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3 septiembre 2011 6 03 /09 /septiembre /2011 18:22

Meditación: Domingo semana 22 de tiempo ordinario; 28 de agosto, 2011; ciclo A

«Entonces dijo Jesús a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame; pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. Porque, ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?, o ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su alma? Porque el Hijo del Hombre ha de venir en la gloria de su Padre acompañado de sus ángeles, y entonces retribuirá a cada uno según su conducta. En verdad os digo que hay algunos de los aquí presentes que no sufrirán la muerte hasta que vean al Hijo del Hombre venir en su Reino.» (Mateo 16, 24-28)

 

1º. Jesús, eres Dios y sabes mejor que yo para qué me has creado y como voy a ser realmente feliz.

Sabes que todas las riquezas materiales del mundo juntas no son capaces de llenar un corazón creado para amar.

Si lo propio del corazón es amar, sólo se va a satisfacer amando.

Y amar es darse, entregarse.

Recibir, atesorar, conseguir para uno mismo, pueden satisfacer los deseos materiales del cuerpo; pero si se convierten en el único objetivo, pueden también destrozar la capacidad de amar que tiene nuestra alma espiritual.

Por eso hoy me recuerdas: «¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?»

El egoísta podrá hacerse con cosas del mundo: honores, dinero, diversiones, comodidad.

Pero si pierde su alma, no sabrá amar en la tierra y, por ello, no podrá amar en la otra vida.

Infeliz aquí, infeliz en la eternidad.

«La muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo. El Nuevo Testamento habla del juicio principalmente en la perspectiva del encuentro final con Cristo en su segunda venida; pero también asegura reiteradamente la existencia de la retribución inmediata después de la muerte de cada uno como consecuencia de sus obras y de su fe. La parábola del pobre Lázaro y la palabra de Cristo en la Cruz al buen ladrón, así como otros textos del Nuevo Testamento hablan de un último destino del alma que puede ser dijeren te para unos y para otros» CEC.-1021)

Jesús, que me dé cuenta de que vale la pena darse, pensar en los demás, pensar en Ti.

Que sea consciente de que toda mi eternidad depende de la capacidad para amar que desarrolle en estos años de vida en la tierra.

Que no me engañe pensando que Tú me perdonarás con tu gran misericordia.

Tu gran misericordia la demuestras muriendo en la cruz y perdonándome en la confesión.

En el juicio, retribuirás «a cada uno según su conducta.»

 

2º. «El amor gustoso, que hace feliz al alma, está basado en el dolor: no cabe amor sin renuncia» (Forja.-760).

Jesús, ésta es la gran paradoja: no cabe amor sin renuncia.

Para aprender a amar hay que aprender a sufrir, a sacrificarse por el ser querido.

El que se busca a sí mismo, nunca experimentará ese amor gustoso, que hace feliz al alma.

Por eso aseguras que el que quiera seguirte, el que quiera amarte sobre todas las cosas, debe empezar por negarse a sí mismo: «si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame».

Jesús, la señal de la cruz es la señal del cristiano, porque el sacrificio es el camino del amor, y sólo podemos ser cristianos si nos amamos los unos a los otros, y a Ti sobre todas las cosas.

¿Cómo puedo tomar cada día mi cruz?

Una buena manera de hacerlo es sirviendo a los que me rodean con pequeños detalles, y no quejándome ante los inconvenientes típicos de cada jornada, ofreciéndote esas dificultades por alguna intención.

De este modo, no buscándome a mí mismo sino entregándome a los demás, aunque parezca que pierda mi vida, la encontraré.

«Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará».

Jesús, Tú me has dado el máximo ejemplo de entrega: «nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos» (Juan 15,13).

Tú has entregado tu vida por tus amigos, por mí.

Y por ello tienes el amor más grande, el amor gustoso que llena y hace feliz al alma.

Ayúdame a vencer la aparente contradicción de renunciar a mi egoísmo, de modo que aprenda a amar de veras.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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1 septiembre 2011 4 01 /09 /septiembre /2011 18:23

Meditación: Viernes 22 tiempo ordinario, 2 de septiembre 2011; año impar

«Pero ellos le dijeron: ¿Por qué los discípulos de Juan ayu­nan con frecuencia y hacen oraciones, y asimismo los de los fariseos; en cambio los tuyos comen y beben? Jesús les dijo: ¿Podéis acaso hacer ayunar a los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Días vendrán en que les será arreba­tado el esposo; ya ayunarán en aquellos días. Y les decía tam­bién una parábola: Nadie pone a un vestido viejo una pieza cortándola de un vestido nuevo, porque entonces, además de romper el nuevo, la pieza del vestido nuevo no le iría bien al viejo. Tampoco echa nadie vino nuevo en odres viejos; pues entonces el vino nuevo reventará los odres, y se derramará, y los odres se perderán. El vino nuevo debe echarse en odres nuevos. Y ninguno acostumbrado a beber vino añejo quiere del nuevo, porque dice: el añejo es mejor» (Lucas 5, 33-39)

1º. Jesús, los discípulos de Juan y los de los fariseos «ayunan con frecuencia y hacen oraciones».

 ¿Por qué los tuyos no? ¿Es que vienes a traer una religión sin oración ni mortificación, una religión «fá­cil»?

No.

