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5 julio 2011 2 05 /07 /julio /2011 16:55

Meditación: Miércoles XIV Semana T. O. Ciclo A. 06 de julio 2011

«Habiendo llamado a sus doce discípulos, les dio poder para arrojar a los espíritus inmundos y para curar toda enfermedad y toda dolencia. Los nombres de los doce Apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano; Santiago el de Zebedeo y Juan su hermano; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo y Tadeo; Simón Cananeo y Judas Iscariote, el que le entregó. A estos doce envió Jesús dándoles estas instrucciones: No vayáis a tierra de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; sino id primero a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Id y predicad diciendo que el Reino de los Cielos está al llegar» (Mateo 10,1-7)

 

1º. Jesús, Tú eres quien llama a los apóstoles -los primeros obispos- y quien les das el poder de curar y arrojar al demonio.

«Así como permanece el ministerio confiado personalmente por el Señor a Pedro, ministerio que debía ser transmitido a sus sucesores, de la misma manera permanece el ministerio de los apóstoles de apacentar la Iglesia, que debe ser elegido para siempre por el orden sagrado de los obispos. Por eso, la Iglesia enseña que por institución divina los obispos han sucedido a los apóstoles como pastores de la Iglesia. El que los escucha, escucha a Cristo: el que, en cambio, los desprecia, desprecia a Cristo y al que lo envió» (C. I. C.-862).

Esta es una gran enseñanza para mi fe de católico: lo importante de los obispos de tu Iglesia es que están llamados por Ti, y reciben de Ti un poder especial para su misión de almas.

Todo lo demás, aunque sea importante, es secundario: si son más o menos doctos, si son más o menos agradables de aspecto, si hablan más o menos idiomas, si son de tal o cual pueblo o nación.

Lo que me debe preocupar es que sean lo más santos posible; porque cuanto más santos, menos obstáculos pondrán a esas gracias especiales que  -por vocación- reciben, y podrán cumplir mejor su misión.

Por eso, tengo el deber de pedir mucho por la persona e intenciones del obispo de la diócesis: para que sea santo y fiel.

«Los nombres de los Apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro».

Desde el principio de la Iglesia, la posición de Pedro y de sus sucesores los Papas ha revestido un carácter especial entre los demás obispos.

Tú mismo has puesto al Papa al frente de la Iglesia, como Pastor Supremo y elemento de unidad de todos los cristianos.

Por eso, también tengo que rezar mucho por el Papa  -sea quien sea-, para que con una vida santa y sacrificada pueda cargar con la tremenda responsabilidad que le has encomendado.

2º. Convengo contigo en que hay católicos, practicantes y aun piadosos ante los ojos de los demás, y quizá sinceramente convencidos, que sirven ingenuamente a los enemigos de la Iglesia...

-Se les ha colado en su propia casa, con nombres distintos mal aplicados -ecumenismo, pluralismo, democracia-, el peor adversario: la ignorancia» (Surco.-359).

Jesús, a veces me encuentro con gente buena que piensa que el Papa y los obispos deberían ser elegidos democráticamente; o que no deberían mandar tanto sino, más bien, recoger el sentir popular; las inquietudes de los distintos tiempos y culturas.

Sin contar con algunos pocos que van con mala idea -para desorientar-, la mayoría de los que piensan así están sinceramente convencidos.

Todas las sociedades humanas desarrolladas deberían ser democráticas, piensan.

El problema es que la Iglesia, además de ser una sociedad humana, es una sociedad sobrenatural fundada por Ti, Jesús.

Y la misión que le has dado al Papa y a los obispos no es amoldar la religión a lo que piden las modas o culturas, sino guardar intacto y puro el mensaje de Salvación que nos has enseñado con tu ejemplo y con tu palabra, y ofrecer generosamente los medios sobrenaturales que nos has dejado para vivir como hijos de Dios: los Sacramentos.

Por eso, más que amoldar la religión a modas y culturas, la Iglesia       -con la asistencia y guía del Espíritu Santo- enseña a llenar esas modas y culturas de sentido cristiano.

A través del Magisterio, el Papa y los obispos tienen la responsabilidad de guiamos por el camino de salvación en cada tiempo y cultura.

Jesús, te pido por la Jerarquía de la Iglesia, para que te sea siempre muy fiel.

Ayúdame a saber defenderla de los ataques de quienes -tantas veces por ignorancia- no la respetan.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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4 julio 2011 1 04 /07 /julio /2011 19:42

Meditación: Martes XIV Semana T. O. Ciclo A. 05 de julio 2011

«Cuando se habían marchado, le presentaron un endemoniado mudo. Expulsado el demonio, habló el mudo, y la multitud se admiró diciendo: Jamás se ha visto cosa igual en Israel. Pero los fariseos decían: En virtud del príncipe de los demonios arroja a los demonios. Jesús recorría todas las ciudades y aldeas enseñando en sus sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia. Al ver a las multitudes se llenó de compasión por ellas, porque estaban maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor.

Entonces dijo a sus discípulos: La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies que envíe obreros a su mies.» (Mateo 9, 32-38)

 

1º. Jesús, ante tu doctrina y tus milagros cabe siempre más de una interpretación: «Jamás se ha visto cosa igual en Israel,»dicen unos; «en virtud del príncipe de los demonios arroja a los demonios»,dicen otros.

Está claro que el que no quiera entender no entenderá por más milagros que vea.

El problema no está en tu doctrina, sino en el interior de cada persona.

Siempre puedo encontrar alguna excusa para no seguir tus inspiraciones, para no «darme cuenta» de lo que me pides y a lo mejor me cuesta entregar.

Sin embargo, hoy como ayer, Tú sigues recorriendo «todas las ciudades y aldeas predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia.»

Sigues en medio de los hombres, preocupándote por ellos -por mí- para atender sus necesidades espirituales y materiales.

