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Es un Blog de orientación Cristiano/Católico, dirigido a personas de 16 a años en adelante, en el que se publican diariamente las Lecturas del Día, de acuerdo al Calendario Litúrgico Católico, la Lectio Divina, el Santoral del Día, la Liturgia de las Horas (Laudes, Vísperas y Completas, y otros artículos de orientación espiritual y moral.

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La Homilía de Betania: II Domingo de Pascua. 7 de abril, 2013.

La Homilía de Betania: II Domingo de Pascua. 7 de abril, 2013.

1.- DICHOSOS LOS QUE CREAN SIN HABER VISTO

Por Antonio García-Moreno

1.- LA SOMBRA DE PEDRO.- Yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos. Eso les había prometido el Señor. Por unos momentos, en tres días, habían pensado que todo había sido un sueño, la ilusión de un hombre maravilloso que había terminado sus días en una cruz. Pero aquella pesadilla se acabó y al tercer día Jesús había vuelto de la región tenebrosa de la muerte. Cristo había resucitado. Su promesa se había cumplido.

Por eso caminan seguros por todos los caminos de la tierra, por los intrincados vericuetos de todos los tiempos. Van decididos, hablando con libertad y audacia, con parresía (“la franqueza intrépida de la fe”). Refrendando sus palabras con prodigios, hechos contundentes, indiscutibles. Su mensaje es insólito, una doctrina jamás oída, unas exigencias insospechadas, unas promesas inéditas, unos horizontes infinitos.

La pequeña semilla del grano de mostaza agarró muy bien en la tierra, nació la planta, creció y se hizo árbol frondoso, refugio de miles, millones de almas sedientas de amor y de verdad... Hoy también, a pesar de los pesares, los apóstoles marchan decididos, generosos, intrépidos y audaces. Rematando sus palabras con una vida íntegra. Sí, Cristo sigue vivo, fuerte, influyendo, arrastrando, quemando con el fuego de su amor a este nuestro frío mundo. Y nosotros hemos de estar también encendidos, incandescentes. Ser brasas vivas que siguen expandiendo la contagiosa locura de la fe.

Pedro fue el primero, el cabeza, el vicario de Cristo. Pedro, el pescador de Galilea, el hombre de mar, el del corazón abierto, el de la espontaneidad desbordante. Pedro, la piedra base, el fundamento de la

Iglesia. Cristo se había fijado en él, había rogado por él, para que estuviera finalmente firme en la fe, para ser apoyo sólido de los demás.

Pedro asume esa misión con toda la generosidad de su grande y sencillo corazón. Dios está cerca, Dios le acompaña, cumple su palabra, aquella que les había dicho afirmando que harían prodigios, más grandes aunque los que él mismo hiciera. Efectivamente, sólo la sombra de Pedro era suficiente para aliviar a los enfermos.

Pedro, piedra viva que sigue firme e inconmovible. El vicario de Cristo continúa hablando con audacia, proclamando a todos los vientos el mensaje extraordinario, divino, que Cristo trajo a los hombres... Jesús, Señor, vencedor de la muerte, mi Dios vivo, prosigue junto a Pedro, el pobre Pedro que forcejea a brazo partido contra viento y marea, intentando con denuedo llevar la barca, tu Iglesia, a buen puerto.

2.- DICHOSOS LOS QUE CREEN.- Era al anochecer, en esos momentos en los que es más fácil el ataque de los enemigos, cuando la luz comienza a huir y las tinieblas avanzan medrosas, propicias a la emboscada. Los discípulos seguían asustados, reunidos todos en aquella casa, con las puertas cerradas, atentos al menor ruido que pudiera anunciar la proximidad de los que habían crucificado al Maestro. La aventura se había terminado, las locas ilusiones de un reino mesiánico, en el que ellos ocuparan los primeros puestos se habían desvanecido en poco tiempo. Ahora sólo quedaba esperar el momento propicio para iniciar la dispersión, huyendo cada uno por su lado, sin llamar la atención; marcharse como si nunca hubieran tenido nada que ver con aquel Rabí que se llamó Jesús de Nazaret.

Y de pronto el silencio temeroso queda roto. Allí, junto a ellos, estaba el Maestro, radiante, vivo, más fascinante aún que antes. Se quedaron atónitos, sin dar crédito a lo que sus ojos estaban viendo, pensando en el fondo de sus corazones, sin decir nada, que eran presa de una alucinación. Pero la voz de Jesús resuena con la misma entrañable cordialidad de siempre, les saluda deseándoles la paz. Sin embargo, no acaban de reaccionar, de salir de su asombro. El Señor les enseña la huella de sus heridas, sus manos traspasadas, su costado abierto. Entonces comenzaron a comprender que era verdad, Jesús había vuelto de las regiones tenebrosas del sepulcro, y la gozosa aventura del Reino de Dios no había terminado, todo comenzaba de nuevo con perspectivas inusitadas y gloriosas.

