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22 agosto 2011 1 22 /08 /agosto /2011 18:37

Meditación: Martes semana 21 tiempo ordinario; 23 de agosto, 2011 año impar

«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!, que pagáis el diezmo de la menta, del eneldo y del comino, pero habéis abandonado lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad. Estas cosas había que hacer; sin omitir aquéllas. ¡Guías ciegos!, que coláis un mosquito y os tragáis un camello.¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!, que limpiáis por fiera la copa y el plato, mientras por dentro quedan llenos de carroña e inmundicia. Fariseo ciego, limpia primero el interior de la copa, para que llegue a estar limpio también el exterior» (Mateo 23, 23-26)

1º. Jesús, no recriminas a los jefes de los judíos por lo que hacen, sino por lo que no hacen: las omisiones.

No es que hagan cosas malas, sino que dejan de hacer cosas buenas, «lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad».

Su error no consistía en hacer el mal, sino en no hacer el bien que Tú esperabas de ellos: «estas cosas había que hacer, sin omitir aquéllas».

Las vírgenes fatuas conservaban la castidad, la gracia y la modestia para propia utilidad, pero no eran útiles a nadie. Por eso fueron arrojadas fuera. Así son los que no alivian el hambre de Cristo. Considera atentamente que ninguno de ellos es acusado por faltas privadas, fornicación, perjurio o cualquier otra cosa, sino únicamente por no haber sido útiles a los demás. Yo pregunto: ¿Es cristiano el que se conduce así? Si el fermento mezclado con la harina no la hace cambiar; ¿es verdadero fermento? Si el perfume no despide buen olor entre los circunstantes, ¿lo podremos llamar perfume?» (San Juan Crisóstomo).

Jesús, de la misma forma, mi vida no podría llamarse cristiana si, aunque evitara el pecado, no hiciera el bien y practicara las virtudes: «la justicia, la misericordia, la fidelidad».

Por eso, mi fe no se puede reducir a una lista de cosas malas que no puedo hacer, sino que necesariamente va más allá: ¿qué cosas buenas quieres que haga? ¿qué esperas de mi hoy en mi vida familiar, profesional y social?

Jesús, cada noche debo hacer un pequeño examen personal, repasando mi día en tu presencia y preguntándome: ¿he hecho lo que esperabas de mí?; ¿qué cosas buenas he dejado de hacer?; ¿he sabido perdonar?; ¿he sabido ayudar?; ¿he obedecido a mis padres o superiores?; ¿he trabajado las horas que debía y con el esfuerzo que debía?; ¿me he acordado de rezar lo que me había propuesto?

2º. «Recupera el tiempo que has perdido descansando sobre los laureles de la complacencia en ti mismo, al creerte una persona buena, como si fuese suficiente ir tirando, sin roba¡ ni matar.

Aprieta el paso en la piedad y en el trabajo: ¡te queda tanto por recorrer aún!; convive a gusto con todos, también con los que te molestan; y esfuérzate para amar  ¡para servir!  a quienes antes despreciabas» (Surco.-167).

Jesús, cuando te miro en la Cruz y pienso en mi vida de cristiano, siento que me dices  como un reproche cariñoso: ¡te queda tanto por recorrer aún!

Creía, tal vez, que ya hacía demasiado intentando cumplir los mandamientos y no pecar.

Y sin darme cuenta, estaba perdiendo el tiempo, a la vez que me conformaba con ir tirando.

Pero, Jesús, desde la Cruz me dices que no. Que no has venido al mundo ni has muerto para que yo no robe ni mate.

Has venido para hacerme hijo de Dios, y, por tanto, heredero del Cielo.

Pero ser hijo de Dios implica imitarte a Ti y, por tanto, requiere una lucha decidida por ser santo, como Tú eres santo.

Y entonces, me susurras al oído: Aprieta el paso en la piedad y en el trabajo; y esfuérzate para amar -¡para servir!- a todos los que conviven contigo.

Jesús, estas son como las tres dimensiones de mi vida cristiana: piedad, trabajo y servicio a los demás.

¿Qué cosas buenas me faltan por hacer en estos tres campos?

¿Cómo puedo apretar el paso para mejorar en cada uno de ellos?

Ayúdame, Jesús, a descubrir lo que me pides que mejore en mi vida de piedad, trabajo y servicio.

Y a repasar los propósitos que haga en el examen de conciencia cada noche, para que no tengas que quejarte de mis omisiones, ni nunca me crea una persona buena, sin nada que mejorar.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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21 agosto 2011 7 21 /08 /agosto /2011 17:39

Meditación: Lunes Semana XXI T. O. 22 de agosto 2011

«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis el Reino de los Cielos a los hombres! Porque ni vosotros entráis, ni dejáis entrar a los que entrarían. ¡Ay de vosotros, guías ciegos!, que decís: El jurar por el Templo no es nada; pero si uno jura por el oro del Templo, queda obligado. ¡Necios y ciegos! ¿ Qué es más: el oro o el Templo que santifica el oro? Y el jurar por el altar no es nada; pero si uno jura por la ofrenda que está sobre él queda obligado. ¡Ciegos! ¿Qué es más: la ofrenda o el altar que santifica la ofrenda? Por tanto, quien ha jurado por el altar; jura por él y por lo que hay sobre él. Y quien ha jurado por el Templo, jura por él y por Aquel que en él habita. Y quien ha jurado por el Cielo, jura por el trono de Dios y por Aquel que en él está sentado.» (Mateo 23, 13-22)

1º. Jesús, te quejas duramente de los escribas y fariseos porque son «guías ciegos», que en vez de ayudar a las almas a que se salven, «ni entran, ni dejan entrar a los demás»en el Reino de los Cielos.

