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12 septiembre 2011 1 12 /09 /septiembre /2011 19:45

Meditación: Martes de la semana 24 del tiempo ordinario; 13 de septiembre 2011. año impar

«Sucedió, después, que marchó a una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y una gran muchedumbre. Al acercarse a la puerta de la ciudad, he aquí que llevaban a enterrar un difunto, hijo único de su madre, que era viuda, y la acompañaba una gran muchedumbre de la ciudad. Al verla, el Señor se compadeció de ella y le dijo: «No llores». Se acercó y tocó el féretro. Los que lo llevaban se detuvieron; y dijo: «Muchacho, a ti te digo, levántate». Y el que estaba muerto se incorporó y comenzó a hablar; y se lo entregó a su madre. Y se llenaron todos de temor y glorificaban a Dios diciendo: «Un gran profeta ha surgido entre nosotros, y Dios ha visitado a su pueblo». Esta fama acerca de él se divulgó por toda Judea y por todas las regiones vecinas.» (Lucas 7, 11-17)

 

1º. Jesús, llegas a Naín acompañado de «una gran muchedumbre».

Y en la puerta de la ciudad te encuentras a aquella viuda que viene con otra gran muchedumbre.

Dos muchedumbres; y en medio Tú, la viuda y el muchacho recién fallecido.

Sin embargo, no son las muchedumbres lo que te mueve, sino el dolor de aquella mujer que había perdido a su hijo único.

Jesús, Tú entiendes de sufrimientos, de soledad, de dolor.

Has querido pasar por todas estas experiencias tan humanas hasta el límite, de modo que yo aprenda también a saber sufrir con sentido sobrenatural.

Tú sufres cuando sufro; si permites aquel dolor físico o moral es porque le puedo -y le debo- sacar un mayor provecho espiritual.

Para ello, he de ofrecerte aquella dificultad, uniéndome a Ti en la cruz, por la salvación de los demás y el bien de la Iglesia.

«El sufrimiento es también una realidad misteriosa y desconcertante. Pues bien, nosotros, cristianos, mirando a Jesús crucificado encontramos la fuerza para aceptar este misterio. El cristiano sabe que, después del pecado original, la historia humana es siempre un riesgo; pero sabe también que Dios mismo ha querido entrar en nuestro dolor; experimentar nuestra angustia, pasar por la agonía del espíritu y del desgarramiento del cuerpo. La fe en Cristo no suprime el sufrimiento, pero lo ilumina, lo eleva, lo purifica, lo sublima, lo vuelve válido para la eternidad». (Juan Pablo II).

 

2º. «Jesús ve la congoja de aquellas personas, con las que se cruzaba ocasionalmente. Podía haber pasado de largo, o esperar una llamada, una petición. Pero ni se va ni espera. Toma la iniciativa, movido por la aflicción de una mujer viuda, que había perdido lo único que le quedaba, su hijo. El evangelista explica que Jesús se compadeció: quizá se conmovería también exteriormente, como en la muerte de Lázaro. No era, no es Jesucristo insensible ante el padecimiento, que nace del amor; ni se goza en separar a los hijos de los padres: supera la muerte para dar la vida, para que estén cerca los que se quieren, exigiendo antes y a la vez la preeminencia del Amor divino que ha de informar la auténtica existencia cristiana.

Cristo conoce que le rodea una multitud, que permanecerá pasmada ante el milagro e irá pregonando el suceso por toda la comarca. Pero el Señor no actúa artificialmente, para realizar un gesto: se siente sencillamente afectado por el sufrimiento de aquella mujer; y no puede dejar de consolarla. En efecto, se acercó a ella y le dijo: «No llores». Que es como darle a entender: no quiero verte en lágrimas, porque yo he venido a traer a la tierra el gozo y la paz. Luego tiene el lugar el milagro, manifestación del poder de Cristo Dios. Pero antes fue la conmoción de su alma, manifestación evidente de la ternura del Corazón de Cristo Hombre». (Es Cristo que pasa.-166).

Jesús, no eres sólo Dios; eres también hombre.

Por eso me quieres como me quieren los hombres: te alegra lo que me alegra, y te hace sufrir lo que me hace sufrir.

Pero como los buenos padres cuando piden algún esfuerzo a sus hijos por su propio bien, para educarlos, a veces me pides algún pequeño o gran sacrificio, para que me una más a tu cruz, a Ti.

Jesús, dame la fortaleza y la visión sobrenatural necesarias para aceptar siempre cualquier sufrimiento que encuentre en mi camino.