Paz a vosotros –repite el Maestro-. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Sí, era él, eran sus palabras. Les hablaba del Padre y de una misión excelsa, la de marchar por todos los caminos del mundo proclamando las maravillas de un Dios que es Padre de todos los hombres, que ama hasta el perdón sin límites, hasta entregar por amor al Hijo Unigénito. También les habla, como tantas otras veces, del Espíritu Santo, esa fuerza divina que sopla donde quiere y quema y purifica y transforma y eleva y hace renacer de nuevo al hombre con una vida distinta, divina.

Ya es de noche y, sin embargo, en aquellos corazones luce la más esplendente luminosidad. Cuando llega Tomás, todos le cuentan, atropellándose, que el Señor ha resucitado, que está vivo, que lo han visto y oído, que les ha vuelto a decir cosas magníficas e inefables. Pero Tomás no les cree, piensa que están medio locos, poseídos por el deseo de lo imposible. Sólo luego, cuando Jesús vuelve y le toma de la mano, sólo entonces, se rendirá el apóstol incrédulo. Pero gracias a él, Jesús pensó en nosotros y exclamó: Dichosos los que crean sin haber visto.


2.- PERSONAS “NUEVAS”, HUMANIDAD “NUEVA”, COMUNIDAD CRISTIANA “NUEVA”

Por Pedro Juan Díaz

1.- Con las sensaciones aún frescas de las celebraciones de la Semana Santa, en medio de esta Octava de Pascua (que repite durante una semana el acontecimiento de la resurrección que celebramos en la Vigilia Pascual), ahora emprendemos el largo y gozoso camino de la Pascua, el tiempo de la Iglesia, de los sacramentos, de la comunidad, de los Hechos de los Apóstoles, el tiempo del Espíritu Santo. Toda la vida de la Iglesia es Pascua. Toda la vida de un cristiano ha de ser vivida en esta clave pascual y de resurrección. Si no, es que seguimos de luto y no hemos pasado la página del viernes santo.

2.- La fe en Jesús resucitado nos convierte en hombres y mujeres “nuevos”. Esa es la gran experiencia de la Pascua. Los discípulos van viviendo la experiencia de encontrarse con un Jesús al que creían muerto y que está VIVO. Este acontecimiento va a transformar sus vidas para siempre. Los que antes estaban escondidos, ahora predican públicamente, en la puerta del templo. Los que tenían las puertas cerradas por miedo, ahora salen a la calle y forman una comunidad nueva y misionera. Porque la experiencia de encuentro con Jesús la viven en comunidad. Y transmiten es experiencia invitando a vivir de manera nueva, a formar una humanidad “nueva”, la Iglesia.

3.- Los discípulos dan testimonio de Jesús resucitado y “crecía el número de los creyentes, hombres y mujeres, que se adherían al Señor”. Ese era el milagro de los milagros: CREER. Y eso era posible al descubrir a Jesús resucitado “en medio” de la comunidad. A Tomás le cuesta porque no está con la comunidad. ¿Y a nosotros? A veces nos resulta más fácil el “si no lo veo, no lo creo”, que el “dichosos los que crean sin haber visto”, que propone el evangelio hoy. Cuando Tomás vuelve a la comunidad deja de ser incrédulo, para ser creyente. ¿Cuándo daremos nosotros ese paso? ¡Es Pascua, volvamos a la comunidad! Vivamos nuestra fe junto a nuestros hermanos.

4.- El libro de los Hechos de los Apóstoles (una lectura muy recomendada para este tiempo pascual) nos cuenta como poco a poco se va formando la comunidad cristiana, con la fuerza y el impulso del Espíritu Santo. El lugar sagrado ya no es el templo, sino la propia comunidad, ya que es en ella donde se descubre la presencia del resucitado. Jesús resucitado es el centro de la comunidad, su fuente de vida, su punto de referencia, el factor de unidad, de confianza y seguridad. La comunidad cristiana “nueva” nace a la luz de esta experiencia.

5.- Lo original de la vida y del actuar del cristiano y de la comunidad cristiana es la presencia de la persona de Cristo vivo por la acción del espíritu en el cristiano, en la comunidad y en la vida de los hombres. La comunidad cristiana nace de la experiencia del encuentro con el resucitado, “para que, creyendo, tengáis vida en su nombre”. Si no partimos de la certeza de que Jesús está “en medio” de nosotros, no podremos construir una comunidad cristiana. Si no creemos que el Espíritu Santo es el que saca adelante todo esto, nos daremos contra la pared una y otra vez. Si no nos convencemos de que la vida cristiana es esencialmente comunitaria, no dejaremos de tropezar con nuestros propios fracasos personales.

