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25 julio 2011 1 25 /07 /julio /2011 18:36

Meditación: Martes XVII Semana T.O. Ciclo A. 26 de julio 2011

«Entonces, después de despedir a las multitudes, entró en la casa. Y se acercaron sus discípulos y le dijeron: Explícanos la parábola de la cizaña del campo. El les respondió: El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno. Él enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin del mundo; los segadores son los ángeles. Del mismo modo que se retine la cizaña y se quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles y apartarán de su Reino a todos los que causan escándalo y obran la maldad, y los arrojarán en el horno del fuego. Allí será el llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. Quien tenga oídos, que oiga.» (Mateo 13, 36-43)

1º. Jesús, qué fácil era para los apóstoles hablar a solas contigo, preguntarte cualquier cosa, aunque filera una tontería.

Tal es la familiaridad que tienen contigo, que no se avergüenzan de reconocer que no entendieron la parábola que acababas de contar: explícanos la parábola.

Por ser cristiano, yo también soy uno de los apóstoles, uno de esos pocos que pueden tener un trato íntimo, personal, contigo.

Jesús, necesito ese trato personal contigo, si quiero ser cristiano, apóstol.

Necesito preguntarte tantas cosas...

Sobre todo, necesito preguntarte una y otra vez: ¿qué quieres que haga por Ti?;

¿en dónde me necesitas?;

¿cómo quieres que haga esto o aquello?;

¿estás contento de cómo aprovecho el tiempo, de cómo sirvo a los demás, de cómo vivo la virtudes cristianas, de cómo trato a tu madre  -mi madre-  Santa Maria?

Jesús, no puedes ser más claro: «todos los que causan escándalo y obran la maldad» serán arrojados en el «horno de fuego», en el infierno.

El infierno no es un cuento para asustar a los niños, sino una realidad que me debe mover a ser mejor y a hacer más apostolado.

La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad.

Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, «el fuego eterno».

La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira. (CEC.-1035).

2º. «Está claro: el campo es fértil y la simiente es buena; el Señor del campo ha lanzado a voleo la semilla en el momento propicio y con arte consumada; además, ha organizado una vigilancia para proteger la siembra reciente. Si después aparece la cizaña, es porque no ha habido correspondencia, porque los hombres  los cristianos especialmente se han dormido, y han permitido que el enemigo se acercara.

Cuando los servidores irresponsables preguntan al Señor por qué ha crecido la cizaña en su campo, la explicación salta a los ojos: ¡ha sido el enemigo! Nosotros, los cristianos que debíamos estar vigilantes, para que las cosas buenas puestas por el Creador en el mundo se desarrollaran al servicio de la verdad y del bien, nos hemos dormido  -¡triste pereza ese sueño!-, mientras el enemigo y todos los que le sirven se movían sin cesar Ya veis cómo ha crecido la cizaña: ¡qué siembra tan abundante y en todas partes! (...)

Dentro de todo este campo de Dios, que es la tierra, que es heredad de Cristo, ha brotado cizaña, ¡abundancia de cizaña! No podemos dejarnos engañar por el mito del progreso perenne e irreversible. El progreso rectamente ordenado es bueno, y Dios lo quiere. Pero se pondera más ese otro falso progreso, que ciega los ojos a tanta gente, porque con frecuencia no percibe que la humanidad, en algunos de sus pasos, vuelve atrás y pierde lo que antes había conquistado» (Es Cristo que pasa.-123).

Jesús, la parábola de la cizaña me tiene que ayudar a mantenerme despierto, vigilante, para que la cizaña no penetre en mi vida.

Además, como cristiano, me debo preocupar de que la cizaña no crezca en la sociedad en la que vivo.

Los cristianos no pueden desentenderse del ambiente, las costumbres y las leyes que influyen en la cultura de cada sociedad.

Porque la cultura es el campo en el que crece la semilla, y una cultura materialista  llena de cizaña puede ahogar la siembra buena.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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24 julio 2011 7 24 /07 /julio /2011 19:00

Meditación: Lunes XVII Semana T. O. Ciclo A. 25 de julio 2011

«Otra parábola les propuso: El Reino de los Cielos es semejante al grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo; es ciertamente la más pequeña de todas las semillas, pero cuando ha crecido es la mayor de las hortalizas, y llega a ser como un árbol, hasta el punto de que los pájaros del cielo acuden a anidar en sus ramas. Les dijo otra parábola: El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que toma una mujer y mezcla con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta. Todas estas cosas habló Jesús a las multitudes en parábolas y nada les solía hablar sino en parábolas, para que se cumpliese lo dicho por medio del Profeta: Abriré mi boca en parábolas, proclamaré las cosas que es­taban ocultas desde la creación del mundo.» (Mateo 13,31-35)

1º. Jesús, desde el principio, predicas al pueblo de Israel sobre el Reino de los Cielos: «Haced penitencia, porque está al llegar el Reino de los Cielos» (Mateo 4,17.

Pero ahora, a través de estas parábolas les intentas explicar en qué consiste el Reino de los Cielos.

¿Qué es, Jesús, este Reino de los Cielos que has venido a traer a los hombres, y cuya puerta de entrada es la penitencia?

-El Reino de los Cielos es algo que empieza pequeño, como un grano de mostaza, pero que va creciendo poco a poco en mi interior hasta convertirse en una fuerza que me lleva a ayudar a los demás, a ser como un árbol en el que otros pueden cobijarse y encontrar apoyo.