Sin embargo, vas llevando a tus discípulos poco a poco por el camino cristiano.

Ya se sacrificarán, hasta dar la vida por Ti, cuando llegue el momento.

Jesús, no vienes a cambiar la oración y la mortificación  el ayuno es una forma de mortificación  como medios de unión con Dios, sino que vienes a darles un nuevo sentido que los llena de ple­nitud: el sentido de la filiación divina.

Has venido al mundo para ha­cerme hijo de Dios; por ello, las oraciones y ayunos del Antiguo Testamento ya no son suficientes.

«La Ley nueva practica los actos de la religión: la limosna, la oración y el ayuno, ordenándolos al «Padre que ve en lo secreto», por oposición al deseo de «ser visto por los hombres». Su oración es el Padre Nuestro» CEC.-1969).

«El vino nuevo debe echarse en odres nuevos.»

 No es que no haya que rezar o mortificarse, sino que hay que hacerlo de una ma­nera nueva, con nueva perspectiva.

Los moldes antiguos  -odres viejos-,las antiguas tradiciones y prácticas, han de dar paso a otros nuevos: Dios, sin dejar de ser el Todopoderoso, es Padre.

2º. «Minutos de silencio». Dejadlos para los que tienen el cora­zón seco.

Los católicos, hijos de Dios, hablamos con el Padre nuestro que está en los cielos» (Camino.-115).

Llegado el momento oportuno, cuan do los apóstoles pueden entender el vino nuevode la filiación divina, les explicas cómo deben rezar: «vosotros, pues, orad así: Padre nuestro, que estás en los cie­los» (Mateo 6,9).

Jesús, quieres que los católicos, hijos de Dios, hablemos con Dios como Tú hablas con El: como hijos con su padre.

Por eso la oración no consiste en permanecer en silencio, que es lo propio de los que no tienen a nadie a quien dirigirse.

«Al orar no empleéis muchas palabras como los gentiles» (Mateo 6,7).

La oración es una conversación natural de un hijo con su Padre.

No se hace más oración cuanta más gente está a mi alrededor, ni cuanto más se canta, ni cuanto más ruido se hace.

«Por el contrario, cuando te pongas a orar; entra en tu aposento y cerrada la puerta, ora a tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensara» (Mateo 6,6).

La mortificación de los hijos de Dios no es tampoco como la de los fariseos, que «desfiguran su rostro para que los hombres noten que ayunan» (Mateo 6,16).

Al contrario, es un sacrificio hecho cara a Dios, sin ruido, sin extravagancias.

«Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lávate la cara, para que no adviertan los hombres que ayunas, sino tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará» (Mateo 6,17-18).

Jesús, ayúdame a hacer la oración y la mortificación como Tú me has enseñado con tu palabra y con tu ejemplo: con la intimidad y confianza propias de los hijos de Dios.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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1 septiembre 2011 4 01 /09 /septiembre /2011 03:30

Meditación: Jueves semana 22 de tiempo ordinario, 1 de septiembre 2011; año impar

«Sucedió que, estando Jesús junto al lago de Genesaret, la multitud se agolpaba a su alrededor para oír la palabra de Dios. Y vio dos barcas que estaban a la orilla del lago; los pes­cadores habían bajado de ellas y estaban lavando las redes. Entonces, subiendo en una de las barcas, que era de Simón, le rogó que la apartase un poco de tierra. Y sentado enseñaba desde la barca a la multitud.Cuando terminó de hablar; dijo a Simón: Guía mar aden­tro, y echad vuestras redes para la pesca. Simón le contestó: Maestro, hemos estado fatigándonos durante toda la noche y nada hemos pescado; pero, no obstante, sobre tu palabra echaré las redes. Y habiéndolo hecho recogieron gran canti­dad de peces, tantos que las redes se rompían. Entonces hicie­ron señas a los compañeros que estaban en la otra barca, para que vinieran y les ayudasen. Vinieron, y llenaron las dos bar­cas, de modo que casi se hundían. Cuando lo vio Simón Pedro, se arrojó a los pies de Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador. Pues el asombro se había apode­rado de él y de cuantos estaban con él, por la gran cantidad de peces que habían capturado. Lo mismo sucedía a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Entonces Jesús dijo a Simón: No temas; desde ahora serán hom­bres los que has de pescar. Y ellos, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron.» (Lucas 5, 1-11)

1º. Jesús, qué lección de fe me da Pedro.

Él sabía más que nadie de pesca.

El Maestro podía enseñar sobre cualquier tema, pero sobre pesca... ¡y más en aquel lago!

A pesar de todo, Pedro confía en Ti.

A veces me falta fe para lanzar mi red apostólica y hablar con la gente que me rodea, precisamente porque los conozco mejor que nadie, y estoy convencido de que no van a cambiar.

Jesús, aumenta mi fe para que confíe más en Ti.

Entonces, me maravillaré del resultado.

«Nadie debe dudar acerca de la fe, sino creer las cosas de la fe más que las que puede ver; porque la vista del hombre puede enga­ñarse, pero la sabiduría de Dios jamás se equívoca» (Santo Tomás).