¡Qué importante es tener un buen guía en la vida interior!

Pero ese buen guía debe ser, antes que nada, una persona que luche de verdad por ser santo, por entrar en el Reino de los Cielos.

Jesús, el guía más ciego -lo sé por propia experiencia- soy yo mismo.

Mi capacidad de autoexcusarme es inmensa y, por definición, siempre veo lo que me pasa de modo subjetivo.

Me falta la objetividad que necesito para decidir acertadamente lo que más me conviene.

«Dicen que los hombres se convierten en simples máquinas y pierden la dignidad de la naturaleza humana cuando se guían por la palabra de otro. Y me gustaría saber lo que llegarían a ser siguiendo su propia voluntad. Por cada persona que ha sido perjudicada por seguir la dirección de otro, cientos de personas se han arruinado guiándose por su propia voluntad» (Card. J.H. Newman)

Por eso, Jesús, mi empeño por seguirte, por encontrarte y por amarte, sería ineficaz sin la ayuda constante de la dirección espiritual.

Y para obtener fruto de este medio de formación, necesito vivir especialmente dos virtudes humanas: la sinceridad y la docilidad.

Sinceridad para decir todo lo que me pasa, y docilidad para poner por obra lo que me aconsejen.

2º. ¡Cuánto cuesta vivir la humildad!, porque -afirma la sabiduría cristiana- «la soberbia muere veinticuatro horas después de haber muerto la persona».

Por lo tanto, cuando -en contra de lo que te dice quien ha recibido gracia especial de Dios, para orientar tu alma-piensas que tú tienes razón, convéncete de que no tienes razón ninguna». (Forja, 599)

La sinceridad y la docilidad son dos aspectos de una virtud más importante -de hecho, es la virtud humana más importante-: la humildad.

Pero ¡cuánto cuesta vivir la humildad!

Siempre creo que tengo la razón, que lo hago todo bien.

Y cuando hago algo mal, ¡cómo me cuesta contarlo en la dirección espiritual!

Jesús, ayúdame a ser más humilde, que no significa tener poco carácter o madurez, sino al contrario: la persona humilde no se esconde cobardemente, ni se engaña a sí misma, sino que sabe reconocer sus virtudes y defectos, y pone los medios para mejorar.

Precisamente una de las mejores maneras de ganar en humildad es ser sincero y dócil en la dirección espiritual: abrir el alma de par en par; dejarme ayudar, y luego, poner esfuerzo en aquellos puntos que me han aconsejado.

Jesús, tachas a los escribas y fariseos de hipócritas. ¡Cómo te duele la hipocresía, y -por el contrario- como te alegra la humildad!

Por eso has escogido a la Virgen Maña para ser tu madre: «porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava» (Lucas 1,48).

Ayúdame a ser sincero y dócil en la dirección espiritual, y así seré cada vez más humilde.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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21 agosto 2011 7 21 /08 /agosto /2011 17:17

Meditación: Santa María Virgen, Reina. Semana XXI T.O. 22 de agosto 2011

 

«En el sexto mes fue enviado el ángel Gabriel departe de Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de nombre José, de la casa de David, y el nombre de la virgen era María. Y habiendo entrado donde ella estaba, le dijo: Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo. Ella se turbó al oír estas palabras, y consideraba que significaría esta salutación. Y el ángel le dijo: No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios: concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob, y su Reino no tendrá fin. María dijo al ángel: ¿De que modo se hará esto, pues no conozco varón? Respondió el ángel y le dijo: El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá será llamado Santo, Hijo de Dios (...). Dijo entonces Maria: He aquí la esclava del Señor hágase en mí según tu palabra. Y el ángel se retiró de su presencia.» (Lucas 1, 26-38)

1º. Madre, el Evangelio de hoy narra el momento de la anunciación: el día en el que conociste con claridad tu vocación, la misión que Dios te pedía y para la que te había estado preparando desde que naciste.

«No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios.»

No tengas miedo, madre mía, pues aunque la misión es inmensa, también es extraordinaria la gracia, la ayuda que has recibido de parte de Dios.

«¿De que modo se hará esto, pues no conozco varón?»

Madre, te habías consagrado a Dios por entero, y José estaba de acuerdo con esa donación de tu virginidad.

¿Cómo ahora te pide Dios ser madre?

No preguntas con desconfianza, como exigiendo más pruebas antes de aceptar la petición divina.

Preguntas para saber cómo quiere Dios que lleves a término ese nuevo plan que te propone.

«El Espíritu Santo descenderá sobre ti.»

Dios te quiere, a la vez, Madre y Virgen.

«Virgen antes del parto, en el parto y por siempre después del parto» (Pablo IV).

«He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra.»

Madre, una vez claro el camino, la respuesta es definitiva, la entrega es total: aquí estoy, para lo que haga falta.