-También se parece el Reino de los Cielos a esa poca masa de levadura que hace falta para fermentar toda la masa: es ese pequeño grupo de apóstoles que, con el ejemplo de sus vidas, cristianizan el ambiente que les rodea.

 -El Reino de los Cielos, por tanto, no es una excusa para desentenderme del mundo terreno.

Es, más bien, lo contrario: una llamada a cristianizar el mundo, haciéndolo más humano, más justo, más fraterno.

«Discerniendo según el Espíritu, los cristianos deben distinguir entre el crecimiento del Reino de Dios y el progreso de la cultura y la promoción de la sociedad en las que están implicados. Esta distinción no es una separación. La vocación del hombre a la vida eterna no suprime, sino que refuerza su deber de poner en práctica las energías y los medios recibidos del Creador para servir en este mundo a la justicia y a la paz» (CEC.- 2820).          

2º. «El Reino de Cristo no es un modo de decir ni una imagen retórica. Cristo vive, también como hombre, con aquel mismo cuerpo que asumió en la Encarnación, que resucitó después de la Cruz y subsiste glorificado en la Persona del Verbo juntamente con su alma humana. Cristo, Dios y Hombre verdadero, vive y reina y es el Señor del mundo. Sólo por Él se mantiene en vida todo lo que vive. ¿Por qué, entonces, no se aparece ahora en toda su gloria? Porque su reino «no es de este mundo», aunque está en el mundo. Había replicado Jesús a Pilato: «Yo soy rey Yo para esto nací: para dar testimonio de la verdad; todo aquel que pertenece a la verdad, escucha mi voz». Los que esperaban del Mesías un poderío temporal visible, se equivocaban: «que no consiste el reino de Dios en el comer ni en el beber sino en la justicia, en la paz y en el gozo del Espíritu Santo».

Verdad y justicia; paz y gozo en el Espíritu Santo. Ese es el rei­no de Cristo: la acción divina que salva a los hombres y que culmi­nará cuando la historia acabe, y el Señor que se sienta en lo más alto del paraíso, venga a juzgar definitivamente a los hombres» (Es Cristo que pasa.-180).

 Jesús, tu reino no es de este mundo, pero está en el mundo: está en el alma de cada cristiano en gracia de Dios; está en la Iglesia, en los sacramentos, en las obras de caridad; está en las familias unidas por el amor, en la amistad verdadera, en el trabajo hecho con mentalidad de servicio; y también está en la belleza de la naturaleza, y en la sabiduría de las leyes físicas que gobiernan el universo.

Jesús, tu reino no es un poderío temporal visible, sino un reino de verdad y justicia, de paz y gozo en el Espíritu Santo.

Pero para que este reino sea una realidad, necesita arraigar primero en mi alma, como arraiga una pequeña semilla; y crecer luego, con tu gracia, hasta llenar mi vida entera y rebosar, fermentado la masa que me rodea, es decir: haciendo el mundo más humano y más cristiano.    

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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23 julio 2011 6 23 /07 /julio /2011 18:44

Meditación: Domingo XVII Semana T. O. Ciclo A. 24 de julio 2011

«El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en el campo que, al encontrarlo un hombre, lo oculta y, gozoso del hallazgo, va y vende todo cuanto tiene y compra aquel campo.

Asimismo el Reino de los Cielos es semejante a un comerciante que busca perlas finas y, cuando encuentra una perla de gran valor va y vende todo cuanto tiene y la compra. Asimismo el Reino de los Cielos es semejante a una red barredera que, echada en el mar, recoge toda clase de cosas. Y cuando está llena la arrastran a la orilla y sentándose echan lo bueno en cestos, mientras lo malo lo tiran fuera. Así será al fin del mundo: Saldrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos y los arrojarán al horno del fuego. Allí será el llanto y rechinar de dientes. ¿Habéis entendido todas estas cosas? Le respondieron: Sí. El les dijo: Por eso, todo escriba instruido acerca del Reino de los Cielos es semejante a un padre de familia, que saca de sus tesoro cosas nuevas y cosas antiguas.» (Mateo13, 44-52)

1º. Jesús, hoy me vuelves a hablar del Reino de los Cielos, de esa vida nueva –divina-  que has venido a darme muriendo en la cruz.

El Reino de los Cielos es la vida de la gracia, la vida de hijos de Dios, la vida sobrenatural que puedo vivir ya en la tierra uniéndome a Ti a través de los sacramentos, de la oración y de las buenas obras.

El Reino de los Cielos es esa identificación contigo en la tierra -luchando por ser cada día más santo- y, sobre todo, es esa unión contigo en el cielo para siempre.

Sin embargo, no todo el mundo encuentra este Reino.

Algunos lo encuentran sin proponérselo: porque han nacido en una familia cristiana, porque han conocido a alguien que les ha hablado de Ti, etc....

Se parecen al que encuentra el tesoro en el campo por casualidad, sin buscarlo.

Al descubrirlo, «lo oculta y, gozoso del hallazgo, va y vende todo cuanto tiene y compra aquel campo».

Jesús, a veces no valoro suficientemente este tesoro, quizá porque lo encontré sin esfuerzo.

Y no lo guardo, de modo que los ladrones no me lo quiten; ni tampoco soy capaz de darlo todo dejando esas cosas que me atan a la tierra  para poseerlo de verdad.

Otros encuentran el tesoro de la fe tras muchos años de búsqueda esforzada.

Se parecen al comerciante que iba en busca de «la perla de gran valor.»

