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19 diciembre 2011 1 19 /12 /diciembre /2011 22:42

Meditación: Martes IV Semana de Adviento. Ciclo B.  Feria del 20-XII

«En el sexto mes fue enviado el ángel Gabriel departe de Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de nombre José, de la casa de David, y el nombre de la virgen era María. Y habiendo entrado donde ella estaba, le dijo: Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo. Ella se turbó al oír estas palabras, y consideraba que significaría esta salutación. Y el ángel le dijo: No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios: concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob, y su Reino no tendrá fin.

María dijo al ángel: ¿De que modo se hará esto, pues no conozco varón? Respondió el ángel y le dijo: El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá será llamado Santo, Hijo de Dios (...). Dijo entonces Maria: He aquí la esclava del Señor hágase en mí según tu palabra. Y el ángel se retiró de su presencia». (Lucas 1, 26-38)

1º. Madre, el Evangelio de hoy narra el momento de la anunciación: el día en el que conociste con claridad tu vocación, la misión que Dios te pedía y para la que te había estado preparando desde que naciste.

«No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios.»

No tengas miedo, madre mía, pues aunque la misión es inmensa, también es extraordinaria la gracia, la ayuda que has recibido de parte de Dios.

«¿De que modo se hará esto, pues no conozco varón?»

Madre, te habías consagrado a Dios por entero, y José estaba de acuerdo con esa donación de tu virginidad.

¿Cómo ahora te pide Dios ser madre?

No preguntas con desconfianza, como exigiendo más pruebas antes de aceptar la petición divina.

Preguntas para saber cómo quiere Dios que lleves a término ese nuevo plan que te propone.

«El Espíritu Santo descenderá sobre ti.»

Dios te quiere, a la vez, Madre y Virgen.

«Virgen antes del parto, en el parto y por siempre después del parto» (Pablo IV).

«He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra.»

Madre, una vez claro el camino, la respuesta es definitiva, la entrega es total: aquí estoy, para lo que haga falta.

¡Qué ejemplo para mi vida, para mi entrega personal a los planes de Dios!

Madre, ayúdame a ser generoso con Dios.

Que, una vez tenga claro el camino, no busque arreglos intermedios, soluciones fáciles.

Sé que si te imito, Madre, seré enteramente feliz.

2º. «Nuestra Madre es modelo de correspondencia a la gracia y, al contemplar su vida, el Señor nos dará luz para que sepamos divinizar nuestra existencia ordinaria. (...) Tratemos de aprender, siguiendo su ejemplo en la obediencia a Dios, en esa delicada combinación de esclavitud y de señorío. En María no hay nada de aquella actitud de las vírgenes necias, que obedecen, pero alocadamente. Nuestra Señora oye con atención lo que Dios quiere, pondera lo que no entiende, pregunta lo que no sabe. Luego, se entrega toda al cumplimiento de la voluntad divina: «he aquí la esclava del Señor hágase en mí según tu palabra». ¿Veis la maravilla? Santa María, maestra de toda nuestra conducta, nos enseña ahora que la obediencia a Dios no es servilismo, no sojuzga la conciencia: nos mueve íntimamente a que descubramos «la libertad de los hijos de Dios» (Es Cristo que pasa.-173).

Madre, hoy se ve a mucha gente que no quiere que le dicten lo que debe hacer, que no quiere ser esclavo de nada ni de nadie.

Paradójicamente, se mueven fuertemente controlados por las distintas modas, y no pueden escapar a la esclavitud de sus propias flaquezas.

Tú me enseñas hoy que el verdadero señorío, la verdadera libertad, se obtiene precisamente con la obediencia fiel a la voluntad de Dios y con el servicio desinteresado a los demás.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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18 diciembre 2011 7 18 /12 /diciembre /2011 21:01

Meditación: Feria del 19-XII.Tiempo de Adviento.  Ciclo B.

«Hubo en tiempos de Herodes, rey de Judea, un sacerdote llamado Zacarías, de la familia de Abías, cuya mujer descendiente de Aarón, se llamaba Isabel. Ambos eran justos ante Dios, y caminaban intachables en todos los mandamientos y preceptos del Señor; no tenían hijos, porque Isabel era estéril y los dos de edad avanzada.

Sucedió que, al ejercer él su ministerio sacerdotal delante de Dios, cuando le tocaba el turno, le cayó en suerte, según la costumbre del Sacerdocio, entrar en el Templo del Señor para ofrecer el incienso; y toda la concurrencia del pueblo estaba fuera orando durante el ofrecimiento del incienso. Se le apareció un ángel del Señor, de pie a la derecha del altar del incienso. Y Zacarías se turbó al verlo y le invadió el temor Pero el ángel le dijo: No temas, Zacarías, porque tu oración ha sido escuchada, así que tu mujer Isabel dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Juan. Será para ti gozo y alegría; y muchos se alegrarán en su nacimiento, porque será grande ante el Señor; no beberá vino ni licor será lleno del Espíritu Santo ya desde el vientre de su madre, y convertirá a muchos de los hijos de Israel al Señor su Dios; e irá delante de Él con el espíritu y el poder de Elías para convertir los corazones de los padres hacia los hijos, y a los desobedientes a la prudencia de los justos, a fin de preparar al Señor un pueblo perfecto. Entonces Zacarías dijo al ángel: ¿Cómo podré yo estar cierto de esto? pues yo soy viejo y mi mujer de edad avanzada. Y el ángel le respondió: Yo soy Gabriel, que asisto ante el trono de Dios, y he sido enviado para hablarte y darte esta buena nueva. Desde ahora, pues, te quedarás mudo y no podrás hablar hasta el día en que sucedan estas cosas, porque no has creído en mis palabras, que se cumplirán a su tiempo». (Lucas 1, 5-20)

 

1º. Jesús, se acerca el momento tan esperado desde siglos.

