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15 julio 2011 5 15 /07 /julio /2011 19:02

Meditación: Sábado XV Semana T. O. Ciclo A. 16 de julio 2011

 

«Al salir los fariseos tuvieron consejo contra él, para ver cómo perderle. Pero Jesús, sabiéndolo, se alejó de allí, y le siguieron muchos y los curó a todos, y les ordenó que no le descubriesen, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: He aquí mi Siervo a quien elegí, mi amado en quien se complace mi alma. Pondré mi Espíritu sobre él y anunciará la justicia a las naciones. No disputará ni vociferará, nadie oirá sus gritos en las plazas. No quebrará la caña cascada, ni apagará la mecha humeante, hasta que haga triunfar la justicia; y en su nombre pondrán su esperanza las naciones.» (Mateo 12, 14-21)

1º. Jesús, los fariseos buscan matarte por envidia, porque haces el bien y porque la gente te sigue: «le siguieron muchos y los curó a todos.»

A veces la envidia lleva a maquinar los planes más injustos y crueles.

La envidia es una pasión que está muy relacionada con la soberbia, y que se da cuando me a pena la virtud, la fortuna o las capacidades de otra persona.

Me fastidia el otro por el mero hecho de tener algo que a mí me gustaría tener.

«Los pecados capitales están unidos por tan estrecho parentesco, que uno se origina de otro. El descendiente principal de la soberbia es la vanagloria que, al corromper el alma de la que se ha apoderado, engendra enseguida la envidia; porque, deseando la gloria de un vano hombre, se entristece porque otro la puede alcanzar» (San Gregorio Magno).

La persona humilde, por el contrario, sabe que todo lo que tiene es prestado: Tú me lo has dado Jesús.

El humilde busca mejorar lo que tiene, hacer fructificar los talentos recibidos, y se alegra también de ver otros talentos en los demás.

Las virtudes de los que me rodean me tienen que llevar a darte gracias, y a ayudar a esas personas a que les saquen el máximo partido posible.

Esa es precisamente tu actitud, Jesús; no buscas destrozar, hundir, humillar, aprovecharte de mis debilidades o errores: «no quebrará la caña cascada, ni apagará la mecha humeante.»

 Lo que buscas es ayudar, apoyar al que te busca, sacar partido a cualquier pequeño mérito mío para que vuelva a coger fuerza, para que aquella pequeña chispa de luz que todavía reluce en mi alma se transforme de nuevo en una llama de fuego.

2º. ¡Qué humildad, la de mi Madre Santa María! -No la veréis entre las palmas de Jerusalén, ni -fuera de las primicias de Cana- a la hora de los grandes milagros.

-Pero no huye del desprecio del Gólgota: allí está, «juxta crucem Jesu» -junto a la cruz de Jesús, su Madre» (Camino.-508).

Madre, tú eres modelo de humildad.

Tan fielmente has sabido imitar a tu Hijo en esta virtud que también a ti se te pueden aplicar las frases de la escritura que cita Jesús en el evangelio de hoy: «He aquí mi Siervo a quien elegí, mi amado en quien se complace mi alma.»

¡Cuántas alegrías le has dado a Dios con tu humildad!

Precisamente por esta virtud fuiste escogida entre todas las mujeres: «porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava» (Lucas 1,48).

Madre, no apareces entre las palmas de Jerusalén, cuando todo son ovaciones, ni tampoco a la hora de los grandes milagros.

No te gusta lo aparatoso, lo espectacular; no aprovechas la ocasión para reclamar tus derechos, o para mostrar en público tus virtudes.

«No disputará ni vociferará, nadie oirá sus gritos en las plazas.»

Tú trabajo pasa inadvertido a los ojos de los hombres; pero tu amor toca de lleno el corazón divino, tu humildad llena de gozo a la Trinidad.

En el caso de Jesús, Dios dice: «Pondré mi Espíritu sobre él.»

En tu caso, María, el ángel exclama: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti»

Ayúdame, Madre, a imitar a Jesús en su humildad con la finura con que tú lo imitaste; solo así alcanzaré la gracia del Espíritu Santo y podré ser apóstol de tu Hijo, ayudándole a hacer «triunfar la justicia» y a que «en su nombre pongan su esperanza las naciones.»

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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14 julio 2011 4 14 /07 /julio /2011 20:57

Meditación: Viernes XV Semana T.O. Ciclo A. 15 de julio 2011

 

«En aquel tiempo pasaba Jesús en sábado por medio de unos sembrados; sus discípulos tuvieron hambre y comenzaron a arrancar unas espigas y a comer. Los fariseos, al verlo, le dijeron: Mira que tus discípulos hacen lo que no es lícito hacer en sábado. Pero él les respondió: ¿No habéis leído lo que hizo David y los que le acompañaban cuando tuvieron hambre? ¿Cómo entró en la Casa de Dios y comió los panes de la proposición, que no les era lícito comer ni a él ni a sus acompañantes, sino sólo a los sacerdotes? ¿Y no habéis leído en la Ley que los sábados, los sacerdotes en el Templo quebrantan el descanso y no pecan? Os digo que aquí está el que es mayor que el Templo. Si hubierais entendido qué sentido tiene: Misericordia quiero y no sacrificio, no habríais condenado a los inocentes. Porque el Hijo del Hombre es señor del sábado.» (Mateo12, 1-8)

 

1º. Jesús, los fariseos estaban aferrados a un gran número de sacrificios y prácticas que, aunque no eran malas en sí, podían ser perjudiciales si en lugar de ser tomadas como medios para acercarse a Dios, eran tomadas como fines en si mismos.

