Es un Blog de orientación Cristiano/Católico, dirigido a personas de 16 a años en adelante, en el que se publican diariamente las Lecturas del Día, de acuerdo al Calendario Litúrgico Católico, la Lectio Divina, el Santoral del Día, la Liturgia de las Horas (Laudes, Vísperas y Completas, y otros artículos de orientación espiritual y moral.
La homilía de Betania: Domingo de Pentecostés
27 de mayo de 2012
1.- LA HORA DEL LAICADO
Por José María Martín, OSA
1.- Celebramos la fiesta del Espíritu Santo. Los Hechos de los Apóstoles nos dicen que, tras la ascensión de Jesús, los discípulos volvieron a Jerusalén, tal como Jesús les había ordenado. Se encontraban todos reunidos tras la elección de Matías, cuando se produjo de repente un viento muy fuerte que invadió toda la casa y aparecieron como divididas unas lenguas de fuego que se posaron sobre ellos. En el capítulo primero había dicho que eran "unos 120". ¿Recibieron todos el Espíritu Santo o sólo los apóstoles? San Agustín, comentando este texto dice que lo recibieron todos y no sólo eso, sino que también ahora se nos otorga a nosotros el Espíritu Santo y nos da un consejo para poder recibirlo: "conservad la caridad, amad la verdad, desead la unidad, a fin de llegar a la eternidad".
2.- Carismas y ministerios. Como nos dice San Pablo en la Primera Carta a los Corintios quien ama tiene el Espíritu Santo, que se manifiesta en los dones que nos concede. El actúa en nosotros, aunque cada uno reciba un don o carisma. La palabra "jaris" --del griego-- significa carisma o regalo gratuito que Dios nos da. ¿Reconoces en ti algún don del Espíritu? Lo has recibido no para que te lo guardes, sino para ponerlo al servicio de la comunidad. A cada carisma corresponde un ministerio --ministerium en latín--, que significa servicio o función. ¿Qué función desempeñas tú en la Iglesia?
Todos somos miembros del cuerpo de Cristo, pero al igual que ocurre en el cuerpo humano, cada miembro desempeña una función. Es la hora del laico en la Iglesia. Laico es todo bautizado miembro del pueblo de Dios –“laos” en griego significa pueblo--. Sin la colaboración de todos los miembros un cuerpo no puede funcionar. Si un miembro se echa para atrás o se resiente, todos sufren. Así es la Iglesia. En ella todos somos importantes, por ello es urgente que los laicos, que son la mayoría de los cristianos, encuentren su lugar y su carisma dentro de la Iglesia; así podrán desarrollarse de verdad los ministerios laicales. Pero para ello el laico o seglar tiene que abandonar su pasividad y participar plenamente en la vida de su comunidad. Pero se presentan dos grandes retos:
--1º hay que comenzar con la formación para que los laicos pasen de la infancia en la fe a la edad adulta;
--2º los clérigos deben compartir su responsabilidad con los laicos y dejar que estos también sean parte activa de la vida de la comunidad.
3.- Los símbolos de la llegada del Espíritu son muy claros. El viento ayuda a renacer, a dar vida, todo lo vuelve nuevo. El fuego purifica, da autenticidad y repara lo que está torcido. Dejemos que el Espíritu renueve nuestros corazones, encienda su luz en nosotros, que penetre en nuestra alma y sea nuestro consuelo, que nos enriquezca y llene nuestro vacío, que nos envíe su aliento para vencer el pecado. Los dones que nos regala son actuales. El don de sabiduría nos capacita para distinguir la realidad de la fantasía, nos hace encontrar el secreto de la felicidad: la entrega total a Dios. La inteligencia nos ayuda a distinguir los signos de los tiempos y aceptar los cambios necesarios. El consejo nos da la posibilidad de descubrir cuál es el buen camino que hay que seguir. La piedad nos ayuda a vivir la espiritualidad y nos aleja del materialismo. La ciencia nos permite descubrir cómo son las cosas, aunque no nos dé el sentido último de las mismas que nos viene por la de. El temor de Dios, entendido como debe ser, nos hace realizar por amor lo que Dios espera de nosotros. La fortaleza es necesaria para asumir compromisos auténticos sin miedo al mañana. Siéntete enviado por Jesús a anunciar la Buena Nueva con la ayuda del Espíritu Santo que siempre está con nosotros.