¡Qué ejemplo para mi vida, para mi entrega personal a los planes de Dios!

Madre, ayúdame a ser generoso con Dios.

Que, una vez tenga claro el camino, no busque arreglos intermedios, soluciones fáciles.

Sé que si te imito, Madre, seré enteramente feliz.

2º. «Nuestra Madre es modelo de correspondencia a la gracia y, al contemplar su vida, el Señor nos dará luz para que sepamos divinizar nuestra existencia ordinaria. (...) Tratemos de aprender, siguiendo su ejemplo en la obediencia a Dios, en esa delicada combinación de esclavitud y de señorío. En María no hay nada de aquella actitud de las vírgenes necias, que obedecen, pero alocadamente. Nuestra Señora oye con atención lo que Dios quiere, pondera lo que no entiende, pregunta lo que no sabe. Luego, se entrega toda al cumplimiento de la voluntad divina: «he aquí la esclava del Señor hágase en mí según tu palabra». ¿Veis la maravilla? Santa María, maestra de toda nuestra conducta, nos enseña ahora que la obediencia a Dios no es servilismo, no sojuzga la conciencia: nos mueve íntimamente a que descubramos «la libertad de los hijos de Dios» (Es Cristo que pasa.-173).

Madre, hoy se ve a mucha gente que no quiere que le dicten lo que debe hacer, que no quiere ser esclavo de nada ni de nadie.

Paradójicamente, se mueven fuertemente controlados por las distintas modas, y no pueden escapar a la esclavitud de sus propias flaquezas.

Tú me enseñas hoy que el verdadero señorío, la verdadera libertad, se obtiene precisamente con la obediencia fiel a la voluntad de Dios y con el servicio desinteresado a los demás.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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20 agosto 2011 6 20 /08 /agosto /2011 19:26

Meditación: Domingo Semana XXI T. O. 21 de agosto 2011

«Cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Ellos respondieron: Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o alguno de los profetas. El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro dijo. Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Jesús le respondió: Bienaventurado eres, Simón hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que atares sobre la tierra quedara atado en los Cielos, y todo lo que desatares sobre la tierra, quedará desatado en los Cielos. Entonces ordenó a los discípulos que no dijeran a nadie que él era el Cristo.

Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y padecer mucho departe de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser muerto y resucitar al tercer día. Pedro, tomándolo aparte, se puso a reprenderle diciendo: Lejos de ti, Señor; de ningún modo te ocurrirá eso. Pero él, volviéndose, dijo a Pedro.- ¡Apártate de mi, Satanás! Eres escándalo para mí, pues no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres.» (Mateo 16, 13-23)

1º. Jesús, después de preguntar qué piensan los demás de Ti, te diriges de nuevo a los discípulos: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»

Te importa mi respuesta personal: ¿quién eres Tú para mí?

¿Me doy cuenta de que eres «el Cristo, el Hijo de Dios vivo?»

¿Te pido ayuda, sabiendo que la fe no me la ha revelado «ni la carne ni la sangre,» no es producto de la razón ni del sentimiento, sino que proviene de Dios?

Para vivir cristianamente necesito tener fe.

Por eso es bueno que te la pida cada día: Jesús, aumenta mi fe; que te vea siempre como quien eres: el Hijo de Dios.

No eres Elías, ni Juan el Bautista, ni «alguno de los profetas.»

No eres un gran filósofo, que dejó unas enseñanzas maravillosas de amor a los demás.

El Evangelio no es una guía de comportamiento humanitario, que me ayuda a ser mejor y que interpreto según me parezca o según me sienta más o menos identificado.

El Evangelio es la Palabra de Dios.

Por eso reprendes duramente a Pedro cuando no quiere aceptar la Cruz: «¡Apártate de mí, Satanás! Pues no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres.»

Desde entonces Pedro, el primer Papa, aprenderá a no interpretar las cosas según las sienten los hombres, sino según la voluntad de Dios.

Además, el Papa recibe una gracia especial para no dejarse llevar por las modas, los gustos o las flaquezas de las distintas culturas.

2º. «Fe, poca. El mismo Jesucristo lo dice. Han visto resucitar muertos, curar toda clase de enfermedades, multiplicar el pan y los peces, calmar tempestades, echar demonios. San Pedro, escogido como cabeza, es el único que sabe responder prontamente.- «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Pero es una fe que él interpreta a su manera, por eso se permite encararse con Jesucristo para que no se entregue en redención por los hombres» (Es Cristo que pasa.- 2).

Jesús, a mi alrededor veo cristianos que tienen fe en Ti, pero es una fe que cada uno interpreta a su manera: no van a Misa, no se confiesan, no hacen oración, no saben encontrar el sentido al sacrificio.

¿Qué les puedo decir?

Hoy me das la respuesta: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.»

El Romano Pontífice, Cabeza del Colegio episcopal, goza de infalibilidad en virtud de su ministerio cuando, como Pastor y Maestro supremo de todos los fieles que confirma en la fe a sus hermanos, proclama por un acto definitivo la doctrina en cuestiones de fe y moral.

La infalibilidad prometida a la Iglesia reside también en el Cuerpo episcopal cuando ejerce el magisterio supremo con el sucesor de Pedro, sobre todo en un concilio ecuménico.