Y, antes de que nazcas Tú, nacerá Juan el Bautista, el precursor, que «irá delante de Ti con el espíritu y el poder de Elías para convertir los Corazones»de todo el pueblo.

Como en tantas ocasiones -para que se vea que la obra es tuya- escoges medios poco adecuados a los ojos humanos: «Isabel era estéril y los dos de edad avanzada.»

Sin embargo, sobrenaturalmente, están preparados, pues «ambos eran justos ante Dios, y caminaban intachables en todos los mandamientos y preceptos del Señor».

Sabes bien a quién escoges.

Porque no te cuesta nada hacer que la mujer estéril sea fértil, o que vea un ciego, o que se levante el paralítico.

Lo que te cuesta es hacer justo al injusto, pues necesitas que se convierta libremente.

Si yo no quiero cambiar, luchar más, intentar mejorar aquel defecto o aquel otro, Tú -con todo tu poder- no puedes hacer nada.

2º. « ¡Llénate de fe, de seguridad!  Nos lo dice el Señor por boca de Jeremías: «orabitis me, et ego exaudíam vos»  siempre que acudáis a Mí, ¡siempre que hagáis oración!, Yo os escucharé» (Forja.-228).

¡Cuántos años habría estado Zacarías pidiendo a Dios poder tener un hijo!

Ahora, en su vejez, cuando parece imposible obtener ya esa gracia, se la concedes: «No temas, Zacarías, porque tu oración ha sido escuchada».

Jesús, que aprenda a perseverar en la oración, siguiendo el consejo de san Juan Crisóstomo: «Cuando le digo a alguno: Ruega a Dios, pídele, suplícale, me responde: ya pedí una vez, dos, tres, diez, veinte veces, y nada he recibido. No ceses, hermano, hasta que hayas recibido; la petición termina cuando se recibe lo pedido. Cesa cuando hayas alcanzado; mejor aún, tampoco entonces ceses. Persevera todavía. Mientras no recibas pide para conseguir y cuando hayas conseguido da gracias» (San Juan Crisóstomo).

Lléname de seguridad y de fe, Jesús.

Que no me pase como a Zacarías cuando se le apareció Gabriel.

Que no me tengas que decir: no puedo ayudarte más porque no has creído en mis palabras.

Que no deje de pedir por lo que me preocupa hasta que me lo concedas; y entonces, que no deje de darte gracias.

De este modo, mi oración será continua, perseverante, confiada y filial, como corresponde a un buen hijo de Dios.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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16 diciembre 2011 5 16 /12 /diciembre /2011 19:11

Meditación: Domingo 4º de Adviento; ciclo B. 18 de diciembre, 2011

«En el sexto mes fue enviado el ángel Gabriel departe de Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de nombre José, de la casa de David, y el nombre de la virgen era María. Y habiendo entrado donde ella estaba, le dijo: Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo. Ella se turbó al oír estas palabras, y consideraba que significaría esta salutación. Y el ángel le dijo: No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios: concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob, y su Reino no tendrá fin.

María dijo al ángel: ¿De que modo se hará esto, pues no conozco varón? Respondió el ángel y le dijo: El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá será llamado Santo, Hijo de Dios (...). Dijo entonces Maria: He aquí la esclava del Señor hágase en mí según tu palabra. Y el ángel se retiró de su presencia». (Lucas 1, 26-38)

 

1º. Madre, el Evangelio de hoy narra el momento de la anunciación: el día en el que conociste con claridad tu vocación, la misión que Dios te pedía y para la que te había estado preparando desde que naciste.

«No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios.»

No tengas miedo, madre mía, pues aunque la misión es inmensa, también es extraordinaria la gracia, la ayuda que has recibido de parte de Dios.

«¿De que modo se hará esto, pues no conozco varón?»

Madre, te habías consagrado a Dios por entero, y José estaba de acuerdo con esa donación de tu virginidad.

¿Cómo ahora te pide Dios ser madre?

No preguntas con desconfianza, como exigiendo más pruebas antes de aceptar la petición divina.

Preguntas para saber cómo quiere Dios que lleves a término ese nuevo plan que te propone.

«El Espíritu Santo descenderá sobre ti.»

Dios te quiere, a la vez, Madre y Virgen.

«Virgen antes del parto, en el parto y por siempre después del parto» (Pablo IV).

«He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra.»

Madre, una vez claro el camino, la respuesta es definitiva, la entrega es total: aquí estoy, para lo que haga falta.

¡Qué ejemplo para mi vida, para mi entrega personal a los planes de Dios!

