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Es un Blog de orientación Cristiano/Católico, dirigido a personas de 16 a años en adelante, en el que se publican diariamente las Lecturas del Día, de acuerdo al Calendario Litúrgico Católico, la Lectio Divina, el Santoral del Día, la Liturgia de las Horas (Laudes, Vísperas y Completas, y otros artículos de orientación espiritual y moral.

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Meditación: Sábado Infraoctava de Navidad. Ciclo C. 29 de diciembre, 2012.

Meditación: Sábado Infraoctava de Navidad. Ciclo C. 29 de diciembre, 2012.

Quien ama a su hermano permanece en la luz. Simeón proclama a Jesús como la Luz, el Templo vivo de Dios

“Cuando se cumplieron los días de la purificación según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.
Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y en él estaba el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al Niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre Él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel».
Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones»
(Lucas 2,22-35).

1. -“Cumplido el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús llevaron al niño a Jerusalén, para presentarlo al Señor”. La presentación del hijo primogénito se debía a la ofrenda debida del primer hijo a Dios, que con el tiempo se había sustituido con un rescate pues del templo se ocupaban los de la tribu de Leví. Así se hace el sacrificio, entendido como sacri-facere, es decir “hacer sagrado”, dedicar a Dios, a los 40 días del nacimiento; y así hizo la Sagrada Familia. Lucas también se refiere a la purificación de la madre, a los 40 días de haber nacido el niño: se hacía una ofrenda y el rezo de unas oraciones.

-“Iban para presentar la ofrenda de un par de tórtolas, o dos palominos como está ordenado en la ley del Señor”. Era la ofrenda de los pobres. María no pudo ofrecer nada más valioso.

-“Simeón, hombre justo y religioso, esperaba la "consolación de Israel". El Espíritu le había revelado que no había de morir antes de ver el Mesías. Inspirado por el Espíritu Simeón vino al Templo”. Se deja guiar. Dios le conduce, como de la mano, hacia el Templo. Señor, quisiera cerrar mis ojos, y tomar tu mano, como el niño que juega a dejarse conducir por su padre.

Festejamos hoy a Jesús como luz del mundo, y al santo Rey David, pues en la profecía de Simeón, se eclipsan las viejas profecías para dejar paso a la nueva: el que David había anunciado, ¡ha entrado por fin en el Templo, Él es el Templo! Ahí le ponen el nombre de Jesús (“Dios que salva”), al someterse a la ley de la circuncisión ésta queda superada, ante “Dios que salva” Simeón proclama: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos».

Es la visión del Salvador, que se fomenta con su invocación: de aquí la importancia de decir el nombre dulce de Jesús: “Iesu, Iesu, esto mihi semper Iesu!” (Jesús, Jesús, sé para mí siempre Jesús), decía San Josemaría Escrivá, y añadía: “pierde el miedo a llamar al Señor por su nombre –Jesús- y a decirle que le quieres”. También nosotros queremos enraizarnos en el dulce nombre de Jesús, nuestro Templo. Quien pierde las raíces lo pierde todo, así pasa con las raíces históricas de un pueblo, y mucho más con el vínculo con nuestros padres, y así como buenos hijos queremos mantenernos en Cristo unidos a nuestro Padre Dios.

-“Bendijo a Dios”. A lo largo del día, los judíos tenían la costumbre de pronunciar varias bendiciones. Los más piadosos, diestros en este hábito ritual, debían sin cesar elevar hacia Dios breves plegarias: "Bendito seas, Señor". ¿Tengo yo también esta costumbre?

-“Y dijo a María, su madre: "Este Niño está destinado para ruina y para resurrección de muchos en Israel; y para ser el blanco de las contradicciones. Una espada traspasará tu corazón, para que se descubran los pensamientos secretos en los corazones de muchos..." El anciano y santo Simeón tiene el honor de reconocer a Jesús como el Mesías prometido, el que va a traer "la consolación de Israel". Su cántico sigue la idea del “Benedictus” de Zacarías: la luz que luce en las tinieblas. El "signo de contradicción" se refiere a que los sencillos ven, los presuntuosos están ciegos. La expresión "y una espada atravesará tu propia alma" indica la participación que María tendrá en la pasión de su Hijo, como indica el relato de Juan (19,25) con María al pie de la cruz, donde Jesús aparece como Rey, de un modo nuevo. La salvación, será fruto del sufrimiento. Y María participa en el. ¿Cómo participo en ese mismo misterio de la redención por la cruz?

-“Mis ojos han visto a su Salvador: luz para alumbrar las naciones paganas y gloria de su pueblo Israel”. Salvación universal que desborda las fronteras del pueblo elegido (Noel Quesson).

En la tradición bizantina se llama precisamente «Encuentro» a esta fiesta. Simeón, movido por el Espíritu, reconoce en el hijo de esta sencilla familia al enviado de Dios, y prorrumpe en el breve y entusiasta cántico del «Nunc dimittis»: «ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz», que nosotros decimos cada noche en la oración de Completas que concluye la vivencia de la Jornada. En su boca es como el punto final del Antiguo Testamento Describe en unos trazos muy densos al Mesías: «mis ojos han visto a tu Salvador», que es «luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel». Cristo, gloria del pueblo de Israel y luz para los demás pueblos. Pero a la vez esa luz va a ser «crisis», juicio, signo de contradicción. Todos tendrán que tomar partido ante él, no podrán quedar indiferentes. Por eso Simeón anuncia a la joven madre María una misión difícil, porque tendrá que participar en el destino de su Hijo: «será como una bandera discutida... y a ti una espada te traspasará el alma». La presencia de María en este momento, al inicio de la vida de Jesús, se corresponde con la escena final, con María al pie de la Cruz donde muere su Hijo (J. Aldazábal). Presencia y cercanía de la madre a la misión salvadora de Cristo Jesús, que se da por entero: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que todos tengan vida eterna» (entrada).

