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Es un Blog de orientación Cristiano/Católico, dirigido a personas de 16 a años en adelante, en el que se publican diariamente las Lecturas del Día, de acuerdo al Calendario Litúrgico Católico, la Lectio Divina, el Santoral del Día, la Liturgia de las Horas (Laudes, Vísperas y Completas, y otros artículos de orientación espiritual y moral.

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HOMILIAS; XVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, 5 DE AGOSTO DE 2012

homilias; XVIII Domingo del Tiempo Ordinario, 5 de agosto de 2012

1.- ¿ACUDIMOS A JESÚS?

Por José María Martín OSA

1.- Dios vela por nosotros. Los Judíos, en el desierto, a pesar de sus protestas e impaciencias, recibieron algo para comer: ellos recibieron el maná milagroso, ellos encontraron comida para esta vida terrenal gracias a la intervención del propio Dios. La Providencia esta siempre ahí, cuidándonos y proveyéndonos todas nuestras necesidades, principalmente nuestras más urgentes necesidades. Así como Jesús reveló a los judíos de su tiempo la acción de Dios en su vida cotidiana, en la misma manera, él nos enseña a reconocer, poco a poco, como el tiempo pasa, que su Padre esta incesantemente trabajando para prodigarnos su amor y su ayuda!.

2.- El alimento que nos da plenitud. Las cosas de este mundo, siempre nuevas, siempre más abundantes, nunca podrán ser suficientes para saciarnos. Nos entretienen pero no nos llenan. Su poder es tan transitorio como nuestra vida. ¿Existe algo que pueda darnos plenitud? Cuando Jesús dio de comer a los cinco mil hombres en el descampado y éstos quisieron hacerlo rey, Jesús les dijo: "Me buscáis no porque habéis visto signos sino porque os he dado de comer. Trabajad por el alimento que perdura". Necesitamos las cosas de cada día pero tenemos que encontrar la conexión que tienen con las cosas que pueden darnos paz y crear armonía en nuestra vida más profunda. Sólo Dios permanece para siempre. Alimentar el cuerpo es fácil pero llenar el alma, el espíritu…sólo Dios tiene poder para hacerlo. El trabajo de los hombres es comer y dar de comer a todos. El trabajo de Jesús es darnos de comer el pan de vida, en este aquí y ahora, para el mañana y para siempre.

3.- Dios encarnado. El discurso del pan de vida es una clara invitación a encarnar en nuestra vida personal y comunitaria a Jesús y su opción por la vida. ¿Quién es Jesús para nosotros? ¿Le buscamos porque queremos saciar nuestra hambre corporal o más bien para satisfacer nuestra sed de plenitud? ¿Trabajamos nosotros solamente por la comida perecedera, o más bien trabajamos nosotros además suficientemente por la comida que permanece para vida eterna? ¿Qué significa comer la carne de Jesús? El don de Dios se nos da a través de la carne, o sea, a través de lo humano. En Jesús, la Palabra eterna del Padre asumió lo humano con toda su realidad. Jesús, con su vida y su palabra nos mostró cómo es Dios encarnado: compasivo, misericordioso, fiel, capaz de servir y dar la vida por amor. Ese es el pan vivo bajado del cielo, es decir, ese es el verdadero culto a Dios: asumir la vida tal como la asumió Jesús. Comer la carne y beber la sangre de Jesús significan vivir como Él, en entrega, servicio, dedicación y dispuestos a dar la vida por su causa. Ahí está la vida eterna. Celebrar la Eucaristía no es tanto un acto piedad individual; mi Dios y yo, en íntima estrechez (a veces egoísta estrechez). Si convertimos la Eucaristía en un acto individualista e intimista, por más santidad y adoración que se le ponga, no deja de ser un culto vacío, que no conduce a la vida, “como el que comieron sus padres y murieron”. Que nuestras eucaristías sean realmente comulgar en todo nuestro ser con Cristo encarnado en el hoy de nuestra historia para tener vida eterna.