Hazme entender, en esos momentos difíciles y oscuros, que sólo en el Cielo no hay problemas, y que el sacrificio en la tierra es una oportunidad de abrazarte amorosamente en la Cruz.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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11 septiembre 2011 7 11 /09 /septiembre /2011 16:30

Meditación: Lunes de la semana 24 del tiempo ordinario; 12 de septiembre, 2011 año impar

«Cuando terminó de decir todas estas palabras al pueblo que le escuchaba, entró en Cafarnaún. Había allí un centurión que tenía un criado enfermo y moribundo a quien estimaba mucho. Habiendo oído hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos para rogarle que viniera a curar a su criado. Ellos, cuando llegaron junto a Jesús, le rogaban encarecidamente diciendo: «Merece que hagas esto, pues aprecia a nuestro pueblo y él mismo nos ha construido una sinagoga». Jesús, pues, se puso en camino con ellos. Y no estaba ya lejos de la casa cuando el centurión le envió unos amigos para decirle: «Señor no te tomes esa molestia, porque no soy digno de que entres en mi casa, por eso ni siquiera yo mismo me he considerado digno de venir a ti; pero di una palabra y mi criado quedará sano. Pues también yo soy un hombre sometido a disciplina y tengo soldados bajo mis órdenes: digo a éste: ve, y va; y al otro: ven, y viene; y a mi siervo: haz esto, y lo hace». Al oírlo, Jesús quedó admirado de él, y volviéndose a la multitud que le seguía, dijo: «Os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe». Y cuando volvieron a casa, los enviados encontraron sano al siervo. (Lucas 7,1-10)

 

1º. Jesús, te diriges a la casa del centurión por la insistencia de unos ancianos judíos que te piden ese favor.

El centurión es una buena persona, respetuoso con el pueblo judío, a pesar de ser oficial de un ejército extranjero.

Además, no pide para sí, sino para su criado a «quien estimaba mucho.»

Jesús, de la misma manera que el centurión buscó la intercesión de personas que estaban más cerca de Ti, quieres que yo también busque la intercesión de los santos.

Los santos -especialmente la Virgen María, tu madre- al estar muy cerca de Ti, me pueden ayudar a presentarte mis necesidades o las de los que conviven conmigo.

«Por el hecho de que los del cielo están más íntimamente unidos a Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad... no dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del único Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra... Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad». (CEC.- 956).

Sin embargo, Jesús, lo que realmente te remueve y provoca el milagro es la gran fe del centurión: «os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe.»

Fe que, por ser auténtica, está basada en la humildad: «no soy digno de que entres en mi casa».

Sin la virtud humana de la humildad, es difícil que me concedas la virtud sobrenatural de la fe.

2º. «Pásmate ante la bondad de Dios, porque Cristo quiere vivir en ti..., también cuando percibes todo el peso de la pobre miseria, de esta pobre carne, de esta vileza, de este pobre barro.

-Sí, también entonces, ten presente esa llamada de Dios: Jesucristo, que es Dios, que es Hombre, me entiende y me atiende porque es mi Hermano y mi Amigo». (Forja.-182).

Jesús, te quiero poco: no sé corresponder a tu Amor.

Soy de carne y «de orgullo»: a la que me descuido, sólo me importan mis planes, mis gustos, mis apetencias.

Me olvido de Ti, de lo que me pides, y voy a la mía.

Y luego, me arrepiento y siento el peso de la pobre miseria, de esta pobre carne, de esta vileza, de este pobre barro.

En esos momentos de íntima conversión, me dirijo a Ti como el centurión: «no soy digno de que entres en mi casa».

No merezco recibirte en la Comunión; me veo manchado: mi alma no está en condiciones de recibir al Autor de la gracia.

Pero sé que si me arrepiento con humildad y recibo el sacramento de la confesión, Tú me entiendes y me atiendes -me perdonas- porque, además de Dios, eres mi Hermano y mi Amigo.

Jesús, una vez limpio te puedo recibir en la Comunión, y entonces Tú me llenas con tu gracia y con tu fortaleza y con tu amor.

Pásmate ante la bondad de Dios, porque Cristo quiere vivir en ti...

Jesús, quieres vivir en mí.

Que no te cierre las puertas, que busque la intercesión de la Virgen y de los santos, que trate de hacer buenas obras y que imite al centurión en su fe y humildad.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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10 septiembre 2011 6 10 /09 /septiembre /2011 22:23

Meditación: Domingo de la semana 24 del tiempo ordinario; 11 de septiembre, 2011; ciclo A

«Entonces, acercándose Pedro, le preguntó: Señor; ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano, cuando peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le respondió: No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso el Reino de los Cielos viene a ser semejante a un rey que quiso arreglar cuentas con sus siervos. Puesto a hacer cuentas, le presentaron uno que le debía diez mil talentos. Como no podía pagar; el señor mandó que fuese vendido él con su mujer y sus hijos y todo lo que tenía, y así pagase. Entonces el servidor; echándose a sus pies, le suplicaba: Ten paciencia conmigo y te pagaré todo. El señor; compadecido de aquel siervo, lo mandó soltar y le perdonó la deuda. Al salir aquel siervo, encontró a tino de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándole, lo ahogaba y le decía: Págame lo que me debes. Su compañero, echándose a sus pies, le suplicaba: Ten paciencia conmigo y te pagaré. Pero no quiso, sino que fue y lo hizo meter en la cárcel, hasta que pagase la deuda. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se disgustaron mucho y fueron a contar a su señor lo que había pasado. Entonces su señor lo mandó llamar y le dijo: Siervo malvado, yo te he perdonado toda la deuda porque me lo has suplicado. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo la he tenido de ti? Y su señor; irritado, lo entregó a los verdugos, hasta que pagase toda la deuda. Del mismo modo hará con vosotros mi Padre Celestial, si cada uno no perdona de corazón a su hermano.» (Mateo 18, 21-35)

 

1º. Jesús, en una cultura donde dominaba la ley del Talión -ojo por ojo y diente por diente- perdonar dos veces era ya demasiado. Cuando Pedro te pregunta cuántas veces debe perdonar, se responde -como llegando al límite-: «¿hasta siete? No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete»,que es como decir: hay que perdonar siempre.

