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20 septiembre 2011 2 20 /09 /septiembre /2011 19:37

Meditación: Miércoles de la semana 25 del tiempo ordinario; 21 de septiembre, 2011; año impar

«Habiendo convocado a los doce, les dio poder y autoridad sobre todos los demonios, y para curar enfermedades. Los envió a predicar el Reino de Dios y a sanar a los enfermos. Y les dijo: «No llevéis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni tengáis dos túnicas. En cualquier casa que entréis, quedaos allí hasta que de allí os vayáis. Y si nadie os recibe, al salir de aquella ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies en testimonio contra ellos». Saliendo luego, iban por las aldeas evangelizando y curando por todas partes.» (Lucas 9, 1-6)

1º. Jesús, hoy envías por primera vez a los Apóstoles a «predicar el Reino de Dios y a sanar a los enfermos».

¿Qué pensarían aquellos hombres -pescadores en su mayoría- al recibir esta misión?

Podrían haberse excusado diciendo: ¿quién soy yo para predicar a nadie?

No tengo la formación suficiente, ni provengo de una familia influyente, ni tengo un trabajo de alto nivel...

Pero no: «Saliendo luego, iban por aldeas evangelizando y curando por todas partes».

Jesús, me quieres recordar que para hacer apostolado no se requieren especiales habilidades sociales, ni siquiera grandes recursos materiales.

«No llevéis nada para el camino, ni bastón, ni alforjas, ni pan, ni dinero».

Aunque es importante formarse lo mejor posible para poder luego dar esa formación a los demás, y aunque normalmente los recursos materiales son necesarios en toda obra de apostolado, lo que realmente cuenta al final es mi unión contigo, mi santidad.

Jesús, lo importante en el apostolado es que los demás vean en mí un ejemplo lo más parecido posible a Ti.

Se trata de que a través de mi vida -mi trabajo, mis relaciones familiares y sociales- los demás puedan conocerte a Ti, como si fueras Tú mismo quien está en medio de ellos, y puedan amarte.

Por eso ser cristiano significa imitarte a Ti, identificarse contigo: ser otro Cristo.

2º. «Se vive de modo tan precipitado, que la caridad cristiana ha pasado a constituir un fenómeno raro, en este mundo nuestro; aunque al menos de nombre- se predica a Cristo...

Te lo concedo. Pero ¿qué haces tú que, como católico, has de identificarte con El y seguir sus huellas?: porque nos ha indicado que hemos de ir a enseñar su doctrina a todas las gentes, ¡a todas!? y en todos los tiempos» (Surco.-728).

Jesús, si quiero «seguir tus huellas» he de tomarme en serio el apostolado, pues Tú me has indicado que hemos de ir a enseñar tu doctrina a todas las gentes.

Pero si quiero tomarme en serio el apostolado lo primero que debo hacer es «seguir tus huellas», identificarme contigo, ser más santo.

Santidad y apostolado son, por tanto, las dos caras de una misma moneda: se refuerzan una a otra y no pueden existir por separado.

«Habiendo convocado a los doce, les dio poder y autoridad».

Jesús, aunque intento formarme bien y usar los medios materiales a mi alcance, lo que me da seguridad en el apostolado es esa ayuda que me das para hablar con mis amigos con palabras acertadas, que les remuevan, que les hagan pensar, que les animen a tomarse en serio su vida cristiana.

Para ello, necesito estar atento en mi oración personal cuando hablo contigo de mis amigos.

«Antes de permitir a la lengua que hable, el apóstol debe elevar a Dios su alma sedienta, con el fin de dar lo que hubiere bebido y esparcir aquello de lo que la haya llenado».(San Agustín).

Además, en la oración he de pedirte gracias necesarias para que realmente el amigo al que voy a hablar se decida a cambiar o a seguir luchando.

Por eso, el apostolado se fundamenta en la oración.

Tanta eficacia tendrá mi apostolado como constancia y profundidad tenga mi oración.

De ahí que el verdadero apostolado empiece por la oración y la mortificación, que es la oración de los sentidos.

Jesús, Tú quieres que sea apóstol tuyo en las circunstancias concretas en las que me encuentro.

Ayúdame a ser alma de oración, ayúdame a parecerme más a Ti. Sólo así podré yo ayudarte «a predicar el Reino de Dios».

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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19 septiembre 2011 1 19 /09 /septiembre /2011 23:58

Meditación: Martes de la semana 25 del tiempo ordinario; 20 de septiembre, 2011, año impar

«Vinieron a verle su madre y sus hermanos, y no podían acercarse a él a causa de la muchedumbre. Y le avisaron: «Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte». El, respondiendo, les dijo: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la palabra de Dios y la cumplen». (Lucas 8,19-21)

 

1º. Jesús, Tú eres el mismo Dios que mandas honrar a los padres; y el mismo hombre que «estaba sujeto» a José y a María (Lucas 2,51), que obedece a María en Caná de Galilea, y que se preocupa de que esté bien atendida -por el apóstol amado- a la hora de tu muerte en la cruz.

Pero, a la vez, quieres recordarme hoy -al igual que cuando te quedaste en el templo durante tres días para hacer la voluntad de tu Padre (Lucas 2,49)- que los lazos sobrenaturales de la gracia, son aún más importantes que los lazos de la sangre.

Jesús, no quieres que nadie me gane en amor a mi familia.

Padres, hermanos, abuelos, tíos, primos, hijos, nietos, ...

Pero aún quieres menos que ponga el amor a mi familia por encima del amor a Ti.