Jesús, estás vivo y pasas hoy cerca de mí para ayudarme, para curarme, para darme fuerzas.

Jesús, pasas cerca de mí y me dices: «la mies es mucha, pero los obreros pocos.»

¿Por qué no me ayudas?

¿No sientes tú también compasión por esa gente que te rodea y que está «maltratada y abatida» porque no tiene pastor?

¿No te das cuenta de que te necesito para que tú seas otro Cristo, otro Yo, en medio del mundo, en tus circunstancias concretas, en tu ambiente?

Que no busque excusas, Jesús; que no me haga el sordo, como hacían los fariseos de aquel tiempo.

2º. «No se nos puede ocultar que resta mucho por hacer. En cierta ocasión, contemplando quizá el suave movimiento de las espigas ya granadas, dijo Jesús a sus discípulos: «la mies es mucha, pero los obreros son pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe trabajadores a su campo». Como entonces, ahora siguen faltando peones que quieran soportar «el peso del día y del calor». Y si los que trabajamos no somos fieles, sucederá lo que escribe el profeta Joel: «destruida la cosecha, la tierra en luto: porque el trigo está seco, desolado el vino, perdido el aceite. Confundíos, labradores; gritad, viñadores, por el trigo y la cebada. No hay cosecha».

No hay cosecha, cuando no se está dispuesto a aceptar generosamente un constante trabajo, que puede resultar largo y fatigoso: labrar la tierra, sembrar la simiente, cuidar los campos, realizar la siega y la trilla... En la historia, en el tiempo, se edifica el Reino de Dios. El Señor nos ha confiado a todos esa tarea, y ninguno puede sentirse eximido» (Es Cristo que pasa.-158).

Jesús, cuenta conmigo.

Quiero trabajar esa tierra del mundo: «labrar la tierra, sembrar la simiente, cuidar los campos, realizar la siega y la trilla.».

Quiero ser uno de esos obreros que te ayude a recoger los frutos de tu Redención.

Pero ¿qué he de hacer?

No he de hacer nada especial, ni necesito cambiar de ambiente.

«Son innumerables la ocasiones que tienen los seglares para ejercitar el apostolado de la evangelización y de la santificación. El mismo testimonio de la vida cristiana y las obras buenas realizadas con espíritu sobrenatural tienen eficacia para atraer a los hombres hacia la fe y hacia Dios» Vaticano II.- A. A.-6).

Lo que sí necesito es hacer las cosas de otra manera: con espíritu sobrenatural y afán de servicio.

Y para ello, he de prepararme bien: formarme mejor, cuidar más mi vida interior, tener prestigio profesional: ser buen estudiante, buen trabajador.

Y, a la vez, he de rezar más, pidiendo al Señor de la mies -a Ti, Jesús- que envíe más obreros a su mies.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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3 julio 2011 7 03 /07 /julio /2011 18:39

Meditación: Lunes XIV Semana T. O. Ciclo A. 04 de julio 2011

«Mientras les decía estas cosas, un hombre importante se acercó y postrándose le dijo: Mi hija acaba de morir pero ven, impón tu mano sobre ella y vivirá. Levantándose Jesús, le siguió junto con sus discípulos. En esto, una mujer que padecía flujo de sangre hacia doce años, acercándose por detrás, le tocó el borde de su manto. Pues decía en su interior: Con sólo que toque su manto quedare sana. Jesús se volvió y mirándola, le dijo: Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado. Y quedó sana la mujer desde aquella hora. Después de esto, al llegar Jesús a la casa de aquel personaje, viendo a los músicos fúnebres y a la multitud alterada, dijo: Retiraos, la niña no ha muerto, sino que duerme. Pero se reían de él. Y, una vez que fue echada fuera la multitud, entró, la tomó de la mano y se levantó la niña. Y corrió esta noticia por toda aquella región.» (Mateo 9, 18-26)

 

1º. Jesús, hoy me enfrento con dos ejemplos de personas de fe.

Dos personas muy distintas: un «hombre importante,»y una mujer humilde que ni siquiera se atreve a presentarse cara a cara contigo, sino que se te acercó «por detrás.»

Dos personas muy distintas, pero con una misma fe; fe en que Tú podías resolver sus problemas como sólo Dios podía: resucitar a un muerto o curar con sólo tocar tu manto; fe, por tanto, en que Tú eras el enviado, el Hijo de Dios.

Jesús, hoy en día está de moda tener fe, pero una fe más subjetiva, que cada uno se construye a su modo.

Al final, se produce una tremenda confusión entre fe y sentimiento; entre lo que debo creer y lo que me produce sensaciones más o menos enternecedoras o altruistas.

La fe de estos personajes de hoy, en cambio, es una fe más radical, más «real»: es una fe en Ti, en tu poder, en tu palabra.

La fe verdadera no es interpretación, no es una invención personal para tranquilizar mi conciencia: es la aceptación de tu palabra y la obediencia a los ministros de tu Iglesia por el convencimiento de que Tú, Jesús, eres el Hijo de Dios.

«Obedecer («ob-audire») en la fe, es someterse libremente a la palabra escuchada, porque su verdad está garantizada por Dios, la verdad misma» (CEC.-144).

 

2º. «Nunca faltan enfermos que imploran, como Bartimeo, con una fe grande, que no tienen reparos en confesar a gritos. Pero mirad cómo, en el camino de Cristo, no hay dos almas iguales. Grande es también la fe de esta mujer y ella no grita: se acerca sin que nadie la note. Le basta tocar un poco de la ropa de Jesús, porque esta segura de que será curada. Cuando apenas lo ha hecho, Nuestro Señor se vuelve y la mira. Sabe ya lo que ocurre en el interior de aquel corazón; ha advertido su seguridad: «hija, ten confianza, tu fe te ha salvado».