Por eso les tienes que recordar que Tú eres «señor del sábado»,que lo importante eres Tú y no el sábado.

«Misericordia quiero y no sacrificio.»

El fin de la vida cristiana es el amor a Dios y a los demás, y la misericordia es una consecuencia del amor.

La verdadera caridad -el amor a Dios y a los demás- no es tanto dar como comprender, disculpar, compadecerse.

Y entonces, si hace falta, la misericordia lleva a intentar ayudar materialmente en lo que se pueda.

La señal del cristiano es la santa cruz, que me recuerda tu sacrificio supremo, tu entrega total por amor a mí, el medio elegido por Ti para salvarnos y darnos tu gracia.

El sacrificio y, en especial, el sacrificio de la Misa, es por tanto un medio agradable a Dios para adorarle, darle gracias, pedirle ayuda y expiar por nuestros pecados.

Sin embargo, el sacrificio exterior y la asistencia a la santa Misa deben ir acompañados por la unión interior contigo, Jesús.

«El sacrificio exterior para ser auténtico, debe ser expresión del sacrificio espiritual. “Mi sacrificio es un espíritu contrito...”. Los profetas de la Antigua Alianza denunciaron con frecuencia los sacrificios hechos sin participación interior o sin relación con el amor al prójimo. Jesús recuerda las palabras del profeta Oseas: “Misericordia quiero, que no sacrificio”. El único sacrificio perfecto es el que ofreció Cristo en la cruz en ofrenda total al amor del Padre y por nuestra salvación. Uniéndonos a su sacrificio, podemos hacer de nuestra vida un sacrificio para Dios» (CEC.-2100).

 

2º. «Prefiero las virtudes a las austeridades, dice con otras palabras Yavé al pueblo escogido, que se engaña con ciertas formalidades externas.

-Por eso, hemos de cultivar la penitencia y la mortificación, como muestras verdaderas de amor a Dios y al prójimo» (Surco.-992).

Jesús, cuando dices: «misericordia quiero y no sacrificio,»no quieres suprimir el sacrificio de la vida de tus discípulos.

Muchas veces les recuerdas que, el que quiera ser tu discípulo debe tomar tu cruz cada día (Lucas 9,23); y el ejemplo de tu vida y de tu muerte no puede ser más evidente.

Lo que quieres dejar claro es cuál es el sentido del sacrificio: no es un fin en sí mismo, unas formalidades externas que hay que cumplir sin más; es un medio para negarme a mi mismo de modo que pueda amar más a Dios y a los demás.

La mortificación y la penitencia son virtudes del alma enamorada que quiere identificarse contigo, Jesús, y que  -por eso- quiere negar el egoísmo y la comodidad propias de la carne.

La mortificación mantiene el alma en forma, y por eso vale la pena, aunque cueste.

Es como el ejercicio físico que, aunque cueste sudor y esfuerzo, mantiene el cuerpo en forma.

La capacidad de sacrificio es la otra cara de la moneda del amor: tal capacidad tengo de amar como tengo de sacrificarme por la persona amada.

Jesús, sin caer en el absurdo de hacer sacrificios por cumplir con una formalidad, he de cultivar la penitencia y la mortificación, como muestras verdaderas de amor a Dios y al prójimo.

Y para que mi mortificación sea siempre un acto de amor a Ti, es importante que te ofrezca cada sacrificio por alguna intención: por la Iglesia, por el Papa, por mi familia, por un amigo que lo necesita más, por algún defecto que debo mejorar, etc...

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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13 julio 2011 3 13 /07 /julio /2011 20:28

Meditación: Jueves XV Semana T. O. Ciclo A. 14 de julio 2011

 

«Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga ligera.» (Mateo 11, 28-30)

1º. Jesús, quieres aliviarme de mis fatigas y agobios y, para conseguirlo, me dices que coja tu yugo.

¿Cómo es posible que llevando aún más carga, vaya más ligero?

Si la vida tiene ya tantas dificultades, ¿para qué liarme más?

El secreto está en que tu yugo me tira para arriba; no es un peso muerto, sino que es como unas alas que -aunque pesen- me permiten volar.

Jesús, vivir como Tú me enseñas cuesta un poco.

Y, a veces, algo más.

Pero si te sigo en serio, mi vida se llena de sentido -de misión-, y entonces, cualquier esfuerzo vale la pena, y cada sacrificio es un nuevo motivo de gozo interior.

Y ya no me acuerdo del peso de tu yugo, como el ave no se fija en el peso de sus alas, y comprendo perfectamente por qué dices: «mi yugo es suave y mi carga ligera».

Jesús, he de aprender de Ti, que eres «manso y humilde de corazón.»

En el contexto del Evangelio, «aprender» no significa simplemente comprender teóricamente -como cuando se estudia una fórmula matemática- sino adquirir esas virtudes de las que hablas.

Y las virtudes se adquieren con repetición de actos.

Es decir, me pides que haga actos de humildad y mansedumbre, que en el fondo están bastante relacionados.

El soberbio no tiene paciencia con los errores de los demás, o con lo que él cree que son errores.

Ni tampoco sabe reconocer los suyos propios.

El humilde, en cambio, vuelve a empezar sin nerviosismos, y no se exaspera ante las limitaciones de los que le rodean.

«Conviene no forjarnos ilusiones. La paz de nuestro espíritu no depende del buen carácter y benevolencia de los demás. Ese carácter bueno y esa benignidad de nuestros prójimos no están sometidos en modo alguno a nuestro poder y a nuestro arbitrio. Esto sería absurdo. La tranquilidad de nuestro corazón depende de nosotros mismos. El evitar los efectos ridículos de la ira debe estar en nosotros y no supeditarlo a la manera de ser de los demás. El poder superar la cólera no ha de depender de la perfección ajena, sino de nuestra virtud». (Casiano).