Porque, en ese caso, estaría poniendo el primer mandamiento, que es el «mayor mandamiento» (Mateo 23, 38), por debajo del cuarto.

Y eso es un desorden que, tarde o temprano, acabaría sufriendo también mi familia.

«Los vínculos familiares, aunque son muy importantes, no son absolutos. A la par que el hijo crece hacia la madurez y autonomía humanas y espirituales la vocación singular que viene de Dios se afirma con más claridad y fuerza. Los padres deben respetar esta llamada y favorecer la respuesta de sus hijos para seguirla. Es preciso convencerse de que la vocación primera del cristiano es seguir a Jesús: «El que ama a su padreo a su madre más que a mí, no es digno de mí» (CEC.-2232).

Jesús, Tú sabes bien que el mejor modo de amar a mi familia es amándote a Ti; y que las familias más felices son aquellas que «oyen la palabra de Dios y la cumplen».

Por eso, aunque tu respuesta parece un reproche hacia tu madre y tus familiares, en realidad es una alabanza, especialmente a la Virgen, que ha sido la criatura más fiel a tu palabra y a la misión que recibió de Dios.

2º. «Familias que vivieron de Cristo y que dieron a conocer a Cristo... Pequeñas comunidades cristianas, que fueron como centros de irradiación del mensaje evangélico. Hogares iguales a los otros hogares de aquellos tiempos, pero animados de un espíritu nuevo, que contagiaba a quienes los conocían y trataban. Eso fueron los primeros cristianos, y eso hemos de ser los cristianos de hoy: sembradores de paz y alegría, de la paz de la alegría que Jesús nos ha traído» (Es Cristo que pasa.-30).

Jesús, hoy más que nunca llamas a las familias cristianas para extender tu mensaje de salvación entre los hombres.

Quieres que sean -como lo fueron las de los primeros cristianos  pequeñas comunidades cristianas, lugares en los que se viva y se aprenda a vivir el amor a Ti y a los demás; verdaderas escuelas del valor del trabajo y del servicio, del sentido del sufrimiento y del sacrificio; de la sinceridad, la piedad y el cumplimiento del deber.

Jesús, quieres que yo contribuya a que en mi casa, en mi bogar, reine ese espíritu nuevo, que siempre será nuevo y joven porque se tiene que encarnar en cada generación.

Y, para ello, lo primero que debo cuidar es mi propia vida interior: oír con atención tu palabra y cumplir con fidelidad tus mandatos.

De esta manera sabré ser sembrador de paz y alegría, porque enfocaré los problemas y sucesos cotidianos con visión sobrenatural, con caridad, con paciencia, con espíritu de servicio.

Jesús, te pido por mi familia: ayúdanos a ser siempre -a pesar de los contratiempos ordinarios o extraordinarios- una familia luminosa y alegre, que forme como un centro de irradiación del mensaje evangélico en la sociedad.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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18 septiembre 2011 7 18 /09 /septiembre /2011 17:49

Meditación: Lunes de la semana 25 del tiempo ordinario; 19 de septiembre, 2011; año impar

«Nadie que ha encendido una lámpara, la oculta con uno vasija o la pone debajo de la cama, sino que la coloca sobre un candelero para que los que entran vean la luz.

Porque nodo hay oculto que no hoya de manifestarse y hacerse público. Mirad, pues, cómo oís: porque al que tiene se la dará, y a todo aquel que no tiene, incluso lo que piensa tener se le quitará». (Lucas  8, 16-18)

 

1º. Jesús, con el Bautismo, has encendido una luz en mi alma.

La luz de la gracia.

La gracia es esa vida divina -Tú mismo- que habita en mí si yo no te expulso por el pecado mortal.

Pero no me has dado la gracia para mí solo, igual que la luz no se enciende sólo para alumbrar la lámpara, sino «para que los que entren vean la luz».

Jesús, quieres que la vida sobrenatural que has puesto en mi alma, esa gracia que recibo especialmente en los sacramentos, no quede infecunda, sino que brille ante los demás.

¿Cómo? A través de mi ejemplo: de mi trabajo bien hecho; de mi amor a los demás, con detalles de servicio que hago sin que se noten; de mi fortaleza para saber decir que no a lo que es una vida fácil, materialista o hedonista.

«Al que tiene se le dará; y a todo aquel que no tiene, incluso lo que piensa tener se le quitará».

Jesús, sigues hablando de esa luz, de la gracia.

Al final, en la vida eterna, obtendremos aquello que tengamos capacidad de recibir.

Si te he aprendido a amar, si tengo luz, recibiré Tu amor que me llenará por completo de felicidad.

Si no soy capaz de amarte más que a mí mismo, aun las pocas cosas que me daban un poco de placer y consuelo en esta tierra me serán quitadas.

Además, el no ser capaz de amar a Dios por toda la eternidad será el peor de los castigos.

«Salvo que elijamos libremente amarle no podemos estar unidos con Dios. Pero no podemos amar a Dios si pecamos gravemente contra El, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos: «Quien no ama permanece en la muerte: Todo el que aborrece a su hermano es un asesino; y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna permanente en él».

Nuestro Señor nos advierte que estaremos separados de El si omitimos socorrer las necesidades graves de los pobres y de los pequeños que son sus hermanos» (CEC.-1033).

 

2º. «Te aseguro que, sí los hijos de Dios queremos, contribuiremos poderosamente o iluminar el trabajo y la vida de los hombres, con el resplandor divino  -¡eterno!- que el Señor ha querido depositar en nuestras almos.

