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Es un Blog de orientación Cristiano/Católico, dirigido a personas de 16 a años en adelante, en el que se publican diariamente las Lecturas del Día, de acuerdo al Calendario Litúrgico Católico, la Lectio Divina, el Santoral del Día, la Liturgia de las Horas (Laudes, Vísperas y Completas, y otros artículos de orientación espiritual y moral.

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La Homilía de Betania: Domingo de Pentecostes. 19 de mayo, 2013.

La Homilía de Betania: Domingo de Pentecostes. 19 de mayo, 2013.

1.- LA CENICIENTA DE LA TRINIDAD

Por José María Maruri SJ

1. - Quizás hayáis leído alguna vez este cuentecillo indio. Dice que Dios, que tiene buen humor, quiso jugar al escondite con el hombre y se puso a discutir con sus consejeros dónde estaría mejor escondido: Hubo opiniones para todos: que si en el bosque, que si en el fondo del mar, hasta que si en un cajón de un armario. Pero el más anciano y sabio de sus consejeros le dijo:

-Señor, escóndete en el corazón del hombre. Es el último sitio donde se le ocurrirá buscarte.

El Espíritu Santo es el Dios escondido y hasta ignorado. Diría yo, que la Cenicienta de la Trinidad. Siendo indispensable para la vida del hombre y de la Iglesia es el menos protagonista, como suelen ser las amas de casa que sólo se les nota cuando faltan. En japonés a la esposa, ama de casa, se le llama Oku-sama. Que significa la señora que está dentro, la que no aparece, pero que verás si se declara en huelga.

2. -También el Espíritu Santo es el Señor que está en el interior. El que no aparece. El que habita en el corazón del hombre, donde rara vez el hombre le busca.

Antes buscamos a Dios en los montes, en el mar, en una maravillosa puesta de sol, en árboles grandiosos o en las pequeñas flores del campo.

Y es que, tal vez, nos parezca imposible que quiera habitar en un sitio donde tantos deseos, poco dignos y honorables, salen afuera. Y sin embargo, el Espíritu de Dios habita en nosotros.

Habita, no está. No es un huésped de un día. No está de paso. Habita. Tiene allí su casa. Es Señor del sitio que ocupa.

No está como un cuadro, un retrato o una estatua. Es un ser viviente que ha hecho de nuestro corazón su morada.

Allí podemos encontrarlo siempre cercano, compañero de mi soledad, amigo sentado a mi vera en la penumbra de un suave atardecer. San Agustín que lo busco locamente a través de la hermosura y los placeres de afuera, al fin lo encontró dentro y exclamó: “Señor, más íntimo y mío que yo mismo”. Lo encontró comprensivo, bondadoso, perdonador, amigo. “Intimior, intimo meo”, más dentro de mí que yo mismo.

3. - El Espíritu de Dios que se nos ha metido en casa es viento y es fuego, mezcla peligrosa, un rescoldo mal apagado en el monte azuzado por viento sabemos de lo que es capaz. Soplando sobre el rescoldo de la Fe que hay en el corazón, el Espíritu de Dios puede levantar imprudentes llamas. Lo ha hecho a lo largo de la Historia cuando ha encontrado hombres que se han dejado arrasar y quemar por el Espíritu: San Francisco de Asís se entrega con toda imprudentemente a salvar a infieles. La Madre Teresa de Calcuta sale de una Congregación Religiosa para entregar imprudentemente su vida a los hambrientos y agonizantes.

Y es notable que este Espíritu, cuando levanta llamas en un rescoldo olvidado es siempre en favor de los demás. Es fuego, es luz y tiende a comunicarse.

¿No estará este buen amigo tratando de encender una buena hoguera dentro de nosotros? ¿No nos pide alguna imprudencia en el dar, o el darnos a los demás? ¿No nos pide algún cambio radical en nuestras vidas? ¿No nos pide llenar de Dios la vaciedad de nuestras vidas?