Pedro intentaba ser generoso, pero a lo humano.

Tú le elevas el nivel: hay que imitar a Dios, que es infinitamente misericordioso.

Y para que le quede claro, le explicas la parábola del siervo despiadado: su señor le ha perdonado diez mil talentos -unos setenta millones de denarios- y él no es capaz de perdonar cien denarios a su compañero.

Jesús, a veces pienso que lo que alguien me ha hecho es imperdonable, y no me doy cuenta de que eso -que me parece enorme- es como cien denarios comparado con los setenta millones que Tú me has perdonado muriendo en la cruz.

«Dios a nadie aborrece y rechaza tanto como al hombre que se acuerda de la injuria, al corazón endurecido, al ánimo que conserva el enojo» (San Juan Crisóstomo).

Si quiero ser tu discípulo, si quiero imitarte, he de aprender a «perdonar a lo divino».

Y para ello necesito primero «amar a lo divino».

Enséñame a amar a los demás como Tú los amas.

2º. «Conforme: aquella persona ha sido mala contigo. -Pero, ¿no has sido tú peor con Dios?» (Camino.-686).

Jesús, cuántas veces debo recurrir a este pensamiento tan simple, para no dejarme llevar de mis pasiones perdiendo la objetividad.

Conforme: aquella persona ha sido mala contigo; no debía haberse comportado así.

Pero calma.

¿No he sido yo peor con Dios?

Y Tú me perdonas una vez y otra.

¿No voy a intentar hacer lo mismo con mi prójimo?

Además, aquello que me parece tan grave, a veces es fruto de una confusión, o de un fallo sin mala intención; de modo que la otra persona no tiene la culpa o, al menos, toda la culpa.

Mi enfado puede ser injusto y, por supuesto, no arregla nada.

Mientras que si se aclaran las cosas con serenidad, muchas veces el problema se desvanece.

Jesús, si me enfado, no es por mi carácter.

Es por mi falta de carácter y de visión sobrenatural.

Ayúdame a saberme contener cuando me enfade.

Ayúdame a saber disculpar, a ver el lado positivo, sin caer en la ingenuidad.

Ayúdame a mirar a todos con aquella mirada tuya siempre amorosa, incluso con aquellos que te clavaron en la cruz.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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9 septiembre 2011 5 09 /09 /septiembre /2011 20:51

Meditación: Sábado de la semana 23 del tiempo ordinario; 10 de septiembre, 2011; año impar

«Porque no hay árbol bueno que dé mal fruto, ni tampoco árbol malo que dé buen fruto. Pues cada árbol se conoce por su fruto; no se recogen higos de los espinos, ni se cosechan uvas del zarzal. El hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca cosas buenas, y el malo de su mal saca cosas malas: porque de la abundancia del corazón habla su boca.¿Por qué me llamáis Señor; Señor; y no hacéis lo que os digo? Todo el que viene a mí y escucha mis palabras y las pone en práctica, os diré a quien es semejante. Es semejante a un hombre que, al edificar una casa, cavó muy hondo, y puso los cimientos sobre la roca. Al venir una inundación, el río irrumpió contra aquella casa, y no pudo derribarla porque estaba bien edificada. El que escucha y no pone en práctica es semejante a un hombre que edificó su casa sobre la tierra sin cimientos; irrumpió contra ella el río y se cayó enseguida, y fue grande la ruina de aquella casa.»

(Lucas 6, 43-49)

1º. Jesús, me pones dos comparaciones -la del árbol y la de la casa cimentada sobre roca- unidas por una queja: «¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que os digo?»

No es suficiente, por tanto, con escuchar tu doctrina, ni con llamarme cristiano, ni con reconocerte como Salvador y Señor...

Tú me vas a juzgar por mis obras.

Jesús, me quieres recordar que mi vida interior se ha de reflejar en obras buenas.

Mis obras son esos frutos buenos de los que otros se pueden alimentar; son el cimiento seguro ante la dificultad.

Esas obras buenas, hechas con regularidad, dan lugar a las virtudes: trabajo, servicio, sinceridad, sobriedad, puntualidad, obediencia, etc. ...

«Todo el que viene a mí y escucha mis palabras y las pone en práctica..».

Jesús, ayúdame a poner en práctica, en mi vida, el mensaje del Evangelio.

Y tu mensaje se resume en dos mandamientos: amarte a Ti sobre todas las cosas y amar al prójimo como a mi mismo.

¿Cuánto tiempo dedico cada día a Dios y a los demás? ¿Cómo me esfuerzo para hacerlo todo en presencia de Dios y con intención de servicio?

2º. «Cuando un alma se esfuerza por cultivar las virtudes humanas, su corazón está ya muy cerca de Cristo. Y el cristiano percibe que las virtudes teologales -la fe, la esperanza, la caridad-, y todas las otras que trae consigo la gracia de Dios, le impulsan a no descuidar nunca esas cualidades buenas que comparte con tantos hombres.

