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9 diciembre 2013 1 09 /12 /diciembre /2013 15:30

Meditación Mateo 18,12-14: Martes II Semana de Adviento, Ciclo A.10 de diciembre, 2013.

Dios nos ayuda siempre a la conversión: «No es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños»

 

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le descarría una de ellas, ¿no dejará en los montes las noventa y nueve, para ir en busca de la descarriada? Y si llega a encontrarla, os digo de verdad que tiene más alegría por ella que por las noventa y nueve no descarriadas. De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños»” (Mateo 18,12-14).

1. –“¿Qué pensáis de esto? Si un hombre tiene cien ovejas, y una de ellas se descarría, ¿no dejará las noventa y nueve en el monte, e irá en busca de la descarriada?” Jesús, tú habías visto a los pastores abandonar la guarda del conjunto del rebaño para ir por los riscos a buscar la oveja perdida. Y pensaste que Dios es así. Por su parte no hay nunca ruptura. Cuando una sola alma se aleja de El, esto no le deja indiferente. Procuro contemplar, en el mundo de hoy y para con los hombres y mujeres que conozco, este anhelo del corazón de Dios. Un Dios a la búsqueda... del hombre. Un Dios que mantiene el contacto.

«Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas...» Es preciosa la imagen del buen pastor que va a por la oveja perdida dejando las 99. «Jesús no sabe matemáticas –decía Van Thuân en el retiro que dio ante Juan Pablo II, al hablar de los «defectos» de Jesús-. Lo demuestra la parábola del Buen Pastor. Tenía cien ovejas, se pierde una de ellas y sin dudarlo se fue a buscarla dejando a las 99 en el redil. Para Jesús, uno vale lo mismo que 99 o incluso más».

-“Y si por dicha la encuentra -en verdad os digo- que más se alegra por causa de ésta, que por las noventa y nueve que no se le han perdido”. El centro de esta parábola es: ¡la alegría de Dios! Su alegría es encontrar de nuevo, es perdonar, es salvar, es devolver la felicidad. La "misericordia" de Dios es la principal de las maravillas de Dios al mundo. Un Dios que no condena. Un Dios que no riñe al descarriado. Un Dios que va en su búsqueda, y que es feliz al encontrarle. Quiere a todas las otras ovejas; pero ésta le ha dado una particular alegría; y desde ahora se sentirá más vinculado a ella: porque le ha salvado la vida. Habría muerto desgraciada, lejos del rebaño. Y he ahí que trota alegremente entre sus compañeras.

-“Así que no es la voluntad de vuestro Padre, que está en los cielos, el que perezca uno solo de estos pequeñuelos”. Es esta una frase absolutamente capital. Es la culminación del evangelio, o un corazón, un centro, del evangelio. Es lo que explica el resto: la encarnación, la pasión de Jesús. ¡"Dios quiere" la salvación de todos! ¡Dios "no quiere" que uno solo se pierda! ¡Aquí está la "voluntad de Dios! ¡Aquí está su querer! He ahí por lo que se afana cada día: salvar... salvar... salvar...

-“Uno solo de estos "pequeños"” El más "pequeño", el más insignificante en apariencia... ¡es importante a los ojos de Dios! (Noel Quesson).

Jesús con las parábolas nos prepara para la aventura de la vida, para no caer en los lazos de la visión exclusivamente racional, “las matemáticas”; y proclama esa llamada universal para todos: la meta es ser santos. Para ello nos llama el Señor: “Yo te he escogido! Tu eres mío!” Nos ha llamado por amor, no por nuestros méritos, y nos busca siempre para recordarnos nuestra condición (estar en el redil: tener una vida llena, de amor). Dios se nos da, y nos recuerda que sin donación no hay vida, ésta se quema sin sentido. “Que tu vida no sea una vida estéril. —Sé útil. —Deja poso. —Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor.

”Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. —Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón” (J. Escrivá). Es Dios quien nos pone esos ideales grandes, quien con su Resurrección nos invita a ir “¡mar adentro!” Mar adentro significa hacerlo todo por amor (estudio o trabajo, deporte o un paseo…). También significa que Dios me espera con los brazos abiertos siempre, como vemos en la parábola del hijo pródigo o la que comentamos hoy, de la oveja perdida. Hay una significación profunda en todo ello, y es que Dios nos trata a cada uno como a su hijo. Lo ponía de relieve de manera muy bonita san Josemaría Escrivá: “Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo. -Vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, donde brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre a nuestro lado.

”Y está como un Padre amoroso -a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos-, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo... y perdonando.

”Cuántas veces hemos hecho desarrugar el ceño de nuestros padres diciéndoles, después de una travesura: ¡ya no lo haré más!

”-Quizá aquel mismo día volvimos a caer de nuevo... -Y nuestro padre, con fingida dureza en la voz, la cara seria, nos reprende..., a la par que se enternece su corazón, conocedor de nuestra flaqueza, pensando: pobre chico, ¡qué esfuerzos hace para portarse bien!

”Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en los cielos».

La santidad consiste en amar a Dios con todas tus fuerzas, hacerlo todo por Él, y para ello apartar lo que nos aparta de Él, quitarlo, tirarlo. Pero si sólo fuera esto, podríamos desanimarnos, perdernos. En cambio, el Evangelio de hoy nos recuerda que todo tiene remedio, que nunca hay motivos para la desesperación, que por más defectos no hemos de descorazonarnos, que este sentirnos amados por Dios siempre nos anima luchar mucho más que el miedo al castigo. Recuerdo lo que le pasó en la guerra de la antigua Yugoeslavia a un Capitán llamado O’Grady, que cayó en terreno enemigo y se escondió muy bien en la selva, estuvo una semana hasta que lo rescataron –de modo espectacular, en helicóptero-, aprendiendo a sobrevivir en condiciones penosas. Aludiendo a la suerte que tuvo, luego diría: “ha sido el entrenamiento y Dios”. La certeza de que Dios nos ama es un acicate para recomenzar cada día, cada momento. Son ejemplo de no cumplir con las normas, pero no por ello desesperar, muchos personajes de la Escritura Sagrada, comenzando por el rey David, continuando con san Pedro, y tantos santos nos lo recuerdan con sus vidas. Precisamente un signo grandioso que demuestra la autenticidad de la Historia Sagrada es que no se han mitificado las cosas malas del pueblo, sino que aparecen con toda su crudeza. Todo ello nos habla de que lo importante no es la perfección en todos los actos sino el amor que siempre resulta, al final de recomenzar. La Magdalena llora su pecado y es santa. El pecado nos da la sensación subjetiva de que aquello ya no tiene arreglo: dicen que es la gran tentación del demonio, que aprovecha estos momentos, y nos hace pensar que “de perdidos al río” con una tristeza que lleva a pecar ya sin medida. Pero es una concepción individualista del pecado, de trauma encubierto o de un resentimiento mal curado. Sería como haberse manchado, una falta de ortografía, un jarrón precioso que se ha roto. Pero la relación personal nunca es así, si el pecado es ofensa a Dios, es a una Persona a la que hemos de pedir perdón cuanto antes, sin caer en razonamientos que sería como decir “pues le he dado una bofetada a esta persona, pues ya le doy cien”.

Lo mejor para huir del pecado es pensar en cuestión de amor: “¿Qué cuál es el secreto de la perseverancia? El amor. Enamórate, y no le dejarás” (J. Escrivá), y saber recomenzar. Para ello, hay que evitar las ocasiones, aquellos lugares o ciertas actividades en momentos de ocio, la valentía de huir de las ocasiones, de las tentaciones, no enfrentarse a ellas sino huir… la mejor muestra de arrepentimiento es levantarse enseguida, ir a curarse, no morir desangrado, dejar el alma sensible sin caer en la dureza del alma.

Nunca es tan grande el hombre como cuando arrodillado pide perdón. Reconocer que somos pecadores para poder acoger el perdón, como el publicano y no como el fariseo, es algo muy bonito, que lleva a una sana comprensión o aceptación de uno mismo que lleva a no escandalizarse, y por eso también ser más comprensivos con los demás. Cuentan que Aníbal en sus barcos de guerra llevaba vasos con víboras que había mandado prender a sus soldados, que cuando llegaron a luchar contra el enemigo, las lanzaron y picaron a muerte a los que se reían de aquella extravagancia del general, sin pensar en sus mortíferas mordeduras. Cuando fueron cayendo por ellas, esto causó el pánico y consiguió Aníbal la victoria. Esto lleva a pensar en una cierta “estrategia” del demonio, que es reírse del peligro y luego en cambio caer en el pánico. No hay que caer en la soberbia, que hace despreciar el peligro y por imprudencia caer en el él, para luego justificarnos, no reconocer nuestros fallos, y acabar con el desánimo. Por tanto, vasos sí somos, y portadores de Dios, pero vasos deleznables. Fallamos, pues tenemos pasiones, errores, flaquezas, y el buen pastor siempre nos va a ayudar, a decirnos aquel “¡levantaos, vamos!” que proclamó Jesús en aquella oración del huerto. (Son muchas las ocasiones que la liturgia comenta esta imagen del buen pastor, que aquí hemos visto en la perspectiva de ir a buscar la perdida, sobre todo cuando Jesús asume esta imagen, pues él es el buen pastor que da la vida por las ovejas, es decir por nosotros. Habrá ocasión de volver sobre el tema).

2. –“Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios. Hablad al corazón de Jerusalén”. Palabras de Isaías que vienen de Dios, tan humanas, todas llenas de emoción. Se está preparando la Encarnación de Dios: «Navidad» se acerca... un Dios que viene a consolar, un Dios que «habla al corazón». Pero, ¿qué quiere decirnos Dios? ¿Qué tiene que decirnos tan importante y tan dulce?

-“Proclamad que ya ha cumplido su servicio, que su culpa ya está perdonada, que Jerusalén, de la mano del Señor, ha recibido doble castigo por todas sus faltas...” Sí, quiere hablarnos de la misericordia de su Corazón. Los deportados a Babilonia han terminado ahora su duro exilio, han pagado bastante caro su redención. Pronto serán liberados y volverán a su país. Dios está conmovido. Su corazón no quiere el castigo del pecador, sino sólo su arrepentimiento. Es como si hubiera castigado algo forzado. Los profetas siempre interpretaron el destierro a Babilonia como un castigo por los pecados del pueblo de Israel. Pero ahora todo está perdonado, nos encontramos ante la experiencia muy humana de un padre o de una madre que sufre por tener que hacer o permitir un daño a su hijo por su propio bien. Contemplo en silencio los sentimientos de Dios... la misericordia de Dios hacia mí...

-“Una voz clama: «Preparad en el desierto el camino del Señor... Trazad en la estepa una calzada recta para nuestro Dios. Que todo valle sea elevado y todo monte y cerro, rebajado»”. Los deportados a Babilonia habían sido obligados a duros trabajos y aquí vemos que todo forma parte de un «camino para Dios». ¡Dios viene! Juan Bautista repitió exactamente esta palabra. ¡Dios viene! HOY se me invita a "preparar" a «abrir» un camino para El... en las «tierras áridas» de la estepa... con grandes esfuerzos, ¡«desplazando los montes» si es preciso!

-“Súbete a un alto monte, portador de la buena nueva para Sión”. Clama con voz poderosa, mensajero de la buena nueva para Jerusalén. Di a las ciudades de Judá: «Ahí está nuestro Dios...

“¡Ahí viene el Señor!” Evangelizar, dar la buena nueva, es decir: «Ahí está vuestro Dios, el Señor viene». Ahora bien, es preciso que ésta sea la fe del mensajero para poder proclamarla a los demás. Ejercitarme en ver "la venida" de Dios a través de los signos imperceptibles. Dios «está viniendo». El verbo es usado en presente: viene... y no en futuro: vendrá.

