Es un Blog de orientación Cristiano/Católico, dirigido a personas de 16 a años en adelante, en el que se publican diariamente las Lecturas del Día, de acuerdo al Calendario Litúrgico Católico, la Lectio Divina, el Santoral del Día, la Liturgia de las Horas (Laudes, Vísperas y Completas, y otros artículos de orientación espiritual y moral.
La Homilía de Betania: La Sagrada Familia: Jesús, María y José. 30 de diciembre de 2012
1.- LA FAMILIA, PRIMERA IGLESIA; LA IGLESIA, GRAN FAMILIA
Por Pedro Juan Díaz
1.- En este último domingo del año, la Iglesia nos invita a mirar a la Sagrada Familia de Nazaret, a Jesús, José y María. Conviene no perder de vista que Jesús nació en el seno de una familia, que la encarnación de Dios se produjo según unos parámetros naturales. Jesús no fue ningún extraterrestre que cayó del cielo, sino que nació, como todas las personas, fue niño, adolescente, joven, adulto… Dice el evangelio que “Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres”.
2.- Y seguramente que también tendría problemas en su familia, viviría situaciones difíciles. De entrada, se quedó sin padre (no sabemos cuándo, pero sabemos que pasó). Y en aquella sociedad tan patriarcal, las mujeres viudas y los niños huérfanos eran la clase social más pobre. Así que imaginamos que se tuvo que espabilar para traer comida a casa y cuidar de su madre. Además, hoy vemos en el evangelio un pasaje que no es nada agradable, que es la sensación de angustia de unos padres que han perdido a un hijo. El final es feliz, lo encontraron a los tres días (como la resurrección) en el Templo, pero la angustia y el dolor de la pérdida no se los quitó nadie. Luego vemos la parte romántica de que “su madre conservaba todo esto en su corazón”, pero el sufrimiento fue real.
3.- Por lo tanto, la encarnación de Jesús es total, en las alegrías y en las penas, en todo semejante a nosotros, menos en el pecado. Pero también hay que decir que Jesús recibió una buena formación en su familia, una educación humana y también de fe. Jesús estaba en el Templo “sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas”. Su formación era buena y “todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba”. Y eso lo adquirió Jesús de su familia, de sus padres, que eran personas profundamente creyentes y que le transmitieron su experiencia de fe. Eso es lo que nuestras familias han hecho con nosotros, transmitirnos su experiencia de fe, su experiencia de Dios.
4.- Por eso, el grupo de sus seguidores no podría seguir otras claves que las familiares. Porque allí también había una gran experiencia de Dios que transmitir y compartir. Si la familia fue para Jesús su primera “Iglesia”, la Iglesia de Jesús había de ser una gran “familia”. Y las claves para esto nos las da el Apóstol San Juan en la segunda lectura. Dios nos ha querido tanto que nos ha hecho hijos suyos y, por tanto, hermanos unos de otros: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!”. Es verdad, es así. Y, por tanto, hay que vivir en consecuencia. Por eso dice el Apóstol San Juan a continuación: “Y este es su mandamiento: que creamos en el nombres de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, tal como nos lo mandó”. El amor es la gran experiencia de vida que estamos llamados a transmitir como padres, como hermanos, como hijos de Dios. El amor es lo que verdaderamente nos hace familia y crea esos lazos tan fuertes que nos unen. También en la Iglesia somos familia si cuidamos esos lazos de amor y de fraternidad que Dios ha creado entre nosotros.
5.- Nuestras familias están llamadas a ser pequeñas iglesias donde se transmita la fe a través del amor, el mismo amor con el que Dios nos amó. Y nuestras Iglesias están llamadas a ser grandes familias, donde nos amemos unos a otros como Dios nos ama y donde compartamos la alegría de la fe y demos testimonio de ella con nuestro amor, entre nosotros y hacia los demás hermanos. Por eso reconocían a los primeros cristianos. Decían de ellos: “mirad como se aman”. Eran la gran familia de los hijos y las hijas de Dios, la Iglesia de Jesús.