2º. «Jesús está junto al lago de Genesaret y las gentes se agolpan a su alrededor; «ansiosas de escuchar la palabra de Dios». ¡Como hoy! ¿No lo veis? Están deseando oír el mensaje de Dios, aunque externamente lo disimulen. Quizá algunos han olvidado la doctrina de Cristo; otros -sin culpa de su parte- no la aprendieron nunca, y piensan en la religión como en algo extraño. Pero, convenceos de una realidad siempre actual: llega siempre un momento en el que el alma no puede más, no le bastan las explicaciones habituales, no le satisfacen las mentiras de los falsos profetas. Y aunque no lo admi­tan entonces, esas personas sienten hambre de saciar su inquietud con la enseñanza del Señor.

Cuando acabó su catequesis, ordenó a Simón: «guía mar aden­tro, y echad vuestras redes para pescar.

«Replicole Simón: Maestro, durante toda la noche hemos esta­do fatigándonos, y nada hemos cogido». La contestación parece ra­zonable. Pescaban, ordinariamente, en esas horas; y precisamente en aquella ocasión, la noche había sido infructuosa. ¿Cómo pescar de día? Pero Pedro tiene fe: «no obstante, sobre tu palabra echaré la red». Decide proceder como Cristo le ha sugerido; se comprome­te a trabajar fiado en la Palabra del Señor ¿ Qué sucede entonces? «Habiéndolo hecho, recogieron tan gran cantidad de peces, que la red se rompía».

Jesús, al salir a la mar con sus discípulos, no miraba sólo a esta pesca. Por eso, cuando Pedro se arroja a sus pies y confiesa con hu­mildad «apártate de mí, Señor; que soy un hombre pecador», Nues­tro Señor responde: «no temas, de hoy en adelante serán hombres los que has de pescar». Y en esa nueva pesca, tampoco fallará toda la eficacia divina: instrumentos de grandes prodigios son los após­toles, a pesar de sus personales miserias» (Amigos de Dios.-260-261).

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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29 agosto 2011 1 29 /08 /agosto /2011 23:24

Meditación: Martes semana 22 de tiempo ordinario; 30 de agosto, 2011; año impar

«Bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y los sábados les en­señaba. Y se quedaban admirados de su doctrina, porque su palabra iba acompañada de potestad. Había en la sinagoga un hombre que tenía un demonio im­puro, y gritó con gran voz: Déjanos, ¿qué hay entre nosotros y tú, Jesús Nazareno? ¿Has venido a perdernos? Sé quién eres tú, el Santo de Dios. Y Jesús le increpó diciendo: Calla y sal de él. Y el demonio, arrojándolo al suelo, allí en medio, salió de él, sin hacerle daño alguno. Quedaron todos atemorizados, y se decían unos a otros: ¿Qué palabra es ésta, que con potestad y fuerza manda a los espíritus impuros y salen? Y se divulga­ba su fama por todos los lugares de la región.» (Lucas 4, 31-37)

1º. Jesús, hoy realizas el milagro de expulsar de aquel hombre el «espíritu impuro».

Esa persona era exteriormente como las demás; in­cluso iba al templo el sábado, como era costumbre entre los judíos.

Pero su espíritu impuro le separaba de Dios: «¿qué hay entre nosotros y tú, Jesús Nazareno?»

No quiere tener ningún trato contigo, aun sabiendo que eres el «Santo de Dios.»

Jesús, la impureza es una enfermedad del alma, y por ello no se manifiesta exteriormente de la misma manera que las enfermedades del cuerpo.

Cuando una persona tiene un cáncer, su enfermedad es cada vez más visible, y aquella persona intenta poner los medios para vencer la enfermedad antes de que sea demasiado tarde.

La im­pureza es como un cáncer en el alma, y aunque no es tan patente ha­cia el exterior, si no se cura a tiempo, produce inevitablemente la muerte espiritual.

Jesús, que no me engañe: la impureza me separa de Ti, produ­ciendo peores daños que los que puede causar la peor de las enfer­medades físicas.

Y aunque nadie lo note exteriormente, destroza mi vida cristiana porque me hace perder la gracia.

Por eso he de poner todos los medios para vivir una vida limpia, acudiendo prontamente a la confesión si lo necesito.

«La castidad implica un aprendizaje del dominio de sí, que es una pedagogía de la libertad humana. La alternativa es clara: o el hom­bre controla sus pasiones y obtiene la paz, o se deja dominar por ellas y se hace desgraciado. «La dignidad del hombre requiere, en efecto, que actúe según una elección consciente y libre, es decir; mo­vido e inducido personalmente desde dentro y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa» (GS 17) (CEC.-2339).

2º. «Para vencer la sensualidad -porque llevaremos siempre este borriquillo de nuestro cuerpo a cuestas-, has de vivir generosa­mente, a diario, las pequeñas mortificaciones -y, en ocasiones, las grandes-; y has de mantenerte en la presencia de Dios, que jamás deja de mirarte» (Forja.-90).

Jesús, por más que quiera, llevo este borriquillo a cuestas: es el cuerpo que, al quedar desordenado tras el pecado original, busca desordenadamente lo placentero, lo fácil, lo cómodo.

¿Cómo puedo vencer esta tendencia que, a veces, se me presenta de un modo tan sugestivo que me parece incontrolable?

¿Qué puedo hacer entonces para comportarme como un hijo de Dios en vez de dejarme llevar por mis pasiones?

