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12 enero 2014 7 12 /01 /enero /2014 18:15

Meditación Lunes I Semana Tiempo Ordinario. Ciclo A: Mateo 2,1-12:. 13 de enero, 2014.

 

sús se manifiesta a todos los hombres con su salvación y nos enseña que todos estamos llamados a ser hijos de Dios.

Jesús nació en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos Magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: —¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo. Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos pontífices y a los letrados del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: —En Belén de Judá, porque así lo ha escrito el Profeta: «Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel.» Entonces Herodes llamó en secreto a los Magos, para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: —Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño, y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo. Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y, cayendo de rodillas, lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino” (Mateo 2,1-12).

1. Largo y complicado viaje con un fin exclusivo: adorar a Cristo. Se han puesto en camino, Dejan atrás familia y amistades, negocios pendientes. Cambian la comodidad de sus palacios orientales por la molesta joroba de un camello. Vinieron cada uno de un lado y se encontraron en ese camino, viaje que no sabían cuánto duraría. Los mediocres les dirían que estaban locos, que es inútil seguir la estrella. Hoy, como ayer.

La figura de los magos avanza por los siglos, que no pueden borrarla, como la vocación de seguir la estrella, dejar atrás tantas cosas, también buenas. Hoy, como ayer. Para abrir los ojos y el corazón a una gran aventura, es caminar por la vida con una razón de ser, es penetrar lentamente en un mundo soñado, es ver cómo esa ilusión va haciéndose realidad en panoramas maravillosos, que se abren a cada paso. Y, sobre todo, Señor, en acercarse cada día más a Ti.

La luz a veces desaparece, como los magos se han quedado sin la estrella que los guiaba y ahora reciben el impacto tremendo de la indiferencia de Jerusalén, que no saben nada de Cristo, ni lo buscan. Es la hora de la crisis, de la prueba. La hora del recuerdo de la vida tranquila… ¿para qué seguir? “No te compliques la vida”, oímos que nos dicen voces… A veces por ignorancia, como aquella madre que le pedía a su hijo, piloto de avión supersónico: “procura volar despacio y bajito…” Es el momento de amar, de hablar, de preguntar a quien sabe.

Unos Magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: —¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo”. La estrella marca lo que Dios nos dice, pero a veces no lo vemos, y hemos de preguntar al que sabe. Los sabios dicen: “—En Belén de Judá, porque así lo ha escrito el Profeta”, y los magos “se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño”. Habían perdido la dirección, la estrella, y vuelven a encontrarla, y con ella el sentido de misión… y gozaron con ello: “Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría”. Tiempo de una alegría que ningún sufrimiento es capaz de erradicar… Hasta aspectos más secundarios como la repostería de Navidad parece que hacen realidad las palabras bíblicas: «Aquel día, los montes destilarán dulzura y las colinas manarán leche y miel». Contaba Ratzinger que es Dios que viene en Navidad, que reparte, por decirlo así, la miel. Por tanto, tiene que ser verdad que la tierra mana esa miel: donde él esté, desaparece toda amargura, coinciden el cielo y la tierra, Dios y hombre; y la miel, la repostería de miel, es un signo de esa paz, de la concordia y la alegría.

Así, los pastores llegaron al portal. “Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y, cayendo de rodillas, lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra”. Así la Navidad se convirtió en la fiesta de los regalos, en la que nosotros imitamos al Dios que se regala a sí mismo y que, con ello, nos ha dado nuevamente la vida, que sólo se convertirá realmente en don cuando, a la leche de la existencia, se agregue la miel de ser amado, de un amor que no está amenazado por ninguna muerte, por ninguna infidelidad y por ninguna ausencia de sentido.

Todo ello confluye por último en la alegría de que Dios se ha hecho niño, un niño que nos anima a tener confianza como los niños, a regalar y recibir regalos.

Tal vez nos resulte difícil admitir estos tonos alegres cuando nos vemos atormentados por preguntas, cuando la enfermedad del cuerpo y los problemas del alma nos aquejan por igual y nos impulsan más bien a rebelarnos contra un Dios incomprensible.

Pero el signo de esperanza representado en este niño está puesto también y precisamente para los atribulados. Justamente por eso ha podido producir un eco tan puro que su poder de consuelo llega a tocar incluso el corazón de los incrédulos, al acercarse a contemplar y adorar ese niño que pudo solo hacer cantar las montañas y que ha convertido en alabanza los árboles del bosque.

De rodillas delante de Jesús Niño, queremos hacerle regalos nosotros también, decirle: “Señor, te amo”, con toda el alma, como san Josemaría: Señor, quisiera ser tuyo de verdad, que mis pensamientos, mis obras, mi vivir entero fueran tuyos... Me hubiese gustado ser tuyo desde el primer momento: desde el primer latido de mi corazón, desde el primer instante... No soy digno de ser… tu hermano, tu hijo y tu amor. Tú si que eres mi hermano, mi amor, y también soy tu hijo. Para tomar al Niño y abrazarlo hemos de hacernos pequeños. Y acudir a María, y si Ella tiene sobre su brazo derecho a su Hijo Jesús, yo, que soy hijo suyo también, tendré allí también un sitio. La Madre de Dios me cogerá con el otro brazo, y nos apretará juntos contra su pecho. Sentir el calor que purifica, el amor. Porque a veces somos como el borrico que está allí (también llamado mula…), que aunque noble y bueno, a veces se revuelca por el suelo, con las patas arriba, y da sus rebuznos. “Como un borriquito estoy ante ti”: Tú eres el Amor de mis amores. Señor, Tú eres mi Dios y todas mis cosas. Señor, sé que contigo no hay derrotas. Señor, yo me quiero dejar endiosar, aunque sea humanamente ilógico y no me entiendan. Toma posesión de mi alma una vez más, y fórjame con tu gracia. Madre, Señora mía; San José, mi Padre y Señor; ayudadme a no dejar nunca el amor de vuestro Hijo.

Es como un “enamoramiento”… te vuelve inquieto, dejas la tranquilidad y sigues esa música del corazón, que es el amor. De eso hablan las canciones de amor, y es que todo amor viene de Dios. Me viene a la cabeza la letra de una de ellas como si el Señor nos hablara de esta luz, para que no nos deje este año y que lo más pequeño esté lleno de amor: “Siguiendo una estrella he llegado hasta aquí, aunque es largo el camino lo seguiré hasta el fin. Cuando sientas miedo y no puedas seguir su luz,  es tu destino y hoy brilla para ti... cógela y aprieta fuerte, lucha cueste lo que cueste contra el viento, contra el fuego, llegarás al mismo cielo... Mi estrella será tu luz..., coge mi mano, yo estoy contigo, esto es un sueño, sueña conmigo... tu estrella será tu luz y conseguirlo no es tan difícil si la voz te sale del corazón.”

2. Isaías grita: “¡Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!...  Te inundará una multitud de camellos, los dromedarios de Madián y de Efá. Vienen todos de Sabá, trayendo incienso y oro y proclamando las alabanzas del Señor”. Hay una guerra en el mundo entre la luz y las tinieblas, cuando no hay Dios la tierra se pone a oscuras, y cuando llega Jesús se va haciendo la luz en los corazones. Se hizo la noche azul por la presencia de la Virgen, y el Infinito apareció sin velos, y se hizo niño entre pañales y llorando me hizo llorar para que me decida a ya no más pecar. La luna y las estrellas brillan tan claros que me encanta estar allá. Me han dicho que María significa “Señora” pero también "estrella de la mañana" que orienta a los navegantes que se despistan en la oscuridad de la noche. La estrella que guía a los Magos les acerca a Jesús, y yo quiero seguir también mi estrella, estar siempre con Jesús…

Navidad nos habla de que si Dios se ha hecho Niño, es posible un mundo mejor, en el que reine la alegría. Que por muy negro que parezca el futuro, y nuestros conflictos parezcan sin solución, siempre hay un punto en lo más profundo del alma –¡la estrella!- que emana la luz y el calor de Belén, que nos llena y nunca nos deja sentirnos vacíos, que es fuente inagotable de ilusiones y proyectos. Porque Jesús entra dentro de la Historia, es solidario con todo lo nuestro, y nunca nos sentiremos solos: “Si las estrellas bajan para mirarte, / detrás de cada estrella / camina un ángel” (Luis Rosales).

El profeta nos dice que donde está Dios está la luz y está la vida; “Epifanía" es una palabra griega que significa "manifestación". Se hablaba de epifanía cuando un rey se manifestaba a su pueblo, en especial cuando regresaba triunfante de la batalla o visitaba con gloria y majestad una de sus ciudades. Despertaba esperanza, salvación, como ahora cuando un equipo ficha un jugador y todos se alegran porque piensan que ya ganarán todos los campeonatos y serán felices… pero con Jesús sí que pasa…

Y vendrán los reyes como anuncia el profeta a ofrecer en camellos oro, incienso y mirra, que es lo que dice también el Salmo: “Se postrarán ante ti, Señor, todos los reyes de la tierra”. Es Dios Rey, el Reino de Dios que se manifiesta en Jesús, como pedimos en el padrenuestro: “¡venga a nosotros tu Reino!”. Va diciendo nombres de reinos, como Tarsis (sur de España, donde había fama de minas de oro)… por eso ponemos un rey blanco (Europa), uno amarillo (Asia) y otro negro (representante de África), representan a todos los pueblos de la tierra conocida entonces, que se ponen en movimiento hacia esa adoración, manifestación de Dios en el Niño Jesús y que provoca la alegría de todos.

En el salmo 96 se encuentra la frase: «Que dancen de gozo los árboles del bosque, delante del Señor que hace su entrada». La liturgia ha ampliado la idea relacionándola con otras que hay en los salmos y formando así la frase: «Montes y colinas cantarán alabanzas en la presencia de Dios, y batirán palmas todos los árboles del bosque, porque viene el Señor, el Soberano, a ejercer su señorío eternamente». Los adornados árboles del tiempo de Navidad –recuerda Ratzinger- no son más que el intento de hacer que esa frase se convierta en una verdad visible: el Señor está presente -así lo creían y lo sabían nuestros ancestros—; por tanto, los árboles deben ir a su encuentro, inclinarse ante él, convertirse en alabanza de su Señor. Y, fundados en la misma certeza de fe, esos ancestros nuestros hicieron que también fuesen verdad las palabras que refieren el canto de los montes y colinas: ese canto que ellos entonaron sigue resonando hasta nuestros días y nos permite presentir algo de la cercanía del Señor -la única que podía regalar al ser humano sones semejantes—.

3. Como dice San Pablo, todos los pueblos son llamados a “la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio”: es la gran fiesta de hoy. Jesús se manifestó ante los judíos en los pastores, y hoy lo hace ante los gentiles (que son los de fuera, los no-judíos): representan al resto de pueblos de la tierra. La buena nueva, los regalos de Reyes que nos trae Jesús, no son puro futuro sino que se insertan en el presente. Él está presente en mi vida, en su Palabra y la liturgia, y puedo hablar con él, dirigirle la palabra, quejarme, lamentarme con él, exponerle mi dolor, mi impaciencia, mis preguntas, consciente de que su escucha está siempre presente.

La esperanza cristiana queda como reflejada en esa estrella que nos guía hacia Jesús, hacia un futuro en el que todo encontrará su lugar... Jesús ha nacido para mi la noche de Navidad, y queremos acercarnos a este misterio, queremos participar de esta Vida, queremos emprender el camino justo que es la Humanidad Santísima de Cristo. Queremos entender el sentido de nuestra vida en Cristo. Queremos mirar, abrir los ojos, tener los ojos abiertos y dejar que el Señor haga, realice este milagro en nuestra poquedad. La tierra, la tierra estéril, la tierra agreste, se transformaba en tierra esponjosa, en tierra amorosa: -"Ya no serás la desolada, serás la amada", porque el Señor cultiva nuestro campo, nuestra alma, como su jardín, donde va realizando su obra. Vamos a abrir las verjas de nuestro jardín, para que el Señor entre, vamos a contemplarlo, para saber mirar a Cristo, dejarle hacer en nuestra alma, dejarle entrar en nuestro jardín y colaborar con Él, en tener sus mismos sentimientos, en participar en sus afanes, en participar en el amor a su Madre -que es nuestra Madre Santa Maria-, y participar de nuestra nueva creación, en esta transformación –como en Caná- de lo humano, lo terreno, en divino, el agua en vino, el pobre corazón que tenemos en un corazón que sepa amar a la medida del corazón de Cristo.

"Este es el día que ha hecho el Señor”, la Pascua de Navidad, el día más grande, aunque nos podemos plantear que si Navidad es el día más popular, los teólogos dirán que es mayor la Pascua de Resurrección. Pero también es cierto que si Jesús no hubiera nacido, no hubiera podido resucitar. El Nacimiento es el momento más grande de la historia, al menos en palabras de San Pablo: "Llegada la plenitud de los tiempos, entonces, hijo de una mujer, vino Dios al mundo". Así pues, "éste es el día que ha hecho el Señor", en este día las cosas humanas, la tierra agreste, las cosas que todavía no son, quedan transformadas en divinas, como dirá el prefacio de Navidad dirigiéndose a Dios Padre: “gracias al misterio del Verbo hecho carne, la luz de tu gloria brilló ante nuestros ojos con nuevo resplandor, para que conociendo a Dios visiblemente, Él nos lleve al amor de lo invisible”. Por Jesús, unidos a él, las cosas humanas se convierten en divinas, es una nueva creación. Jesús, ha venido a traer el sentido de nuestra filiación divina. Nunca más estaremos solos, la tierra nunca más estará desolada. Ésta es la gran verdad que hemos de extender, a la gente que nos rodea, a todo el mundo.

Llucià Pou Sabaté

 

 Fuente: www.almudi.org

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10 enero 2014 5 10 /01 /enero /2014 19:07

Meditación Domingo Bautismo del Señor; Lucas 3,15-16.21-22: Ciclo A. 12 de enero, 2014.

Es Jesús el ungido con la fuerza del Espíritu Santo: el Padre le llama Hijo amado, en quien se complace

“En aquel tiempo, el pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: - “Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego”. En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma e paloma, y vino un voz del cielo: - “Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto” (Lucas 3,15-16.21-22).

1. Bautismo es renacer, la inmersión en el Jordán significa que Jesús asume nuestras miserias y pecados, y en su suprema solidaridad se ofrece para morir para que nosotros tengamos vida. La teología lo explicará diciendo con san Pablo que es un morir nuestro a Cristo al sepultarnos en las aguas, y resucitar con él al salir de ellas limpios, a una vida nueva. Al entrar en el agua, los bautizados reconocen sus pecados y tratan de liberarse del peso de sus culpas.

