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Es un Blog de orientación Cristiano/Católico, dirigido a personas de 16 a años en adelante, en el que se publican diariamente las Lecturas del Día, de acuerdo al Calendario Litúrgico Católico, la Lectio Divina, el Santoral del Día, la Liturgia de las Horas (Laudes, Vísperas y Completas, y otros artículos de orientación espiritual y moral.

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La Homilía de Betania: VII Domingo de Pascua. Solemnidad de la Ascencion del Señor. 12 de mayo, 2013.

La Homilía de Betania: VII Domingo de Pascua. Solemnidad de la Ascencion del Señor. 12 de mayo, 2013.

1.- TODO CRISTIANO ESTÁ LLAMADO A SER TESTIGO

Por Pedro Juan Díaz

1.- Las lecturas de la Palabra de Dios que acabamos de escuchar siempre guardan una relación entre sí, especialmente la primera lectura y el evangelio. Esa relación se ve hoy de una manera muy clara ya que el autor de las dos lecturas es el mismo. Es más, el texto que acabamos de escuchar es el final del evangelio de Lucas y la primera lectura es el principio de su segundo libro, los Hechos de los Apóstoles. Lucas nos muestra así una continuidad entre la vida de Jesús narrada en su evangelio y el nacimiento de la Iglesia, que nos cuenta en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Y este libro comienza con el momento de la Ascensión de Jesús al cielo, que es la fiesta que estamos celebrando hoy.

2.- También en el evangelio, Lucas nos ha narrado el momento de la Ascensión de Jesús. Jesús les cuenta que Él ha cumplido todo lo que estaba escrito sobre el Mesías: el anuncio del Reino, su pasión, su muerte y resurrección y ahora la ascensión y un nuevo anuncio del Reino, pero esta vez por parte de sus discípulos, porque ellos son ahora TESTIGOS de todo y, con la fuerza y la ayuda del Espíritu Santo, tienen que dar testimonio ante el mundo de lo que han visto y oído. De aquí sacamos la idea fundamental para nuestra reflexión de hoy: todo cristiano está llamado a ser testigo.

3.- Nosotros hemos recibido el testimonio de los Apóstoles. Es más, hemos tenido (o así debe ser) experiencia en nuestra vida de la presencia de Jesús vivo y resucitado y del amor incondicional de Dios por nosotros. Un Dios que, como dice la Carta a los Hebreos, “se ha manifestado una sola vez, al final de la historia, para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo”. Con su sacrificio, Jesús obtuvo la salvación para toda la humanidad. Fue una muerte solidaria con la humanidad, una muerte obediente y en consonancia con el proyecto salvador de Dios. Y Jesús, resucitado, ahora asciende al cielo “para ponerse ante Dios, intercediendo por nosotros”. Esa es la gran experiencia de la que daban testimonio los Apóstoles y que ha hecho posible que esa Buena Noticia llegue a nosotros 2000 años después. Y termina diciendo la Carta a los Hebreos: “acerquémonos con corazón sincero y llenos de fe… mantengámonos firmes en la esperanza que profesamos, porque es fiel quien hizo la promesa”. Porque el testigo pone el corazón en aquello que vive, anuncia y celebra.

4.- Pero este testimonio no depende solo de nosotros mismos, ni de nuestras solas fuerzas. Hay una nueva fuerza entre nosotros que nos impulsa y que no viene de nosotros, sino del Espíritu Santo. “Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos”. Ahora la nueva presencia de Dios entre nosotros es su Espíritu Santo. Y Jesús asciende al cielo bendiciendo a sus discípulos y a toda la humanidad, que va a acoger a ese Espíritu en Pentecostés (lo celebraremos la próxima semana). La bendición de Jesús y la fuerza de su Espíritu nos harán capaces de ser sus testigos… “hasta los confines del mundo”. Pidamos que ese mismo Espíritu Santo venga a nosotros. Recemos todos los días diciendo: “Ven, Espíritu Santo”. Seamos testigos convencidos de la presencia de Dios en nuestra vida y en el mundo. Vivamos la vida nueva de Dios, que se nos da cada vez que nos acercamos a la Eucaristía.

2.- CON LA ASCENSIÓN NUESTRO CAMINO ESTÁ ABIERTO

Por Antonio García-Moreno

1.- HISTORIA DE LOS PRINCIPIOS.- San Lucas, después de escribir su evangelio, emprende también con la inspiración divina la tarea de narrar lo que ocurrió después de que Jesús resucitara y subiera a los cielos. Es la historia de los comienzos de la Iglesia, esos tiempos fundacionales en los que el mensaje cristiano comienza a proclamarse como una doctrina nueva y sorprendente que habría de transformar al mundo entero. Así nos refiere que el Señor, antes de subir al trono de su gloria y enviarles la fuerza avasalladora del Espíritu, se les aparece una y otra vez durante cuarenta días, para fortalecerlos en la fe y encenderlos en la caridad, para animarlos con la más viva esperanza.

Fueron cuarenta días de amable intimidad, días inolvidables en los que suavizarían con su grato recuerdo los abrojos de los caminos que habían de recorrer. Por eso les vuelve a hablar de lo que les dijo desde el principio, de que el Reino de Dios estaba cerca, de que la salvación conseguida con su sacrificio en la cruz alcanzaría a todos los tiempos y lugares.

Los apóstoles dicen: "Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar la soberanía de Israel?" Qué pregunta tan intempestiva e inoportuna. Después de cuanto les había enseñado el Señor acerca del Reino, después de haberles mostrado con su muerte de cruz que su Reino no era de este mundo sino un Reino transcendente y espiritual, todavía están pensando en una restauración material de Israel, en un triunfo meramente temporal. Sin embargo, Jesús no se impacienta ante tanta cortedad de miras y, con una comprensión tremenda, les dice que no les toca a ellos conocer el momento señalado por el Padre.

