Es un Blog de orientación Cristiano/Católico, dirigido a personas de 16 a años en adelante, en el que se publican diariamente las Lecturas del Día, de acuerdo al Calendario Litúrgico Católico, la Lectio Divina, el Santoral del Día, la Liturgia de las Horas (Laudes, Vísperas y Completas, y otros artículos de orientación espiritual y moral.
La Homilía de Betania: II Domingo de Cuaresma. 24 de Febrero de 2013
1.- EN CAMINO
Por Pedro Juan Díaz
1.- Hoy el evangelio nos sitúa a Jesús en el camino hacia Jerusalén. Ese camino está lleno de referencias simbólicas, ya que es el camino que le va a llevar a “ser entregado a los paganos: se burlarán de él, lo insultarán, lo escupirán, lo azotarán y lo matarán; y al tercer día resucitará” (Lc 18,32). Es un camino de subida hacia la entrega de su propia vida, hacia su muerte y resurrección. Esa misma simbología la podemos aplicar a la Cuaresma: un “camino” de subida, de esfuerzo, de entrega, de sacrificio por los demás, de ayuno, limosna y oración, para encontrarnos con el crucificado que resucita de entre los muertos. Podríamos decir que los cristianos siempre estamos “en camino”, pero de manera especial, lo experimentamos en este tiempo de la Cuaresma.
2.- En este camino Jesús, hoy, hace un alto, y sube con tres de sus discípulos a una montaña alta para rezar. Se lleva a Pedro, a Santiago y a Juan, que son sus tres discípulos más íntimos, porque van a ser testigos de momentos especiales con Jesús, como este de hoy, que los demás discípulos no vivirán. Y los cuatro suben a una montaña. La montaña es también lugar de encuentro con Dios, a lo largo de la Sagrada Escritura: el monte Sión, lugar del Templo; el monte Sinaí, lugar de encuentro entre Moisés y Dios; el monte de las Bienaventuranzas; el monte de los Olivos; el monte Calvario; y hoy… el monte Tabor. Jesús sube a la montaña para rezar, para encontrarse con su Padre Dios.
3.- Y en la montaña, Jesús se transfigura: “mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos”. Y es que la oración transfigura nuestra alma y transforma nuestra conducta. Porque la oración es hablar con Dios, y también escuchar a Dios, escuchar lo que quiere de mí, escuchar por donde tengo que ir, cuáles son sus caminos para mí. La oración es ayuda para vivir en fidelidad el proyecto de felicidad que Dios tiene para mí. Y Jesús busca esa oración. Y en la oración encuentra fuerzas para seguir el camino, para seguir subiendo a Jerusalén, a pesar de lo que allí le espera, porque sabe que al final triunfará el bien sobre el mal. En el fondo, la transfiguración es una señal para los discípulos, para que sepan que, a pesar de las dificultades que vean pasar a su Maestro, no pierdan la esperanza ni la confianza en Dios.
4.- Pero aquellos discípulos no entendieron que significaba aquello y por eso, cuando bajaron de la montaña “guardaron silencio y no contaron a nadie nada de lo que habían visto”. Y por eso, cuando apresaron al Maestro, huyeron todos. Porque no había oración en sus vidas, porque no se habían encontrado con Dios, a pesar de tenerlo delante de sus narices. Y eso, queridos amigos, nos puede pasar a nosotros también.
5.- La Iglesia nos invita a intensificar nuestros momentos de oración en este tiempo de Cuaresma, para que la Pasión no nos pille “distraídos”. Oremos y “hablemos de amistad – como decía Santa Teresa de Jesús – con Aquel que sabemos que nos ama”. Hablémosle con el corazón, hablémosle de la vida, de nuestra vida y de la de nuestros hermanos. Y escuchémosle también, escuchémosle en las demás personas, en las que encontramos a Dios. Escuchémosle en los acontecimientos de la vida, en los signos de los tiempos, en las cosas que ocurren a nuestro alrededor y en las personas que están. Así es como Dios nos habla y responde a nuestras oraciones. Pero para eso hace falta la fe, que nos da “otra mirada” y “otro oído” para ver y escuchar a Dios, vivo y resucitado en medio del mundo y de las personas.
6.- Estamos viviendo la Cuaresma en el Año de la Fe, convocado por el Papa Benedicto XVI para “redescubrir la alegría de creer”. Que este tiempo nos ayude a crecer en la fe y que esa fe nos lleve a buscar más el encuentro con Dios a través de la oración y en la ayuda fraterna y solidaria a los hermanos, especialmente a los que más sufren y peor lo pasan. Que esta Eucaristía, que es nuestro Tabor, sea también un momento de oración y de encuentro con Dios. Y que salgamos transfigurados, para que otros también puedan acercarse a Dios y a la fe a través del testimonio de nuestra vida.