Rezaremos en la oración: «Tú has disipado las tinieblas del mundo con la venida de Cristo, la luz verdadera», pues «por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto» (comunión). A veces pasamos por la vida pensando que hay algo más, algo a lo que agarrarnos para no estar solos, que algo no iba hasta que no encontramos ese amor esperado. Y, cuando lo encontramos, recuperamos el gusto por las cosas, somos capaces de renuncias por conservar ese amor, estamos contentos en el sacrificio porque hay un motivo por el que luchar. Así estaba Simeón anhelante y esperanzado, y descansó al encontrar a Jesús. Así también nosotros, en quienes el Espíritu quiere habitar, queremos recibir a Jesús en nuestro interior. Como pedimos en la oración colecta de hoy: “Dios todopoderoso e invisible, que ahuyentaste las tinieblas del mundo con la llegada de tu luz, míranos con rostro benigno, para que celebremos con dignas alabanzas la grandeza del Nacimiento de tu Hijo”. Las tinieblas son el aislamiento de los demás, la soledad existencial, no sabernos unidos como hermanos porque somos hijos de Dios.

San Josemaría Escrivá, en el cuarto misterio de gozo de su libro Santo Rosario, nos invita a involucrarnos en la escena: «Esta vez serás tú, amigo mío, quien lleve la jaula de las tórtolas. —¿Te fijas? Ella —¡la Inmaculada!— se somete a la Ley como si estuviera inmunda. ¿Aprenderás con este ejemplo, niño tonto, a cumplir, a pesar de todos los sacrificios personales, la Santa Ley de Dios?

»¡Purificarse! ¡Tú y yo sí que necesitamos purificación! —Expiar, y, por encima de la expiación, el Amor. —Un amor que sea cauterio, que abrase la roña de nuestra alma, y fuego, que encienda con llamas divinas la miseria de nuestro corazón».

2. Y es lo que revela el mandamiento que nos da el Señor, “lo que es verdadero en Él mismo y en vosotros –dice el Apóstol San Juan en la primera lectura-, porque las tinieblas ya pasaron y la verdadera luz ya luce”. La “luz para ser revelada a los gentiles y para gloria de tu pueblo” es la filiación divina y la consiguiente fraternidad, que el Señor nos consigue –como decimos al Señor en la oración sobre las ofrendas- “este glorioso intercambio: que al ofrecerte lo que nos diste, merezcamos recibirte a Ti mismo”. Esta es la misericordia que manifiesta las entrañas divinas. Se manifiesta en el amor, con nos dice san Juan:

-“QueridosEn esto sabemos que conocemos a Jesucristo: en que guardamos sus mandamientos”. El conocimiento de Jesucristo no es un conocimiento intelectual reservado a sabios teóricos, sino que es un conocimiento experimental, vital. El que "guarda" los mandamientos, el que «hace» la voluntad de Dios... ese tal «conoce» a Dios. ¿Corresponde mi vida a Dios?

-“Quien guarda fielmente su Palabra, ciertamente en él el amor de Dios ha llegado a su plenitud”. Dame, Señor, el amor de tu Palabra. Haz que la medite, que practique tu Palabra. Que todos los actos de mi vida cotidiana sean como una aplicación de tu Palabra: amar, servir, trabajar para guardar tu Palabra. Por tu amor.

-“En esto conocemos que estamos en El. Quien dice que permanece en El debe vivir como vivió El y seguir el camino que Jesús ha seguido”. Me ayudará pensar: ¿cómo reaccionaría si estuviera Jesús en mi lugar junto a las personas con las que vivo? Portarme como Tú, Jesús. Quiero que habiten en mí tu dulzura, tu pureza, tu oración... como una encarnación prolongada.

-“Lo que os escribo no es un mandamiento nuevo... y sin embargo es «nuevo» en Jesús y en vosotros. Quien declara estar en la luz, mientras odia a su hermano no ha salido de las tinieblas”. El que ama a su hermano permanece en la luz. Todo se aclara cuando nos situamos y vivimos en el verdadero amor. Dios se descubre cercano, a los corazones abiertos al amor, al perdón, a la participación; pero es inaccesible a los corazones cerrados en si mismos. Te pido, Señor, ¡enséñame a amar! (Noel Quesson).

3. A Dios dirigimos el canto nuevo que brota de la presencia del Espíritu Santo en nosotros: “Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor, toda la tierra; cantad al Señor, bendecid su nombre”. Él canta desde nosotros, pues nosotros hemos sido unidos a Él como hijos por vivir en comunión con Cristo Jesús, su Hijo, por eso estamos contentos: “Proclamad día tras día su victoria. Contad a los pueblos su gloria, sus maravillas a todas las naciones. El Señor ha hecho el cielo; honor y majestad lo preceden, fuerza y esplendor están en su templo”.

Llucià Pou Sabaté

Fuente: www.almudi.org

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