecer a la familia de Dios, vivir con Dios, ser heredero de su Reino.

¿Cómo puedo, Jesús, imitarte tanto que venga a ser hijo de Dios?

Por el amor.

«De todos los movimientos del alma, de sus sentimientos y de sus afectos, el amor es el único que permite a la criatura responder a su Creador; si no de igual a igual, al menos de semejante a semejante». (San Bernardo).

No hay otro camino.

Dios siempre está dispuesto a brindarme su gracia, que es la que me da esa vida sobrenatural y divina de hijo suyo.

Pero si yo no sé amar, si me encierro en mis intereses y egoísmos, si mi corazón sólo busca compensaciones y placeres, la gracia de Dios no penetra, no es fecunda, no produce su fruto.

«Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis?»

Jesús, no dices que sea malo ni egoísta amar a los que me aman.

Puede haber un amor sincero, real, entregado, aunque esté acompañado por la compensación de recibir amor, de sentirse comprendido y querido.

Esta compensación es buena también, pero impide distinguir si lo que busco es dar o recibir.

Por eso, el mérito se mide examinando cómo amo a los que no me aman, incluso a los que me tienen por enemigo.

 

2º. «Que hermanos somos todos en Jesús, hijos de Dios, hermanos de Cristo: su Madre es nuestra Madre.

No hay más que una raza en la tierra: la raza de los hijos de Dios. Todos hemos de hablar la misma lengua, la que nos enseña nuestro Padre que está en los cielos: la lengua del diálogo de Jesús con su Padre, la lengua que se habla con el corazón y con la cabeza, la que empleáis ahora vosotros en vuestra oración. La lengua de las almas contemplativas, la de los hombres que son espirituales, porque se han dado cuenta de su filiación divina. Una lengua que se manifiesta en mil mociones de la voluntad, en luces claras del entendimiento, en afectos del corazón, en decisiones de vida recta, de bien, de contento, de paz» (Es Cristo que pasa.- 13).

Dios mío, si Tú eres mi Padre, todos son mis hermanos.

¿Por qué tantos odios, tantas guerras, tanta lucha?

Jesús, a veces veo con malos ojos a uno porque es de otra raza, de otra cultura, de otro país, de otra lengua o, simplemente, de otro equipo de fútbol o de otro partido político.

Que aprenda a amar a todos, «que hermanos somos todos en Jesús, hijos de Dios, hermanos de Cristo».

«Su Madre es nuestra Madre».

María, que te aprenda a tratarcomo madre mía que eres: pidiéndote lo que necesito y lo que necesiten los demás, que también son hijos tuyos.

Me doy cuenta de que lo que más quieres es que todos tus hijos amen a Dios.

Quiero ayudarte en esa tarea; quiero ser buen hijo tuyo, porque así seré también buen hijo de Dios.

«No hay más que una raza en la tierra: la raza de los hijos de Dios.»

¿Cómo voy a ser buen hijo si no quiero a todos?

Y ¿cómo voya decir que quiero a todos si no empiezo con los que me rodean?

Poreso lo primero que debo hacer es vivir cristianamente en mi familiay en mi trabajo, buscando ahí la perfección, la santidad: «Sed, pues, vosotros perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto.»

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

Fuente: www.almudi.org

 

 

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20 febrero 2014 4 20 /02 /febrero /2014 20:52

Meditación Viernes VI Semana Tiempo Ordinario: Marcos 8, 34-38: Ciclo A. 21 de febrero, 2014.

«Y llamando a la muchedumbre junto con sus discípulos, les dijo: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el evangelio, la salvará. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida? O, ¿qué dará el hombre a cambio de su vida? Porque si alguien se avergüenza de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre también se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre acompañado de sus santos ángeles». (Marcos 8, 34-38)

 

1º. Jesús, hoy me hablas de una condición necesaria para seguirte: «Si alguno quiere venir en pos de mí niéguese a sí mismo».

¿Qué es negarme a mí mismo?; ¿negarme qué?

La respuesta es clara: negar todo aquello que signifique buscar mi comodidad, mi gusto, mi afirmación por encima de todo.

Esto no significa pasarlo mal.

Significa que, en todo, voy buscando tu voluntad: descanso porque lo necesito para rendir más; me lo paso bien haciéndolo pasar bien a los demás; busco el prestigio profesional para ponerte a Ti como ejemplo; etc.

Negarse, perder la vida, parecen términos negativos.

Parece que es fastidiarse continuamente, fiado en que, al final, obtendré el Cielo.

Pero no es así.

Negarme a mí es afirmar que Tú eres Dios, que Tú sabes mejor que yo lo que me hace feliz.

Negarme es el camino de la verdadera alegría.

Pero hay que probarlo de verdad: es decir; he de intentar que mi regla de conducta sea: Señor, ¿Tú lo quieres? Entonces yo también lo quiero.