2.- VEN, ESPÍRITU DIVINO
Por Gabriel González del Estal
1.- Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Esta frase, como habréis recordado ya, pertenece a la Secuencia que leemos en la liturgia de este domingo de Pentecostés. Una buena manera de reflexionar y meditar sobre el sentido de esta fiesta de Pentecostés es reflexionar y meditar sobre el contenido de esta preciosa secuencia. Yo invito a todos los lectores de Betania a leer hoy con calma, profundidad y gozo interior, cada una de sus estrofas. Nosotros no hemos conocido al Cristo histórico, ni podremos gozar nunca de su presencia física y corporal, pero sí podemos y debemos vivir en comunión continua con su Espíritu divino. Para nosotros, cristianos del siglo XXI, lo más importante no es saber más o menos de las circunstancias históricas en las que vivió nuestro Maestro y Salvador, sino vivir de su espíritu. Esto, que es una obviedad, no siempre lo tenemos en cuenta a la hora de hablar y entender nuestra condición de cristianos. Nuestro tiempo no es el tiempo del Cristo histórico, sino el de su Espíritu. El Espíritu de Cristo es atemporal y no está condicionado a espacios, tiempos, etnias o lenguas particulares. Tenemos que intentar vivir movidos y guiados por el Espíritu de Cristo, dentro de las circunstancias históricas en las que a cada uno de nosotros nos ha tocado vivir. Si Cristo viviera hoy, predicaría su evangelio en el lenguaje de hoy y con los medios de comunicación que tenemos hoy. Sus palabras y sus gestos serían distintos, pero su Espíritu sería exactamente el mismo, un Espíritu divino. Vamos a pedirle nosotros hoy, en este día de la fiesta y solemnidad de Pentecostés, que nos envíe su Espíritu divino.
2.- Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu. San Pablo les dice a los cristianos de Corinto que deben vivir unidos, en comunidad de espíritu, como si fueran un solo cuerpo animado y vivificado por el Espíritu de Cristo. Hay diversidad de dones, pero todos los dones “han bebido del mismo Espíritu” y todos deben ser puestos al servicio del bien común, del bien de la comunidad. En la Iglesia de Cristo no sobramos nadie; cada uno de nosotros debemos poner nuestros dones al servicio de la comunidad eclesial en la que vivimos. Tradicionalmente, la teología nos ha hablado de siete dones (sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios), pero los dones del espíritu son innumerables. Un don es una realidad espiritual infundida por Dios en nuestra alma, es una virtud, un hábito sobrenatural, que nos permite responder con mayor facilidad a las mociones e impulsos propios del Espíritu. Los dones se nos dan gratuitamente, pero exigen de nosotros cooperación con el Espíritu y docilidad al mismo. Para que un don no sea algo puramente pasivo, debemos nosotros colaborar con el Espíritu, con esfuerzo y humildad.
3.- Dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: recibid el Espíritu Santo. Jesús se fue de entre nosotros, pero nos dejó su Espíritu, el Espíritu Santo. Si nosotros vivimos animados e inspirados por el Espíritu de Jesús, por el Espíritu Santo, daremos en nuestra vida frutos santos. Por los frutos se conoce al árbol: el árbol bueno da frutos buenos y el árbol malo da frutos malos. Los frutos del Espíritu Santo son también innumerables, como los dones, porque innumerables son las obras buenas que podemos hacer. En el Catecismo se nos habla de doce frutos del Espíritu Santo: caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia y castidad. Pero no es necesario saber esto de memoria, lo importante es que nos esforcemos en vivir de tal manera que todo lo que pensamos, decimos y hacemos, sea fruto del Espíritu Santo, no fruto de nuestros malos espíritus. El mismo Espíritu Santo es el primer don de Dios; pidamos a Dios que nos dé su santo Espíritu y todo lo demás se nos dará por añadidura.
3.- LOS APÓSTOLES, ATLETAS DE LA FE
Por Antonio García-Moreno
1.- UN VIENTO IMPETUOSO.- Pentecostés era una de las grandes fiestas del pueblo judío. Día de acción de gracias, de recuerdo agradecido por la alianza que Dios concediera a su pueblo en el Sinaí... La ciudad de Jerusalén bullía en sus calles, un gentío multicolor procedente de la Diáspora se movía de un lado a otro. El pueblo, subyugado ahora al poder de Roma, esperaba nuevamente que Dios se apiadara de los suyos y quebrara el yugo férreo e insoportable de la dominación romana.
Los profetas lo habían predicho: vendrían tiempos en los que los prodigios se repetirían. Tiempos en los que el Espíritu se derramará sobre toda carne, tiempos en los que los corazones duros se ablandarán, en los que ese Espíritu nuevo vivificará los cuerpos muertos. El soplo de Dios llenará de fuego la tierra, y de un extremo a otro del orbe resonará la voz del Espíritu, despertará la fuerza de Dios, del Amor.