Tal vez éstos son más conscientes de lo que han encontrado, y se deciden con más prontitud a vender todo cuanto tienen  planes, ilusiones, familia, capacidades profesionales para conseguir el Reino de los Cielos y ayudar a que también otros lo encuentren.

2º. «Escribías: «simile est regnum caelorum  -el Reino de los Cielos es semejante a un tesoro... Este pasaje del Santo Evangelio ha caído en mi alma echando raíces. Lo había leído tantas veces, sin coger su entraña, su sabor divino».

¡Todo..., todo se ha de vender por el hombre discreto, para conseguir el tesoro, la margarita preciosa de la Gloria» (Forja 993).

Jesús, ... ¿todo?

¿Qué significa venderlo todo?

¿Es que me he de retirar al desierto, sin nada, para alcanzar el Reino de los Cielos, para ser santo?

No necesariamente.

Tú mismo rezas al Padre: «No te pido que los saques del mundo, sino que los guardes del Maligno» (Juan 17,15).

No quieres que me aparte del mundo, ni de las cosas del mundo.

Lo que quieres es que mi corazón no se llene de deseos mundanos, sino que te ponga en primer lugar en mi escala de valores: «amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con tuda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y primer mandamiento» (Mateo 22,37-38).

Jesús, para amarte así, he de estar desprendido de todo lo que pueda interponerse entre Tú y yo.

«Todos los cristianos han de intentar orientar rectamente sus deseos para  que el uso de las cosas de este mundo y el apego a las riquezas no les impidan, en contra del espíritu de pobreza evangélica, buscar el amor perfecto». (CEC.-2545).

Una cosa es que me gusten los coches, por ejemplo, y que me compre uno porque lo necesito -incluso uno de buena calidad, de modo que circule con seguridad y confort-; pero otra cosa es no vivir más que para el coche, o comprarme uno porque es la última moda, o para mostrar mi nivel económico o social.

Jesús, esta misma pobreza exterior -que no significa ir sucios, sino tener sólo lo necesario- debe ir acompañada por una pobreza interior, de la mente: la humildad.

Parte de lo que he de dejar para poder seguirte es la soberbia, ese querer tener siempre la razón y la verdad.

Para seguirte, he de aprender a obedecer las indicaciones generales que reciba del Magisterio de la Iglesia, y los consejos particulares de la dirección espiritual.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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22 julio 2011 5 22 /07 /julio /2011 19:18

Meditación: Sábado XVI Semana T. O. Ciclo A. 23 de julio 2011

«Les propuso otra parábola: El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras dormían los hombres, vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y echó espiga, entonces apareció también la cizaña. Los siervos del amo acudieron a decirle: Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña? El les dijo: Algún enemigo lo hizo. Le respondieron los siervos: ¿Quieres que vayamos y la arranquemos? Pero él les respondió: No, no sea que, al arrancar la cizaña, arranquéis junto con ella el trigo. Dejad que crezcan ambas hasta la siega. Y al tiempo de la siega diré a los segadores: arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla; el trigo, en cambio, almacenadlo en mi granero.» (Mateo 13, 24-30)

1º. Jesús, hoy me explicas la parábola de la cizaña.

Tú eres el dueño.

El campo es mi corazón, en el que siembras buena semilla: la semilla de tu gracia, de esa vida sobrenatural que me hace más humano, más comprensivo con los demás -porque son hijos de Dios- y más exigente conmigo mismo -porque he de luchar por ser santo.

Gracias, Jesús, por tantas cosas buenas que has puesto en mi corazón: esas buenas intenciones, esos deseos de hacer el bien, de ayudar a los demás, de hacer apostolado.

Pero también descubro en mi corazón otras fuerzas que no son buena semilla: la inclinación a hacer lo más cómodo; el deseo de sobresalir, de quedar bien por encima de todo; la búsqueda de placeres desordenados; la envidia; la frivolidad...

Es la cizaña que ha plantado el «enemigo»-el mundo, el demonio y la carne- y que a veces ahoga el buen trigo de mi vida interior.

Ayúdame, Jesús, a mantener la cizaña a raya; ayúdame a dominar mis pasiones.

2º. «El Señor sembró en tu alma buena simiente. Y se valió -para esa siembra de vida eterna- del medio poderoso de la oración: porque tú no puedes negar que, muchas veces, estando frente al Sagrario, cara a cara, El te ha hecho oír -en el fondo de tu alma- que te quería para Sí, que habías de dejarlo todo... Si ahora lo niegas, eres un traidor miserable; y, si lo has olvidado, eres un ingrato.

Se ha valido también -no lo dudes, como no lo has dudado hasta ahora- de los consejos o insinuaciones sobrenaturales de tu Director que te ha repetido insistentemente palabras que no debes pasar por alto; y se valió al comienzo -siempre para depositar la buena semilla en tu alma-, de aquel amigo noble, sincero, que te dijo verdades fuertes, llenas de amor de Dios.

-Pero, con ingenua sorpresa, has descubierto que el enemigo ha sembrado cizaña en tu alma. Y que la continúa sembrando, mientras tú duermes cómodamente y aflojas en tu vida interior

-Esta, y no otra, es la razón de que encuentres en tu alma plantas pegajosas, mundanas, que en ocasiones parece que van a ahogar el grano de trigo bueno que recibiste...