Las virtudes humanas  insisto  son el fundamento de las sobrenaturales; y éstas proporcionan siempre un nuevo empuje para desenvolverse con hombría de bien. Pero, en cualquier caso, no basta el afán de poseer esas virtudes: es preciso aprender a practicarlas. «Discite benefacere», aprended a hacer el bien. Hay que ejercitarse habitualmente en los actos correspondientes -hechos de sinceridad, de veracidad, de ecuanimidad, de serenidad, de paciencia-, porque obras son amores, y no cabe amar a Dios sólo de palabra, sino «con obras y de verdad»» (Amigos de Dios.- 91).

Jesús, de la misma manera que la casa sin cimiento se derrumba ante las primeras inclemencias del tiempo, también la vida del cristiano que no tiene un fundamento firme se desmorona ante las dificultades.

Las virtudes humanas  -insisto- son el fundamento de las sobrenaturales.

Para tener una vida sobrenatural fuerte, segura, me tengo que ejercitar habitualmente en las virtudes humanas.

De este modo se explica que la Iglesia exija a sus santos el ejercicio heroico no sólo de las virtudes teologales, sino también de las morales o humanas; y que las personas verdaderamente unidas a Dios por el ejercicio de las virtudes teologales se perfeccionan también desde el punto de vista humano, se afinan en su trato; son leales, afables, corteses, generosas, sinceras, precisamente porque tienen colocados en Dios todos los afectos de su alma» (Álvaro del Portillo).

María, tú supiste amar con obras y de verdad.

Tú eres el mejor árbol, puesto que has dado el mejor fruto: «bendito es el fruto de tu vientre».

Sin hacer cosas raras o extraordinarias, viviste muy unida a Jesús, haciéndolo todo por El.

Eres maestra de todas las virtudes, especialmente de la humildad.

Ayúdame a ser humilde, pues sin humildad, no puedo adquirir ninguna virtud.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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8 septiembre 2011 4 08 /09 /septiembre /2011 19:18

Meditación: Viernes de la semana 23 del tiempo ordinario; 9 de septiembre, 2011; año impar

«Les dijo también tina parábola: ¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?No está el discípulo por encima del maestro; todo aquel que esté bien instruido podrá ser como su maestro.¿Por qué miras la paja en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en el tuyo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: hermano, deja que quite la paja que hay en tu ojo, no viendo tú mismo la viga que hay en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo y entonces verás con claridad cómo sacar la paja del ojo de tu hermano.» (Lucas 6, 39-42)

1º. Jesús, me adviertes del peligro de guiar a los demás sin antes cuidar mi vida interior.

El primer apostolado es luchar personalmente por ser santo, por ver con claridad el camino, por quitar esos defectos que me apartan de Ti.

No me dices que no ayude a los demás, sino que primero empiece por luchar yo mismo.

«Cuando nos veamos precisados a reprender a otros, pensemos primero si alguna vez hemos cometido aquella falta que vamos a reprender; y si no la hemos cometido, pensemos que somos hombres y que hemos podido cometerla. O si la hemos cometido en otro tiempo, aun que ahora no la cometamos. Y entonces tengamos presente la común fragilidad para que la misericordia, y no el rencor, preceda a aquella corrección» (San Agustín).

Jesús, quieres apartarme del peligro de juzgar a los demás, de señalar sus defectos y limitaciones, sin darme cuenta de que yo tengo también los míos, a veces incluso mayores que los de los demás.

¿Cómo voy a guiar a los demás si yo mismo voy a tientas?

«¿No caeremos los dos en el hoyo?»

Así como el tomarse la vida cristiana en serio lleva a hacer apostolado, también es verdad que el tomarse el apostolado en serio lleva a mejorar en la vida interior.

Porque el cristiano ha de ser ejemplo para los demás: ha de ser el mismo Cristo.

Pero ¿cómo puedo parecerme más a Ti?

«Todo aquel que esté bien instruido podrá ser como su maestro.»

Para empezar, me pides que me tome en serio mi formación espiritual.

2º. «Necesitas vida interior y formación doctrinal ¡Exígete! -Tú-caballero cristiano, mujer cristiana- has de ser sal de la tierra y luz del mundo, porque estás obligado a dar ejemplo con una santa desvergüenza.

-Te ha de urgir la caridad de Cristo y al sentirte y saberte otro Cristo desde el momento en que le has dicho que le sigues, no te separarás de tus iguales  tus parientes, tus amigos, tus colegas-, lo mismo que no se separa la sal del alimento que condimenta.

Tu vida interior y tu formación comprenden la piedad y el criterio que ha de tener un hijo de Dios, para sazonarlo todo con su presencia activa.

Pide al Señor que siempre seas ese buen condimento en la vida de los demás» (Forja.-450).

Jesús, por ser cristiano, he de ser otro Cristo.

Y para ello necesito vida interior y formación doctrinal.

Aún más cuando la sociedad en la que vivo está tan alejada de Dios y se mueve con unos criterios tan opuestos a los que Tú nos has dejado.

Como el pez que remonta la corriente necesita más energía interior que el que se deja arrastrar por ella, así también el cristiano que quiere vivir como tal en la sociedad actual necesita mucha vida interior y criterio bien formado.

Jesús, no puedo excusarme diciendo que el ambiente está muy mal, ni tampoco quieres que me aísle de los demás para no «contaminarme».

Quieres que sea sal y luz del mundo, que lo sazone todo con mi presencia activa, con mi caridad, dando ejemplo cristiano con una santa desvergüenza.