-“Como un pastor pastorea su rebaño, recoge en brazos sus corderos, los lleva junto a su pecho, y trata con cuidado a las que amamantan sus crías”. Así hablas de mí... y de todos los hombres... Señor (Noel Quesson).

3. No es extraño que el salmo nos haga cantar sentimientos de alegría por la cercanía mostrada en todo tiempo por Dios a su pueblo: «cantad al Señor, bendecid su nombre, delante del Señor que ya llega, ya llega a regir la tierra». El amor de Dios nos debe llevar a ser constructores de un mundo más justo, más fraterno y más en paz, pues la rectitud y la justicia, con las que el Señor rige a las naciones, han de ser el esfuerzo de la actividad evangelizadora y pastoral de todos los que nos gloriamos en formar la Iglesia de Cristo.

Llucià Pou Sabaté

 

Fuente: www.almudi.org

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7 diciembre 2013 6 07 /12 /diciembre /2013 21:58

Meditación Inmaculada Concepción de la Virgen María: Lucas 1,26-38: Lunes II Semana de Adviento. Ciclo A. 9 de diciembre, 2013.

Luz en el adviento, esperanza para nosotros sus hijos.

 

«En el sexto mes fue enviado el ángel Gabriel departe de Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de nombre José, de la casa de David, y el nombre de la virgen era María. Y habiendo entrado donde ella estaba, le dijo: Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo. Ella se turbó al oír estas palabras, y consideraba que significaría esta salutación. Y el ángel le dijo: No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios: concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob, y su Reino no tendrá fin.
María dijo al ángel: ¿De que modo se hará esto, pues no conozco varón? Respondió el ángel y le dijo: El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá será llamado Santo, Hijo de Dios (...). Dijo entonces Maria: He aquí la esclava del Señor hágase en mí según tu palabra. Y el ángel se retiró de su presencia» 
(Lucas 1,26-38).

 

1. Leemos hoy el momento sublime de la Anunciación: vocación de María, y la comunicación de la plenitud de su gracia, ya antes de la concepción: “Llena de gracia(…) No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios.» No tengas miedo, madre mía, pues aunque la misión es inmensa, también es extraordinaria la gracia, la ayuda que has recibido de parte de Dios.

Toda la creación espera ese momento de tu respuesta, cuando el Señor te invita: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti.» Madre y Virgen: «Virgen antes del parto, en el parto y por siempre después del parto» (Pablo IV). Dios puede hacerlo. Si no, no sería Dios, si no pudiera hacer milagros. Y ella cree:

«He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra.» Madre mía, ves el camino y respondes con una entrega total: aquí estoy, para lo que haga falta. ¡Qué ejemplo para mi vida, para mi entrega personal a los planes de Dios! Ayúdame a ser generoso con Dios. Que, una vez tenga claro el camino, no busque arreglos intermedios, soluciones fáciles. Sé que si te imito, Madre, seré enteramente feliz (Pablo Cardona).

«Nuestra Madre es modelo de correspondencia a la gracia y, al contemplar su vida, el Señor nos dará luz para que sepamos divinizar nuestra existencia ordinaria. (...) Tratemos de aprender, siguiendo su ejemplo en la obediencia a Dios, en esa delicada combinación de esclavitud y de señorío. En María no hay nada de aquella actitud de las vírgenes necias, que obedecen, pero alocadamente. Nuestra Señora oye con atención lo que Dios quiere, pondera lo que no entiende, pregunta lo que no sabe. Luego, se entrega toda al cumplimiento de la voluntad divina: «he aquí la esclava del Señor hágase en mí según tu palabra». ¿Veis la maravilla? Santa María, maestra de toda nuestra conducta, nos enseña ahora que la obediencia a Dios no es servilismo, no sojuzga la conciencia: nos mueve íntimamente a que descubramos «la libertad de los hijos de Dios» (san Josemaría).

Libertad personal, espontaneidad, ser fiel a proyecto personal, son los valores que están hoy de moda. Pero tú, María, me enseñas hoy que es la obediencia de la fe, el servicio, el modo de descubrir mi proyecto, el que Dios me ha dado con la vida. Tu proyecto, María, es mucho más grande del que podías nunca soñar: “vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin».

No importa que nos veamos poca cosa, pues “ninguna cosa es imposible para Dios».

Podemos rezarte hoy, santa María: “¿Quién es esta, que se levanta como la aurora, que es hermosa como la luna, y resplandece como el sol?” Podemos cantarte la canción: “Eres más pura que el sol, / más hermosa que las perlas / que ocultan los mares, / Ella sola entre tantos mortales / del pecado de Adán se libró. / Salve, salve, cantaban, María, / que más pura que Tú sólo Dios. / Y en el Cielo una voz repetía: / más que Tú sólo Dios, sólo Dios.

 Tú eres toda hermosa, / ¡Oh Madre del Señor!; / tú eres de Dios gloria, / la obra de su amor.

¡Oh rosa sin espinas / oh vaso de elección!, / de ti nació la vida, / por ti nos vino Dios.

Sellada fuente pura / de gracia y de piedad, / bendita cual ninguna, / sin culpa original.

Infunde en nuestro pecho / la fuerza de tu amor, / feliz Madre del Verbo, / custodia del Señor. Amén”.

Si una joven va a caer en un charco de barro y su padre la detiene y la libra de caer, ¿no es mejor esto que haberla dejado caer y sacarla después del charco? Así hizo Dios con la Virgen María. No la dejó caer en el pozo de la mancha del pecado original". Y continúa así el antiguo poema: "Decir que Dios no podía / es manifestar demencia / y es faltar a la  clemencia / si pudiendo no quería.

Creer que en algún pecado, / a Ti la culpa llegó, / es pensar que se juntó / la gracia con el pecado.

¿No es un médico mejor / el que puede preservar / antes que uno se enferme, / que ya después de enfermar?

Pongamos que una paloma / iba a dar en una red. / Y  que alguien muy piadoso / la libró de no caer. / ¿No es esta una redención / que ella debe agradecer?

Así redimió Dios / a la Virgen sacrosanta / no del pecado que tuvo, / sino del que debió tener.

Para Dios qué cuesta más / siendo inmenso su poder: / ¿detenerla que no caiga / o levantarla después?

Pues que lo pudo hacer Dios, / ¿por qué no lo había de hacer? / Que lo pudo está en el Credo.

Pues ¿por qué no he de creer / que si lo pudo lo quiso / estándole a Dios tan bien?

Que si en gracia fue creado / Adán y aun su mujer, / mejor lo sería María / que es mil veces mejor que él.

La Virgen, al decir que sí al Señor, cambia al mundo. En la multiplicación de los panes y peces aquel muchacho podría pensar: si doy lo poco que tengo, me quedo sin nada. Pero no piensa así y se hace, por él, un milagro. Cuando le doy al Señor se hace algo mágico. Lo importante no es que sea poco, sino que sea todo. Dios no necesita nada, pero es tan grande su Amor que quiere hacernos colaboradores. Quiere necesitar de nosotros.  Y ella aplasta la cabeza del mal. El demonio no puede nada contra Ella y contra sus hijos. Con ella se abren todas las puertas, se rompen todas las barreras: Con Ella, todo se vence. Es Remedio de los remedios. Ella es, también, nuestra fortaleza.  Vamos a rezarle cuando algo nos cueste, y siempre.

 

2. En el libro del Génesis (de los comienzos) vemos que “después que Adán comió del árbol, el Señor Dios lo llamó: —“¿Dónde estás?” El contestó: —“Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí”. El Señor le replicó: —“¿Quién te informó que estabas desnudo?, ¿es que has comido del árbol del que te prohibí comer?” Adán respondió: —“La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto y comí”.

El Señor Dios dijo a la mujer: —“¿Qué es lo que has hecho?” Ella respondió: —“La serpiente me engañó y comí”. Y Dios anunció que vendría un linaje y una mujer especial: “ella te herirá en la cabeza cuando tú la hieras en el talón”. Qué pena, después del pecado, que se echaban la culpa Adán y Eva uno al otro, y que perdieran todos los poderes que tenían… pero qué alegría que Dios anunciara que vendría María Virgen y que nos traería a Jesús.

Por eso decimos en el salmo: “Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas”, y podemos cantar victoria, porque nos acompaña María. Desde pequeños nos han enseñado a rezarle, y hoy queremos honrarla con aquella oración: “Bendita sea tu pureza y eternamente lo sea; pues todo un Dios se recrea en tan graciosa belleza. A ti, celestial Princesa, Virgen sagrada María, yo te ofrezco en este día alma, vida y corazón; mírame con compasión, no me dejes, Madre mía”.

 

3. San Pablo a los Efesios canta: “Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió… antes de crear el mundo para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor… a ser sus hijos”.  Con Cristo somos hijos de Dios. ¡Gracias a ti, Virgen María!

 

Llucià Pou Sabaté

 Fuente: www.almudi.org

 

 

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6 diciembre 2013 5 06 /12 /diciembre /2013 16:10

Meditación; Mateo 3, 1-12: II Domingo de Adviento.  Ciclo A. 8 de diciembre, 2013.

«En aquellos días apareció Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea y diciendo: Haced penitencia porque está al llegar el Reino de los Cielos. Este es aquél de quien habló el profeta Isaías diciendo: Voz del que dama en el desierto: preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas.

Llevaba Juan una vestidura de pelo de camello con un ceñidor de cuero a la cintura, y su comida eran langostas y miel silvestre. Entonces acudía a él Jerusalén, toda Judea y toda la comarca del Jordán, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados. Como viese que venían a su bautismo muchos de los fariseos y de los saduceos, les dijo: Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la ira que ha de venir? Haced, pues, frutos dignos de penitencia, y no os justifiquéis interiormente pensando: tenemos por padre a Abrahán. Mirad que el hacha está ya puesta a la raíz de los árboles y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego. Yo os bautizo con agua para la conversión, pero el que viene después de mi es más poderoso que yo; yo no soy digno ni de llevar sus sandalias. Él os bautizará en el Espíritu Santo y en fuego». (Mateo 3, 1-12)

 

1. Jesús, en este segundo domingo de Adviento aparece la figura de Juan el Bautista, el último profeta, cuya misión era prepararte el camino.

Yo me estoy preparando también para tu nacimiento, por eso me interesa conocer qué debo hacer para disponerme mejor a tu venida.

“Haced penitencia porque está al llegar el Reino de los Cielos.”

Está claro, Jesús, que tengo que pedir perdón.

Habitualmente ya lo hago, pero sólo de cosas gordas.

Ayúdame a detectar pequeños detalles en los que te he fallado: faltas de generosidad, de mal genio, de comodidad, etc.

Quiero además ofrecerte algún pequeño sacrificio como penitencia: algún detalle de sobriedad, de servicio a los demás, de puntualidad, de orden...

Esta pequeña mortificación me ayudará a preparar mejor la Navidad.

“Haced, pues, frutos dignos de penitencia, y no os justifiquéis. Todo árbol que no dé buen fruto será cortado.”

Señor, tu nacimiento es una llamada a la santidad: he de dar fruto.

No valen las justificaciones, no es suficiente la apariencia ni la palabrería: he de ser santo de verdad.

“Y no hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual. El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación que conducen gradualmente a vivir en  la paz y el gozo de las bienaventuranzas” -CEC. 2015

2. “El espíritu de penitencia está principalmente en aprovechar esas abundantes pequeñeces  acciones, renuncias, sacrificios, servicios. . .- que encontramos cada día en el camino, convirtiéndolas en actos de amor, de contrición, en mortificaciones, y formar así un ramillete al final del día: un hermoso ramo, que ofrecemos a Dios” Forja. -408

Jesús, me pides santidad en mi vida ordinaria, en mi vida corriente.