-Arráncalas de una vez! Te basta la gracia de Dios. No temas que dejen un hueco, una herida... El Señor pondrá ahí nueva semilla suya: amor de Dios, caridad fraterna, ansias de apostolado... Y, pasado el tiempo, no permanecerá ni el mínimo rastro de la cizaña: si ahora, que estás a tiempo, la extirpas de raíz; y mejor si no duermes y vigilas de noche tu campo» (Surco.-677).

Esas plantas mundanas, pegajosas, crecen cuando no vigilo, cuando aflojo en mi vida interior, cuando no lucho contra la tibieza.

La tibieza es ese conformarse con hacer las cosas a medias: contentarse con no hacer nada malo, sin hacer tampoco nada bueno.

La tibieza es como un sopor espiritual, que deja abiertas las puertas al enemigo.

«Los demonios, a quienes están metidos en la tibieza y no hacen nada por salir de ella empiezan a despojarles del temor y recuerdo de Dios, así como de la meditación espiritual. Luego, una vez desarmados del socorro y protección divinos, se abalanzan osados sobre sus víctimas como sobre una presa fácil». (Casiano).

Madre, ante el primer síntoma de tibieza, ayúdame a despertarme, a volver a luchar en serio, arrancando de raíz  -con una buena confesión- todo lo que me impida amar a tu Hijo.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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21 julio 2011 4 21 /07 /julio /2011 22:21

Meditación: Viernes XVI Semana T. O. Ciclo A. 22 de julio 2011

«Escuchad, pues, la parábola del sembrador. Todo el que oye la palabra del Reino y no lo entiende, viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: esto es lo sembrado junto al camino. Lo sembrado sobre terreno rocoso es el que oye la palabra, y al punto la recibe con alegría; pero no tiene en sí raíz, sino que es inconstante y, al venir una tribulación o persecución por causa de la palabra, en seguida tropieza y cae. Lo sembrado entre espinos es el que oye la palabra, pero las preocupaciones de este mundo y la seducción de las riquezas sofocan la palabra y queda estéril. Por el contrario, lo sembrado en buena tierra es el que oye la palabra y la entiende, y fructifica y produce el ciento, o el sesenta, o el treinta.» (Mateo 13, 18-23)

1º. Jesús, ¿qué‚ tengo que hacer para que la semilla de tu palabra de fruto en mi vida?

Hoy me respondes con claridad, advirtiéndome de algunos obstáculos que he de evitar.

El primer obstáculo es no entender tu doctrina, no captar la profundidad de tu mensaje, quedándome con cuatro ideas generales o con lo sentimental.

Para comprender tu palabra, no basta con escuchar los sermones en la misa, o con meditar por mi cuenta el Evangelio.

Es necesario adquirir formación.

¿Asisto regularmente a algún medio de formación cristiana? ¿Pregunto en la dirección espiritual las dudas que tenga sobre temas de fe y moral?

¿Pido consejo para leer algún libro de lectura espiritual?

El segundo obstáculo del que hablas, Jesús, es la inconstancia.

¿Soy constante en el cumplimiento de mi plan de vida, en el horario de trabajo o estudio, en el apostolado?

A veces, empiezo entusiasmado a ir a misa entre semana, o a estudiar tantas horas, o a tratar de que aquel amigo se confiese, pero a la primera dificultad me canso y lo dejo.

Dame, Jesús, fortaleza para ser más constante en el cumplimiento de mis propósitos.

El tercer obstáculo son todas aquellas tentaciones que sofocan la palabra: riqueza, egoísmo, sensualidad, comodidad, etc...

Jesús, si tengo que dar fruto, si tu palabra debe guiar mi conducta, es preciso que mi corazón no esté apegado a las cosas de la tierra; porque ahogan, tiran para abajo, esclavizan, atontan.

Si dejo que los espinos crezcan en mi alma, acabarán sofocando la buena semilla; si no tengo la fuerza de voluntad para dominar mis pasiones, mis pasiones me dominar n a mí.

2º. «Disipación.  Dejas que se abreven tus sentidos y potencias en cualquier charca.  As¡ andas tú luego: sin fijeza, esparcida la atención, dormida la voluntad y despierta la concupiscencia.

Vuelve con seriedad a sujetarte a un plan, que te haga llevar vida de cristiano, o nunca harás nada de provecho» (Camino.-375)

Jesús, quiero que mi tierra sea buena tierra.

Para ello necesito los medios de formación, la constancia en mi plan de vida, y la guarda de mi corazón de modo que no se llene de frivolidad.

Cuando dejo de luchar en estos puntos, qué rápido me ahoga el ambiente, qué pronto se marchita esa vida interior que estaba empezando a brotar en mi corazón.

Y me quedo, Jesús, como atontado: sin fijeza, esparcida la atención, dormida la voluntad y despierta la concupiscencia.

Jesús, es hora de decir: basta!

Quiero de verdad ser santo, corresponder a tu amor, hacer fructificar la semilla de la gracia que has puesto en mi alma.

Es hora de volver a empezar: «vuelve con seriedad a sujetarte a un plan, que te haga llevar vida de cristiano.»

He de volver a empezar una y mil veces, sin cansarme nunca, con constancia.

Jesús, tengo un medio formidable para no desfallecer: la dirección espiritual.

«Dios ha dispuesto que, de forma ordinaria, los hombres se salven con la ayuda de otros hombres; y as¡, a los que El llama a un grado más alto de santidad les proporciona también a unos que les guíen hacia esta meta» (León XIII).

Si soy constante y dócil en la dirección espiritual, tengo media batalla ganada.

Y la otra media la ganaré también con tu gracia.