 

2º. «¿ Qué importa tropezar si en el dolor de la caída hallamos la energía que nos endereza de nuevo y nos impulsa a proseguir con renovado aliento? No me olvidéis que santo no es el que no cae, sino el que siempre se levanta, con humildad y con santa tozudez. Si en el libro de los Proverbios se comenta que el justo cae siete veces al día, tú y yo -pobres criaturas- no debemos extrañarnos ni desalentarnos ante las propias miserias personales, ante nuestros tropiezos, porque continuaremos hacia adelante, si buscamos la fortaleza en Aquel que nos ha prometido: «venid a mí todos los que andáis agobiados con trabajos y cargas, que yo os aliviaré». Gracias, Señor porque has sido siempre Tú, y sólo Tú, Dios mío, mi fortaleza, mi refugio, mi apoyo.

Si de veras deseas progresar en la vida interior sé humilde» (Amigos de Dios.-131).

Jesús, la humildad es básica en mi vida cristiana.

Sin humildad, no puedo progresar en la vida interior.

Pero la humildad no es algo que se tiene o no se tiene, sino algo que crece o disminuye; una cualidad que tengo que aprender, y que también puedo olvidar si no la cuido.

«Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas.»

Jesús, prometes paz y descanso en el alma de los humildes. Y esto es así porque el humilde no se cree perfecto y no se hunde cuando falla.

Al contrario, ante los errores personales, el alma humilde se levanta en seguida, pide perdón, y vuelve a luchar con más ímpetu que antes, buscando la fortaleza, el refugio y el apoyo de tu gracia.

Jesús, enséñame a ser humilde, a volver a empezar una y otra vez si hace falta, con santa tozudez.

Que no me crea impecable, que no me alce por encima de los demás, pues cuanto más me alce, más fuerte será la caída.

Dame esa humildad de corazón, y entonces, ¿qué importa tropezar si en el dolor de la caída hallamos la energía que nos endereza de nuevo y nos impulsa a proseguir con renovado aliento?

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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12 julio 2011 2 12 /07 /julio /2011 20:15

Meditación: Miércoles XV Semana T. O. Ciclo A. 13 de julio 2011

 

«En aquel tiempo exclamó Jesús diciendo: Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes, y las has revelado a los pequeños. Si, Padre, pues así fue tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo.» (Mateo 11, 25-27)

 

1º. Jesús, hoy se habla mucho de ciencia.

Parece que la ciencia puede explicarlo todo, y que sólo lo que se comprueba científicamente puede ser creído.

El problema es que las ciencias experimentales sólo pueden medir lo que es material, no lo que es espiritual.

Por eso «ocultas estas cosas a los sabios.»

No a los sabios de verdad, que saben distinguir hasta dónde llega la ciencia, sino a los que se creen sabios sin serlo, o a los soberbios que creen que su limitada razón es capaz de entenderlo todo.

También dices que Dios ha ocultado estas cosas a los «prudentes.»

Aquí te refieres, Jesús, a aquellas personas que no quieren arriesgar, que no quieren dar nada antes de haber recibido ya la recompensa.

Esas personas no te pueden conocer ni amar, porque Tú me das en proporción a lo que yo te entrego.

Es una proporción «desproporcionada»: «el ciento por uno y la vida eterna» (Marcos 10,30).

Pero el prudente da cero; y el ciento por cero, es cero.

Por eso me recuerdas: «Dad y se os dará» (Lucas 6,39-45) y no al revés.

«Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes, y las has revelado a los pequeños.»

«De la misma manera que los padres y las madres ven con gran gusto a sus hijos, también el Padre del universo recibe gustosamente a los que se acogen a él. Cuando los ha regenerado por su Espíritu y adoptado como hijos, aprecia su dulzura, los ama, la ayuda, combate por ellos y por eso, los llama sus «hijos pequeños» (San Clemente de Alejandría).

Jesús, quieres que me haga niño en la vida espiritual.

El niño pequeño confía en su padre, se apoya en él, le busca cuando se encuentra en necesidad.

Esa debe ser mi conducta espiritual: que confíe en Ti, que me apoye en Ti, que te busque en todo momento.

Entonces te iré descubriendo, conociendo y amando más y más.

2º. «¡Qué buena cosa es ser niño! -Cuando un hombre solicita un favor, es menester que a la solicitud acompañe la hoja de sus méritos.

Cuando el que pide es un chiquitín -como los niños no tienen méritos-, basta con que diga: soy hijo de Fulano.

¡Ah, Señor! -díselo ¡con toda tu alma!-, yo soy... ¡hijo de Dios!» (Camino.-892).

Jesús, Tú conoces al Padre porque eres su Hijo: «nadie conoce al Padre sino el Hijo.»

Yo también voy a conocer a Dios en la medida en que me comporte como hijo de Dios: en la medida en que le trate como Padre en la oración, o que me apoye en Él cuando tengo una dificultad, o que le ofrezca todo lo que hago.

Por eso, ¡qué buena cosa es ser niño!

El que se cree maduro y virtuoso no reconoce sus errores, ni aprende, ni se deja ayudar.

Pero el niño busca enseguida los brazos fuertes de su padre cuando se encuentra en peligro.

Y por eso su padre le coge con más cariño, y le conforta con toda clase de mimos.

Jesús, por ser cristiano, mi objetivo es parecerme a Ti lo más posible.

Y uno de los aspectos más importantes en los que te he de imitar -porque incluye a todos los demás- es en la filiación divina: el vivir como hijo de Dios.