¿Te persuades de cómo ha de ser nuestra fe? Humilde. ¿Quién eres tú, quién soy yo, para merecer esta llamada de Cristo? ¿Quienes somos, para estar tan cerca de El? Como a aquella pobre mujer entre la muchedumbre, nos ha ofrecido una ocasión. Y no para tocar un poquito de su vestido, o un momento el extremo de su manto, la orla. Lo tenemos a EL. Se nos entrega totalmente, con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma y con su Divinidad. Lo comemos cada día, hablamos íntimamente con El, como se habla con el padre, como se habla con el Amor Y esto es verdad. No son imaginaciones» (Amigos de Dios.-199).

Jesús, tu doctrina es exigente: me pides que me esfuerce, que te dedique tiempo, que piense en los demás, que trabaje con perfección.

Y, a veces, no puedo con tanto: me siento espiritualmente como enfermo  -sin fuerzas- o incluso muerto. ¿Qué puedo hacer?

Es la hora de actuar con fe y acudir a los Sacramentos con la seguridad de que me darán la gracia  la fuerza  que necesito.

Si con sólo tocar tu manto, la mujer quedo curada, ¿cuánto más voy a mejorar yo si te recibo en la comunión?

Si, entrando en su casa, resucitaste a la niña, ¿cuánta más vida recibiré cuando entres en mi alma al confesarme y comulgar?

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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2 julio 2011 6 02 /07 /julio /2011 15:46

Meditación: Domingo XIV Semana T. O. Ciclo A. 03 de junio 2011.

«En aquel tiempo exclamó Jesús diciendo: Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes, y las has revelado a los pequeños. Si, Padre, pues así fue tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo.» (Mateo 11, 25-27)

1º. Jesús, hoy se habla mucho de ciencia.

Parece que la ciencia puede explicarlo todo, y que sólo lo que se comprueba científicamente puede ser creído.

El problema es que las ciencias experimentales sólo pueden medir lo que es material, no lo que es espiritual.

Por eso «ocultas estas cosas a los sabios.»

No a los sabios de verdad, que saben distinguir hasta dónde llega la ciencia, sino a los que se creen sabios sin serlo, o a los soberbios que creen que su limitada razón es capaz de entenderlo todo.

También dices que Dios ha ocultado estas cosas a los «prudentes.»

Aquí te refieres, Jesús, a aquellas personas que no quieren arriesgar, que no quieren dar nada antes de haber recibido ya la recompensa.

Esas personas no te pueden conocer ni amar, porque Tú me das en proporción a lo que yo te entrego.

Es una proporción «desproporcionada»: «el ciento por uno y la vida eterna» (Marcos 10,30).

Pero el prudente da cero; y el ciento por cero, es cero.

Por eso me recuerdas: «Dad y se os dará» (Lucas 6,39-45) y no al revés.

«Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes, y las has revelado a los pequeños.»

«De la misma manera que los padres y las madres ven con gran gusto a sus hijos, también el Padre del universo recibe gustosamente a los que se acogen a él. Cuando los ha regenerado por su Espíritu y adoptado como hijos, aprecia su dulzura, los ama, la ayuda, combate por ellos y por eso, los llama sus «hijos pequeños» (San Clemente de Alejandría).

Jesús, quieres que me haga niño en la vida espiritual.

El niño pequeño confía en su padre, se apoya en él, le busca cuando se encuentra en necesidad.

Esa debe ser mi conducta espiritual: que confíe en Ti, que me apoye en Ti, que te busque en todo momento.

Entonces te iré descubriendo, conociendo y amando más y más.

2º. «¡Qué buena cosa es ser niño! -Cuando un hombre solicita un favor, es menester que a la solicitud acompañe la hoja de sus méritos.

Cuando el que pide es un chiquitín -como los niños no tienen méritos-, basta con que diga: soy hijo de Fulano.

¡Ah, Señor! -díselo ¡con toda tu alma!-, yo soy... ¡hijo de Dios!» (Camino.-892).

Jesús, Tú conoces al Padre porque eres su Hijo: «nadie conoce al Padre sino el Hijo.»

Yo también voy a conocer a Dios en la medida en que me comporte como hijo de Dios: en la medida en que le trate como Padre en la oración, o que me apoye en Él cuando tengo una dificultad, o que le ofrezca todo lo que hago.

Por eso, ¡qué buena cosa es ser niño!

El que se cree maduro y virtuoso no reconoce sus errores, ni aprende, ni se deja ayudar.

Pero el niño busca enseguida los brazos fuertes de su padre cuando se encuentra en peligro.

Y por eso su padre le coge con más cariño, y le conforta con toda clase de mimos.

Jesús, por ser cristiano, mi objetivo es parecerme a Ti lo más posible.

Y uno de los aspectos más importantes en los que te he de imitar -porque incluye a todos los demás- es en la filiación divina: el vivir como hijo de Dios.

Por eso es bueno considerar cada día, y varias veces al día, esta realidad: yo soy... ¡hijo de Dios!

¿Cómo me tendré que comportar en el trabajo y en el descanso, en casa y en la calle, ante aquella situación o aquella otra?

Jesús, quieres que me haga pequeño, humilde; que te imite en ese vivir como hijo de Dios.

El sabio y el prudente se encierran en su soberbia o egoísmo, y todo lo espiritual se les oculta.