6.- La Pascua es el tiempo de sentirnos Iglesia, comunidad de hermanos que celebran y viven con gozo la experiencia de un Jesús que está vivo y en medio de nosotros, que acompaña nuestras vidas y las llena de su presencia, que convierte la vida cotidiana en un “kairós”, en un acontecimiento de salvación. Y el día que se convierte en referencial es el domingo, “el primero de la semana”, porque es el día de la resurrección.

7.- Cada domingo nos reunimos como Iglesia, como comunidad cristiana “nueva”, a celebrar nuestra fe en el Señor resucitado. Nos reunimos con la certeza de que Él está en medio de nosotros. Venimos a encontrarnos con Él, a que Él sea el motor de nuestra vida. Y lo hacemos en comunidad. Que esta Pascua dejemos nuestros individualismos a un lado y optemos por ser hombres y mujeres “nuevos”, una humanidad “nueva”, una comunidad cristiana “nueva” a la luz de Cristo Resucitado.


3.- EL PODER DE LOS SIGNOS

Por Gabriel González del Estal

1.- Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. El evangelista San Juan casi siempre llama signos a lo que los otros evangelistas llaman milagros. No porque san Juan crea que los <signos> de Jesús no son acciones portentosas y milagrosas, sino porque al evangelista Juan lo que más le interesa de estas acciones portentosas es el mensaje que Jesús quiere transmitirnos a través de ellos. Todo signo significa algo y lo más importante del signo es lo que significa. En el caso concreto del relato evangélico de este domingo, lo que Jesús pretende, a través de su entrada y presencia milagrosa en una casa con las puertas cerradas, fue indudablemente fortalecer la fe vacilante y desconcertada de sus discípulos y, de una manera especial, la fe del apóstol Tomás. A través de este <signo> Jesús consiguió que hasta el recalcitrante Tomás terminara reconociendo a Jesús como su Dios y Señor: < ¡Señor mío y Dios mío!>. Pues bien, lo que yo quiero recalcar ahora es la importancia que tienen los signos, nuestros signos, en la transmisión de nuestra fe. También nuestro mundo es recalcitrante y hasta, en muchos casos, hostil a la fe católica en Jesús de Nazaret. Los predicadores de esta fe, todos los cristianos, debemos cuidar muy mucho la forma y los signos mediante los que anunciamos nuestra fe. Es evidente que no me refiero a acciones portentosas, o milagrosas, sino a las acciones ordinarias y habituales que hacemos los cristianos cuando queremos convencer a los demás de la verdad de lo que predicamos. En este sentido, me parece importante que nos fijemos en los signos que está empleando nuestro Papa, Francisco I, cuando habla y trata con las personas. Son los signos de la humildad, de la sencillez, de la cercanía, del amor universal a los más desfavorecidos. Ha dicho que quiere una Iglesia pobre y para los pobres. ¿Le ayudaremos nosotros, los cristianos, a que este deseo pueda hacerse algún día realidad? Busquemos todos y pongamos en práctica los signos que creamos más adecuados para conseguirlo. El poder de los signos es muy grande.

2.- Los apóstoles hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo. Entre estos muchos signos y prodigios que hacían los apóstoles estaban también la curación de enfermos y poseídos de espíritus inmundos. La salud física y psíquica de una persona es, sin duda, el mayor de sus bienes temporales y los apóstoles eran muy sensibles a las enfermedades de las personas. Atender a las personas que padecían alguna enfermedad era para los apóstoles una obligación, puesto que habían visto que así lo había hecho siempre su Maestro. También los cristianos de hoy debemos ser personas especialmente sensibles y atentas ante cualquier persona enferma. Visitar a los enfermos y llevarles consuelo y ayuda debe ser una de las cualidades de todo buen cristiano. La atención a los enfermos debe ser un signo de nuestra condición de buenos cristianos. Además de este signo del que nos habla hoy el libro de los Hechos de los Apóstoles, san Lucas nos dice en este mismo libro que el signo cristiano que más impresionaba a la gente era el signo del amor mutuo que se profesaban entre ellos. Nos dice Lucas que la gente, ante el comportamiento de los cristianos, decían admirados: mirad cómo se aman. Nosotros podemos visitar y consolar a las personas que padecen alguna enfermedad, pero, desgraciadamente, no siempre podemos curar la enfermedad. Sin embargo, el signo de nuestro amor mutuo sí podemos manifestarlo siempre. El cristianismo es una religión de amor a Dios y al prójimo, preferentemente al prójimo más necesitado; el signo de nuestro amor mutuo debe ser siempre el signo más visible que demuestre nuestra condición de cristianos. Así parecen querer decirnos estos primeros signos que está haciendo ante el mundo nuestro recién estrenado Papa, Francisco.


Fuente: www.betania.es

 

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