Esto parece imposible.

Pero no me parece tan imposible cuando me doy cuenta de lo que se trata: aprovechar esas abundantes pequeñeces, convirtiéndolas en actos de amor de con tricción, de penitencia.

Jesús, cuántas veces en vez de protestar por algo, te lo puedo ofrecer; cuántas veces puedo adelantarme antes de que me pidan un favor y hacer ese pequeño servicio por amor a Ti; cuántas veces puedo dejar el mejor sitio, la mejor fruta, el programa que a mí me interesa, para que otro esté más a gusto y más contento.

Sé por experiencia que el que está más a gusto y más contento soy yo, cuando me comporto así.

Jesús, que al final de cada día, al hacer un rato de examen de conciencia para ver cómo me he comportado, pueda ofrecerte un ramillete de pequeños vencimientos por amor a Ti. Y si también me doy cuenta de que te he fallado en algo, te pido perdón y ayuda para no volver a hacerlo.

Y me propongo volver a empezar al día siguiente.

De esta manera, mi vida se irá llenando de frutos buenos y conseguiré la meta final: la santidad.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

Fuente: www.almudi.org

 

 

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6 diciembre 2013 5 06 /12 /diciembre /2013 14:26

Meditación Mateo 9,35 -10,1.6-8.: Sábado I Semana de Advieno.  Ciclo A. 7 de diciembre, 2013.

Ser instrumentos de Dios. El Señor se apiada a la voz de nuestro gemido: Jesús, al ver a las gentes, se compadecía de ellas…

 

“Jesús recorría todas las ciudades y aldeas enseñando en sus sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia. Al ver a las multitudes se llenó de compasión por ellas, porque estaban maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies que envíe obreros a su mies. Habiendo llamado a sus doce discípulos, les dio poder para arrojar a los espíritus inmundos y para curar toda enfermedad y toda dolencia. Id y predicad diciendo que el Reino de los Cielos está al llegar. Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, sanad a los leprosos, arrojad a los demonios; gratuitamente lo recibisteis, dadlo gratuitamente” (Mateo 9,35 — 10,1.6-8).

 

1. –“Jesús recorría todas las ciudades y villas, enseñando en sus sinagogas”. No sólo te gusta enseñar en aire abierto, Señor, veo que también te acomodas al uso de tu gente, el sábado en la sinagoga. -“Predicando la "buena" nueva del reino de Dios y curando toda dolencia”. Nos liberas de lo que oprime al hombre, en su inteligencia con las mentiras que impiden encontrar la verdad, y en el cuerpo con muchas dolencias. Te pido con el padrenuestro: “Venga a nosotros Tu reino”.

-“Y al ver aquellas gentes, se apiadó entrañablemente de ellas, porque estaban malparadas, y decaídas como ovejas sin pastor”. Así ve Jesús la humanidad: una muchedumbre desencantada, desfallecida... sin verdaderos guías ni buenos pastores que la conduzcan a verdes pastos. El Profeta Ezequiel había acusado a los pastores oficiales, a todos los que mandan, de no apacentar el pueblo, sino a sí mismos... Y dice Jesús: -“La mies es abundante, mas los obreros pocos”... Señor, ves la humanidad como un campo de trigo en sazón ondulante al soplo del viento. La inmensidad del trabajo te lleva a que nos pides que recemos para que vengan colaboradores tuyos. Que con esperanza recemos pues eso lo concede Dios de lo alto: «La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies». Hoy seguimos con esta oración, al ver a tantos desorientados, como ovejas sin pastor, buscando con ansia la felicidad, en formas a veces equivocadas que después de la euforia dejan un rastro de abatimiento, soledad, desconfianza, egoísmo. ¡Qué grande es la libertad, cuando todo un Dios la ha de respetar aún a costa de tanto sufrimiento! Dios necesita de nuestra libertad...

-“Y habiendo convocado a sus doce apóstoles, les dio potestad sobre los espíritus inmundos, para lanzarlos y para sanar toda dolencia y toda enfermedad… a éstos envío Jesús diciendo: … id y predicad… sanad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, lanzad demonios”… el Señor desea hacernos instrumentos suyos para obrar milagros: “Dar luz a los ciegos –decía san Josemaría-: ¿Quién no podría contar mil casos de cómo un ciego casi de nacimiento recobra la vista recibe todo el esplendor de la luz de Cristo? Y otro era sordo, y otro mudo, que no podían escuchar o articular una palabra como hijos de Dios... Y se han purificado sus sentidos, y escuchan y se expresan ya como hombres, no como bestias. «In nomine Iesu!», en el nombre de Jesús sus Apóstoles dan la facultad de moverse a aquel lisiado, incapaz de una acción útil; y aquel otro poltrón, que conocía sus obligaciones pero no las cumplía... En el nombre del Señor, «surge et ambula!», levántate y anda.

”El otro, difunto, podrido, que olía a cadáver, ha percibido la voz de Dios, como en el milagro del hijo de la viuda de Naím: «muchacho, yo te lo mando, levántate». Milagros como Cristo, milagros como los primeros apóstoles haremos. (... ) Si amamos a Cristo, si lo seguimos sinceramente, si no nos buscamos a nosotros mismos sino sólo a Él, en su nombre podremos transmitir a otros, gratis, lo que gratis se nos ha concedido”.

Y enseñar: ayudar a los demás es el arte de las artes (diríamos corrigiendo a Aristóteles, para quien era la política), como decía S. Juan Crisóstomo: “¿qué hay comparable con el arte de formar un alma, de plasmar la inteligencia y el espíritu de un joven?”. Es darles formación, en sus diversos aspectos: humano, doctrinal, profesional, espiritual y apostólico, y esto pone a esas personas en disposición de atender a su vez la llamada divina, y multiplicar los resultados: “Quien escasamente siembra, cosechará escasamente; y quien siembra a manos llenas, a manos llenas recogerá” (2 Cor 9, 6). Como en el grano de mostaza, habrá resultados insospechados, sobre todo cuando surge la confianza y la confidencia tan necesaria para abrir el alma y salir de su soledad, una cierta orientación espiritual, pedir consejo, palabra que estimula, etc. En definitiva, querer con los sentimientos que albergan el corazón de Jesús y de su Madre, mirar al prójimo con sus ojos.

-“A los doce apóstoles, que Jesús había convocado, les dijo: "Id en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel..."” Jesús, te veo con paciencia. No puede hacerse todo a la vez... Hay que empezar por esos. Calma. Te ofrezco, Señor, todas mis ansias misioneras, todo lo que quisiera hacer por tu Reino, y que no llego a realizar.

-“Proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, expulsad demonios”. Es necesario que los apóstoles hagan lo mismo que hizo el Señor (Noel Quesson). Jesús, te veo hoy mostrar la misericordia del Padre, tu compasión como el buen pastor anunciado por los profetas. Veo tu amor incondicional, lo que yo necesito para no sentirme solo.

Cada uno de nosotros necesita un buen pastor que guíe su alma, pues nadie puede orientarse a sí mismo sin una ayuda especial de Dios. Es una gracia especial de Dios poder contar con esa persona llena de sentido humano y sobrenatural que nos ayude eficazmente. Podemos examinarnos con estas palabras: “Cuatro son las condiciones que debe reunir el buen pastor: En primer lugar el amor: fue precisamente la caridad la única virtud que el Señor exigió a Pedro para entregarle el cuidado de su rebaño. Luego, la vigilancia, para estar atento a las necesidades de las ovejas. En tercer lugar, la doctrina, con el fin de poder alimentar a los hombres hasta llevarlos a la salvación. Y finalmente la santidad e integridad de vida; ésta es la principal de todas las cualidades” (Santo Tomás de Villanueva).

Te pedimos, Señor, que, ya que para librar al hombre de la antigua esclavitud te envió el Padre a ti a este mundo, nos conceda a los que esperamos con devoción su venida la gracia de su perdón y el premio de la libertad verdadera (colecta). Decía san Agustín que no vale la excusa de decir que los tiempos son malos y hay egoísmo en el mundo, si no estoy dispuesto a mi enmienda y por falta de buen corazón me hago malo como el mundo del que me quejo, o peor… En el canto de entrada decimos anhelantes: «Despierta tu poder, Señor, Tú que te sientas sobre querubines, y ven a salvarnos». La certeza de la consolación final no está separada del dolor que habitualmente nos acompaña.

San Buenaventura reza: “¡Oh Jesús, Salvador del mundo, sálvanos, ayúdanos, oh Señor Dios Nuestro!, esforzando a los débiles, consolando a los afligidos, socorriendo a los frágiles, consolidando a los vacilantes”... y nos dice: “¡Alégrate, viendo que Jesús ahuyenta los demonios en la remisión del pecado, alumbra a los ciegos infundiendo el verdadero conocimiento, resucita a los muertos al conferir la gracia, cura los enfermos, sana los cojos, endereza a los paralíticos y contraídos, robusteciendo su espíritu,  a fin de que sean fuertes y varoniles por la gracia los que antes eran flacos y cobardes por la culpa”. El «pan de la aflicción» y «el agua de la tribulación» son el alimento diario del hombre. Pero todo será para bien, el Señor «curará nuestras heridas».

 

2. –“Pueblo de Sión, que habitas en Jerusalén, no llorarás ya más. Cuando clamarás, el Señor tendrá piedad de ti; oirá tu voz y te contestará”. Esto se escribe cuando Jerusalén ve acercarse a su puerta la amenaza asiria. Los ejércitos de la época arrasan las ciudades y matan a todos los habitantes, a excepción de los más fuertes que son deportados: “Aquel día de muerte y devastación, cuando se derrumbarán todas las torres de defensa...”

En medio de todo, habrá esperanza: -“En la tribulación el Señor te dará pan de asedio y agua de opresión. El dará lluvia a tu sementera… y el pan que producirá la tierra será rico y sustancioso. Tus ganados pacerán aquel día en vastos pastizales. De tus montañas brotarán manantiales”...Isaias evoca una felicidad paradisíaca, un futuro reino mesiánico del que todo mal habrá desaparecido: hambre... enfermedad... violencia... injusticia...

-“¡No será ya ocultado el que te enseña, y tus ojos le verán!” Ver a Dios. Comunicarse con Dios. ¡Un Dios «que ya no se oculta», que se "deja ver"! Esta es también una de las aspiraciones fundamentales del hombre. Ver al Dios escondido, invisible; al Dios silencioso, ausente, lejano, inaccesible (Noel Quesson). «¡Ven, Señor Jesús!»

-«¡Este es el camino; síguelo!» Los momentos de angustia y tragos amargos no faltan en nuestras vidas, pero ahí podemos seguir también un camino de salvación, de cruz y por tanto de gloria.

 

3. Señor, buen Pastor y salvador, traernos la misericordia de Dios, de ese amor divino que quiere que todos los hombres se salven, pues a nadie creó para la condenación. ¡Enséñanos a abrirnos a tu gracia, y llevar  a otros tu salvación, como el buen samaritano quiero transmitir lo que tú me das a mí: vendar y sanar las heridas del pecado!