-Pero «quien dice que mora en Jesús, debe seguir el camino que ÉI siguió», como enseña San Juan: camino que conduce siempre o la gloria, pasando -siempre también- a través del sacrificio» (Forja.-1018)

Jesús, Tú eres «la luz de los hombres». (Juan 1,4).

Pero quieres contar conmigo para iluminar el trabajo y la vida de los hombres, con un resplandor divino -¡eterno!- que has depositado en mi alma: la gracia de Dios.

Para que mi luz personal esté encendida y pueda iluminar a los demás, he de cuidar mi vida interior, mi vida cristiana.

Y la vida cristiana requiere sacrificio.

Jesús, a veces siento todo tipo de vientos -tentaciones, hábitos, amigos que me tiran hacia abajo, ambientes  que quieren apagar esa luz.

Ayúdame a defenderla por encima de todo, pues es lo más importante que tengo.

Y si alguna vez se apaga, sé que Tú me la vuelves a encender a través de la Confesión.

Jesús, ser cristiano significa precisamente participar de esa luz que eres Tú, viviendo esa vida sobrenatural que recibo por la gracia.

Necesito tu gracia para imitarte y recorrer el camino que Tú seguiste: camino que conduce siempre o lo gloria, pasando -siempre también- a través del sacrificio.

Ayúdame a vivir siempre en gracia.

Ayúdame a cuidar esa luz en mi alma, ese fuego divino de tu amor.

Ayúdame a iluminar con tu luz a otros, para que descubran también la verdad que les oculta el mundo materialista y hedonista en el que viven. «Porque nada hay oculto que no haya de manifestarse y hacerse público.»

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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17 septiembre 2011 6 17 /09 /septiembre /2011 15:35

Meditación: Domingo de la semana 25 del tiempo ordinario; 18 de septiembre, 2011; ciclo A

 

«El Reino de los Cielos es semejante a un amo que salió al amanecer a contratar obreros para su viña. Después de haber convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. Salió también hacia la hora de tercia y vio a otros que estaban en la plaza parados, y les dijo: Id también vosotros a mi viña y os daré lo que sea justo. Ellos marcharon. De nuevo salió hacia la hora de sexta y de nona e hizo lo mismo. Hacia la hora undécima volvió a salir v todavía encontró a otros parados, y les dijo: ¿Cómo es que estáis aquí todo el día ociosos? Le contestaron: Porque nadie nos ha contratado. Les dijo: Id también vosotros a mi viña. A la caída de la tarde dijo el amo de la viña a su administrador: Llama a los obreros y dales el jornal empezando por los últimos hasta llegar a los primeros. Vinieron los de la hora undécima y percibieron un denario cada uno. Al venir los primeros pensaban que cobrarían más, pero también ellos recibieron un denario cada uno. Cuando lo tomaron murmuraban contra el amo, diciendo: A estos últimos que han trabajado sólo una hora los has equiparado a nosotros, que hemos soportado el peso del día y del calor: El respondió a uno de ellos: Amigo, no te hago ninguna injusticia; ¿acaso no conveniste conmigo en un denario? toma lo tuyo y vete; quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿No puedo yo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O es que vas a ver con malos ojos que yo sea bueno? Así los últimos serán primeros y los primeros últimos.» (Mateo 20, 1-16)

1º. Jesús, hoy también llamas a los hombres a trabajar en tu viña.

A unos los llamas «al amanecer», a primera hora, en plena juventud: les pides que trabajen toda la vida por Ti y por el Reino de los Cielos.

A otros les llamas «hacia la hora de tercia, de sexta o de nona», a lo largo de su madurez familiar y profesional, para que -a través de sus obligaciones familiares y profesionales-  trabajen también en tu campo.

Finalmente, llamas a otros al final de su vida, para que se conviertan y puedan merecer el premio final.

Antes o después, Jesús, llamas a todos, porque Tú quieres que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

A todos llamas a la santidad, de todos esperas amor y correspondencia a la gracia de la Redención.

No quieres que nadie esté parado, ocioso, o perdiendo su vida en actividades que no dan frutos de eternidad.

«¿Cómo estáis aquí todo el día ociosos?»

Jesús, que cuando me veas, no me tengas que preguntar: ¿qué estás haciendo?, ¿cómo es que estás espiritualmente ocioso, en vez de estar trabajando en mi viña?

No es que no haga nada, pero tal vez no hago las cosas en presencia de Dios, por El y para El.

Las mismas cosas que hago -trabajo, deporte, vida social- hechas con amor de Dios, podrían dar frutos de santidad.

2º. «Has tenido una conversación con éste, con aquél, con el de más allá, porque te consume el celo por las almas.

Aquél cogió miedo; el otro consultó a un «prudente», que le ha orientado mal... -Persevera: que ninguno pueda después excusarse afirmando «quia nemo nos conduxit» -nadie nos ha llamado» (Surco.-205).

Jesús, ésta es precisamente la respuesta de aquellos hombres que habían derrochado el día ociosamente: «nadie nos ha contratado», nadie nos ha llamado para que vayamos y trabajemos en la viña.

Gracias, Jesús, porque a mí me has llamado.

Por ser cristiano, estoy llamado a ser santo, a trabajar por el bien de tu viña, que es la Iglesia.

