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Es un Blog de orientación Cristiano/Católico, dirigido a personas de 16 a años en adelante, en el que se publican diariamente las Lecturas del Día, de acuerdo al Calendario Litúrgico Católico, la Lectio Divina, el Santoral del Día, la Liturgia de las Horas (Laudes, Vísperas y Completas, y otros artículos de orientación espiritual y moral.

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Homilías XVII Domingo del Tiempo Ordinario. 29 de julio de 2012

Homilías  XVII Domingo del Tiempo Ordinario. 29 de julio de 2012

1.- GENTE QUE TIENE HAMBRE Y CAMINA A LA DERIVA

Por Antonio García-Moreno

1.- DESDE LA PRISIÓN.- La liturgia de la misa dominical sigue con la lectura de la carta de San Pablo a los efesios que, junto a la que envió a los Filipenses, a los Colosenses y a Filemón, constituye el grupo de las llamadas cartas de la cautividad. Todas ellas están escritas desde la prisión. La valentía del Apóstol en predicar el mensaje de Cristo le ha llevado a esta situación humillante y penosa. Pero Pablo no ceja en su empeño y, aunque sea entre cadenas, sigue predicando a Cristo y animando a los cristianos para que vivan como tales.

Ahora les dice que sean siempre humildes y amables, comprensivos, que se afanen por sobrellevarse los unos a los otros con amor... Sus palabras, no lo olvidemos, se dirigen también a cada uno de nosotros, esperando una respuesta a esa exigencia que nos pone por delante. Si somos cristianos, y lo somos, vamos a luchar por vivir conforme a la vocación que hemos recibido. Sobre todo en esos puntos que San Pablo señalaba: en la sencillez y en la amabilidad, en la comprensión, en el amor mutuo.

En medio de su prisión, San Pablo vibra apostólicamente. Sus palabras se desgranan pletóricas de entusiasmo, llenas de fe, pujantes y optimistas. Si no lo indicara, se pudiera pensar que escribe en circunstancias distintas, más halagüeñas, más placenteras. La razón de todo ese vigor y empuje está en su fe profunda en Dios. Está convencido del poder divino, de su amor infinito, de su grandeza indescriptible, con un optimismo desbordante, con un gozo sin fin. Por eso, una vez más, sus palabras se convierten en un canto de gloria, una doxología que sale a borbotones de su alma gozosa, de su espíritu desbordado por la gracia divina. Es estado de ánimo le hace exclamar: Bendito sea Dios por los siglos de los siglos. Amén.

2.- HAMBRE DE DIOS.- Las muchedumbres siguen a Jesús, cuyas palabras penetran en los corazones como bálsamo que cura heridas e infunde esperanza. Luces nuevas se encendieron en el mundo desde que Cristo llegó, ilusiones juveniles anidaron en el corazón del hombre, afanes por alcanzar altas metas de perfección y de santidad. Hoy también la gente marcha detrás de Jesucristo cuando percibe, o intuye, su presencia entrañable. El espectáculo de las multitudes en seguimiento del Papa es una prueba de ello.

Dice el texto que Jesús subió a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Es uno de esos momentos de intimidad del Maestro con los suyos. Momentos de trato personal y directo que hemos de revivir cuantos queremos seguir de cerca a Jesús. Son instantes para renovar la amistad con Dios, el deseo de servirle con alma vida y corazón. Acudamos, pues, al silencio de la oración para oír la voz de Jesús, presente en el Sagrario, para decirle cuán poco le amamos y cuánto quisiéramos amarle.