2.- LA ORACIÓN DEBE TRANSFIGURAR A LA PERSONA
Por Gabriel González del Estal
1.- Mientras oraba el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blanco. El evangelista Lucas pone especial empeño en asociar las teofanías, manifestaciones de Dios, con los momentos de oración de Jesús. Ya cuando nos hablaba del bautismo de Jesús escribía: “mientras Jesús oraba, se abrió el cielo y descendió sobre él el Espíritu Santo y se oyó una voz del cielo: este es mi Hijo amado, el predilecto”. Hoy nos dice que “mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de blancos… y una voz desde la nube decía: este es mi Hijo, el escogido, escuchadle”. El evangelista quiere que nos demos cuenta de que, cuando Jesús oraba, entraba en comunión directa con el Padre y hasta en su rostro y en sus vestidos se veía la luz y la gloria de Dios. La oración transfiguraba visiblemente, ante sus discípulos, a la persona de Jesús; su cuerpo humano quedaba, por un momento, como oculto ante el resplandor fulgurante y fascinante de su divinidad. Yo creo que también nosotros, los discípulos de Jesús, debemos orar de tal manera que nuestra persona se transfigure y nuestra alma quede llena de Dios. Los grandes místicos, en algunos momentos privilegiados, lo consiguieron; el éxtasis les sacó de sí mismos, de su cuerpo, y les puso en comunión directa y sabrosísima con Dios. San Pablo, san Agustín, santa Teresa, son algunos de los ejemplos conocidos por todos nosotros. Es cierto que muchos de nosotros podemos decir que, desgraciadamente, estamos muy lejos de los grandes místicos, pero también es cierto que todos nosotros podemos orar intensa y ardorosamente, hasta sentirnos unidos amorosamente con Dios. La oración de comunión con Dios debe transfigurarnos, hasta tal punto que los demás puedan ver en nosotros el rostro luminoso de Dios. Todos somos hijos de Dios y yo creo que, cuando nos parecemos a Jesús, el mismo Dios se complace también en decirnos a nosotros: este es mi hijo amado. Sin olvidar nunca, claro está, que vivir en comunión con Dios nos obliga a vivir en comunión con el prójimo, sobre todo con el prójimo más necesitado. El Jesús del Tabor es el mismo que el que curó a los enfermos, perdonó a los pecadores y defendió a los pobres y marginados de la sociedad. La misma oración que nos pone en comunión con Dios es la que debe ponernos en comunión con el prójimo.
2.- Abrán creyó al Señor, y se le contó en su haber. El patriarca Abrahán es considerado por la religión judía, cristiana y musulmana, como padre y modelo de fe. En este relato del pacto que el mismo Dios hace con el patriarca Abrahán, o Abrán, también se dice, de alguna manera, lo mismo: que, por su fe, Dios le hizo padre de numerosos pueblos. Sin embargo, es bueno que consideremos que la fe de nuestro patriarca Abrahán no fue una fe fácil, ni exenta de dudas; el mismo Abrahán se atreve a pedirle a Dios una prueba de la fiabilidad de la promesa divina. La fe humana siempre es una fe que sabe superar innumerables dudas; creer en Dios y en sus promesas es creer a pesar de la duda y más allá de las dudas. Mientras vivimos en este mundo nunca tendremos seguridad empírica de la realización de aquello en lo que creemos, esperamos, y deseamos que ocurra. Abrahán creyó y, por su fe, se hizo amigo de Dios; creamos nosotros en Dios y, por nuestra fe en él, lleguemos a amarle y a vivir como amigos de Dios. La fe y la esperanza pasarán, pero el amor no pasa nunca, nos dice san Pablo.
3.- Hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo; sólo aspiran a cosas terrenas. San Pablo siempre consideró a los cristianos de Filipos como sus “hermanos muy queridos y añorados”. Por eso, ahora, cuando se entera de que también entre ellos hay algunos que se han apartado del verdadero evangelio que él les predicó, les dice, con lágrimas en los ojos, que vuelvan todos al buen camino. Ellos son ciudadanos del cielo y no pueden aspirar sólo a cosas terrenas. Este consejo de san Pablo sigue teniendo hoy pleno valor para nosotros. Todos nos vemos tentados cada día por las cosas terrenas; es posible que no pueda ser de otra manera. Pero no debemos dejarnos arrastrar por la tentación de las cosas terrenas, sino que debemos aspirar todos los días a las cosas del cielo, es decir, a vivir como auténticos cristianos, defendiendo los valores del evangelio que nos predicó Jesús. Aspiremos cada día, con paciencia y amor, a hacer de este nuestro pobre mundo un verdadero reino de Dios.
3.- TRANSFIGURACIÓN: PASAJE ÚNICO EN LOS EVANGELIOS
Por Antonio García-Moreno
1.- HACE FALTA FE VIVA.- Abrahán era ya mayor, sus días se terminaban. Y todo ese acabar de las cosas, todo ese sentirse cada vez más torpe, todo ese presentimiento de la muerte cercana, todo ello le proporcionaba un vago sentimiento de nostalgia, de honda pena. Pero lo que más le pesaba era el envejecer sin hijos, el contemplar el gran amor de Sara totalmente baldío, sin un hijo tan siquiera que perpetuara su nombre. Y aquella noche serena, tachonada de mil estrellas, la voz amiga de Yahvé se dejó oír. Abrahán se puso a la escucha con la misma fe de siempre: Mira al cielo, cuenta las estrellas si puedes. Y los ojos cansados del patriarca se perdían entre aquellos puntos luminosos sobre el oscuro cielo. Pues así será tu descendencia, concluyó el Señor.
