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22 junio 2011 3 22 /06 /junio /2011 21:08

Meditación: Corpus Christi; ciclo A

«Discutían, pues, los judíos entre ellos diciendo: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Jesús les dijo: En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mi y yo en él. Como el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así, aquél que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del Cielo, no como el que comieron los padres y murieron: quien come este pan vivirá eternamente. Estas cosas dijo en la sinagoga, enseñando en Cafarnaún. Entonces, oyéndole muchos de sus discípulos, dijeron: Dura es esta enseñanza, ¿quién puede escucharla?» (Juan 6, 52-60)                                                                  

1º. Jesús, no puedes ser más explícito: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida.»

Es decir: eres verdadero alimento para mi vida.

Mi cuerpo necesita alimento natural para mantenerse, fortalecerse y crecer.

Sin alimentarme periódicamente, iría perdiendo fuerzas y me moriría.

Del mismo modo, mi vida espiritual, que es vida de hijo de Dios, necesita el alimento espiritual de la Eucaristía.

«Aquél que me come vivirá por mí.»

Jesús, al recibirte en la comunión, recibo tu misma vida, la vida del Hijo de Dios que me hace hijo de Dios, y por tanto, heredero del Cielo.

Al comerte, Jesús, ya no soy yo el que vivo sino que eres Tú el que vives en mí, y Dios me reconoce entonces como verdadero hijo suyo.

«Los que reciben la Eucaristía se unen más estrechamente a Cristo. Por ello mismo, Cristo los une a todos los fieles en un solo cuerpo: la Iglesia¡» (CEC.- 1398).

Qué cosa más impresionante es la comunión!

Nunca llegaré a entender ni valorar suficientemente hasta qué punto me une a Ti y, a través de Ti, a todos los cristianos, pues todos pasamos a ser tu mismo cuerpo.

Lo que sí entiendo es que necesito comulgar más a menudo, porque necesito más alimento espiritual.

«Quien come de este pan vivirá eternamente.»

Pero no es sólo cuestión de frecuencia, sino también de aprovechamiento: cuando comulgo, ¿qué hago? ¿qué te digo? ¿cómo aprovecho esos minutos en los que estás viviendo íntimamente conmigo?

2º. «Recordad -saboreando, en la intimidad del alma, la infinita bondad divina- que, por las palabras de la Consagración, Cristo se va a hacer realmente presente en la Hostia, con su Cuerpo, con su Sangre, con su Almo y con su Divinidad. Adoradle con reverencia y con devoción; renovad en su presencia el ofrecimiento sincero de vuestro amor; decidle sin miedo que le queréis; agradecedle esta prueba diaria de misericordia tan llena de ternura, y fomentad el deseo de acercaros a comulgar con confianza. Yo me pasmo ante este misterio de Amor: el Señor busca mi pobre corazón como trono, para no abandonarme si yo no me aparto de Él

»Reconfortados por la presencia de Cristo, alimentados de su Cuerpo, seremos fieles durante esta vida terrena, y luego, en el cielo, junto a Jesús y a su Madre, nos llamaremos vencedores» (Es Cristo que pasa.- 161).

Jesús, a través de la Eucaristía, buscas mi pobre corazón.

Ese es el motivo de que te hayas quedado: tu inmenso amor por mí.

Yo me pasmo ante este misterio de Amor.

No quiero acostumbrarme a verte escondido en el sagrario, sabiendo que me esperas; no quiero pasar con indiferencia delante de una Iglesia, sabiendo que Tú estás allí, tal vez solo; no quiero recibirte sin darme cuenta de lo que me quieres cuando te has hecho alimento para darme tu vida.

«Dura es esta enseñanza, ¿quién puede escucharla?»

Jesús, yo puedo escucharla, yo quiero escucharla, y creer en ella y vivir de ella.

Pero necesito tu ayuda: dame más fe, Jesús, para que sepa apreciar, aunque sea mínimamente, lo que significa la Eucaristía.

Y para prepararme mejor a recibir la Comunión, puedo repetir la oración de la Comunión espiritual: Yo quisiera, Señor; recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre; con el espíritu y fervor de los Santos.

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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22 junio 2011 3 22 /06 /junio /2011 20:31

Meditación: Jueves XII Semana T. O. Tiempo Ordinario. 23 de junio 2011; año impar

«No todo el que me dice: Señor, Señor entrará en el Reino de los Cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los Cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor ¿pues no hemos profetizado en tu nombre, y arrojado los demonios en tu nombre, y hecho prodigios en tu nombre? Entonces yo les diré públicamente: Jamás os he conocido: apartaos de mí, los que habéis obrado la iniquidad. Por tanto, todo el que oye estas palabras mías y las pone en práctica, es como un hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, llegaron las riadas, soplaron los vientos e irrumpieron contra aquella casa, pero no se cayó porque estaba cimentada sobre roca. Pero todo el que oye estas palabras mías y no las pone en práctica es como un hombre necio que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, llegaron las nadas, soplaron los vientos e irrumpieron contra aquella casa, y cayó y fue tremenda su ruina. Y sucedió que, cuando terminó Jesús estos discursos, las multitudes quedaron admiradas de su doctrina, pues les enseñaba como quien tiene potestad y no como los escribas.» (Mateo 7, 21-29)

 

1º. Jesús, hoy me recuerdas muy gráficamente que la santidad no se construye a base de buenas intenciones, sino a base de buenas obras: obras de servicio, de trabajo bien hecho y ofrecido, de virtudes, de actos de generosidad contigo -dedicándote tiempo- y con los demás.