Madre, ayúdame a ser generoso con Dios.

Que, una vez tenga claro el camino, no busque arreglos intermedios, soluciones fáciles.

Sé que si te imito, Madre, seré enteramente feliz.

2º. «Nuestra Madre es modelo de correspondencia a la gracia y, al contemplar su vida, el Señor nos dará luz para que sepamos divinizar nuestra existencia ordinaria. (...) Tratemos de aprender, siguiendo su ejemplo en la obediencia a Dios, en esa delicada combinación de esclavitud y de señorío. En María no hay nada de aquella actitud de las vírgenes necias, que obedecen, pero alocadamente. Nuestra Señora oye con atención lo que Dios quiere, pondera lo que no entiende, pregunta lo que no sabe. Luego, se entrega toda al cumplimiento de la voluntad divina: «he aquí la esclava del Señor hágase en mí según tu palabra». ¿Veis la maravilla? Santa María, maestra de toda nuestra conducta, nos enseña ahora que la obediencia a Dios no es servilismo, no sojuzga la conciencia: nos mueve íntimamente a que descubramos «la libertad de los hijos de Dios» (Es Cristo que pasa.-173).

Madre, hoy se ve a mucha gente que no quiere que le dicten lo que debe hacer, que no quiere ser esclavo de nada ni de nadie.

Paradójicamente, se mueven fuertemente controlados por las distintas modas, y no pueden escapar a la esclavitud de sus propias flaquezas.

Tú me enseñas hoy que el verdadero señorío, la verdadera libertad, se obtiene precisamente con la obediencia fiel a la voluntad de Dios y con el servicio desinteresado a los demás.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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16 diciembre 2011 5 16 /12 /diciembre /2011 17:21

Meditación: Feria del 17-XII. Ciclo B. 17 de diciembre, 2011

 

«Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán. Abrahán engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró a Judá y a sus hermanos, Judá engendró a Farés y a Zara de Tamar, Farés engendró a Esrón, Esrón engendró a Aram, Aram engendró a Aminadab, Aminadab engendró a Naasón, Naasón engendró a Salmón, Salmón engendró a Booz de Rahab, Booz engendró a Obed de Rut, Obed engendró a Jesé, Jesé engendró al rey David. David engendró a Salomón de la que fue mujer de Urías, Salomón engendró a Roboán (...) Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos cuando la deportación a Babilonia. Después de la deportación a Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel (...) Matán engendró a Jacob, Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús llamado Cristo. Por tanto son catorce todas las generaciones desde Abrahán hasta David, y catorce generaciones desde David hasta la deportación a Babilonia, y también catorce las generaciones desde la deportación a Babilonia hasta Cristo». (Mateo 1,1-17)

1º. Jesús, empieza la última semana antes de la Navidad.

La Trinidad entera está en vilo.

«La venida del Hijo de Dios a la tierra es un acontecimiento tan inmenso que Dios quiso prepararlo durante siglos» (CEC.-522).

Yo también me he ido preparando, haciendo mis minutos de oración, sacando algún propósito, concretando alguna mortificación y recibiendo los sacramentos: confesión y comunión.

Hoy aparece en el Evangelio toda la genealogía tuya desde Abrahán.

Catorce generaciones de Abrahán a David, catorce más hasta la deportación a Babilonia y otras catorce hasta Ti.

¡Cuánta gente ha pasado!

¿Qué queda de ellos?

La vida es corta y después de mí vendrá otra generación, y después otra.

Jesús, ayúdame a aprovechar bien el tiempo que me das.

María, sabes que Jesús está a punto de nacer.

¿Cómo lo prepararías todo?

En Nazaret estaba tu familia y tus conocidos.

Muchos te hablarían de la niña o del niño que iba a nacer, deseándote todo tipo de cosas buenas y felicitando a José por la criatura de la joven familia.

Pero una vez a solas con José, hablaríais del Niño, de Jesús, del Mesías esperado durante siglos para salvar a Israel. Para salvar a la humanidad.

2º. «Maria Santísima, Madre de Dios, pasa inadvertida, como una más entre las mujeres de su pueblo.

Aprende de Ella a vivir con «naturalidad» (Camino.-499).

Madre, nadie se entera de que eres la Elegida; nadie sabe los favores especiales que has recibido de Dios.

No vas con la cara alta, mostrando lo que sólo pertenece a Dios y a quien Él se lo quiera revelar.

Ni siquiera a José le dijiste nada hasta que Dios no le hizo partícipe de la misión que te había encomendado.

Sin embargo, se nota que eres especial.

Porque eres dócil, humilde.

Porque eres atenta y servicial.

Porque siempre sonríes y tienes una palabra de ánimo.

Porque haces las cosas bien.

Esa es tu «naturalidad».

Una vida sin espectáculo pero llena de contenido.

Una vida que tiene un fundamento: Jesús, a quien llevas en tu vientre y que está a punto de nacer.

¿Qué cosas le dirías cuando estuvieras a solas?

Seguro que le ofrecerías las molestias de estos días, mientras intentabas poner siempre buena cara.

Madre, esa es la «naturalidad» que te pido para mí.