Por eso es bueno considerar cada día, y varias veces al día, esta realidad: yo soy... ¡hijo de Dios!

¿Cómo me tendré que comportar en el trabajo y en el descanso, en casa y en la calle, ante aquella situación o aquella otra?

Jesús, quieres que me haga pequeño, humilde; que te imite en ese vivir como hijo de Dios.

El sabio y el prudente se encierran en su soberbia o egoísmo, y todo lo espiritual se les oculta.

Pero a mí me has «querido revelar»el secreto de la vida sobrenatural: la filiación divina que me has conseguido muriendo en la cruz.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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11 julio 2011 1 11 /07 /julio /2011 18:32

Meditación: Martes XV Semana T. O. Ciclo A. 12 de julio 2011

 

«Entonces se puso a reprochar a las ciudades donde se habían realizado la mayoría de sus milagros, porque no se habían convertido: ¡Ay de ti, Coroza in, ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran realizado los milagros que han sido hechos en vosotras, hace tiempo que habrían hecho penitencia en saco y ceniza. En verdad os digo que para Tiro y Sidón habrá menos rigor en el día del Juicio que para vosotras. Y ti, Cafarnaún, ¿te vas a alzar hasta el cielo? ¡Hasta el infierno vas a descender! Porque si en Sodoma se hubiesen realizado los milagros que se han obrado en ti, subsistiría hasta hoy En verdad os digo que para la tierra de Sodoma habrá menos rigor en el día del Juicio que para ti.» (Mateo 11, 20-24)

 

1º. Jesús, ¡cómo te duele la incredulidad de aquellas gentes que habían visto tus milagros, que habían oído tus palabras, que te habían conocido personalmente!

Había muchas otras ciudades en el mundo en aquel entonces: ciudades, pueblos y aldeas con personas de distintas lenguas, culturas y razas, que no se enteraron de tu venida.

Podías haber hecho milagros en todo el mundo, para que todos te conocieran.

Pero esto no parece preocuparte tanto como la reacción de los que si te han conocido.

Jesús, en varias ocasiones repites la misma idea: «A todo el que se le ha dado mucho, mucho se le exigirá» (Lucas 12,48).

Lo que importa no es sólo lo que objetivamente haga, sino que depende de cuánto he recibido, de los talentos que me has entregado para que los haga fructificar.

Cada persona ha recibido distintos talentos y tiene distintas responsabilidades.

«Estas diferencias pertenecen al plan de Dios, que quiere que cada uno reciba de otro aquello que necesita, y que quienes disponen de «talentos» particulares comuniquen sus beneficios a los que los necesiten» (CEC.-1937).

Por eso, no vale decir: ya hago más que los demás, que la media.

Primero he de pensar: ¿cuánto he recibido yo?

Jesús, yo soy cristiano.

Con el bautismo he recibido la gracia y la ayuda del Espíritu Santo.

Además, he recibido formación  empezando, posiblemente, por el ejemplo de mis padres.

He aprendido a tratarte desde niño, y te voy conociendo poco a poco con el ejemplo y la ayuda de otros cristianos.

Me has concedido mucho, Jesús, y por eso puedes pedirme mucho.

2º. «La Trinidad Santísima te concede su gracia, y espera que la aproveches responsablemente: ante tanto beneficio no cabe andar con posturas cómodas, lentas, perezosas..., porque, además, las almas te esperan» (Surco.-957).

Jesús, el reproche que haces hoy a las ciudades de Galilea, es una llamada a la responsabilidad.

Que no me conforme con posturas cómodas, lentas, perezosas, con un «ir tirando» que en el fondo es, más bien, un «ir arrastrándose» por la vida, sin objetivo claro, sin fortaleza de carácter, sin amor verdadero.

Porque el amor lleva a la aventura, a vencer cualquier obstáculo, a tomar riesgos, si hace falta.

Mientras que el egoísmo lleva a la pereza, al plan fácil, a lo que está al alcance de la mano, a seguir el dictamen de la mayoría.

Jesús, una y otra vez, he de sacudirme esta modorra que cunde en el ambiente, repitiendo con fuerza: «¡la Trinidad Santísima me concede su gracia!»

Y yo..., ¿cómo correspondo a esa gracia?

¿Me doy cuenta de que recibirte en la Comunión es más milagro que todas la curaciones que hiciste en Corozaín y Betsaida?

¿Me doy cuenta de que la Confesión es resucitar el alma que estaba muerta espiritualmente?

Que no me acostumbre a las gracias que me das.

Que no me acostumbre, y que reaccione.

Porque, además, las almas te esperan.

Jesús, si me has dado todas estas gracias, si te me has dado Tú mismo en la Eucaristía, es para que dé fruto: para que mi vida cristiana sea un ejemplo de entrega a Dios y a los demás.

¿Cómo es mi vida de oración?

¿Cómo es mi penitencia y mortificación?

¿Cómo es mi trabajo y mi servicio a los demás?

Que me dé cuenta, Jesús, de que me has dado tantas gracias para que muchos a mi alrededor lleguen a conocerte y a amarte; por eso, no puedo quedarme tranquilo si no doy todo el fruto que esperas de mí.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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10 julio 2011 7 10 /07 /julio /2011 18:12

Meditación: Lunes XV Semana T. O. Ciclo A. 11 de julio 2011

«No penséis que he venido a traer la paz a la tierra. No he venido a traer la paz sino la espada. Pues he venido a enfrentar al hombre contra su padre, y a la hija contra su madre y a la nuera contra su suegra. Y los enemigos del hombre serán los de su misma casa. Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. Quien encuentre su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. Quien a vosotros recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado. Quien recibe a un profeta por ser profeta obtendrá recompensa de profeta, y quien recibe a un justo por ser justo obtendrá recompensa de justo. Y todo el que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por ser discípulo, en verdad os digo que no quedará sin recompensa.» (Mateo 10, 34-42)

 

1º. Jesús, intentar seguirte no es sencillo, aunque tampoco es difícil: se trata de valorar las cosas y las personas como las valoras Tú, mirar con tu mirada, tener visión sobrenatural, buscar hacer siempre tu voluntad.