Pero a mí me has «querido revelar»el secreto de la vida sobrenatural: la filiación divina que me has conseguido muriendo en la cruz.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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1 julio 2011 5 01 /07 /julio /2011 19:13

Meditaciónn: Sábado XIII Semana T. O. Ciclo A. Inmaculado Corazón de María. 02 de junio 2011

«Sus padres iban todos los años a Jerusalén por la fiesta de la pascua. Cuando tuvo doce años, fueron a la fiesta, como era costumbre. Terminada la fiesta, emprendieron el regreso; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que sus padres se dieran cuenta. Creyendo que iba en la caravana, anduvieron una jornada, al cabo de la cual se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, volvieron a Jerusalén en busca suya. A los tres días lo encontraron en el templo sentado en medio de los doctores, oyéndolos y preguntándoles. Todos los que le oían estaban admirados de su inteligencia y de sus respuestas. Al verlo, se quedaron maravillados; y su madre le dijo: "Hijo, ¿por qué has hecho esto? Tu padre y yo te hemos estado buscando muy angustiados". Les contestó: "¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debo ocuparme en los asuntos de mi Padre?". Ellos no comprendieron lo que les decía. Jesús fue con ellos a Nazaret, y les estaba sumiso. Su madre guardaba todas estas cosas en su corazón. Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres.» (Lucas 2,41-52)

1º. Perder a Jesús:

Jesús tenía doce años. Como en otras ocasiones, sobre todo por la fiesta de la Pascua, subió con sus padres al Templo. Pero al terminar las celebraciones y emprender de nuevo la vuelta a casa, Jesús se quedó en Jerusalén. En Jerusalén... en la Cruz..., es decir, donde tenía que estar.

Nosotros, en cambio, tantas veces nos marchamos, no nos quedamos en nuestro puesto. Y perdemos a Jesús.

En el caso de la Virgen y san José, ello respondía a un designio formal de la Providencia.

En nuestro caso, perder a Jesús es separarse de Él por el pecado mortal, o estar menos unido a El a causa del pecado venial.

La sentencia de Jesús adoctrinando a sus discípulos, resume toda la firmeza del creyente: «El que persevere hasta el final, ése se salvará» (Mateo 10, 22).

Lo malo, sin embargo, es que nos cansemos de estar, de permanecer, y nos marchamos de nuestro sitio, el lugar donde está Cristo.

Repito que el caso de la Virgen y san José es diferente: entraba así en los planes de Dios.

En nuestro caso, sin embargo, se debe a falta de amor. Pensamos: Jesús también está aquí, está en la comitiva, está con los parientes y conocidos... Pero son excusas. Y perdemos a Jesús.

2º. Buscar a Jesús:

Este es el tema. Va en ello la salvación del alma. Y la de tantas almas. Buscar a Jesús. Pero buscarlo con María y José.

Con ilusión, con ansia, con necesidad.

La Virgen y san José lo encontraron en el Templo.

Nosotros también, especialmente en los sacramentos, en la Confesión frecuente, en la Santa Misa diaria.

Tal vez tropecemos con alguna prueba, alguna dificultad, algún dolor.

San José y la Virgen también lo han experimentado: «Llenos de dolor, te andábamos buscando.»

Quizá no se pueda encontrar a Cristo sin dolor; quizá porque el dolor es la medida del amor.

«-¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que debo estar en las cosas de mi Padre?»

Estas son las primeras palabras que registra el evangelio salidas de los labios de Jesús.

¿Por qué te buscamos, Señor? Porque tenemos necesidad de ti, porque sin ti no existe la paz, ni el bien, ni la salvación...

Te buscamos precisamente porque sabemos que estás en las cosas del Padre. Y nosotros queremos estarlo también.

Inmensa fuerza tiene esta palabra de Jesús: estar en las cosas del Padre era perentorio para El.

Exactamente como era perentorio «predicar en otras ciudades, pues para eso he venido» (Lucas 4, 43; 12, 12),

Buscar a Cristo para estar, con El, en las cosas de Dios.

Hasta la Cruz.

3. Encontrar a Cristo:

«El que busca encuentra» -dice el Señor- (Lucas 11, 9).

Y cuando encuentra no puede menos de gritarlo con amor a los cuatro vientos, como hicieron Andrés, y también Felipe (Juan 1, 41.45):     «-¡Hemos encontrado al Mesías!»

Encontrar al Mesías, encontrar a Jesús, es encontrar la perla preciosa, el tesoro escondido (Mateo 13, 44-46), que llena de alegría el corazón.

El evangelio dice que la Virgen y san José, al encontrar a Jesús, ya no lo dejaron.

Y juntos volvieron a Nazaret.

Afirmábamos más arriba que a Cristo había que encontrarlo en el Templo, en los sacramentos, en la oración.

Ahora completamos la doctrina: a Cristo se le encuentra en la vida corriente, ordinaria, de cada día, en los quehaceres de la jornada.

Y eso es Nazaret: es trabajo, es vida de familia, relación de amistad. Nazaret es crecer en sabiduría y en gracia ante Dios y ante los hombres, es vida interior en medio del mundo, es obediencia y sujeción rindiendo con amor la voluntad.

¡Qué importante es Nazaret!

Ahí está Cristo y ahí hay que encontrarse con El.

 

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1 julio 2011 5 01 /07 /julio /2011 01:37

Meditación: Viernes XIII Semana T. O. Sagrado Corazón de Jesús; ciclo A. 01 de Julio 2011

«En aquel tiempo exclamó Jesús diciendo: Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes, y las has revelado a los pequeños. Si, Padre, pues así fue tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo.

Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga ligera.» (Mateo 11, 25-30)

 

1º. Parece que la ciencia puede explicarlo todo, y que sólo lo que se comprueba científicamente puede ser creído.

El problema es que las ciencias experimentales sólo pueden medir lo que es material, no lo que es espiritual.

Por eso «ocultas estas cosas a los sabios.»

No a los sabios de verdad, que saben distinguir hasta dónde llega la ciencia, sino a los que se creen sabios sin serlo, o a los soberbios que creen que su limitada razón es capaz de entenderlo todo.

También dices que Dios ha ocultado estas cosas a los «prudentes.»

Aquí te refieres, Jesús, a aquellas personas que no quieren arriesgar, que no quieren dar nada antes de haber recibido ya la recompensa.

Esas personas no te pueden conocer ni amar, porque Tú me das en proporción a lo que yo te entrego.

Es una proporción «desproporcionada»: «el ciento por uno y la vida eterna» (Marcos 10,30).

