Es un Blog de orientación Cristiano/Católico, dirigido a personas de 16 a años en adelante, en el que se publican diariamente las Lecturas del Día, de acuerdo al Calendario Litúrgico Católico, la Lectio Divina, el Santoral del Día, la Liturgia de las Horas (Laudes, Vísperas y Completas, y otros artículos de orientación espiritual y moral.
Evangelio XVIII Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo C. 4 de agosto, 2013.
Santo del Día:. El Santo Cura de Ars
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 12, 13-21
Gloria a ti Señor
Uno de la multitud le dijo: «Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia».
Jesús le respondió: «Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?» Después les dijo: «Cuídense de toda avaricia, porque aun en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas».
Les dijo entonces una parábola: «Había un hombre rico, cuyas tierras habían producido mucho, y se preguntaba a sí mismo: "¿Qué voy a hacer? No tengo dónde guardar mi cosecha". Después pensó: "Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida".
Pero Dios le dijo: "Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?"
Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios».
Palabra del Señor.
Comentario:
La escena que nos presenta hoy el Evangelio ha venido a ser un ejemplo típico de quienes tratan de manipular los valores de la fe en provecho material de uno mismo. Este hombre defraudado acude al Señor para que convenza a su hermano de hacerle partícipe en la herencia paterna. El Señor, sin embargo, se niega rotundamente a dirimir la cuestión, prescindiendo incluso de decir si era o no justa la petición de aquel hombre. No quiere ser árbitro ni juez entre quienes se pelean por una cuestión económica, tan frecuente, por desgracia, en la vida de entonces y en la de ahora. En la de siempre podemos decir, ya que siempre el hombre tiene en su ser una fuerte inclinación a defender los propios intereses, a incrementarlos, a costa, en ocasiones, de lesionar los intereses de los demás.
Jesús tuvo que luchar con los hombres de su tiempo, aquellos que querían sacar partido de sus poderes y su autoridad de Mesías. Pensaban que había llegado el momento de vengarse de los dominadores romanos, el tiempo tan esperado y deseado de iniciar la época dorada del Reino mesiánico que devolviera, con creces, el esplendor de los tiempos de David y de Salomón. Pero Jesús se resiste con energía, huye de las multitudes enardecidas que quieren proclamarlo rey en Jerusalén. Cuando llegue el momento se dejará aclamar, pero no por los poderosos sino por los niños y por la gente humilde. Por otra parte estaba cerca el momento de su Pasión, cuando por fin se pondrá de relieve, ante el estupor de muchos, la verdadera naturaleza de ese su Reino que no es de este mundo.
Esa actitud que nos puede parecer anacrónica en nuestros días, es sin embargo posible, y en ciertos sectores una realidad actual. Se trata de aquellos que se empeñan en crear una Iglesia nueva que se comprometa en el campo temporal y político, que no permanezca al margen de la lucha por la justicia en el campo de las opciones de partido. Son también los que mezclan al sacerdote, o al propio sacerdocio, con banderías temporalistas que, por muy nobles que sean, están fuera de la misión específica de la Iglesia. O quienes acuden al cura para que les solucione un problema de tipo material, quienes todavía no se han enterado de lo que es un sacerdote y creen que un eclesiástico lo tiene que solucionar todo.
La codicia y la ambición ciegan al hombre, destruye en él los valores del espíritu, le llevan a sacrificar en aras del dinero y el poder cuanto sea preciso. El Señor nos pone sobre aviso a todos, pues todos podemos ser víctima, de uno u otro modo, de ese afán de poseer y de mandar. Lo importante, por lo tanto, no es amasar riquezas y honores, sino ser rico a los ojos de Dios. Sólo así podremos vivir serenos y tranquilos, sin temer ni a la muerte ni a la vida.
Fuente Lecturas: Leccionario II
http://www.betania.es (Comentario Por Antonio García-Moreno)