Este Salmo 146 fue cantado al Señor por Israel, al salir del destierro: «El Señor sostiene a los humildes». Adviento es también abrirnos a la liberación: «Dichosos los que esperan en el Señor. Alabad al Señor que Él merece todo nuestro canto y nuestra acción de gracias. Él sana los corazones destrozados, venda nuestras heridas», como el Buen Samaritano. «Nuestro Dios es grande y poderoso, conoce el número de las estrellas y a todas las llama por su nombre. Su sabiduría no tiene medida… Dichosos los que esperan en el Señor». Ayúdanos, Señor, a vivir esta esperanza. Quiero clamar, sabiendo que se hará realidad lo de que «apenas te oiga, te responderá». Si andamos desorientados, oiremos muy cerca su voz que nos dice: «éste es el camino, caminad por él». «No se esconderá tu Maestro». Dios es el misericordioso, paciente y dispuesto a acoger al pecador arrepentido y converso. Algunas veces pensamos que el Señor está escondido, que no oye nuestros lamentos, que no atiende nuestras súplicas... Pero no, él está siempre allí, y llegará el momento en que, como dice el profeta, ya no tendremos que llorar, porque se apiadará de nosotros al oír nuestros gemidos, y siempre nos responderá.

 

Llucià Pou Sabaté

 Fuente: www.almudi.org

 

 

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5 diciembre 2013 4 05 /12 /diciembre /2013 20:29

Meditación Mt 9,27-31: Viernes i Semana de Adviento, Ciclo A. 6 de diciembre, 2013. 

Jesús abre nuestros ojos con la fe, como curó los ciegos dándoles la luz

 

“Cuando Jesús se iba de allí, al pasar le siguieron dos ciegos gritando: «¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!». Y al llegar a casa, se le acercaron los ciegos, y Jesús les dice: «¿Creéis que puedo hacer eso?». Dícenle: «Sí, Señor». Entonces les tocó los ojos diciendo: «Hágase en vosotros según vuestra fe». Y se abrieron sus ojos. Jesús les ordenó severamente: «¡Mirad que nadie lo sepa!». Pero ellos, en cuanto salieron, divulgaron su fama por toda aquella comarca”(Mt 9,27-31).

 

1. El Mesías ya ha venido y "abrió los ojos de los ciegos y los oídos de los sordos". La era mesiánica ha comenzado y ha llegado el tiempo anunciado por los profetas. Pero aún somos muchos los que no creemos de verdad en "aquel día que se nos ha prometido". Creemos que es mayor el pecado del mundo que la fuerza salvadora de Jesús. Creemos que el "misterio de iniquidad" es más poderoso que el misterio de la gracia. Creemos que el egoísmo es de nuestro corazón es un muro tan impenetrable que no lo puede traspasar el Señor resucitado.

-“Jesús iba de camino... Dos ciegos le salieron al encuentro gritando”... Me paro un instante a imaginar esta escena concreta como si yo asistiera también. Adviento... Esperamos, como hombres, mujeres, jóvenes, niños... a mi alrededor esperan algo de mí. Su grito es quizá interno. El "grito" es un signo. Signo de una necesidad muy fuerte, de un sufrimiento muy intenso, signo de una sensibilidad afectada a lo vivo. Una necesidad fuertemente sentida, ni que sea solo de tipo humano, (sufrimiento físico o moral, ansia de pan o de amistad, aspiración a una vida mejor), puede ser el punto de partida, el inicio, de una búsqueda de Dios.

Jesús, gracias por curar nuestros males. Te pido que nos cures de la ceguera del egoísmo, ante tanto sufrimiento, sobre todo ceguera ante el sentido del sufrimiento. Benedicto XVI dice que “podemos tratar de limitar el sufrimiento, luchar contra él, pero no podemos suprimirlo. Precisamente cuando los hombres, intentando evitar toda dolencia, tratan de alejarse de todo lo que podría significar aflicción, cuando quieren ahorrarse la fatiga y el dolor de la verdad, del amor y del bien, caen en una vida vacía en la que quizás ya no existe el dolor, pero en la que la oscura sensación de la falta de sentido y de la soledad es mucho mayor aún. Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito”. Hemos de procurar aliviar el sufrimiento, pero el objetivo va más allá, sobre todo cuando no puede quitarse el dolor y hay que transformarlo.

-"¡Hijo de David, ten compasión de nosotros!" Su plegaria es muy simple: es su grito, grito que brota de su sufrimiento. Mi plegaria, también debería ser a veces simplemente esto: la expresión sincera de que algo no marcha bien en mí, alrededor de mí... mi sufrimiento... los sufrimientos de los que yo soy el testigo... "Ten compasión de nosotros, Señor. Kyrie eleison." En cada misa, se nos sugiere a menudo este tipo de plegaria. Sabemos darle un contenido concreto: plegaria de intercesión. Al decir "Hijo de David", los dos ciegos reconocen a Jesús un título mesiánico. Tú eres aquel que ha de venir, aquel que ha sido prometido por los profetas.

Te pido, Señor, que nos libres también de la ceguera interior, como decía de sí mismo San Agustín: “ciego y hundido, no podía concebir la luz de la honestidad y la belleza que no se ven con el ojo carnal sino solamente con la mirada interior”, pues sin la apertura a Dios la ceguera es una enfermedad incurable: “¿qué soy yo sin ti para mi mismo sino un guía ciego que me lleva al precipicio?”, la búsqueda del “ciego y turbulento amor a los espectáculos” es una forma de suplir esa carencia vital.

Estamos viendo estos días cómo el Señor, en cumplimiento de las profecías de Isaías cura a los enfermos y les da la libertad: “a los ciegos la recuperación de la vista; para poner en libertad a los oprimidos”. Los dos ciegos que siguen a Jesús les piden curación, misericordia, y el Señor les pregunta si tienen fe en que Él puede curarlos. En muchos otros lugares del Evangelio se recoge esta llamada a la fe, para poder obrar los milagros (F. Fernández Carvajal).

-“Jesús les dijo: "Creéis que puedo hacer eso que me pedís?"  -"Sí, Señor". Jesús interroga. Quiere asegurarse de la autenticidad de su fe. Desea purificar esta Fe. La necesidad humana que está en el origen de su plegaria podría no ser sino el deseo de un milagro... para sí mismos, para ellos dos. Y esto tiene ya su importancia, lo hemos visto. Y Dios lo escucha. Es un punto de partida, ambiguo, pero tan natural... Jesús, con su pregunta, trata de hacerles progresar hacia una fe más pura: ellos pensaban en "sí mismos"... Jesús les orienta hacia su propia persona, hacia El. "¿Creéis que yo puedo hacer esto?” Jesús les pregunta si tienen Fe. Don de Dios; el milagro que se dispone a hacer no es una cosa automática ni mágica. Los sacramentos no son actos mágicos: los sacramentos requieren Fe. Lo que me llama la atención Señor, es el respeto que tienes a la libertad del hombre: Suscitas en ellos la espera, el deseo, la fe... No quieres forzar... hace falta una cierta correspondencia, en el hombre, para que Tú le colmes.

Jesús parece haber querido poner a prueba su plegaria: de momento no les contesta. A menudo, Señor, nos da la impresión de que Tú no nos oyes. Imagino la escena que se prolonga: los dos ciegos que se apegan a El, que continúan siguiendo a Jesús por la calle, que continúan gritando, rogando... hasta la casa, y entran con El.

La clave para aumentar la fe, en el sufrimiento, es la que nos indica san Agustín sobre oración y esperanza. El corazón del hombre desea Dios, pero es demasiado pequeño para la gran realidad que se le entrega. Tiene que ser ensanchado: «Dios, retardando [su don], ensancha el deseo; con el deseo, ensancha el alma y, ensanchándola, la hace capaz [de su don]». Dios quiere darnos todo, pero el “recipiente” no está preparado todavía: «Imagínate que Dios quiere llenarte de miel [símbolo de la ternura y la bondad de Dios]; si estás lleno de vinagre, ¿dónde pondrás la miel?» El vaso, es decir el corazón, tiene que ser antes ensanchado y luego purificado: liberado del vinagre y de su sabor. Eso requiere esfuerzo, es doloroso, pero sólo así se logra la capacitación para lo que estamos destinados.” Así logramos esta fe, necesaria para obtener lo que deseamos, aun de un modo mejor que el que deseamos, y es el que Dios quiere; pero el camino es ensanchar nuestro corazón, para poder albergar ese don, esa luz para poder ver.

-“Entonces les tocó los ojos diciendo: Según vuestra fe, así os sea hecho”. Sí, Tú no has obligado. Has esperado y has suscitado su Fe. "Así se haga, según vuestra Fe." Señor, aumenta en nosotros la Fe.

-“Se les abrieron los ojos, mas Jesús les conminó diciendo: Mirad que nadie lo sepa”. Ellos, sin embargo, al salir de allí, lo publicaron por toda la comarca. Ese secreto que Jesús les pide pone de manifiesto que no desea levantar un entusiasmo superficial. No es lo sensacional ni lo prodigioso lo que cuenta (Noel Quesson).

Es la verdad de la gran afirmación: «yo soy la luz del mundo: el que me sigue no andará en tinieblas». Dios nos quiere liberar de las injusticias que existen ahora, como en tiempos del profeta. De las opresiones. De los miedos. Cuántas personas están ahora mismo clamando desde su interior, esperando un Salvador que no saben bien quién es: y lo hacen desde la pobreza y el hambre, la soledad y la enfermedad, la injusticia y la guerra. Los dos ciegos tienen muchos imitadores, aunque no todos sepan que su deseo de curación coincide con la voluntad de Dios que les quiere salvar. Tanta gente sencilla que han sido engañados porque no conocían sus derechos, pisoteados… les han engañado para firmar documentos y luego los bancos se les han llevado todo… se han casado con personas que luego han mostrado su violencia y las han sometido…

Pero nos podemos hacer a nosotros mismos la pregunta: ¿en verdad queremos ser salvados?, ¿nos damos cuenta de que necesitamos ser salvados?, ¿seguimos a ese Jesús como los ciegos suplicándole que nos ayude?, ¿de qué ceguera nos tiene que salvar? Hay cegueras causadas por el odio, por el interés materialista de la vida, por la distracción, por la pasión, el egoísmo, el orgullo o la cortedad de miras. ¿No necesitamos de veras que Cristo toque nuestros ojos y nos ayude a ver y a distinguir lo que son valores y lo que son contravalores en nuestro mundo de hoy?, ¿o preferimos seguir ciegos, permanecer en la oscuridad o en la penumbra, y caminar por la vida desorientados, sin profundizar en su sentido, manipulados por la última ideología de moda?

El Adviento nos invita a abrir los ojos, a esperar, a permanecer en búsqueda continua, a decir desde lo hondo de nuestro ser «ven, Señor Jesús», a dejarnos salvar y a salir al encuentro del verdadero Salvador, que es Cristo Jesús. Sea cual sea nuestra situación personal y comunitaria, Dios nos alarga su mano y nos invita a la esperanza, porque nos asegura que él está con nosotros. Vigilancia y espera, exclamando «Marana tha», «Ven, Señor Jesús» (J. Aldazábal).

Los milagros son un medio para mostrar tu divinidad, Señor: Nadie tiene poder sobre la naturaleza sino Aquel que la hizo. Nadie puede obrar un milagro sino Dios. Si surgen milagros tenemos una prueba de que Dios está presente (card. Newman). Nos dices: según vuestra fe así os suceda. Ten piedad de nosotros, Hijo de David. La fe es capaz de arrancarte cualquier favor. Yo también necesito que me ayudes. Ten piedad de mí, Jesús, que tantas veces no estoy a la altura de lo que me pides. Mi egoísmo, mis caprichos, mis gustos, mis planes, me ciegan y no acabo de ver tu voluntad. Ten piedad y ábreme los ojos del espíritu para que te vea, para que te desee, para que quiera hacer lo que me pides.

 

2. "Mirad este país que Yahvé dio a vuestros padres..." La injusticia y la opresión reinan en todas partes; la administración está corrompida, y los pobres no disponen de recurso alguno contra la arbitrariedad. Hay "tiranos" llenos de iniquidad, pero el Señor intervendrá, y los sordos oirán; entonces los pobres exultarán en el Señor.