Pero el prudente da cero; y el ciento por cero, es cero.

«De la misma manera que los padres y las madres ven con gran gusto a sus hijos, también el Padre del universo recibe gustosamente a los que se acogen a él. Cuando los ha regenerado por su Espíritu y adoptado como hijos, aprecia su dulzura, los ama, la ayuda, combate por ellos y por eso, los llama sus «hijos pequeños» (San Clemente de Alejandría).

Jesús, quieres que me haga niño en la vida espiritual.

El niño pequeño confía en su padre, se apoya en él, le busca cuando se encuentra en necesidad.

Esa debe ser mi conducta espiritual: que confíe en Ti, que me apoye en Ti, que te busque en todo momento.

Entonces te iré descubriendo, conociendo y amando más y más.

2º. Jesús, Tú conoces al Padre porque eres su Hijo: «nadie conoce al Padre sino el Hijo.»

Yo también voy a conocer a Dios en la medida en que me comporte como hijo de Dios: en la medida en que le trate como Padre en la oración, o que me apoye en Él cuando tengo una dificultad, o que le ofrezca todo lo que hago.

Por eso, ¡qué buena cosa es ser niño!

El que se cree maduro y virtuoso no reconoce sus errores, ni aprende, ni se deja ayudar.

Pero el niño busca enseguida los brazos fuertes de su padre cuando se encuentra en peligro.

Y por eso su padre le coge con más cariño, y le conforta con toda clase de mimos.

Jesús, por ser cristiano, mi objetivo es parecerme a Ti lo más posible.

Y uno de los aspectos más importantes en los que te he de imitar            -porque incluye a todos los demás- es en la filiación divina: el vivir como hijo de Dios.

Por eso es bueno considerar cada día, y varias veces al día, esta realidad: yo soy... ¡hijo de Dios!

¿Cómo me tendré que comportar en el trabajo y en el descanso, en casa y en la calle, ante aquella situación o aquella otra?

Jesús, quieres que me haga pequeño, humilde; que te imite en ese vivir como hijo de Dios.

El sabio y el prudente se encierran en su soberbia o egoísmo, y todo lo espiritual se les oculta.

Pero a mí me has «querido revelar»el secreto de la vida sobrenatural: la filiación divina que me has conseguido muriendo en la cruz.

3º. Jesús, quieres aliviarme de mis fatigas y agobios y, para conseguirlo, me dices que coja tu yugo.

¿Cómo es posible que llevando aún más carga, vaya más ligero?

Si la vida tiene ya tantas dificultades, ¿para qué liarme más?

El secreto está en que tu yugo me tira para arriba; no es un peso muerto, sino que es como unas alas que -aunque pesen- me permiten volar.

Jesús, vivir como Tú me enseñas cuesta un poco.

Y, a veces, algo más.

Pero si te sigo en serio, mi vida se llena de sentido -de misión-, y entonces, cualquier esfuerzo vale la pena, y cada sacrificio es un nuevo motivo de gozo interior.

Y ya no me acuerdo del peso de tu yugo, como el ave no se fija en el peso de sus alas, y comprendo perfectamente por qué dices: «mi yugo es suave y mi carga ligera».

Jesús, he de aprender de Ti, que eres «manso y humilde de corazón.»

En el contexto del Evangelio, «aprender» no significa simplemente comprender teóricamente -como cuando se estudia una fórmula matemática- sino adquirir esas virtudes de las que hablas.

Y las virtudes se adquieren con repetición de actos.

Es decir, me pides que haga actos de humildad y mansedumbre, que en el fondo están bastante relacionados.

El soberbio no tiene paciencia con los errores de los demás, o con lo que él cree que son errores.

Ni tampoco sabe reconocer los suyos propios.

El humilde, en cambio, vuelve a empezar sin nerviosismos, y no se exaspera ante las limitaciones de los que le rodean.

4º. Jesús, la humildad es básica en mi vida cristiana.

Sin humildad, no puedo progresar en la vida interior.

Pero la humildad no es algo que se tiene o no se tiene, sino algo que crece o disminuye; una cualidad que tengo que aprender, y que también puedo olvidar si no la cuido.

«Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas.»

Jesús, prometes paz y descanso en el alma de los humildes. Y esto es así porque el humilde no se cree perfecto y no se hunde cuando falla.

Al contrario, ante los errores personales, el alma humilde se levanta en seguida, pide perdón, y vuelve a luchar con más ímpetu que antes, buscando la fortaleza, el refugio y el apoyo de tu gracia.

Jesús, enséñame a ser humilde, a volver a empezar una y otra vez si hace falta, con santa tozudez.

Que no me crea impecable, que no me alce por encima de los demás, pues cuanto más me alce, más fuerte será la caída.

Dame esa humildad de corazón, y entonces, ¿qué importa tropezar si en el dolor de la caída hallamos la energía que nos endereza de nuevo y nos impulsa a proseguir con renovado aliento?

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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29 junio 2011 3 29 /06 /junio /2011 00:02

Meditación: Santos Pedro y Pablo. 29 de junio 2011

«Cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Ellos respondieron: Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o alguno de los profetas. El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro dijo. Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Jesús le respondió: Bienaventurado eres, Simón hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que atares sobre la tierra quedara atado en los Cielos, y todo lo que desatares sobre la tierra, quedará desatado en los Cielos. Entonces ordenó a los discípulos que no dijeran a nadie que él era el Cristo.» (Mateo 16, 13-19)

1º. Jesús, después de preguntar qué piensan los demás de Ti, te diriges de nuevo a los discípulos: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»

Te importa mi respuesta personal: ¿quién eres Tú para mí?

¿Me doy cuenta de que eres «el Cristo, el Hijo de Dios vivo?»

¿Te pido ayuda, sabiendo que la fe no me la ha revelado «ni la carne ni la sangre,» no es producto de la razón ni del sentimiento, sino que proviene de Dios?