Pero sin ser guía ciego.

Jesús, que ponga empeño en cuidar mis normas de piedad, especialmente la Misa y la oración que son como las columnas de mi vida interior.

Ayúdame a ser constante en la formación espiritual y doctrinal, pidiendo consejo en la dirección espiritual para avanzar en este terreno, consciente de que la formación no termina nunca.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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7 septiembre 2011 3 07 /09 /septiembre /2011 16:57

Meditación: La Natividad de la Santísima Virgen María

«Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán... (...). La generación de Jesucristo fue así: Estando desposada su madre Maria con José, antes de que conviviesen, se encontró que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo. José su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. Estando él considerando estas cosas, he aquí que un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, pues lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. Todo esto ha ocurrido para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del Profeta: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien llamarán Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros. Al despertarse José hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su esposa.» (Mateo 1, 1-16.18-24)

 

1º. «La venida del Hijo de Dios a la tierra es un acontecimiento tan inmenso que Dios quiso prepararlo durante siglos» (CEC.-522).

Hoy aparece en el Evangelio toda la genealogía tuya desde Abrahán.

Catorce generaciones de Abrahán a David, catorce más hasta la deportación a Babilonia y otras catorce hasta Ti.

¡Cuánta gente ha pasado!

¿Qué queda de ellos?

La vida es corta y después de mí vendrá otra generación, y después otra.

«Maria Santísima, Madre de Dios, pasa inadvertida, como una más entre las mujeres de su pueblo.

Aprende de Ella a vivir con «naturalidad» (Camino.-499).

Madre, nadie se entera de que eres la Elegida; nadie sabe los favores especiales que has recibido de Dios.

No vas con la cara alta, mostrando lo que sólo pertenece a Dios y a quien Él se lo quiera revelar.

Ni siquiera a José le dijiste nada hasta que Dios no le hizo partícipe de la misión que te había encomendado.

Sin embargo, se nota que eres especial. Porque eres dócil, humilde.

Porque eres atenta y servicial. Porque siempre sonríes y tienes una palabra de ánimo. Porque haces las cosas bien.

Esa es tu «naturalidad».

Una vida sin espectáculo pero llena de contenido.

Una vida que tiene un fundamento: Jesús.

Madre, esa es la «naturalidad» que te pido para mí.

No se trata de que vaya pregonando mi vocación personal de cristiano donde no haga falta; pero sí debe notarse en mi modo de comportarme.

Porque yo también tengo a Jesús dentro de mí, en mi alma en gracia.

Por ello tengo la posibilidad de quedarme a solas con él y ofrecerle silenciosamente mi trabajo, las alegrías y las dificultades del día; y decirle que quiero hacerlo todo por Él y para Él.

3º. María está encinta y José no se lo explica.

¡Cómo debiste sufrir, José, durante estos días de desconcierto!

Y lo peor es que ibas a tener que abandonar a la persona que más amabas en esta tierra.

Esta fue la cruz de José, la prueba que Dios le puso antes de encomendarle la gran misión: ser el esposo de María, la Madre de Dios; ser el jefe de la Sagrada Familia.

Jesús, también yo sufro dificultades, reveses, tentaciones.

Son pequeñas pruebas, pequeñas cruces comparadas con la que tuvo que sufrir San José.

Pero son grandes oportunidades para mostrar el amor que te tengo, y para que Tú me puedas también confiar cosas más grandes.

José, no buscaste la solución más fácil, sino la más justa, aunque te costaba terriblemente ponerla en práctica.

Ayúdame a tener siempre esa fortaleza.

Que sepa sufrir, que aguante la dificultad, que tenga el aplomo necesario para que Dios se pueda apoyar en mí y me pueda confiar lo que quiera.

4º. Jesús, hoy quieres que aprenda de tu padre en la tierra, de José.

Quieres que aprenda de su vida corriente en apariencia, pero llena de sentido por la misión que tenía de cuidarte.

Quieres que yo también sea, en medio de mi vida de trabajo, piadoso, servidor irreprochable de Dios, cumplidor de la voluntad divina.

José, eres mi padre y señor, eres mi maestro.

Tú has sabido como nadie trabajar en presencia de Dios, con justicia, con profesionalidad; tú has aprendido a amar a Dios cumpliendo sus mandamientos y orientando toda tu vida en servicio de tus hermanos, los demás hombres.

Tú has obedecido siempre la voluntad de Dios: «José hizo como el ángel del Señor le había mandado.»

 Ayúdame a comportarme así en mis circunstancias concretas, cada día.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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7 septiembre 2011 3 07 /09 /septiembre /2011 16:54

Meditación: Jueves de la semana 23 del tiempo ordinario; 8 de septiembre, 2011; año impar

«Pero a vosotros que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian; bendecid a los que os maldicen y rogad por los que os calumnian. Al que te hiere en la mejilla preséntale también la otra, y al que te quite el manto no le niegues tampoco la túnica. Da a todo el que te pida, y al que toma lo tuyo no se lo reclames. Haced a los hombres mismo que quisierais que ellos os hiciesen a vosotros. Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tendréis?, pues también los pecadores aman a quienes los aman. Y si hacéis bien a quienes os hacen el bien, ¿qué mérito tendréis?, pues también los pecadores hacen lo mismo. Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir; ¿qué mérito tendréis?, pues también los pecadores prestan a los pecadores para recibir otro tanto.Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced bien y prestad sin esperar nada por ello; y será grande vuestra recompensa, y seréis hijos del Altísimo, porque El es bueno con los ingratos y con los malos. Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados. Perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará; echarán en vuestro regazo una buena medida, apretada, colmada, rebosante: porque con la misma medida que midáis seréis medidos.» (Lucas 6, 27-38)

1º. Jesús, hoy me explicas una de las grandes verdades acerca del destino eterno de los hombres: «con la misma medida que midáis, seréis medidos».