Jesús, has escogido a San Pedro y a sus sucesores como representantes tuyos en la tierra: «todo lo que atares sobre la tierra quedará atado en los Cielos.»

No es suficiente con tener buena intención; es necesario seguir las indicaciones del Papa y de los obispos.

Sólo así podré «sentir las cosas de Dios,» y no me veré arrastrado por una visión humana de las cosas.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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19 agosto 2011 5 19 /08 /agosto /2011 21:59

Meditación: Sábado Semana XX T.O. 20 de agosto 2011

«Entonces Jesús habló a las multitudes y a sus discípulos diciéndoles: En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y fariseos. Haced y cumplid todo cuanto os digan; pero no hagáis según sus obras, pues dicen pero no hacen. Atan cargas pesadas e insoportables y las ponen sobre los hombros de los demás, pero ellos ni con un dedo quieren moverlas. Hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres; ensanchan sus filacterias y alargan sus franjas. Apetecen los primeros puestos en los banquetes, los primeros asientos en las sinagogas y los saludos en las plazas, y que la gente les llame Rabí. Vosotros, al contrario, no os hagáis llamar Rabí, porque sólo tino es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos. A nadie llaméis padre vuestro sobre la tierra, porque sólo uno es vuestro padre, el celestial. Tampoco os hagáis llamar doctores, porque vuestro Doctor es uno sólo: Cristo. El mayor entre vosotros sea vuestro servidor. El que se ensalce a sí mismo será humillado, y el que se humille a sí mismo será ensalzado.» (Mateo 23,1-12)

1º. Jesús, resumes la actitud de los escribas y fariseos con estas palabras: «Hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres».

En vez de buscar la gloria de Dios, van en busca de su propia gloria.

Lo que les importa es que les vean los hombres y los aplaudan, sin darse cuenta de que, además, están siendo vistos por Dios.

Jesús, cuántas veces yo también busco «los primeros puestos y los saludos en las plazas»:ese puesto de trabajo más brillante; ese deseo de quedar bien a toda costa, de sobresalir, incluso deseando que a los demás no les vaya tan bien.

Quiero ser el primero, pero no para servir mejor a los demás, sino para recibir más honores y felicitaciones.

«Muchas veces nuestra débil alma, cuando recibe por sus buenas acciones el halago de los aplausos humanos, se desvía, encontrando así mayor placer en ser llamada dichosa que en serlo realmente. Y aquello que había de serle un motivo de alabanza en Dios se le convierte en causa de separación de él» (San Gregorio Magno).

Jesús, no me doy cuenta de que estoy siempre en presencia de Dios, que me mira con ojos de Padre.

Lo que realmente vale la pena es ser grande ante Dios, no ante los hombres.

Ayúdame a sentirme en todo momento hijo de Dios.

De este modo, me pareceré más a Ti, que «no has venido a ser servido sino a servir a los demás» (Mateo 20,28).

Así seré grande ante Dios: «el mayor entre vosotros sea vuestro servidor».

2º. ¡Cómo sería la mirada alegre de Jesús!: la misma que brillaría en los ojos de su Madre, que no puede contener su alegría -«Magnificat anima mea Dominum!»- y su alma glorifica al Señor; desde que lo lleva dentro de sí y a su lado.

¡Oh, Madre!: que sea la nuestra, como la tuya, la alegría de estar con El y de tenerlo» (Surco.-95).

Madre, tú eres la persona más unida a Dios  «el Señor es contigo»  (Lucas 1,28), por eso, has sabido servir más que nadie, hasta el punto de ser «la esclava del Señor». (Lucas 1,38).

No puede ser de otra manera, porque el alma unida a Dios, no busca su propia gloria, sino la Gloria de Dios -«Magnficat anima mea Dominun!»: ¡mi alma glorifica al Señor!-, que se concreta en el servicio a los demás.

En ti, Madre, se ha cumplido de manera especial la promesa de tu Hijo: «el que se humille a sí mismo será ensalzado».

Por eso eres la Reina del universo, y «te llaman bienaventurada todas las generaciones». (Lucas 1,48).

 Además, se cumple en ti otra promesa del Señor: «más alegría está en dar que en recibir» (Hechos 20,35).

Por eso eres la criatura más feliz. «¡Oh, Madre!: que sea la nuestra, como la tuya, la alegría de estar con El y de tenerlo.»

Madre, enséñame a vivir siempre en presencia de Dios, sintiéndome hijo suyo querido, de manera que no busque la gloria de los hombres, sino la de mi Padre Dios.

De este modo, mi vida sólo tendrá sentido si sirve para ayudar a los que me rodean, y entonces experimentaré la verdadera alegría cristiana, como fruto de mi generosidad.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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18 agosto 2011 4 18 /08 /agosto /2011 21:52

Meditación: Viernes Semana XX T. O. 19 de agosto 2011

«Los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se pusieron de acuerdo, y uno de ellos, doctor de la ley, le preguntó para tentarle: Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley? Él le respondió: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos pende toda la Ley y los Profetas.» (Mateo 22, 34-40)

1º. Jesús, «el mayor y primer mandamiento»no tiene límites: «con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente».

Por eso, siempre puedo vivirlo mejor.