Primero he de poner los medios humanos: huir de las ocasiones de pecado, y enreciar mi voluntad haciendo pequeñas mortifica­ciones, luchando contra la comodidad en el trabajo o estudio, aprove­chando el tiempo, etc...

Y luego, he de poner los medios sobrenatura­les: oración, mortificación, frecuencia de sacramentos, mantenerme en presencia de Dios -que jamás deja de mirarme-, y pedir ayuda a la Virgen ante la tentación.

Hay un medio que tiene efectos a la vez sobrenaturales y huma­nos: la mortificación, que consiste en hacer un pequeño sacrificio ofreciéndolo a Dios por alguna intención.

Por eso me recuerdas: para vencer la sensualidad, has de vivir generosamente, a diario, las pequeñas mortificaciones -y, en ocasiones, las grandes.

Jesús, que sea generoso y que sepa unirme a Ti en la cruz, haciendo cada día -al menos- una pequeña mortificación.

De esta manera me será más fácil vencer las tentaciones y mantener mi alma limpia, para poder amarte y amar a los demás.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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29 agosto 2011 1 29 /08 /agosto /2011 04:42

Meditación: Lunes la semana 22 de tiempo ordinario; 29 de agosto, 2011; año impar

«Llegó a Nazaret, donde se había criado, y según su cos­tumbre entró en la sinagoga el sábado, y se levantó para leer. Entonces le entregaron el libro del profeta Isaías y, abriendo el libro, encontró el lugar donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido para evangeli­zar a los pobres, me ha enviado para anunciar la redención a los cautivos y devolver la vista a los ciegos, para poner en 1ibertad a los oprimidos, y para promulgar el año de gracia del Señor». Y enrollando el libro se lo devolvió al ministro, y se sentó. Todos en la sinagoga tenían fijos él los ojos. Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír Todos daban testimonio en favor de él y se admiraban de las palabras de gracia que procedían de su boca, y decían: ¿No es éste el hijo de José? Entonces les dijo: Sin duda me aplicaréis aquel proverbio: Médico, cúrate a ti mismo. Cuan­to hemos oído que has hecho en Cafarnaún, hazlo también aquí en tu patria. Y añadió: En verdad os digo que ningún pro­feta es bien recibido en su patria. Os digo de verdad que muchas viudas había en Israel en tiempo de Elías, cuando duran­te tres años y seis meses se cerró el cielo y hubo gran hambre por toda la tierra; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. Muchos leprosos había también en Israel en tiempo del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue curado, sino Naamán el Sirio. Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira, y se levantaron, le echaron fuera de la ciudad, y lo llevaron hasta la cima del monte sobre el que estaba edificada su ciu­dad para despeñarle. Pero él pasando por medio de ellos, se­guía su camino.» (Lucas 4, 16-30)

1º. Jesús, te aplicas la profecía de Isaías que habla del Mesías: eres el «enviado para anunciar la redención a los cautivos».

Todas las profecías del Antiguo Testamento se cumplen en Ti: desde el lugar de tu nacimiento, Belén, hasta tu muerte en manos de los jefes judíos.

Todo había sido anunciado siglos antes de que ocurriera.

Por eso, las profecías son un apoyo para nuestra fe.

Otro apoyo son los mila­gros, especialmente la Resurrección.

Pero tus conciudadanos no creen: «¿No es éste el hijo de José?»

Te han visto vivir una vida tan normal, trabajando día a día con José en el taller, que no acaban de creer en Ti.

Por eso te exigen más pruebas: «cuanto hemos oído que has hecho en Cafarnaún, hazlo también aquí en tu patria».

Pero esa falta de fe les incapacita para re­cibir tus milagros.

Jesús, tengo suficiente con los milagros que has hecho y que na­rran los evangelios.

Si para que cada persona creyera en Ti, tuvieras que hacerle un milagro personalizado, ¿dónde estaría la fe?

Y si no hay fe, ¿dónde está el mérito, la libertad y el amor?

2º. «No soy «milagrero».  Te dije que me sobran milagros en el Santo Evangelio para asegurar fuertemente mi fe.  Pero me dan pena esos cristianos  incluso piadosos, «¡apostólicos!»  que se sonríen cuando oyen hablar de caminos extraordinarios, de sucesos sobrenaturales.  Siento deseos de decirles: sí, ahora hay también milagros: ¡nosotros los haríamos si tuviéramos fe» (Camino.-583).

Jesús, he de huir de dos extremos: ser «milagrero»  ver mila­gros por todas partes, y ser escéptico.

Tú trabajaste duro con José para mantener la familia, sin utilizar los milagros para resolver pro­blemas personales.

Sin embargo, dan pena los escépticos, porque también ahora sigues haciendo milagros a través de hombres y mu­jeres de fe.

«Y si no vieren lo que ahora hay, no lo echen a los tiem­pos; que para hacer Dios grandes mercedes a quien de veras le sir­ve, siempre es tiempo» (Santa Teresa).

Jesús, ante cualquier problema, he de poner todos los medios humanos como si no existieran los sobrenaturales; y además, todos los sobrenaturales -oración y sacrificio- sabiendo que, entonces, Tú me escucharás y me darás lo que más me convenga.