Negarme a mí mismo es aprender a contar con los demás: con las necesidades de los demás, con lo que le gusta a los demás; es desaparecer de todo lo que sea recibir honores y enhorabuenas; es servir silenciosamente a los que me rodean.

La vida ordinaria ofrece muchas ocasiones de renunciar a uno mismo y tomar con alegría la cruz: el dolor de cabeza o de muelas; las extravagancias del marido o de la mujer; el quebrarse un brazo; aquel desprecio o gesto; el perderse los guantes, la sortija o el pañuelo; aquella tal cual incomodidad de recogerse temprano y madrugar para la oración o para ir a comulgar; aquella vergüenza que causa hacer en público ciertos actos de devoción; en suma, todas estas pequeñas molestias, sufridas y abrazadas con amor, son agradabilísimas a la divina Bondad, que por solo un vaso de agua ha prometido a sus fieles el mar inagotable de una bienaventuranza cumplida.

Y como estas ocasiones se encuentran a cada instante, si se aprovechan son excelente medio de atesorar muchas riquezas espirituales.

2º. «No quieras ser como aquella veleta dorada del gran edificio: por mucho que brille y por alta que esté, no importa para la solidez de la obra.

Ojalá seas como un viejo sillar oculto en los cimientos, bajo tierra, donde nadie te vea: por ti no se derrumbará la casa» (Camino.-590).

Jesús, a veces busco aparentar, que los demás me vean: que vean lo listo que soy, que me salen bien las cosas; que cuenten conmigo, que hablen de mí.

Y si algo falla, entonces me derrumbo.

No quieras ser como aquella veleta dorada... siempre girando por el viento sople.

Jesús no quiero «ganar el mundo» sino servir.

Y servir para cosas grandes: servirte a Ti, que eres mi Dios y servir a los demás.

Sé que para eso he de negarme a mí mismo, a mi soberbia, a mis debilidades, y coger muchas veces la Cruz.

Y ser ese viejo sillar oculto en los cimientos, bajo tierra, donde nadie me ve.

Gracias a esa labor silenciosa pero eficaz, llenaré el ambiente que me rodea de serenidad y de alegría.

«El que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará».

Jesús, si entierro mi vida bajo tierra, si busco sólo tu gloria y no la mía, entonces viviré.

Viviré una vida dichosísima aquí en la tierra, con una alegría que nadie me podrá arrebatar; y después, no te avergonzarás de mí cuando te pida entrar «en la gloria de tu Padre, acompañado de tus santos ángeles».

Porque el Cielo está reservado para aquellos que han aprendido a amar, a darse y a ser felices en la tierra.

 

 

Fuente: www.almudi.org

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20 febrero 2014 4 20 /02 /febrero /2014 20:52

Meditación Viernes VI Semana Tiempo Ordinario: Marcos 8, 34-38: Ciclo A. 21 de febrero, 2014.

«Y llamando a la muchedumbre junto con sus discípulos, les dijo: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el evangelio, la salvará. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida? O, ¿qué dará el hombre a cambio de su vida? Porque si alguien se avergüenza de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre también se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre acompañado de sus santos ángeles». (Marcos 8, 34-38)

 

1º. Jesús, hoy me hablas de una condición necesaria para seguirte: «Si alguno quiere venir en pos de mí niéguese a sí mismo».

¿Qué es negarme a mí mismo?; ¿negarme qué?

La respuesta es clara: negar todo aquello que signifique buscar mi comodidad, mi gusto, mi afirmación por encima de todo.

Esto no significa pasarlo mal.

Significa que, en todo, voy buscando tu voluntad: descanso porque lo necesito para rendir más; me lo paso bien haciéndolo pasar bien a los demás; busco el prestigio profesional para ponerte a Ti como ejemplo; etc.

Negarse, perder la vida, parecen términos negativos.

Parece que es fastidiarse continuamente, fiado en que, al final, obtendré el Cielo.

Pero no es así.

Negarme a mí es afirmar que Tú eres Dios, que Tú sabes mejor que yo lo que me hace feliz.

Negarme es el camino de la verdadera alegría.

Pero hay que probarlo de verdad: es decir; he de intentar que mi regla de conducta sea: Señor, ¿Tú lo quieres? Entonces yo también lo quiero.

Negarme a mí mismo es aprender a contar con los demás: con las necesidades de los demás, con lo que le gusta a los demás; es desaparecer de todo lo que sea recibir honores y enhorabuenas; es servir silenciosamente a los que me rodean.

La vida ordinaria ofrece muchas ocasiones de renunciar a uno mismo y tomar con alegría la cruz: el dolor de cabeza o de muelas; las extravagancias del marido o de la mujer; el quebrarse un brazo; aquel desprecio o gesto; el perderse los guantes, la sortija o el pañuelo; aquella tal cual incomodidad de recogerse temprano y madrugar para la oración o para ir a comulgar; aquella vergüenza que causa hacer en público ciertos actos de devoción; en suma, todas estas pequeñas molestias, sufridas y abrazadas con amor, son agradabilísimas a la divina Bondad, que por solo un vaso de agua ha prometido a sus fieles el mar inagotable de una bienaventuranza cumplida.