-“El ojo del profeta vislumbre como cercana la salvación total”. Será un vuelco total que sufrirá la creación entera y nuestro propio corazón cuando triunfe el Mesías, cuando llegue su Reino y todo sea transformado y el mundo redimido, no podrá existir el mal en ningún sentido. Tanto el mal cósmico como el humano habrán desaparecido. Todos escucharán y todos verán porque todos vivirán pendientes de la palabra de Yavhé, de su voluntad salvífica.

-“Dentro de poco tiempo, muy poco, y el Líbano se convertirá en vergel”. Será la gran renovación de los corazones humanos. Promesa de felicidad total. Sentido de la creación que participa a los decaimientos y a los enderezamientos del hombre.

-“Aquel día, los sordos oirán las palabras del libro y saliendo de la oscuridad y las tinieblas los ojos de los ciegos verán”. Lo vemos realidad en ti, Jesús, en el Evangelio de hoy.

-“Los humildes volverán a alegrarse en el Señor y los pobres se regocijarán en Dios, el santo de Israel”. Señor, ayuda a todos los que sufren esperando "aquel día" que nos has prometido. ¡Que venga aquel día! Mensaje de esperanza para los humildes y los pobres. Estas son, por adelantado, las palabras mismas del Magnificat. Como madre lo enseñó a Jesús. Un pueblo entero, alimentándose de esa Palabra, esperaba la era mesiánica. María debió «exultar» cuando vio a su hijo «abrir los ojos de los ciegos y los oídos de los sordos». El Mesías ha venido. La era mesiánica ha comenzado y ¡ha llegado el tiempo anunciado por los profetas! Y, no obstante, son todavía muchos los pobres que sufren y gimen, y ¡que están muy lejos de exultar! Los pobres y oprimidos están contentos porque quedarán defendidos y en paz (Noel Quesson).

-“Porque habrá llegado el fin de los tiranos... Los que se burlan de Dios, desaparecerán... Y serán exterminados todos los que desean el mal”... Me interrogo sobre mi plegaria al servicio de los demás. No cerremos nuestros ojos ante las inmoralidades, ante los engaños, ante las injusticias, ante la corrupción que reina en muchos ambientes. Hemos de implicarnos en este mundo nuestro, para quitar aquella carga de maldad que oprime a tantos.

 

3. “El Señor es mí luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?” San Pablo insiste: si Dios está con nosotros, ¿quién estará en contra nuestra? Confiemos en el Señor. “Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor, contemplando su templo”.

Dejemos que Él guíe nuestros pasos por el camino del bien, hasta que algún día podamos contemplar el Rostro del Señor y disfrutemos de Él eternamente: “Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor”.

 

Llucià Pou Sabaté

Fuente: www.almudi.org

 

 

 

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3 diciembre 2013 2 03 /12 /diciembre /2013 16:35

Meditación Mateo 15,29-37: Miércoles I Semana de Adviento, Ciclo A. 4 de diciembre, 2013.

Jesús sigue curando a muchos, y multiplica los panes… lo que le ofrecemos, nos lo multiplica con su generosidad

 

«Después que Jesús partió de allí, vino junto al mar de Galilea, subió a la montaña y se sentó. Acudió a él una gran multitud llevando consigo cojos, ciegos, lisiados, mudos y otros muchos enfermos, y los pusieron a sus pies y los curó; de tal modo que se maravillaba la multitud viendo hablar a los mudos y quedar sanos los lisiados, andar a los cojos y ver a los ciegos, por lo que glorificaban al Dios de Israel.
Jesús llamó a sus discípulos y dijo: Siento profunda compasión por la muchedumbre, porque hace ya tres días que permanecen junto a mi y no tienen qué comer; no quiero despedirlos en ayunas no sea que desfallezcan en el camino. Pero le decían los discípulos: ¿De dónde vamos a sacar; estando en el desierto, tantos panes para alimentar a tan gran multitud? Jesús les preguntó: ¿Cuántos panes tenéis? Ellos le respondieron: Siete y unos pocos pececillos. Entonces ordenó a la multitud que se acomodase en el suelo. Tomó los siete panes y los peces y, después de dar gracias, los partió y los fue dando a los discípulos, y los discípulos a la multitud. Y comieron todos y quedaron satisfechos. De los trozos sobrantes recogieron siete espuertas llenas”
 (Mateo 15,29-37).

 

1. –“Muchas gentes fueron a Jesús llevando consigo cojos, ciegos, baldados, mudos y otros muchos enfermos”. He ahí la pobre humanidad que corre tras de Ti, Señor. Jesús, tu atención va en primer lugar hacia éstos: los que sufren, por los pobres, por los enfermos. En este tiempo de Adviento, propio para reflexionar sobre la espera de Dios que se encuentra en el corazón de los hombres, es muy provechoso contemplar esta escena: "Jesús rodeado... Jesús acaparado... Jesús buscado”... por los baldados, los achacosos.

-“Y los pusieron a sus pies y El los curó”. Es el signo de la venida del Mesías: el mal retrocede, la desgracia es vencida. ¿Es éste también el signo que yo mismo doy siempre que puedo? ¿Procuro también que el mal retroceda? Y mi simpatía, ¿va siempre hacia los desheredados? Mi plegaria y mi acción ¿caminan en este sentido?

-“Entonces la multitud estaba asombrada... y glorificaron a Dios”. La venida del Señor es una fiesta para los que sufren. Cuando Dios pasa deja una estela de alegría. ¿Me sucede lo mismo cuando trato de revelar a Dios? Sé muy bien, Señor, que las miserias materiales no suelen ser aliviadas hoy; quedan muchos baldados, ciegos, achacosos...

Es una de las graves cuestiones de nuestra fe. Quiero creer, sin embargo, que Tu proyecto es suprimir todo mal. Quiero participar en él... con la esperanza de que por fin el mal desaparecerá. Y aun cuando desgraciadamente, las miserias físicas no puedan ser siempre suprimidas, creo que es posible a veces transfigurarlas un poco.

Señor, da ese valor y esa transfiguración a todos los angustiados. Jesús, te veo hacer milagros. Nos traes el Reino de Dios, con tus curaciones (físicas y espirituales, van unidas muchas veces) y quieres traernos el reino de los cielos, anticipo del cielo. Además de las profecías, hiciste numerosos milagros:

a. Milagros sobre los espíritus: tanto los ángeles como los demonios se sometían públicamente a Cristo, como algunos endemoniados

b. Milagros cósmicos, sobre la naturaleza: conversión del agua en vino, pescas milagrosas, apaciguamiento de la tempestad, multiplicación de los panes, caminar sobre las aguas, pez con moneda en el interior, la higuera maldita que inmediatamente se seca… tiene pleno poder sobre toda la creación. También veremos la estrella que guía a los Magos hasta Belén, las tinieblas que rodearon el Calvario durante la crucifixión, el terremoto que acompaña la Resurrección de Cristo.

c. Milagros sobre personas. Muchos son de orden moral, como perdonar los pecados, y otros son físicos, como resurrecciones, curaciones y milagros “de majestad” (se someten a su autoridad los mercaderes del templo, o cuando quieren despeñarlo en Nazaret, o la transfiguración o la caída de los enemigos en Getsemaní).

Sólo Dios puede hacer milagros, y tú, Jesús, los hacías con tu propio poder, salía de ti un poder que sanaba a todos (Lc 6,19). Con esto se muestra, dice San Cirilo, que “no obrara con poder prestado”. El dedo de Dios está aquí (Ex 8,14).

Señor, te vuelcas con nosotros: “Siento profunda compasión por la muchedumbre”. Contemplo este sentimiento tan humano en tu corazón de hombre y en tu corazón de Dios. Hoy todavía Jesús nos repite que se apiada y sufre con los que sufren.

-"No tienen qué comer, y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino... ¿Cuántos panes tenéis?...” El Señor nos invita a prestar atención al grave problema del hambre. Los que hoy tienen hambre. Todas las hambres: el hambre material, el hambre espiritual. Por eso quieres, sobre lo que tenemos, hacer tu obra. Y les preguntas a todos aquellos, ambientos: “¿Cuántos panes tenéis?

-“Siete panes y algunos pececillos...” Es de este "poco" que va a salir todo. Siete panes no es mucho para una muchedumbre. Es en el reparto fraterno que se encuentra la solución del hambre y en el amor siempre atento a los demás. Jesús multiplica. Pero ello ha tenido un primer punto de partida humano, modesto y pequeño. A pesar de ver cuán insuficientes son mis pobres esfuerzos, ¿no debo, sin embargo, hacer ese esfuerzo? Señor, he aquí mis siete panes, ¡multiplícalos! (Noel Quesson).

Jesús, si con mis siete panes -mis pocas virtudes, mi torpe inteligencia, mi débil voluntad- Tú quieres ayudar a los demás, tómalos. Es lo que tengo: tuyos son.

 “¿Qué es lo que queréis o buscáis cuando venís a la Iglesia? Ciertamente, la misericordia. Practicad, pues, la misericordia terrena y recibiréis la misericordia celestial. El pobre te pide a ti, y tú le pides a Dios; aquel un bocado, tú la vida eterna. Da al indigente y merecerás recibir de Cristo, ya que Él ha dicho: «Dad y se os dará». No comprendo cómo te atreves a esperar recibir si tú te niegas a dar. Por esto, cuando vengáis a la iglesia, dad a los pobres la limosna que podáis, según vuestras posibilidades" (San Cesareo de Arles).

La vida es como un eco, se me vuelve (aumentado) aquello que doy… Puedo ir a visitar a un pariente enfermo, o a alguna persona que está sola. Ayúdame Jesús a tener un corazón grande como el tuyo, capaz de compadecerme de las necesidades materiales o morales de los demás.

 

2. Isaías nos dice que el Señor, Dios del universo, preparará, sobre su montaña, un banquete de manjares muy condimentados y de vinos embriagadores, un banquete de platos suculentos y de vinos depurados... En aquellos pueblos orientales el banquete forma parte del ritual de entronización de los reyes. La fastuosidad de ellos eran el signo del poder de un rey, y el modo de celebrar una victoria. También nosotros festejamos nuestras alegrías en familia con una comida más exquisita. Para anunciar los tiempos mesiánicos, Dios anuncia que será el anfitrión de su propia mesa. Jesús hizo de la comida el signo de su gracia.

¿Me doy cuenta de que en la eucaristía Dios me recibe en su propia mesa? ¿Es una comida gozosa, una fiesta? ¿Tengo algo a conmemorar o a celebrar cuando voy a misa? ¿Valoro la acción de gracias?

-“Para todos los pueblos... sobre toda la faz de la tierra...” Ese universalismo, es sorprendente para aquella época. Un Mesías no reservado exclusivamente al pueblo de Israel, que salva a toda la humanidad.

-“Apartará de los rostros el velo que cubría todos los pueblos y el sudario que envolvía las naciones”. Destruirá la muerte para siempre. Dios celebra una victoria al invitarnos a ese festín de victoria sobre la «muerte». La muerte, la gran obsesión de la humanidad, el gran fracaso, el gran absurdo, es el enemigo, símbolo de la fragilidad y del sufrimiento. Es también la gran objeción que hacen los hombres a Dios: si Dios existe, ¿por qué hay ese mal? Debemos escuchar la pregunta y también la respuesta de Dios. Hay que darle tiempo, saber esperar su respuesta: «El Señor quitará el sudario que envolvía los pueblos». ¡Tal es su promesa, su palabra de honor! «El Señor destruirá la muerte para siempre.» Tal es la buena nueva de Jesucristo. Comenzada en Jesucristo y celebrada en cada misa. Cada eucaristía, ¿es para mí una comida de victoria sobre la muerte? Proclamamos tu muerte, Señor, celebramos tu resurrección.