6.- Esta familia también se reúne cada domingo en torno a la mesa. Es una mesa familiar, de hermanos, preparada y presidida por Dios mismo, que alimenta nuestra fe y nuestro amor a través de la entrega de Jesús, muerto y resucitado por nosotros y por nuestra salvación. Esta mesa construye la familia, nos hace más hermanos. También construye la Iglesia. Sin la mesa que es la misa no hay familia, ni comunidad. Por eso al llegar, nos reconciliamos unos con otros, escuchamos la Palabra, celebramos el memorial de Jesús, muerto y resucitado, nos damos la paz y nos alimentamos con su Cuerpo y su Sangre, para ser la gran familia de los hijos y las hijas de Dios, que dan testimonio de ello con su amor.
Vamos a renovar nuestra fe, que es también comunitaria y familiar, con este Credo de las familias al que nos uniremos todos:
CREDO DE LAS FAMILIAS
¿Creéis en Dios que es Padre de la gran familia de la humanidad y que nos ha creado familia?
¿Creéis en Jesucristo, su Hijo, nuestro Señor, que nació en el seno de la Sagrada Familia de Nazaret, que murió y resucitó, y que nos unió como comunidad con los lazos del amor y de la fe?
¿Creéis en el Espíritu Santo, que es el vínculo de unidad de nuestras familias, en la gran familia de los cristianos, que es la Iglesia, en la comunión de los santos, con la familia del cielo, en el perdón de los pecados, en las relaciones fraternas, familiares y comunitarias, en la resurrección de los muertos y en la vida eterna?
2.- QUE REINE EL AMOR EN LA FAMILIA
Por José María Martín OSA
1.- El amor es la base de la familia; el amor en palabras de San Pablo a los Colosenses, es el ceñidor de la unidad consumada. El verdadero amor es el que toma la iniciativa. No espera que el otro dé el primer paso. Se lanza el primero. Además es comprensivo, disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites. Sabe perdonar porque no busca el propio interés, sino el del otro. Es capaz de decir “¡Perdóname!” y “Te perdono”, porque te quiero. Es un amor personal: lleva a aceptar al oro como es, sin pretender cambiarlo, ni dominarlo, ni anularlo. Quiere la realización del orto sin esclavitudes. Es como tener al ser querido como en un pedestal, buscando en todo momento su bien. Es ser capaz de sacrificarse por el otro, buscando todo aquello que le haga feliz. Es un amor total que pone en juego todo lo que somos. La persona es cuerpo: los esposos entregan su propio cuerpo para que sea del otro es en esa liturgia inventada por Dios, que es el encuentro sexual. El amor se dirige a toda la persona, no sólo al cuerpo, de tal manera que la misma relación sexual se convierte en la forma privilegiada de amor y entrega al otro. La persona es corazón. Amar es darse. Cada uno se ofrece al otro su cariño para hacer feliz al otro. La persona es libertad, decisión: os vais a dar un sí que compromete toda la vida. El amor mutuo es el mejor camino para entender y amar a Dios. Es un amor fecundo. Necesita salir de sí mismo, dar vida: los hijos, fruto del amor. Pero debe ser fecundo también para los demás. No se trata solamente de mirarse el uno al otro, sino también de mirar juntos a los demás, para que el amor sea también bendición para otros muchos.
2.- El amor es algo más que un sentimiento. Así lo expresa esta parábola: “Un esposo fue a visitar a un sabio consejero y le dijo que ya no quería a su esposa y que pensaba separarse. El sabio lo escuchó, lo miró a los ojos y solamente le dijo una palabra: "Ámala". Luego se calló. "Pero es que ya no siento nada por ella", insistió el esposo. "Ámala", respondió el sabio. Y ante el desconcierto del esposo, después de un oportuno silencio, el viejo sabio agregó lo siguiente: "Amar es una decisión, no un sentimiento. Amar es dedicación y entrega. Amar es un verbo que invita a la acción y el fruto de esa acción es el Amor. El Amor es un ejercicio de jardinería: arranca lo que hace daño, prepara el terreno, siembra, sé paciente, riega y cuida. Debes estar preparado porque habrá plagas, sequías y exceso de lluvias....más no por eso abandones tu jardín. Ama a tu pareja, es decir, acéptala, valórala, respétala, dale afecto y ternura, admírala y compréndela. Eso es todo: ¡Ámala!”