«No os apenéis ni os llenen de abatimiento. También los Apóstoles eran para unos olor de muerte, y paro otros olor de vida. No demos nosotros motiva alguno a la maledicencia y estaremos libres de toda culpa, o, para decirlo mejor, mayor aún será nuestro gozo ante esas falsas acusaciones. Brille, pues, el ejemplo de nuestra vida, y no hagamos ningún caso de las críticas. No es posible que quien de verdad se empeñe por ser santo deje de tener muchos que no le quieran. Pero eso no importa, pues hasta con tal motivo aumenta la corona de su gloria. Por eso, a una sola cosa hemos de atender: a ordenar con perfección nuestra propia conducta. Si hacemos esto, conduciremos a una vida cristiana a los que anden en tinieblas» (San Juan Crisóstomo).

Que ninguno pueda después excusarse afirmando: nadie nos ha llamado.

Jesús, es misión mía, por cristiano, el anunciar la Buenanueva del Evangelio a los que están a mi alrededor.

Me pides que con el ejemplo y con la palabra lleve a tu campo a los que -tal vez ocupados en mil tareas «importantes»- están derrochando su vida de hijos de Dios.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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17 septiembre 2011 6 17 /09 /septiembre /2011 15:08

Meditación: Domingo de la semana 24 del tiempo ordinario; 11 de septiembre, 2011; ciclo A

«Entonces, acercándose Pedro, le preguntó: Señor; ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano, cuando peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le respondió: No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso el Reino de los Cielos viene a ser semejante a un rey que quiso arreglar cuentas con sus siervos. Puesto a hacer cuentas, le presentaron uno que le debía diez mil talentos. Como no podía pagar; el señor mandó que fuese vendido él con su mujer y sus hijos y todo lo que tenía, y así pagase. Entonces el servidor; echándose a sus pies, le suplicaba: Ten paciencia conmigo y te pagaré todo. El señor; compadecido de aquel siervo, lo mandó soltar y le perdonó la deuda. Al salir aquel siervo, encontró a tino de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándole, lo ahogaba y le decía: Págame lo que me debes. Su compañero, echándose a sus pies, le suplicaba: Ten paciencia conmigo y te pagaré. Pero no quiso, sino que fue y lo hizo meter en la cárcel, hasta que pagase la deuda. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se disgustaron mucho y fueron a contar a su señor lo que había pasado. Entonces su señor lo mandó llamar y le dijo: Siervo malvado, yo te he perdonado toda la deuda porque me lo has suplicado. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo la he tenido de ti? Y su señor; irritado, lo entregó a los verdugos, hasta que pagase toda la deuda. Del mismo modo hará con vosotros mi Padre Celestial, si cada uno no perdona de corazón a su hermano.» (Mateo 18, 21-35)

 

1º. Jesús, en una cultura donde dominaba la ley del Talión -ojo por ojo y diente por diente- perdonar dos veces era ya demasiado. Cuando Pedro te pregunta cuántas veces debe perdonar, se responde -como llegando al límite-: «¿hasta siete? No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete»,que es como decir: hay que perdonar siempre.

Pedro intentaba ser generoso, pero a lo humano.

Tú le elevas el nivel: hay que imitar a Dios, que es infinitamente misericordioso.

Y para que le quede claro, le explicas la parábola del siervo despiadado: su señor le ha perdonado diez mil talentos -unos setenta millones de denarios- y él no es capaz de perdonar cien denarios a su compañero.

Jesús, a veces pienso que lo que alguien me ha hecho es imperdonable, y no me doy cuenta de que eso -que me parece enorme- es como cien denarios comparado con los setenta millones que Tú me has perdonado muriendo en la cruz.

«Dios a nadie aborrece y rechaza tanto como al hombre que se acuerda de la injuria, al corazón endurecido, al ánimo que conserva el enojo» (San Juan Crisóstomo).

Si quiero ser tu discípulo, si quiero imitarte, he de aprender a «perdonar a lo divino».

Y para ello necesito primero «amar a lo divino».

Enséñame a amar a los demás como Tú los amas.

2º. «Conforme: aquella persona ha sido mala contigo. -Pero, ¿no has sido tú peor con Dios?» (Camino.-686).

Jesús, cuántas veces debo recurrir a este pensamiento tan simple, para no dejarme llevar de mis pasiones perdiendo la objetividad.

Conforme: aquella persona ha sido mala contigo; no debía haberse comportado así.

Pero calma.

¿No he sido yo peor con Dios?

Y Tú me perdonas una vez y otra.

¿No voy a intentar hacer lo mismo con mi prójimo?

Además, aquello que me parece tan grave, a veces es fruto de una confusión, o de un fallo sin mala intención; de modo que la otra persona no tiene la culpa o, al menos, toda la culpa.

Mi enfado puede ser injusto y, por supuesto, no arregla nada.

Mientras que si se aclaran las cosas con serenidad, muchas veces el problema se desvanece.

Jesús, si me enfado, no es por mi carácter.

Es por mi falta de carácter y de visión sobrenatural.

Ayúdame a saberme contener cuando me enfade.

Ayúdame a saber disculpar, a ver el lado positivo, sin caer en la ingenuidad.

Ayúdame a mirar a todos con aquella mirada tuya siempre amorosa, incluso con aquellos que te clavaron en la cruz.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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16 septiembre 2011 5 16 /09 /septiembre /2011 17:44

Meditación: Sábado de la semana 24 del tiempo ordinario; 17 de septiembre, 2011; año impar

«Reuniéndose una gran muchedumbre que de todas las ciudades acudía a él, dijo esta parábola: «Salió el sembrador a sembrar su semilla; y al sembrar, parte cayó junto al camino, y fue pisoteada y se la comieron las aves del cielo; parte cayó sobre terreno rocoso y una vez nacida se secó por falta de humedad; parte cayó en medio de las espinas y habiendo crecido con ella las espinas la sofocaron; y parte cayó en la tierra buena, y una vez nacida dio fruto al ciento por uno». Dicho esto exclamó: «El que tenga oídos para oír, oiga».