No se trata de que vaya pregonando mi vocación personal de cristiano donde no haga falta; pero sí debe notarse en mi modo de comportarme.

Porque yo también tengo a Jesús dentro de mí, en mi alma en gracia.

Por ello tengo la posibilidad de quedarme a solas con él y ofrecerle silenciosamente mi trabajo, las alegrías y las dificultades del día; y decirle que quiero hacerlo todo por Él y para Él.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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14 diciembre 2011 3 14 /12 /diciembre /2011 19:26

Meditación: Viernes de la semana 3 de Adviento. Ciclo B. 16 de diciembre, 2011.

«Vosotros enviasteis legados a Juan y él dio testimonio de la verdad. Pero yo no recibo el testimonio de hombre, sino que os digo esto para que os salvéis. Aquél era la antorcha que ardía y alumbraba, y vosotros quisisteis alegraros por un momento con su luz. Pero yo tengo un testimonio mayor que el de Juan, pues las obras que me ha dado mi Padre para que las lleve a cabo, las mismas obras que yo hago, dan testimonio acerca de mí, de que el Padre me ha enviado». (Juan 5, 33-36)

1º. Jesús, hoy me hablas de tus milagros: «las obras que me ha dado mi Padre dan testimonio de mí.»

Juan también había dado testimonio de Ti, y su luz alumbró durante un tiempo.

«Pero yo tengo un testimonio mayor que el de Juan».

Junto con las profecías del Antiguo Testamento -que se cumplieron en Ti con una exactitud inexplicable humanamente-, los milagros salidos de tus manos son una prueba irrefutable de que eres el Mesías enviado por Dios.

Jesús acompaña sus palabras con numerosos «milagros, prodigios y signos» (Hechos 2, 22) que manifiestan que el Reino está presente en Él.

Ellos atestiguan que Jesús es el Mesías anunciado.

Hasta los dirigentes judíos se dan cuenta: «Entonces los pontífices y los fariseos convocaron el sanedrín y decían: ¿qué hacemos, puesto que este hombre realiza muchos milagros? Si le dejamos así, todos creerán en él» (Juan 11,47-48).

Sin embargo, no quieren aceptar que eres el Hijo de Dios.

Jesús, ¿cómo es posible que, viendo tus milagros, no creyeran en Ti?

Tú mismo me das la respuesta en la parábola del rico Epulón: «Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, tampoco se convencerán aunque uno de los muertos resucite» (Lucas 16,31).

Si no hago oración, si no tengo una vida de piedad en serio, si no sigo tus consejos ni los consejos de los ministros de tu Iglesia, ningún suceso extraordinario me dará la fe.

¡Cuánta gente ha vivido verdaderos milagros y ni se ha dado cuenta de que Tú estabas detrás.

Para verte, antes hay que tener ojos de fe o, al menos, querer tenerlos.

2º.  « ¿Has visto? -¡Con Él, has podido! ¿De qué te asombras?

-Convéncete: no tienes de qué maravillarte. Confiando en Dios           -¡confiando de veras!-, las cosas resultan fáciles. Y, además, se sobrepasa siempre el límite de lo imaginado» (Surco.-123).

Jesús, sigues haciendo milagros.

Sólo me pides que confíe en Ti, que confíe de veras.

Sobre todo quieres hacer muchos milagros de tipo sobrenatural: conversiones, decisiones de mayor entrega, nuevos campos apostólicos, victorias en la lucha ascética contra defectos arraigados.

¡Con El, has podido!

¿De qué te asombras?

Jesús, quieres que me apoye mucho en Ti para mejorar mis virtudes y superar los defectos que me impiden amarte más.

También estás dispuesto a ayudarme en mis necesidades humanas y materiales, y en las de los demás.

Por ello, es bueno que pida para que se solucione aquella dificultad familiar, o una enfermedad, o un examen.

También es cristiano pedir por el fin de las guerras, de las injusticias y de los sufrimientos de los hombres. Tú puedes hacer -y haces continuamente- muchos milagros materiales, especialmente cuando los pedimos a través de la intercesión de tu Madre la Virgen o de algún santo.

Sin embargo, no siempre me concedes lo que te pido.

¿Es que no me escuchas?

Jesús, Tú sabes más que yo.

Cuando no me concedes lo que te pido, es porque no me conviene o porque me tratas como tu Padre te trató: cargándote con la cruz.

Dios bendice con la Cruz.

La cruz es una muestra de confianza.

Cuando me envías una dificultad, me estás dando una ocasión de unirme y parecerme más a Ti.

No quieres que me busque cruces, pero tampoco que me rebele cuando me las envíes.

¡Qué gran testimonio cristiano da el que lleva con alegría su cruz.

Dame, Jesús, la fortaleza y la fe para saberla llevar, si me la envías.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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14 diciembre 2011 3 14 /12 /diciembre /2011 17:06

Meditación: Jueves de la semana 3 de Adviento. Ciclo B. 15 de diciembre, 2011

«Después de marcharse los enviados de Juan, comenzó a decir a las muchedumbres acerca de Juan: ¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? ¿Qué salisteis a ver? ¿Un hombre vestido con ropas delicadas? Mirad, los que visten con lujo y viven entre placeres están en palacios de reyes. ¿Qué habéis salido a ver? ¿Un profeta? Si; os digo, y más que un profeta. Este es de quien está escrito: He aquí que yo envío delante de ti mi mensajero, que vaya preparándote el camino.