¿Cómo son mis obras? En el fondo, lo que cuenta es el amor pero sólo hay verdadero amor cuando se demuestra con obras.

Jesús, hoy en día -y siempre- cabe el peligro de basar el edificio de la santidad en un estado de ánimo favorable, en un sentimiento más o menos impetuoso de hacer el bien, en la amistad de uno o varios amigos que frecuentan los mismos círculos de oración y apostolado.

Aunque todos estos motivos son motivos buenos, incluso indispensables en un principio, no constituyen la roca firme sobre la que debe cimentarse la lucha por ser santo.

Jesús, a veces ocurre que las circunstancias cambian: aquellas prácticas de piedad que antes me llenaban, ahora no me dicen nada: o cambio de lugar y no encuentro aquellos amigos con los que me lo pasaba tan bien; o los estudios o el trabajo me absorben más que en otras épocas: o simplemente, me canso de luchar.

Y entonces, mi vida interior sufre como un descalabro, como un terremoto.

Es en estos casos, cuando se descubre la solidez de los cimientos: la casa edificada sobre roca se mantiene firme, mientras la casa edificada sobre arena se derrumba.

2º. «Esta es la llave para abrir la puerta y entrar en el Reino de los Cielos: «qui facit voluntatem Patris mei qui in coelis est, ipse intrabit in regnum coelorum» -el que hace la voluntad de mi Padre..., ¡ése entrará!

Jesús, los sentimientos, estados de ánimo, o el apoyarse únicamente en las amistades terrenas, son cimientos sobre arena.

El cimiento firme del edificio de la santidad, la llave para abrir la puerta y entrar en el Reino de los Cielos, es el buscar -ante todo- hacer la voluntad de Dios, ser fiel a la misión, a la vocación cristiana a la que me has llamado.

Ya pueden venir lluvias, vientos o terremotos, que si lo que me mueve a luchar es cumplir tu voluntad, Tú mismo me ayudarás a superar las dificultades.

Jesús, ayúdame a reforzar los cimientos de mi vida cristiana a base de una vida de piedad más profunda, de una oración más constante, de un esfuerzo más serio por mejorar en las virtudes y en el estudio o trabajo profesional, de una mayor generosidad en el servicio a los demás.

Es decir, ayúdame a vivir mi fe con obras, hechas por Ti, para cumplir tu voluntad, que es la voluntad de tu Padre Celestial.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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21 junio 2011 2 21 /06 /junio /2011 23:04

Meditación: Miércoles XII Semana T. O. Ciclo A. 22 de junio 2011. Año impar

«Guardaos bien de los falsos profetas, que vienen a vosotros disfrazados de oveja, pero por dentro son lobos voraces. Por sus frutos los conoceréis: ¿acaso se cosechan uvas de los espinos o higos de las zarzas? Así todo árbol bueno da frutos buenos, y todo árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede dar frutos malos, ni un árbol malo dar frutos buenos. Todo árbol que no da fruto bueno es cortado y arrojado al fuego. Por tanto, por sus frutos los conoceréis.» (Mateo 7, 15-20)

1º. Jesús, tu Iglesia siempre ha sido probada con la persecución de los falsos profetas, que se presentan como la solución a todos los problemas.

Van acompañados de gran popularidad o poder exterior, y tienen una característica común: apartarse del tronco vivo del Magisterio de la Iglesia, y reducir los sacramentos a formalismos sociales más o menos espirituales o sentimentales.

El falso profeta suele predicar una doctrina más racional, más aceptable, más sentimental, tratando de evitar lo que es cruz o sacrificio, y lo que es sobrenatural. Se presenta como una religión más humana y asequible, una religión a la medida del hombre actual: más consensuada, más democrática, más «humilde».

Jesús, incluso dentro de la Iglesia se pueden encontrar algunas voces que suenan mucho a falso profeta: voces polémicas con el Papa y con los Obispos; voces en desacuerdo con las exigencias cristianas sobre el aborto, los anticonceptivos, el divorcio, el celibato; «teólogos» con ideas «nuevas» sobre los sacramentos o con visiones «sociales» que llevan a la confrontación en lugar de a la caridad cristiana.