2.- EL PAN VIVO Y VERDADERO

Por Antonio García-Moreno

1.- EN EL CAMINO DEL DESIERTO.- Una vez más brota el descontento de aquellos fugitivos del desierto. A pesar de los prodigios de que fueron testigos, no acaban de creer en el poder de Yahvé. El Señor los había liberado de la terrible opresión de los egipcios, pero ellos seguían sin reconocer el amor divino, sin confiar en su infinita bondad. No consideraban que quien los había librado de lo peor, de lo más difícil, podría librarlos también de esas otras dificultades menos graves. No creían que si Dios había secado el Mar Rojo, podía también inundar el desierto. Les pasaba como a nosotros cuando desconfiamos de la misericordia y del poder divino, cuando nos amedrentamos con lo que tenemos por delante sin acordarnos de lo que dejamos atrás. Desconfiamos de quien tantas y tantas veces nos han dado muestra de su poder y compasión.

Acuciados por las premuras de aquellos momentos, añoran los tiempos de la esclavitud. Piensan que quizá hubiera sido mejor morir ante las ollas de los opresores, que deambular por el desierto con hambre. Y en lugar de pedir humildemente la ayuda divina, se vuelven contra sus enviados, murmuran y critican entre ellos contra quienes se pusieron al frente del pueblo por mandato de Dios. Nos habéis sacado, llegan a decir, para matar de hambre a toda la comunidad... En lugar de agradecer la liberación conseguida gracias a la intervención de Moisés y Aarón, se vuelven airados contra ellos y les acusan duramente. Ante esa actitud, Dios vuelve a mostrar su paciencia sin límites con aquellos nómadas rebeldes. Una vez más perdona su falta de fe, no les tiene en cuenta sus insolentes exigencias, ni su ingratitud pertinaz. Así, en lugar de castigar sus murmuraciones, les envía pan y carne fresca para que coman hasta saciarse. Moisés les explica que aquel maná era el pan del cielo en el desierto.

Mucho después el Señor les hará ver que el verdadero Pan del cielo es otro muy distinto. El maná saciaba el hambre del cuerpo, el Pan que Cristo da sacia el hambre del espíritu. Aquel maná mantenía la vida material y caduca, los que lo comían acababan muriendo. Por el contrario, el Pan vivo y verdadero transmite y mantiene una vida tan distinta, que ni la muerte podrá extinguir...

Todos somos caminantes del desierto, todos vivimos la aventura del éxodo, este largo itinerario que empieza en la cuna y termina en la tumba... Cuando el hambre nos acucie, acudamos a Cristo y él nos dará el Pan de vida que fortalece y vivifica para siempre.

2.- BUSCAR LO QUE VALE.- Jesús conoce a fondo lo que se esconde en el interior del hombre. Sabe cuándo uno le busca con rectitud de intención, y cuándo se mueve por motivos menos rectos. Por eso, a quienes lo buscan después del milagro de la multiplicación de los panes y los peces, les acusa de que van detrás de él para beneficiarse otra vez de su poder divino.

Es una acusación que sigue en pie para quienes se sirven de la Iglesia, en lugar de servirla. Esos que hacen gala de religiosidad, para sacar algún provecho personal, para medrar en cualquiera de las mil facetas de la vida. Es una actitud egoísta, casi sacrílega podíamos decir, pues pretende hacer un negocio de lo que es sagrado. Es esta una cuestión muy delicada con la que no podemos jugar. Recordemos que, según San Pablo, de Dios nadie se ríe.

De todas formas, Jesús entra en diálogo con aquellos que le buscan por intereses bastardos, trata de hacerles comprender lo poco noble de su actitud, intenta abrirles el entendimiento y el corazón a valores más altos y duraderos. También a nosotros, con paciencia de años, quiere Dios iluminarnos para que busquemos lo que realmente vale, nos fortalece para que superemos nuestra propia debilidad y alcancemos el supremo bien que satisfaga todos nuestros anhelos y deseos.