No se trata de un nivel mínimo que debo superar, sino de un objetivo para toda mi vida.

De hecho, es el gran objetivo de la vida cristiana, la santidad: amarte a Ti sobre todas las cosas.

«El segundo es semejante a éste».

Jesús, amar al prójimo es «semejante»a amarte a Ti.

De hecho, es el mismo amor: el amor de entrega a los demás, de interesarse por sus necesidades, de buscar lo mejor para ellos, sin pensar en uno mismo.

El amor a Ti y a los demás es el verdadero amor, el amor que llena y que me hace mejor persona.

Es el amor «hacia fuera», que es lo opuesto al egoísmo o amor «hacia adentro»: buscar lo cómodo, lo placentero o lo fácil.

«Los diez mandamientos enuncian las exigencias del amor de Dios y del prójimo. Los tres primeros se refieren más al amor de Dios y los otros siete más al amor del prójimo. Como la caridad comprende dos preceptos en los que el Señor condensa toda la ley y los profetas, así los diez preceptos se dividen en dos tablas: tres están escritos en una tabla y siete en   otra» (CEC.-2067).

«De estos dos mandamientos pende toda la Ley y los Profetas.»

Aunque te habían pedido sólo «el mandamiento principal de la Ley», Tú les respondes con dos porque, en el fondo, son inseparables: nadie puede amar a Dios de verdad si no ama a los demás; y el que intenta amar más a Dios, acaba amando más al prójimo.

Al final, o aprendo a amar al prójimo -y el primer prójimo es Dios, porque a Él se lo debo todo- o me amaré sólo a mí mismo.

Por eso es tan importante que aprenda a olvidarme de mí mismo, y que  -en cambio- dedique más tiempo a pensar en los demás.

2º. «Cuentan de un alma que, al decir al Señor en la oración «Jesús, te amo», oyó esta respuesta del cielo: «Obras son amores y no buenas razones».

Piensa si acaso tú no mereces también este cariñoso reproche» (Camino.-933).

Jesús, no es suficiente con tener buenos deseos o con no hacer daño a nadie.

El amor se demuestra con obras: Obras son amores.

Donde no hay obras, tampoco hay amores, a pesar de que haya buenas razones, buenas intenciones.

Tú me has amado con obras, hasta el punto de entregar tu vida por mí.

Yo, ¿qué hago por Ti?; ¿qué hago por los demás?

Jesús, quiero querer con obras, pero... ¡soy tan poco generoso!

Me cuesta mucho hacer un servicio a otra persona.

Ni siquiera me entero de lo que necesitan los que están a mi alrededor

Y si no me doy cuenta de cuáles son sus necesidades, preocupaciones o dificultades es porque, en el fondo, me interesan poco.

Y si me interesan poco es porque les amo poco.

¿Qué puedo hacer para amar más a los demás y así amarte también más a Ti?

Jesús, ayúdame a pensar más en los que me rodean, a servirles sin que se note.

Porque las obras no sólo demuestran mi amor, sino que lo acrecientan.

Jesús, que me tome en serio el servicio a los demás en cosas pequeñas y concretas.

Que no pase ningún día sin haber dado una alegría a alguien de los que conviven conmigo.

De esta manera te estaré dando también una alegría a Ti, porque estaré cumpliendo lo que Tú pediste a tus discípulos de todos los tiempos: «En esto conocerán que sois mis discípulos, si os tenéis amor entre vosotros» (Juan 13,35).

Jesús, ayúdame a crecer cada día en esta capacidad de amar, porque nada es más importante que aprender a olvidarme de mí mismo para darme a los demás.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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17 agosto 2011 3 17 /08 /agosto /2011 19:51

Meditación: Jueves Semana XX T.O. 18 de agosto 2011

«Jesús les habló de nuevo en parábolas diciendo: El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró las bodas de su hijo, y envió a sus criados a llamar a los invitados a las bodas; pero éstos no querían acudir. Nuevamente envió a otros criados ordenándoles: Decid a los invitados: mirad que tengo preparado ya mi banquete, se ha hecho la matanza de mis terneros y reses cebadas, y todo está a punto; venid a las bodas. Pero ellos, sin hacer caso, se marcharon uno a sus campos, otro a sus negocios; los demás echaron mano a los siervos, los maltrataron y dieron muerte. El rey se encolerizó y enviando a sus tropas, acabó con aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad. Luego dijo a sus criados: Las bodas están preparadas pero los invitados no eran dignos. Id, pues, a los cruces de los caminos y llamad a las bodas a cuantos encontréis. Los criados, saliendo a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos; y se llenó de comensales la sala de bodas. Entró el rey para ver a los comensales, y se fijó en un hombre que no vestía traje de boda; y le dijo: Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin llevar traje de boda? Pero él se calló. Entonces dijo el rey a sus servidores: Atadlo de pies y manos y echadlo a las tinieblas de afuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos.» (Mateo 22, 1-14)           

1º. Jesús, Tú eres el Hijo del rey.

Tu boda es la nueva alianza que nos has ganado con tu muerte en la cruz y que se realiza a través de la Iglesia.