2º. «Examina con sinceridad tu modo de seguir al Maestro. Considera si te has entregado de una manera oficial y seca, con una fe que no tiene vibración; si no hay humildad, ni sacrificio, ni obras en tus jornadas; si no hay en ti más que fachada y no estás en el detalle de cada instante..., en una palabra, si te falta Amor.

Si es así, no puede extrañar te tu ineficacia. ¡Reacciona enseguida, de la mano de Santa María!» (Forja.-930).

Jesús, me pides que dé buen fruto, de modo que los que me rodean puedan conocer la bondad del árbol al que pertenezco, que es la Iglesia, pues «todo árbol bueno da frutos buenos.»

Por ser cristiano, estoy obligado a dar buen fruto.

Por eso, ¡cuánto daño hacen los cristianos que viven como indiferentes, como paganos, y no ven que los demás juzgarán la bondad de la Iglesia a través de las vidas de los cristianos!

Pero para dar fruto eficaz, para que los demás se sientan atraídos a Ti, primero he de examinarme a mi mismo para ver cómo te estoy siguiendo, Jesús.

¿Es mi fe «una fe que no tiene vibración,» que no siente la necesidad de acercarte a los demás?

¿Es mi jornada un «ir tirando», sin sacrificio, sin oración, sin obras?

¿Hago mi trabajo lo mejor que puedo, estando en el detalle de cada instante y ofreciéndotelo por alguna intención?

¿Busco cada día ocasiones para servir a los demás con pequeños servicios que pasen desapercibidos?

Si me falta Amor, si no hago las cosas por Ti y por los demás, si mi entrega es «oficial y seca,» haciendo lo mínimo indispensable, entonces también mi fruto será seco y vacío.

La Virgen supo estar en los detalles, vivir pendiente de los demás y sacrificarse por ellos como una buena madre, sin que se note.

Por eso su fruto es el mejor fruto: «bendito es el fruto de tu vientre» (Lucas 1, 42): Tú mismo, Jesús.

Madre, ayúdame a vivir mi vida cristiana con la responsabilidad que tengo de dar buen fruto, de ser santo.

De esta manera, los que me rodean conocerán la belleza de la Iglesia, el buen árbol plantado por Cristo para darnos su gracia y hacernos hijos de Dios.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

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20 junio 2011 1 20 /06 /junio /2011 22:51

Meditación: Martes XII semana T.O. Ciclo A. Año impar

«No deis las cosas santas a los perros, ni echéis vuestras perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen con sus patas y revolviéndose os despedacen. Todo lo que queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos: Esta es la Ley y los Profetas. Entrad por la puerta angosta, porque amplia es la puerta y ancho el camino que conduce a la perdición, y son muchos los que entran por ella. ¡Qué angosta es la puerta y estrecho el camino que conduce a la Vida, y qué pocos son los que la encuentran!» (Mateo 7, 6, 12-14)

 

1º. +La primera advertencia que me haces hoy, Jesús, es que dé a «las cosas santas» la importancia que tienen: en concreto, los sacramentos, y       -entre éstos- especialmente la Eucaristía.

Que la trate con veneración, pues es tu Cuerpo mismo.

Que no me acostumbre a lo que es santo, y que trate con especial respeto todo lo sagrado: los vasos sagrados, los vestidos sagrados -los ornamentos-, y los lugares sagrados.

Más aún he de tratar con especial respeto a las personas consagradas a Ti: los sacerdotes y religiosos.

+El segundo consejo es conocido como «la regla de oro»: «Todo lo que queráis que hagan los hombres con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos».

Es un consejo práctico que procede del mandamiento de amar al prójimo como a uno mismo.

Sin embargo, no es sencillo de cumplir.

¿Cómo trato de ponerlo por obra con los que están a mi lado?

¿Busco siempre el modo de servir a los demás en pequeños detalles, como me gustaría que hiciesen conmigo?

+El tercer consejo es que para entrar por la puerta y recorrer «el camino que conduce a la Vida», he de luchar.

La santidad requiere esfuerzo, porque la puerta es «angosta y el camino estrecho», y es fácil desviarse.

Por eso, hoy me puedo preguntar: ¿estoy luchando, de verdad, por ser santo?; ¿me propongo metas de mejora e intento seriamente cumplirlas?; ¿acudo con puntualidad a la dirección espiritual? para concretar los puntos en los que puedo y debo mejorar?

Si no noto la exigencia de la lucha por ser santo, muy posiblemente lo que ocurre es que estoy yendo por la senda ancha que tantos y tantas eligen, pero «que conduce a la perdición».

 

2º. «Has notado con más fuerza la urgencia, la «idea fija» de ser santo; y has acudido a la lucha cotidiana sin vacilaciones, persuadido de que has de cortar valientemente cualquier síntoma de aburguesamiento.

Luego, mientras hablabas con el Señor en tu oración, has comprendido con mayor claridad que lucha es sinónimo de Amor; y le has pedido un Amor más grande, sin miedo al combate que te espera, porque pelearás por Él, con Él y en Él» (Surco 158).