Y como estas ocasiones se encuentran a cada instante, si se aprovechan son excelente medio de atesorar muchas riquezas espirituales.

2º. «No quieras ser como aquella veleta dorada del gran edificio: por mucho que brille y por alta que esté, no importa para la solidez de la obra.

Ojalá seas como un viejo sillar oculto en los cimientos, bajo tierra, donde nadie te vea: por ti no se derrumbará la casa» (Camino.-590).

Jesús, a veces busco aparentar, que los demás me vean: que vean lo listo que soy, que me salen bien las cosas; que cuenten conmigo, que hablen de mí.

Y si algo falla, entonces me derrumbo.

No quieras ser como aquella veleta dorada... siempre girando por el viento sople.

Jesús no quiero «ganar el mundo» sino servir.

Y servir para cosas grandes: servirte a Ti, que eres mi Dios y servir a los demás.

Sé que para eso he de negarme a mí mismo, a mi soberbia, a mis debilidades, y coger muchas veces la Cruz.

Y ser ese viejo sillar oculto en los cimientos, bajo tierra, donde nadie me ve.

Gracias a esa labor silenciosa pero eficaz, llenaré el ambiente que me rodea de serenidad y de alegría.

«El que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará».

Jesús, si entierro mi vida bajo tierra, si busco sólo tu gloria y no la mía, entonces viviré.

Viviré una vida dichosísima aquí en la tierra, con una alegría que nadie me podrá arrebatar; y después, no te avergonzarás de mí cuando te pida entrar «en la gloria de tu Padre, acompañado de tus santos ángeles».

Porque el Cielo está reservado para aquellos que han aprendido a amar, a darse y a ser felices en la tierra.

 

 

Fuente: www.almudi.org

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19 febrero 2014 3 19 /02 /febrero /2014 21:14

Meditación: Marcos 8, 27-33. Jueves VI Semana Tiempo Ordinario. Ciclo A. 20 de febrero, 2014.

 

«Salió Jesús con sus discípulos hacia las aldeas de Cesarea de Filipo y en el camino preguntaba a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que soy yo? Ellos le respondieron: Unos que Juan el Bautista, otros que Elías y otros que uno de los profetas. Entonces él les pregunta: Y vosotros ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Pedro, le dice: Tú eres el Cristo. Y les ordenó que no hablasen a nadie sobre esto.

Y comenzó a enseñarles que el Hijo del Hombre debía pa­decer mucho, ser rechazado por los ancianos, por los prínci­pes de los sacerdotes y por los escribas y ser muerto, y resuci­tar después de tres días. Hablaba de esto abiertamente. Pedro, tomándolo aparte, se puso a reprenderle. Pero él, volviéndose y mirando a sus discípulos, increpó a Pedro y le dijo: ¡Apárta­te de mí, Satanás!, porque no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres.» (Marcos 8, 27-33)

 

1º. Jesús, empiezas con una pregunta general: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?»

 Pero enseguida pasas a la pregunta más ínti­ma: «Y vosotros: ¿quién decís que soy yo?»

Jesús, lo que a Ti te im­porta es lo que piense yo sobre Ti: cómo es mi fe en Ti.

¿Quién eres para mí, Señor?

¿En qué lugar de mi corazón te he puesto?

¿Eres mi Dios, «el Cristo»?

Jesús, ya sabes que creo en Ti. «Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo» (Juan 21,17), te dice Pedro en una ocasión.

Pero como a él, me vuelves a preguntar una y otra vez: «¿me amas?» (Juan 21,16).

Y te respondo con mi con­ducta diaria: te digo que te amo cuando te hago una visita en el Sa­grario, cuando te ofrezco ese rato de estudio, cuando sirvo a los de­más sin que se note, por Ti.

«Y comenzó a decirles que el Hijo del Hombre debía padecer mucho».

Jesús, todo eso... por mí.

¿Es que no me dice nada?

«No está permitido querer con un amor menguado (...), pues debéis llevar grabado en vuestro corazón al que por vosotros murió clavado en la Cruz» (San Agustín).

Jesús, ¿me he acostumbrado a verte en la Cruz?

Que no me acostumbre; que cada vez que mire un crucifijo -en la calle, en una Iglesia, en mi habitación, en mi mesa de trabajo- sea como un re­proche tuyo, pues desde allí me preguntas de nuevo: «¿me amas?»

 

2º. «A veces se presenta un porvenir inmediato lleno de preocupaciones, si perdemos la visión sobrenatural de los sucesos.

Por lo tanto, hijo, fe entonces..., y más obras. Así es seguro que nuestro Padre-Dios seguirá dando solución a tus problemas» (Forja.-357).