Si tengo fe, veré muchos milagros en mi vida y en las vidas de los que me ro­dean.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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27 agosto 2011 6 27 /08 /agosto /2011 05:19

Meditación: Domingo semana 22 de tiempo ordinario; 28 de agosto, 2011; ciclo A

«Entonces dijo Jesús a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame; pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. Porque, ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?, o ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su alma? Porque el Hijo del Hombre ha de venir en la gloria de su Padre acompañado de sus ángeles, y entonces retribuirá a cada uno según su conducta. En verdad os digo que hay algunos de los aquí presentes que no sufrirán la muerte hasta que vean al Hijo del Hombre venir en su Reino.» (Mateo 16, 24-28)

 

1º. Jesús, eres Dios y sabes mejor que yo para qué me has creado y como voy a ser realmente feliz.

Sabes que todas las riquezas materiales del mundo juntas no son capaces de llenar un corazón creado para amar.

Si lo propio del corazón es amar, sólo se va a satisfacer amando.

Y amar es darse, entregarse.

Recibir, atesorar, conseguir para uno mismo, pueden satisfacer los deseos materiales del cuerpo; pero si se convierten en el único objetivo, pueden también destrozar la capacidad de amar que tiene nuestra alma espiritual.

Por eso hoy me recuerdas: «¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?»

El egoísta podrá hacerse con cosas del mundo: honores, dinero, diversiones, comodidad.

Pero si pierde su alma, no sabrá amar en la tierra y, por ello, no podrá amar en la otra vida.

Infeliz aquí, infeliz en la eternidad.

«La muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo. El Nuevo Testamento habla del juicio principalmente en la perspectiva del encuentro final con Cristo en su segunda venida; pero también asegura reiteradamente la existencia de la retribución inmediata después de la muerte de cada uno como consecuencia de sus obras y de su fe. La parábola del pobre Lázaro y la palabra de Cristo en la Cruz al buen ladrón, así como otros textos del Nuevo Testamento hablan de un último destino del alma que puede ser dijeren te para unos y para otros» CEC.-1021)

Jesús, que me dé cuenta de que vale la pena darse, pensar en los demás, pensar en Ti.

Que sea consciente de que toda mi eternidad depende de la capacidad para amar que desarrolle en estos años de vida en la tierra.

Que no me engañe pensando que Tú me perdonarás con tu gran misericordia.

Tu gran misericordia la demuestras muriendo en la cruz y perdonándome en la confesión.

En el juicio, retribuirás «a cada uno según su conducta.»

 

2º. «El amor gustoso, que hace feliz al alma, está basado en el dolor: no cabe amor sin renuncia» (Forja.-760).

Jesús, ésta es la gran paradoja: no cabe amor sin renuncia.

Para aprender a amar hay que aprender a sufrir, a sacrificarse por el ser querido.

El que se busca a sí mismo, nunca experimentará ese amor gustoso, que hace feliz al alma.

Por eso aseguras que el que quiera seguirte, el que quiera amarte sobre todas las cosas, debe empezar por negarse a sí mismo: «si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame».

Jesús, la señal de la cruz es la señal del cristiano, porque el sacrificio es el camino del amor, y sólo podemos ser cristianos si nos amamos los unos a los otros, y a Ti sobre todas las cosas.

¿Cómo puedo tomar cada día mi cruz?

Una buena manera de hacerlo es sirviendo a los que me rodean con pequeños detalles, y no quejándome ante los inconvenientes típicos de cada jornada, ofreciéndote esas dificultades por alguna intención.

De este modo, no buscándome a mí mismo sino entregándome a los demás, aunque parezca que pierda mi vida, la encontraré.

«Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará».

Jesús, Tú me has dado el máximo ejemplo de entrega: «nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos» (Juan 15,13).

Tú has entregado tu vida por tus amigos, por mí.

Y por ello tienes el amor más grande, el amor gustoso que llena y hace feliz al alma.

Ayúdame a vencer la aparente contradicción de renunciar a mi egoísmo, de modo que aprenda a amar de veras.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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26 agosto 2011 5 26 /08 /agosto /2011 19:23

Meditación: Sábado semana 21 de tiempo ordinario; 27 de agosto, 2011; año impar

«Es también como un hombre que al marcharse de su tierra llamó a sus servidores y les entregó sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno sólo: a cada uno según su capacidad y se marchó. El que había recibido cinco talentos fue inmediatamente y se puso a negociar con ellos y llegó a ganar otros cinco. Del mismo modo, el que había recibido dos ganó otros dos. Pero el que había recibido uno, fue, cavó en la tierra y escondió el dinero de su señor. Después de mucho tiempo, regresó el amo de dichos servidores e hizo cuentas con ellos. Llegado el que había recibido los cinco talentos, presento otros cinco diciendo: Señor cinco talentos me entregaste, he aquí otros cinco que he ganado. Le respondió su amo: Muy bien, siervo bueno y fiel; puesto que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en el gozo de tu señor. Llegado también el que había recibido los dos talentos, dijo: Señor dos talentos me entregaste, he aquí otros dos que he ganado. Le respondió su amo: Muy bien, siervo bueno y fiel; puesto que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: entra en el gozo de tu señor. Llegado por fin el que había recibido un talento, dijo: Señor sé que eres hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por eso tuve miedo, fui y escondí tu talento en tierra: aquí tienes lo tuyo. Le respondió su amo, diciendo: Siervo malo y perezoso, sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido; por eso mismo debías haber dado tu dinero a los banqueros, y así al venir yo, hubiera recibido lo mío junto con los intereses. Por tanto, quitadle el talento y dádselo al que tiene los diez. Porque a todo el que tenga se le dará y abundará; pero a quien no tiene, aun lo que tiene se le quitará. En cuanto al siervo inútil arrojadlo a las tinieblas exteriores: allí será el llanto y el rechinar de dientes.» (Mateo 25, 14-30)

1º. Jesús, la parábola de los talentos es una continua llamada a aprovechar el tiempo y los dones que me has dado.