Los cantos litúrgicos del 3 de enero corresponden a los del Miércoles Santo, los del 4 de enero a los del Jueves Santo, los del 5 de enero a los del Viernes Santo y el Sábado Santo. La iconografía recoge estos paralelismos. El icono del bautismo de Jesús muestra el agua como un sepulcro líquido que tiene la forma de una cueva oscura, que a su vez es la representación iconográfica del Hades, el inframundo, el infierno. El descenso de Jesús a este sepulcro líquido, a este infierno que le envuelve por completo, es la representación del descenso al infierno: «Sumergido en el agua, ha vencido al poderoso» (cf. Lc 11, 22), dice Cirilo de Jerusalén. Juan Crisóstomo escribe: «La entrada y la salida del agua son representación del descenso al infierno y de la resurrección». Los troparios de la liturgia bizantina añaden otro aspecto simbólico más: «El Jordán se retiró ante el manto de Elíseo, las aguas se dividieron y se abrió un camino seco como imagen auténtica del bautismo, por el que avanzamos por el camino de la vida» (Evdokimov, p. 246).

El bautismo de Jesús se entiende así como compendio de toda la historia, en el que se retoma el pasado y se anticipa el futuro: el ingreso en los pecados de los demás es el descenso al «infierno», no sólo como espectador, como ocurre en Dante, sino con-padeciendo y, con un sufrimiento transformador, convirtiendo los infiernos, abriendo y derribando las puertas del abismo. Es el descenso a la casa del mal, la lucha con el poderoso que tiene prisionero al hombre (y ¡cómo es cierto que todos somos prisioneros de los poderes sin nombre que nos manipulan!). Para salvarnos de esas fuerzas oscuras, Jesús asume toda la culpa del mundo sufriéndola hasta el fondo. Es un «volver» a ser, prepara un nuevo cielo y una nueva tierra. Y el sacramento del Bautismo aparece así como una participación en la lucha transformadora del mundo emprendida por Jesús en el cambio de vida que se ha producido en su descenso y ascenso.

Los cuatro Evangelios indican, aunque de formas diversas, que al salir Jesús de las aguas el cielo se «rasgó» (Mc), se «abrió» (Mt y Lc), que el espíritu bajó sobre Él «como una paloma» y que se oyó una voz del cielo que, según Marcos y Lucas, se dirige a Jesús: «Tú eres...», y según Mateo, dijo de él: «Éste es mi hijo, el amado, mi predilecto» (3, 17). La imagen de la paloma puede recordar al Espíritu que aleteaba sobre las aguas del que habla el relato de la creación (cf. Gn 1, 2); mediante la partícula «como» (como una paloma) ésta funciona como «imagen de lo que en sustancia no se puede describir» (Gnilka). Por lo que se refiere a la «voz», la volveremos a encontrar con ocasión de la transfiguración de Jesús, cuando se añade sin embargo el imperativo: «Escuchadle».

Nosotros sumergidos en Cristo por el bautismo podemos salir del aguar resucitados como Él, por la cruz llegamos a la vida nueva. Es el mensaje del agua del Jordán, que se expande, como una ola inmensa, por toda la tierra durante los siglos sin fin, a lo largo de la historia. Es como una aspersión cósmica, aquel bautismo tiene una simbología profunda, que la Iglesia también relaciona con las bodas de Caná, y que hemos ya comentado y volveremos sobre ello: las cosas humanas, que podemos ofrecer (los frutos de la naturaleza, como es el agua) se convierten en divinas (el vino) no sólo naturales, sino realmente sobrenaturales, además de místicas: el Cuerpo de Cristo, y nuestra participación en él, nuestra transformación en él, la salvación.

Sigue el Papa: “Aquí deseo sólo subrayar brevemente tres aspectos. En primer lugar, la imagen del cielo que se abre: sobre Jesús el cielo está abierto. Su comunión con la voluntad del Padre, la «toda justicia» que cumple, abre el cielo, que por su propia esencia es precisamente allí donde se cumple la voluntad de Dios. A ello se añade la proclamación por parte de Dios, el Padre, de la misión de Cristo, pero que no supone un hacer, sino su ser: Él es el Hijo predilecto, sobre el cual descansa el beneplácito de Dios. Finalmente, quisiera señalar que aquí encontramos, junto con el Hijo, también al Padre y al Espíritu Santo: se preanuncia el misterio del Dios trino, que naturalmente sólo se puede manifestar en profundidad en el transcurso del camino completo de Jesús. En este sentido, se perfila un arco que enlaza este comienzo del camino de Jesús con las palabras con las que el Resucitado enviará a sus discípulos a recorrer el «mundo»: «Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo» (Mt 28,19). El bautismo que desde entonces administran los discípulos de Jesús es el ingreso en el bautismo de Jesús, el ingreso en la realidad que El ha anticipado con su bautismo. Así se llega a ser cristiano”.

Es «el Hijo predilecto», que si por un lado es totalmente Otro, precisamente por ello puede ser contemporáneo de todos nosotros, «más interior en cada uno de nosotros que lo más íntimo nuestro» (San Agustín)”. Efectivamente, la Unción de hoy es Trinitaria, y esto afectará a la conciencia humana de Jesús, pero sabemos que es un misterio cómo Jesús participa según los momentos de su Yo único, divino, que conoce desde el principio (como se ve en la escena del Niño perdido en el Templo).

Acaba el tiempo de Navidad. La Encarnación del Verbo nos ha visitado en estos días y ha sembrado en nuestros corazones la filiación divina, y con ella la luz y fuerza (luz para la inteligencia, fuerza para la voluntad) salvadoras que nos encaminan hacia el Reino del Cielo. San León Magno dirá que «la providencia y misericordia de Dios, que ya tenía pensado ayudar —en los tiempos recientes— al mundo que se hundía, determinó la salvación de todos los pueblos por medio de Cristo». Es el tiempo favorable, el día de la salvación. El día que podemos oír la voz: “—Tú eres mi Hijo, el amado, en ti me he complacido”. Palabras dirigidas a Cristo, y por la piedad somos Cristo y el Padre nos las dirige a nosotros. Esa manifestación de la Trinidad –"Teofanía"– al comienzo de la vida pública de Jesucristo, abre plenamente el Evangelio. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, se manifiestan. El modo en que la filiación de Cristo y nuestra filiación en Cristo es distinta lo señalará con muchos matices el Señor, como cuando le dijo a María Magdalena en su Resurrección: «Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios». Le indica la comunión y al mismo tiempo que Él tiene una comunión con el Padre especial. La Virgen María tuvo también en la tierra una especial  relación con la Trinidad, y la tiene en el Cielo como hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo y Esposa de Dios Espíritu Santo.

Señor, te pedimos que sepamos ir actualizando cada día nuestro Bautismo, como los programas del ordenador, que se van adquiriendo actualizaciones a diario, directamente se descargan de la red, automáticamente: así con nuestros actos de contrición y de amor renovado. Pienso que este Sacramento tiene –como se decía ya en los comienzos- una actualización especial con el Sacramento de la Reconciliación, la confesión que es la actualización del bautismo; la palabra “actualizar” es mejor que “un segundo bautismo” porque es siempre un bautismo renovado, pero el mismo, profundizar en sus raíces que hemos repasado: de vida nueva de hijos de Dios, y también de relación trinitaria. Encomendémonos a su cuidado maternal (a la Blanca Paloma, la Esposa de la Paloma-Espíritu Santo), para que nos consiga la gracia de vivir también en un trato continuo y feliz con la Trinidad, como hijos de Dios Padre, en Cristo, por el Espíritu Santo.

2. Isaías cuenta que Dios habla de un “siervo”, el elegido, el preferido, que no tendrá miedo para hacer justicia, el guía, el nuevo Moisés para llevar al nuevo pueblo, con más poder que todos los héroes que hemos nunca soñado, "luz de las naciones" con misión universal, el gran libertador, personaje misterioso que se revela en Jesús.

Señor, sé que tú eres creador de cielos y tierra, Redentor, sacerdote y Amigo, del que habla el profeta que nos salvas, creo en ti y quiero pedirte con la oración colecta de la misa de hoy: «Dios todopoderoso y eterno (...), concede a tus hijos adoptivos, nacidos del agua y del Espíritu Santo, llevar siempre una vida que te sea grata»: que me enseñes a estar siempre contigo, a no dejarte. Que sepa decir a Dios que sí, como tu madre, como tú. Miraré a la Virgen a los ojos, en su cuadro o imagen, y le diré: Mamá, Madre, Madre mía Inmaculada, o Ave María, Purísima, sin pecado concebida, que no me separe de Jesús ni de ti. Todo tuyo soy María  y mis cosas tuyas son; Tú, mi Madre. Tú, mi Reina, mi ideal de petición. Todo tuyo soy, María, por amor a Ti  me doy, para ser esclavo tuyo, y por Ti serlo de Dios.

El Salmo nos habla de tormentas, pero Dios nos dice que no tengamos miedo, que quiere mucho a las aves del cielo y a nosotros más. Que miremos las flores del campo y los pájaros que no necesitan hacerse vestidos, y Dios los viste de colores tan preciosos que ni un rey o una reina pueden vestirse así. Pues a nosotros nos quiere y nos cuida mucho más. ¿Sabéis por qué? Por nosotros somos hijos suyos. Dios nos ha dado la vida y nos ha hecho así, como somos: con ojos que pueden ver, una lengua que puede hablar, manos que pueden coger las cosas, pies que pueden andar; y, por dentro, algo maravilloso, que nos hace parecidos a Dios, con la que podemos pensar, rezar, y querer a Dios y a nuestros padres o hijos, hermanos y amigos... ¿y es?... El espíritu de hijos de Dios. Dios nos quiere más que a todas las criaturas de la tierra, porque somos hijos suyos. Por todo debemos darle gracias, y para parecernos a Él como hijos suyos, debemos ser también muy generosos.

Gracias, muchas gracias, Jesús. Porque me has dado la vida y me has hecho hijo de Dios. En la Misa podemos “meternos” en la vida de Jesús… Por las aves del cielo, los peces del mar y los animales todos de la tierra. Por las flores y frutos y todos los árboles que adornan la tierra. Por el sol que ilumina los días y la luna y estrellas que lucen en la noche. Por el agua llovida del cielo, por las fuentes, los ríos y el inmenso mar. Por los padres y hermanos que me has dado, por los amigos... ¿Tú sabes ya dar o prestar alguna cosa a tus amigos?

Me contaban de Juan, un niño de 10 años en su primer día en un colegio extranjero, en Israel. Juan no entendía casi nada, con el miedo de lo desconocido. Se le acerca un niño, Jerôme, americano-israelí, judío, le mira a los ojos, sonriente, y le dice: “¿vienes a jugar conmigo al patio?”…  Juan no se animó, era demasiado pronto, y se disculpó como pudo. Sin asomo de malestar, y con una sonrisa aún más amplia, el niño dijo: “Ah, no pasa nada, ya jugaremos juntos en otra ocasión”. Son esas personas que como ángeles están a nuestro lado, que nos dan fuerzas para caminar…

¿Y cuando el cielo se oscurece? A veces las fuerzas del mal parecen hacerme daño… pues entonces iré a ti Jesús, a protegerme en tu corazón para que los rayos malos no me hagan daño, para no tener miedo de la oscuridad. Porque Tú Jesús eres el Señor de la tempestad, tú reinas sobre las nubes como lo haces sobre el cielo azul. Contigo estoy seguro. Quiero verte también en las dificultades y problemas, en las cosas que salen mal, en los modos de ser de los demás cuando me parecen pesados, y me gustaría incluso que alguien no existiera o se fuera o se pusiera enfermo o le pasara algo… quiero verte así como te veo en la alegre luz del sol.

3. Los Hechos nos recuerdan que Jesús fue “ungido” (tocado, señalado, escogido) por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que “pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él”. Pedro se encuentra en casa de Cornelio, extranjero y descubre que no debe distinguir ya entre inmigrantes y judíos, entre gente de razas y ricos y pobres: todos somos hijos de Dios. Como los reyes magos representan las razas de la tierra, ahora vemos que el bautismo es para blancos, amarillos, negros… todos somos hermanos, hijos de Dios. Nadie es más que otro, nadie es menos que otro. Es igual que sea moro o español, indio o asiático. Cristo es de todos. Todos los hombres son iguales ante la salvación de Dios. Pedro confiesa abiertamente que ahora comprende lo que dicen las Escrituras, que Dios no hace distinciones y que el Evangelio no puede detenerse ante las fronteras de ningún pueblo, raza o nación. Que así sea. Amén.

Llucià Pou Sabaté

Fuente: www.almudi.org

 

 

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10 enero 2014 5 10 /01 /enero /2014 17:16

Meditación Lucas 5,12-16.: Sábado II Semana de Navidad.  Ciclo A. 11 de enero, 2014.

Jesús nos trae la curación de nuestras dolencias, y nos salva con su Espíritu

 

“Y sucedió que, estando en una ciudad, se presentó un hombre cubierto de lepra que, al ver a Jesús, se echó rostro en tierra, y le rogó diciendo: «Señor, si quieres, puedes limpiarme». Él extendió la mano, le tocó, y dijo: «Quiero, queda limpio». Y al instante le desapareció la lepra. Y él le ordenó que no se lo dijera a nadie. Y añadió: «Vete, muéstrate al sacerdote y haz la ofrenda por tu purificación como prescribió Moisés para que les sirva de testimonio». Su fama se extendía cada vez más y una numerosa multitud afluía para oírle y ser curados de sus enfermedades. Pero Él se retiraba a los lugares solitarios, donde oraba” (Lucas 5,12-16).

1. –“Estando Jesús en una ciudad, compareció un hombre cubierto de lepra”. La lepra era una enfermedad considerada contagiosa, castigo divino por excelencia (Deuteronomio 28,27-35), signo del pecado que excluye de la comunidad, y abarcaba varios tipos de enfermedades, una de ellas la que hoy llamamos lepra. Los leprosos debían evitar las ciudades, rasgar sus vestiduras y a todos los que se acercasen a ellos, gritarles: "¡Impuro, Impuro!" Esta enfermedad, hoy muy fácilmente vencida, era entonces incurable: el leproso era considerado un muerto. Señor, ayúdanos hoy, con los medios científicos, a luchar contra esa plaga de la lepra que subsiste aún en ciertas regiones de la tierra.

-“Viendo a Jesús, se postró de hinojos ante El diciendo: Señor, si quieres puedes limpiarme”. ¡Qué sufrimiento! El leproso era muy consciente de su mal: hunde el rostro en el polvo. En el mundo hay "lepras" peores que la lepra. ¿Somos conscientes de ello? Lo que desfigura al hombre es, ante todo el "no-amor", el repugnante egoísmo; y de eso hay manchas y cicatrices en mi vida. ¿Sufro yo por ello? ¿Deseo librarme de ese mal? ¿Que hago para lograrlo?