Entonces sus discípulos le preguntaron qué significaba esta parábola. Él les dijo: «A vosotros os ha sido dado entender los misterios del Reino de Dios; a los demás, sólo a través de parábolas, de modo que viendo no vean y oyendo no entiendan.

El sentido de la parábola es éste: la semilla es la palabra de Dios. Los que están junto al camino son aquellos que han oído; pero viene luego el diablo y se lleva la palabra de su Corazón, no sea que creyendo se salven. Los que cayeron sobre terreno rocoso son aquellos que, cuando oyen, reciben la palabra con alegría, pero no tienen raíces; ellos creen durante algún tiempo, pero a la hora de la tentación se vuelven atrás. La que cayó entre espinas son los que oyeron, pero en su caminar se ahogan a causa de las preocupaciones, riquezas y placeres de la vida y no llegan a dar fruto. Pero la que cayó en tierra buena son los que oyen la palabra con un corazón bueno y generoso, la conservan y dan fruto mediante la paciencia». (Lucas 8,4-15)

1º. Jesús, me quieres dejar claro que cuando la semilla no da el fruto esperado, no es por culpa de la sernilla, sino de la tierra en la que se encuentra.

De la misma manen ocurre con tu palabra, pues «la semilla es la palabra de Dios».

Si la gente no te sigue, no es por culpa de tu doctrina, sino porque no reciben tu palabra con un corazón bueno y generoso.

+En el primer caso -los que están junto al camino- tu palabra se queda en la superficie.

Esas personas sólo captan lo más superficial de tu mensaje, interpretando la religión en clave política o económica.

+En el segundo caso -el terreno rocoso- tu palabra penetra más profundamente, pero no echa raíces.

En un principio esas personas reciben la palabra con alegría, tal vez movidos por su atractivo sentimental, psicológico o sociológico.

Pero a la hora de la tentación se vuelven atrás.

+En el tercer caso -la que cayó entre espinas- tu semilla echa raíces, pero también echan raíces otras semillas.

Es el caso de los que entienden la palabra de Dios, pero no tienen la fortaleza ni la prudencia de evitar las tentaciones del mundo: preocupaciones, riquezas y placeres de la vida.

Unos ponen el trabajo o el estudio por delante de Dios; otros no luchan contra la comodidad, la sensualidad o la avaricia.

Y se ahogan espiritualmente, porque el corazón no da para tantos dueños.

2º. «Salió el sembrador a sembrar, a echar a voleo la semilla en todas las encrucijadas de la tierra... -¡Bendita labor la nuestra!: encargarnos de que, en todas las circunstancias de lugares y épocas, arraigue, germine y dé fruto la palabra de Dios ». (Forja.-970).

Jesús, esperas de mí que ponga mi buena tierra, para que la semilla de tu gracia dé fruto mediante la paciencia, venciendo las dificultades del ambiente y de mi propia flaqueza.

Sólo si tu semilla arraiga de verdad en mi vida, podré encargarme de que arraigue, germine y dé fruto en los demás.

«El modelo perfecto de esta espiritualidad apostólica es la Santísima Virgen María, Reina de los Apóstoles, la cual mientras vivió en este mundo una vida igual a la de los demás, llena de preocupaciones familiares y de trabajos, estaba constantemente unida con su Hijo y cooperó de modo singularísimo a la obra del Salvador». (Vaticano II.-A. A.-4).

María, tú eres modelo de tierra buena: tú supiste cultivar -con oración y lucha interior- un corazón bueno y generoso, entregado al cumplimiento de la vocación que habías recibido.

Por eso has dado el mayor fruto, el fruto de tu vientre, Jesús.

Ayúdame a ser generoso con Dios, para que también yo pueda dar el fruto que Él me pide.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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15 septiembre 2011 4 15 /09 /septiembre /2011 18:52

Meditación: Viernes de la semana 24 del tiempo ordinario; 16 de septiembre, 2011. Año impar

«Sucedió, después, que él recorría ciudades y aldeas predicando y anunciando la buena nueva del Reino de Dios; le acompañaban los doce y algunas mujeres que habían sido libradas de espíritus malignos y de enfermedades: Maria, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; y Juana, mujer de Cusa, administrador de Herodes; y Susana, y otras muchas que le asistían con sus bienes.» (Lucas 8, 1-3)

1º. Jesús, en tus recorridos por toda Judea y Galilea no caminas solo.

Contigo viajan los apóstoles y otros discípulos, entre los que el Evangelio de hoy destaca algunas mujeres que habías curado «y otras muchas que le asistían con sus bienes».

Hombres y mujeres a tu servicio, siguiéndote de cerca, entregándote sus bienes y sus vidas para colaborar en el anuncio de «la buena nueva del Reino de Dios.»

Jesús, en este grupo de discípulos veo una imagen de lo que es la Iglesia: mujeres y hombres que te siguen de cerca, que te acompañan en tu misión salvífica, y que te sirven con sus bienes.

Por ser cristiano, yo también estoy llamado a acompañarte y a servirte.

Y esto lo puedo hacer en cualquier circunstancia y condición: estudiando o trabajando, siendo soltero o casado, gozando de salud o padeciendo enfermedad.

Jesús, ¡qué les debías contar a esos discípulos tuyos -hombres y mujeres- en los momentos de calma e intimidad!