Jesús, es verdad que el camino de santidad es un camino de lucha, que la puerta es estrecha y el camino a veces se hace cuesta arriba.

Pero cuando me tomo en serio mi vida cristiana, compruebo una vez más que «lucha es sinónimo de Amor»: porque me esfuerzo no por un deseo personal de perfeccionismo o por destacar, sino para cumplir tu voluntad, para encontrarte en las más variadas actividades del día, para ser luz que ilumine a mi alrededor.

Jesús, Tú has muerto en la Cruz para que yo pueda ser hijo de Dios, para darme la gracia.

Esa gracia que me hace hijo de Dios, te ha costado mucho: es la perla más valiosa que tengo.

El pecado es echar esa perla a los cerdos, es tirar una cosa santa a los perros.

Ayúdame a no cometer pecados, ni siquiera pequeñas faltas, cortando «valientemente cualquier síntoma de aburguesamiento.»

Jesús, quiero ser santo: amarte sobre todas las cosas y amar a los demás como Tú los amas.

Dame «un Amor más grande», para poder pelear cada día por Ti y en Ti.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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17 junio 2011 5 17 /06 /junio /2011 23:15

Meditación: Semana XI Tiempo Ordinario. Ciclo A. 18 de junio 2011

«Nadie puede servir a dos señores, porque o tendrá aversión al uno y amor al otro, o prestará su adhesión al primero y menospreciará al segundo: no podéis servir a Dios y a las riquezas. Por eso os digo: No os preocupéis por vuestra vida, qué comeréis; ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿Acaso no vale la vida más que el alimento y el cuerpo que el vestido? Fijaos en las aves del Cielo, que no siembran, ni siegan, ni almacenan en graneros, y vuestro Padre Celestial las alimenta. ¿Es que no valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Quién de vosotros por mucho que cavile puede añadir un solo codo a su edad? Y acerca del vestir, ¿por qué preocuparos? Contemplad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan ni hilan, y yo os digo que ni Salomón en toda su gloria pudo vestirse como uno de ellos. Si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios la viste así, ¡cuánto más a vosotros, hombres de poca fe! No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿ Qué vamos a come,; qué vamos a bebe,; con qué nos vamos a vestir? Por todas esas cosas se afanan los paganos. Bien sabe vuestro Padre Celestial que de todo eso estáis necesitados. Buscad, pues, primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura. Por tanto, no os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad.» (Mateo 6, 24-34)

 

1º. Jesús, cuando hablas de servir, te refieres a poner el corazón.

Por eso dices: «nadie puede servir a dos señores,» porque tendría el corazón dividido, sobre todo cuando los dos señores me impulsan en direcciones opuestas.

«No podéis servir a Dios y a las riquezas.»

Si quiero servir a Dios, no puedo poner mi corazón en los bienes materiales.

Esto no significa que no pueda tenerlos, sino que no deben ser el fin de vida.

Jesús, ¿cómo dices que no me preocupe de qué comeré, con qué me vestiré, de qué viviré?

¿No es bueno preocuparse por esto?

Sí, es bueno.

José y María también se preocuparon de las necesidades materiales.

Lo que quieres decirme es que no me quede sólo en lo material, afanándome como «se afanan los paganos.»

Madre, ayúdame a saber cuidar como tú los detalles más materiales, y a la vez, tener el corazón en Jesús.

«Buscad, pues, primero el Reino de Dios y su justicia».

Primero Dios.

De este modo, Jesús, yo no estaré sirviendo a las riquezas, sino sirviéndome de ellas para servirte mejor.

Pero, ¿estás, de verdad, en el primer lugar de mi corazón?

Tengo una manera fácil de saberlo: ¿cuánto tiempo te dedico?

¿Me acuerdo de Ti durante el día?

2º. «Si viviéramos más confiados en la Providencia divina, seguros         -¡con fe recia!- de esta protección diaria que nunca nos falta, cuántas preocupaciones o inquietudes no ahorraríamos. Desaparecerían tantos desasosiegos que, con frase de Jesús, son propios de los paganos, «de los hombres mundanos», de las personas que carecen de sentido sobrenatural. Querría, en confidencia de amigo, de sacerdote, de padre, traeros a la memoria en cada circunstancia que nosotros, por la misericordia de Dios, somos hijos de ese Padre Nuestro, todopoderoso, que está en los cielos y a la vez en la intimidad del corazón; querría grabar a fuego en vuestras mentes que tenemos todos los motivos para caminar con optimismo por esta tierra, con el alma bien desasida de esas cosas que parecen imprescindibles, ya que «¡bien sabe ese Padre vuestro qué necesitáis!», y Él proveerá. Creedme que sólo así nos conduciremos como señores de la Creación, y evitaremos la triste esclavitud en la que caen tantos, porque olvidan su condición de hijos de Dios, afanados por un mañana o por un después que quizá ni siquiera verán» (Amigos de Dios.-116).