-“Jesús extendió la mano y le tocó”. Tocar a un leproso. Jesús rehúsa los tabúes rigurosos de su tiempo: Deja abolida la frontera entre lo puro y lo impuro, y reintegra en la comunidad a los excluidos. Contemplo este gesto: la mano sana de Jesús... toca la piel purulenta de un leproso... Es todo el símbolo de la Encarnación: por nosotros los hombres, por nosotros los pecadores, y por nuestra salvación bajó del cielo.

-"¡Quiero, sé limpio!..." Es voluntad de Jesús. Estoy aquí, delante de ti, Señor, yo también, con mi mal, del que soy consciente, y con toda la otra parte del mal que no conozco suficientemente. Purifícame, también.

-“Y al instante desapareció la lepra”. Y le encargó: No se lo digas a nadie, sino vete, muéstrate al sacerdote, y ofrece por tu limpieza lo que prescribió Moisés, para que les sirva de testimonio”. Un testimonio sobre el poder de Jesús y sobre su obediencia a la Ley.

"¡Muéstrate al sacerdote!" ¿Es excesivo pensar que esta palabra es siempre actual? El sacerdote no es un hombre superior a los demás, es un hermano entre sus hermanos, pero ha recibido del Señor el asombroso honor de ser un mediador, de representar un papel de intermediario, más aún, de representar al mismísimo Señor. Yo no puedo salvarme solo. Tengo necesidad de Cristo. El camino concreto que he de hacer para ir a encontrar a un sacerdote, a un ministro del Señor es el signo de que no me salvo por mis únicas fuerzas, sino por la gracia. Oigo que Jesucristo me repite: "Ve y preséntate al sacerdote".

-“Numerosas muchedumbres concurrían para oírle y ser curados de sus enfermedades”. Pero él se retiraba a lugares solitarios y se daba a la oración. Jesús no se deja engañar por el éxito. Busca la soledad. Le gusta orar. Es un acto habitual, corriente, continuo en El (Noel Quesson).

En estos días de la Epifanía, al ver esta curación del leproso, pienso que también yo estoy necesitado de curación, y pido al Niño Jesús que me mire y salve. Tú, Mesías prometido, ungido de Dios, nuevo Adán que, apareciendo en la condición de nuestra mortalidad, nos has regenerado con la nueva luz de tu inmortalidad, quiero acogerme en tu misericordia.

Al contemplarte, Señor, cómo ayudas a los pobres de Israel, me da paz saber que si me siento pobre voy por tu camino de la pobreza, que tú naces en un establo. José se las ingenia lo mejor que puede para buscar abrigo durante la noche, quizá en los alrededores había algunas cuevas abiertas en la ladera del monte, que habitualmente se utilizaban para guardar los animales de carga durante la noche. Quizá fue la misma Virgen quien propuso a José instalaros provisionalmente en alguna de aquellas cuevas, que hacían de establo en las afueras de Belén. José se quedaría confortado por esas palabras y por la sonrisa de María. De modo que allí os quedasteis, Jesús, con los enseres que habíais podido traer desde Nazaret: los pañales, alguna ropa de abrigo, algo de comida.... los pastores fueron los testimonios del mayor portento de la historia, y no son socialmente bien considerados: no servían de testimonio en los juicios.

El Cantar de los cantares habla del alma deseosa del amado, pero sobre todo del Esposo que viene en Navidad, Dios que no aguanta la separación y desea encontrarse la amada, que somos cada uno de nosotros. Hay malentendidos, amor deseado que se hace amor comprobado, y sobretodo una visión del amor limpio y sano, fiel e incondicional, más fuerte que la muerte y que todos los peligros y tentaciones. Como se ha dicho, el alma que comienza se fortalece y se hace esposa fiel del amado: “¡Qué hermosa eres, amiga mía, que hermosa eres! Como de paloma, así son tus ojos, además de lo que dentro se oculta. Tus cabellos dorados y finos, como el pelo de rebaños que viene del monte de Galaad.... Subiré a buscarte al monte de la mirra y al collado del incienso”.... Dios muestra su amor por la belleza del alma, aunque dentro hay más bellezas ocultas que sólo aparecerán con la lucha y la gracia que van descubriendo lo que era inmaduro. Aún imperfecta pero amada pues el Amado exclama: “Toda hermosa eres hermosa, amiga mía, no hay defecto alguno en ti, ven del Líbano, esposa mía, vente del Líbano, serás coronada (...) huerto cerrado eres, hermana mía, esposa, huerto cerrado, fuente sellada” (Cant 4). Y añade después de una separación que parece dura, pero que acrecienta el deseo: “¡Qué hermosa y agraciada eres, oh amabílisima y deliciosísima princesa!” Y luego viene el canto de la fidelidad probada: “ponme como sello sobre tu corazón, ponme por marca sobre tu brazo: porque fuerte como la muerte es el amor, implacables como el infierno los celos; sus brasa, brasas ardientes y un volcán de llamas. Las muchas aguas no han podido extinguir la fuerza del amor” (Cant 8).

Jesús, ves más allá de nuestras lepras para prepararnos como esposa purificada por el fuego de tu amor, también con el de pruebas interiores y exteriores, así consigues desvelar toda la belleza del amor humano y divino. Hay nubarrones de polvo, enfermedades y lepras, además por fuera: enemigos de nuestra santificación presentan batalla de una tan vehemente y bien orquestada, que podrían hundirnos, y de hecho hay gente que se deprime… son técnicas de terrorismo psicológico... mentiras, denigraciones, deshonras, supercherías, insultos, susurraciones tortuosas (J. Escrivá, Homilías 2,298). Estar con Jesús es toparse con la Cruz. Pero ante todo esto, sabemos que nos abandonamos en las manos de Dios, estamos bien, contentos. Es la lepra que queremos quitarnos sobre todo, la propia estima desligada de ese amor de Dios, que incluye dolor, soledad, contradicciones, calumnias, difamaciones, burlas: si Dios lo permite, hemos de dejarnos hacer, Él quiere conformaros a su imagen. Dejarnos llamar locos, necios. Dejarlo todo, la honra, el prestigio, para seguirle a Él solo, y así no nos importarán las sospechas, odios, injurias personales.... Aunque podamos sentirnos leprosos, enfermos, indignos, dentro de un silencio en el que Dios calla o parece que no nos escucha, que andamos engañados, que sólo se oye el monólogo de nuestra voz, como sin apoyo sobre la tierra y abandonados del cielo.... Aún así, Jesús nos lavará de esas lepras, y dejará su presencia dentro de nosotros, con serenidad y gozo eternos.

2. ¿Quién es el que vence al mundo? Para san Juan, "mundo" significa: «al hombre encerrado en sí mismo y tentado de construirse y salvarse por sus propias fuerzas». De hecho, el verdadero cristiano ha vencido esa tentación: no vive replegado en sí mismo, sino abierto a Dios... ha vencido la ridícula y vana tentativa de querer «divinizarse» por sí mismo y deja el éxito de toda su vida en las manos de Dios.

-“El que cree que Jesús es el Hijo de Dios”. La Fe nos hace vencedores de aquella tentación. La Fe nos «abre a Dios» que hace que nuestra salvación y el éxito de nuestra vida los confiemos a Jesús, Hijo de Dios. ¿Es así el modo como concibo yo mi Fe?

-“Dios nos ha concedido la vida eterna, y esta vida eterna está en su Hijo”. El éxito en la vida es el amor esperanzado, la fe, creer que Jesús, Hijo de Dios, posee la vida eterna, especialmente después de su victoria sobre la muerte... y que esa vida eterna es también herencia nuestra si creemos en Jesucristo.

-“Quien tiene al Hijo, posee la vida”. Quien no tiene al Hijo, no posee la vida. Señor, quiero creer en tu Hijo. Cristo es mi vida. Pienso en todos esos jóvenes que dicen tener un vehemente deseo de vivir... Señor, haz que descubran que Tú estás de parte de la vida, que eres un apasionado por todo lo que vive, que Tú eres el viviente por excelencia... y que Tú propones y ofreces la explosión de tu propia vida a todos los que están ávidos de vida en plenitud.

-“Es El, Jesucristo, el que vino por el agua y por la sangre...” «El agua y la sangre» tienen un doble significado simbólico en san Juan: simbolizan la obediencia filial de Jesús hasta la muerte, por amor a todos los hombres. Juan vio esto. Estaba al pie de la cruz. Lo afirma. Jesús lo ha dado todo. El Corazón abierto, del que mana «el agua y la sangre» ¡es el símbolo más fuerte y expresivo del amor!

-el agua y la sangre» simbolizan también la sacramentalidad eclesial: la presencia del resucitado es perpetuada por su Cuerpo que es la Iglesia, y que se expresa en unos ritos visibles, los sacramentos. En particular el bautismo y la eucaristía, «el agua y la sangre» el más fuerte testimonio, HOY, del don de Dios a los hombres.

-“Tres son los que dan testimonio: el Espíritu, el agua y la sangre...” El procedimiento judicial de los tribunales judíos exigía tres testigos... Hoy diríamos que tenemos varios testimonios que recibir y que dar: el de los sacramentos participando en su Cuerpo y Sangre, el de la vida para que sea una ofrenda agradable a Dios por amor (Noel Quesson).

3. “Glorifica al Señor, Jerusalén; / alaba a tu Dios, Sión: / que ha reforzado los cerrojos de tus puertas, / y ha bendecido a tus hijos dentro de ti”. Es el Señor Dios nuestro defensor, que nos invita a ser sus hijos, en Jesús: “Ha puesto paz en tus fronteras, / te sacia con flor de harina. / Él envía su mensaje a la tierra, / y su palabra corre veloz”. Su Espíritu nos ayuda a conocer el Camino para la Casa del Padre, que es su Palabra, Jesús: “Anuncia su palabra a Jacob, / sus decretos y mandatos a Israel; / con ninguna nación obró así, / ni les dio a conocer sus mandatos”.

Llucià Pou Sabaté

 Fuente: www.almudi.org

 

 

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10 enero 2014 5 10 /01 /enero /2014 01:17

Meditación Viernes II Semana de Navidad: Lucas 4,14-22: Ciclo A.10 de enero, 2014.

El Espíritu de Jesús se nos entrega en el bautismo: ser en Cristo hijos de Dios

“En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu, y su fama se extendió por toda la región. Él iba enseñando en sus sinagogas, alabado por todos.
Vino a Nazaret, donde se había criado y, según su costumbre, entró en la sinagoga el día de sábado, y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías y desenrollando el volumen, halló el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor».
Enrollando el volumen lo devolvió al ministro, y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en Él. Comenzó, pues, a decirles: «Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy». Y todos daban testimonio de Él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca
” (Lucas 4,14-22).

1. «El Espíritu del Señor está sobre mí», dirá Jesús, haciendo suyo este texto mesiánico de Isaías. Es el Espíritu del Amor que hizo del Mesías el «ungido para llevar la buena nueva a los pobres», y que también “reposa” encima nuestro y nos conduce hacia el amor perfecto: como dice el Concilio Vaticano II, «todos los fieles, de cualquier estado o condición, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad». El Espíritu Santo nos transformará como hizo con los Apóstoles, para que podamos actuar bajo su moción, otorgándonos sus frutos y, así, llevarlos a todos los corazones: «El fruto del Espíritu es: caridad, paz, alegría, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza» (Gal 5,22-23).

La liturgia nos ha llevado estos días de Navidad por caminos de esperanza y de alegría, de apertura al portador de la luz, Jesús, que hoy vemos anunciando al Espíritu Santo en su pueblo. María es modelo de este dejar actuar al Espíritu divino, en su escucha orante:

a) Dios «miró la pequeñez de su esclava»; pero es que ella estaba atenta, a la escucha con fidelidad y entrega: si siempre había estado pendiente del Señor, después de la embajada esa entrega creció sobremanera. De esa apertura a la esperanza por la que recibe el Espíritu y a Jesús, ella está llena de gracia, y de ahí viene su alegría.

b) En la Visitación a su pariente: oye «bendita tú entre las mujeres». ¿Porqué?: «porque has creído». Ante la presencia de la Virgen, Isabel también se llena del Espíritu Santo; el niño de sus entrañas, salta de gozo. Y llena del Espíritu Santo, que le ha cubierto con su sombra, entona María el Magnificat, ese cántico de alabanza al Señor, agradeciendo su infinita misericordia: «Proclama mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se regocija en Dios mi salvador». Ambas, llenas de una gran esperanza, aguardan los nacimientos del Precursor y de Jesús.

Ahora, al ver a Jesús ya hecho un hombre, oírle decir que el Espíritu le lleva, nos va la imaginación a Belén, donde hemos celebrado que nació la noche de Navidad. Los santos proclaman: “¡buscaré, Señor, tu rostro!”: ¡tengo deseos ardientes de verte cara a cara, Señor! Los pastores después de recibir aquel anuncio exultante de los ángeles se dicen lo mismo: vayamos y veamos. Hoy queremos ver, contemplar, conocer el modo divino de salvarnos y vemos un Niño. «Puer natus est nobis, Puer datus est nobis» (el Niño ha nacido para nosotros, el Niño nos ha sido dado para nosotros), repite la liturgia. El amor busca ver, contemplar… al ungido por el Espíritu, al que se llamará maravilloso consejero, Dios fuerte, Príncipe de la paz, Padre sempiterno (Isaías 9,6-7). Como dijo el Ángel a José, será Emmanuel, “Dios con nosotros”, y a la Virgen: Hijo del Altísimo y se le dará el trono de David, Jesús: “Dios salva”. En Belén ha comenzado una nueva lógica entre los hombres: la lógica divina, que es lógica de amor y de humildad, y hoy la vemos proclamada por Jesús en el comienzo de su enseñanza. El Dios de majestad y poder, prefiere manifestarse en debilidad, porque el todopoderoso Dios es sobretodo Amor.

El Espíritu sobre mí…” Nosotros también lo pedimos: “que caiga tu luz sobre mí, Señor, que venga tu Espíritu”. Estos días de la Epifanía queremos verle en la  “grandeza de un Niño que es Dios: su Padre es el Dios que ha hecho el cielo y la tierra, y El está ahí, en un pesebre (...) porque no había otro sitio en la tierra para el dueño de todo lo creado. No me aparto de la verdad más rigurosa, si os digo que Jesús sigue buscando ahora posada en nuestro corazón...Hemos de pedirle la gracia de no cerrarle nunca más la puerta de nuestra alma” (S. Josemaría Escrivá). Se lo pedimos a Dios por la intercesión de la Santísima Virgen, que nos muestra el Niño, y nos anima a atrevernos.

La Navidad es la gran fiesta de la filiación divina, y por eso de la alegría, pues Dios nos ama siempre, hagamos lo que hagamos. Hemos de desterrar todo temor y toda intranquilidad, pues a partir de que Dios se hace Hombre, no hay nada que pueda intranquilizar a los hombres, pues no hay nada que pueda quitarnos la paz, pues la falta de amor, el pecado, puede siempre arreglarse, correspondiendo al amor de Dios que siempre se nos ofrece, tan manifiesto, tan patente en Navidad.