Jesús, Tu rechazo a la protesta de Pedro es contundente: «¡Apártate de mí satanás!, porque no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres».

Ante las preocupaciones y las dificultades, Tú me pides ver las cosas con los ojos de Dios: con visión sobrenatural, sin dejarme llevar por el punto de vista humano.

La Cruz era la muerte reservada a los delincuentes; era el gran fracaso, el desprecio más absoluto: era una muerte indigna, propia de una vida indigna.

Así a los ojos de los hombres.

Sin embargo para Ti, Jesús, la Cruz fue el Trono de tu fidelidad al Padre; fue la muerte que iba a dar vida a los hombres; fue  y es  la señal que había de llevar todo cristiano.

¡Cuántas preocupaciones me gano por querer triunfar a lo huma­no!: si quedo bien; si el lugar que ocupo en el trabajo es de los que lucen; si me necesitan; si aprecian lo que hago; si soy más listo, más guapo, etc.

Que no pierda, Jesús, la visión sobrenatural de los su­cesos: tu visión, que es la visión más real.

Que sienta «las cosas de Dios y no las de los hombres».

 Fuente: www.almudi.org

 

 

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19 febrero 2014 3 19 /02 /febrero /2014 05:14

Meditación Miércoles Vi Semana Tiempo Ordinario: Marcos 8, 22-26. Ciclo A. 19 de febrero, 2014.

«Llegan a Betsaida y le traen un ciego suplicándole que lo toque. Tomando de la mano al ciego lo sacó fuera de la aldea, y poniendo saliva en sus ojos, le impuso las manos y le preguntó: ¿Ves algo? Y alzando la mirada dijo: Veo a los hombres como árboles que andan. Después puso otra vez las manos sobre sus ojos y comenzó a ver y quedó curado de manera que veía con claridad todas las cosas. Y lo envió a su casa diciendo: No entres ni siquiera en la aldea.» (Marcos 8, 22-26)

 

1º. Jesús, el milagro de hoy es extraño.

En vez de curar de modo instantáneo, curas «en dos tiempos», como si te hubiera fallado el primer intento.

No es que te falle a Ti, sino que se debe a la imperfecta fe de aquel hombre.

Te lo habían traído otros, pero él no debía estar muy seguro de Ti.

Entonces le permites ver parcialmente para que aumente su fe y sea capaz de ser curado de modo total.

Aquí veo, Jesús, una imagen de lo que ocurre en mi vida.

Podría decir que mi vida cristiana es la historia de mi correspondencia a tus gracias, de mi fidelidad a lo que me pides en cada momento.

Una gracia tuya me impulsa a mejorar en algo, pero me cuesta mucho cambiar y, al final, me quedo a medias.

Sin embargo, esa pequeña lucha te permite enviarme otra gracia, y otra, hasta que venzo definitivamente.

Jesús, a veces no soy justo contigo.

Te digo: primero quiero ver claro antes de darte esto; o quiero que no me cueste algo antes de empezar a luchar.

¿No es más lógico darte lo que entreveo para ver con mayor claridad; luchar primero para que cada vez me vaya costando menos?

Jesús, me pides que me entregue más para poder ver más claro.

«Dios se deja ver de los que son capaces de verle, porque tienen abiertos los ojos de la mente. Porque todos tienen ojos, pero algunos los tienen bañados en tinieblas y no pueden ver la luz del sol. Y no porque los ciegos no la vean deja por eso de brillar la Iuz solar, sino que ha de atribuirse esta oscuridad a su defecto de visión. Así, tú tienes los ojos entenebrecidos por tus pecados y malas acciones» (San Teófilo de Anrtioquía).

2º. «Para un hijo de Dios, cada jornada ha de ser ocasión de renovarse, con la seguridad de que, ayudado por la gracia, llegará al fin del camino, que es el Amor. Por eso, si comienzas y recomienzas, vas bien. Si tienes moral de victoria, si luchas con el auxilio de Dios, ¡vencerás! ¡No hay dificultad que no puedas superar!» (Forja.-344).

Jesús, Tú me pides lucha: comenzar y recomenzar, con moral de victoria, con espíritu deportivo.

A veces, veo claramente el camino; otras, todo se me hace cuesta arriba: veo a medias, como el hombre del Evangelio.

Pero, entonces, Tú me pides que no me aleje de Ti, que siga luchando y, con tu gracia, venceré: volveré a ver claro, volveré a estar tan feliz como al principio.

«¿Ves algo?» le preguntas al ciego.

Jesús, desde el Sagrario, escondido pero pendiente de mí, me dices una y otra vez: ¿no me ves?, ¿es que no ves que te necesito?

Sí, veo, pero... sólo a medias.

Y respondes: sé más generoso, entrega eso que te guardas para ti y que te empaña la vista.

No quieras ver para entregar: recomienza, lucha, levántate de nuevo, renueva esos propósitos; entrégate y, entonces, verás: entenderás con claridad aquello que ahora te cuesta un poco más.