Ayúdame a no enterrarlos cobardemente  o por comodidad  pues, al final de mi vida, me pedirás cuenta de cómo los he hecho fructificar.

«El tiempo es un don de Dios: es una interpelación del amor de Dios a nuestra libre y -si puede decirse- decisiva respuesta. Debemos ser avaros del tiempo, para emplearlo bien, con la intensidad en el obrar, amar y sufrir. Que no exista jamás para el cristiano el ocio, el aburrimiento. El descanso sí, cuando sea necesario, pero siempre con vistas a una vigilancia que sólo en el último día se abrirá a una luz sin ocaso» (Pablo VI).

2º. «Me parece muy oportuno fijarnos en la conducta del que aceptó un talento: se comporta de un modo que en mi tierra se llama cuquería. Piensa, discurre con aquel cerebro de poca altura y decide: fue e hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor.

¿Qué ocupación escogerá después este hombre, si ha abandonado el instrumento de trabajo? Ha decidido irresponsablemente optar por la comodidad de devolver sólo lo que le entregaron. Se dedicará a matar los minutos, las horas, las jornadas, los meses, los años, ¡la vida!

¡Qué tristeza no sacar partido, auténtico rendimiento de todas las facultades, pocas o muchas, que Dios concede al hombre para que se dedique a servir a las almas y a la sociedad!

«Mío, mío, mío...», piensan, dicen y hacen muchos. (...). No pierdas tu eficacia, aniquila en cambio tu egoísmo. ¿Tu vida para ti? Tu vida para Dios, para el bien de todos los hombres, por amor al Señor. ¡Desentierra ese talento! Hazlo productivo: y saborearás la alegría de que, en este negocio sobrenatural no importa que el resultado no sea en la tierra una maravilla que los hombres puedan admirar. Lo esencial es entregar todo lo que somos y poseemos, procurar que el talento rinda, y empeñarnos continuamente en producir buen fruto» (Amigos de Dios.- 45-47).

Madre mía, tú has sabido aprovechar el tiempo, hacer rendir tus talentos, mejor que nadie, sin hacer cosas aparatosas o deslumbrantes a los ojos de los hombres. Ayúdame a hacer fructificar los talentos que Dios me ha dado  familia, virtudes, amigos, etc., buscando hacer en todo lo que El me pida.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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25 agosto 2011 4 25 /08 /agosto /2011 21:29

Meditación: Viernes semana 21 de tiempo ordinario; 26 de agosto, 2011; año impar

«Entonces el Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes, que tomando sus lámparas salieron a recibir al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco prudentes; pero las necias, al tomar sus lámparas, no llevaron consigo aceite; las prudentes, en cambio, junto con las lámparas llevaron aceite en sus alcuzas. Como tardase en venir el esposo les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó vocear: ¡Ya está ahí el esposo! ¡Salid a su encuentro! Entonces se levantaron todas aquellas vírgenes y aderezaron sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: Dadnos de vuestro aceite porque nuestras lámparas se apagan. Pero las prudentes les respondieron: Mejor es que vayáis a quienes lo venden y compréis, no sea que no alcance para vosotras y nosotras. Mientras fueron a comprarlo vino el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas y se cerró la puerta. Luego llegaron las otras vírgenes diciendo: ¡Señor, Señor ábrenos! Pero él les respondió: En verdad os digo que no os conozco. Vigilad, pues, porque no sabéis el día ni la hora.» (Mateo 25, 1-13)

1º. Jesús, con esta parábola me alertas una vez más para que esté preparado, para que tenga siempre mi lámpara encendida, mi alma en gracia.

Para preparar mejor a las personas en trance de muerte, has instituido el sacramento de la Unción de los enfermos, que precisamente usa el aceite como materia.

«La Unción de los enfermos acaba por confirmarnos con la muerte y resurrección de Cristo, como el Bautismo había comenzado a hacerlo. Es la última de las sagradas unciones que jalonan toda la vida cristiana; la del Bautismo había sellado en nosotros la vida nueva; la de la Confirmación nos había fortalecido para el combate de esta vida. Esta última unción ofrece al término de nuestra vida terrena un escudo para defenderse en los últimos combates y entrar en la Casa del Padre» CEC.- 1523).

Tengo la responsabilidad de procurar que mis familiares y amigos en trance de muerte puedan recibir este sacramento.

Y si es tu voluntad, dame también a mí la oportunidad de recibirlo.

2º. El Evangelista cuenta que las prudentes han aprovechado el tiempo. Discretamente se aprovisionan del aceite necesario, y están listas, cuando avisan: ¡eh, que es la hora!, «mirad que viene el esposo, salidle al encuentro»: avivan sus lámparas y acuden con gozo a recibirlo.