La gente, a pesar de su torpeza, pide ese Pan que baja del cielo y que da la vida al mundo. "Señor --dicen--, danos siempre de ese pan". Es una exclamación sencilla, una jaculatoria fácil de aprender para que la repitamos en nuestro interior, suplicando al Señor con humildad y confianza que nos conceda satisfacer esa hambre y esa sed que a veces nos acucian, esos deseos indefinidos que sólo Dios puede calmar.


 

3.- “DANOS SIEMPRE DE ESTE PAN”

Por Pedro Juan Díaz

1.- Después de la multiplicación de los panes, la gente busca a Jesús. Les ha dado de comer, pero además, han descubierto algo en Él que les atrae. Finalmente, le encuentran y comienzan a hablar con Él. Quieren que les explique eso del “Pan de Vida”. Jesús les dice que es bueno pedir “el pan de cada día”, pero que las personas necesitan algo más para vivir, algo más profundo. Y les dice: “Trabajad por el alimento que perdura para la vida eterna”.

A nosotros, seguidores de Jesús, se nos pide que cuidemos ese “alimento”, que nos alimentemos de ese “pan” de vida eterna. Lo podemos hacer de muchas maneras, pero hay dos espacios que son importantes. El primero es alimentarnos del “pan” de la Palabra de Dios: leer el evangelio cada día, reflexionarlo, dejar que nos toque el corazón y la vida, e intentar vivirlo a lo largo del día. El otro momento es alimentarnos del “pan” de la Eucaristía, que no es ni más ni menos que comulgar con Jesús. Y eso implica entrar en una comunión profunda con Él, aprender a vivir un estilo de vida que nace de una relación viva y profunda con Jesús, como seguidores suyos. La finalidad de esta comunión es pensar, sentir, amar, trabajar, sufrir y vivir como Jesús.

2.- Pero hay un previo, necesario a todo esto, y que es la “obra” que Jesús nos pide trabajar: “la obra que Dios quiere es esta: que creáis en el que Él ha enviado”. Para recibir el “pan” de la Vida, primero es necesario creer en Jesús como el enviado de Dios al mundo. Y desde ahí entender que Él nos dice: “el que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed”. La fe en Jesús nos hace optar por un estilo de vida y unos valores muy concretos y, al mismo tiempo, nos hace renunciar a maneras de vivir distintas a la que Jesús nos propone, a actitudes contrarias al evangelio. La fe en Jesús nos pide y nos exige un testimonio de vida, un testimonio que esté a la altura del mundo en el que vivimos y de las necesidades que hay en él.

3.- El pueblo de Israel, en la primera lectura, se rebela contra Dios: “Nos has sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta comunidad”. Es la sensación que mucha gente tiene hoy. Es el recurso fácil de echarle la culpa a Dios de lo que pasa en el mundo, para que eso justifique nuestra pasividad y nuestra falta de compromiso con el mundo y sus necesidades. Aun así, la respuesta de Dios fue esta: “Yo haré llover pan del cielo”. Y así fue.

4.- San Pablo, en la segunda lectura, le dice a su comunidad: “No andéis como los gentiles, que andan en la vaciedad de sus criterios… Vosotros renovaos en la mente y en el espíritu… en justicia y santidad verdaderas”. Habrá que hacer lo posible para que ese “pan” siga “lloviendo” para tantas familias que lo necesitan. Pero también habrá que abrir el corazón para que el verdadero “PAN”, el de la Vida Eterna, entre en Él y nos transforme, para poder también nosotros transformar la realidad que tenemos a nuestro alrededor.

5.- De momento, aquí tenemos el pan de la Palabra y el de la Eucaristía. Ese también nos lo da Dios todos los días, como el maná que bajaba del cielo para el pueblo de Israel. Que sepamos aprovecharlo, que nos alimentemos de él. Que no busquemos a Dios por el interés, como aquella multitud, sino para que sacie, de una vez por todas, nuestra “hambre” y nuestra “sed”. “Señor, danos siempre de este Pan”.

Fuente: www.betania.es

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