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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16 junio 2011 4 16 /06 /junio /2011 20:17

Meditación: Viernes XI Semana Tiempo Ordinario. Ciclo A. 17 de junio 2011. Año impar

«No amontonéis tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre corroen y donde los ladrones socavan y los roban. Amontonad en cambio tesoros en el Cielo, donde ni polilla ni herrumbre corroen, y donde los ladrones no socavan ni roban. Porque donde está tu tesoro allí estará tu corazón. La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo es sencillo, todo tu cuerpo estará iluminado. Pero si tu ojo es malicioso, todo tu cuerpo estará en tinieblas. Y si la luz que hay en ti es tinieblas, cuán grande será la oscuridad» (Mateo 6, 19-23) 

1º. Jesús, ¿dónde tengo mi corazón?

¿Cuál es mi verdadero tesoro, el motor de mis acciones? «No amontonéis tesoros en la tierra».

No vale la pena buscar la felicidad a base de amontonar éxitos o placeres terrenos.

Lo de aquí abajo pasa, y pasa rápido; y está sujeto a todo tipo de cambios y de reveses.

«Amontonad en cambio tesoros en el Cielo.»

¿Cómo puedo hacer esto si estoy todavía en la tierra?

Muy fácil: ofreciéndotelo todo cada día.

Ofreciéndote mis horas de trabajo y de descanso, mis ilusiones humanas, mis amores, mis sufrimientos, mis fracasos y mis éxitos.

Si te ofrezco mi día por la mañana, y a lo largo de la jornada, además, intentaré hacerlo todo lo mejor posible, porque no te voy a ofrecer una chapuza.

Esta es la manera práctica de ir amontonando tesoros en el Cielo, y también es la forma de que Tú vayas siendo mi tesoro, y por tanto el punto de mira de mi corazón, «porque donde está tu tesoro allí estará tu corazón.»

 

2º. «Los defectos que ves en los demás quizá son los tuyos. «Si oculus tuus fuerit simplex...» -Si tu ojo fuere sencillo, todo tu cuerpo estará iluminado; mas si tienes malicioso tu ojo, todo tu cuerpo estará oscurecido.

Y más aún: «¿ cómo te pones a mirar la mota en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que está dentro del tuyo?».

Examínate» (Surco.-328)

Jesús, la persona optimista, ve la media botella llena, mientras que la pesimista ve la media botella vacía.

Igualmente, el humilde sabe descubrir lo positivo de los demás, mientras que el soberbio sólo encuentra defectos.

Mi percepción de la realidad depende de cómo soy, de con qué ojos la miro.

A veces, los defectos que veo en los demás no son más que el espejo de mis propios defectos: mi soberbia, mi envidia, mi sensualidad, mi pereza.

¡Cuántas cosas buenas y malas pueden entrar por los ojos!

Por los ojos nos entra el buen ejemplo de los demás, sus muestras de cariño, sus necesidades, sus alegrías y sufrimientos.

No puedo tener los ojos cerrados, o que sólo sepan mirar mi ombligo: mis preocupaciones e intereses.

Pero también por los ojos nos entran los malos ejemplos, la violencia, la pornografía, y el materialismo.

Por eso no puedo tener los ojos abiertos a «lo que caiga», sino que he de guardar la vista, para que lo que entre por los ojos sea limpio, pues si ensucio mis ojos, todo mi cuerpo estará en tinieblas.

Jesús, hay una lámpara especial que, junto con las imágenes, ilumina mi mundo interior, mi modo de ver las cosas: la inteligencia.

A través de la formación que reciba, interpretaré todo de una manera o de otra.

Por eso es tan importante que cuide mi formación espiritual a través de la lectura, de charlas de formación o de la dirección espiritual.

Esa formación será como una luz que alumbre mi camino y me ayude a decidir en cada momento lo que debo y no debo hacer; y también me llevará a pedir consejo ante lo que no sepa.

Si descuido mi formación, o dejo que se llene de formas propias de la cultura materialista y pagana que me rodea, estaré oscureciendo la luz de mi inteligencia, «y si la luz que hay en ti es tinieblas, cuán grande será la oscuridad.»

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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15 junio 2011 3 15 /06 /junio /2011 22:21

Meditación: Jueves XI Semana Tiempo Ordinario. Ciclo C. 16 de junio. Año impar

«Y al orar no empleéis muchas palabras como los gentiles, que se figuran que por su locuacidad van a ser escuchados. No seáis, pues, como ellos; porque bien sabe vuestro Padre de qué tenéis necesidad antes de que se lo pidáis. Vosotros, pues, orad así: Padre nuestro, que estás en los Cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo. El pan nuestro de cada día dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Pues si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre Celestial. Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestros pecados.» (Mateo 6, 7-15)

 

1º. Jesús, hoy me enseñas uno de los grandes secretos de la vida interior: me enseñas a rezar, a dirigirme a Dios como lo que soy: su hijo.