3.- Hay que priorizar en la vida. El amor es un tesoro. Tiene que crecer y que hay que cuidarlo No podemos ser ingenuos y pensar que crece sólo. Los esposos deben cuidarlo con:
i. Los pequeños detalles de cada día.
ii. El diálogo para mantener la confianza mutua y la comunicación
iii. El dedicar cada uno su tiempo al otro
iv. Hay que evitar todo aquello que pone en peligro al amor y favorecer lo que le hace crecer.
v. Cada día hay que dar gracias, juntos, a Dios por el amor. Dios está en medio del hogar. Es El quien nutre, une y hace posible el amor. Qué hermoso es pensar que Él ha soñado juntos a los esposos.
4.- Nazaret es la primera escuela de amor, donde empieza a entenderse la vida de Jesús. El contempló la actitud de sus padres y lo asumió. Hoy día la familia sigue siendo la primera escuela, donde el niño se impregna de los auténticos valores. Los niños son esponjas, que observan e imitan lo que hacen los padres. La familia, iglesia doméstica, es la primera escuela de educación en la fe, es donde se asume la actitud ante la sociedad y el prójimo. Los hijos, han subrayado recientemente los obispos españoles, "aprenden a amar en cuanto son amados gratuitamente, aprenden el respeto a otras personas en cuanto son respetados, aprenden a conocer el rostro de Dios en cuanto reciben su primera revelación de un padre y una madre llenos de atenciones.
5.- Sigue triunfando el amor. Cuando faltan estas experiencias fundamentales es el conjunto de la sociedad el que sufre la violencia y se vuelve, a su vez, generador de múltiples violencias. El consumismo, el individualismo, la incomunicación, la falta de maduración y de autoentrega son los auténticos enemigos de la familia. Esto hace que muchas personas busquen únicamente su propio bien o interés personal, arrinconando a los ancianos porque estorban, retrasando la llegada de los hijos porque son una carga para "el disfrute de la vida". Puede que se paguen las consecuencias de esta actitud egoísta e inmadura. La familia de Nazaret pasó por muchas dificultades económicas y sociales, pero todo lo superó porque estaba cimentada en la roca firme del amor y de la confianza en Dios. No seamos pesimistas, pues sigue triunfando el amor y nadie podrá detener la energía y el calor que irradia un hogar donde se vive de verdad la mutua entrega.
3.- LA PIEDAD DE JOSÉ Y MARÍA
Por Antonio García-Moreno
1.- HONRAR PADRE Y MADRE.- Existe una ley metida en nuestras mismas entrañas, una ley natural que nos inclina a respetar y a querer a los que nos dieron la vida, a los que nos llevaron en sus brazos cuando no sabíamos andar, a los que nos proporcionaron aun antes de nacer tanto cariño y tanto desvelo. Una ley que, sin embargo, se olvida a veces. Por eso Dios ha querido confirmarla con su propia ley. Y así el primero de los mandamientos que miran al bien del prójimo está dedicado a los padres.
San Pablo, escribiendo a los efesios, les dice: "Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor, porque esto es de justicia. Honra a tu padre y a tu madre -que es el primer mandamiento con promesa- para que seáis felices y tengáis larga vida sobre la tierra". Y el libro de Sirac que hoy leemos nos anima a cumplir este mandamiento: "El que honra a su padre se alegrará de sus hijos y cuando rece será escuchado...".
Somos tan amigos de la independencia que nos cuesta el depender de alguien. Hay como un loco afán de libertad mal entendida, un deseo incontenible de vivir cada uno a su aire. La rebeldía, tantas veces sin causa, se ha puesto de moda... Perdónanos, Señor. Haz que escuchemos tus palabras con el deseo de hacerlas vida de nuestra vida. Que sepamos querer, reverenciar, obedecer a esos que tanto nos han dado y tanto nos han querido, nuestros padres.
El autor inspirado por Dios insiste en señalar ese deber sagrado de honrar a los padres mientras vivan. Es un deber perenne, un deber que no termina nunca. Porque ni aun cuando mueran se pueden olvidar los hijos de sus padres. También entonces hay que honrar su memoria, rezar por ellos.