-“El Señor enjugará las lágrimas de todos los rostros”. ¡Lo ha prometido! Dios... enjugará... las lágrimas... de los rostros de todos los hombres! ¡Señor, cuán reconfortante será ese día! Lo espero en la Fe y, en la espera de ese día procuraré consolar algunas lágrimas del rostro de mis hermanos.

-“Se dirá aquel día: ¡Ahí tenéis a nuestro Dios, en El esperábamos y nos ha salvado... exultemos, alegrémonos, porque nos ha salvado!” La muerte no es el final del hombre, no es su fin. El fin es la exultación, la alegría, la salvación. Esto es lo que Dios quiere, lo que Dios nos ha preparado (Noel Quesson).

 

3. El salmo prolonga la perspectiva con la imagen del Pastor divino que nos hace participar de su mesa: nos lleva a pastos verdes, repara nuestras fuerzas, nos conduce a beber en fuentes tranquilas, nos ofrece su protección contra los peligros del camino. "Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida». Nos ha ungido con su Espíritu Santo y por la Eucaristía nos da su comida de Vida para ir con él a su Casa por años sin término.

 

Llucià Pou Sabaté

Fuente: www.almudi.org

 

 

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2 diciembre 2013 1 02 /12 /diciembre /2013 15:15

Meditación Lucas 10,21-24: Martes I Semana de Adviento, Ciclo A. 3 de diciembre, 2013.

Isaías anuncia que vendrá Jesús a traernos la paz: “Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis…”

 

En aquel tiempo, lleno de la alegría del Espíritu Santo, exclamó Jesús: - «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar.» Y volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: -«¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que veis vosotros, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron»” (Lucas 10,21-24).

 

1. -“Jesús manifestó un extraordinario gozo al impulso del Espíritu Santo y dijo:... Esto sucedió en presencia de sus discípulos que regresaban de una misión apostólica y querían hablarle sobre el trabajo que habían hecho”. Trato de imaginarte, Jesús, "en un gozo exultante", dichoso, radiante. Todo ello aparece en tu rostro, en tus gestos, en el tono de tu voz. Proviene del interior, es profundo... procede del Espíritu Santo que habita en ti. Ese Espíritu que nos ha sido dado también a nosotros, que tú nos ha dado.

Jesús, me gusta verte exultar dando gracias al Padre por los sencillos y los humildes que confían plenamente en Dios. Ayúdame a ser de los tuyos, y no de los sabios y prudentes que no aceptan tu palabra porque se consideran autosuficientes. Esta predilección del Padre por los pobres y los pequeños es una constante en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. Que no sea yo de los que creen saberlo todo, tenerlo todo y disponer de todo. En ti, Señor, se cumplieron nuestras esperanzas. No me gusta alguna película que han hecho sobre ti, donde se te ve demasiado serio. Me gusta verte con buen humor como este Evangelio, lleno de esta alegría y de esta sabiduría del Espíritu. El canto del Magníficat, muestra esta predilección divina por tu madre María, a quien ha mirado Dios con predilección porque es humilde y la sierva del Señor, del mismo modo que llenará de sus bienes a los pobres, y a los ricos los despedirá vacíos.

La alegría profunda de la Navidad la vivirán los humildes, los que saben apreciar el amor que Dios nos tiene, manifestado en los pequeños, los que salen en el Portal de Belén: pastores, una familia pobre, el buey y la mula que ha pintado la tradición… En este Adviento quisiera vivir esta alegría, Señor, aunque ya sé que al mismo tiempo que la traes con tu venida, se puede decir que «todavía no» está del todo. Por eso, en cada Eucaristía te tenemos, y también lanzamos una mirada hacia el futuro: «mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo». El «ven, Señor Jesús» lo cantamos muchas veces después del relato de la institución eucarística. Como dijo Pablo, «cada vez que comáis y bebáis, proclamáis la muerte del Señor hasta que venga». La esperanza nos hace mirar lejos. No sólo a la Navidad cercana, sino a la venida gloriosa y definitiva del Señor, cuando su Reino haya madurado en todo su programa (J. Aldazábal).

-“Yo te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra”. En la traducción no se ven otros matices, pues dices también: "yo te bendigo, Padre”... Ha sutilizado una formula de "bendición" familiar a los judíos. A lo largo de la jornada se invitaba a los judíos piadosos a dar gracias a Dios por todo diciéndole: "Bendito eres Tú por... Bendito Tú eres por..." Tú rezabas a menudo esta plegaria. Hablas a su Padre. Le das gracias. Es el sentimiento dominante de tu alma. Danos, Señor, el sentido de la acción de gracias, de la alegría de decir "gracias Señor por... y gracias de nuevo por..." “Yo te bendigo, Señor”. He visto gente muy buena, que ante lo bueno decía “gracias a Dios”, y ante lo que claramente se ve como malo, también rezan: “bendito sea Dios”.

-“Lo que has encubierto a los sabios y prudentes, lo has revelado a los pequeñuelos”. Dios trabaja en el corazón de cada hombre, incluso en el de los paganos. He de aprender a contemplar este trabajo de Dios: a descubrir lo que está haciendo, actualmente, en los que me rodean, y en mí... para corresponder, para facilitarle, para cooperar. Cada vez que una persona se supera, hace el bien, sigue la llamada de su conciencia... debemos pensar que Dios está allí. Ayudar a esta persona a dar "este paso" adelante es trabajar con Dios, acompañarle.

-“Los sabios, los prudentes... los pequeñuelos”... Ahí hay una clara oposición. Jesús, te pones de parte de los pequeños, de los pobres, de los ignorantes... frente al desprecio de los doctores de la ley. Conocer a Dios no es primordialmente una operación intelectual, reservada a una elite: los "pequeños" pueden descubrir cosas sobre Dios que los sabios no alcanzan a comprender.

-“Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiere revelarlo”. Es la vida de relación divina, de amor y de conocimiento recíproco.

-“Todo me ha sido confiado por mi Padre...” Esto evoca la transparencia de dos personas que no se ocultan nada la una a la otra: es el "modelo" de todas nuestras relaciones humanas, y de nuestras relaciones con Dios. ¿Qué llamada hay aquí, para mí, para mis equipos de trabajo o de apostolado? (Noel Quesson).

A veces parece que ser cristiano sea apartarse del mundo, y “en la conciencia común, los monasterios aparecían como lugares para huir del mundo («contemptus mundi») y eludir así la responsabilidad con respecto al mundo buscando la salvación privada” (Benedicto XVI). Pero no son eso, pues la solución no puede ser despreciar ese mundo, el jardín que Dios nos ha regalado, es de mala educación rechazar un regalo de amor. Y mucho menos podemos dejar de prestar atención a nuestros hermanos los hombres, a la Iglesia, que es Cuerpo de Cristo. Por eso sigue diciendo el Papa: “Bernardo de Claraval, que con su Orden reformada llevó una multitud de jóvenes a los monasterios, tenía una visión muy diferente sobre esto. Para él, los monjes tienen una tarea con respecto a toda la Iglesia y, por consiguiente, también respecto al mundo”. Jesús nos muestra la alegría que surge de la vida: “se regocijó Jesús en el Espíritu Santo y dijo: ‘yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra”, y después de este éxtasis ante la creación nos indica el modo de vivir esa alegría: “porque escondiste estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a los pequeñitos”: nos muestra una sabiduría que va más allá de la materia, y en Cristo entendemos toda la creación: “bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis”…

Tenemos, ante tantos que “quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron”, una responsabilidad para con la Iglesia, con la humanidad, con toda la creación; como explica el Pseudo-Rufino: «El género humano subsiste gracias a unos pocos; si ellos desaparecieran, el mundo perecería». Y sigue el Papa: “Los contemplativos –contemplantes– han de convertirse en trabajadores agrícolas –laborantes–”, en este campo que es el mundo y que espera brazos para la siembra y para el crecimiento de la cosecha y su recolección. La nobleza del trabajo no reside en restablecer el Paraíso aquí en la tierra, “pero sostiene que, como lugar de labranza práctica y espiritual, debe preparar el nuevo Paraíso. Una parcela de bosque silvestre se hace fértil precisamente cuando se talan los árboles de la soberbia, se extirpa lo que crece en el alma de modo silvestre y así se prepara el terreno en el que puede crecer pan para el cuerpo y para el alma”. Es el apostolado, ayudar a muchos a que vean, y ese es el gran bien que podemos hacer a las almas en nuestro tiempo: “¿Acaso no hemos tenido la oportunidad de comprobar de nuevo, precisamente en el momento de la historia actual, que allí donde las almas se hacen salvajes no se puede lograr ninguna estructuración positiva del mundo?”. Así, los cristianos son “luz del mundo”, para que muchos vean.

Para el niño pequeño, sus padres lo son todo: todo lo saben, todo lo pueden, todo lo arreglan. Si hay algún problema, no hay más que decírselo a papá o a mamá. Si se desea alguna cosa, hay que pedírsela a papá o a mamá. Y cómo piden los niños: una y otra vez, sin cansarse, sin analizar las dificultades que supone conseguir lo que quieren. Veo que tienen dos características muy propias de la infancia: fe inconmovible en sus padres, y perseverancia en la petición. Hacerse niños: renunciar a la soberbia, a la autosuficiencia, reconocer que nosotros solos nada podemos, porque necesitamos de la gracia, del poder de nuestro Padre Dios para aprender a caminar y para perseverar en el camino. Ser pequeños exige abandonarse como se abandonan los niños, creer como creen los niños, pedir como piden los niños.

Jesús, me pides que me haga pequeño en mi vida espiritual. Y ser pequeños exige abandonarse como se abandonan los niños, creer como creen los niños, pedir como piden los niños. Ayúdame a tener esa fe rendida en Ti: que te pida todo lo que me preocupa, todo lo que me gustaría que ocurriera, pero sabiendo que Tú sabes más. Si no me concedes algo es porque no me conviene, aunque a mí me parezca algo necesario. Tú eres mi Padre, me quieres y me cuidas. En Ti me abandono, en Ti pongo mi esperanza (San Josemaría Escrivá de Balaguer; Pablo Cardona).

 

2. Isaias, el profeta de la esperanza, anuncia que, a pesar de que el pueblo de Israel parece un tronco seco y sin futuro (en tiempos del rey Acaz), Dios le va a infundir vida y de él va a brotar un retoño que traerá a todos la salvación. Jesé era el padre del rey David. Por tanto el «tronco de Jesé» hace referencia a la familia y descendencia de David, que será la que va a alegrarse de este nuevo brote, empezando por las esperanzas puestas en el rey Ezequías. La «raíz de Jesé» se erguirá como enseña y bandera para todos los pueblos. Esta página del profeta fue siempre interpretada, por los mismos judíos -y mucho más por nosotros, que la escuchamos dos mil años después de la venida de Cristo Jesús- como un anuncio de los planes salvadores de Dios para los tiempos mesiánicos. El cuadro no puede ser más optimista. El Espíritu de Dios reposará sobre el Mesías y 1e llenará de sus dones. Por eso será siempre justo su juicio, y trabajará en favor de la justicia, y doblegará a los violentos. En su tiempo reinará la paz. Las comparaciones, tomadas del mundo de los animales, son poéticas y expresivas. Los que parecen más irreconciliables, estarán en paz: el lobo y el cordero. Son motivos muy válidos para mirar al futuro con ánimos y con esperanza.

En un mundo convulsionado como el nuestro, la gran esperanza está en la salvación y la paz que Jesús viene a traernos, garantizada por la justicia con los pobres y por la experiencia de Dios.