Además de charlas y tertulias agradables y entretenidas, les hablarías a solas para encenderlos de vibración apostólica, para darles confianza, para explicarles lo que no entendieran y para exigirles una mayor correspondencia.

Igualmente haces conmigo en estos ratos de oración: me hablas a solas, me enciendes, me explicas lo que no entiendo y me exiges.

2º. «Fíjate bien: hay muchos hombres y mujeres en el mundo, y ni a uno solo de ellos deja de llamar el Maestro. Les llama a una vida cristiana, a una vida de santidad, a una vida de elección, a una vida eterna» (Surco.-13).

Jesús, en cada tiempo histórico quieres tener a tu lado hombres y mujeres fieles en los que te puedas apoyar para difundir tu mensaje.

Como a los apóstoles y a las santas mujeres que te acompañaban, hoy también llamas a cada uno para que te siga, para que viva una vida cristiana, una vida de santidad, una vida de elección.

Jesús, no quiero rechazar tu llamada, no quiero dejarte solo.

Quiero acompañarte, ayudarte, servirte con lo que tengo -con mis bienes- y con lo que soy.

El modo de acompañarte, Jesús, no es único.

Lo importante es tenerte presente durante todo el día, hacer todas las cosas por Ti.

En mi trabajo, en mi estudio; en mis relaciones profesionales, familiares y sociales; en mis ratos de diversión y descanso, he de intentar hacerlo todo lo mejor posible, para podértelo ofrecer, como Abel, que te ofrecía lo mejor que tenía, y como las santas mujeres que te ofrecían sus bienes.

Jesús, la vida de santidad a la que me llamas consiste en tratar de hacer siempre tu voluntad.

Para ello necesito estar cerca de Ti, acompañarte en el sagrario, recibirte en la comunión.

Por eso, la oración y la comunión son medios insustituibles para vivir una vida cristiana.

Y luego, durante el día, debo ingeniármelas para acordarme frecuentemente de que Tú estás a mi lado, y yo al tuyo: teniendo una imagen de la Virgen en mi mesa de trabajo, en mi cuarto, en mi cartera...; ofreciéndote cada hora lo que voy a hacer en ese rato; repitiendo de vez en cuando alguna jaculatoria o pidiéndote por alguna intención.

Jesús, aunque por ser Dios no tienes necesidad de nada, Tú quieres que te siga y te sirva para darme mucho más de lo que yo pueda entregarte.

«El concede su benevolencia a los que le sirven por el hecho de servirle, y a los que le siguen por el hecho de seguirle, pero no recibe de ellos beneficio alguno porque es perfecto y no tiene ninguna necesidad. Si Dios solicita el servicio de los hombres es para poder, siendo bueno y misericordioso, otorgar sus beneficios a aquellos que perseveran en su servicio» (San Ireneo).

Jesús, a mí también me has curado de muchas enfermedades y me has librado de muchos peligros.

Que me decida de una vez a seguirte para anunciar «la buena nueva del Reino de Dios», para ser apóstol en el mundo que me ha tocado vivir.

Sé que al darte lo que tengo -mi tiempo, mis ilusiones- no estoy haciendo un sacrificio sobrehumano: estoy dándote lo que te corresponde porque es tuyo.

Además, Tú premias mi generosidad con el ciento por uno en la tierra y con la vida eterna en el cielo.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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14 septiembre 2011 3 14 /09 /septiembre /2011 18:10

Meditación: Jueves de la semana 24 del tiempo ordinario; 15 de septiembre, 2011. Año impar

«Uno de los fariseos le rogaba que comiera con él; y entrando en casa del fariseo se sentó a la mesa. Y he aquí que había en la ciudad una mujer pecadora que, al enterarse que estaba sentado a la mesa en casa del fariseo, llevó un vaso de alabastro con perfume, se puso detrás a sus pies llorando y comenzó a bañarlos con sus lágrimas, los enjugaba con sus cabellos, los besaba y los ungía con el perfume.

Viendo esto el fariseo que lo había invitado, decía para sí: «Si éste fuera profeta, sabría con certeza quién y qué clase de mujer es la que le toca: que es una pecadora». Jesús tomó la palabra y dijo: «Simón, tengo que decirte una cosa». Y él contestó: «Maestro, di». «Un prestamista tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta. No teniendo éstos con qué pagar, se lo perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le amará más?». Simón contestó: «Estimo que aquel a quien perdonó más». Entonces Jesús le dijo: «Has juzgado con rectitud». Y vuelto hacia la mujer; dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies; ella en cambio ha bañado mis pies con sus lágrimas y los ha enjugado con sus cabellos. No me diste el beso; pera ella, desde que entré no ha dejado de besar mis pies. No has ungido mi cabeza con óleo; ella en cambio ha ungido mis pies con perfume. Por eso te digo: le son perdonados sus muchos pecados, porque ha amado mucho. Aquel a quien menos se perdona menos ama». Entonces le dijo a ella: «Tus pecados quedan perdonados». Y los convidados comenzaron a decir entre sí: «¿Quién es éste que hasta perdona los pecados?». Él dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado; vete en paz». (Lucas 7,36-50)

1º. Jesús, perdonas los pecados de esa mujer pecadora porque ha demostrado su amor y su dolor con hechos concretos.

Además, no tiene vergüenza para manifestar públicamente su conversión, como público era también su pecado.

Tú conocías su arrepentimiento antes de que viniera a la casa de Simón, pero esperas a que lo manifieste en tu presencia antes de perdonarla.