Jesús, necesito luchar con constancia, comenzar y recomenzar.

Pero, a veces, yo solo no puedo, o no sé cómo hacerlo.

Por eso, lo más eficaz es dejarme ayudar cuando me cuesten las cosas, acudiendo a los sacramentos y a la dirección espiritual.

Si actúo así -con humildad, con docilidad, con empeño- me darás la gracia que necesito para ver con claridad mi camino cristiano: Y comenzó a ver y quedó curado de manera que veía con claridad todas las cosas.

Fuente: www.almudi.org

 

 

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17 febrero 2014 1 17 /02 /febrero /2014 23:10

Meditación: Marcos 8,14-21: Martes VI Semana Tiempo Ordinario: Ciclo A.  18 de enero, 2014

El pecado es la mala levadura de la que nos previene Jesús, que cuando le dejamos actuar genera la muerte

“En aquel tiempo, a los discípulos se les olvidó llevar pan, y no tenían más que un pan en la barca. Jesús les recomendó: -«Tened cuidado con la levadura de los fariseos y con la de Herodes.» Ellos comentaban: -«Lo dice porque no tenemos pan.» Dándose cuenta, les dijo Jesús: -«¿Por qué comentáis que no tenéis pan? ¿No acabáis de entender? ¿Tan torpes sois? ¿Para qué os sirven los ojos si no veis, y los oídos si no oís? A ver, ¿cuántos cestos de sobras recogisteis cuando repartí cinco panes entre cinco mil? ¿Os acordáis?» Ellos contestaron: -«Doce.» -« ¿Y cuántas canastas de sobras recogisteis cuando repartí siete entre cuatro mil?» Le respondieron: -«Siete.» Él les dijo: -«¿Y no acabáis de entender?» (Marcos 8,14-21).

1. Vemos hoy la soledad de Jesús, ya rechazado por los fariseos, rodeado de incredulidad… -“Los discípulos al embarcar se olvidaron de tomar consigo panes, y no tenían en la barca sino un pan. Jesús les daba esta consigna: "¡Mirad de guardaros del fermento de los fariseos y del fermento de Herodes!" Pero ellos iban discurriendo entre sí porque no habían llevado panes”. El "fermento" de los fariseos es considerado como fuente de impureza y de corrupción. Lo que ahora llamamos "fariseísmo" es lo que Jesús critica. En la literatura judea-helenista la metáfora de la levadura se aplicaba frecuentemente no a cualquier "corrupción" moral, sino muy concretamente al orgullo, a la soberbia, a la hipocresía. En el pasaje paralelo Lucas añade expresamente: "Guardaos de la levadura (esto es, de la hipocresía) de los fariseos" (Lc 12,1). En nuestra vida personal, podemos tener a veces una actitud interior de envidia, de rencor, de egoísmo, que puede estropear toda nuestra conducta: ¿cuál es esa levadura mala que hay dentro de nosotros y que inficiona todo lo que miramos, decimos y hacemos? Al contrario, cuando dentro hay fe y amor, todo queda transformado por esa levadura interior buena. Los actos visibles tienen una raíz en nuestra mentalidad y en nuestro corazón: tendríamos que conocernos en profundidad y atacar a la raíz.

San Pablo lo aplicará también a la comunidad: «¿No sabéis que un poco de levadura fermenta toda la masa? Purificaos de la levadura vieja, para ser masa nueva, pues sois ázimos».

-“Por qué discutís por no tener pan? Todavía no comprendéis? ¿Sois obtusos de entendimiento? ¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís? Ellos son también "ciegos" y no entienden en absoluto a Jesús! Esta ininteligencia, esa incredulidad, debe interpelarnos hoy también a nosotros. ¿No estamos a veces muy orgullosos de nuestra Fe, muy seguros de nosotros mismos? Y sin embargo ¿no somos también a menudo ininteligentes e incrédulos? Señor, ven en ayuda de nuestra falta de Fe. Haznos humildes. Guarda nuestras mentes y nuestros corazones abiertos, alertados, siempre atentos, disponibles para nuevos progresos. Purifícanos, Señor, del "fermento" de la suficiencia, sánanos de nuestras certidumbres orgullosas. Mantén en nosotros, Señor, un espíritu de búsqueda (Noel Quesson).

Nos gustaría decirle que le entendemos y que no tenemos el entendimiento ofuscado, pero no nos atrevemos. Sí que osamos, como el ciego, hacerle esta súplica: «Señor, que vea» (Lc 18,41), para tener fe, y para ver, y como el salmista dice: «Inclina mi corazón a tus dictámenes, y no a ganancia injusta» (Sal 119,36) para tener buena disposición, escuchar y acoger la Palabra de Dios y hacerla fructificar.