Es la boda de Cristo con su Iglesia: tu compromiso indisoluble de ayudar a los hombres con tu gracia, de darte a ellos mediante los sacramentos, de estar con ellos «hasta el fin del mundo» (Mateo 28,20)

«La Iglesia que es llamada también «la Jerusalén de arriba» y «madre nuestra», se la describe como la esposa inmaculada del Cordero inmaculado. Cristo la amó y se entregó por ella para santificaría; se unió a ella en alianza indisoluble, la alimenta y la cuida sin cesar» (CEC.-757)

Dios envía a sus siervos a «llamar a los invitados a las bodas», que eran los judíos: a ellos les fue predicado el Evangelio en primer lugar.

«Pero éstos no querían acudir».

Maltrataron a los profetas -enviados de Dios- y acabaron matándote a Ti.

No aceptaron la invitación de venir a las bodas, a la nueva y definitiva alianza que es la Iglesia.

Pero «las bodas están preparadas», y por eso mandas llamar «a todos cuantos encontréis».

La llamada se convierte así en una invitación universal.

Todos  judíos y no judíos, de todas las naciones, razas, condición social, sexo y edad  quedan invitados a participar de esta nueva alianza que nos hace hijos de Dios por la gracia.

2º. «Me gusta comparar la vida interior a un vestido, al traje de bodas de que habla el Evangelio. El tejido se compone de cada uno de los hábitos o prácticas de piedad que, como fibras, dan vigor a la tela. Y así como un traje con un desgarrón se desprecia, aunque el resto esté en buenas condiciones, si haces oración, si trabajas..., pero no eres penitente -o al revés-, tu vida interior no es -por decirlo así- cabal» (Surco.-249).

Estar en la Iglesia, no es condición suficiente para participar del banquete celestial.

Para entrar en el Cielo es necesario tener «el traje de bodas»: estar en gracia de Dios, haber vivido en la tierra una vida cristiana profunda, interior, espiritual.

Esa vida interior se compone de hábitos o prácticas de piedad que, como fibras, dan vigor a la tela.

Mi tarea en esta vida es ir tejiendo este traje espiritual, para que al final pueda merecer el premio eterno.

Todos los mandamientos y todas las virtudes son importantes: no seria cabal practicar sólo las que mejor me parezca, o sólo en determinadas circunstancias.

La vida interior tiene una unidad que no debo romper.

Por eso, Jesús, no quieres que tenga como una doble vida: a ratos cristiana y a ratos pagana.

Quieres que siempre y en todo, mi vida sea ejemplarmente cristiana: en el trabajo, en el descanso, en la diversión; cuando estoy con mi familia, con mis amigos o con mis compañeros; cuando estoy contento, y también cuando atravieso alguna dificultad.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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16 agosto 2011 2 16 /08 /agosto /2011 20:31

Meditación: Miércoles Semana XX T.O. 17 de agosto 2011

«El Reino de los Cielos es semejante a un amo que salió al amanecer a contratar obreros para su viña. Después de haber convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. Salió también hacia la hora de tercia y vio a otros que estaban en la plaza parados, y les dijo: Íd también vosotros a mi viña y os daré lo que sea justo. Ellos marcharon. De nuevo salió hacia la hora de sexta y de nona e hizo lo mismo. Hacia la hora undécima volvió a salir v todavía encontró a otros parados, y les dijo: ¿Cómo es que estáis aquí todo el día ociosos? Le contestaron: Porque nadie nos ha contratado. Les dijo: Id también vosotros a mi viña. A la caída de la tarde dijo el amo de la viña a su administrador: Llama a los obreros y dales el jornal empezando por los últimos hasta llegar a los primeros. vinieron los de la hora undécima y percibieron un denario cada uno. Al venir los primeros pensaban que cobrarían más, pero también ellos recibieron un denario cada uno. Cuando lo tomaron murmuraban contra el amo, diciendo: A estos últimos que han trabajado sólo una hora los has equiparado a nosotros, que hemos soportado el peso del día y del calor: El respondió a uno de ellos: Amigo, no te hago ninguna injusticia; ¿acaso no conveniste conmigo en un denario? toma lo tuyo y vete; quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿No puedo yo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O es que vas a ver con malos ojos que yo sea bueno? Así los últimos serán primeros y los primeros últimos.» (Mateo 20, 1-16)

1º. Jesús, hoy también llamas a los hombres a trabajar en tu viña.

A unos los llamas «al amanecer», a primera hora, en plena juventud: les pides que trabajen toda la vida por Ti y por el Reino de los Cielos.

A otros les llamas «hacia la hora de tercia, de sexta o de nona», a lo largo de su madurez familiar y profesional, para que -a través de sus obligaciones familiares y profesionales-  trabajen también en tu campo.

Finalmente, llamas a otros al final de su vida, para que se conviertan y puedan merecer el premio final.

Antes o después, Jesús, llamas a todos, porque Tú quieres que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

A todos llamas a la santidad, de todos esperas amor y correspondencia a la gracia de la Redención.

No quieres que nadie esté parado, ocioso, o perdiendo su vida en actividades que no dan frutos de eternidad.

«¿Cómo estáis aquí todo el día ociosos?»

Jesús, que cuando me veas, no me tengas que preguntar: ¿qué estás haciendo?, ¿cómo es que estás espiritualmente ocioso, en vez de estar trabajando en mi viña?