"No los abandones mientras vivas, aunque flaquee su mente, ten indulgencia, no lo abochornes...". Qué problema tan dramático el de los padres abandonados, olvidados, relegados en el último rincón, echados de casa, metidos con engaños en asilos o residencias de ancianos, con grandes dificultades para encontrarles sitio por estar todo lleno. Y es ahora, cuando difícilmente se pueden valer por sí mismos, cuando más necesitan cariño, comprensión, calor de hogar.
Los viejos nos estorban, no nos sirven para nada, son muebles inútiles, son causa de riñas y discusiones entre los esposos, no hacen otra cosa que dar trabajo. Se ponen malhumorados, insoportables con sus rarezas. Y cada vez hay más viejos... Así podríamos pensar, con fría crueldad.
Sin embargo, la ancianidad es la cumbre nevada y majestuosa de toda vida de lucha y de ilusiones. La vejez es la etapa última de nuestro correr hacia la eternidad... Dios nos dice: "La limosna del padre no se olvidará. Será tenida en cuenta para pagar tus pecados; el día del peligro se acordará de ti y deshará tus pecados como el calor la escarcha".
2.- ANTE LA FAMILIA DE NAZARET.- El Hijo de Dios se ha hecho hijo de mujer para estar más cerca de todos nosotros. Desde que el hombre comenzó a existir fue una criatura predilecta de Dios. Según el relato del Génesis, sólo con el hombre tuvo el Creador relaciones de amistad, a él le entrega cuanto ha creado para que lo cuide y lo aproveche en su propio beneficio. Incluso después de haber pecado, Dios da la impresión de que no tiene fuerzas para abandonarlo del todo. Compadecido de su tremenda desgracia, le promete un Redentor que un día, entonces lejano y ahora presente, hará posible la reconciliación, una creación nueva en la que otra vez el Señor esté muy cerca de su criatura, para enseñarle el camino de la salvación, para ayudarle a recorrerlo siendo Él quien vaya delante, señalándolo así de forma inequívoca.
En efecto, podemos decir que todas las épocas y circunstancias de la vida humana han sido recorridas por Jesucristo. De esa forma su enseñanza no es pura teoría, sino un ejemplo vivo y palpitante que nos ha de arrastrar con su fuerte atractivo. Para quien conoce la vida de Cristo, siempre hay una página evangélica que le ilumina y señala el camino a elegir. Hoy, fiesta de la Sagrada Familia, el Evangelio nos permite contemplar uno de los acontecimientos que el Señor vivió en el seno de su propia familia, para que nosotros aprendamos cómo hemos de vivir dentro de la nuestra.
Lo primero que destaca en este pasaje es la piedad de José y María, así como la preocupación de que también el Niño viva esos deberes religiosos propios de un buen hebreo. Como estaba mandado por la Ley, ellos iban cada año en peregrinación hasta Jerusalén por la fiesta de la Pascua. Según esto, también irían cada sábado a la sinagoga como era costumbre entre los judíos. También recitarían a diario las diversas oraciones que todo judío piadoso solía hacer. Mirémonos en este espejo preclaro y comparemos. Renovemos las antiguas costumbres si las hemos abandonado, fomentemos la piedad en nuestros hogares. Los padres han de ser los primeros en cumplir con estos deberes de piedad. Luego, con cariño, con persuasión y constancia que, sin ser machacona y agobiante, despierte el sentido religioso que todo hombre lleva en su interior.
La otra lección que podemos aprender, aunque no la única, es que antes que los derechos de los padres sobre los hijos, están los de Dios sobre ellos. Es un hecho evidente que las vocaciones sacerdotales y religiosas han disminuido. Es cierto que hay muchos factores que intervienen a la hora de explicar este triste fenómeno. Pero no hay duda que uno de esos factores está en la familia. Lo mismo que los que hemos llegado al sacerdocio debemos en gran parte nuestra vocación a nuestros padres, también es verdad que la falta de grandes ideales se debe al ambiente ramplón y materialista que en nuestros hogares con frecuencia se vive. Que sepamos rectificar, que vivamos mejor nuestra fe. Sólo así salvaremos a la familia.
Fuente: www.betania.es