Es decir, en la vida eterna seré juzgado de la misma manera con la que yo he juzgado a los demás: se me dará según haya dado, y se me perdonará según haya perdonado.

Ahora, mientras te dedicas al mal, llegas a considerarte bueno, porque no te tomas la molestia de mirarte. Reprendes a los otros y no te fijas en ti mismo. Acusas a los demás y a ti no te examinas. Les colocas a ellos delante de tus ojos y a ti te pones a tu espalda. Pues cuando me llegue a mí el turno de argüirte, dice el Señor; haré todo lo contrario: te daré la vuelta y te pondré delante de ti mismo. Entonces te verás y llorarás» (San Agustín).

Jesús, el Juicio que tendré al morir no es una venganza o un premio para «nivelar» distintas suertes en la tierra.

En el Juicio, Tú me harás ver cómo soy en realidad, es decir, cuál es mi capacidad de amar, y me darás según esa capacidad.

Tú siempre llenas al máximo: «una buena medida, apretada, colmada, rebosante».

 Pero el que se presente con un corazón egoísta no tendrá capacidad de recibir tu Amor.

En el fondo, Jesús, cuando soy generoso y hago «el bien sin esperar nada por ello», o cuando mido a los demás con misericordia, yo mismo quedo marcado con esa medida.

Porque mi caridad -mi amor- crece, y crece también mi capacidad de recibir tu amor.

Tú eres el que juzgas, pero soy yo el responsable de la medida con la que seré medido.

2º. «Mira: tenemos que amar a Dios no sólo con nuestro corazón, sino con el «Suyo», y con el de toda la humanidad de todos los tiempos...: si no, nos quedaremos cortos para corresponder a su Amor» (Surco.-809).

Jesús, Tú elevas el nivel de lo que significa amar.

Amar no es intercambiar favores: «si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir; ¿qué mérito tendréis?»

Ni siquiera es corresponder solamente al amor que otro me muestra: «si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tendréis?»

Si sólo doy para recibir, ¿dónde está la diferencia con los que no te conocen, pues «también ellos hacen lo mismo?»

Jesús, en la última cena dejas a tus apóstoles el mandamiento nuevo: «que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros» (Juan 13,34).

He de amar a los demás como Tú los amas, no sólo con mi corazón, sino con el Tuyo.

Esta es la diferencia cristiana: «en esto conocerán todos que sois mis discípulos» (Juan 13,35).

Jesús, ayúdame a querer a todos, sin hacer distinciones, sin contar los favores recibidos, sin esperar que me lo agradezcan.

«Y será grande vuestra recompensa, y seréis hijos del Altísimo».

¿Qué mejor recompensa puedo esperar -ya aquí en la tierra- que llegar a ser hijo de Dios?

Gracias, Dios mío, porque me pagas con tanto lo poco que soy capaz de hacer por los demás.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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7 septiembre 2011 3 07 /09 /septiembre /2011 03:16

Meditación: Miércoles de la semana 23 del tiempo ordinario;7 de septiembre. 2011; año impar

«Y él, alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Bienaventurados los que ahora padecéis hambre, porque seréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis. Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como maldito, por causa del Hijo del Hombre. Alegraos en aquel día y regocijaos, porque vuestra recompensa es grande en el Cielo; pues de este modo se comportaban sus padres con los profetas. Pero ¡ay de vosotros los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros los que ahora estáis hartos, porque tendréis hambre! ¡Ay de vosotros los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis! ¡Ay cuando los hombres hablen bien de vosotros, pues de este modo se comportaban sus padres con los falsos profetas!» (Lucas 6, 20-26)

1º. Jesús, este pasaje, que se conoce con el nombre de las bienaventuranzas, podría llamarse también las paradojas: para conseguir una cosa, me dices que he de hacer lo contrarío de lo que parece que debería hacer a primera vista.

El que es pobre, poseerá.

El hambriento, no tendrá hambre.

El que llora es el que será feliz...

¿Cómo se explican todas estas paradojas?

Se dan estas paradojas porque hay dos mundos: el mundo terreno en el que vivo, y el Reino de los Cielos que me has venido a anunciar.

Y me has recordado que «nadie puede servir a dos señores» (Mateo 6,24).

El que busca la riqueza en este mundo y pone su corazón en los bienes materiales, en los honores humanos, en la comodidad o el placer, no deja espacio en su vida para recibir los bienes espirituales, que llenan mucho más y duran para siempre.

«La bienaventuranza prometida nos coloca ante opciones morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro corazón de sus malvados instintos y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar; ni en la gloria humana o el poder; ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino sólo en Dios, fuente de todo bien y de todo amor» (CEC.-1723).