Para vivir cristianamente necesito tener fe.

Por eso es bueno que te la pida cada día: Jesús, aumenta mi fe; que te vea siempre como quien eres: el Hijo de Dios.

No eres Elías, ni Juan el Bautista, ni «alguno de los profetas.»

No eres un gran filósofo, que dejó unas enseñanzas maravillosas de amor a los demás.

El Evangelio no es una guía de comportamiento humanitario, que me ayuda a ser mejor y que interpreto según me parezca o según me sienta más o menos identificado.

El Evangelio es la Palabra de Dios.

Por eso reprendes duramente a Pedro cuando no quiere aceptar la Cruz: «¡Apártate de mí, Satanás! Pues no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres.»

Desde entonces Pedro, el primer Papa, aprenderá a no interpretar las cosas según las sienten los hombres, sino según la voluntad de Dios.

Además, el Papa recibe una gracia especial para no dejarse llevar por las modas, los gustos o las flaquezas de las distintas culturas.

2º. «Fe, poca. El mismo Jesucristo lo dice. Han visto resucitar muertos, curar toda clase de enfermedades, multiplicar el pan y los peces, calmar tempestades, echar demonios. San Pedro, escogido como cabeza, es el único que sabe responder prontamente.- «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Pero es una fe que él interpreta a su manera, por eso se permite encararse con Jesucristo para que no se entregue en redención por los hombres» (Es Cristo que pasa.- 2).

Jesús, a mi alrededor veo cristianos que tienen fe en Ti, pero es una fe que cada uno interpreta a su manera: no van a Misa, no se confiesan, no hacen oración, no saben encontrar el sentido al sacrificio.

¿Qué les puedo decir?

Hoy me das la respuesta: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.»

El Romano Pontífice, Cabeza del Colegio episcopal, goza de infalibilidad en virtud de su ministerio cuando, como Pastor y Maestro supremo de todos los fieles que confirma en la fe a sus hermanos, proclama por un acto definitivo la doctrina en cuestiones de fe y moral.

La infalibilidad prometida a la Iglesia reside también en el Cuerpo episcopal cuando ejerce el magisterio supremo con el sucesor de Pedro, sobre todo en un concilio ecuménico.

Jesús, has escogido a San Pedro y a sus sucesores como representantes tuyos en la tierra: «todo lo que atares sobre la tierra quedará atado en los Cielos.»

No es suficiente con tener buena intención; es necesario seguir las indicaciones del Papa y de los obispos.

Sólo así podré «sentir las cosas de Dios,» y no me veré arrastrado por una visión humana de las cosas.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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28 junio 2011 2 28 /06 /junio /2011 05:14

Meditación: Martes XIII Semana T. O. Ciclo A. 28 de junio 2011

«Subiendo después a una barca, le siguieron sus discípulos. Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía. Y se acercaron y le despertaron diciendo: ¡Señor, sálvanos que perecemos! Jesús les respondió: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Entonces, levantándose, increpó a los vientos y al mar y se produjo una gran bonanza. Los hombres se admiraron y dijeron: ¿Quién es éste que hasta los vientos y el mar le obedecen?» (Mateo 8, 23-27)

1º. Jesús, desde que he montado en tu barca -o, también, desde que te he dejado entrar en mi barca, en mi vida- encuentro épocas de bonanza y también momentos de mayor preocupación, en los que parece que todo se me echa encima.

A veces, estas «tempestades» son comunes a las de todos los hombres: dificultades en los estudios o en el trabajo, desgracias familiares, alguna enfermedad de más gravedad.

Otras veces, son «tempestades» específicas del apóstol: incomprensiones por parte de familiares o amigos, criticas de todo tipo, tratos injustos, etc.

Finalmente, hay «tempestades» que son fruto de mi falta de generosidad, o de mi falta de humildad: es la tristeza que proviene de no acabarme de entregar, o de no ser sincero, o de problemas que me invento.

Jesús, sea cual sea el tipo de tempestad, voy seguro si te tengo en mi barca.

«El Señor es mi luz y mi salvación: ¿a quién temeré?», dice la Sagrada Escritura.

Y; sobre todo, Tú eres mi Dios y mi Padre, tienes todo el poder y me quieres con amor de padre: ¿cómo me vas a fallar?; ¿cómo me vas a dejar solo?

Sin embargo, a veces parece que no reaccionas, que duermes, que no haces caso a mis peticiones de ayuda: «¡Señor, sálvanos que perecemos!»

Que no me desespere, que no sea esa espera un motivo para perder la confianza en Ti, sino más bien, una ocasión para rezar más, para pedirte las cosas con más fe, con más insistencia: ¡Sálvame, Jesús, que ya no aguanto más!

«Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya». (Lucas 22,42).

2º. «Los problemas que antes te acogotaban te parecían altísimas cordilleras  han desaparecido por completo, se han resuelto a lo divino, como cuando el Señor mandó a los vientos y a las aguas que se calmaran.

¡Y pensar que todavía dudabas!». (Surco.-119).

Jesús, al final, las cosas se resuelven a lo divino, y aquellos problemas insalvables se desvanecen con un solo acto de tu voluntad.

Pero Tú te has servido de esa prueba para que me uniera más a Ti, para que te rezara con más intensidad.

Y ahora, cuando la tempestad está calmada, me admiro de tu poder como los apóstoles, que «se admiraron y dijeron: ¿Quién es éste que hasta los vientos y el mar le obedecen?»

Jesús, hoy es un buen día para considerar que Tú eres a la vez hombre y Dios.

En este pasaje ambas cosas se ponen de manifiesto: después de un largo día, te encuentras tan cansado que te quedas dormido en la barca, incluso cuando ésta está zarandeada por las olas.

Pero al calmar el viento y el mar, muestras el poder de tu divinidad: «¿quién es éste?»

Eres el Hijo de Dios que se ha hecho hombre para que los hombres podamos ser hijos de Dios.