Los pastores "tuvieron gran temor" ante la claridad de Dios que les cercó de resplandor, pero oyen del ángel: "No temáis....os anuncio un gran gozo", lección de paz y de alegría, que pide de inmediato una respuesta: y Él no desea meros ritos, sino el corazón: Él, ofreciéndose a cumplir la voluntad de Dios con plena disponibilidad: "Sacrificios y ofrendas y holocaustos por el pecado no quisiste... entonces dije: Heme aquí que vengo, para hacer, oh Dios, tu voluntad" (Heb 10,5), nos pide lo mismo. Dios no se satisface con sacrificios de cosas, pues nos pide amor por amor, quiere nuestra propia persona, nuestra libertad, que le amemos y así seamos felices.

Pero los hombres no eran capaces de comprender que esa era su felicidad, y andaban extraviados. Hoy, una buena parte de la humanidad, sigue extraviada, sin saber ni llegar a comprender la verdadera felicidad que nos trae Jesús en la Navidad. Y Dios, que se compadece de todos, en su misericordia busca a todos, se humilla, para levantarnos a nosotros.

Nuestra respuesta al Espíritu ha de ser generosa, es decir: con humildad a toda prueba que nos debe hacer olvidarnos de nosotros mismos para sentirnos y actuar como servidores de Dios y de los demás.

Con fe firme en que el Señor vendrá y nos salvará. Está junto a nosotros siempre que le llamemos, y nos llama de continuo, ese es el mensaje de su Nacimiento.          

Con disponibilidad a la Voluntad de Dios, con aquella obediencia con que la Virgen fue dócil.

Con desprendimiento de los bienes materiales, pues Cristo viene al mundo prescindiendo de ellos.

Entrando en estas lecciones de la Navidad podremos participar de la Pascua, de la Eucaristía donde se condensa toda la vida de Jesús, y hacerla nuestra. Son lecciones muy marianas, y por eso acudimos a la intercesión de nuestra Madre: “Salve, por ti resplandece la dicha; / Salve, por ti se eclipsa la pena. /  Salve, por ti la creación se renueva; / Salve, por ti el Creador nace niño”. Ella nos llevará a esa humildad y pobreza, obediencia y templanza, servicio y alegría, justicia y piedad, a ese amor hecho vida con el que engendró a Jesús.

2.–“Queridos míos: podemos amar nosotros porque Dios nos amó primero”. No fundamentamos nuestra seguridad sobre nuestros propios méritos. Si consideráramos nuestra propia vida, más bien tendríamos muchas razones para "temer" a Dios; pero todo descansa en el hecho que «Dios nos amó primero», antes de cualquier mérito nuestro. Nos ama tal como somos, es decir, «pecadores». No nos ama por ser más o menos agradables, atractivos, simpáticos... o por ser personas «bien»... Nos ama para que seamos amables -tengamos amor-, para salvarnos. Dios nos ama primero, aun siendo llenos de egoísmo... nos ama tal como somos. Gracias, Señor, por amarme de ese modo.

-“Si alguno dice: «amo a Dios» y aborrece a su hermano, es un mentiroso”. Mi actitud hacia mis prójimos es el test de mi actitud hacia Dios. Si no llego a soportar, a amar a tal o cual de mis colegas, de mis parientes, de mis vecinos... tampoco alcanzo a amar a Dios. Y si digo que amo a Dios, en ese caso, soy un mentiroso.

-“Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve”. El amor de un ser «invisible» puede ilusionarnos... ¡es un sentimiento muy fácil! Pero amar, soportar, aceptar diariamente a un ser concreto, próximo a nosotros es verificable: uno sabe muy bien, por desgracia, si se lo soporta o no se lo soporta. El amor al prójimo, a quien vemos, es nuestro medio de controlar nuestro amor de Dios, a quien no vemos. Concédeme, Señor, saber aceptar las dificultades de la vida fraterna. Señor, ayúdame a amar a los que Tú me has dado.

-“Este es el mandamiento que hemos recibido de El: «Quien ama a Dios... ame también a su hermano...»” Nos dice hoy san Juan que «quien ama Dios, ame también a su hermano». ¿Cómo podríamos amar a Dios a quien no vemos, sin no amamos a quien vemos, imagen de Dios? Después que san Pedro renegara, Jesús le preguntó si le amaba: «Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo» (Jn 21,17), respondió. Como a san Pedro, también a nosotros nos pregunta Jesús: «¿Me amas?»; y queremos responderle ahora mismo: «Tú lo sabes todo, Señor, tú sabes que te amo a pesar de mis deficiencias; pero ayúdame a demostrártelo, ayúdame a descubrir las necesidades de mis hermanos, a darme de verdad a los otros, a aceptarlos tal como son, a valorarlos».

La vocación del hombre es el amor, es vocación a darse, buscando la felicidad del otro, y encontrar así la propia felicidad. Como dice san Juan de la Cruz, «al atardecer seremos juzgados en el amor». Vale la pena que nos preguntemos al final de la jornada, cada día, en un breve examen de conciencia, cómo ha ido este amor, y puntualizar algún aspecto a mejorar para el día siguiente (Noel Quesson). -“Conocemos que amamos a los hijos de Dios, si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos”.

3. El Señor nos ama por encima de nuestros pecados: “Dios mío, confía tu juicio al rey, / tu justicia al hijo de reyes, / para que rija a tu pueblo con justicia, / a tus humildes con rectitud.”

Estamos en buenas manos, pendientes de ellas que nos conducen al bien: “Él rescatará sus vidas de la violencia, / su sangre será preciosa a sus ojos. / Que recen por él continuamente / y lo bendigan todo el día.”

Bendecir a Dios nos hace bien, porque nos hace buenos: “Que su nombre sea eterno, / y su fama dure como el sol; / que él sea la bendición de todos los pueblos, / y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra”.

Llucià Pou Sabaté

Fuente: www.almudi.org

 

 

 

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10 enero 2014 5 10 /01 /enero /2014 01:17

Meditación Viernes II Semana de Navidad: Lucas 4,14-22: Ciclo A.10 de enero, 2014.

El Espíritu de Jesús se nos entrega en el bautismo: ser en Cristo hijos de Dios

“En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu, y su fama se extendió por toda la región. Él iba enseñando en sus sinagogas, alabado por todos.
Vino a Nazaret, donde se había criado y, según su costumbre, entró en la sinagoga el día de sábado, y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías y desenrollando el volumen, halló el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor».
Enrollando el volumen lo devolvió al ministro, y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en Él. Comenzó, pues, a decirles: «Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy». Y todos daban testimonio de Él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca
” (Lucas 4,14-22).

1. «El Espíritu del Señor está sobre mí», dirá Jesús, haciendo suyo este texto mesiánico de Isaías. Es el Espíritu del Amor que hizo del Mesías el «ungido para llevar la buena nueva a los pobres», y que también “reposa” encima nuestro y nos conduce hacia el amor perfecto: como dice el Concilio Vaticano II, «todos los fieles, de cualquier estado o condición, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad». El Espíritu Santo nos transformará como hizo con los Apóstoles, para que podamos actuar bajo su moción, otorgándonos sus frutos y, así, llevarlos a todos los corazones: «El fruto del Espíritu es: caridad, paz, alegría, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza» (Gal 5,22-23).

La liturgia nos ha llevado estos días de Navidad por caminos de esperanza y de alegría, de apertura al portador de la luz, Jesús, que hoy vemos anunciando al Espíritu Santo en su pueblo. María es modelo de este dejar actuar al Espíritu divino, en su escucha orante:

a) Dios «miró la pequeñez de su esclava»; pero es que ella estaba atenta, a la escucha con fidelidad y entrega: si siempre había estado pendiente del Señor, después de la embajada esa entrega creció sobremanera. De esa apertura a la esperanza por la que recibe el Espíritu y a Jesús, ella está llena de gracia, y de ahí viene su alegría.

b) En la Visitación a su pariente: oye «bendita tú entre las mujeres». ¿Porqué?: «porque has creído». Ante la presencia de la Virgen, Isabel también se llena del Espíritu Santo; el niño de sus entrañas, salta de gozo. Y llena del Espíritu Santo, que le ha cubierto con su sombra, entona María el Magnificat, ese cántico de alabanza al Señor, agradeciendo su infinita misericordia: «Proclama mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se regocija en Dios mi salvador». Ambas, llenas de una gran esperanza, aguardan los nacimientos del Precursor y de Jesús.

Ahora, al ver a Jesús ya hecho un hombre, oírle decir que el Espíritu le lleva, nos va la imaginación a Belén, donde hemos celebrado que nació la noche de Navidad. Los santos proclaman: “¡buscaré, Señor, tu rostro!”: ¡tengo deseos ardientes de verte cara a cara, Señor! Los pastores después de recibir aquel anuncio exultante de los ángeles se dicen lo mismo: vayamos y veamos. Hoy queremos ver, contemplar, conocer el modo divino de salvarnos y vemos un Niño. «Puer natus est nobis, Puer datus est nobis» (el Niño ha nacido para nosotros, el Niño nos ha sido dado para nosotros), repite la liturgia. El amor busca ver, contemplar… al ungido por el Espíritu, al que se llamará maravilloso consejero, Dios fuerte, Príncipe de la paz, Padre sempiterno (Isaías 9,6-7). Como dijo el Ángel a José, será Emmanuel, “Dios con nosotros”, y a la Virgen: Hijo del Altísimo y se le dará el trono de David, Jesús: “Dios salva”. En Belén ha comenzado una nueva lógica entre los hombres: la lógica divina, que es lógica de amor y de humildad, y hoy la vemos proclamada por Jesús en el comienzo de su enseñanza. El Dios de majestad y poder, prefiere manifestarse en debilidad, porque el todopoderoso Dios es sobretodo Amor.

El Espíritu sobre mí…” Nosotros también lo pedimos: “que caiga tu luz sobre mí, Señor, que venga tu Espíritu”. Estos días de la Epifanía queremos verle en la  “grandeza de un Niño que es Dios: su Padre es el Dios que ha hecho el cielo y la tierra, y El está ahí, en un pesebre (...) porque no había otro sitio en la tierra para el dueño de todo lo creado. No me aparto de la verdad más rigurosa, si os digo que Jesús sigue buscando ahora posada en nuestro corazón...Hemos de pedirle la gracia de no cerrarle nunca más la puerta de nuestra alma” (S. Josemaría Escrivá). Se lo pedimos a Dios por la intercesión de la Santísima Virgen, que nos muestra el Niño, y nos anima a atrevernos.

La Navidad es la gran fiesta de la filiación divina, y por eso de la alegría, pues Dios nos ama siempre, hagamos lo que hagamos. Hemos de desterrar todo temor y toda intranquilidad, pues a partir de que Dios se hace Hombre, no hay nada que pueda intranquilizar a los hombres, pues no hay nada que pueda quitarnos la paz, pues la falta de amor, el pecado, puede siempre arreglarse, correspondiendo al amor de Dios que siempre se nos ofrece, tan manifiesto, tan patente en Navidad.

Los pastores "tuvieron gran temor" ante la claridad de Dios que les cercó de resplandor, pero oyen del ángel: "No temáis....os anuncio un gran gozo", lección de paz y de alegría, que pide de inmediato una respuesta: y Él no desea meros ritos, sino el corazón: Él, ofreciéndose a cumplir la voluntad de Dios con plena disponibilidad: "Sacrificios y ofrendas y holocaustos por el pecado no quisiste... entonces dije: Heme aquí que vengo, para hacer, oh Dios, tu voluntad" (Heb 10,5), nos pide lo mismo. Dios no se satisface con sacrificios de cosas, pues nos pide amor por amor, quiere nuestra propia persona, nuestra libertad, que le amemos y así seamos felices.

Pero los hombres no eran capaces de comprender que esa era su felicidad, y andaban extraviados. Hoy, una buena parte de la humanidad, sigue extraviada, sin saber ni llegar a comprender la verdadera felicidad que nos trae Jesús en la Navidad. Y Dios, que se compadece de todos, en su misericordia busca a todos, se humilla, para levantarnos a nosotros.

Nuestra respuesta al Espíritu ha de ser generosa, es decir: con humildad a toda prueba que nos debe hacer olvidarnos de nosotros mismos para sentirnos y actuar como servidores de Dios y de los demás.

Con fe firme en que el Señor vendrá y nos salvará. Está junto a nosotros siempre que le llamemos, y nos llama de continuo, ese es el mensaje de su Nacimiento.          

Con disponibilidad a la Voluntad de Dios, con aquella obediencia con que la Virgen fue dócil.

Con desprendimiento de los bienes materiales, pues Cristo viene al mundo prescindiendo de ellos.

Entrando en estas lecciones de la Navidad podremos participar de la Pascua, de la Eucaristía donde se condensa toda la vida de Jesús, y hacerla nuestra. Son lecciones muy marianas, y por eso acudimos a la intercesión de nuestra Madre: “Salve, por ti resplandece la dicha; / Salve, por ti se eclipsa la pena. /  Salve, por ti la creación se renueva; / Salve, por ti el Creador nace niño”. Ella nos llevará a esa humildad y pobreza, obediencia y templanza, servicio y alegría, justicia y piedad, a ese amor hecho vida con el que engendró a Jesús.

2.–“Queridos míos: podemos amar nosotros porque Dios nos amó primero”. No fundamentamos nuestra seguridad sobre nuestros propios méritos. Si consideráramos nuestra propia vida, más bien tendríamos muchas razones para "temer" a Dios; pero todo descansa en el hecho que «Dios nos amó primero», antes de cualquier mérito nuestro. Nos ama tal como somos, es decir, «pecadores». No nos ama por ser más o menos agradables, atractivos, simpáticos... o por ser personas «bien»... Nos ama para que seamos amables -tengamos amor-, para salvarnos. Dios nos ama primero, aun siendo llenos de egoísmo... nos ama tal como somos. Gracias, Señor, por amarme de ese modo.

-“Si alguno dice: «amo a Dios» y aborrece a su hermano, es un mentiroso”. Mi actitud hacia mis prójimos es el test de mi actitud hacia Dios. Si no llego a soportar, a amar a tal o cual de mis colegas, de mis parientes, de mis vecinos... tampoco alcanzo a amar a Dios. Y si digo que amo a Dios, en ese caso, soy un mentiroso.

-“Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve”. El amor de un ser «invisible» puede ilusionarnos... ¡es un sentimiento muy fácil! Pero amar, soportar, aceptar diariamente a un ser concreto, próximo a nosotros es verificable: uno sabe muy bien, por desgracia, si se lo soporta o no se lo soporta. El amor al prójimo, a quien vemos, es nuestro medio de controlar nuestro amor de Dios, a quien no vemos. Concédeme, Señor, saber aceptar las dificultades de la vida fraterna. Señor, ayúdame a amar a los que Tú me has dado.