Además, Jesús, me has traído este mensaje: «el Reino de Dios está ya en medio de vosotros» (Lucas 17,21).

Por lo tanto, no se trata de escoger entre la felicidad actual y la futura, sino entre dos tipos distintos de felicidades actuales: la «felicidad» egoísta del que se busca a sí mismo, o la felicidad sacrificada del que sabe amarte y darse a los demás.

2º. «No eres feliz, porque le das vueltas a todo como si tú fueras siempre el centros si te duele el estómago, si te cansas, si te han dicho esto o aquello...

¿Has probado a pensar en Él y por Él, en los demás?» (Surco.-74).

Jesús, bienaventurado significa feliz.

Y hoy me enseñas que la verdadera felicidad, la que llena, la que dura, la que nadie me puede quitar, es la alegría que procede del amor a Dios y a los demás, y por tanto, de la entrega y del sacrificio.

Para los que la escogen, dices: «alegraos en aquel día y regocijaos.»

Sin embargo, a los egoístas adviertes: «¡ay de vosotros; ya habéis recibido vuestro consuelo!»

Jesús, a veces estoy triste porque no hago más que pensar en mí mismo, como si yo fuera siempre el centro: si me miran o me dejan de mirar, si tienen un buen concepto de mí, si me esfuerzo «demasiado», si los demás hacen menos, si en el futuro podré tener esto o lo otro, etc. ..

¿Has probado a pensar en El y por El, en los demás?

Jesús, Tú me indicas el camino de la felicidad, de la bienaventuranza. El camino, aun que en apariencia paradójico, es claro: amarte a Ti y a los demás; servirte a Ti y a los demás.

«De estos dos mandamientos pende toda la Ley y los Profetas» (Mateo22,40).

Tú me has dado ejemplo hasta el punto de morir por mí.

Dame también tu gracia para que sea capaz de vivir el espíritu de las bienaventuranzas.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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6 septiembre 2011 2 06 /09 /septiembre /2011 03:43

Meditación: Martes de la semana 23 del tiempo ordinario; 6 de septiembre, 2011; año impar

«Sucedió en aquellos días que salió al monte a orar; y pasó toda la noche en oración a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió a doce entre ellos, a los que denominó Apóstoles: a Simón, a quien puso el sobrenombre de Pedro, y a su hermano Andrés, Santiago, Juan, Felipe y Bartolomé, a Mateo y Tomás, Santiago de Alfeo y a Simón, llamado Zelotes, a Judas de Santiago y Judas Iscariote, que fue el traidor. Bajando con ellos, se detuvo en un lugar llano; y había una multitud de sus discípulos, y una gran muchedumbre del pueblo procedente de toda Judea y de Jerusalén, y del litoral de Tiro y Sidón, que vinieron a oírle y a ser curados de sus enfermedades. Y los que estaban atormentados por espíritus inmundos quedaban curados. Toda la multitud intentaba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos.» (Lucas 6, 12-19)

1º. Jesús, vas a escoger a los apóstoles, que serán las columnas de tu Iglesia.

Tan importante es esta decisión, que pasas toda la noche en oración a Dios.

¿Qué le decías a tu Padre en esas largas horas de conversación con El?

Seguramente le pedías por cada uno de aquellos hombres que ibas a llamar, para que fueran fieles.

Pedirías especialmente por Pedro, tu representante en la tierra, cabeza del colegio apostólico y de la Iglesia entera.

Pedirías también especialmente por Judas, que te iba a entregar.

Jesús, en la última cena recuerdas a los apóstoles este momento: «no me habéis elegido vosotros a mi, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca».(Juan 15,16).

Los has elegido porque te ha dado la gana, no por sus cualidades humanas o espirituales.

La mayoría eran pescadores, con escasa cultura, sin relaciones con las personas influyentes.

Tampoco sobresalen por sus virtudes: tienen miedo, envidia, se pelean entre ellos,...

Pero Tú les llamas.

2º. «Un día -no quiero generalizar; abre tu corazón al Señor y cuéntale tu historia-, quizá un amigo, un cristiano corriente igual a ti, te descubrió un panorama profundo y nuevo, siendo al mismo tiempo viejo como el Evangelio. Te sugirió la posibilidad de empeñarte seriamente en seguir a Cristo, en ser apóstol de apóstoles. Tal vez perdiste entonces la tranquilidad y no la recuperaste, convertida en paz, hasta que libremente, porque te dio la gana -que es la razón más sobrenatural-, respondiste que sí a Dios. Y vino la alegría, recia, constante, que sólo desaparece cuando te apartas de El.

No me gusta hablar de elegidos ni de privilegiados. Pero es Cristo quien habla, quien elige. Es el lenguaje de la Escritura: «elegit nos in ipso ante mundi constitutionem -dice San Pablo- ut essemus sancti». Nos ha escogido, desde antes de la constitución del mundo, para que seamos santos. Yo sé que esto no te llena de orgullo, ni contribuye a que te consideres superior a los demás hombres. Esa elección, raíz de la llamada, debe ser la base de tu humildad. ¿Se levanta acaso un monumento a los pinceles de un gran pintor? Sirvieron para plasmar obras maestras, pero el mérito es del artista. Nosotros -los cristianos- somos sólo instrumentos del Creador del mundo, del Redentor de todos los hombres» (Es Cristo que pasa.-1).