Tierra fría, tierra olvidada de Dios, tierra muerta, tierra reseca... Ven, ¡oh Santo Espíritu!, envía del cielo un rayo de tu luz. Ven, padre de los pobres, ven dador de todo bien, ven luz de los corazones. Consolador óptimo, dulce huésped del alma, suave refrigerio. Descanso en el trabajo, en el calor fresca brisa, en el llanto consuelo... ¡Oh luz beatísima!, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.
En el momento en que todo surgía de la nada, el Espíritu de Dios aleteaba sobre el fragor de las aguas. Y cuando los tiempos se cumplen y se verifica la Redención, la nueva y definitiva creación, el Espíritu vuelve nuevamente a la tierra, cubriendo con su sombra a la joven virgen que concibe en su seno al Dios humanado. Y ahora, en Pentecostés, cuando la nueva hija de Sión comienza su historia, cuando la Esposa del Cordero se despierta, cuando la Iglesia toma conciencia clara de su misión, nuevamente actúa el Espíritu, el viento fuerte e imparable de Dios.
Desde entonces está siempre presente en la vida del pueblo elegido, actuando sin descanso, pasando por encima de las miserias de los hombres empujando la barca de Pedro hacia el puerto prefijado por Dios, en medio de las más terribles tempestades, de las más hondas borrascas...
El Gran Desconocido, el Gran Olvidado, el Espíritu Santo. Y sin embargo, el Gran Presente, la Promesa del Padre, el Paráclito, el Santificador de las almas. Sin su luz sólo tinieblas hay en el hombre, nada. Sin él, ni decir Jesús podemos...
Perdona nuestra rudeza, nuestra mísera ignorancia. Y ven: lava lo que está sucio -que es tanto-, riega lo que está seco, sana lo que está enfermo. Dobla nuestra rigidez, calienta nuestra frialdad, endereza lo torcido. Da a tus fieles, a los que en Ti confiamos -¡queremos confiar!- tus siete sagrados dones. Danos el mérito de la virtud, el éxito de la salvación, danos el gozo siempre vivo. Amén.
2.- LA VICTORIA DE LA LUZ.- Las sombras de la muerte oscurecían ya la tarde del día primero después de la Resurrección. El miedo embargaba todavía el corazón de los discípulos. Tenían las puertas cerradas, estaban apiñados unos con otros, asustados ante el menor ruido. Los que crucificaron al Maestro bien podían venir en cualquier momento para castigar también a los discípulos.
Pero la luz avanzaba a pesar de todo, y de forma paulatina, día tras día y siglo tras siglo, las tinieblas irían retrocediendo. Después de muchos años de aquel primer avance de la Luz pentecostal, el evangelista Juan describió de modo lacónico y preciso el duelo cósmico entre el Bien y el Mal, la Luz y las Tinieblas: "La Luz brilla en las tinieblas, pero las tinieblas no la vencieron".
Ni las puertas atrancadas, ni los muros sólidos del Cenáculo cortaron el paso de quien dijo ser la Luz del mundo. Cuando él llegó en medio de los suyos, todos los temores se desvanecieron y la oscuridad de la noche retrocedió. Los discípulos se alegraron mucho al ver al Señor que, como siempre, les daba su saludo de paz. Para disipar, además, cualquier duda que pudieran tener, Jesús les muestra sus llagas y heridas, les pide de comer. Detalle muy humano y, en apariencia sin importancia, pero decisivo para convencerles de que realmente estaba vivo.
Los abandonos de la hora crucial de la Pasión estaban perdonados. Jesús les volvía a enviar como antes hiciera, cuando habían curado enfermos y expulsado demonios. Ahora sus palabras tienen mayor solemnidad: Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Es una misión única y transcendente: salvar a los hombres de la esclavitud del pecado, sacarlos de las regiones de las sombras y llevarlos al Reino de la Luz.
Para ello les concede unos poderes divinos entre los que destaca el de perdonar los pecados. Prodigio que Jesús operó ante el escándalo de los fariseos y la admiración de las gentes que glorificaban a Dios por haber dado tal poder a los hombres. Como garantía y prenda de todo ello les confiere el Espíritu Santo, la promesa del Padre, el don inefable e inaudito que transformaría a los apóstoles en atletas de la fe, capaces de inundar de luces nuevas el tenebroso mundo romano de entonces. Fue tal la fuerza y el esplendor de aquella primera Luz que sus resplandores llegaron hasta el fin del mundo.
Fuente: www.betania.es