-“Este es el mandamiento que hemos recibido de El: «Quien ama a Dios... ame también a su hermano...»” Nos dice hoy san Juan que «quien ama Dios, ame también a su hermano». ¿Cómo podríamos amar a Dios a quien no vemos, sin no amamos a quien vemos, imagen de Dios? Después que san Pedro renegara, Jesús le preguntó si le amaba: «Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo» (Jn 21,17), respondió. Como a san Pedro, también a nosotros nos pregunta Jesús: «¿Me amas?»; y queremos responderle ahora mismo: «Tú lo sabes todo, Señor, tú sabes que te amo a pesar de mis deficiencias; pero ayúdame a demostrártelo, ayúdame a descubrir las necesidades de mis hermanos, a darme de verdad a los otros, a aceptarlos tal como son, a valorarlos».

La vocación del hombre es el amor, es vocación a darse, buscando la felicidad del otro, y encontrar así la propia felicidad. Como dice san Juan de la Cruz, «al atardecer seremos juzgados en el amor». Vale la pena que nos preguntemos al final de la jornada, cada día, en un breve examen de conciencia, cómo ha ido este amor, y puntualizar algún aspecto a mejorar para el día siguiente (Noel Quesson). -“Conocemos que amamos a los hijos de Dios, si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos”.

3. El Señor nos ama por encima de nuestros pecados: “Dios mío, confía tu juicio al rey, / tu justicia al hijo de reyes, / para que rija a tu pueblo con justicia, / a tus humildes con rectitud.”

Estamos en buenas manos, pendientes de ellas que nos conducen al bien: “Él rescatará sus vidas de la violencia, / su sangre será preciosa a sus ojos. / Que recen por él continuamente / y lo bendigan todo el día.”

Bendecir a Dios nos hace bien, porque nos hace buenos: “Que su nombre sea eterno, / y su fama dure como el sol; / que él sea la bendición de todos los pueblos, / y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra”.

Llucià Pou Sabaté

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9 enero 2014 4 09 /01 /enero /2014 01:04

Meditación: Marcos 6,45-52. Jueves II Semana de Navidad. Ciclo A.9 de enero, 2014.

Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y Jesús viene a nuestra vida, como luz en la oscuridad

“Después que se saciaron los cinco mil hombres, Jesús enseguida dio prisa a sus discípulos para subir a la barca e ir por delante hacia Betsaida, mientras Él despedía a la gente. Después de despedirse de ellos, se fue al monte a orar. Al atardecer, estaba la barca en medio del mar y Él, solo, en tierra. 
Viendo que ellos se fatigaban remando, pues el viento les era contrario, a eso de la cuarta vigilia de la noche viene hacia ellos caminando sobre el mar y quería pasarles de largo. Pero ellos viéndole caminar sobre el mar, creyeron que era un fantasma y se pusieron a gritar, pues todos le habían visto y estaban turbados. Pero Él, al instante, les habló, diciéndoles: «¡Ánimo!, que soy yo, no temáis!». Subió entonces donde ellos a la barca, y amainó el viento, y quedaron en su interior completamente estupefactos, pues no habían entendido lo de los panes, sino que su mente estaba embotada
” (Marcos 6,45-52).

1. Jesús, te veo en esa tensión amorosa entre estar a solas con tu Padre, y la de atender las necesidades de los demás, unes en armonía perfecta oración y acción, como a mí me gustaría. Después de despedir a los Apóstoles y a la gente, te retiras solo, a rezar. Señor, te pido que mi “yo” se encuentre cada día con ese “Tú” que es rico y lleno de amor. Orígenes nos dice que «reza sin parar aquel que une la oración a las obras y las obras a la oración. Sólo así podemos considerar realizable el principio de rezar sin parar». Te pido, Señor, dirigir todo a tu gloria, tanto la oración como la acción, en sosiego de espíritu; entender que la oración es el respirar del amor.

Ante ti, Señor, quiero ofrecerte mis dones como los magos: oro de mi corazón encendido de amor, incienso de mi oración, y mirra de mi sacrificio sobre todo en el servicio a los demás. Quisiera ver cómo has encendido en mi alma una estrella, la gran luz de la vocación. Así, ante la oscuridad cuando desaparece la estrella no me hundiré ni volveré atrás, como los magos que tienen paciencia y preguntan a los entendidos... todo ello nos indica que no hay obstáculos capaz de detenerles, saben superar el cansancio, frío, oscuridad... no se desaniman y ponen los medios a su alcance para perseverar, para alcanzar la meta, para estar con Dios. Como nosotros... la vocación es una llamada divina que nos transforma, nos da una nueva manera de ver las cosas, de vivir, de tratar a los demás... Jesús aparece en medio de la oscuridad. Cuando más negra es la noche, amanece Dios... La estrella de los Magos que hemos contemplado estos días es como una imagen de la vocación, llamada divina que abarca no un aspecto u otro sino toda la existencia, con la luz de la fe, que da un sentido divino a nuestra vida. Hemos de corresponder fielmente al amor de Dios, viviendo una entrega sin condiciones y haciendo mucho apostolado.

Así Jesús "comenzó a  comunicar su luz y sus riquezas al mundo, trayendo tras si con su estrella a hombres de tan lejanas tierras" (Fray  Luis de Granada). Tú eres la estrella, Jesús, que, apareciendo en la condición de nuestra mortalidad, nos has regenerado con la nueva luz de su inmortalidad (Pref. I Navidad). Eran hombres dedicados al estudio del cielo, en medio de sus circunstancias, curiosamente de un trabajo poco “ortodoxo” pues iba unido a la magia en la interpretación de los signos celestiales, ahí les busca Dios, y mirando al cielo, acostumbrados a buscar en el, el cielo se les revela, con estos signos: "hemos visto su estrella y venimos a buscar al rey de los judíos". Iluminados por una gracia interior se pusieron en camino. La gracia se escapa a las normas, aparece “por donde Dios quiere”, nunca mejor dicho, a veces de modo sorprendente... Dios nos acompaña siempre, en el camino de la vida. San Bernardo nos dice "Él que los guió, también los ha instruido y el mismo que les advirtió externamente mediante una estréllala los ilumino en lo interior de su corazón". De los Magos debemos de aprender, la vida es para nosotros un camino que se dirige derechamente hacia Jesús y para que examinemos si correspondemos a las gracias que en cada situación, recibimos del Espíritu Santo.

Los discípulos, temiendo que fuera un fantasma, se pusieron a gritar, "porque, como dice el evangelio, su corazón estaba ofuscado". Vemos a los apóstoles con miedo, en la oscuridad, y la tempestad viva que azota la débil barca. En nuestra vida también pasamos a veces por el miedo que experimentaron aquella noche, hasta que vemos que Jesús está a nuestro lado, y vuelve la paz y la serenidad. Y podremos oír que les dice: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo». La expresión «no tengáis miedo», que tantas veces aparece dirigida por Yahvé, se nos dirige hoy a todos por Jesús. Es también una de las consignas que el papa Juan Pablo II ha ido repitiendo cuando nos podrían agobiar las dificultades del momento presente. La invitación a permanecer en el amor, y la seguridad de que Cristo Jesús es el que vence a los vientos más contrarios, nos deben dar las claves para que nuestra vida a lo largo de todo el año esté más impregnada de confianza y alegría (J. Aldazábal).

Jesús les dijo: "Soy yo, ¡Confiad y no temáis!". Y al subirse con ellos al bote se apaciguó el viento y la barca corrió hacia la orilla. Nos esforzamos a veces, en la noche de esta vida, con la práctica de ayunos y otros ejercicios, no paramos de trabajar en nuestra conversión moral. Sentimos miedo a veces, inseguros, y nos llevan mar adentro de los apetitos desordenados. Ponemos en práctica todo cuanto la escuela de la ascética y de la moral cristiana nos pueden enseñar; aplicamos el timón de la voluntad, ora probando con maña, ora con ímpetu; usamos los remos de un trabajo lleno de celo; desplegamos las velas del anhelo y de la añoranza de Dios... ¡Pero no conseguimos avanzar y Jesús parece estar muy lejos de nosotros! Sin embargo, a la cuarta vigilia de la noche, hacia la madrugada, a la hora de celebrar la santa liturgia, Cristo se nos aparece. Y seguimos ciegos y sin darnos cuenta de su dulce presencia. No osamos arriesgarnos a dejar los remos y a lanzarnos al agua al encuentro de Jesús, dejando el estrecho bote de nuestro propio ser. No osamos arriesgarnos en esta hora -que es la hora de Cristo-, en esta hora de la presencia de Dios en el sacrificio y de su obrar en nosotros, a entregarnos a El por completo, a darnos a su presencia divina, que nos trae la paz y la salud eternas, según se nos enseña al final del evangelio. Y, en cambio, dejamos que la multitud sencilla y crédula del pueblo nos pase delante y nos lleve ventaja, movida solamente por su fe viva y su activo amor: "cuantos le tocaban, quedaban sanos" (Mc 6,56). Mientras que nosotros, a despecho de la presencia del Señor, permanecemos en un desconcertante alejamiento de la salud.

"¡Cuán magníficas son tus obras, Señor!" (Sal 91,6). "Me has llenado de gozo, Señor, con tus obras. ¡Estallo de entusiasmo ante la obra de tus manos!" (Sal 91,5). Precisamente lo que nos hace falta es este "gozarnos en el Señor", el sentirnos en paz en su presencia y el saber contemplar con tranquilidad sus obras. Tenemos delante al Señor de la casa, pero nosotros seguimos obrando como si no hubiese aún llegado y continuamos preparando afanosos la casa para su venida. ¡Como si el resplandor de su presencia no fuese mucho más potente que todo nuestro afán de purificación! El más importante de todos los ejercicios, que es la mortificación de la propia voluntad, nos abre al abandono en las manos de Dios, en Jesús: "Pon en el Señor tu gozo y él te dará lo que pide tu corazón" (Sb 36,4) (Emiliana Löhr).

-Los apóstoles “se quedaron en extremo estupefactos, pues no se habían dado cuenta de lo de los panes; su corazón estaba endurecido”. De la tempestad calmada viene la comprensión de los misterios.

Dice uno de los “Cánticos de Salomón” (siglo II): “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo”: “Mi gozo es el Señor, y mi alma tiende a él. / Hermosa es la ruta hacia el Señor, pues él me sostiene. / Se da a conocer él mismo en su simplicidad; / su benevolencia es más grande que su majestad. Se hizo semejante a mí para que le acoja; se hizo semejante a mí para que me revista de él. / Su vista no me espanta, pues él es la misericordia. / él tomó mi naturaleza para que yo le conozca, y asumió mi rostro para que no me aparte de él. / El Padre de la sabiduría es el Hijo de la sabiduría. / El que creó la sabiduría es más sabio que las criaturas. / El que me creó sabía antes que yo existiese lo que haría yo una vez llamado a la existencia. / Por esto tuvo misericordia de mí y me dio la posibilidad de dirigirme a él en la oración y participar de su sacrificio.

Sí, Dios es incorruptible, es la plenitud de los mundos y es su Padre. El se manifestó a los suyos para que conocieran a su hacedor, y no pensasen que tienen en ellos mismos las raíces de su origen. El ha abierto un camino hacia el conocimiento, ha ensanchado el conocimiento, lo ha prolongado y conducido a su perfección. El ha marcado el conocimiento con las huellas de su luz, desde el principio hasta el fin, porque el conocimiento es obra suya. El se ha complacido en su Hijo. A causa de la salvación ejerce su omnipotencia y el Altísimo será conocido por los santos. Para anunciar la venida del Señor a los que cantan, para que salgan a su encuentro y le alaben gozosos”.

2. El amor hace que en nuestra vida ya no exista el temor o la desconfianza: «si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud». «Dios es amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él». Después de haber precisado cómo Dios es la fuente del amor, Juan vuelve a la comunión que podemos tener con Dios y que son la caridad y la confesión de la fe. Toda decisión de fe implica el amor, puesto que obliga a una conversión que no puede ser más que don de sí.

-“A Dios, nadie le ha visto. Pero, si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros”. La significación es clara: el verdadero amor hace visible al Dios invisible. Cada vez que amo de veras, "hago visible" a Dios. Dios está allí. Si en casa, en mi ambiente de trabajo, pongo amor, Dios se habrá hecho visible allí. –“Dios es amor”. Y yo, a menudo, soy lo contrario. Soy egoísmo. Cada uno de mis pecados es una falta de amor. Señor, Tú que eres Amor, ven a mí. Libera toda mi potencia de amar.

-“Quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él”. «Permanecer en Dios.» «Permanecer en el amor.» Saborear esa vivencia sería una fuente de gozo indestructible.

-“Nuestra vida en este mundo imita lo que es Jesús. No hay temor en el amor...” quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor. Jesús no tenía «miedo» de Dios, y El es nuestro modelo. Señor, quiero esa seguridad. No quiero tener miedo de Ti ni de tu Juicio... quiero amarte y nada más (Noel Quesson).

3. “Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes, para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud”. Es el Señor quien tiene misericordia de los pobres y desvalidos. “Que los reyes de Tarsis y de las islas le paguen tributo. Que los reyes de Saba y de Arabia le ofrezcan sus dones; que se postren ante él todos los reyes, y que todos los pueblos le sirvan”. El Espíritu del Señor está sobre su Mesías al que estos días adoramos con los Magos y todos los gentiles; y veremos ungido en el bautismo, para comenzar su obra: “Él librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector; él se apiadará del pobre y del indigente, y salvará la vida de los pobres”.

 

Llucià Pou Sabaté

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7 enero 2014 2 07 /01 /enero /2014 22:09

Meditación Martes II Semana de Navidad: Marcos 6,34-44. Ciclo A. 18 de enero, 2014.

Dios es amor, y su amor se multiplica como hizo con los panes, y la alegría de la Epifanía

“En aquel tiempo, vio Jesús una gran multitud y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tienen pastor, y comenzó a enseñarles muchas cosas. Y como fuese muy tarde, se llegaron a Él sus discípulos y le dijeron: «Este lugar es desierto y la hora es ya pasada; despídelos para que vayan a las granjas y aldeas de la comarca a comprar de comer». Y Él les respondió y dijo: «Dadles vosotros de comer». Y le dijeron: «¿Es que vamos a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?». Él les contestó: «¿Cuántos panes tenéis? Id a verlo». Y habiéndolo visto, dicen: «Cinco, y dos peces».
Entonces les mandó que se acomodaran todos por grupos de comensales sobre la hierba verde. Y se sentaron en grupos de ciento y de cincuenta. Y tomando los cinco panes y los dos peces y levantando los ojos al cielo, bendijo, partió los panes y los dio a sus discípulos para que los distribuyesen; también partió los dos peces para todos. Y comieron todos hasta que quedaron satisfechos. Y recogieron doce cestas llenas de los trozos que sobraron y de los peces. Los que comieron eran cinco mil hombres” 
(Marcos 6,34-44).