No puedo ser buen cristiano si no hago oración, como no puedo ser buen hijo si no hablo nunca con mis padres.

Con la oración del Padrenuestro, implícitamente me recuerdas que debo rezar cada día -no sólo cada domingo-, pues dice: «El pan nuestro de cada día dánosle hoy»

Rezar no consiste en decir muchas cosas refinadas: «al orar no empleéis muchas palabras.»

Tú ya sabes lo que necesito antes de que te lo pida.

Entonces, ¿para qué pedirte cosas?

Para ser más humilde, para darme cuenta de que todo lo que tengo es prestado, que te lo debo a Ti.

Además, al pedirte lo que necesito con fe y humildad, te «fuerzo» a que me lo concedas, como un hijo pequeño cuando le pide algo a su padre.

Jesús, Tú eres el Hijo de Dios.

Tú sabes cómo rezar, cómo dirigirte a tu Padre.

A mi me cuesta más, y por eso muchas veces me dirijo a Ti para pedirte lo que necesito.

Presenta mis necesidades, mis alegrías, mis ganas de mejorar a tu Padre.

También sé que le gusta que le pida cosas a través de la Virgen María: hija, madre y esposa de Dios, y madre mía.

Madre, ¡enséñame a rezar!

2º. «Notad lo sorprendente de la respuesta: los discípulos conviven con Jesucristo y, en medio de sus charlas, el Señor les indica cómo han de rezar; les revela el gran secreto de la misericordia divina: que somos hijos de Dios, y que podemos entretenernos confiadamente con Él, como un hijo charla con su padre.

Cuando veo cómo algunos plantean la vida de piedad, el trato de un cristiano con su Señor, y me presentan esa imagen desagradable, teórica, formularia, plagada de cantinelas sin alma, que más favorecen el anonimato que la conversación personal, de tú a Tú, con Nuestro Padre Dios -la auténtica oración vocal jamás supone anonimato-, me acuerdo de aquel consejo del Señor: «en la oración no afectéis hablar mucho, como hacen los gentiles» (...)

De todos modos, si al iniciar vuestra meditación no lográis concentrar vuestra atención para conversar con Dios, os encontráis secos y la cabeza parece que no es capaz de expresar ni una idea, o vuestros afectos permanecen insensibles, os aconsejo lo que yo he procurado practicar siempre en estas circunstancias: poneos en presencia de vuestro Padre, y manifestadle al menos: ¡Señor que no sé rezar que no se me ocurre nada para contarte!... Y estad seguros de que en ese mismo instante habéis comenzado a hacer oración» (Amigos de Dios.-145).

Jesús, si aprendo a rezar, también aprenderé a querer a los demás.

Y si aprendo a quererlos, también les sabré perdonar.

Entonces Tú me perdonarás mis fallos, «pues si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre Celestial».

 

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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14 junio 2011 2 14 /06 /junio /2011 23:30

Meditación: Miércoles XI Semana Tiempo ordinario: 15 de junio 2011.  Año impar

«Guardaos bien de hacer vuestra justicia delante de los hombres con el fin de que os vean; de otro modo no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los Cielos.

Por tanto, cuando des limosna no lo vayas pregonando, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, con el fin de ser alabados por los hombres. En verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, por el contrario, cuando des limosna, que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha, para que tu limosna quede en oculto; de este modo, tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará.

Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que son amigos de orar puestos de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para exhibirse delante de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, por el contrario, cuando te pongas a orar entra en tu aposento y, cerrada la puerta, ora a tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará.

Cuando ayunéis no os finjáis tristes como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres noten que ayunan. En verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lávate la cara, para que no adviertan los hombres que ayunas, sino tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará.» (Mateo 6, 1-6, 16-18)

 

1º. Jesús, hoy me recuerdas la importancia de hacer las cosas con rectitud de intención: por darte una alegría, porque así me lo pides, porque me necesitas, por lealtad.

¿De qué me sirve rezar y mortificarme mucho si, al final, lo estaba haciendo para que me aplaudiesen los hombres?

El que me tienes que aplaudir eres Tú; por eso, he de hacerlo todo por Ti.

Hay otra falta de rectitud de intención más sutil, pero igualmente desastrosa: hacer las cosas porque me llenan, porque tengo ganas, porque me satisfacen.

Aunque a veces me llene el rezar, asistir a ceremonias religiosas o medios de formación espiritual, no es ése el motivo que me ha de mover, sino el buscarte a Ti, el hacer tu voluntad.

Me vean o no me vean los demás, me llene especialmente o se me haga cuesta arriba, la oración, la mortificación y las buenas obras las tengo que hacer por amor a Ti, para amarte más.

Porque, entre otras cosas, no puedo esperar a amarte primero para empezar a vivir cristianamente, sino que he de empezar rezando, mortificándome y trabajando por Ti, para amarte cada vez mas.