Jesús, Tú llamas también hoy.

En cada generación buscas personas para que te sigan más de cerca, siendo apóstoles -testigos de la resurrección- en la sociedad en la que viven.

Y hoy como entonces, llamas a gente corriente: con defectos, con las mismas cualidades humanas que muchos otros.

«Es norma general de todas las gracias especiales comunicadas a cualquier creatura racional que, cuando la gracia divina elige a alguien para algún oficio especial o algún estado muy elevado, otorga todos los carismas que son necesarios a aquella persona así elegida y que la adornan con profusión» (San Bernardino de Siena).

La gran diferencia es que Tú das más gracia a quien más pides, y ruegas al Padre especialmente por aquellos que has escogido.

Yo, como cristiano, he sido escogido desde antes de la constitución del mundo para ser instrumento tuyo.

Ayúdame a ser fiel a esa llamada a la santidad, como lo fueron -menos Judas- los primeros apóstoles.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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3 septiembre 2011 6 03 /09 /septiembre /2011 18:46

Meditación: Domingo 23 tiempo ordinario; ciclo A. 4 de septiembre 2011

«Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígele a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no escucha, toma entonces contigo a uno o dos, para que cualquier asunto quede firme por la palabra de dos o tres testigos. Pero si no quiere escucharlos, díselo a la Iglesia. Si tampoco quiere escuchar a la Iglesia, tenlo por pagano y publicano.

Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el Cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el Cielo.

Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra sobre cualquier cosa que quieran pedir; mi Padre que está en los Cielos se lo concederá. Pues donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.» (Mateo 18, 15-20)

1º. Jesús, hoy me enseñas una de las consecuencias del mandamiento nuevo: si he de amar a los demás como Tú los amas, tengo también la responsabilidad de intentar que rectifiquen cuando su comportamiento no es el que debería ser.

Esta responsabilidad se llama corrección fraterna: corregir al hermano.

«Si te escucha, habrás ganado a tu hermano;» le habrás hecho el mayor favor, le habrás mostrado que le quieres de verdad.

En mi apostolado de cristiano corriente, además de abrir horizontes espirituales a los que me rodean mostrándoles la belleza del camino de santidad, debo advertirles -sin ofender, con cariño- aquellas cosas que no hagan bien.

Es un deber cristiano, como lo es el deber de ayudar a los que están necesitados en el terreno material.

Pero no es suficiente con señalar los defectos.

Lo que me pides, Jesús, es que les ayude a mejorar: con mi oración, con mi ejemplo y con mi palabra.

Jesús, me has dado un gran medio para ayudar a mis amigos a ser mejores: la Confesión.

Este sacramento no sólo perdona los pecados, sino que además da fuerzas para luchar en aquello de lo que uno se confiesa.

Les has dado a los apóstoles  y a través de ellos a los sacerdotes  el poder de atar y desatar: el poder de perdonar los pecados y administrar tu gracia.

¡Qué gran complemento a la corrección fraterna es el llevar a mis amigos a la Confesión!

Toda la virtud de la penitencia reside en que nos restituye a la gracia de Dios y nos une con Él con profunda amistad. El fin y el efecto de este sacramento son, pues, la reconciliación con Dios. En los que reciben el sacramento de la Penitencia con un corazón contrito y con una disposición religiosa, tiene como resultado la paz y la tranquilidad de conciencia, a las que acompaña un profundo consuelo espiritual. En efecto, el sacramento de la reconciliación con Dios produce una verdadera «resurrección espiritual», una restitución de la dignidad y de los bienes de la vida de los hijos de Dios, el más precioso de los cuales es la amistad de Dios» (CEC.-1468).

2º. «¿No es raro que muchos cristianos, pausados y hasta solemnes para la vida de relación (no tienen prisa), para sus poco activas actuaciones profesionales, para la mesa y para el descanso (tampoco tienen prisa), se sientan urgidos y urjan al Sacerdote, en su afán de recortar; de apresurar el tiempo dedicado al Sacrificio Santísimo del Altar? (Camino.-530).

Jesús, hoy me haces una promesa que debo recordar a menudo: «donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»

Quieres que los cristianos nos reunamos en tu nombre para rezar, para pedir cosas al Padre.

De ahí la importancia de rezar en familia, hacer la oración acompañado de otros, y de muchas costumbres en las que los cristianos se reúnen para rezar: procesiones, romerías, etc.

Jesús, Tú estableciste que la reunión de cristianos por excelencia fuera la Santa Misa: «haced esto en memoria mía» (Lucas 22,19).

En la Santa Misa, Tú estás en medio de nosotros de manera muy especial: te haces presente en la Eucaristía con tu cuerpo y sangre, alma y divinidad.

Por eso, la Santa Misa es el mejor lugar para pedirte lo que necesito, y también para alabarte, darte gracias y pedirte perdón.

Si esto es así, ¿no es raro que muchos cristianos se sientan urgidos para recortar el tiempo dedicado al Sacrificio Santísimo del Altar?

Jesús, lo que pasa es que me falta fe para descubrir tu presencia en la Misa.

Auméntame mi fe.

Precisamente la Misa es el mejor momento para pedirte que aumentes mi fe, especialmente en la Consagración y en la Comunión, pues la Eucaristía es el Sacramento de nuestra Fe.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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