Y dar‚ el fruto que esperas de mí: el ciento, o el sesenta, o el treinta.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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20 julio 2011 3 20 /07 /julio /2011 23:11

Meditación: Jueves XVI Semana T. O. Ciclo A. 21 de julio 2011

«Los discípulos se acercaron a decirle: ¿Por qué les hablas en parábolas? El les respondió: A vosotros se os ha dado conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no se les ha dado. Porque al que tiene se le dará y abundará, pero al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. Y se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: Con el oído oiréis, pero no entenderéis, con la vista miraréis, pero no veréis. Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y han cerrado sus ojos; no sea que vean con los ojos, y oigan con los oídos, y entiendan con el corazón y se conviertan, y yo los sane. Bienaventurados, en cambio, vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. Pues en verdad os digo que muchos profetas y justos ansiaron ver lo que vosotros estáis viendo y no lo vieron, y oír lo que vosotros estáis oyendo y no lo oyeron.» (Mateo 13,10-17)

1º. Jesús, con qué pena debías explicar esto a tus discípulos: «han hecho duros sus oídos y han cerrado sus ojos.»

Habías venido a salvarlos, a redimirlos del pecado dando tu vida entera por ellos.

Pero se habían cerrado a la gracia de la conversión.

Te quejas del pueblo escogido, pero es una queja acompañada de lágrimas, como cuando te lamentas llorando ante la ciudad de Jerusalén: «Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina cobija a sus polluelos bajo las alas, y no quisiste» (Mateo 23,37)

Jesús, Tú me has demostrado lo mucho que me quieres muriendo por mí en la cruz.

¿Cómo correspondo a ese amor?

¿Qué hago con la vida de la gracia y con los sacramentos, que son consecuencia de ese amor tuyo por los hombres?

¿Cuido mi formación doctrinal, de modo que entienda tus palabras con mayor profundidad?

¿Lucho para que no se enturbie mi mirada, para que mi corazón esté siempre limpio, para que no se me cierren los ojos de la visión sobrenatural?

«Preséntame un corazón amante y comprenderá lo que digo. Preséntame un corazón inflamado en deseos, un corazón hambriento, un corazón que, sintiéndose solo y desterrado en este mundo, esté sediento y suspire por las fuentes de la patria eterna, preséntame un tal corazón y asentirá en lo que digo. Si, por el contrario, hablo a un corazón frío, éste nada sabe, nada comprende de lo que estoy diciendo» (San Agustín).

Jesús, no quiero endurecer mi corazón; no quiero salir del cobijo de tus alas -que son tus mandamientos  buscando una falsa libertad en los placeres y comodidades de la tierra.

Ayúdame a volver a Ti una y otra vez, a pedirte perdón cuando no esté a la altura de mi condición de hijo de Dios, de modo que me convierta y me sanes.

2º. «Si nos sentimos hijos predilectos de nuestro Padre de los Cielos, ¡que eso somos!, ¿cómo no vamos a estar alegres siempre? –Piénsalo. (Forja.-266).

Jesús, llamas a los apóstoles «bienaventurados»-es decir: felices, alegres- porque han convivido contigo, oído tus palabras y visto tus milagros.

«Muchos profetas y justos» ansiaron conocerte, pero tuvieron que conformarse con la esperanza de que, algún día, el Mesías salvaría al pueblo escogido.

Yo, que no soy profeta ni justo, tengo la gran suerte -si quiero- de poder conocerte, tratarte y convivir contigo con la misma intimidad que los apóstoles.

Jesús, además, con tu muerte en la cruz, me has hecho hijo de Dios, heredero del Cielo.

Y te has quedado en la Eucaristía, para que te pueda recibir, para que te pueda tener en mí.

¿Cómo no vamos a estar alegres siempre?

Ningún acontecimiento de este mundo, por más doloroso o trágico que resulte, puede ensombrecer esa alegría interior, profunda, que nace de saber que Dios es mi Padre, y que todo lo que me ocurre está previsto por El.

Jesús, que no pierda nunca esa alegría profunda de hijo de Dios, aunque sufra o llore como los demás.

La alegría es el estado propio del que no endurece su corazón ni cierra sus ojos a la gracia, del que sabe convertirse –arrepentirse- una y otra vez, pidiendo perdón en la confesión.

Además, si me esfuerzo por no perder esa alegría de hijo de Dios, Tú me la aumentas aún más: «Porque al que tiene se le dará y abundará, pero al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará.»

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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19 julio 2011 2 19 /07 /julio /2011 19:46

Meditación: Miércoles XVI Semana T. O. Ciclo A. 20 de julio 2011

«Aquel día salió Jesús de casa y se sentó a la orilla del mar. Se reunió junto a él tal multitud que hubo que subir a sentarse en una barca, mientras toda la multitud permanecía en la orilla. Y se puso a hablarles muchas cosas en parábolas, diciendo: He aquí que salió el sembrador a sembrar. Y al echar la semilla, parte cayó junto al camino y vinieron los pájaros y se la comieron. Parte cayó en terreno rocoso, donde no había mucha tierra y brotó pronto por no ser hondo el suelo; pero al salir el sol, se agostó y se secó porque no tenía raíz. Otra parte cayó entre espinos; crecieron los espinos y la sofocaron. Otra, en cambio, cayó en buena tierra y dio fruto, una parte el ciento, otra el sesenta y otra el treinta. El que tenga oídos, que oiga.» (Mateo 13, 1-9)

1º. Jesús, hoy me recuerdas la parábola del sembrador: «salió el sembrador a sembrar...»