Será bueno también, hoy y siempre, hacer caso a Jesús que nos alerta: «Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos» (Mc 8,15), alejados de la verdad, “maniáticos cumplidores”, que no son adoradores en Espíritu y en verdad (cf. Jn 4,23), y «de la levadura de Herodes», orgulloso, despótico, sensual, que sólo quiere ver y oír a Jesús para complacerse.

Y, ¿cómo preservarnos de esta “levadura”? Pues haciendo una lectura continua, inteligente y devota de la Palabra de Dios y, por eso mismo, “sabia”, fruto de ser «piadosos como niños: pero no ignorantes, porque cada uno ha de esforzarse, en la medida de sus posibilidades, en el estudio serio, científico de la fe (...). Piedad de niños, pues, y doctrina segura de teólogos» (San Josemaría).

Así, iluminados y fortalecidos por el Espíritu Santo, alertados y conducidos por los buenos Pastores, estimulados por los cristianos y cristianas fieles, creeremos lo que hemos de creer, haremos lo que hemos de hacer. Ahora bien, hay que “querer” ver: «Y el Verbo se hizo carne» (Jn 1,14), visible, palpable; hay que “querer” escuchar: María fue el “cebo” para que Jesús dijera: «Dichosos más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan» (Lc 11,28; Lluís Roqué Roqué).

2. “Dichoso el hombre que soporta la prueba, porque, una vez aquilatado, recibirá la corona de la vida que el Señor ha prometido a los que lo aman”. Superada la prueba, se recibirá la «corona de la vida» que ha prometido el Señor a los que le aman. La tentación, el mal, la prueba... Hoy más que nunca es ésta una de las objeciones más corrientes contra Dios: «Si Dios es bueno, como decís, ¿por qué?...» Santiago contesta. El mal, lo que daña es pasajero. Es una «prueba», en el sentido moderno de la palabra, cuando se «pone a prueba una máquina, o cualquier elemento técnico» para asegurarse de su «valor», calidad y buen estado. Lo mismo ocurre con el hombre que, destinado al gozo y a la felicidad, pero habiendo de pasar por la prueba... recibirá la «corona de la vida», una vez reconocido su «valor». Si cree en ello, ya desde ahora el hombre puede hallar gozo en sus pruebas, sabiendo lo que «Dios ha prometido»: se trata aquí de la virtud de la esperanza. Una «corona de la vida» (1 Cor 9,25; Ap 2,10): símbolo de alegría, de felicidad, de victoria... recompensa mesiánica, prometida para los últimos tiempos.

Un cristiano, ante las tentaciones que le salen al paso, no tiene que echar la culpa a Dios ni a ningún factor de fuera. Nos vienen de nosotros mismos: “Cuando alguien se ve tentado, no diga que Dios lo tienta; Dios no conoce la tentación al mal y él no tienta a nadie. A cada uno le viene la tentación cuando su propio deseo lo arrastra y seduce; el deseo concibe y da a luz el pecado, y el pecado, cuando se comete, engendra muerte”. Es un análisis psicológico y religioso de nuestra debilidad humana. De Dios sólo nos vienen dones y fuerza. El sólo sabe ayudar y nos ha destinado a ser «primicia de sus criaturas». Nada malo es directa ni inmediatamente querido por Dios. Dios «no nos afrenta», sólo esparce bondades. Y Santiago continúa argumentando: Dios es santo, inaccesible al mal, no puede querer el mal ni puede proponerlo al hombre. Luego, ¿de dónde viene la tentación? Viene de la naturaleza de las cosas: de la creación, que forzosamente es imperfecta porque no es Dios... y del deseo del hombre, imperfecto también. Si se insiste en el primer párrafo -Dios se sirve de las pruebas para probar nuestro valer y para conducirnos a la corona de la vida-... si se insiste en el segundo -Dios no nos prueba directamente-... se puede decir «Dios me ha enviado esta prueba», o bien «no es Dios quien me ha enviado esta prueba.» Todo depende de las perspectivas que tomemos… pero el mal seguirá siendo un misterio. Mejor pensar que Dios es bueno, que de ahí sacará un bien…

-“Mis queridos hermanos, no os engañéis. Todo beneficio y todo don perfecto viene de arriba, del Padre de los astros, en el cual no hay fases ni periodos de sombra. Por propia iniciativa, con la palabra de la verdad, nos engendró, para que seamos como la primicia de sus criaturas”. Dios es todo bondad, todo amor, todo luz! En El no hay tiniebla alguna. ¡Sólo puede «querer» el bien! Con su Palabra de verdad, quiso darnos la vida (Noel Quesson).