Jesús, algunos piensan que se pueden confesar «directamente» contigo, sin necesidad de manifestar su arrepentimiento en la confesión.

Pero Tú, que eres el que perdonas, tienes el derecho de establecer el procedimiento para perdonar.

Y para ello has instituido el Sacramento de la Penitencia.

Además, como cristianos, al pecar ofendemos también a la Iglesia, y es justo que sea uno de sus ministros el que, en tu nombre, tenga la capacidad de borrar ambas culpas.

«Al hacer partícipes a los Apóstoles de su propio poder de perdonar los pecados, el Señor les da también la autoridad de reconciliar a los pecadores con la Iglesia. Esta dimensión eclesial de su tarea se expresa particularmente en las palabras solemnes de Cristo a Simón Pedro: A ti te daré las llaves del Reino de los cielos; y lo que atares en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos» (CEC.-1444).

2º. «No te preocupen esas contradicciones, esas habladurías: ciertamente trabajamos en una labor divina, pero somos hombres... Y resulta lógico que, al andar; levantemos el polvo del camino.

Eso que te molesta, que te hiere..., aprovéchalo para tu purificación y, si es preciso, para rectificar» (Surco.-908).

Jesús, Simón no es sincero contigo: está juzgando torcidamente en su interior, mientras por fuera te ofrece amablemente un banquete.

Es la actitud propia del soberbio que se cree por encima, en posesión de la verdad.

«No juzguéis y no seréis juzgados» (Lucas 6,37), me recuerdas.

Si veo alguna falta, en vez de murmurar, lo que debo hacer es comentársela a esa persona con intención de ayudar, como Tú hiciste con Simón: le comentaste todas sus faltas de delicadeza sin amargura, sin enfado, con amabilidad.

Jesús, no me puede extrañar que, si me decido a vivir en serio mi vida cristiana, alguna gente a mi alrededor pensará -y hablará- mal de mí.

Sencillamente, no todos entienden el camino de santidad en medio del mundo: una lucha personal, interior, sin hacer cosas raras.

Que no me preocupe si no entienden.

Esas contradicciones me sirven para mi purificación y, si es preciso, para rectificar.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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13 septiembre 2011 2 13 /09 /septiembre /2011 17:50

Meditación: La Exaltación de la Santa Cruz

«En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: -Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del Hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”.» (Juan 3,13-17).

1º. Jesús, hablas de creer, de tener fe.

La fe es muy razonable, y estudiando la doctrina se entienden muchas cosas.

Pero hay un salto que no depende de la razón humana, sino de creer que Tú eres el Hijo de Dios y que, por tanto, hablas de lo que sabes y das testimonio de lo que has visto.

«Sólo te preocupas de edificar tu cultura. -Y es preciso edificar tu alma. -Así trabajarás como debes, por Cristo: para que El reine en el mundo hace falta que haya quienes, con la vista en el cielo, se dediquen prestigiosamente a todas las actividades humanas, y desde ellas, ejerciten calladamente -y eficazmente- un apostolado de carácter profesional» (Camino.-347).

Jesús, desde mi infancia, voy edificando mi cultura, mis conocimientos; mi capacidad crítica, de entender el mundo y de comunicarme; mi capacidad de trabajo, mi memoria.

¿Y mi alma?

A veces parece que la tengo todavía a nivel de “primera comunión”: en el conocimiento y profundización de la doctrina; en la capacidad de sacrificio y de oración; o a la hora de defender la fe o de tomar decisiones con visión cristiana.

Nicodemo era maestro en Israel, pero le hacía falta nacer de nuevo: conjugar esa cultura humana con la visión sobrenatural que da la fe en Ti, muerto en la cruz por amor a los hombres.

Jesús, Tú quieres que sepa conjugar, como Nicodemo, el prestigio profesional humano con una fe profunda, que mire al cielo.

Así habrá gente de talento que sepa resolver los problemas humanos con visión cristiana: justicia, honradez, solidaridad.

Y de este modo podrá ejercitarse -callada pero eficazmente- un apostolado de carácter profesional.

Jesús, creer es tarea que ocupa toda la vida y abarca todos los actos: es un «estado vital», un modo de vivir, no sólo un modo de pensar.

No es suficiente «decir» que uno es cristiano, ni siquiera vale con «sentirse» cristiano.

 Pensar así sería un triste engaño, porque el juicio mira las obras.

En el fondo, Jesús, la tarea que me pides desde la cruz -esa tarea de creer en el nombre del Hijo Unigénito de Dios-, se identifica con mi lucha por ser santo: es decir, con intentar que mis obras, mi vida entera, sean hechas según Dios, buscando cumplir la voluntad de Dios.

2º. «Cuando tenemos turbia la vista, cuando los ojos pierden claridad, necesitamos ir a la luz. Y Jesucristo nos ha dicho que Él es la luz del mundo y que ha venido a curar a los enfermos.

-Por eso, que tus enfermedades, tus caídas -si el Señor las permite-, no te aparten de Cristo: ¡que te acerquen a Él!» (Forja.- 158).

Jesús, cuando a veces mis obras no son las que deberían ser, tengo la tentación de montarme mi teoría para quedarme más tranquilo: yo soy de los «normales»; ya es bastante con lo que hago, comparado con los demás..., etc.

Si hago caso de estos razonamientos -que proceden de la cobardía propia del que «no viene a la luz, para que sus obras no sean reprobadas», iré perdiendo la claridad que tenía cuando estaba más cerca de Ti, me iré alejando más y más de Ti.