Os digo, pues, que entre los nacidos de mujer nadie hay mayor que Juan; aunque el más pequeño en el Reino de Dios es mayor que él. Y todo el pueblo y los publicanos, habiéndole escuchado, reconocieron la justicia de Dios, recibiendo el bautismo de Juan. Pero los fariseos y los doctores de la Ley rechazaron el plan de Dios sobre ellos, no habiendo sido bautizados por él». (Lucas 7, 24-30)

1º. «Pero los fariseos y los doctores de la Ley rechazaron el plan de Dios sobre ellos».

Por tanto, Jesús, Tú tenias pensado otros planes para ellos; otros planes que no quisieron seguir, usando mal su libertad.

¿Qué hubiera pasado si los hubieran seguido?

Probablemente, el mundo sería distinto.

Jesús, Tú también me has preparado unos planes, una misión que debo cumplir en la tierra.

Y para que la pueda llevar a cabo, me has dado unos medios humanos y sobrenaturales: unas capacidades humanas, una familia, unos amigos, unas circunstancias económicas; y la gracia de Dios necesaria, que encuentro habitualmente a través de los sacramentos.

Jesús, las circunstancias que me han llevado a conocerte ya las tenias previstas: unos padres cristianos, un amigo, un maestro, un acontecimiento que me ha hecho pensar.

Seguramente me has estado enviando «gracias actuales», es decir, gracias específicas para situaciones concretas: «intervenciones divinas que están en el origen de la conversión o en el curso de la obra de la santificación» (CEC.- 2000). Son estas gracias las que me han impulsado a querer conocerte más.

¿Cómo no agradecértelo, Jesús?

Quiero corresponder a tus llamadas, quiero seguir tus planes, no rechazarlos como hicieron los fariseos y doctores de la Ley.

2º. «De que tú y yo nos portemos como Dios quiere -no lo olvides-dependen muchas cosas grandes» (Camino.-755).

Jesús, estás a punto de nacer.

Estás ahí, aún en el vientre de tu madre, y ya me das una lección: obediencia a los planes de Dios.

La Humanidad lleva siglos esperando, pero Tú no te impacientas.

Esta es siempre tu regla de conducta: hacer lo que quiere tu Padre Dios.

Por eso, ya desde el seno de Maria, sigues obedientemente los planes trazados por Dios desde la eternidad: quieres nacer como un niño normal, sin espectáculo, sin más cosas extraordinarias que las estrictamente necesarias.

De mi obediencia a tus planes, Jesús, dependen muchas cosas grandes.

¿Qué quieres hoy de mí?

Que no me pase como a esos fariseos y doctores de la Ley, que eran los que estaban más preparados para conocer tu venida: rechazaron el plan de Dios sobre ellos.

¡Qué pena!

Yo también tengo muchas posibilidades de conocerte más, de tratarte personalmente, incluso puedo recibirte en la comunión, si mi alma está limpia.

Que no me pase por alto la misión que me tienes reservada; que no me desentienda de esa vocación a la santidad que has puesto en el corazón de todos los hombres.

Quiero estar seguro de no fallar en esto, Señor.

Por eso me interesa preguntar, aconsejarme, escuchar a alguien capaz de ayudarme y... ¡dejarme ayudar!

Alguien que entienda mis circunstancias y que esté cerca de Ti, que luche también por cumplir tu voluntad por encima de todas las cosas.

¡Qué gran ayuda es la dirección espiritual!

Que me dé cuenta de que necesito ayuda para conocer tu voluntad, y que aprenda de Ti a obedecer los planes que Dios tiene para mí.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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12 diciembre 2011 1 12 /12 /diciembre /2011 18:17

Meditación: Miércoles de la semana 3 de Adviento. Ciclo B. 14 de diciembre, 2011

«Y Juan llamó a dos de sus discípulos, y los envió al Señor a preguntarle: ¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro? Presentándose aquellos hombres le dijeron: Juan el Bautista nos ha enviado a ti a preguntarte: ¿eres tú el que ha de venir o esperamos a otro? En aquella misma hora curó a muchos de sus enfermedades de dolencias y de malos espíritus, y dio vista a muchos ciegos. Y les respondió diciendo: Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados; y bienaventurado quien no se escandalice de mí». (Lucas 7, 19-23)

 

1º. Jesús, me das una buena lección «comercial»: una imagen vale más que mil palabras. « ¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro?»

Podías haber intentado demostrar que eras el Mesías esperado a base de argumentos teóricos, de frases más o menos certeras, o de profecías difíciles de interpretar.

Pero no.

«En aquella misma hora curó a muchos de sus enfermedades, de dolencias y de malos espíritus, y dio vista a muchos ciegos.»

No les das argumentos teóricos sino realidades palpables.

No dices; haces.

Y sólo entonces respondes a lo que te pedían: «id y contad a Juan lo que habéis visto y oído.»

Con este ejemplo, me enseñas que «en vano se esfuerza en propagar la doctrina cristiana quien la contradice con sus obras» (San Antonio de Padua).