Pero sigamos el hilo de la parábola. Y la fatuas, ¿qué hacen? A partir de entonces, ya dedican su empeño a disponerse a esperar al Esposo: van a comprar el aceite. Pero se han decidido tarde y, mientras iban, «vino el esposo y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas» (..).No es que hayan permanecido inactivas: han intentado algo... Pero escucharon la voz que les responde con dureza: «no os conozco». No supieron o no quisieron prepararse con la solicitud debida, y se olvidaron de tomar la razonable precaución de adquirir a su hora el aceite. Les faltó generosidad para cumplir acabadamente lo poco que tenían encomendado. Quedaban en efecto muchas horas, pero las desaprovecharon.

Pensemos valientemente en nuestra vida. ¿Por qué no encontramos a veces esos minutos, para terminar amorosamente el trabajo que nos atañe y que es el medio de nuestra santificación? ¿Por qué descuidamos las obligaciones familiares? ¿Por qué se mete la precipitación en el momento de rezar de asistir al Santo Sacrificio de la Misa? ¿Por qué nos faltan la serenidad y la calma, para cumplir los deberes del propio estado, y nos entretenemos sin ninguna prisa en ir detrás de los caprichos personales? Me podéis responder: son pequeñeces. Sí, verdaderamente: pero esas pequeñeces son el aceite, nuestro aceite, que mantiene viva la llama y encendida la luz» (Amigos de Dios.- 40-41).

Jesús, ayúdame a aprovechar bien el tiempo que me das, luchando por cumplir con orden el horario que tengo previsto.

El horario debe incluir el tiempo requerido para hacer bien el trabajo, unos momentos al día para mis normas de piedad -oración, misa, rosario, etc. ...-, y el espacio que se merecen mis obligaciones familiares.

Si lucho por vivir la puntualidad y el orden en el horario, mi horas se multiplicarán.

Y sobre todo, esos vencimientos diarios, aunque son pequeñeces, serán el aceite que mantiene viva la llama de mi vida interior.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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24 agosto 2011 3 24 /08 /agosto /2011 18:39

Meditación: Jueves semana 21 de tiempo ordinario; 25 de agosto, 2011; año impar

«Velad, pues, ya que no sabéis en qué día vendrá vuestro Señor Sabed esto, que si el amo supiera a qué hora de la noche habría de venir el ladrón, estaría ciertamente velando y no dejaría que le horadasen su casa. Por tanto, estad también vosotros preparados, porque a la hora que no sabéis vendrá el Hijo del Hombre.¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, a quien su señor puso al frente de la servidumbre, para darles el alimento a su tiempo? Dichoso aquel siervo, a quien su amo al venir encuentre haciendo así. En verdad os digo que le pondrá al frente de su hacienda. Pero si ese siervo fuese malo y pensara en su interior: Mi señor tardará, y comenzase a golpear a sus compañeros y a comer y beber con los borrachos, el día que menos espere y a una hora desconocida vendrá el amo de ese siervo, y le dará el mayor castigo y le hará correr la suerte de los hipócritas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.» (Mateo 24, 42-51)

1º. Jesús, hoy me recuerdas que he de estar vigilante siempre, que en cualquier momento puedes venir a llamarme para la otra vida.

Y que, por tanto, he de estar siempre preparado, siempre en gracia de Dios.

«Dichoso aquel siervo, a quien su amo al venir encuentre haciendo así»

Porque dejará de ser siervo, para formar parte de la familia de Dios, en el Cielo.

«Pero si ese siervo fuese malo...»

Hay gente que piensa que la mejor combinación es ser malo en la tierra -vivir al margen de la ley de Dios, guiándose por sus gustos e intereses personales- y arrepentirse en el último momento, para así coger también «lo bueno» de la otra vida.

No se enteran de que la vida superficial y egoísta no conduce a la verdadera alegría en la tierra.

Y además se engañan pensando en el arrepentimiento de última hora, porque Tú les puedes llamar «el día que menos esperan y a una hora desconocida.»

Pero hay un problema aún mayor: la persona que sólo vive para sí misma en esta vida, es muy difícil que quiera cambiar a la hora de la muerte, aunque Tú le intentes ayudar con gracias especiales.

En cambio, si yo lucho por vivir en gracia de Dios, aunque tenga fallos, podré aprovechar tu ayuda para prepararme en ese momento final.

«Cuanto más retrasamos salir del pecado y volver a Dios, mayor es el peligro en que nos ponemos de perecer en la culpa, por la sencilla razón de que son más difíciles de vencer las malas costumbres adquiridas. Cada vez que despreciamos una gracia, el Señor se va apartando de nosotros, quedamos más débiles, y el demonio toma mayor ascendiente sobre nuestra persona. De aquí concluyo que, cuanto más tiempo permanecemos en pecado, en mayor peligro nos ponemos de no convertirnos nunca» (Santo Cura de Ars).

2º. «Un hijo de Dios no tiene miedo a la vida, ni miedo a la muerte, porque el fundamento de su vida espiritual es el sentido de la filiación divina: Dios es mi Padre, piensa, y es el Autor de todo bien, es toda la Bondad.

Pero, ¿tú y yo actuamos, de verdad, como hijos de Dios?» (Forja.-987).