Que me dé cuenta, Jesús, de que el cristiano debe compararse contigo, no con los demás; y que lo normal para un hijo de Dios es luchar por ser santo, aunque cueste.

Que no me engañe, que me mantenga en la verdad, y que, si mis ojos pierden claridad, vuelva a la luz, pues «el que obra según la verdad viene a la luz.»

Jesús, Dios me ha amado tanto que te ha entregado para salvarme, para curar mis enfermedades, mis caídas.

A mí me pides que crea en Ti, es decir, que mis obras sean hechas según Dios, que busque hacer la voluntad de Dios.

Pero si en esta lucha por la santidad tengo derrotas, ¡que no me aparten de Ti, Jesús!

Es entonces, precisamente, cuando más te necesito, porque Tú mismo has dicho: «No tienen necesidad de médico los que están sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a la penitencia». (Lucas 5,31-32).

Jesús, que siempre que lo necesite, acuda con prontitud al Sacramento de la Penitencia, que es el «sacramento de la luz» porque me devuelve la gracia y aplica en la práctica los méritos de tu Redención; de modo que, al creer en Ti, «no perezca sino que tenga vida eterna»

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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13 septiembre 2011 2 13 /09 /septiembre /2011 17:44

Meditación: Miércoles de la semana 24 del tiempo ordinario; 14 de septiembre 2011. año impar

«Así pues, ¿a quién diré que son semejantes los hombres de esta generación? ¿A quién se parecen? Son semejantes a los niños sentados en la plaza y que se gritan unos a otros aquello que dice: "Hemos sonado la flauta y no habéis danzado, hemos cantado lamentaciones y no habéis llorado".

Porque llegó Juan el Bautista, que no comía pan ni bebía vino, y decís: "Tiene demonio". Llegó el Hijo del Hombre, que come y bebe, y decís: "He aquí un hombre comilón y bebedor, amigo de publicanos y de pecadores". Y la sabiduría ha sido justificada por todos sus hijos». (Lucas 7, 31-35)

1º. Jesús, te lamentas ante la incredulidad de los judíos, después de tantos signos que habías realizado para convertirlos.

Has satisfecho sus necesidades más materiales -pan, salud- y no te lo han agradecido: «hemos sonado la flauta y no habéis cantado».

Vas a morir por ellos, y no se mueven a compasión: «hemos cantado lamentaciones y no habéis llorado».

 Has compartido mis alegrías y mis penas para que responda, para que -agradecido por lo mucho que me amas- me esfuerce yo también en amarte.

Jesús, a veces algunos se quejan de que Dios se esconde.

Si a Dios le preocupamos tanto -dicen- que lo demuestre...

Pero ¿qué más puedes hacer?

Te has hecho hombre para redimimos del pecado y hacemos hijos de Dios.

Lo que ocurre es que somos como niños pequeños, que no se dan cuenta del amor que les tienen sus padres y se quejan ante cualquier capricho que -por su bien- sus padres no les conceden.

Jesús, me has enseñado con tu vida que no puedo discriminar a nadie, que mi amor de hijo de Dios es universal.

Tú eras amigo de todos: «de publicanos y pecadores».

Por eso no es cristiano despreciar a nadie en particular, ni tampoco a grupos de personas en general: los de un país, los de una raza, los de un equipo de fútbol, los de un partido político.

Cada persona en cada uno de estos grupos puede ser mejor o peor, pero no me toca a mi juzgarlas, y menos aún generalizar.

«La igualdad entre los hombres se deriva esencialmente de su dignidad personal y de los derechos que dimanan de ella» (CEC.-1935).

Aunque es natural que se formen distintos grupos entre personas de una sociedad, ya sea por la raza, por la cultura, por la profesión o por las preferencias, debo recordar siempre que, por debajo de estas diferencias superficiales, existe una unidad fundamental: todos somos hijos de un mismo Padre y, por tanto, hermanos.

2º. «El día que te levantes de la mesa sin haber hecho una pequeña mortificación has comido como un pagano» (Camino.-681)

Jesús, la gente te ve comer y beber con normalidad, sin hacer cosas raras.

Por eso te llegan a tachar de «comilón y bebedor».

Sin embargo, no te dejarías llevar por el instinto del gusto, sino que te alimentarías con moderación, con el señorío del que domina sus propios apetitos.

Yo también debo aprender a comer y beber así: sin rarezas, pero con moderación.

Jesús, si quiero imitarte he de vivir siempre con naturalidad, sin hacer cosas llamativas o raras.

Tú te comportaste como uno más: en tu infancia y juventud, trabajando en el taller de José; incluso en tus años de vida pública, conviviendo con todos, comiendo, bebiendo, descansando, etc.

Sin embargo, en medio de esa naturalidad, quieres que sea un alma penitente: que sepa tomar la cruz cada día ofreciéndote pequeños sacrificios.

De este modo, me uno más a Ti en la cruz, y te pido perdón por mis pecados y los de los demás.

Una buena ocasión para ofrecerte pequeños sacrificios sin que se enteren los demás -con naturalidad- es la comida.

Jesús, te tacharon «comilón y bebedor», mientras que Tú vivías con perfección la virtud de la sobriedad.

Está claro que no se trata de hacer cosas espectaculares.

Para vivir esta virtud en las comidas con naturalidad, basta con que coma un poco más de lo que me gusta menos o un poco menos de lo que me gusta más.

De esta manera, en cada comida estoy haciendo una pequeña mortificación que me une más a Ti, enrecia mi voluntad y me da el señorío sobre mis apetitos que es propio de los hijos de Dios.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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