3. Dios no tienta a nadie. Ni inclina a nadie al mal, aunque popularmente digamos que Dios nos envía tales o cuales pruebas y tentaciones. Somos nosotros mismos los que nos tentamos, porque somos débiles, porque no nos sabemos defender de las astucias del mal y hacemos caso de nuestras apetencias: el orgullo, la avaricia, la sensualidad. Tenemos siempre delante la tremenda posibilidad de hacer el bien o el mal, de seguir un camino u otro. A veces con las ideas claras de a dónde tendríamos que ir, pero con pocas fuerzas, y la tentación constante de hacer lo más fácil. De Dios sé que podemos estar seguros de que lo suyo es ayudar: «cuando me parece que voy a tropezar, tu misericordia. Señor, me sostiene; cuando se multiplican mis preocupaciones, tus consuelos son mi delicia», como dice el salmo de hoy. Él nos va educando -también a través de nuestras caídas- a lo largo de toda nuestra vida. El que supera la prueba «recibirá la corona de la vida que el Señor ha prometido a los que le aman».

Cuántas veces le pedimos a Dios: «no nos dejes caer en tentación», «líbranos del mal». Esta fuerza de Dios es la que hará posible que se cumpla su plan sobre nosotros: «que seamos como la primicia de sus criaturas». Pedimos a nuestra madre santa María que no sólo nos salvemos nosotros, sino que ayudemos a otros a seguir el camino que Dios quiere.

Llucià Pou Sabaté

Fuente: www.almudi.org

 

 

 

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17 febrero 2014 1 17 /02 /febrero /2014 06:19

Meditación Lunes VI Semana Tiempo Ordinario. Ciclo A: Marcos 8, 11-13:

17 de febrero, 2014.

 

«Salieron los fariseos y comenzaron a discutir con él, pidiéndole una señal del cielo para tentarle. Suspirando desde lo más íntimo, dijo: ¿Por qué esta generación pide una señal? En verdad os digo que a esta generación no se le dará señal alguna. Y dejándolos, subió de nuevo a la barca y se fue a la otra orilla.» (Marcos 8, 11-13)

 

1º. Jesús, te piden una señal que demuestre que eres Dios.

Necesitan ver milagros.

¿No han visto ya suficientes?

«A esta generación no se le dará señal alguna.»

No te refieres a todos los hombres de esa generación, sino a aquellos fariseos que interpretan todo torcidamente.

Prefieren pensar que haces milagros por el poder del demonio que por el poder divino, y así es imposible que lleguen a creer.

«Los signos que lleva a cabo Jesús testimonian que el Padre le ha enviado. Invitan a creer en Jesús. Concede lo que le piden a los que acuden a él con fe. Por tanto, los milagros fortalecen la fe en Aquel que hace las obras de su Padre: éstas testimonian que él es Hijo de Dios. Pero también pueden ser «ocasión de escándalo». No pretenden satisfacer la curiosidad ni los deseos mágicos. A pesar de evidentes milagros, Jesús es rechazado por algunos; incluso se le acusa de obrar movido por los demonios» (C. I. C.-548).

A veces yo también te exijo milagros: pequeñas o grandes peticiones que pienso que me merezco.

Desde que apruebe un examen hasta que se cure un familiar enfermo; desde que no pierda el tren hasta que encuentre trabajo.

Tú quieres que te pida todas las cosas que necesito, pero no que te las exija como señal de tu divinidad.

Como en el Padrenuestro, quieres que todas mis peticiones vayan seguidas por un: «hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo» (Mateo 6,10).

Jesús, que sepa pedir con esa fe en Ti, sabiendo que me vas a conceder, para mí y para aquellos que amo, lo mejor.

Aunque rompa con los planes que me había trazado, aunque me haga sufrir, aunque limite aparentemente mis posibilidades, Jesús, yo te pido lo que creo que me hace falta, y acepto gustosamente todo lo que me concedes o no me concedes.

2º. «No necesito milagros: me sobra con los que hay en la Escritura.  En cambio, me hace falta tu cumplimiento del deber, tu correspondencia a la gracia» (Camino.-362).

Jesús, le dices al apóstol Tomás: «Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto han creído» (Juan 20,29).

Tú hiciste milagros para mostrar a los primeros que eras el Mesías.

No era tan sencillo creer que un hombre podía ser, al mismo tiempo, Dios.

Por eso, a los primeros, les diste pruebas extraordinarias de tu divinidad.

Pero, también por eso, les exigiste pruebas extraordinarias de amor, hasta llegar al martirio.

Tras el testimonio de los primeros apóstoles, la fe ya no necesita de más milagros, sino de la fidelidad de los cristianos en cada generación.

Por eso, no necesito milagros: me sobra con los que hay en la Escritura.

Jesús, tras tu muerte en la Cruz, tengo todos los medios necesarios para reconocerte.

Por eso no me hace falta ver más milagros.

En cambio, -me recuerdas- me hace falta tu cumplimiento del deber, tu correspondencia a la gracia.

Jesús, te hace falta mi fidelidad: que sea fiel en el cumplimiento de mis deberes ordinarios, que tenga el corazón limpio y atento a esas gracias innumerables que me concedes.