No es que no haga nada, pero tal vez no hago las cosas en presencia de Dios, por El y para El.

Las mismas cosas que hago -trabajo, deporte, vida social- hechas con amor de Dios, podrían dar frutos de santidad.

2º. «Has tenido una conversación con éste, con aquél, con el de más allá, porque te consume el celo por las almas.

Aquél cogió miedo; el otro consultó a un «prudente», que le ha orientado mal... -Persevera: que ninguno pueda después excusarse afirmando «quia nemo nos conduxit» -nadie nos ha llamado» (Surco.-205).

Jesús, ésta es precisamente la respuesta de aquellos hombres que habían derrochado el día ociosamente: «nadie nos ha contratado», nadie nos ha llamado para que vayamos y trabajemos en la viña.

Gracias, Jesús, porque a mí me has llamado.

Por ser cristiano, estoy llamado a ser santo, a trabajar por el bien de tu viña, que es la Iglesia.

«No os apenéis ni os llenen de abatimiento. También los Apóstoles eran para unos olor de muerte, y paro otros olor de vida. No demos nosotros motiva alguno a la maledicencia y estaremos libres de toda culpa, o, para decirlo mejor, mayor aún será nuestro gozo ante esas falsas acusaciones. Brille, pues, el ejemplo de nuestra vida, y no hagamos ningún caso de las críticas. No es posible que quien de verdad se empeñe por ser santo deje de tener muchos que no le quieran. Pero eso no importa, pues hasta con tal motivo aumenta la corona de su gloria. Por eso, a una sola cosa hemos de atender: a ordenar con perfección nuestra propia conducta. Si hacemos esto, conduciremos a una vida cristiana a los que anden en tinieblas» (San Juan Crisóstomo).

Que ninguno pueda después excusarse afirmando: nadie nos ha llamado.

Jesús, es misión mía, por cristiano, el anunciar la Buenanueva del Evangelio a los que están a mi alrededor.

Me pides que con el ejemplo y con la palabra lleve a tu campo a los que -tal vez ocupados en mil tareas «importantes»- están derrochando su vida de hijos de Dios.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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15 agosto 2011 1 15 /08 /agosto /2011 21:06

Meditación: Martes Semana XX T. O. 16 de agosto 2011

 

«Jesús dijo entonces a sus discípulos: En verdad os digo: difícilmente entrará un rico en el Reino de los Cielos. Es mas, os digo que es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios. Cuando oyeron esto sus discípulos, quedaron muy asombrados y decían: Entonces, ¿quién podrá salvarse? Jesús, fijando su mirada en ellos, les dijo: Para el hombre esto es imposible, para Dios, sin embargo, todo es posible. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo: Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué recompensa tendremos? Jesús respondió: En verdad os digo que en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en su trono de gloria, vosotros, los que me habéis seguido, también os sentaréis en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Y todo el que haya dejado casa, hermanos o hermanas, padre o madre, o hijos, o campos, por causa de mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna. Porque muchos primeros serán últimos y muchos últimos serán primeros.» (Mateo 19, 23-30)

1º. Jesús, ante la respuesta negativa del joven rico cuando Tú le llamas a dejarlo todo y seguirte, adviertes a tus discípulos: «difícilmente entrará un rico en el Reino de los Cielos.»

Quieres aprovechar el ejemplo para enseñarles que «no se puede servir a Dios y a las riquezas» (Mateo 6,24).

Son dos fines que se excluyen: o Tú eres mi último fin o, en el fondo, mi último fin soy yo mismo: tener, dominar, pasármelo bien, sobresalir.

El tema no es tanto el tener más o menos riquezas, sino el «servir a Dios o a las riquezas», ser pobre o rico de espíritu.

Por eso, en las Bienaventuranzas, dices: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos» (Mateo 5,3).

Se puede «servir a las riquezas»con muy poco dinero, y al revés: con mucho dinero se puede «servir a Dios».

Por eso, he de tener cuidado de cómo pongo el corazón en las cosas materiales: un coche de tal marca, un artículo de lujo, un capricho, una comodidad.

¿Uso lo que tengo con moderación y con cuidado para que dure?

¿Me creo necesidades superfluas?

Jesús, me pides que tenga el corazón desprendido de lo material, que sepa prescindir de lo que otros «necesitan» por lujo, capricho, comodidad o vanidad.

Sólo así seré pobre de espíritu, que significa libre de espíritu: libre para amar a Dios y a los demás.

2º. Te falta «vibración». -Esa es la causa de que arrastres a tan pocos. -Parece como si no estuvieras muy persuadido de lo que ganas al dejar por Cristo esas cosas de la tierra.

Compara:        ¡el ciento por uno y la vida eterna! -¿Te parece pequeño el «negocio»?» (Camino.-791).

Jesús, tu promesa es clara: «el ciento por uno y la vida eterna».

¿Qué más puedo pedir?

En ningún negocio voy a obtener mayor rentabilidad.

Pero ocurre que, a veces, no estoy muy persuadido de esto.

Para empezar, no te acabo de dar ese uno que me pides: estudiar más en serio; dedicar tiempo a mi familia, o al apostolado, o a algún servicio de caridad; o, tal vez, entregar esos lazos de la sangre o de tipo profesional: «padre o madre, o hijos, o campos».