Jesús, la barca de la escena de hoy ha sido vista desde los primeros tiempos como la imagen de la Iglesia.

«La nave es la Iglesia, en la que Jesucristo atraviesa con los suyos el mar de esta vida, calmando las aguas de las persecuciones». (Santo Tomás)

La Iglesia es esa barca en la que están los apóstoles, dirigidos por Pedro, y en la que te encuentras también Tú.

Muchas veces, durante la historia de la Iglesia, esa barca ha sido atacada con todo tipo de tempestades, luchas, divisiones, odios, incomprensiones, deseos de hundirla y ataques de todo tipo. Y mientras, Tú pareces estar dormido.

¡Cuántas oraciones y sacrificios de almas santas, cuántos martirios, cuántas vidas de entrega silenciosa ofrecidas por la paz del mundo y la santidad en la Iglesia!

Tú quieres que te pida así, con confianza, porque la Iglesia continúa y continuará a flote.

Y a los pesimistas, les tendrás que responder: «¿Por qué teméis, hombres de poca fe?»

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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24 junio 2011 5 24 /06 /junio /2011 22:40

Meditación: Sábado XII Semana Tiempo Ordinario. Ciclo A. 25 de junio 2011; año impar

«Al entrar en Cafarnaún se le acercó un centurión y, rogándole, dijo: Señor, mi criado yace paralítico en casa con dolores muy fuertes. Jesús le dijo: Yo iré y lo curaré. Pero el centurión le respondió: Señor; no soy digno de que entres en mi casa; basta que lo mandes de palabra y mi criado quedará sano. Pues yo, que soy un hombre subalterno con soldados a mis órdenes, digo a uno: ve, y va; y a otro: ven, y viene; y a mi siervo: haz esto, y lo hace. Al oírlo Jesús se admiró, y dijo a los que le se guían: En verdad os digo que en nadie de Israel he encontrado una fe tan grande. Y os digo que muchos de Oriente y Occidente vendrán y se pondrán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de los Cielos, mientras que los hijos del Reino serán arrojados a las tinieblas exteriores: allí será el llanto y el rechinar de dientes. Y dijo Jesús al centurión: Vete y que se haga conforme has creído. Y en aquel momento quedó sano el criado.» (Mateo 8, 5-13)

 

1º. Jesús, ayer salía a tu paso un leproso para pedirte por su propia curación.

Hoy es un centurión -oficial romano al mando de cien soldados- quien se te acerca.

Pero viene a pedirte por la curación de otro, de su criado.

También yo tengo amigos, familiares y conocidos que están enfermos espiritualmente.

Te pido, Jesús, por ellos, para que les des tu gracia, para que vuelvan a practicar, para que se confiesen, para que se conviertan.

«Señor; yo no soy digno de que entres en mi casa.»

Un judío no podía entrar en casa de un gentil -un no judío-, y por eso el centurión no quiere forzarte a romper la ley.

Pero Tú no distingues ya entre razas y pueblos: «muchos de Oriente y Occidente vendrán y se pondrán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de los Cielos.»

La salvación, la vida eterna, no depende de los lazos de la sangre, sino de los de la fe. «En nadie de Israel he encontrado una fe tan grande.»

¿Cómo es mi fe?

¿Como recurro al poder de tu gracia cuando la necesito para mí o para otros?

¿Cómo te recibo en mi casa al recibir la comunión, que es «el sacramento de nuestra fe»?

Dame, Jesús, una fe más grande, como la del centurión.

2º. «Entrando en la casa, vieron al Niño con Maria, su madre». Nuestra Señora no se separa de su Hijo. Los Reyes Magos no son recibidos por un rey encumbrado en su trono, sino por un Niño en brazos de su Madre. Pidamos a la Madre de Dios, que es nuestra Madre, que nos prepare el camino que lleva al amor pleno: «Cor Mariae dulcissimum, iter para tutum!» Su dulce corazón conoce el sendero más seguro para encontrar a Cristo.

Los Reyes Magos tuvieron una estrella; nosotros tenemos a María, «Stella maris, Stella orientis. Le decimos hoy: Santa María, Estrella del mar; Estrella de la mañana, ayuda a tus hijos. Nuestro celo por las almas no debe conocer fronteras, que nadie está excluido del amor de Cristo. Los Reyes Magos fueron las primicias de los gentiles; pero, consumada la Redención, «ya no hay judío o griego, no hay siervo o libre, no hay varón o hembra» -no existen discriminaciones de ningún tipo-, «porque todos sois uno en Cristo Jesús».

Los cristianos no podemos ser exclusivistas, ni separar o clasificar las almas; «vendrán muchos de Oriente y de Occidente»; en el corazón de Cristo caben todos» (Es Cristo que pasa.-38).

Madre, tú eres el camino directo para encontrar a Jesús.

Eres la estrella, que me guía en momentos de oscuridad: ayúdame a no separarme nunca de tu Hijo.

Además, eres madre de todos los hombres: ayúdame a saber tratar a todos como hermanos, independientemente de su raza, sexo, religión, nación, partido político, equipo de fútbol, etc.

Que, manteniendo mis preferencias lícitas, no contribuya a la expansión del odio y de la división, sino que -por cristiano- sea, ante todo, hombre o mujer de paz.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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23 junio 2011 4 23 /06 /junio /2011 21:55

Meditación: Natividad de San Juan Bautista. Ciclo A. 24 de junio 2011

«Entre tanto le llegó a Isabel el tiempo del parto, y dio a luz un hijo. Y oyeron sus vecinos y parientes la gran misericordia que el Señor le había mostrado, y se congratulaban con ella. El día octavo fueron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías. Pero su madre dijo: De ninguna manera, sino que se ha de llamar Juan. Y le dijeron: No hay nadie en tu familia que se llame con este nombre. Al mismo tiempo preguntaban por señas a su padre, cómo quería que se le llamase. Y él pidiendo una tablilla, escribió: Juan es su nombre. Lo que llenó a todos de admiración. En aquel momento recobró el habla, se soltó su lengua, y hablaba bendiciendo a Dios. Y se apoderó de todos sus vecinos un temor y se comentaban estos acontecimientos por toda la montaña de Judea; y cuantos los oían, los grababan en su corazón, diciendo: ¿Quién pensáis ha de ser este niño? Porque la mano del Señor estaba con él». (Lucas 1, 57-66)

 

1º. Hoy contempla la Iglesia el nacimiento de Juan el Bautista.