1. –“Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre, y se compadeció de ellos, porque eran como ovejas sin pastor”. Señor, Tú te dejas emocionar, conmover. Estás impresionado. Los fenómenos de las muchedumbres no te dejan indiferente, te compadeces…

-“Y se puso a enseñarles pausadamente”. Sin prisa, sabiendo que las cosas requieren su tiempo… Instruir. Educar. Promocionar. Aportar nuevos valores. Despacio, sin prisas. Despacio porque la instrucción es importante, requiere tiempo. Es la llave para otras muchas cosas.

Al echar una mirada a nuestra vida, mucha precipitación. Una de las pegas de la cultura de hoy es que vivimos aferrados a lo inmediato, pero para ser feliz necesitamos una proyección hacia delante, sacrificando muchas veces la satisfacción pronta e inminente. Para ello hacen falta fuerzas, y perseverar en los sueños. La madurez en la vida espiritual, como en las tareas de campo, está en sembrar oportunamente, en tierra preparada, sin querer conseguir frutos inmediatamente. Así en las virtudes, después de haber tomado una determinación, de poner en acto la voluntad, puede haber fracasos, los “éxitos” no son inmediatos. Pero hay que tener confianza, con la fuerza de la Eucaristía saber esperar, tener “paciencia”, que es la “paz” en esa “ciencia”; ciertamente la ciencia de la paz es importante pues se hacen muchas tonterías con la precipitación, no sólo en el hablar sino sobre todo en abandonar, en recuperar el tiempo perdido sin lamentos al mirar atrás. No perder el tiempo en el desánimo, no caer en el descorazonamiento, ni mucho menos en la abulia, la tristeza vital, “el sentimiento de la falta de sentimiento”. Aquello tan penoso que oímos a veces: “ya no puedo estar más triste”. Aflora la culpa, la desesperación…

Jesús nos muestra que Él es sensible a las necesidades de las personas que salen a su encuentro. No puede encontrarse con personas y pasar indiferente ante sus necesidades. El corazón de Jesús se compadece al ver el gran gentío que le seguía «como ovejas sin pastor». El Maestro deja aparte los proyectos previos y se pone a enseñar. ¿Cuántas veces nosotros hemos dejado que la urgencia o la impaciencia manden sobre nuestra conducta? ¿Cuántas veces no hemos querido cambiar de planes para atender necesidades inmediatas e imprevistas? Jesús nos da ejemplo de flexibilidad, de modificar la programación previa y de estar disponible para las personas que le siguen.

-"Dadles, vosotros, de comer". El tiempo pasa deprisa. Cuando amas es fácil que el tiempo pase muy deprisa. Y Jesús, que ama mucho, está explicando la doctrina de una manera prolongada. Se hace tarde, los discípulos se lo recuerdan al Maestro y les preocupa que el gentío pueda comer. Entonces Jesús hace una propuesta increíble: «Dadles vosotros de comer». No solamente le preocupa dar el alimento espiritual con sus enseñanzas, sino también el alimento del cuerpo. Los discípulos ponen dificultades, que son reales, ¡muy reales!: los panes van a costar mucho dinero (Xavier Sobrevia).

El primer lugar lo ocupa el alimento del espíritu y del corazón. Y la Palabra de Dios es "alimento". Como rezamos en el ofertorio: Bendito eres Dios del universo, Tú que nos das el pan, fruto de la tierra y del trabajo del hombre. Yo te ofrezco mi trabajo y el de todos los hombres.

-“Les mandó que les hicieran recostarse por grupos sobre la hierba verde”. Formando un círculo por grupos de ciento y de cincuenta.

-“Jesús, tomando los cinco panes... alzando los ojos al cielo pronunció la bendición, partió los panes y se los dio”. La alusión a la eucaristía es evidente. Es casi la misma serie de gestos que Jesús hizo en la Cena. "Pronunciar la bendición" (= "decir bien"). "Bendito sea Dios que nos da este pan". Era el rito judío de la santificación de la comida en la mesa: como buen judío, Jesús santifica cada uno de sus gestos con una bendición, una plegaria. Mi vida toda ¿es también para mí ocasión de alabar y bendecir a Dios? (Noel Quesson).

Jesús mismo se nos da para que nuestra vida sea de amor, para volver a adquirir las propias fuerzas, con las que poder recomenzar la lucha, hacer oración, vivir para amar, volver a tener ilusión al vivir otra vez, y al poseer la vida poder darla, “desvivirse”. Uno es lo que sueña. Jesús nos habla de una multiplicación de la ilusión, cuando la damos. Una multiplicación del amor, cuando amamos. Y el milagro es más profundo, es una imagen de la Eucaristía, de Jesús que se nos da, que ama hasta dar la vida, y su muerte es fuente de la vida y del amor. Aprendiendo de Él, alimentándonos en su Cuerpo, podemos tomar fuerzas para seguir su ejemplo y vivir su Vida.

Cristo, te veo como el Pastor que alimenta a su pueblo, te presentas como el sucesor de Moisés, capaz de conducir el rebaño, de alimentarle con pastos de vida y conducirle a los pastos definitivos. Eres el nuevo Moisés que ofrece el verdadero maná, que liberas al pueblo del legalismo a que habían reducido los fariseos la ley de Moisés y que al fin abre a los mismos paganos el acceso a la Tierra Prometida.

Transformados por esos dones que nos das, Señor, te pido hoyo: “quita la soberbia de mi vida; quebranta mi amor propio, este querer afirmarme yo e imponerme a los demás. Haz que el fundamente de mi personalidad sea la identificación contigo” (San Josemaría Escrivá). Son días para que, de rodillas delante de Jesús Niño, de ese Dios escondido a la humanidad, le adoremos, le ofrezcamos nuestros dones y aprendamos a recibir los suyos, las lecciones de su realeza, la luz de su estrella, para no apartarnos nunca de él, para quitar de nuestro camino todo lo que sea estorbo, para serle fieles, dóciles a sus llamadas. Para que el transforme ese pan que le ofrecemos y lo multiplique, y haga el milagro.

El pan multiplicado que nos ofrece cada día Cristo Jesús es su Cuerpo y su Sangre. Él ya sabía que nuestro camino no iba a ser fácil. Que el cansancio, el hambre y la sed iban a acosarnos a lo largo de nuestra vida. Y quiso ser él mismo nuestro alimento. El Señor Resucitado se identifica con ese pan y ese vino que aportamos al altar y así se convierte en Pan de Vida y Vino de salvación para nosotros. Nunca agradeceremos y aprovecharemos bastante la entrega eucarística de Jesús a los suyos (J. Aldazábal).

2. –“Queridos míos, amémonos unos a otros”. Todo un programa para la Iglesia. Todo un programa para nuestras familias, nuestros ambientes de vida y de trabajo. Todo un programa para la humanidad. En mi recuerdo evoco los lugares, a mi alrededor o en el mundo donde falta ese amor. Y ruego para que nazca y progrese.

-“Porque el amor es de Dios. Todos los que aman son «hijos» de Dios y conocen a Dios. Quien no ama no conoce a Dios. ¡Porque, Dios es amor!”Texto de insondable profundidad. Hay que escucharlo en silencio, repetirlo, tratar de expresarlo con palabras nuestras. Todo el que ama es como una parcela de Dios, una parte del Amor, porque Dios es amor. Todo acto de amor «viene de Dios», tiene su fuente u origen en el Corazón de Dios. Dios puede ser contemplado en: -el amor de una madre que ama a su hijito... y de un niño que ama a sus padres... -el amor de un prometido a su prometida... de un esposo a su esposa... -el amor de un hombre que se desvela por sus camaradas de trabajo... -el amor de un trabajador que pone su oficio al servicio de sus compatriotas... Dios está en el origen de todas esas actitudes. ¿Y en mi vida?

-“En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene, en que envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de El”. Dios no se ha quedado en las generalidades, en las hermosas declaraciones. Dios ha manifestado, concretado y probado su amor. Dios ha «encarnado» su amor. Ha dado su Hijo al mundo. Jesús es el amor de Dios por el mundo. Es el Hijo único, entregado. Único. Entregado. No guardado para sí. Dado. ¿Y yo? ¿De qué soy capaz de privarme, por amor? ¿De qué modo concreto traduzco en obras mi amor?

-“El amor existe no porque amáramos nosotros a Dios... sino porque El nos amó a nosotros”. San Juan insiste siempre sobre esa iniciativa divina. Dios no nos ha esperado. Tomó la iniciativa de amarnos antes incluso de conocer cómo responderíamos a ese amor. La experiencia del pecado tiene una misteriosa ventaja: nos permite comprender mejor esto: ¡el pecador sabe que es esperado y amado! Aun en los momentos en que el hombre no piensa en Dios ni ama a Dios... ¡Dios no cesa de pensar en él y de amarlo! Gratuidad total del amor divino. No está condicionado a una respuesta positiva. Pero Señor, ¿cómo procuraré responder plenamente a un tal amor?

-“El Padre envió a su Hijo, que es víctima propiciatoria por nuestros pecados”. El amor de Dios no fue algo banal o «de broma». Fue un amor «hasta el derramamiento de sangre». Cristo se sacrificó por nosotros. Jesús ha sido la victima de «mis» pecados. Jesús se sacrificó por mí, porque, ¡me ama hasta tal punto! de ser capaz de renunciar a su propia vida «para que yo viva». ¿Y yo? (Noel Quesson).

3. Rezamos  hoy en el salmo: “Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes, para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud”. Jesucristo, nuestro Rey y Señor, ha salido a nuestro encuentro para remediar nuestros males. Él no sólo nos anunció la Buena Nueva del amor que nos tiene el Padre, sino que pasó haciendo el bien a todos.

Que los montes traigan paz, y los collados justicia; que él defienda a los humildes del pueblo, socorra a los hijos del pobre”. La Iglesia tiene esta misión de Cristo: que en la tierra florezca la justicia y reine la paz, así como en convertirse en defensa de los pobres: “Que en sus días florezca la justicia y la paz hasta que falte la luna; que domine de mar a mar, el Gran Río al confín de la tierra”.

Llucià Pou Sabaté

Fuente: www.almudi.org

 

 

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7 enero 2014 2 07 /01 /enero /2014 00:34

Meditación: (Mateo 4,12-17.23-25: Martes Feria post-Epifanía: Ciclo A.  7 de enero, 2014

Hemos de examinar los espíritus para reconocer el amor, Luz que nos trae Jesús para recorrer este año nuevo con magnanimidad

“En aquel tiempo, cuando Jesús oyó que Juan estaba preso, se retiró a Galilea. Y dejando la ciudad de Nazaret, fue a morar en Cafarnaún, ciudad marítima, en los confines de Zabulón y de Neftalí. Para que se cumpliese lo que dijo Isaías el profeta: «Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino de la mar, de la otra parte del Jordán, Galilea de los gentiles. Pueblo que estaba sentado en tinieblas, vio una gran luz, y a los que moraban en tierra de sombra de muerte les nació una luz».
Desde entonces comenzó Jesús a predicar y a decir: «Haced penitencia, porque el Reino de los cielos está cerca». Y andaba Jesús rodeando toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos y predicando el Evangelio del Reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia del pueblo. Y corrió su fama por toda Siria, y le trajeron todos los que tenían algún mal, poseídos de varios achaques y dolores, y los endemoniados, y los lunáticos y los paralíticos, y los sanó. Y le fueron siguiendo muchas gentes de Galilea y de Decápolis y de Jerusalén y de Judea, y de la otra ribera del Jordán
” (Mateo 4,12-17.23-25).

1. Jesús comienza a predicar con palabras de Isaías: «El pueblo que estaba sentado en tinieblas, vio una gran luz». Occidente necesita aquella esperanza que ha va perdiendo, agostado por la engañosa llamarada del consumismo. La esperanza es luz que viene con la fe, con el amor. En una escuela de inspiración cristiana, un día de reunión de padres, una madre se me acercó contenta: “estamos muy alegres, desde que venimos por aquí, y nos hemos decidido a tener otro hijo, ya lo estoy esperando...” Después de un largo período de tiempo (el pequeño de la familia tenía ya 14 años, otro hijo ya tenía 18), se animaron a tener otro más; me gustó ver la vida que nace como fruto de esa alegría de vivir que se respira en un ambiente esperanzado, que estuviera unida esta alegría a la ilusión de dar la vida. Ya vemos que cuando falta la esperanza, no hay hijos. S. Kierkegard vio con extraordinaria lucidez que el hombre que no cree en Dios es un hombre profundamente desesperado, aunque viva en medio de un progreso material nunca visto. Y el cristiano que flojea en la fe, aunque tenga muchas esperanzas, va perdiendo la verdadera esperanza que sólo en Dios tiene su fundamento.

La fe es la sustancia de lo que esperamos, prueba de aquello que no vemos” (Hebreos 11,1). Y dirá Benedicto XVI que la fe hace que ya tengamos, si bien de manera incipiente, la sustancia de las realidades que esperamos: la vida eterna. Porque la vida eterna –que no es otra cosa que Cristo mismo- ya está presente en nosotros por el bautismo y los otros sacramentos que junto con la oración nos permiten mantener, acrecentar, y transmitir esa vida nueva que es divina sin dejar de ser muy humana. Es la vida enamorada de un hijo de Dios que lo espera todo de su Padre y al mismo tiempo no deja de luchar para cooperar con sus pobres fuerzas humanas para que se cumpla el mensaje navideño por excelencia: ¡Gloria a Dios en Cielo, y en la tierra paz a los hombres en quienes Dios se complace!

He leído estos días: “No tengo miedo que se acabe el mundo en el 2012… Tengo pánico que siga igual”. Aparte la broma, no me gusta del todo: me gusta el mundo en que vivo, nunca ha sido mejor... aunque puede mejorar, y mucho... ya sé que dicen que todo va mal… Es lo que veo, que quizá hay cosas que van mal, sobre todo desde el punto de vista del egoísmo etc., la falta de fe. Pero también hay que valorar el progreso científico y el "bienestar", como la sanidad y tantas escuelas y hospitales que promovió la Iglesia en sus orígenes, pero que el Estado está llevando a un gran desarrollo. Podemos vivir el mejor momento de la historia... Los del Paraguay, donde hay gente sencilla con una nivel de necesidades más básicas (eso es aplicable a muchos sitios de África o América), al oír hablar de nuestras crisis dicen que tenemos solucionada la sanidad, comida, casa… que no tenemos crisis en España. Otra cosa es la "percepción" que tenemos de la realidad, más bien negativa. El secularismo y la falta de solidaridad son muy fuertes, hoy pero también en otras épocas. El descenso de la mortandad infantil y de las madres es otro aspecto importante del progreso, como también internet y tantos medios de comunicación son motivo de dar gracias a Dios por vivir la época que vivimos.