Jesús, yo quiero ser tu discípulo.

A veces, algunos no me entienden; no acaban de creerse que se puede ser cristiano y a la vez ser una persona normal.

No les voy a convencer con discusiones acaloradas.

Siguiendo tu ejemplo, prefiero que se convenzan viendo lo que hago: trabajando lo mejor que puedo; teniendo muchos amigos; rezando cada día y frecuentando los sacramentos; sirviendo a los demás en pequeños detalles.

¡Que vean mi alegría y mi paz! Ese será mi mejor apostolado.

2º. «La alegría es un bien cristiano, que poseemos mientras luchamos, porque es consecuencia de la paz. La paz es fruto de haber vencido la guerra, y la vida del hombre sobre la tierra -leemos en la Escritura Santa- es lucha». (Forja.-105).

Jesús, esa alegría interior que me das es muy superior a la típica satisfacción que me produce un resultado profesional positivo; o el habérmelo pasado muy bien en una fiesta, haciendo deporte, en un concierto, etc...

Es la alegría propia del enamorado: del que ama y se siente querido.

Es la satisfacción que produce buscar la alegría del que amamos; de buscar darte una alegría, Jesús, con mi comportamiento.

La alegría del cristiano es muy superior a la del «animal sano» o a la del «pasárselo bien», que -en el fondo- son alegrías egoístas, aunque no necesariamente malas: sólo son dañinas cuando las busco como el máximo objetivo, por delante incluso de lo que sé que te agrada, Jesús, y en ocasiones, a pesar de saber que mi conducta te entristece.

Por eso, en alguna ocasión habré de luchar para no dejar que mis planes, mis gustos, mi comodidad y mi egoísmo me lleven a buscarme a mí mismo en vez de intentar hacer tu voluntad.

Si lucho y venzo, viene la paz; esa paz que es fruto de haber vencido la guerra.

Y con la paz, viene la alegría; una alegría que poseemos mientras luchamos, y que nada ni nadie me puede quitar.

El mundo está deseoso de conocer cuál es el camino que lleva a la felicidad.

La gente busca a tientas dónde está la verdad.

Cuando una persona de buena voluntad me conozca, sin necesidad de palabras, me estará preguntando: « ¿eres tú el que ha de venir o esperamos a otro?»

¿Qué he de hacer para ser feliz?, me preguntarán…

La respuesta es sencilla: ¡Mira mi alegría!

La alegría es un bien cristiano.

Por eso es lo que más convence: no hace falta preparar discursos ni argumentar mucho; basta que me vean verdaderamente alegre.

Alegre a pesar de las habituales dificultades y reveses de la vida; porque mi alegría es esa alegría cristiana, de hijo de Dios que lucha por vivir pendiente de los deseos de su Padre.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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12 diciembre 2011 1 12 /12 /diciembre /2011 16:17

Meditación: Martes de la semana 3 de Adviento. Ciclo B. 13 de diciembre, 2011

«¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos; dirigiéndose al primero, le mandó: Hijo, ve hoy a trabajar en la viña. Pero él le contestó: No quiero. Sin embargo se arrepintió después y fue. Dirigiéndose entonces al segundo, le dijo lo mismo. Este le respondió: Voy, señor; pero no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre? El primero, dijeron ellos. Jesús prosiguió: En verdad os digo que los publicanos y las meretrices os van a preceder en el Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros por camino de justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y las meretrices le creyeron. Pero vosotros, ni siquiera viendo esto, os movisteis después a penitencia para poder creer en él». (Mateo 21, 28-32)

1º. Jesús, otra vez me recuerdas que las palabras solas no sirven.

Es mejor aquel que dijo que no, pero luego se arrepintió y obedeció a su padre, que el que dijo que sí pero no hizo nada.

No halagas a los publicanos y meretrices por lo que hacían antes, sino porque se arrepintieron y creyeron, y cambiaron de vida: «se movieron a penitencia para poder creer»

Jesús, me sigo preparando para tu Nacimiento, y veo que me falta fe.

Yo también quiero creer a Juan, que te anuncia como el Mesías, el Hijo de Dios que va a venir al mundo.

Y Juan me da el consejo oportuno: «vino Juan a vosotros por camino de justicia».

El camino de la justicia significa el camino de la virtud, el camino de la santidad.

«El hombre justo, evocado con frecuencia en las Sagradas Escrituras, se distingue por la rectitud habitual de sus pensamientos y de su conducta con el prójimo» (C. I. C.-1807).

Ese camino se recorre empezando por la conversión y la penitencia.

Pero los judíos, no siguieron el consejo de Juan: «no se movieron a penitencia para poder creer»;y sin penitencia y mortificación, es imposible creer.

Para que recuerde el anuncio de Juan, el color del conopeo que cubre el sagrario y de la casulla que lleva el sacerdote cuando celebra la Santa Misa, es -durante el Adviento- de color morado, que significa penitencia, conversión, sacrificio.

Puede ser un sacrificio en las comidas, en el orden, en el trabajo, en detalles de servicio en casa, etc.