Tan llamativo era lo que pasaba que «se apoderó de todos sus vecinos el temor y se comentaban estos acontecimientos por toda la montaña de Judea.»

Se lo había dicho el ángel a Zacarías: «Muchos se alegrarán en su nacimiento» (Lucas 1, 14).

Y ahora, cuando Isabel da a luz, los vecinos y parientes se congratulaban, se alegraban, considerando que Dios había tenido con ella una gran misericordia.

El nacimiento de un hijo -regalo de la misericordia de Dios- debe ser ¡siempre! causa de alegría. Sin embargo, no siempre es así.

Hay hijos no deseados, no queridos, hijos abandonados ya en el momento de nacer, hijos entregados a la muerte incluso antes de nacer.

No faltan nunca quienes den órdenes como la del Faraón de Egipto:   -«Todo niño nacido de los hebreos ha de ser arrojado al río Nilo» (Éxodo 1, 22). Y fueron muchos los inocentes que perdieron la vida.

No faltan nunca quienes actúan como Herodes y mandan dar muerte a los niños de Belén (Mateo 2, 16). Y Belén puede ser cualquier parte del mundo. Y cada vida que viene al mundo es motivo de alegría.

Entre las promesas de bendición de Dios, al entrar el pueblo en la tierra prometida, está ésta: «En tu tierra no habrá mujer que aborte ni que sea estéril» (Éxodo 23, 26).

La mentalidad bíblica -la mentalidad de Dios- en gran parte se ha perdido en el mundo de hoy.

2º. A los ocho días, en la celebración de la circuncisión y la imposición del nombre, la gente invitada ya empezaba a llamar al niño con el nombre de su padre.

Pero aquí intervino la madre: «-Se va a llamar Juan.» Sorpresa en todos.

Se lo preguntaron al padre, y éste, tomando una tablilla encerada y un punzón, escribió: «-Juan es su nombre.» Todos se admiraron mucho.

¿Por qué Juan y no Zacarías?

Porque ése era el nombre que había indicado el ángel: «Tu mujer te dará un hijo y le pondrás por nombre Juan» (Lucas 1, 13).

Juan indica «Dios es propicio», es decir, gracia de Dios.

Era más adecuado este nombre para aquel cuya misión era preparar los caminos del Salvador, el autor de la gracia.

Juan Bautista está puesto como anillo entre uno y otro testamento: clausura el Antiguo -al que aún pertenece-, pero prepara el Nuevo, que tiene su comienzo absoluto en Cristo.

3º.  ¿Qué llegará a ser este niño? ¿Qué llegará a ser Juan?

Según el ángel, Juan será «grande a los ojos de Dios»; dentro de un momento, su padre Zacarías, lleno del Espíritu Santo, le llamará «profeta del Altísimo»; andando el tiempo, el mismo Juan se definirá como «una voz que clama en el desierto para preparar los caminos del Señor»; y Cristo dirá que es «el más grande entre los nacidos de mujer».

En ese momento, Zacarías entonó un himno de bendición, con dos partes bien diferenciadas: la primera, referida a Dios; la segunda, al niño que acababa de nacer.

«-Bendito sea Dios, porque visitó a su pueblo y lo redimió, porque levantó una potencia de salvación en la casa de Israel, porque tuvo misericordia con nuestros padres y se acordó de su santa Alianza.»

Redención, salvación, Misericordia, Alianza: son las palabras clave de esta alabanza de Zacarías.

Por cualquiera de ellas, por todas ellas, ¡bendito sea Dios!

¡Qué hermosos los labios en los que florecen las alabanzas a Dios, labios como los de Zacarías, colmados del Espíritu santo!

Pero Zacarías se vuelve luego hacia su hijo, hacia Juan, y le habla movido por el espíritu de profecía: «-Niño, tú serás llamado profeta del Altísimo, e irás delante de Él para prepararle los caminos, es decir, prepararle un pueblo bien dispuesto mediante el conocimiento de la salvación y el perdón de los pecados, iluminar a los que están en tinieblas y en sombras de muerte, y dirigir sus pasos por el camino de la paz.»

Es todo un programa de apostolado: dar a los hombres la ciencia de la salvación, liberarlos del pecado, sacarlos de las tinieblas a la luz, y hacer que caminen por caminos de paz.

En realidad este programa está al alcance de todos.

4º. Jesús quieres que el mensaje cristiano llegue al máximo de gente posible.

Y para anunciar el Evangelio en el mundo, necesito prestigio profesional. ¿Cómo voy a presentar a mis amigos el camino de la santidad, si luego resulta que soy un mal estudiante o un mal profesional? Por eso debo procurar destacar profesionalmente.

Jesús, no quiero el prestigio para mí, sino para que tu luz brille desde más arriba y así pueda alumbrar a más gente.

Jesús, hoy más que en ninguna época es fácil comunicar las noticias de un sitio a otro. En poco tiempo puede saberse un acontecimiento en todo el mundo. ¿Cómo es, entonces, que aún eres tan poco conocido?

Hacen falta personas de prestigio en cada actividad que trabajen con visión cristiana, que te traten, que luchen por ser santos.

Y yo debo ser una de esas personas. «Porque la mano del Señor estaba con él.»

Jesús, ayúdame a conseguirlo.

 

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