 

3. El Salmo 71 expresa hoy en la liturgia que el Rey que esperamos hará justicia a los pobres y librará al que no tiene protector: «Que en sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente. Regirá a su pueblo con justicia y a los humildes con rectitud. En sus días florecerá la justicia y la paz, dominará de mar a mar; del gran río al confín de la tierra… Librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector, se apiadará del pobre y del indigente y salvará la vida de los pobres». En esta línea hoy pedimos: «Perdona los pecados de tu pueblo y danos la salvación».

 

Llucià Pou Sabaté

Fuente: www.almudi.org

 

 

 

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1 diciembre 2013 7 01 /12 /diciembre /2013 16:04

Meditación Mateo 8,5-11: Lunes I Semana de Adviento. Ciclo A. 2 de diciembre, 2013.

El Señor llama a nuestra puerta. El milagro del centurión proclama la universalidad de la salvación: "Vendrán muchos de oriente y occidente al reino de los cielos".

 

“En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole: "Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho." Jesús le contestó: "Voy yo a curarlo." Pero el centurión le replicó: "Señor, no soy quien para que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: "Ve", y va; al otro: "Ven", y viene; a mi criado: "Haz esto", y lo hace." Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: "Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos” (Mateo 8,5-11).

 

1. Jesús, has venido a colmar y purificar espera de tantas personas deseosas de la salvación, de la felicidad, del Reino. Muchos, conscientes, y otros ni saber siquiera que existes, ignorando lo que tú puedes darles. Te vemos hoy en Cafarnaum, cuando un centurión del ejército romano salió a tu encuentro y le suplicó... Los romanos –ejército de ocupación- eran mal vistos en Palestina. Eran paganos y opresores. Se les volvía la cara a su paso. Va hacia ti, Señor, y le atiendes, como a todos: -"Señor, mi criado está postrado en mi casa, paralítico, y padece muchísimo". Sabe amar a su sirviente, o hijo.

Esta es la salvación que proclama el Evangelio, con la fe del Centurión que ruega por su siervo enfermo. “Y le dijo Jesús: ‘yo iré y lo sanaré’. Y respondiendo el centurión, dijo: ‘Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero mándalo con tu palabra y será sano mi siervo’…” Jesús se emociona con esas palabras: “se maravilló y dijo a los que le seguían: ‘verdaderamente os digo que no he hallado fe tan grande en Israel’”… Cuando en cada Misa recordemos esas palabras antes de comulgar, podemos renovar nuestra fe, y pedir al Señor la curación de nuestra alma, que venga y nos transforme. En ese pasaje, además, podemos responder a la pregunta que el Papa hace en su Encíclica: “¿Es individualista la esperanza cristiana?” Muchos piensan en “salvarse”, como recuerda H. de Lubac: «¿He encontrado la alegría? No... He encontrado mi alegría. Y esto es algo terriblemente diverso... La alegría de Jesús puede ser personal. Puede pertenecer a una sola persona, y ésta se salva. Está en paz..., ahora y por siempre, pero ella sola. Esta soledad de la alegría no la perturba. Al contrario: ¡Ella es precisamente la elegida! En su bienaventuranza atraviesa felizmente las batallas con una rosa en la mano». Pero esto no es así, sigue diciendo de Lubac, siguiendo la teología de los Padres: “la salvación ha sido considerada siempre como una realidad comunitaria”, como vemos en el Centurión, que se ocupa de su siervo, como vemos en la lectura de Isaias que habla de una «ciudad» (Sión, Jerusalén) “y, por tanto, de una salvación comunitaria”. El pecado aparece “como la destrucción de la unidad del género humano, como ruptura y división. Babel, el lugar de la confusión de las lenguas y de la separación, se muestra como expresión de lo que es el pecado en su raíz”. Hoy también aparecen esas nuevas Babeles, multitudes incomunicadas, una agresividad en el ambiente… Entonces, ¿es algo a la ver personal y comunitario, y en qué consiste?

Vamos a repetir esta oración tan bonita: -“Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero mándalo con tu palabra y quedará curado mi criado”... En la oración colecta pedimos: “Concédenos, Señor, Dios nuestro, anhelar de tal manera la llegada de tu Hijo Jesucristo, que cuando llame a nuestras puertas, nos encuentre velando en oración y cantando sus alabanzas”…

Jesús se complace de esta fe: -“Ni aun en Israel he hallado fe tan grande... Yo os declaro que vendrán muchos gentiles del oriente y del occidente y estarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos”. Jesús, has pensado en todos los que "vendrán", en todos los que están aún a la espera. Para ti no hay privilegio de raza ni de cultura. Todos los hombres, de todas partes, están invitados y están en marcha. ¿Tengo un corazón "universal" como Jesús? ¿Un corazón "misionero"? (Noel Quesson).

Hoy también, muchas personas, aunque nos parezcan alejadas, muestran como el centurión buenos sentimientos. Tienen buen corazón. ¿Sucederá también este año que esas personas tal vez respondan mejor a la salvación de Jesús que nosotros?, ¿estarán más dispuestas a pedirle la salvación, porque sienten su necesidad, mientras que nosotros no la sentimos con la misma urgencia?, ¿tendrá que decir otra vez Jesús que ha encontrado más fe en esas personas de peor fama pero mejores sentimientos que entre los cristianos «buenos»? ¿Vendrán de Oriente y Occidente -o sea, de ámbitos que nosotros no esperaríamos, porque estamos un poco encerrados en nuestros círculos oficialmente buenos- personas que celebrarán mejor la Navidad que nosotros? ¿O nos creemos ya santos, merecedores de los dones de Dios?

Si en nuestra vida decidimos bajar la espada y no atacar a nadie, estamos dando testimonio de que los tiempos mesiánicos ya han llegado. Bienaventurados los que obran la paz. Los que trabajan para que haya más justicia en este mundo y se vayan corrigiendo las graves situaciones de injusticia, son los que mejor celebrarán el Adviento. No es que Jesús vaya a hacer milagros, sino que seremos nosotros, sus seguidores, los que trabajemos por llevar a cabo su programa de justicia y de paz.

Cuando seamos hoy invitados a la comunión, podemos decir con la misma humilde confianza del centurión que no somos dignos de que Cristo Jesús venga a nuestra casa, y le pediremos que él mismo nos prepare para que su Cuerpo y su Sangre sean en verdad alimento de vida eterna para nosotros, y una Navidad anticipada (J. Aldazábal).

Hoy vemos a Jesús admirado. Quiero aprender de ti, Señor, a admirarme por las virtudes de los que me rodean, admirar las cosas buenas de los demás, disfrutar con ellas. Me admira gente sencilla sufrir en silencio dolores que no sé cómo se pueden soportar sin lamentarse. Admiro un niño que con fe rezaba a su padre que había muerto, alabando a Dios a pesar de que él no entendía por qué se había ido su padre cuando más lo necesitaba.

Yo iré y lo curaré”. Jesús, ¡ven a curar mi falta de fe!, ¡cura el corazón de tantas personas, tantas heridas! Es la oración el gran medio para abrir la puerta de mi alma a tu gracia, Señor, como hizo tu madre la Virgen María.

«Mirad al Señor que viene» (Antífona de entrada). Pedimos al Señor permanecer alertas a la venida de su Hijo, para que, cuando llegue y llame a la puerta, nos encuentre velando y cantando sus alabanzas.

2. Durante las dos primeras semanas de Adviento, la Iglesia nos propondrá la meditación de las «profecías de Isaias», uno de los grandes testigos de la espera mesiánica, s.VIII a.C. Habitaba Jerusalén, la capital del país. Ha visto derrumbarse el Reino del Norte, Samaria, bajo los golpes de los Asirios, y siente venir la misma amenaza para el Reino del Sur. Es pues en el contexto histórico de una catástrofe inminente cuando el profeta anuncia la esperanza de un Mesías que aportará la paz. Sus pasajes serán anuncios de esperanza, de salvación, de futuro más optimista para el resto de Israel, para los demás pueblos, e incluso para todo el cosmos.

 “¡El Señor está cerca!” Es el grito que la liturgia hace resonar en nuestros oídos a lo largo de estas semanas preparándonos para la venida del Señor. Pues “Adviento” es preparación para “la venida”: Jesús quiere llegarse a nuestra alma –como nació en Belén- por la gracia, el día de Navidad. Hay un famoso cuadro en la catedral de San Pablo, en Londres, que se paseó por medio mundo, muestra Jesús llamando a nuestra puerta. Cuando fue presentado por el pintor, un asistente le hizo ver que quizá se había olvidado la manecilla de la puerta, por que Jesús pudiera entrar. Pero el autor aprovechó para explicarle que esa puerta, la de nuestro corazón, no tiene picaporte por fuera, sólo se puede abrir por dentro. Por eso, mientras hacemos memoria de nuestra salvación y agradecemos la próxima venida del Hijo de Dios a la tierra, nos preparamos para abrirle la puerta de nuestro corazón, de modo que pueda entrar, aquel que así lo haga –dice la primera lectura, de Isaías- “será llamado santo, así como todo el que está escrito en la vida en Jerusalén”: esta venida está relacionada con la final, venida de Jesús al término del mundo como Juez supremo de vivos y muertos. Y esta preparación –sigue Isaías- “ocurrirá cuando limpiare el Señor las manchas de las hijas de Sión y lavare la sangre de Jerusalén con espíritu de justicia y con espíritu de ardor”.

Anuncia Isaías la luz y la salvación para todos los pueblos. Jerusalén será como el faro que ilumina a todos los pueblos. Un faro situado en una montaña alta, para que todos lo vean desde lejos. Dios quiere enseñar desde aquí sus caminos, y los pueblos se sentirán contentos y estarán dispuestos a seguir los caminos de Dios, la palabra salvadora que brotará de Jerusalén. Tanto judíos como paganos «caminarán a la luz del Señor» y formarán un solo pueblo. Otro rasgo positivo: habrá paz cuando suceda esto. De las espadas se forjarán arados; de las lanzas, podaderas. Son comparaciones que entiende bien el hombre del campo. Y nadie levantará la espada contra nadie. No habrá guerra. Y esto lo entendemos todos, con cierta envidia, porque tenemos experiencia de espadas levantadas, más o menos lejos de nosotros, en guerras fratricidas. 

(En la lectura alternativa de Isaías 4, que se puede leer en el ciclo A, también se proclama un mensaje que abre el corazón a la confianza. El plan de Dios, a pesar de la triste historia de su pueblo, que será desterrado por su propia culpa, es rescatar un «vástago», aludiendo inmediatamente al nacimiento del rey Ezequías, pero con una clara perspectiva mesiánica, y formar un «resto» de personas creyentes: purificarlas de sus faltas, limpiar las manchas de sangre, protegerlas de día como una nube refrescante, y de noche guiarlas como una columna de fuego, como en el desierto al pueblo que huía de Egipto. Qué hermosa imagen: Dios «refugio en el aguacero y cobijo en el chubasco» para todos).

-“A los «restantes» de Sión, a los «supervivientes» de Jerusalén, se les llamará santos”. Son los que guardan fidelidad…

-“Entonces vivirán... Cuando el Señor haya lavado la inmundicia de las hijas de Sión y, con viento justiciero... haya purificado Jerusalén de la sangre por ella derramada”. El Señor es quien salva... no es el hombre quien «se» salva... (Noel Quesson).

3. Como canta el salmo, nuestra respuesta ha de ser alegre, decidida: “iremos con alegría a la casa del Señor”, deseando ese día de la salvación, deseando que Jesús venga: “Ven para librarnos, Señor Dios nuestro; muéstranos tu rostro, y seremos salvos” (Aleluya).

«Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor». Los peregrinos que se acercaban a Jerusalén lo cantaban. Podemos añadir: ¡qué alegría, al ir a la celebración litúrgica!, con más pleno sentido que los que iban al Templo "a celebrar el nombre del Señor", y con más pleno sentido podemos gozar de “Shalom”, la "paz", de la ciudad santa: Jerushalajim, interpretada como "ciudad de la paz". Shalom alude a la paz mesiánica, que entraña alegría, prosperidad, bien, abundancia: "te deseo todo bien" (como el saludo franciscano: "¡Paz y bien!"). Ciudad de paz. A eso está llamada a ser la Iglesia de Cristo.

Llucià Pou Sabaté

 Fuente: www.almudi.org

 

 

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29 noviembre 2013 5 29 /11 /noviembre /2013 17:21

Meditación; Mateo 24,37-44: I Domingo de Adviento.  Ciclo A. 1 de diciembre, 2013.

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«Dijo Jesús a sus discípulos: “Cuando venga el Hijo del hombre pasará como en tiempo de Noé. Antes del diluvio la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre: dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán. Por tanto estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa. Por eso estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre». (Mateo 24,37-44)

 

1º. Hijo eterno de Dios, vas a venir al mundo.

Te vas a hacer hombre, como yo.

Te haces como yo para que yo pueda hacerme como Tú: hijo de Dios.

Este es el gran acontecimiento que ha cambiado el rumbo de la historia.

Porque has venido, Jesús, a cambiar los corazones de los hombres, que son los que hacen la historia con sus vilezas y heroísmos.

Hoy empieza el Adviento y, con él, un nuevo año litúrgico: la Iglesia empieza el año con este largo período -cuatro semanas- recordando los siglos en los que Dios fue preparando a su pueblo para tu nacimiento.

Al celebrar anualmente la liturgia del Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador los fieles renuevan el ardiente deseo de su segunda Venida» (CEC.-524).

Jesús, en estas semanas de adviento, me pides que me prepare interiormente para recibirte con un corazón limpio y generoso cuando nazcas en Belén.

Debo vigilar para que, cuando llegues, mi corazón no esté ofuscado por los afanes terrenos, por la tentación de la vida fácil y superficial -que no llena-, por el egoísmo de pensar sólo en mis problemas y en mis intereses.

¿Qué debo hacer para estar vigilante?

 

2º. Jesús, la tentación más peligrosa no es la del pecado.

 El pecado se descubre a sí mismo y puede dar lugar al arrepentimiento y a una vida de mayor piedad.

El verdadero peligro es la tibieza: esa actitud mezquina del que no hace nada malo, sin querer comprometerse tampoco a hacer nada bueno.

Esta es una tentación peligrosa, porque no se detecta fácilmente, e incapacita a la persona para amar a Dios.

3º. Te pide Jesús oración... Lo ves claro. -Sin embargo, ¡qué falta de correspondencia! Te cuesta mucho todo: eres como el niño que tiene pereza de aprender a andar. Pero en tu caso, no es sólo pereza. Es también miedo, falta de generosidad» (Forja.-291).

¡Cuántas veces me recomiendas la oración, Jesús!

«Vigilad orando en todo tiempo».

Me lo has enseñado, además, con tu propio ejemplo: haces oración en los momentos más importantes -antes de elegir a los apóstoles, antes de la Pasión-, te pasas noches rezando y, a veces, tienen que venir a buscarte de madrugada a un lugar apartado donde aprovechas la tranquilidad para hacer oración.

Jesús, me doy cuenta de que debo rezar más si quiero estar vigilante, si quiero mejorar de verdad en este tiempo de preparación para tu venida.

Sin embargo, ¡cómo cuesta!

Me siento frente al Sagrario o en mi habitación, o en otro lugar donde me pueda dirigir a Ti con tranquilidad- y ¿qué te digo? ¿qué hago?

Los minutos pasan muy despacio...

Me da pereza, pero tengo que vencerla.

Además, sé que si aprendo a hacer oración, poco a poco me irá costando menos, como ocurre con todo.

También me da un poco de miedo...

Jesús, Tú exiges.

Y cuando empiezo a rezar, me enseñas algunas cosas que debo mejorar.

A veces soy un poco cobarde y prefiero no ver mis defectos.

Pero hoy quiero cambiar; quiero empezar a cambiar, al menos.

Para que cuando nazcas en Belén, encuentres en mi corazón un lugar en el que estés a gusto.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

Fuente: www.almudi.org

 

 

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29 noviembre 2013 5 29 /11 /noviembre /2013 15:13

Meditación Lucas 21,34-36.: Sábado XXXIV Semana Tiempo Ordinario.  Ciclo C. 30 de noviembre, 2013.

El Señor nos pide vigilancia: “Estad siempre despiertos, para escapar de todo lo que está por venir”. Ya a las puertas del Adviento, clamamos: “¡ven, Señor Jesús!”

 

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra. Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir y manteneros en pie ante el Hijo del hombre»” (Lucas 21,34-36).

1. Jesús, acabas de anunciar la «venida del Hijo del hombre» sobre las nubes del cielo... Acabas de decir que el «Reino de Dios está cerca», y añades hoy:

-“Andaos con cuidado que no se os embote la mente ni el corazón...” Nos hablas de esperanza y de confianza, y ahora de vigilancia.

-“Que no os entorpezcan la comida, ni la bebida, ni los agobios de la vida”. Sabemos que un excesivo apego a los placeres, ¡entorpece la mente y el corazón! Cuando buscamos disfrutar con exceso de esta vida, nos olvidamos de «aquel día».

-“Y venga aquel día de improviso sobre nosotros como un lazo. Porque caerá sobre todos los que habitan la faz de la tierra”. El «día» del juicio viene de improviso. Cada segundo mueren algunos... sobre toda la tierra mueren tantos... No sé cuantos segundos me quedan. El juicio que cayó sobre Jerusalén debe servirnos de advertencia. Es el símbolo del juicio que caerá sobre la tierra entera.

-“Velad pues, y orad... en todo momento”. Sí, Jesús, Tú aconsejabas a tus amigos que no cesasen jamás de «orar». Y san Pablo lo repetía a sus fieles (2 Ts 1,11; Flp 1,4; Rm 1,10; Col 1,3; Filemón, 4). «Pedimos continuamente... En la oración que sin cesar le dirigimos... Continuamente te menciono en mis oraciones...» Hay que repetirse a sí mismo esos consejos apremiantes de Jesús: esperanza... confianza... certeza... vigilancia... sobriedad... disponibilidad... oración... puesto que nadie sabe la hora.

-“Para tener fuerza para escapar de todo lo que va a venir...” Esta es la señal de que «aquel día» hay que unir la confianza, el gozo, la esperanza... con trabajo, pues no hay una seguridad engañosa. Hay que estar alerta, un peligro amenaza, hay que estar a punto de escapar.

-“Y podáis estar en pie delante del Hijo del hombre”. Señor, te veo «sentado a la diestra de Dios», como Hijo del Hombre que tendrás la última palabra. Te pido ayuda para velar y orar... para estar ante ti con la confianza en tu misericordia. ¡Ven, Señor! (Noel Quesson).

Enseña el Catecismo: “Siguiendo a los profetas, y a Juan Bautista, Jesús anunció en su predicación el Juicio del último Día. Entonces, se pondrán a la luz la conducta de cada uno y el secreto de los corazones. Entonces será condenada la incredulidad culpable que ha tenido en nada la gracia ofrecida por Dios. La actitud con respecto al prójimo revelará la acogida o el rechazo de la gracia y del amor divino. Jesús dirá en el último día: “Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mime lo hicisteis”»” (678).

Te digo ahora con la misa: “anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven, Señor Jesús". Te pedimos que, «ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro salvador Jesucristo» (Rito de la Comunión).

2. Estamos ya en el último día del año litúrgico, con la última página de la Biblia, de la revelación que Dios quiere hacernos: es la repetición de la primera página, es el nuevo comienzo del «Génesis», el paraíso encontrado de nuevo, el proyecto de Dios realizado al fin, la «vida que discurre como un río»... «el árbol de vida que da sus frutos»... la luz sin ocaso... Adán y Eva, tal como Dios los había querido desde el principio... ¡el éxito de la creación!

-“El ángel me mostró el «río de agua de vida», límpida como el cristal, que brotaba del trono de Dios”. Símbolo claro: ¡«el agua»!, ¡«un río de agua límpida» que da la vida! He ahí lo que proviene de Dios... el gran río de la vida... evoco los millones de billones de billones de seres vivientes que vienen de Dios.

Y el «agua» del bautismo es el signo de Dios, el signo de la «vida de Dios» dada a los hombres. Bautizar a un niño es introducirlo en este gran río vivificante, es meter en su ser, el Ser mismo de Dios. Es vincular, por medio de un nuevo cordón umbilical, ese hatillo de vida humana a la misma sangre y vida de Dios... para que ¡la vida divina quede allí «injertada»! una vida eterna.

-“En cada margen del río hay «árboles de vida» que fructifican doce veces, una vez cada mes”. Todas las bellezas naturales son utilizadas como bellas imágenes para tratar de revelarnos el cielo. Primero el «río de vida», ahora, el «árbol de vida». Recordamos árboles llenos de frutos, según donde hemos vivido: cerezas, manzanas, naranjas, racimos de uvas...

Es el nuevo comienzo del paraíso terrenal, con el árbol de la vida... Jesús, nuevo Adán, nos conduce a él, vuelve a introducirnos en el jardín maravilloso.

-“No habrá más maldición... El trono de Dios y el Cordero estará en la ciudad... Los siervos de Dios le adorarán, verán su rostro y llevarán su nombre en la frente...” He ahí otras imágenes menos materiales que se añaden a las precedentes. Todo esto supera todo comentario. ¡"Estar cara a cara" con Dios! ¡Ver a Dios!

-“Ya no habrá noche, porque el Señor Dios derramará sobre ellos su luz”. Una imagen de alegría.

-“Estas palabras son ciertas y verdaderas... Es el Señor quien inspira a sus profetas y ha enviado a su ángel para manifestar a sus siervos lo que ha de suceder pronto. Mira, ¡vengo pronto! Dichoso el que guarda las palabras proféticas de este libro”. Quiero ver a Dios. ¡Oh! Ven, Señor Jesús (Noel Quesson).

3. El Cordero ante el trono de Dios, ya vencedor, un río de agua viva que brota del trono (el Espíritu Santo), el árbol de la vida que da doce cosechas al año y cuyas hojas son medicinales. Allí no hay noche ni oscuridad, todo es luz, y los salvados por Cristo gozarán de alegría perpetua, y le prestarán servicio, "y lo verán cara a cara y llevarán su nombre en la frente".

Los últimos versículos de este libro del Apocalipsis, que no están en la lectura de hoy, pero sí se han puesto en el salmo, dicen: "El Espíritu y la Novia (el Espíritu presente en la Iglesia, la esposa de Cristo) dicen: ¡Ven! Y el que oiga, diga: ¡ven! Y el que tenga sed, que se acerque, y el que quiera, reciba gratis agua de vida... Y el que da testimonio de todo esto (Cristo Jesús) dice: sí, vengo pronto. Amén. Ven, Señor Jesús. Que la gracia del Señor Jesús sea con todos. Amén". Con estas palabras ya tenemos la puerta abierta para celebrar, desde mañana, con igual mirada profética, el Adviento. Nuestra oración y nuestro canto, hoy, es "Maranatha. Ven, Señor Jesús". Con una perspectiva llena de futuro: "Y lo verán cara a cara".

Llucià Pou Sabaté

 Fuente: www.almudi.org

 

 

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