Nos dice san León Magno que «la providencia y misericordia de Dios, que ya tenía pensado ayudar —en los tiempos recientes— al mundo que se hundía, determinó la salvación de todos los pueblos por medio de Cristo». La perspectiva cristiana está en tantos aspectos humanos: cultura, economía, arte, deporte, salud, comida... pienso que Dios está en todos sitios. El problema es que absoluticemos algún aspecto. Por ejemplo, el de práctica religiosa ha bajado mucho. Y podemos comparar eso con "el mundo ideal" por el que queremos luchar, buscamos el Reino de Dios, no como una utopía sino en la esperanza de que siempre estará por hacer… “La fe incluye siempre un desafío.  Nunca ha sido de otro modo. Hoy existen ciertas dificultades para el que quiere ser cristiano. Pero ayer había otras. Y mañana -es una profecía que se puede arriesgar sin temor de ser desmentidos-, mañana las nuevas generaciones de jóvenes tendrán que afrontar nuevas dificultades. Ser cristianos nunca ha sido, ni lo será jamás, una opción "tranquila"”. Esto implica lucha, para mejorar cada día un poco: “si dijeses: ¡ya basta!, has perecido. Añade siempre, camina siempre, adelanta siempre; no te pares en el camino, no vuelvas atrás, no te desvíes. Se detiene el que no adelanta; vuelve atrás el que vuelve a pensar en el punto de donde había partido (...). Mejor es el cojo en el camino, que el que corre fuera del camino” (San Agustín). Es lucha contra el egoísmo que llevamos dentro, o la cultura en sus formas equivocadas de expresarse contra la libertad religiosa, o buscar la paz en las contrariedades, con fe. O superar todo con la magnanimidad, ánimo grande, que el alma sea amplia en la que quepan muchos.

-“Habiendo oído que Juan había sido preso, Jesús se retiró a Galilea”. Jesús cambia de domicilio; deja el pueblo donde había vivido hasta ahora y va a habitar a una ciudad más importante. –“Así se cumplió lo que el Señor había dicho por el profeta Isaías ¡Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles! El pueblo que habita en tinieblas vio una gran luz”. Es un signo. Va a vivir en ese cruce de caminos, en ese lugar de trasiego de pueblos: allí es donde piensa que podrá evangelizar a muchos de aquellos que viven aún "en las tinieblas" y que esperan la luz. Después de una infancia tranquila en Nazaret, sale a las grandes corrientes humanas de su época: Cafarnaúm, etc.

-“Y para los que habitan en la región de sombras y de muerte, una luz se levantó. Desde entonces comenzó Jesús a predicar y a decir: "Arrepentíos porque se acerca el reino de Dios"”. Te contemplo, Señor, avanzando por los caminos, de pueblo en pueblo, predicador ambulante. ¿De qué trataban tus homilías? ¿De qué les hablabas? ¿En qué consistía tu "enseñanza? La totalidad del evangelio nos lo dirá. Pero, por el momento, ya sabemos una cosa: que el reino de los cielos ha llegado... ¡esto es! Dios está ahí, con nosotros, si queremos acogerle.

-“Y curaba en el pueblo toda enfermedad, toda dolencia...” Le traían todos los que sufrían... y El los curaba... He ahí la epifanía de Dios; el signo de que ¡Dios está obrando allí! Todo el mal como una ola humana afluye hacia ti, Señor. Sálvanos, hoy también. Salva a los que están en “la sombra de la muerte” (Noel Quesson)… El Evangelio encuentra dificultades, hay mucho trabajo… Vivimos en un tiempo de epidemias como el sida, y la Iglesia colabora en gran parte en su erradicación. Muchos cristianos, por ejemplo misioneros, mueren cada año…

2. San Juan habla de la fe y el amor, la recta doctrina y la práctica del amor fraterno. Creer en Cristo Jesús y amarnos los unos a los otros. Quien guarda esos mandamientos permanece en Dios y Dios en él. Y podrá orar confiadamente, porque será escuchado. Aparece también el tema del discernimiento de espíritus y de la vigilancia contra los falsos profetas, los anticristos, que no aceptaban a Cristo venido como hombre, encarnado seriamente en nuestra condición humana. El Espíritu Santo nos ayudará a saber distinguir los maestros buenos y los malos. Finalmente insiste en nuestra lucha contra el mundo, en la tensión entre la verdad y el error, entre la luz y la tiniebla. Los cristianos estamos destinados a vencer al mundo en cuanto contrario a Cristo Jesús. Y como Dios es más fuerte que el anticristo, nuestra victoria está asegurada si nos apoyamos en él.

-“Dios nos concede cualquier cosa que le pedimos confiadamente porque somos fieles a sus mandamientos y hacemos lo que le agrada”. ¿Cómo podemos saber que «Dios está con nosotros»? ¿Qué seguridad tenemos de estar «en comunión con Dios» y de que nuestras oraciones sean atendidas? San Juan contesta: Estamos en comunión con Dios si «hacemos lo que le agrada... si permanecemos fieles a lo que nos manda...». Es lo mismo que sucede con las personas que amamos: la verdadera unión, la verdadera prueba de amor consiste en hacer lo que agrada al otro. Se da entonces la comunión de pensamientos y de voluntades. Si dos se aman son sólo uno: Todo lo mío es tuyo. Agradarte, Señor. Hacer tu voluntad. Mis proyectos, mis actividades, mi jornada entera, todo según tu propio proyecto divino. Está claro entonces que mi plegaria será atendida, porque correspondo con todo mi ser a «lo que Tú quieres», a "lo que te agrada".

-“Y este es "su" mandamiento: Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo... Y que nos amemos unos a otros...” Son dos aspectos de un solo mandamiento: creer y amar. No son dos preceptos, son el mismo, "su" mandamiento. Para san Juan, según parece, la fe y la caridad no son dos virtudes distintas, sino una sola virtud: "ser hijo de Dios". ¿Constituye esto el fondo de mi vida?

-“Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él”. Procuro que esas palabras penetren profundamente en mí. Permanecer en Dios... ¿"Permanezco yo en Dios"? o bien ¿me aparto de El con frecuencia?, ¿tal vez, por el pecado, me sitúo fuera de Dios? (Noel Quesson).

3. “Voy a proclamar el decreto del Señor; él me ha dicho: «Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy. Pídemelo: te daré en herencia las naciones, en posesión, los confines de la tierra.»” Es lo que oímos dentro unos días que el Padre dice a Jesús: Tú eres mi Hijo amado en quien tengo puestas mis complacencias”. Hoy, el hoy de la eternidad, el eterno presente en el que es engendrado el Hijo de Dios por el Padre Dios, lo hace igual a Él en el ser y en la perfección, de tal forma que quien contempla al Hijo contempla al Padre, pues el Hijo está en el Padre y el Padre en el Hijo.

Llucià Pou Sabaté

Fuente: www.almudi.org

 

 

 

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5 enero 2014 7 05 /01 /enero /2014 18:27

Meditación Solemnidad de la Epifanía del Señor: Mateo 2,1-12: Lunes II Semana de Navidad. Ciclo A. 6 de enero, 2014.

 

sús se manifiesta a todos los hombres con su salvación y nos enseña que todos estamos llamados a ser hijos de Dios.

Jesús nació en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos Magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: —¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo. Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos pontífices y a los letrados del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: —En Belén de Judá, porque así lo ha escrito el Profeta: «Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá; pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel.» Entonces Herodes llamó en secreto a los Magos, para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: —Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño, y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo. Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y, cayendo de rodillas, lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino” (Mateo 2,1-12).

1. Largo y complicado viaje con un fin exclusivo: adorar a Cristo. Se han puesto en camino, Dejan atrás familia y amistades, negocios pendientes. Cambian la comodidad de sus palacios orientales por la molesta joroba de un camello. Vinieron cada uno de un lado y se encontraron en ese camino, viaje que no sabían cuánto duraría. Los mediocres les dirían que estaban locos, que es inútil seguir la estrella. Hoy, como ayer.

La figura de los magos avanza por los siglos, que no pueden borrarla, como la vocación de seguir la estrella, dejar atrás tantas cosas, también buenas. Hoy, como ayer. Para abrir los ojos y el corazón a una gran aventura, es caminar por la vida con una razón de ser, es penetrar lentamente en un mundo soñado, es ver cómo esa ilusión va haciéndose realidad en panoramas maravillosos, que se abren a cada paso. Y, sobre todo, Señor, en acercarse cada día más a Ti.

La luz a veces desaparece, como los magos se han quedado sin la estrella que los guiaba y ahora reciben el impacto tremendo de la indiferencia de Jerusalén, que no saben nada de Cristo, ni lo buscan. Es la hora de la crisis, de la prueba. La hora del recuerdo de la vida tranquila… ¿para qué seguir? “No te compliques la vida”, oímos que nos dicen voces… A veces por ignorancia, como aquella madre que le pedía a su hijo, piloto de avión supersónico: “procura volar despacio y bajito…” Es el momento de amar, de hablar, de preguntar a quien sabe.

Unos Magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: —¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo”. La estrella marca lo que Dios nos dice, pero a veces no lo vemos, y hemos de preguntar al que sabe. Los sabios dicen: “—En Belén de Judá, porque así lo ha escrito el Profeta”, y los magos “se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño”. Habían perdido la dirección, la estrella, y vuelven a encontrarla, y con ella el sentido de misión… y gozaron con ello: “Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría”. Tiempo de una alegría que ningún sufrimiento es capaz de erradicar… Hasta aspectos más secundarios como la repostería de Navidad parece que hacen realidad las palabras bíblicas: «Aquel día, los montes destilarán dulzura y las colinas manarán leche y miel». Contaba Ratzinger que es Dios que viene en Navidad, que reparte, por decirlo así, la miel. Por tanto, tiene que ser verdad que la tierra mana esa miel: donde él esté, desaparece toda amargura, coinciden el cielo y la tierra, Dios y hombre; y la miel, la repostería de miel, es un signo de esa paz, de la concordia y la alegría.

Así, los pastores llegaron al portal. “Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y, cayendo de rodillas, lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra”. Así la Navidad se convirtió en la fiesta de los regalos, en la que nosotros imitamos al Dios que se regala a sí mismo y que, con ello, nos ha dado nuevamente la vida, que sólo se convertirá realmente en don cuando, a la leche de la existencia, se agregue la miel de ser amado, de un amor que no está amenazado por ninguna muerte, por ninguna infidelidad y por ninguna ausencia de sentido.

Todo ello confluye por último en la alegría de que Dios se ha hecho niño, un niño que nos anima a tener confianza como los niños, a regalar y recibir regalos.

Tal vez nos resulte difícil admitir estos tonos alegres cuando nos vemos atormentados por preguntas, cuando la enfermedad del cuerpo y los problemas del alma nos aquejan por igual y nos impulsan más bien a rebelarnos contra un Dios incomprensible.

Pero el signo de esperanza representado en este niño está puesto también y precisamente para los atribulados. Justamente por eso ha podido producir un eco tan puro que su poder de consuelo llega a tocar incluso el corazón de los incrédulos, al acercarse a contemplar y adorar ese niño que pudo solo hacer cantar las montañas y que ha convertido en alabanza los árboles del bosque.

De rodillas delante de Jesús Niño, queremos hacerle regalos nosotros también, decirle: “Señor, te amo”, con toda el alma, como san Josemaría: Señor, quisiera ser tuyo de verdad, que mis pensamientos, mis obras, mi vivir entero fueran tuyos... Me hubiese gustado ser tuyo desde el primer momento: desde el primer latido de mi corazón, desde el primer instante... No soy digno de ser… tu hermano, tu hijo y tu amor. Tú si que eres mi hermano, mi amor, y también soy tu hijo. Para tomar al Niño y abrazarlo hemos de hacernos pequeños. Y acudir a María, y si Ella tiene sobre su brazo derecho a su Hijo Jesús, yo, que soy hijo suyo también, tendré allí también un sitio. La Madre de Dios me cogerá con el otro brazo, y nos apretará juntos contra su pecho. Sentir el calor que purifica, el amor. Porque a veces somos como el borrico que está allí (también llamado mula…), que aunque noble y bueno, a veces se revuelca por el suelo, con las patas arriba, y da sus rebuznos. “Como un borriquito estoy ante ti”: Tú eres el Amor de mis amores. Señor, Tú eres mi Dios y todas mis cosas. Señor, sé que contigo no hay derrotas. Señor, yo me quiero dejar endiosar, aunque sea humanamente ilógico y no me entiendan. Toma posesión de mi alma una vez más, y fórjame con tu gracia. Madre, Señora mía; San José, mi Padre y Señor; ayudadme a no dejar nunca el amor de vuestro Hijo.

Es como un “enamoramiento”… te vuelve inquieto, dejas la tranquilidad y sigues esa música del corazón, que es el amor. De eso hablan las canciones de amor, y es que todo amor viene de Dios. Me viene a la cabeza la letra de una de ellas como si el Señor nos hablara de esta luz, para que no nos deje este año y que lo más pequeño esté lleno de amor: “Siguiendo una estrella he llegado hasta aquí, aunque es largo el camino lo seguiré hasta el fin. Cuando sientas miedo y no puedas seguir su luz,  es tu destino y hoy brilla para ti... cógela y aprieta fuerte, lucha cueste lo que cueste contra el viento, contra el fuego, llegarás al mismo cielo... Mi estrella será tu luz..., coge mi mano, yo estoy contigo, esto es un sueño, sueña conmigo... tu estrella será tu luz y conseguirlo no es tan difícil si la voz te sale del corazón.”

2. Isaías grita: “¡Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!...  Te inundará una multitud de camellos, los dromedarios de Madián y de Efá. Vienen todos de Sabá, trayendo incienso y oro y proclamando las alabanzas del Señor”. Hay una guerra en el mundo entre la luz y las tinieblas, cuando no hay Dios la tierra se pone a oscuras, y cuando llega Jesús se va haciendo la luz en los corazones. Se hizo la noche azul por la presencia de la Virgen, y el Infinito apareció sin velos, y se hizo niño entre pañales y llorando me hizo llorar para que me decida a ya no más pecar. La luna y las estrellas brillan tan claros que me encanta estar allá. Me han dicho que María significa “Señora” pero también "estrella de la mañana" que orienta a los navegantes que se despistan en la oscuridad de la noche. La estrella que guía a los Magos les acerca a Jesús, y yo quiero seguir también mi estrella, estar siempre con Jesús…

Navidad nos habla de que si Dios se ha hecho Niño, es posible un mundo mejor, en el que reine la alegría. Que por muy negro que parezca el futuro, y nuestros conflictos parezcan sin solución, siempre hay un punto en lo más profundo del alma –¡la estrella!- que emana la luz y el calor de Belén, que nos llena y nunca nos deja sentirnos vacíos, que es fuente inagotable de ilusiones y proyectos. Porque Jesús entra dentro de la Historia, es solidario con todo lo nuestro, y nunca nos sentiremos solos: “Si las estrellas bajan para mirarte, / detrás de cada estrella / camina un ángel” (Luis Rosales).