Ese modo de comportarme puede chocar, a veces, con la visión humana de los que me rodean  familiares, amigos, compañeros.

Ante esas situaciones, Tú me recuerdas: «quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mi.»

No es que no tenga que querer a mis familiares o amigos, o que sólo pueda quererlos un poco.

Los he de querer con todo mi corazón.

Pero para quererles de verdad, he de obedecerte a Ti primero.

Ponerte a Ti por delante no es sólo lo mejor para mí, sino también lo mejor para ellos, aunque ahora les cueste un poco más tener que cambiar sus planes o no poder estar conmigo todo el tiempo que querrían.

Lo mismo le pasó a tus padres, Jesús, en Jerusalén, cuando les dejaste plantados porque era necesario estar primero en las cosas de tu Padre (cfr. Lucas 2, 49).

Lo que ocurre más a menudo, sin embargo, es que hacer tu voluntad choca con «mi» voluntad: mis ganas, mis ilusiones, mis «necesidades».

Por eso me recuerdas también: «Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. Quien encuentre su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la encontrará.»

También Tú sentiste la angustia de la muerte, propia de la condición humana, en el huerto de los olivos, pero preferiste la voluntad de tu Padre a la tuya propia: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero no sea como yo quiero, sino como quieres Tú» (Mateo 26,39).

2º. «Las personas que están pendientes de sí mismas, que actúan buscando ante todo la propia satisfacción, ponen en juego su salvación eterna, y ya ahora son inevitablemente infelices y desgraciadas. Sólo quien se olvida de sí, y se entrega a Dios y a los demás -también en el matrimonio-                                      , puede ser dichoso en la tierra, con una felicidad que es preparación y anticipo del cielo» (Es Cristo que pasa.-24).

Jesús, ésta es la gran paradoja del cristianismo: para ganar la vida, hay que «perder» la vida.

Para ser feliz en esta tierra y en la vida eterna, hay que aprender a no buscar la propia felicidad de manera egoísta, como las personas que están pendientes de si mismas, que actúan buscando ante todo la propia satisfacción.

A veces cuesta, y en esos casos hay que ser fuerte y coger la cruz.

Pero, en cuanto uno descubre que el que se olvida de sí es el más dichoso en la tierra, la cruz se hace llevadera y alegre.

«El Reino de Dios no tiene precio, y sin embargo cuesta exactamente lo que tengas (...). A Pedro y a Andrés les costó el abandono de una barca y unas redes; a la viuda le costó dos moneditas de plata; a otro, un vaso de agua fresca» (San Gregorio Magno).

Jesús, que no tenga miedo a la cruz, al sacrificio, a la entrega a Dios y a los demás.

Que me dé cuenta de que nada de lo que haga por Ti «quedará sin recompensa.»

Y la recompensa es la felicidad terrena -como nadie la puede encontrar- y, además, la eterna.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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9 julio 2011 6 09 /07 /julio /2011 16:31

Meditación: Domingo XV Semana T. O. Ciclo A. 10 de julio 2011

«Aquel día salió Jesús de casa y se sentó a la orilla del mar. Se reunió junto a él tal multitud que hubo que subir a sentarse en una barca, mientras toda la multitud permanecía en la orilla. Y se puso a hablarles muchas cosas en parábolas, diciendo: He aquí que salió el sembrador a sembrar. Y al echar la semilla, parte cayó junto al camino y vinieron los pájaros y se la comieron. Parte cayó en terreno rocoso, donde no había mucha tierra y brotó pronto por no ser hondo el suelo; pero al salir el sol, se agostó y se secó porque no tenía raíz. Otra parte cayó entre espinos; crecieron los espinos y la sofocaron. Otra, en cambio, cayó en buena tierra y dio fruto, una parte el ciento, otra el sesenta y otra el treinta. El que tenga oídos, que oiga. Los discípulos se acercaron a decirle: ¿Por qué les hablas en parábolas? El les respondió: A vosotros se os ha dado conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no se les ha dado. Porque al que tiene se le dará y abundará, pero al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. Y se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice:

Con el oído oiréis, pero no entenderéis, con la vista miraréis, pero no veréis. Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y han cerrado sus ojos; no sea que vean con los ojos, y oigan con los oídos, y entiendan con el corazón y se conviertan, y yo los sane.

Bienaventurados, en cambio, vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. Pues en verdad os digo que muchos profetas y justos ansiaron ver lo que vosotros estáis viendo y no lo vieron, y oír lo que vosotros estáis oyendo y no lo oyeron. Escuchad, pues, la parábola del sembrador. Todo el que oye la palabra del Reino y no lo entiende, viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: esto es lo sembrado junto al camino. Lo sembrado sobre terreno rocoso es el que oye la palabra, y al punto la recibe con alegría; pero no tiene en sí raíz, sino que es inconstante y, al venir una tribulación o persecución por causa de la palabra, en seguida tropieza y cae. Lo sembrado entre espinos es el que oye la palabra, pero las preocupaciones de este mundo y la seducción de las riquezas sofocan la palabra y queda estéril. Por el contrario, lo sembrado en buena tierra es el que oye la palabra y la entiende, y fructifica y produce el ciento, o el sesenta, o el treinta.» (Mateo 13, 1-23)

 

1º. Jesús, hoy me recuerdas la parábola del sembrador: «salió el sembrador a sembrar...»