2º. «Hemos de recordarnos y de recordar a los demás que somos hijos de Dios, a los que, como a aquellos personajes de la parábola evangélica, nuestro Padre nos ha dirigido idéntica invitación: «hijo, ve a trabajar a mi viña». Os aseguro que, si nos empeñamos diariamente en considerar así nuestras obligaciones personales, como un requerimiento divino, aprenderemos a terminar la tarea con la mayor perfección humana y sobrenatural de que seamos capaces. Quizá en alguna ocasión nos rebelemos -como el hijo mayor que respondió: «no quiero»-, pero sabremos reaccionar; arrepentidos, y nos dedicaremos con mayor esfuerzo al cumplimiento del deber» (Amigos de Dios.-57)

Jesús, eres Tú el que me dices hoy: «ve a trabajar a mi viña.»

Y Tu viña es ese trabajo de cada día que debo hacer y en el que Tú me esperas.

Ahí es donde debo santificarme, ahí es donde debo vencer mi comodidad, mis gustos, mi egoísmo, tratando de hacer esa tarea con la mayor perfección humana y sobrenatural de que sea capaz.

Y si alguna vez me canso y digo: «no quiero»,perdóname y ayúdame a reaccionar, ofreciéndote ese pequeño vencimiento por amor a Ti.

La mejor preparación para la Navidad es esa continua lucha, llena de pequeñas conversiones, de pequeños vencimientos.

Jesús, quiero ser un buen hijo, un hijo que intente cumplir la «voluntad del padre.»

Un hijo que diga siempre que sí a tu voluntad; y si alguna vez digo que no, ayúdame a pedir perdón -a través del sacramento de la penitencia- y a volver de nuevo a trabajar en tu viña.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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11 diciembre 2011 7 11 /12 /diciembre /2011 21:24

Meditación: Lunes de la semana 3 de Adviento. Ciclo B. 12 de diciembre, 2011

«Cuando llegó al Templo se acercaron a él, mientras enseñaba, los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo y le preguntaron: ¿Con qué potestad haces estas cosas? y ¿quién te ha dado tal potestad? Jesús les respondió: También yo os voy a hacer una pregunta; si me la contestáis, yo os diré a mi vez con qué potestad hago estas cosas. El bautismo de Juan, ¿de dónde era?,  ¿del Cielo o de los hombres? Ellos deliberaban entre sí diciendo: Si decimos que del Cielo, nos responderá: ¿por qué, pues, no le creísteis? Si decimos que de los hombres, hemos de temer a la gente; pues todos tienen a Juan por profeta. Contestaron a Jesús: No lo sabemos. El les respondió a su vez: Ni yo os digo con qué potestad hago estas cosas». (Mateo 21, 23-27)

1º. Jesús, ¡cómo conoces a la gente!

¡Cómo me conoces a mí!

Sabes que no van a responder a tu pregunta, y no por ignorancia, sino por el «qué dirán», por miedo a quedar mal.

Señor, cuando me busco a mí mismo, enseguida caigo en este tipo de cavilaciones mentirosas: que me vean, que no me vean, que crean que pienso de este modo, que no se note que he hecho esto,...

Ayúdame a ser sincero.

Primero, sincero conmigo mismo: ¡que no me engañe!

Si hago algo mal, que lo reconozca.

Sólo así podré pedir perdón y ayuda, y empezaré a mejorar.

Jesús, no contestas a los sacerdotes y ancianos.

¿Para qué explicarles nada, si no quieren aceptar la verdad, sino que van buscando la manera de retorcer tus palabras?

Si me parece que no me dices nada, ¿no será que yo tampoco estoy dispuesto a escuchar lo que me quieres decir?

¿No tendré que cambiar mis disposiciones de entrega antes de que Tú me puedas pedir algo?

2º. «Muchas, con aire de autentificación, se preguntan: yo, ¿por qué me voy a meter en la vida cíe los demás?

-¡Porque tienes obligación, como cristiano, de meterte en  la vida de los otros, para servirles.

-¡Porque Cristo se ha  metido en tu vida y en la mía.» (Forja.-24).

«¿Con qué potestad haces estas cosas?»

¿Con qué derecho te pones a dar lecciones a los demás?

Esta es la queja de los «tolerantes»: para ellos cada uno tiene «su» verdad y ninguna es mejor que otra para tratar de imponerse.

Jesús, ¿será cierto que cada uno tiene sus criterios y nadie está autorizado a situarse en los problemas de conciencia de los demás?

¿Habrá que relegar la religión a una cuestión personal, interior, que no debe tener manifestaciones públicas?

Yo sé que no es así, Jesús, porque Tú nos has dicho: «id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura» (Marcos 16,15).

Jesús, Tú te has metido en mi vida, me has llenado con tu luz y tu amor.

¿Por qué lo voy a ocultar como si fuera una infamia?

Siento la necesidad de comunicarlo a todos.

¡Soy feliz porque te he encontrado!, y quiero que los demás también te conozcan y te amen, y sean felices de verdad.

Los que están callados no es que sean respetuosos; tal vez están vacíos.

Tú no te quedaste callado, aunque muchos trataron de silenciarte.

Yo quiero imitarte Jesús; ayúdame a no tener respetos humanos para hablar de ti, aunque haya a quienes no les guste.