Jesús, en la oración me doy cuenta de que tengo que ser más generoso contigo: en mi plan de vida, en mi dedicación al servicio de los demás, en buscar planes que diviertan o mejoren a los que están a mi alrededor, sin ir a la mía.

Ayúdame a corresponder con fidelidad a esas gracias; ayúdame a responder con generosidad a esas inspiraciones que me comunicas en la oración, o a esos consejos de la dirección espiritual.

De esta manera -y no esperando milagros que no tienes por qué hacer- mi fe se irá fortaleciendo, hasta hacerse inamovible.

 

 Fuente: www.almudi.org

 

 

 

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15 febrero 2014 6 15 /02 /febrero /2014 18:07

Meditación: Mateo 5, 38-48: Domingo VI Semana Tiempo Ordinario. Ciclo A. 16 de febrero, 2014.

«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -”Habéis oído que se dijo: "Ojo por ojo, diente por diente." Yo, en cambio, os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas. Habéis oído que se dijo: "Amarás a tu prójimo" y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.”» (Mateo 5, 38-48)

1º. Jesús, tu doctrina es la doctrina de Dios.

Los hombres no hemos logrado superar tus palabras.

Tus consejos siguen siendo -después de veinte siglos- revolucionarios y nuevos.

Hoy me enseñas a saber perdonar, a excederse incluso con los que no me quieren, a dar sin esperar respuesta.

Me gustaría entender un poco más cómo perdonar al que me ha hecho daño, cómo reaccionar cristianamente sin caer en la ingenuidad.

La ley del Talión -«ojo por ojo y diente por diente»- ya había sido un gran avance: vengarse del mal que alguien ha hecho, pero proporcionalmente, sin «pasarse».

Sin embargo, Tú vas mucho más allá: «si alguien te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la otra.»

¿Cómo es posible actuar así?

¿Es razonable no contestar la agresión con la agresión?

Es lo más razonable, porque Dios, que es la Sabiduría, perdona siempre.

Jesús, Tú me has enseñado a responder al odio con amor, la burla con comprensión, la crítica con silencio, la violencia con paz.

Sabes perdonar hasta a los que te clavan en la cruz: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen»(Lucas 23,34).

Enséñame a amar a los demás como Tú les amas; ayúdame a disculpar siempre, a comprender siempre, a perdonar siempre.

«La oración cristiana llega hasta el perdón de los enemigos. Transfigura al discípulo configurándolo con su Maestro. El perdón es cumbre de lo oración cristiana; el don de la oración no puede recibirse más que en un corazón acorde con la compasión divina. Además, el perdón da testimonio de que, en nuestro mundo, el amor es más fuerte que el pecado. Los mártires de ayer y de hoy dan testimonio de Jesús. El perdón es la condición fundamental de la reconciliación de los hijos de Dios con su Padre y de los hombres entre sí» (CEC.-2844)

2º. «Has de conducirte cada día, al tratar a quienes te rodean, con mucha comprensión, con mucho cariño, junto -claro está- con toda la energía necesaria: sino, la comprensión y el cariño se convienen en complicidad y en egoísmo» (Surco.- 803).

Jesús, perdonar se hace muy difícil a veces.

Parece que la otra persona no se merece nada, después de haber hecho lo que ha hecho.

¿Y yo?

¿No me he comportado bastante mal contigo?

¿No he contribuido con mis pecados a que murieras en la cruz?

Yo sí que no merezco el amor que me tienes y, sin embargo, Tú me signes perdonando.

¿Cómo no voy a perdonar yo a los demás?

Ayúdame a vencer ese natural rechazo ante el agresor injusto o ante el compañero que me ha fallado en algo, para llegar a la reacción sobrenatural del perdón y de la comprensión.

Jesús, no hay que devolver mal por mal, «ojo por ojo.»

Me pides que siempre responda con comprensión, con cariño, con intención de ayudar. Pero esto no significa comportarme con blandenguería o ingenuidad.

La respuesta cristiana al error ajeno no es la aceptación -esa conducta sería cómplice y egoísta- sino la corrección.

Lo que no es cristiano es la venganza, ni el abuso de la fragilidad de los demás, ni el desprecio.

Jesús, a veces es muy difícil perdonar, pero otras aún lo es más corregir.

Corregir al que se equivoca es una de las «obras de misericordia», y es muestra de verdadero amor.

Cuando mi posición sea la de formar a otro -padre, directivo, profesor, jefe- a veces tendré que corregirle, con energía si hace falta; pero siempre con comprensión y sentido positivo, explicando el porqué de la corrección y ayudándole para que mejore.

Cuando no esté en una posición de autoridad, si tengo amistad con la persona que está en el error, es de justicia comentarle mi opinión con intención de ayudarle, o bien buscar a la persona adecuada para que le haga ver el error con más delicadeza y eficacia.

Ayúdame, Jesús, a corregir y a perdonar como Tú lo harías.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

Fuente: www.almudi.org

 

 

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