Tú eres el sembrador, que sales a sembrar por los caminos del mundo la semilla de tu palabra y de tu vida.

La semilla es la misma en cada caso: has muerto en la cruz por todos los hombres, sin distinción.

Pero el fruto depende también de la tierra -los corazones de los hombres-, y del ambiente: pájaros, piedras, espinos.

«La tierra era buena, el sembrador el mismo, y las simientes las mismas; y sin embargo, ¿cómo es que una dio ciento, otra sesenta y otra treinta? Aquí la diferencia depende también del que recibe, pues aun donde la tierra es buena, hay mucha diferencia de una parcela a otra. Ya veis que no tiene la culpa el labrador ni la semilla, sino la tierra que la recibe; y no es por causa de la naturaleza, sino de la disposición de la voluntad» (San Juan Crisóstomo).

Jesús, ¿cómo es mi tierra, mi corazón?

¿Es un corazón que sabe amar, que sabe sacrificarse por los demás; o es un corazón de piedra, duro, en el que las necesidades de los que me rodean no hacen mella?

¿Es un corazón fuerte, con la fuerza de voluntad necesaria para hacer lo que debe en cada momento; o es un corazón blando, sin personalidad, que se deja arrastrar por el gusto, la sensualidad o la comodidad?

Jesús, ¿en qué ambiente me muevo?

¿Es un ambiente adecuado para que pueda crecer mi vida de cristiano?

¿Qué amigos tengo?

¿Cómo aprovecho el tiempo libre?

A veces el trabajo, los amigos, la televisión, las diversiones, etc..., en vez de ayudar a que mi vida cristiana crezca y se desarrolle, son como espinos sofocantes, que dificultan o incluso destrozan la semilla de la gracia.

2º. «La escena es actual. El sembrador divino arroja también ahora su semilla. La obra de la salvación sigue cumpliéndose, y el Señor quiere servirse de nosotros: desea que los cristianos abramos a su amor todos los senderos de la tierra; nos invita a que propaguemos el divino mensaje, con la doctrina y con el ejemplo, hasta los últimos rincones del mundo. Nos pide que, siendo ciudadanos de la sociedad eclesial y de la civil, al desempeñar con fidelidad nuestros deberes, cada uno sea otro Cristo, santificando el trabajo profesional y las obligaciones del propio estado» (Es Cristo que pasa-150).

Jesús, cada día se repite la escena de este Evangelio: cada vez que un cristiano, con la doctrina y con el ejemplo de su vida, abre un pequeño surco en el alma de un familiar o un amigo, y arroja allí tu semilla.

Tú quieres que sea yo uno de esos sembradores, quieres servirte de mí para llegar a las personas que has puesto a mi lado.

De hecho, lo que me pides es que sea otro Cristo: que santificando mi trabajo profesional y las obligaciones de mi propio estado, lance a voleo la semilla, el mensaje y la vida nueva que nos has dado con la gracia.

Soy sembrador cuando estudio con seriedad lo que me toca, cuando ayudo a arreglar un desperfecto en casa, cuando sé perdonar un detalle molesto, cuando sonrío estando cansado, cuando dejo elegir a otro el mejor postre o la película de cine que iremos a ver, etc..

Jesús, la parábola del sembrador no es un mensaje de piedra, un cuento para libros de niños: es una escena actual.

De mí depende que tu semilla llegue a muchas más personas, aunque el fruto varíe según las disposiciones, la tierra, de cada uno.

Seré un buen sembrador si me esfuerzo por desempeñar con fidelidad mis deberes de cada día.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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8 julio 2011 5 08 /07 /julio /2011 21:24

Meditación: Sábado XIV Semana T. O. Ciclo A. 09 de julio 2011

 

«No es el discípulo más que su maestro, ni el siervo más que su señor. Le basta al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su señor. Si al amo de la casa le han llamado Belcebú, cuánto más a los de su casa. No les tengáis miedo, pues nada hay oculto que no vaya a ser descubierto, ni secreto que no llegue a saberse. Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a plena luz; y lo que escuchasteis al oído, pregonadlo desde los terrados. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed ante todo al que puede hacer perder alma y cuerpo en el infierno. ¿Acaso no se vende un par de pajarillos por un as? Pues bien, ni uno solo de ellos caerá en tierra sin que lo permita vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. Por tanto, no tengáis miedo: vosotros valéis más que muchos pajarillos. A todo el que me confiese delante de los hombres, también yo le confesaré delante de mi Padre que está en los Cielos. Pero al que me niegue delante de los hombres, también yo le negaré delante de mi Padre que está en los Cielos.» (Mateo 10, 24-33)

 

1º. Jesús, el Evangelio de hoy tiene una enseñanza clara: «no tengáis miedo.»

No he de tener miedo a ser cristiano, ni a que los demás lo vean.

Si vivo cristianamente, es seguro que los que viven a mi alrededor se darán cuenta.

Porque ser cristiano es mucho más que ir a misa el domingo: es buscar la voluntad de Dios en cada momento.

Y eso se nota.

Tampoco he de tener miedo a dejar que Tú te vayas metiendo en mi corazón, y me pidas cosas. «Temed ante todo al que puede hacer perder alma y cuerpo en el infierno.»

Al que he de temer es al demonio -que me tienta casi sin que me dé cuenta-, y al pecado, que me quita la gracia.