2º. «Si no eres hombre de oración, no creo en la rectitud de tus intenciones cuando dices que trabajas por Cristo» (Camino.-109).

Jesús, aunque haga muchas cosas por los demás, trabaje mucho y bien, e incluso hable a los demás de Ti, de nada valdría si no hiciera oración.

En la oración te ofrezco todo lo que hago y te pregunto cada día qué es lo que esperas de mí.

Además, la oración es un buen momento para rectificar mi intención diciéndote: perdóname, Jesús, por todas las ocasiones en las que me he buscado a mí mismo, y ayúdame a hacerlo todo por Ti.

Jesús, Tú quieres que viva mi fe en comunión con los demás cristianos, especialmente en la Misa.

Pero además quieres que haga oración personal, a solas contigo, «cerrada la puerta».

«La participación en la sagrada liturgia no abarca toda la vida espiritual. En efecto, el cristiano llamado a orar en común, debe, no obstante, entrar también en su cuarto para orar al Padre en secreto; más aún, debe orar sin tregua, según señala el Apóstol» (S. C.-12).

Jesús, si hago cada día mi rato de oración, con ganas o sin ganas, a solas -cerrada la puerta-buscándote en lo oculto de mi corazón, Tú me recompensarás con una vida llena de paz y de alegría, aun en medio de las dificultades normales o extraordinarias que me pueda encontrar.

Y además me recompensarás con la vida eterna.

Un propósito: concretar mi rato de oración a una hora fija, y luchar por hacerla con puntualidad.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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14 junio 2011 2 14 /06 /junio /2011 01:54

Meditación: Martes XI Semana Tiempo Ordinario. Ciclo A. 14 de junio 2011.

«Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los Cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? ¿Acaso no hacen eso también los publicanos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿Acaso no hacen eso también los paganos? Sed, pues, vosotros perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto.» (Mateo 5, 43-48)

 

1º. Jesús, me mandas amar al prójimo como a mí mismo, y aún más: amar a los demás como Tú los amas.

Y Tú no amas sólo a los que te aman, sino que te preocupas de «buenos y malos,» y das tu vida por «justos y pecadores.»

Por eso, también yo he de querer a todos: a los que me caen mejor y a los que me caen peor; a aquellos con los que me lo paso bien, y a los que son un poco más pesados o cargantes.

Jesús, Tú amas así porque amas de verdad.

El verdadero amor no hace grupitos, no selecciona ni separa.

El que ama sólo a los que le aman, a los que le caen bien o a aquellos con los que se divierte o le hacen favores, no deja de ser un egoísta que -casi sin darse cuenta- está calculando siempre el beneficio personal entre lo que da y lo que recibe.

«Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis?»

También actúan así los paganos, los que no te conocen, Jesús.

Y Tú me has dicho que «en esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor entre vosotros»

Es decir, el modo propio y distintivo de comportarse del cristiano es el amor verdadero: no el «amor» egoísta, sino el que se sabe entregar por todos, el que no distingue entre amigos y enemigos.

«Este mismo deber se extiende a los que piensan y actúan diversamente de nosotros. La enseñanza de Cristo exige incluso el perdón de las ofensas. Extiende el mandamiento del amor que es el de la nueva ley a todos los enemigos. La liberación en el espíritu del Evangelio es incompatible con el odio al enemigo en cuanto persono, pero no con el odio al mal que hace en cuanto enemigo» (CEC.-1933).

 

2º. «Tienes obligación de santificarte. -Tú también. -¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos?

A todos, sin excepción, dijo el Señor: «Sed perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto» (Camino.-291).

Jesús, como soy hijo de Dios, me pides que me parezca a El: «Sed, pues, vosotros perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto.»

La meta de la santidad, de la perfección, no es una meta exclusiva de sacerdotes y religiosos.

Es el objetivo natural de todo cristiano, pues es el Bautismo el que me hace hijo de Dios.

Tú llamas a todos a la santidad, aunque a cada uno le pidas que la busque de una manera específica.

Jesús, ¿cómo puedo ser santo en mis circunstancias concretas?

¿He de dejar lo que estoy haciendo, he de cambiar de actividad, de lugar o de ambiente?

No necesariamente, aunque a lo mejor me lo pides como parte de una vocación específica.

Lo que sí he de cambiar es el orden de mis prioridades: he de ponerte en primer lugar, de modo que todo lo que haga lo haga por Ti, buscando hacer en cada momento tu voluntad.

Para ello necesitaré tenerte presente a lo largo del día, y dedicarte unos momentos concretos en los que pueda hablar contigo a solas y comentarte lo que he hecho o voy a hacer ese día.

El día de un cristiano que lucha por ser santo, se apoya espiritualmente en la Santa Misa.

Allí he de ofrecer mi trabajo, mis luchas, mis fallos, mis aspiraciones humanas, mis amores.