La fe provocó de nuevo el prodigio. Sara, la estéril, y Abrahán, el anciano, tuvieron un hijo. De él brotaría el frondoso árbol del pueblo de Dios, renovado y engrandecido por Jesucristo. Y así, todos los que tienen fe en Jesús son descendientes de Abrahán. Miembros del pueblo santo, hijos de Dios, herederos de su gloria. Sí, la fe nos incorpora a la familia de Dios, nos injerta en Cristo, el primogénito. Pero hace falta que la fe sea viva, vibrante, comprometida, amorosa, confiada, consecuente, constante. Una fe con obras, que, aún sin quererlo, se note; que nos empeñamos seriamente por ser coherentes en toda nuestra vida, la pública y la privada.
Yahvé le dio una prueba de que su palabra quedaría cumplida. Hizo un pacto al estilo del que hacían los hombres de aquel tiempo. Se puso a la altura de Abrahán, con la misma ternura que un padre se agacha hasta ponerse a la altura de su pequeño. Los animales del sacrificio estaban descuartizados según el rito usual. Por entre aquellos despojos habían de pasar los pactantes de la alianza, asumiendo así el serio compromiso de no violarla, so pena de ser descuartizados al igual que aquellas víctimas...
Abrahán esperaba, entre ansioso y atemorizado, la conclusión del rito. Y cuando el sol se ocultó y las tinieblas poblaron la tierra, una llama viva pasó como antorcha humeante por entre aquellos despojos. Yahvé no había faltado a su palabra. Nunca faltó Dios a su compromiso. A pesar de no tener ninguna obligación frente al hombre, de no deberle nada en absoluto, Dios permanecerá siempre fiel a su compromiso de amor. Seremos nosotros, los descendientes de Abrahán, los que nos empeñemos en romper el pacto que hicimos con el Señor... Perdónanos una vez más Señor. Y haz que el recuerdo de tu fidelidad nos ayude a ser siempre fieles, leales contigo, creyentes de verdad.
2.- VISIÓN BEATÍFICA.- Los autores no coinciden al localizar el monte donde Jesús hizo ver a sus discípulos algo de su gloria. Unos dicen que fue el monte Hermón, pero la mayoría defienden que fue el monte Tabor. En el silencio impresionante de aquella altura, ante el panorama de las llanuras de Galilea septentrional con las aguas del Tiberiades en el horizonte, es comprensible que el Señor subiera allí para orar. Pedro, Juan y Santiago le acompañaban, lo mismo que le acompañarán cuando llegue la hora de las angustias en Getsemaní. Así vemos cómo los que participaron de su dolor participaron también en su gloria.
Es un pasaje único en los evangelios. Nunca Jesús aparece tan grandioso y magnífico como en ese momento. Un resquicio de su inmensa gloria se trasluce por unos momentos, ante los ojos atónitos de los discípulos preferidos. El rostro de Jesucristo adquiere un aspecto nuevo y sus vestidos cobran el resplandor de un blanco rutilante. A su lado otros dos personajes llenos de gloria hablan con Él de su muerte en Jerusalén. Parece una contradicción el que, precisamente en medio de aquella gloria, hablen de la pasión de Cristo. Pero en realidad se trata de algo lógico ya que después de esa pasión y muerte, incluso gracias a eso, Jesús resucitará glorioso y subirá luego con gran poder y majestad a los cielos.
De todos modos, parece que Pedro y sus compañeros no comprendieron entonces lo que estaban escuchando. Pedro lo único que desea es perpetuar ese momento, o al menos que dure lo más posible. Por eso quiere hacer un refugio para el Señor, Moisés y Elías, con el fin de que sigan allí ante su mirada extasiada de gozo, ausente de todo lo que le rodea, olvidado incluso de sí mismo, dispuesto a estar mirando aquella aparición celestial por toda la eternidad. Este sentimiento nos hace comprender en cierto modo, mejor quizá que muchas explicaciones, la dicha que supone la contemplación de la Gloria. Si esto, que no era más que un pálido resplandor de la majestad divina, fue suficiente para trastornar de dicha a Pedro, qué no será la contemplación de Dios en todo su esplendor.
Las palabras de Pedro rompieron el encanto de aquella visión. Una nube descendió sobre la cima del Tabor y los apóstoles se vieron de pronto envueltos por la niebla. La voz del Padre exclamó: Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle. Palabras que han de resonar también en nuestros oídos y en nuestro corazón. Para que nuestra fe en Cristo aumente, y también nuestra esperanza. Con la persuasión de que el gozo de ver a Dios llenará de consuelo y felicidad todo nuestro ser, luchemos con afán por ser fieles al Señor, cueste lo que cueste y hasta el fin de nuestra vida.
Fuente: www.betania.es