«No debes desconfiar de Dios ni desesperar de su misericordia; no quiero que dudes ni que desesperes de poder ser mejor: porque, aunque el demonio te haya podido precipitar desde las alturas de la virtud a los abismos del mal, ¿cuánto mejor podrá Dios volverte a la cumbre del bien, y no solamente reintegrarte al estado que tenias antes de la caída, sino también hacerte más feliz de lo que parecías antes?» (Rabano Mauro).

«No tengáis miedo. Abrid de par en par las puertas a Cristo», fueron las primeras palabras de Juan Pablo II al ser elegido Papa.

Jesús, ¿hasta dónde te dejo entrar en mi vida?

¿Te abro mis puertas de par en par; o te cierro la entrada reservándome «mis cosas»?

No puedo tratar de vivir coherentemente mi fe y, a la vez, ponerte condiciones: mi tiempo, mis hobbies, mi diversión, mis gustos, mis... debilidades.

Ayúdame a no tener miedo a entregarme cada día un poco más.

2º. «A la hora del desprecio de la Cruz, la Virgen está allá, cerca de su Hijo, decidida a correr su misma suerte.  Perdamos el miedo a conducirnos como cristianos responsables, cuando no resulta cómodo en el ambiente donde nos desenvolvemos: Ella nos ayudará» (Surco.-977).

Madre, tú no tuviste miedo de estar al pie de la Cruz, aunque a tu alrededor; todo el mundo se burlaba y se sentía con el derecho de maltratar a tu Hijo y a sus seguidores. Sólo Juan, porque era el discípulo «amado» de Jesús, y porque era valiente, es capaz de acompañarte entre la multitud hostil.

Madre, tú eres la criatura que, por tu íntima unión con Dios, has confesado a Jesús con mayor fidelidad. Por ello, en ti se cumple de manera especial la promesa de tu Hijo: «A todo el que me confiese delante de los hombres, también yo le confesaré delante de mi Padre que está en los Cielos.»

Tan es verdad esto, que se te llama con razón la «omnipotencia suplicante»: eres omnipotente, no por tu propio poder, sino porque Dios te concede todo lo que le pides, por la intercesión de tu Hijo Jesucristo.

Pero, además de ser la omnipotencia suplicante, eres... mi Madre.

Y una buena Madre como tú, siempre busca lo mejor para sus hijos.

Por eso estoy tan seguro cuando pido cosas a Dios por tu intercesión.

Tú siempre me acogerás como hijo tuyo si me comporto como Jesús, si no tengo miedo a conducirme como cristiano responsable en toda circunstancia, incluso cuando no resulte cómodo confesar el nombre de tu Hijo.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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7 julio 2011 4 07 /07 /julio /2011 19:22

Meditación: Viernes XIV Semana T. O. Ciclo A. 08 de julio 2011

«Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, cautos como las serpientes y sencillos como las palomas. Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en sus sinagogas, y seréis llevados ante los gobernadores y reyes por causa mía, para que deis testimonio ante ellos y los gentiles. Pero cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué habéis de hablar; porque en aquel momento os será dado lo que habéis de decir. Pues no sois vosotros los que vais a hablar, sino el Espíritu de vuestro Padre quien hablará en vosotros. Entonces el hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo; y se levantarán los hijos contra los padres para hacerles morir. Y seréis odiados de todos por causa de mi nombre; pero quien persevere hasta el fin, ése será salvo. Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra; en verdad os digo que no acabaréis las ciudades de Israel antes de que venga el Hijo del Hombre.» (Mateo 10, 16-23)

1º. Jesús, las advertencias que das a los apóstoles son válidas para tus discípulos de todos los tiempos.

Porque siempre habrá oposición entre el cristiano, que ve el mundo como medio de santificación, y el mundano, para quien el mundo es únicamente un medio de satisfacción.

Estas dos visiones antagónicas del mundo hacen que el cristiano sea necesariamente un inconformista ante los abusos del materialismo en materia de fe y de moral, y se encuentre, en ocasiones, incomprendido, despreciado, y hasta amenazado por sus mismos familiares y compañeros.

A veces, la incomprensión más dolorosa y el desprecio más inhumano provienen de los «moderados»: de los que piensan que son buenos porque no son malos.

Son cristianos, pero sin «pasarse»: saben «disfrutar» de la vida, que para eso está.

Esos familiares o amigos no entienden que se pueda ser más feliz siendo cristiano de verdad a través de una vida de oración, trabajo y entrega a los demás por amor a Ti.

Y como no entienden, se sienten en la obligación de llevar a los demás por el «buen» camino, usando todo tipo de medios físicos y psicológicos a su alcance.

«Y porque sé de no pocas jóvenes que, deseosas de consagrar a Dios su virginidad, no lo consiguieron por estorbárselo sus madres (...), a tales madres dirijo ahora mi discurso y pregunto: ¿no son libres vuestras hijas para amar a los hombres y elegir marido entre ellos, amparándolas la ley en su derecho aun contra vuestra voluntad? Y las que pueden libremente desposarse con un hombre, ¿no han de ser libres para desposarse con Dios?» (San Ambrosio).

2º. «¡Acabar!, ¡acabar! -Hijo, «qui perseveraverit usque in finem, hic salvus erit» -se salvará el que persevere hasta el fin.

-Y los hijos de Dios disponemos de los medios, ¡tú también!: cubriremos aguas, porque todo lo podemos en Aquél que nos conforta.

-Con el Señor no hay imposibles: se superan siempre». (Forja.-656).

Jesús, aunque a veces tenga contradicciones -que no serán tan grandes como las que pasaron los primeros cristianos, y tantos otros a lo largo de la historia, también de la historia reciente- sé que tengo tu ayuda para seguir adelante en mi camino de cristiano.