Tú eres el sembrador, que sales a sembrar por los caminos del mundo la semilla de tu palabra y de tu vida.

La semilla es la misma en cada caso: has muerto en la cruz por todos los hombres, sin distinción.

Pero el fruto depende también de la tierra -los corazones de los hombres-, y del ambiente: pájaros, piedras, espinos.

«La tierra era buena, el sembrador el mismo, y las simientes las mismas; y sin embargo, ¿cómo es que una dio ciento, otra sesenta y otra treinta? Aquí la diferencia depende también del que recibe, pues aun donde la tierra es buena, hay mucha diferencia de una parcela a otra. Ya veis que no tiene la culpa el labrador ni la semilla, sino la tierra que la recibe; y no es por causa de la naturaleza, sino de la disposición de la voluntad» (San Juan Crisóstomo).

Jesús, ¿cómo es mi tierra, mi corazón?

¿Es un corazón que sabe amar, que sabe sacrificarse por los demás; o es un corazón de piedra, duro, en el que las necesidades de los que me rodean no hacen mella?

¿Es un corazón fuerte, con la fuerza de voluntad necesaria para hacer lo que debe en cada momento; o es un corazón blando, sin personalidad, que se deja arrastrar por el gusto, la sensualidad o la comodidad?

Jesús, ¿en qué ambiente me muevo?

¿Es un ambiente adecuado para que pueda crecer mi vida de cristiano?

¿Qué amigos tengo?

¿Cómo aprovecho el tiempo libre?

A veces el trabajo, los amigos, la televisión, las diversiones, etc..., en vez de ayudar a que mi vida cristiana crezca y se desarrolle, son como espinos sofocantes, que dificultan o incluso destrozan la semilla de la gracia.

2º. «La escena es actual. El sembrador divino arroja también ahora su semilla. La obra de la salvación sigue cumpliéndose, y el Señor quiere servirse de nosotros: desea que los cristianos abramos a su amor todos los senderos de la tierra; nos invita a que propaguemos el divino mensaje, con la doctrina y con el ejemplo, hasta los últimos rincones del mundo. Nos pide que, siendo ciudadanos de la sociedad eclesial y de la civil, al desempeñar con fidelidad nuestros deberes, cada uno sea otro Cristo, santificando el trabajo profesional y las obligaciones del propio estado» (Es Cristo que pasa.-150).

Jesús, cada día se repite la escena de este Evangelio: cada vez que un cristiano, con la doctrina y con el ejemplo de su vida, abre un pequeño surco en el alma de un familiar o un amigo, y arroja allí tu semilla.

Tú quieres que sea yo uno de esos sembradores, quieres servirte de mí para llegar a las personas que has puesto a mi lado.

De hecho, lo que me pides es que sea otro Cristo: que santificando mi trabajo profesional y las obligaciones de mi propio estado, lance a voleo la semilla, el mensaje y la vida nueva que nos has dado con la gracia.

Soy sembrador cuando estudio con seriedad lo que me toca, cuando ayudo a arreglar un desperfecto en casa, cuando sé perdonar un detalle molesto, cuando sonrío estando cansado, cuando dejo elegir a otro el mejor postre o la película de cine que iremos a ver, etc..

Jesús, la parábola del sembrador no es un mensaje de piedra, un cuento para libros de niños: es una escena actual.

De mí depende que tu semilla llegue a muchas más personas, aunque el fruto varíe según las disposiciones, la tierra, de cada uno.

Seré un buen sembrador si me esfuerzo por desempeñar con fidelidad mis deberes de cada día.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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18 julio 2011 1 18 /07 /julio /2011 20:28

Meditación: Martes XVI Semana T. O. Ciclo A. 19 de julio 2011

«Aún estaba él hablando a las multitudes, cuando su madre y sus hermanos se hallaban fuera intentando hablar con él. Alguien le dijo entonces: Mira que tu madre y tus hermanos están fuera intentando hablarte. Pero él respondió al que le hablaba: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Pues todo el que haga la voluntad de mi Padre que está en los Cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre.» (Mateo 12, 46-50)

1º. Jesús, tu madre la Virgen y tus parientes  -«hermanos»en arameo es un término amplio que sirve para designar a los parientes en general-  quieren hablar contigo.

Y parece que no les hagas caso.

¿Cómo se compagina este comportamiento con lo que enseñas en el cuarto mandamiento: «amarás a tu padre y a tu madre?»

Aprovechas esta situación para explicarme otra verdad importante: «todo el que haga la voluntad de mi Padre que está en los Cielos»se une a Mí con unos lazos que son más fuertes aún que los de la sangre.

Son los lazos de la gracia, que me proporcionan un parentesco sobrenatural: el de ser hijo de Dios y hermano tuyo, Jesús.

«Hacerse discípulo de Jesús es aceptar la invitación a pertenecer a la familia de Dios, a vivir en conformidad con su manera de vivir: «El que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, éste es mi hermano, mi hermana y mi madre» (CEC.-2233)

Jesús, Tú amas a tu madre como el mejor de los hijos, pero aún la amas más porque es la «llena de gracia» (Lucas 1,28).

Por eso, en el fondo, lo que estás haciendo es elogiar a María.