«¿Con qué potestad haces estas cosas?»

Tú mismo darás la respuesta antes de subir a los Cielos: «Se me ha dado todo poder en el Cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulas a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado». (Mateo 28,18-20).

Jesús, que me quede bien claro que tengo obligación, como cristiano, de preocuparme de la vida espiritual de mis familiares y amigos, enseñándoles con mi ejemplo y mi palabra lo que Tú nos has mandado.

Este es el mejor servicio que puedo hacerles, la mayor muestra de amistad y de amor: porque es llevarles a la felicidad terrena y eterna.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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9 diciembre 2011 5 09 /12 /diciembre /2011 15:39

Meditación: Sábado de la semana 2 de Adviento. Ciclo B. 10 de diciembre, 2011

«Sus discípulos le preguntaron: ¿Por qué entonces dicen los escribas que Elías debe venir primero? El les respondió: Elías ciertamente ha de venir y restaurará todas las cosas. Pero yo os digo que Elías ya ha venido y no lo han reconocido, sino que han hecho con él lo que han querido. Así también el Hijo del Hombre ha de padecer de parte de ellos. Entonces comprendieron los discípulos que les hablaba de Juan el Bautista». (Mateo 17, 10-13)

1º. Jesús, los judíos tenían una señal clara para conocer tu venida: Elías debía aparecer primero.

Y Elías vino: era Juan el Bautista.

Pero no lo reconocieron.

¿Por qué no lo reconocieron?

Él se había proclamado claramente precursor, anunciador del Mesías, cuando había dicho al pueblo: «El que viene después de mí es más poderoso que yo; no soy digno ni de llevar sus sandalias. Él os bautizará en el Espíritu Santo y en fuego» (Mateo 3,11).

Jesús, a veces las cosas están claras, clarísimas, pero yo no las quiero ver.

Unas veces, por pereza, me engaño y no trabajo lo que debo; otras, por no pasar un mal rato, me excuso pensando que aquello que un conocido hace mal ya se lo dirá otro; otras veces es mi falta de generosidad la que no me deja ver en esa circunstancia una ocasión de servir; etc.

Jesús, ayúdame a reconocer en estos detalles que suponen un vencimiento, una señal de tu presencia.

Cuántas veces estás ahí y no te veo.

«Y no lo han reconocido, sino que han hecho con él lo que han querido».

Señor, que no me deje llevar por mis apetencias y gustos, sino que busque hacer en todo lo que quieras Tú.

Y cuando me parezca que no puedo más, que sepa recurrir a Ti.

«Cuán consolado queda un cristiano, al pensar que Dios le ve, que es testigo de sus penalidades y de sus combates, que tiene a Dios de su parte» (Santo Cura de Ars).

2º. «Me preguntas: ¿por qué esa Cruz de palo? - Y copio de una carta: “Al levantar la vista del microscopio la mirada va a tropezar con la Cruz sin Crucifijo, negra y vacía. Esta Cruz, sin Crucificado es un símbolo. Tiene una significación que los demás no verán. Y el que, cansado, estaba a punto de abandonar la tarea, vuelve a acercar los ojos al ocular y sigue trabajando: porque la Cruz, solitaria está pidiendo unas espaldas que carguen con ella» (Camino.-277).

Jesús, cuántas ocasiones tengo de ofrecerte mi trabajo, de estar contigo o con tu Madre Santísima sin necesidad de hacer cosas raras.

Sólo tengo que tener a la vista -en mi mesa de trabajo, en la mesita de noche-  un crucifijo o una estampa de la Virgen a la que pueda decir una jaculatoria, un piropo, o dirigir una simple mirada.

Jesús, vas a nacer en Belén.

Tampoco allí te reconoció nadie.

Ni siquiera tuvieron sitio para Ti en la posada del pueblo.

Me tengo que convencer de que Tú no quieres mostrarte al mundo aparatosamente.

O te sé reconocer en los detalles pequeños de cada día, o no te encontraré nunca.

Y los que no reconocieron al Bautista acabaron matándole, crucificándote luego a Ti.

«Así también el Hijo del Hombre ha de padecer de parte de ellos».

Por eso, es muy importante -es vital- que aprenda a ofrecerte las cosas, que aprenda a contar contigo cuando tengo que decidir hacer o no hacer algo, que aprenda a pedirte ayuda cuando lo necesito, que aprenda a darte gracias por todo, porque todo lo que me ocurre, ocurre por mi bien.

Madre, tú sí que has sabido reconocer a Dios en tu hijo.

No te acostumbraste nunca a tratarlo como quien era: el Hijo de Dios.

Mientras El vivía con plena normalidad entre los demás niños de Nazaret, tú le amaste con todo el corazón de madre y con toda la piedad de una criatura que vive con su Creador.

Ayúdame a no acostumbrarme nunca a tenerlo tan cerca: en el sagrario, en mi alma en gracia.

Madre, me doy cuenta de que, si mantengo mi devoción a ti -a través del rezo del santo rosario, de tener una imagen tuya cerca, de llevarte en mi pecho en el escapulario- tú me irás recordando constantemente a tu Hijo, me lo irás dando a conocer cada día más, y no permitirás que ninguna tentación me aparte de Él.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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