El profeta nos dice que donde está Dios está la luz y está la vida; “Epifanía" es una palabra griega que significa "manifestación". Se hablaba de epifanía cuando un rey se manifestaba a su pueblo, en especial cuando regresaba triunfante de la batalla o visitaba con gloria y majestad una de sus ciudades. Despertaba esperanza, salvación, como ahora cuando un equipo ficha un jugador y todos se alegran porque piensan que ya ganarán todos los campeonatos y serán felices… pero con Jesús sí que pasa…

Y vendrán los reyes como anuncia el profeta a ofrecer en camellos oro, incienso y mirra, que es lo que dice también el Salmo: “Se postrarán ante ti, Señor, todos los reyes de la tierra”. Es Dios Rey, el Reino de Dios que se manifiesta en Jesús, como pedimos en el padrenuestro: “¡venga a nosotros tu Reino!”. Va diciendo nombres de reinos, como Tarsis (sur de España, donde había fama de minas de oro)… por eso ponemos un rey blanco (Europa), uno amarillo (Asia) y otro negro (representante de África), representan a todos los pueblos de la tierra conocida entonces, que se ponen en movimiento hacia esa adoración, manifestación de Dios en el Niño Jesús y que provoca la alegría de todos.

En el salmo 96 se encuentra la frase: «Que dancen de gozo los árboles del bosque, delante del Señor que hace su entrada». La liturgia ha ampliado la idea relacionándola con otras que hay en los salmos y formando así la frase: «Montes y colinas cantarán alabanzas en la presencia de Dios, y batirán palmas todos los árboles del bosque, porque viene el Señor, el Soberano, a ejercer su señorío eternamente». Los adornados árboles del tiempo de Navidad –recuerda Ratzinger- no son más que el intento de hacer que esa frase se convierta en una verdad visible: el Señor está presente -así lo creían y lo sabían nuestros ancestros—; por tanto, los árboles deben ir a su encuentro, inclinarse ante él, convertirse en alabanza de su Señor. Y, fundados en la misma certeza de fe, esos ancestros nuestros hicieron que también fuesen verdad las palabras que refieren el canto de los montes y colinas: ese canto que ellos entonaron sigue resonando hasta nuestros días y nos permite presentir algo de la cercanía del Señor -la única que podía regalar al ser humano sones semejantes—.

3. Como dice San Pablo, todos los pueblos son llamados a “la Promesa en Jesucristo, por el Evangelio”: es la gran fiesta de hoy. Jesús se manifestó ante los judíos en los pastores, y hoy lo hace ante los gentiles (que son los de fuera, los no-judíos): representan al resto de pueblos de la tierra. La buena nueva, los regalos de Reyes que nos trae Jesús, no son puro futuro sino que se insertan en el presente. Él está presente en mi vida, en su Palabra y la liturgia, y puedo hablar con él, dirigirle la palabra, quejarme, lamentarme con él, exponerle mi dolor, mi impaciencia, mis preguntas, consciente de que su escucha está siempre presente.

La esperanza cristiana queda como reflejada en esa estrella que nos guía hacia Jesús, hacia un futuro en el que todo encontrará su lugar... Jesús ha nacido para mi la noche de Navidad, y queremos acercarnos a este misterio, queremos participar de esta Vida, queremos emprender el camino justo que es la Humanidad Santísima de Cristo. Queremos entender el sentido de nuestra vida en Cristo. Queremos mirar, abrir los ojos, tener los ojos abiertos y dejar que el Señor haga, realice este milagro en nuestra poquedad. La tierra, la tierra estéril, la tierra agreste, se transformaba en tierra esponjosa, en tierra amorosa: -"Ya no serás la desolada, serás la amada", porque el Señor cultiva nuestro campo, nuestra alma, como su jardín, donde va realizando su obra. Vamos a abrir las verjas de nuestro jardín, para que el Señor entre, vamos a contemplarlo, para saber mirar a Cristo, dejarle hacer en nuestra alma, dejarle entrar en nuestro jardín y colaborar con Él, en tener sus mismos sentimientos, en participar en sus afanes, en participar en el amor a su Madre -que es nuestra Madre Santa Maria-, y participar de nuestra nueva creación, en esta transformación –como en Caná- de lo humano, lo terreno, en divino, el agua en vino, el pobre corazón que tenemos en un corazón que sepa amar a la medida del corazón de Cristo.

"Este es el día que ha hecho el Señor”, la Pascua de Navidad, el día más grande, aunque nos podemos plantear que si Navidad es el día más popular, los teólogos dirán que es mayor la Pascua de Resurrección. Pero también es cierto que si Jesús no hubiera nacido, no hubiera podido resucitar. El Nacimiento es el momento más grande de la historia, al menos en palabras de San Pablo: "Llegada la plenitud de los tiempos, entonces, hijo de una mujer, vino Dios al mundo". Así pues, "éste es el día que ha hecho el Señor", en este día las cosas humanas, la tierra agreste, las cosas que todavía no son, quedan transformadas en divinas, como dirá el prefacio de Navidad dirigiéndose a Dios Padre: “gracias al misterio del Verbo hecho carne, la luz de tu gloria brilló ante nuestros ojos con nuevo resplandor, para que conociendo a Dios visiblemente, Él nos lleve al amor de lo invisible”. Por Jesús, unidos a él, las cosas humanas se convierten en divinas, es una nueva creación. Jesús, ha venido a traer el sentido de nuestra filiación divina. Nunca más estaremos solos, la tierra nunca más estará desolada. Ésta es la gran verdad que hemos de extender, a la gente que nos rodea, a todo el mundo.

Llucià Pou Sabaté

 

 Fuente: www.almudi.org

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4 enero 2014 6 04 /01 /enero /2014 02:12

Meditación II Domingo después de Navidad; Juan 1,14-18: Ciclo A. 5 de enero, 2014.

Celebramos que Jesús es la sabiduría de Dios que viene a llenar de sentido nuestra vida.

«Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y clama: Este era de quien yo dije: el que viene después de mí ha sido antepuesto a mí porque existía antes que yo. Pues de su plenitud todos hemos recibido, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por Moisés; la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás; el Dios Unigénito, el que está en el seno del Padre, él mismo lo dio a conocer» (Juan 1,14-18).

1.  “Un silencio sereno lo envolvía todo, y, al mediar la noche su carrera, tu Palabra todopoderosa, Señor, vino desde el trono real de los cielos”, dice la Antífona de Entrada, y la oración colecta pide al Señor “que la tierra se llene de tu gloria y que te reconozcan los pueblos por el resplandor de tu luz”. El Evangelio nos lleva al principio y a la luz: “ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió… La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre”. Con Jesús, la Luz; sin Él, el mundo está en tinieblas. Sí, con Él mi vida tiene sentido, soy hijo de Dios. Nos lleva de la mano por el camino de la vida. Él está muy cerca, al alcance de nuestra voz, siempre cerca.

“Al mundo vino y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron”. Dios necesita nuestro amor. «Los suyos no la recibieron», no hay lugar en el mesón, pero le ofrezco mi corazón. «Los suyos no lo recibieron»: Jesús, yo quiero recibirte, quiero ser sencillo como los pastores, como los magos, como María y José, y poder decir: nosotros vimos su gloria. Ver tu gloria en medio del mundo. El que cree, ve. Quiero ser portador de tu luz que proviene de Belén por todo el mundo, sembrar paz, y después, rezar, lleno de confianza: “Venga a nosotros tu reino. Venga a nosotros tu luz. Venga a nosotros tu alegría” (Ratzinger).

 “Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios”. También se puede leer en el sentido de que él (Jesús) ha nacido de Dios, y no de hombre. Los dos sentidos se complementan: nosotros somos hijos de Dios, nacidos de la fe; a imagen del Hijo de Dios, nacido del Espíritu Santo, de María siempre Virgen. «Ninguna prueba de la caridad divina hay tan patente como el que Dios, creador de todas las cosas, se hiciera criatura, que nuestro Señor se hiciera hermano nuestro, que el Hijo de Dios se hiciera hijo de hombre» (Santo Tomás).

“Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad”. Y habitó (acampó) entre nosotros... "Esta frase del Ángelus -me contaba una madre de familia- me recuerda una cosa muy bonita que me ocurrió una vez que di catequesis de primera comunión a un niño cuyos padres no iban por la iglesia. Iba yo a su casa, usé el libro de una de mis hijas, del colegio, y le iba enseñando toda clase de oraciones. Él las devoraba, le encantaba aprenderlas, prestaba una atención... Cuando le enseñé el Ángelus, le conté que mi padre siempre dice y habita entre nosotros, en presente, y que yo nunca lo había hablado con mi padre, pero que a mí me gustaba decirlo así porque realmente Jesús habita con nosotros cada día, así nos lo ha prometido... Pensaba que Álvaro no se iba a acordar, pero en la primera ocasión que tuvimos para rezar el Ángelus, le oí decir con su buena voz : Y habita entre nosotros... Me miró, me guiñó un ojo, y me dijo bajito "...como tu padre"!

2. El Eclesiástico habla de la sabiduría: “Desde el principio, antes de los siglos, me creó, y no cesaré jamás”. Hoy cantamos que la Palabra de Dios, en la noche de Navidad, vino al mundo, y su luz lo llena todo, "para que conociendo a Dios visiblemente, él nos lleve el amor de lo invisible" (prefacio). Las lecturas de este domingo son un repaso de la historia Sagrada: es como cuando se quita en el teatro el telón y se ve lo que se representa, así nos enseña Dios el regalo que nos tenía guardado con su sabiduría, su perfume, su aroma exquisito, nos enseña sus frutos que son dulces como la miel, y sus flores, abundantes… Jesús es como las manos de Dios y su sabiduría, por Jesús Dios hace todo.

Y es su Palabra y por Él lo dice todo cuando "...la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria", como recuerda el Salmo: “Glorifica al Señor, Jerusalén, / alaba a tu Dios Sión: / que ha reforzado los cerrojos de tus puertas, / y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. / Ha puesto paz en tus fronteras, / te sacia con flor de harina; / él envía su mensaje a la tierra, / y su palabra corre veloz…”  Corre, de modo que… “Tras de un amoroso lance, / y no de esperanza falto, / volé tan alto, tan alto, / que le di a la caza alcance” (S. Juan de la Cruz). Volar este año con magnanimidad, como el pájaro solitario, vacío de riquezas y de querencias, libre de arrimos y ligaduras pues la “noticia” de Dios le mueve, ya nada puede distraerle, deslumbrarle, su vida es para Dios y los demás.

Nos da el Señor de lo mejor como alimento: "y si, ya aquí abajo, Jesús nos conforta dándonos a comer su propia Carne, ¿cómo saciará en el Cielo a quienes les desborde con la luz de su Divinidad?" (Casiodoro). Para los antiguos, el "pan" en abundancia es símbolo  de la felicidad y de la vida. Decía san Agustín que Dios “No supo dar más, no pudo dar más, no tuvo más que dar”, porque en Jesús y la Eucaristía se nos da del todo. Tenemos hambre del Pan vivo, hambre de Dios, y así seremos felices si no le dejamos este año que comienza.

Nos ayudan las oraciones para “correr” a Dios, hay algunas populares bien bonitas, que se pueden rezar en familia con los pequeños, haciéndonos pequeños, como éstas de la mañana: “Mañana de mañanita / voy a empezar mi camino. / Cuídame Madre bendita, / guíame Jesús divino”.  O esta: “Jesusito, ¡buenos días!, / Jesusito de mi amor. / Aquí me tienes, mi vida, / aquí me tienes, Señor. Muchos besos vengo a darte, / y también mi corazón. / Tómalo, Niño bueno, / es toda mi posesión. / Y si yo te lo pidiera / al llegar a ser mayor, / no me lo entregues, mi vida, / no me hagas caso mi Dios. / Guárdalo oculto en tu pecho, / encerradito, Jesús, / que yo no pueda cogerlo, / y siempre lo tengas Tú”. O bien: “Jesusito de mi vida, eres niño como yo, por eso te quiero tanto y te doy mi corazón. Tómalo, tómalo; tuyo es, mío no”.

Luego, durante el día, quizá tenemos costumbre de rezar otras, aquí pongo alguna, por ejemplo para comer: “Jesús, que naciste en Belén: Bendice estos alimentos, y a nosotros también”.

Y por la noche: “Niño Jesús, ven a mi cama. Dame un besito, y hasta mañana”.

También nos ayuda la compañía del ángel, como pedimos en esta oración: “Ángel de la Guarda, tú que eres mi amigo, haz que al acostarme yo sueñe contigo”.

Y así bien acompañados tratar a Dios en las tres Personas: “Que el Padre guarde mi alma; que el Hijo guarde mi sueño; y el Espíritu mi alma, mi sueño y mi cama”. Podría seguir con otras oraciones, y en otros idiomas, pero lo importante es que este trato nos lleva a sentir el consuelo de Jesús, y sentirnos hijos de Dios.

3. La carta a los Efesios cuenta nuestra vocación: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales, en el cielo. Ya que en Él nos eligió, antes de la creación del mundo, para que fuésemos santos e irreprochables en su presencia, por amor. Nos predestinó a ser hijos adoptivos suyos por Jesucristo” y pide que Dios nos dé “un espíritu de sabiduría” y, con el “corazón” iluminado vivir la “esperanza a la que han sido llamados”. San Juan Crisóstomo al pensar en esto tan grande, "en Cristo", dice: "¿Qué te falta? Eres inmortal, eres libre, eres hijo, eres justo, eres hermano, eres coheredero, con Él reinas, con Él eres glorificado. Te ha sido dado todo y, como está escrito, "¿cómo no nos dará con Él graciosamente todas las cosas?". Tu primicia es adorada por los ángeles, por los querubines y por los serafines. Entonces, ¿qué te falta?". Y si Dios hizo todo esto por nosotros, "¿por qué nos ama de este modo? ¿Por qué motivo nos quiere tanto? Únicamente por bondad, pues la "gracia" es propia de la bondad". Todo lo ha hecho "por el amor" que nos tiene.

“No podemos vivir el nacimiento del Señor sin pensar en esta elección. Estamos eternamente en el ‘predilecto’ Hijo del Padre. Esta elección permanece, ha revestido la forma de la noche de Belén. Se ha hecho el evangelio de la cruz y de la resurrección. Sobre el acontecimiento de Belén se ha puesto el sello definitivo. El sello de la ‘predestinación divina’.

Llucià Pou Sabaté

Fuente: www.almudi.org

 

 

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