Ella es la criatura más querida por Dios no sólo por ser tu madre, sino porque ha sabido hacer en cada momento «la voluntad de mi Padre que está en los Cielos,» empezando por aceptar generosamente la vocación que le encomendaste, haciéndose «la esclava del Señor»

2º. «La Virgen Santa Maria, Maestra de entrega sin limites. -¿Te acuerdas?: con alabanza dirigida a Ella, afirma Jesucristo: «¡el que cumple la Voluntad de mi Padre, ése -ésa- es mi madre!...».

Pídele a esta Madre buena que en tu alma cobre fuerza -fuerza de amor y de liberación- su respuesta de generosidad ejemplar: «ecce ancilla Dominí!» -he aquí la esclava del Señor (Surco.-33).

Jesús, Tú eres el mejor ejemplo de obediencia a la voluntad de Dios.

En el huerto de los olivos, ante el sufrimiento que se te avecinaba, vuelves a decir que sí a ese plan divino: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22,42).

Ayúdame a ser generoso, a no buscarme a mí mismo.

Que la intención de todo lo que haga durante el día sea cumplir tu voluntad, darte alegrías, servirte a Ti, y -por Ti- servir a los demás.

Jesús, la persona que ha sabido imitarte mejor es la Virgen María.

Sin buscar el espectáculo, en las tareas normales de una madre de familia, en las alegrías y dificultades de la vida diaria, María ha sabido hacerse «la esclava del Señor», ha buscado siempre y en todo hacer tu voluntad: «hágase en mí según tu palabra»

Si entre dos personas, la unión de voluntades -el amor- une más que la unión de la sangre, cuánto más cuando la relación es entre una persona y Dios: entre Tú y yo.

Por eso, aunque por el Bautismo soy hijo de Dios, sólo estaré unido verdaderamente a Ti si me esfuerzo por hacer tu voluntad.

Madre, tú que has sabido corresponder con generosidad ejemplar a lo que te pedía Dios en cada momento, ayúdame a poner siempre por delante la voluntad de Dios.

No dejes que mi pereza, mi comodidad, mi orgullo, mi sensualidad, mi vanidad y los demás defectos que me tientan continuamente, puedan conmigo y me esclavicen.

Que me dé cuenta de que la mejor manera de ejercer mi libertad -que es un don de Dios- es obedecer la voluntad divina, no dejarme esclavizar por mis pasiones o defectos.

Y sobre todo, que me dé cuenta de que sólo haciendo su voluntad podré estar unido a El y amarle.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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17 julio 2011 7 17 /07 /julio /2011 19:07

Meditación: Lunes XVI Semana T. O. Ciclo A. 18 de julio 2011

 

«Entonces algunos de los escribas y fariseos se dirigieron a él, diciendo: Maestro, queremos ver de ti una señal. El les respondió: Esta generación malvada y adúltera pretende una señal, pero no se le dará otra señal que la del profeta Jonás. Pues así como estuvo Jonás en el vientre de la ballena tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el seno de la tierra tres días y tres noches. Los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación en el Juicio y la condenarán; porque se convirtieron ante la predicación de Jonás, y ved que aquí hay algo más que Jonás. La reina del Mediodía se levantará contra esta generación en el Juicio y la condenará; porque vino de los confines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón, y ved que aquí hay algo más que Salomón.» (Mateo 12, 38-42)

1º. Jesús, hoy se ha vuelto a imponer el «si no lo veo no lo creo», disfrazado de una postura pseudo científica: lo que no se puede comprobar experimentalmente, no es real.

No es una postura nueva; es lo mismo que encontraste en tu tiempo: «Maestro, queremos ver de ti una señal»

Hasta entre los apóstoles se da esta actitud: Tomás necesitará poner sus dedos en tu costado para creer en la resurrección.

Jesús, ante esta necesidad de señales y pruebas, me podrías contestar como a Santiago y Juan: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo bebo?» (Marcos 10,38).

Porque cuantas más señales me des, más me tendrás que pedir para darme al final la misma recompensa.

Por eso le respondes a Tomás: «bienaventurados los que sin haber visto han creído» (Juan 20,29).

Sin embargo, me das una señal suficiente: tu resurrección.

«Así estará el Hijo del Hombre en el seno de la tierra tres días y tres noches.»

Los judíos te crucifican porque te haces Dios, el Hijo único de Dios.

Tu resurrección es la prueba más clara de que lo que decías era cierto.

Por eso San Pablo dice que si no hubieras resucitado, «vana sería nuestra fe». (1 Corintios 15,14)

Y por eso también, los judíos pusieron a los soldados allí, de modo que nadie pudiera coger tu cuerpo y luego decir que habías resucitado.

Su guardia hace aún más evidente la verdad: has resucitado, y yo        -como cristiano-  soy ahora testigo de tu resurrección.

«La Resurrección constituye ante todo la confirmación de todo lo que Cristo hizo y enseñó. Todas las verdades, incluso las más inaccesibles al espíritu humano, encuentran su justificación si Cristo, al resucitar,  ha dado la prueba definitiva de su autoridad divina según lo había prometido» (CEC.-651)

2º. « Si miramos a nuestro alrededor y consideramos el transcurso de la historia de la humanidad, observaremos progresos y avances. La ciencia ha dado al hombre una mayor conciencia de su poder. La técnica domina la naturaleza en mayor grado que en épocas pasadas, y permite que la humanidad sueñe con llegar a un más alto nivel de cultura, de vida material, de unidad.

Algunos quizá se sientan movidos a matizar ese cuadro, recordando que los hombres padecen ahora injusticias y guerras, incluso peores que las del pasado. No les falta razón. Pero, por encima de esas consideraciones, yo prefiero recordar que, en el orden religioso, el hombre sigue siendo hombre, y Dios sigue siendo Dios. En este campo la cumbre del progreso se ha dado ya: es Cristo, alfa y omega, principio y fin.