Aquellos que van detrás de Jesús en este pasaje, son gente que tiene hambre y camina a la deriva. Hambre de comprensión y de cariño, hambre de verdad y de recta doctrina, hambre de Dios en definitiva. El Señor satisfizo el hambre de aquella multitud multiplicando unos panes y unos peces. Aquel suceso vino a ser un símbolo de ese otro Pan que el Señor nos entrega, el Pan que da la Vida eterna. Jesús vuelve cada día a multiplicar su presencia bienhechora en la celebración Eucarística. Una y otra vez reparte a las multitudes hambrientas el alimento de su Cuerpo sacramentado. Sólo es preciso caminar detrás de Jesús, acudir a su invitación para que participemos, limpia el alma de pecado, en el banquete sagrado de la Eucaristía.


2.- SOBRE LA NECESIDAD DE COMPARTIR EL PAN FÍSICO Y EL PAN DE VIDA

Por Gabriel González del Estal

1.- Comenzamos hablando del pan físico, porque de esto es de lo que nos hablan directamente dos de las tres lecturas de este domingo. Es el pan que sacia el hambre de nuestros cuerpos, algo totalmente necesario para poder vivir en este mundo. En la primera lectura vemos cómo el profeta Eliseo reparte el pan de las primicias que le habían entregado entre las personas que tenía a su alrededor. Él sabía que no era pan suficiente para saciar el hambre de todos, pero confiaba en la misericordia y el poder del Señor, que así se lo había prometido. El profeta Eliseo hizo lo que tenía que hacer, compartir su pan con los hambrientos, y Dios hizo lo demás. También en el evangelio nos cuenta San Juan que Jesús hizo lo mismo con los cinco panes y los dos peces que tenía el muchacho que se había atrevido a seguirle hasta la montaña. Como vemos, en los dos casos se trata de una acción de Dios que multiplica milagrosamente el pan que unas personas habían puesto, previa y generosamente, a disposición de los demás. Primero fue la generosidad humana, después fue la bendición multiplicadora de Dios. En estos dos casos se ve muy claro que sin la generosidad humana no se hubiera podido realizar la acción divina y muchas personas hubieran quedado hambrientas y desoladas. Yo creo que esto debería hacernos meditar a todos profundamente. En el mundo hay muchas personas que se mueren de hambre y de sed. No podemos acusar a Dios de la injusticia de este mundo nuestro, en el que hay tantas personas que se mueren de hambre. Los que saben de estas cosas nos dicen que los frutos de la tierra y del trabajo del hombre son suficientes para saciar el hambre de todas las personas que vivimos en este planeta. Lo que pasa es que los que tienen, o tenemos, no queremos compartir lo que tenemos con los que no tienen. El problema del mundo no está en lo poco, o mucho, o nada, que tenemos, sino en la injusticia con la que hemos establecido el reparto de lo que la tierra nos da. Dios no puede multiplicar lo que nosotros no compartimos. No imitamos ni al profeta Eliseo, ni al muchacho del evangelio. Y después nos quejamos de Dios, y decimos que ha hecho un mundo en el que, mientras unos viven sobrada y opíparamente, otros se mueren de escasez y de hambre. Dios ha hecho un mundo, una tierra, en la que, compartiendo lo que la tierra nos da, todos podríamos vivir suficientemente bien, pero hemos sido nosotros los que, con este reparto tan injusto y desigual que hemos establecido, unos no tienen nada y otros demasiado.

2.- También debemos hablar de la necesidad de compartir el pan de vida. Durante los dos próximos domingos San Juan nos va a hablar del pan de vida. El pan de vida es Cristo, un pan que nos lleva hasta la vida eterna. Lo que yo quiero decir hoy es que los cristianos tenemos la obligación de compartir también el pan de vida. Esta es la misión que Dios nos ha encomendado a todos nosotros, pues a todos nosotros nos ha mandado Dios a este mundo para predicar el evangelio de Jesús de Nazaret. Un cristiano que no se preocupe de predicar el evangelio, es decir, de predicar su fe en Cristo, no vive como cristiano. No necesitamos ir a países lejanos para hacer esto; el evangelio se predica sobre todo con la vida y es allí donde habitualmente vivimos donde primero tenemos la obligación de dar testimonio de nuestra fe. Sí, predicar el evangelio con la vida, tratando de vivir siempre al estilo de Jesús, con mansedumbre, con fortaleza, con amor, perdonando, comprendiendo, ayudando a los que nos ven, para que puedan descubrir en nosotros el verdadero rostro de Dios. No tenemos la fe sólo para nosotros, para salvarnos nosotros solitos, sino para compartirla con los demás, para celebrarla juntos. Dios es comunidad y quiere que los cristianos vivamos comunitariamente la fe en su Hijo.