Todo lo que soy y lo que tengo -que no vale mucho- pasa a tener un valor infinito cuando lo ofrezco en la Misa, junto al Pan y al Vino: adquiere el valor redentor de tu sacrificio en el Calvario, pues la Misa es la renovación del sacrificio de la Cruz.

Además, durante la Misa te recibo sacramentalmente en la Comunión, y ese alimento me da fuerza para encarar el día con visión sobrenatural.

Si acudo diariamente a la oración y a la Misa, Tú me ayudarás a ser santo y a amar de verdad a todo el mundo.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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12 junio 2011 7 12 /06 /junio /2011 19:56

Meditación: Lunes de la semana 11 de tiempo ordinario; año impar

«Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo: No repliquéis al malvado; por el contrario, si alguien te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiera entrar en pleito contigo para quitarte la túnica, déjale también la capa. A quien te fuerce a andar una milla, ve con él dos. A quien te pida, dale y no rehuyas al que quiera de ti algo prestado.» (Mateo 5, 38-42)

1º. Jesús, tu doctrina es la doctrina de Dios.

Los hombres no hemos logrado superar tus palabras.

Tus consejos siguen siendo -después de veinte siglos- revolucionarios y nuevos.

Hoy me enseñas a saber perdonar, a excederse incluso con los que no me quieren, a dar sin esperar respuesta.

Me gustaría entender un poco más cómo perdonar al que me ha hecho daño, cómo reaccionar cristianamente sin caer en la ingenuidad.

La ley del Talión -«ojo por ojo y diente por diente»- ya había sido un gran avance: vengarse del mal que alguien ha hecho, pero proporcionalmente, sin «pasarse».

Sin embargo, Tú vas mucho más allá: «si alguien te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la otra.»

¿Cómo es posible actuar así?

¿Es razonable no contestar la agresión con la agresión?

Es lo más razonable, porque Dios, que es la Sabiduría, perdona siempre.

Jesús, Tú me has enseñado a responder al odio con amor, la burla con comprensión, la crítica con silencio, la violencia con paz.

Sabes perdonar hasta a los que te clavan en la cruz: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23,34).

Enséñame a amar a los demás como Tú les amas; ayúdame a disculpar siempre, a comprender siempre, a perdonar siempre.

«La oración cristiana llega hasta el perdón de los enemigos. Transfigura al discípulo configurándolo con su Maestro. El perdón es cumbre de lo oración cristiana; el don de la oración no puede recibirse más que en un corazón acorde con la compasión divina. Además, el perdón da testimonio de que, en nuestro mundo, el amor es más fuerte que el pecado. Los mártires de ayer y de hoy dan testimonio de Jesús. El perdón es la condición fundamental de la reconciliación de los hijos de Dios con su Padre y de los hombres entre sí» (CEC.-2844)

 

2º. «Has de conducirte cada día, al tratar a quienes te rodean, con mucha comprensión, con mucho cariño, junto -claro está- con toda la energía necesaria: sino, la comprensión y el cariño se convienen en complicidad y en egoísmo» (Surco.- 803).

Jesús, perdonar se hace muy difícil a veces.

Parece que la otra persona no se merece nada, después de haber hecho lo que ha hecho.

¿Y yo?

¿No me he comportado bastante mal contigo?

¿No he contribuido con mis pecados a que murieras en la cruz?

Yo sí que no merezco el amor que me tienes y, sin embargo, Tú me signes perdonando.

¿Cómo no voy a perdonar yo a los demás?

Ayúdame a vencer ese natural rechazo ante el agresor injusto o ante el compañero que me ha fallado en algo, para llegar a la reacción sobrenatural del perdón y de la comprensión.

Jesús, no hay que devolver mal por mal, «ojo por ojo.»

Me pides que siempre responda con comprensión, con cariño, con intención de ayudar. Pero esto no significa comportarme con blandenguería o ingenuidad.

La respuesta cristiana al error ajeno no es la aceptación -esa conducta sería cómplice y egoísta- sino la corrección.

Lo que no es cristiano es la venganza, ni el abuso de la fragilidad de los demás, ni el desprecio.

Jesús, a veces es muy difícil perdonar, pero otras aún lo es más corregir.

Corregir al que se equivoca es una de las «obras de misericordia», y es muestra de verdadero amor.

Cuando mi posición sea la de formar a otro -padre, directivo, profesor, jefe- a veces tendré que corregirle, con energía si hace falta; pero siempre con comprensión y sentido positivo, explicando el porqué de la corrección y ayudándole para que mejore.

Cuando no esté en una posición de autoridad, si tengo amistad con la persona que está en el error, es de justicia comentarle mi opinión con intención de ayudarle, o bien buscar a la persona adecuada para que le haga ver el error con más delicadeza y eficacia.

Ayúdame, Jesús, a corregir y a perdonar como Tú lo harías.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Tiempo ordinario. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

 

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