Jesús, el mejor modo de estar preparado para el momento de la muerte es vivir la filiación divina: sentirme y actuar en todo momento como lo que soy, hijo de Dios.

Viviendo así, ni la muerte ni ninguna otra cosa me puede atemorizar, porque estoy siempre en tus manos y Tú me quieres con amor de padre, con un amor infinito.

Jesús, vivir la filiación divina, significa que cuando algo me sale bien, no me creo el amo del mundo, sino que tengo muy claro que todo lo bueno que poseo te lo debo a Ti.

Por eso, mi primera reacción ante ese suceso exitoso será darte gracias.

A la vez, si algo no me sale como esperaba, no me desespero, sino que voy a Ti y te digo: Jesús, si Tú quieres esto, por algo será; hágase tu voluntad y no la mía.

Y ante el error personal, ante mis fallos, en vez de desanimarme iré de nuevo a Ti, como una criatura pequeña que necesita ayuda de sus padres, diciendo: Jesús, mira que soy flojo, que a veces no puedo con mis defectos, que necesito que me ayudes más.

No me sueltes de tu mano, porque me caigo.

Yo, por mi parte, intentaré no soltarme más de la tuya.

Jesús: gracias, perdóname, y ayúdame más.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

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23 agosto 2011 2 23 /08 /agosto /2011 18:42

Meditación: Miércoles semana 21 de tiempo ordinario; 24 de agosto, 2011 año impar

«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!, que sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera aparecen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda podredumbre. Así también vosotros por fuera aparecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad.¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!, que edificáis los sepulcros de los profetas y adornáis las tumbas de los justos, y decís: Si hubiéramos vivido en los días de nuestros padres, no habríamos sido sus cómplices en la sangre de los profetas. Así, pues, atestiguáis contra vosotros mismos que sois hijos de los que mataron a los profetas. Y vosotros, colmad la medida de vuestros padres.» (Mateo 23, 27-32)

1º. Jesús, comparas la hipocresía de los jefes judíos con «sepulcros blanqueados»:bonitos por fuera, pero «llenos de toda podredumbre»por dentro.

Por fuera, cara a los hombres, aparecen justos y sabios; por dentro, cara a Dios, no son más que «huesos de muertos».

La comparación es muy dura, pero deja claro el posible contraste entre los dos mundos -exterior e interior-, y también que lo más importante  -porque influye en toda la persona- es lo que uno es «por dentro»,cara a Dios.

Jesús, te importa mi vida entera, y por eso necesito fortalecer mi vida interior: la vida de la gracia en mi alma, que puede aumentar a través de los sacramentos, de la oración y de las buenas obras; pero que también puede disminuir -con mis omisiones y pecados veniales-, e incluso puede morir por el pecado mortal.

«Y así como hay cosas que ayudan a la devoción, así también hay cosas que la impiden, entre las cuales la primera son los pecados, no sólo los mortales sino también los veniales, porque éstos, aunque no quitan la caridad, quitan el fervor de la caridad, que es casi lo mismo que la devoción; por donde es razón evitarlos con todo cuidado, ya que no fuese por el mal que nos hacen, a lo menos por el grande bien que nos impiden» (San Pedro de Alcántara)

Jesús, ayúdame a que mi vida interior no sólo esté viva -en gracia- sino que crezca cada día en el camino hacia la santidad.

Y así como para desarrollar los músculos y crecer en el cuerpo necesito alimento y ejercicio, en el alma también: el alimento son los sacramentos, especialmente la Eucaristía; el ejercicio es la lucha por vivir las virtudes cristianas en la piedad, en el trabajo y en el servicio a los demás.

2º. Te falta vida interior: por que no llevas a la oración las preocupaciones de los tuyos y el proselitismo; porque no te esfuerzas en ver claro, en sacar propósitos concretos y en cumplirlos; porque no tienes visión sobrenatural en el estudio, en el trabajo, en tus conversaciones, en tu trato con los demás...

-¿Qué tal andas de presencia de Dios, consecuencia y manifestación de tu oración? (Surco.-447).

Jesús, quiero tener una vida interior grande, que me ayude a vivir cristianamente -con presencia de Dios  en medio de mis ocupaciones diarias.

Y en la base de mi vida interior está la oración. ¿Hago cada día un rato de oración?

Pero no es suficiente con hacerla; he de hacerla bien, de manera que dé fruto.

¿Te pido por mis preocupaciones, por las de los que me rodean, por el apostolado, por la Iglesia?

¿Me esfuerzo por entender lo que Tú me pides cada día, en sacar propósitos concretos y en cumplirlos?

Jesús, en cada rato de oración he de hacer algún propósito concreto: algún detalle que puedo mejorar; y que me pides que me esfuerce en ponerlo por obra.

Y para no olvidarme de ese propósito, es bueno apuntarlo en un cuaderno personal, de modo que, en el examen de conciencia, por la noche, y en el siguiente rato de oración, pueda comprobar si lo he cumplido o no.

Jesús, no quiero ser un «sepulcro blanqueado»: bonito por filera, pero con una vida interior raquítica o muerta.

Y para tener vida interior, he de hacer bien, cada día, un rato de oración, sacando propósitos concretos y luchando luego por cumplirlos.

Entonces mi vida corriente se llenará de presencia de Dios y de afán de servicio a los demás.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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