3.- OLOR A PAN RECIÉN HECHO

Por José María Maruri, S. J.

1.- Nada hay como el olor a pan recién hecho, cocido en horno de piedra y con leña. El pan aparece en la Escritura ya en los comienzos, cuando Dios creador le dice al hombre: “comerás el pan con el sudor de tu frente” donde el castigo no es el trabajo, sino el sudor, el cansancio, porque recordareis que el Señor había puesto al hombree en el jardín para que lo cuidase y cultivase.

La dignidad del pan no le viene de ser pan, sino del hombre que dignamente trabaja para conseguir el pan a los suyos.

Con respeto y cariño guardo en mi corazón la imagen de mi padre, recorriendo Madrid andando de tienda de comestibles en tienda de comestibles ofreciendo artículos de sus representados los Mina, los Marraco, Marqués de Misa, trabajando con alegría e ilusión porque sabía que en su trabajo iba nuestra vida pobre y sencilla pero arropada por él y por los milagros económicos de nuestra madre. Bendito y sabroso pan el que comíamos.

2.- ¿Estaba Jesús refrendando el subsidio del paro cuando se pone a repartir pan gratis a miles de hombres en paro? No lo creo, porque el subsidio del paro es un mal menor de un mal mayor que es una sociedad no fundada en que cada hombre tenga un trabajo digno del que vivan dignamente él y su familia, sino fundada en la teoría del fuelle, que cuando las empresas no necesitan trabajadores los expelen y cuando los necesitan los absorben donde el hombre no es fin sino puro medio.

Jesús os habéis fijado que no empieza a repartir el pan hasta que todos están sentados, no se empieza a servir la comida a los invitados hasta que todos están sentados a la mesa. Jesús invitó a su mesa a esos miles de hermanos suyos que no tenían que comer.

Cuando el demonio tienta a Jesús en el desierto, el Señor se niega a conseguir pan con un milagrito, porque la dignidad del pan no le viene de la facilidad de conseguirlo, sino del esfuerzo digno del hombre para cocerlo.

El pan, como la dignidad del hombre es algo sagrado, por eso el repartir el pan en la familia tenía algo de culto y liturgia.

Tío Pedro, hombretón vasco y recio, sentado en lugar preferente en la cocina, nos repartía a cada uno una gran rebanada de pan, que muy cristianamente compartían con nosotros los exiliados de Madrid, que por cierto de estos exiliados nunca se habla. Aquello era toda una liturgia.

Pan abundante, y sobre todo pan digno, dignificado por el hombre sacerdote de la creación.

3.- Con un pan así compra el Señor su palabra y el fin en ese mismo pan se nos quedará El como alimento y vida.

¿Por qué no se quedó el Señor o no comparó su palabra con algún alimento más noble? El cordero tan común en sus tiempos podría haber servido. Sólo que el cordero no es comida de cada día y el pan sí.

Con esto no nos está diciendo el Señor algo a los que nos hemos empeñado en no comer más que de domingo en domingo, que no le extraña nada que llegado el jueves estamos tan flacos y débiles que caigamos en toda colase de pecados. ¿Cómo vamos a estar sanos y fuertes espiritualmente comiendo una vez a la semana?

Estoy a tu puerta y llamo, si alguno me oye y abre, entraré y cenaré con el, no olvidemos esta diaria invitación del Señor a participar en su cena.

Fuente: www.betanial.es

 

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