En la vida espiritual no hay una nueva época a la que llegar. Ya está todo dado en Cristo, que murió, y resucitó, y vive y permanece siempre. Pero hay que unirse a El por la fe, dejando que su vida se manifieste en nosotros, de manera que pueda decirse que cada cristiano es no ya «alter Christus», sino «ipse Christus», ¡el mismo Cristo!» (Es Cristo que pasa.-104).

Jesús, en el terreno espiritual, no necesito otra señal; la cumbre del progreso se ha dado ya: es Cristo, que murió, y resucitó, y vive y permanece siempre.

Tu vida, muerte y resurrección son la prueba de que Dios me ama y se preocupa por mí.

Una señal mayor que la de Jonás, Salomón y todos los profetas del Antiguo Testamento; una señal más luminosa que la que pueda ofrecer la ciencia y la técnica.

Pero una señal que sólo se ve con los ojos de la fe, dejando que te metas en mi vida hasta hacerme el mismo Cristo.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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16 julio 2011 6 16 /07 /julio /2011 19:48

Meditación: Domingo XVI Semana T. O. Ciclo A. 17 de julio 2011

 

«Les propuso otra parábola: El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras dormían los hombres, vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y echó espiga, entonces apareció también la cizaña. Los siervos del amo acudieron a decirle: Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña? El les dijo: Algún enemigo lo hizo. Le respondieron los siervos: ¿Quieres que vayamos y la arranquemos? Pero él les respondió: No, no sea que, al arrancar la cizaña, arranquéis junto con ella el trigo. Dejad que crezcan ambas hasta la siega. Y al tiempo de la siega diré a los segadores: arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla; el trigo, en cambio, almacenadlo en mi granero.» (Mateo 13, 24-30)

 

1º. Jesús, hoy me explicas la parábola de la cizaña.

Tú eres el dueño.

El campo es mi corazón, en el que siembras buena semilla: la semilla de tu gracia, de esa vida sobrenatural que me hace más humano, más comprensivo con los demás -porque son hijos de Dios- y más exigente conmigo mismo -porque he de luchar por ser santo.

Gracias, Jesús, por tantas cosas buenas que has puesto en mi corazón: esas buenas intenciones, esos deseos de hacer el bien, de ayudar a los demás, de hacer apostolado.

Pero también descubro en mi corazón otras fuerzas que no son buena semilla: la inclinación a hacer lo más cómodo; el deseo de sobresalir, de quedar bien por encima de todo; la búsqueda de placeres desordenados; la envidia; la frivolidad...

Es la cizaña que ha plantado el «enemigo»-el mundo, el demonio y la carne- y que a veces ahoga el buen trigo de mi vida interior.

Ayúdame, Jesús, a mantener la cizaña a raya; ayúdame a dominar mis pasiones.

2º. «El Señor sembró en tu alma buena simiente. Y se valió -para esa siembra de vida eterna- del medio poderoso de la oración: porque tú no puedes negar que, muchas veces, estando frente al Sagrario, cara a cara, El te ha hecho oír -en el fondo de tu alma- que te quería para Sí, que habías de dejarlo todo... Si ahora lo niegas, eres un traidor miserable; y, si lo has olvidado, eres un ingrato.

Se ha valido también -no lo dudes, como no lo has dudado hasta ahora- de los consejos o insinuaciones sobrenaturales de tu Director que te ha repetido insistentemente palabras que no debes pasar por alto; y se valió al comienzo -siempre para depositar la buena semilla en tu alma-, de aquel amigo noble, sincero, que te dijo verdades fuertes, llenas de amor de Dios.

-Pero, con ingenua sorpresa, has descubierto que el enemigo ha sembrado cizaña en tu alma. Y que la continúa sembrando, mientras tú duermes cómodamente y aflojas en tu vida interior

-Esta, y no otra, es la razón de que encuentres en tu alma plantas pegajosas, mundanas, que en ocasiones parece que van a ahogar el grano de trigo bueno que recibiste...

-Arráncalas de una vez! Te basta la gracia de Dios. No temas que dejen un hueco, una herida... El Señor pondrá ahí nueva semilla suya: amor de Dios, caridad fraterna, ansias de apostolado... Y, pasado el tiempo, no permanecerá ni el mínimo rastro de la cizaña: si ahora, que estás a tiempo, la extirpas de raíz; y mejor si no duermes y vigilas de noche tu campo» (Surco.-677).

Esas plantas mundanas, pegajosas, crecen cuando no vigilo, cuando aflojo en mi vida interior, cuando no lucho contra la tibieza.

La tibieza es ese conformarse con hacer las cosas a medias: contentarse con no hacer nada malo, sin hacer tampoco nada bueno.

La tibieza es como un sopor espiritual, que deja abiertas las puertas al enemigo.

«Los demonios, a quienes están metidos en la tibieza y no hacen nada por salir de ella empiezan a despojarles del temor y recuerdo de Dios, así como de la meditación espiritual. Luego, una vez desarmados del socorro y protección divinos, se abalanzan osados sobre sus víctimas como sobre una presa fácil». (Casiano).

Madre, ante el primer síntoma de tibieza, ayúdame a despertarme, a volver a luchar en serio, arrancando de raíz  -con una buena confesión- todo lo que me impida amar a tu Hijo.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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