Mirad, creo que todos nosotros tenemos instalado un perfecto sistema contra incendios. En cuanto sentimos que el Espíritu de Dios nos intranquiliza echamos toda la ceniza que podemos en el rescoldo y lo apretamos bien, como se hacía con los braseros con la paleta, para dejarlo siempre en rescoldo y que no haya peligro de que se convierta en llamas. Nosotros mismos vamos vestidos de amianto y con casco para no quemarnos.

Hoy es el día en el que ese Espíritu de Dios abrasó a los apóstoles y gracias a ello llegó a nosotros la Fe. Dejémonos quemar bajo el soplo del Espíritu.


2.- EL ESPÍRITU SANTO ES VIDA DEL ALMA CRISTIANA

Por Gabriel González del Estal

1. Ven, dulce huésped del alma. Esta “secuencia” que leemos en la liturgia de esta fiesta de Pentecostés, antes del evangelio, es uno de los himnos y oraciones más fervorosamente rezados por las personas cristianas. Es una oración que, rezada con devoción y amor, nos da paz interior, consuelo y descanso en el difícil caminar por este mundo. El Espíritu Santo, cuando se apodera de un alma cristiana, la ilumina y vivifica. La vida del alma cristiana es el Espíritu Santo, porque nos fortalece cuando estamos débiles, nos llena cuando nos sentimos pobres y vacíos, nos da luz y calor cuando estamos apagados y fríos, nos orienta y sana siempre nuestro corazón enfermo y desorientado, muchas veces sucio e indómito. El hombre es, por naturaleza, un ser demasiado egoísta, frágil y tornadizo. Si nos dejamos arrastrar por nuestros instintos más primarios caemos fácilmente en actitudes y comportamientos más animales que espirituales. Necesitamos la fuerza del espíritu, la gracia y el calor de lo alto, para sobreponernos a las tentaciones del mundo y de la carne. Para conseguir esto, necesitamos que el Espíritu Santo nos llene por dentro, sea el dulce huésped del alma, brisa en las horas de fuego, gozo que enjugue las lágrimas, don, en sus dones espléndido. Vamos a pedir hoy, fiesta de Pentecostés, que el Espíritu Santo sea el agua viva que riegue nuestro corazón tantas veces árido y seco, aliento que vivifique y dé vida a nuestra alma, padre amoroso que, con su amor, guíe y llene nuestro corazón casi siempre inquieto e insatisfecho.

2. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Solemos decir que la Iglesia cristiana nació el día de Pentecostés, porque ese día fue cuando los discípulos de Jesús comenzaron a predicar con fuerza y ya sin miedo el evangelio que les había predicado a ellos el Maestro. Hasta entonces, los discípulos habían permanecido con las puertas de la casa, y del alma, cerradas por miedo a los judíos. Pero, a partir de esta fecha, con el Espíritu Santo como motor de sus vidas, ya no pararán de anunciar el evangelio al mundo entero. Primero fue a los judíos y posteriormente también a los gentiles. Jesús había predicado lleno del espíritu del Padre y desde ahora serán los discípulos los que tendrán que hacerlo, estando llenos del espíritu de Jesús: como el Padre me ha enviado, así os envío yo. Todos los cristianos somos discípulos de Jesús y todos los cristianos somos los destinatarios de su mandato; todos los cristianos debemos sentirnos enviados a predicar el evangelio del reino de Dios. La Iglesia de Cristo es, esencialmente, misionera, y no sería Iglesia de Cristo si no se sintiera enviada a predicar su evangelio.

3. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu les sugería. La lengua del Espíritu es siempre una lengua ardiente y luminosa, que enciende e ilumina el alma de la persona que habla y de la que escucha. Las lenguas del Espíritu no son sólo sonidos y voces; son también gestos, actitudes, expresiones que salen del fondo del alma, como lava de un volcán irreprimible. Las lenguas del Espíritu son siempre amor, llamaradas, y el lenguaje del amor es universal. Si nos relacionamos con los demás con el lenguaje de un verdadero amor, del amor del Espíritu, los demás nos entenderán como si les habláramos en su propia lengua. El buen misionero debe aprender amor, antes que lengua, porque, aunque las dos cosas sean necesarias, si no hablamos con amor, nuestro lenguaje terminará siendo ininteligible. Dios es amor y a Dios sólo se le transmite transmitiendo amor.

4. Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; en cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. En muchos casos, la única manera de saber si nuestros dones son del Espíritu, o no, es mirar si realmente contribuyen al bien común. Porque, aunque cada persona tiene sus dones, no todos los dones son siempre del Espíritu Santo. Hay personas que tienen el don de saber engañar, o de conseguir dominar, o de vivir del cuento. En esta carta a los Corintios, el apóstol Pablo sólo recomienda los dones que proceden del Espíritu, los que se manifiestan para el bien común. Estos son, pues, los dones que cada uno de nosotros debemos pedir hoy al Espíritu Santo, los dones que brotan de la fe en el Espíritu. Por eso, al mismo tiempo que pedimos hoy, con palabras de la Secuencia: reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos, pidamos también al Padre que aumente nuestra fe.


3.- LA FIESTA DE LA COMUNIDAD

Por José María Martín OSA

1.- Pentecostés es la fiesta de Espíritu y de la comunidad. Es la culminación de la Pascua. La vida nueva que Jesús consiguió es también nuestra vida. Muchas veces no somos conscientes de la actuación del Espíritu en nosotros. Quizá sea porque no le dejamos actuar....Da la sensación de que estamos como los discípulos antes de Pentecostés: decimos que creemos en Jesús, nos confesamos cristianos, pero vivimos apocados, medrosos, sin garra. Entonces nos refugiamos en nuestra fortaleza por miedo a salir al mundo. Pero la imagen que define mejor a la Iglesia no es la de la fortaleza, sino la de la tienda que se planta en medio del mundo.

¿No nos dijo Jesús el domingo pasado que bajáramos al valle y no nos quedásemos plantados mirando al cielo? También los discípulos estaban dentro con las puertas y ventanas cerradas por miedo a los judíos. Comparten miedos, ilusiones y el recuerdo de Jesús. El Espíritu se presentó como un vendaval y unas llamas de fuego. El viento y el fuego purifican y transforman. Y entonces..., salieron a predicar, sin miedo, sin utilizar la fuerza, sostenidos en su debilidad por el Espíritu. Cuando la Iglesia se encierra en sí misma por miedo a contaminarse con el mundo, cuando la imagen que da es la de una fortaleza firme, no convence. Se convierte en piedra de escándalo para muchos.

2. - El texto de los Hechos dice que "estaban todos reunidos". No dice que estaban sólo los apóstoles, sino todos, es decir el conjunto de los discípulos, todos los que se proclamaban seguidores de Jesús. Por tanto, los dones del Espíritu lo reciben todos los cristianos, no sólo los que han recibido el orden ministerial. El Espíritu actúa en todo, aunque cada uno reciba un don y una función. A cada carisma o don corresponde un ministerio o servicio. Pero todos somos miembros del cuerpo de Cristo y hemos recibido la misma dignidad por el Bautismo. ¿Reconoces en ti el carisma que has recibido?, ¡sabes cuál es tu misión dentro de la Iglesia! En este momento de la historia más que nunca hay que reconocer la importancia de los ministerios laicales. La Iglesia debe tener una estructura circular y no piramidal.

3.- Los dones del espíritu tienen hoy su traducción. El don de sabiduría nos capacita para distinguir la realidad de la fantasía y vivir en consecuencia. El sabio es aquel que encuentra el secreto de la felicidad: la vida según Cristo. La inteligencia nos ayuda a aceptar los cambios que se producen en la sociedad para el bien común. Tener una mente abierta es señal de inteligencia. El don de consejo nos lleva a indagar bajo lo visible para descubrir las causas ocultas y poder ayudar al que nos lo pide. La piedad nos protege del egoísmo y del materialismo. La ciencia nos marca una dirección consistente en nuestras vidas, nos ayuda a conocer cómo son las cosas. El temor de Dios, entendido en el buen sentido, es beneficioso y nos hace realizar obras buenas, como el niño que respeta a su querido padre y no quiere defraudarle. La fortaleza es necesaria para un verdadero amor, pues nos da valor para asumir un compromiso auténtico y maduro. Con los dones que el Espíritu nos regala todo es posible desde ahora.

Fuente: www.betania.es

 

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