Especialmente me pides ese uno a la hora de dedicarte el tiempo que te mereces, acudiendo frecuentemente a los sacramentos y a la oración.

Su amor es grande. Si deseas prestarle, El está dispuesto. Si quieres sembrar El vende semilla; si construir; Él te está diciendo: edifica en mis solares. ¿Por qué corres tras los hombres, que nada pueden? Corre en pos de Dios, que por cosas pequeñas te da otras que son grandes» (San Juan Crisóstomo)

Jesús, me falta generosidad para darte el uno, y por eso no experimento el ciento que Tú me has prometido.

Además, me falta fe para captar la importancia de tu promesa: «la vida eterna».

¡Si tan sólo me diera cuenta de que todo es nada en comparación con la vida eterna!

Aumenta, Jesús, mi fe y mi generosidad para darte el uno que me pides, aunque ese uno sea el todo.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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14 agosto 2011 7 14 /08 /agosto /2011 23:26

Meditación: Lunes XX Semana T. O. Ciclo A. 15 de agosto 2011 ; año impar

«Y se le acercó uno, y le dijo: Maestro, ¿qué cosas buenas debo hacer para alcanzar la vida eterna? El le respondió: ¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno sólo es el bueno. Por lo demás, si quieres entrar en la Vida, guarda los mandamientos. Le preguntó: ¿Cuáles? Jesús le respondió: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no dirás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo.Díjole el joven: Todo esto lo he guardado. ¿Qué me falta aún? Jesús le respondió: Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en los Cielos; luego ven y sígueme. Al oír el joven estas palabras se marchó triste, pues tenía muchas posesiones.» (Mateo 19, 16-22)

1º. Jesús, hoy considero contigo la escena del joven rico.

Quería saber qué «cosas buenas» debía hacer para ser santo, para «alcanzar la vida eterna».

Tu respuesta es sencilla: «guarda los mandamientos.»

Algunos mandamientos están escritos en forma negativa no porque se trate de «no hacer» cosas malas, sino porque el único límite está en el mínimo.

Guardar los mandamientos -que es más que el simple cumplir-  consiste en hacer cosas buenas, y ahí -en lo positivo- no hay límite.

«El Decálogo se comprende ante todo cuando se lee en el contexto del Éxodo, que es el gran acontecimiento liberador de Dios en el centro de la antigua Alianza. Las «diez palabras», bien sean formuladas como preceptos negativos, prohibiciones, o bien como mandamientos positivos (como «honra a tu padre y a tu madre»), indican las condiciones de una vida liberada de la esclavitud del pecado. El Decálogo es un camino de vida» (CEC.-2057).

No hay límite en amar a los padres o al prójimo; no hay límite en la virtud de la sinceridad, de la pureza o de la justicia; y mucho menos hay límite en amar a Dios sobre todas las cosas.

«¿Qué cosas buenas debo hacer? Guarda los mandamientos».

Jesús, que no me confunda: guardar los mandamientos no es un conjunto de limitaciones, sino una guía, un compendio de direcciones que debo seguir para «entrar en la Vida.»

Esas direcciones que marcan los mandamientos son las virtudes; especialmente las virtudes teologales -fe, esperanza y caridad- y las virtudes morales -prudencia, justicia, fortaleza y templanza-.

Mi vida cristiana consiste en luchar por mejorar en las virtudes.

Por eso, la Iglesia no proclama santa a una persona sin demostrar antes que ha vivido las virtudes en grado heroico.

2º. «Me dices, de ese amigo tuyo, que frecuenta sacramentos, que es de vida limpia y buen estudiante. -Pero que no «encaja»: si le hablas de sacrificio y apostolado, se entristece y se te va.

No te preocupe. -No es un fracaso de tu celo: es, a la letra, la escena que narra el Evangelista: «si quieres ser perfecto, anda y vende cuanto tienes, y dáselo a los pobres» (sacrificio)... «y ven después y sígueme» (apostolado).

El adolescente «abiit tristis» -se retiró también entristecido: no quiso corresponder a la gracia» (Camino.-807).

Jesús, guardar los mandamientos, crecer en las virtudes, es un programa válido para todo cristiano.

La llamada a la santidad es universal: de todos esperas esa lucha por vivir las virtudes en grado heroico.

Pero a algunos les pides más, dándoles una gracia interior que les hace preguntarse: «¿qué me falta aún?»

¿No podría hacer más por Ti?

«Vende cuanto tienes y dalo a los pobres; luego ven y sígueme.»

Jesús, cuando llamas a alguien a seguirte más de cerca, no le pides solamente unas cosas buenas, sino todo: recursos materiales, ilusiones profesionales, tiempo, y -sobre todo- el corazón; ese corazón que has creado para amar y que, al entregártelo, se hace aún más capaz de amar.

De esta manera, Jesús, el apóstol vive en el mundo con un corazón ensanchado, engrandecido por tu cercanía y por el trato íntimo contigo, pues Tú eres el verdadero Amor.

Y ese Amor se vuelca en obras de caridad para con las demás personas, y tiene como fruto característico la alegría: una alegría inmensa  -lo contrario de la tristeza con la que se marchó el joven rico- que nada ni nadie puede arrebatar.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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