Los hijos de Dios disponemos de los medios para perseverar: la oración, los sacramentos, y el ejemplo y la ayuda de los demás cristianos.

Jesús, contigo no hay imposibles: se superan siempre.

Incomprensiones, presiones de todo tipo, dificultades económicas, o el rechazo de algunas amistades -que al fin y al cabo no eran tan profundas-, no me hacen ninguna mella, cuando te contemplo azotado, escupido, coronado de espinas, clavado en una cruz, traspasado por una lanza..., por amor a mi.

Y si alguna vez tengo que hablar en público para defender mi fe o mi vocación  en clase, en mi familia, en mi trabajo-, me acordaré de tu promesa: «en aquel momento os será dado lo que habéis de decir. Pues no sois vosotros los que vais a hablar, sino el Espíritu de vuestro Padre quien hablará en vosotros».

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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6 julio 2011 3 06 /07 /julio /2011 20:28

Meditación: Jueves XIV Semana T. O. Ciclo A. 07 de julio 2011

 

«Id y predicad diciendo que el Reino de los Cielos está al llegar: Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, sanad a los leprosos, arrojad a los demonios; gratuitamente lo recibisteis, dadlo gratuitamente. No llevéis oro, ni plata, ni dinero en vuestras fajas, ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón, porque el que trabaja merece su sustento. En cualquier ciudad o aldea en que entréis, informaos sobre quién hay en ella digno; y quedaos allí hasta que salgáis. Al entrar en una casa dadle vuestro saludo. Si la casa fuera digna, venga vuestra paz sobre ella; pero si no fuera digna, vuestra paz revierta a vosotros. Si alguien no os acoge ni escucha vuestras palabras, al salir de aquella casa o ciudad, sacudid el polvo de vuestros pies. En verdad os digo que en el día del Juicio habrá menos rigor para la tierra de Sodoma y Gomorra que para esa ciudad.» (Mateo 10, 7-15)

 

1º. Jesús, mandas a los apóstoles a predicar y a curar a las gentes de sus enfermedades.

«El Reino de los Cielos está al llegar.»

Y ya ha llegado.

Porque desde que has muerto en la cruz, puedo tenerte en mi alma en gracia: el Reino de Dios está dentro de mí.

Pero hace falta llevar este reino a todos los hombres.

«La Iglesia ha nacido con este fin: propagar el reino de Cristo en toda la tierra para gloria de Dios Padre, y hacer así a todos los hombres partícipes de la redención salvadora, y por medio de ellos ordenar realmente todo el universo hacia Cristo. Toda la actividad del Cuerpo místico, dirigida a este fin, recibe el nombre de apostolado, el cual la Iglesia lo ejerce por obra de todos sus miembros, aunque de diversas maneras» (Vaticano II.- A. A.-2).

«Gratuitamente lo recibisteis, dadlo gratuitamente.»

Jesús, tengo fe porque la he recibido de Dios a través de mis padres, de profesores, amigos, etc.

Ahora me toca a mí pasar esa fe a los que están a mi alrededor.

Y la tengo que pasar íntegra, sin acomodarla a mis defectos, sin «humanizaría» para que se adapte mejor a la cultura del momento.

«No llevéis oro ni plata, ni dinero en vuestras fajas».

El apostolado no se hace a base de dinero, sino a base de buen ejemplo y de amistad verdadera.

Jesús, el apostolado lo haces Tú, pero necesitas mis labios y mis obras.

Si mi trabajo no es ejemplar, si no me busco más que a mí mismo, si no hablo de Ti a mis parientes y amigos, difícilmente vas a poder remover a la gente que me rodea.

2º. «En las empresas de apostolado está bien -es un deber- que consideres tus medios terrenos (2+2=4), pero no olvides ¡nunca! que has de contar, por fortuna, con otro sumando: Dios +2+2...» (Camino.-471).

Jesús, en tu compañía había unas mujeres que ayudaban en los temas materiales; también sabemos que Judas llevaba la bolsa con el dinero para comprar lo necesario o dar limosnas.

Toda obra espiritual -y, por tanto, la Iglesia en general- necesita también de recursos materiales.

Y es un deber contribuir en lo que pueda a sostener esas necesidades.

Aún más que el dinero, a veces lo que hace falta es el tiempo: mi tiempo.

Jesús, quieres que, sin que sea un desorden para mis actividades profesionales y familiares, encuentre el tiempo para ayudar en lo que pueda a la Iglesia.

Más importante que los medios terrenos, lo que necesitan las obras de apostolado es oración: rezar por la Iglesia, rezar por el Papa y por los Obispos, rezar por los sacerdotes y religiosos, rezar por las vocaciones sacerdotales, rezar por todas las instituciones de la Iglesia, para que tengan vocaciones y den mucho fruto en servicio de todas las almas.

Jesús, que no pase ningún día sin que rece por la Iglesia.

«Si la casa fuera digna, venga vuestra paz sobre ella.»

Jesús, quieres que las casas cristianas, las familias cristianas, sean un ejemplo de paz y de alegría: que se note que Tú estás presente, que el Reino de los Cielos está en medio de ese hogar cristiano.

Este es uno de los grandes mensajes que el mundo necesita: ver familias unidas, viviendo con amor y esperanza las alegrías y sufrimientos propios del hogar.

¿Cómo me comporto en mi propia casa?

¿Cómo colaboro para mantener siempre un clima de paz y optimismo?

Jesús, te pido por mi familia y por todas las familias del mundo.

Te pido especialmente por las familias cristianas, para que sean ejemplo y esperanza para las demás familias, y prueba de que tu Reino ha llegado y está en medio de nosotros.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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