Para disipar sus preocupaciones, más o menos temporalistas, les promete que el Espíritu Santo descenderá sobre ellos y les dará fuerzas para que sean sus testigos, desde Jerusalén y hasta los confines de la tierra. La piedra había caído en el lago y la onda expansiva comenzaba a rizar en círculos concéntricos la tersa superficie del agua, hasta llegar a todas las orillas del Orbe. El Señor dejaba la tierra pero la salvación estaba en marcha. Aquellos hombres y los que vinieron luego seguirían proclamando el Evangelio, harían posible la más prometedora siembra que un día producirá el fruto maduro de la redención universal.

2.- CAMINO DE GLORIA. "Pueblos todos batid palmas..." (Sal 46, 2) El salmista exhorta a todos los pueblos de la tierra a que clamen al Señor, que se llenen de gozo ante el triunfo de Dios. Pero su voz es posible que no llegue hasta donde él intenta. O quizá los hombres no le hagan caso y se dejen vencer por su tristeza. Hay tanto desastre, tanta oscuridad y niebla que es difícil ver la luz, imposible casi el sonreír y exultar de gozo.

No obstante, Dios es magnífico. Todo motivo de pesadumbre para el hombre puede ser superado con la ayuda divina. Para ello hay que remontarse sobre uno mismo, hay que mirar la vida con la mirada audaz y limpia de la fe. Descubrir entre los escombros el rastro luminoso del Señor. Él es más fuerte, omnipotente, capaz de hacer brotar la más bella rosa de las más punzantes espinas.

En medio del dolor y la depresión es necesario hacer revivir la esperanza, recurrir tambaleante quizá a la fuerza de Dios. La fe, como la esperanza, son virtudes teologales que superan la lógica y la perspectiva humanas. Son un don divino que el hombre ha de recibir con humildad y gratitud. Sólo si nos apoyamos en Dios, será posible entonces la paz en medio de la guerra, el gozo en medio del dolor.

"Dios asciende entre aclamaciones..." (Sal 46, 6)Hubo un ascenso penoso hacia al Calvario, un camino que, sin ser demasiado largo se hizo interminable bajo el peso de la cruz y la opresión de la más honda tristeza. Era difícil caminar, exhausto por la flagelación, y arrastrar sobre los hombros aquel pesado madero. Fue una subida lenta entre tropezones y caídas, entre lágrimas y burlas, bajo la mirada curiosa y divertida de la mayoría, también fue compadecido y llorado por unos pocos amigos, acompañado por la propia madre, cuya presencia era un consuelo y también motivo de mayor sufrimiento.

Era, sin duda, el más agudo dolor que hombre alguno haya sufrido. Pero también fue el preludio del más grande triunfo que la historia haya conocido, la mayor victoria que nunca podrá ser superada. La muerte fue vencida, se le arrancó su poder inexorable. Desde entonces, la vida tomaba nuevas luces, se abría a nuevos horizontes. El Señor asciende glorioso ante el pasmo de los suyos. Así marca e inaugura un camino, abierto y accesible para cuantos creamos en él. Un camino que pasa por la tierra y que llega hasta el cielo. Un sendero que asciende en penosa cuesta hasta el Calvario, pero que también llega hasta el monte de la Ascensión. Jesús nos precede tanto en el dolor como en el triunfo. Él nos llama a seguirle en la primera etapa de su Ascensión, la del Calvario, para que un día podamos seguirle en el segundo y definitivo paso de la Ascensión a los cielos.

3.- LA ORACIÓN DEL APÓSTOL. "Que el Dios del Señor nuestro Jesucristo..." (Ef. 1, 17) El Apóstol inicia una plegaria en favor de sus lectores, que también nos alcanza a nosotros. Es un comienzo solemne con que invoca al Padre y al Hijo en el Espíritu Santo. Podemos decir que es uno de esos momentos en los que, como dice en otro lugar san Pablo, el Espíritu ora en nosotros con gemidos inenarrables.

Aquí ruega con fervor que el Padre de la gloria nos conceda espíritu de sabiduría y revelación, para que podamos conocerle, luces de lo alto que nos iluminen para comprender la grandeza y magnitud de sus dones. Ser capaces también de descubrir la esperanza que ha de sostener nuestra lucha de cada jornada en una disposición constante de paz y de alegría, aún en medio de las más grandes dificultades y contratiempos. Conocer la riqueza única de los santos, esos bienes maravillosos que satisfacen por siempre las más grandes ansiedades del corazón, sus más recónditos anhelos. Luces para convencernos del poder extraordinario y divino que el Señor tiene en favor nuestro. Ese poder supremo que resucitó a Cristo y lo exaltó en lo más alto de los cielos.

"Y todo lo puso bajo sus pies y lo dio a la Iglesia como Cabeza" (Ef. 1, 22) Aquel que parecía terminar su historia clavado en una cruz, vencido ruidosamente por sus enemigos, iniciaba en ese momento su marcha triunfal, la más gloriosa de todos los tiempos. Apenas muerto, baja hasta las simas del Sheol, llega hasta los Infiernos para sacar de allí a los santos que esperaban su santo advenimiento. Y al tercer día resucitó ante el asombro, la incredulidad y el gozo de los suyos. Después, todavía con mayor asombro y gozosa sorpresa, le vieron elevarse majestuosamente, subir sereno y victorioso hacia lo más alto de los cielos. Entonces comenzaron a comprender la grandeza del Señor, iniciaban una penetración cada vez más profunda y rica en el misterio de Cristo, el Hijo del Altísimo que está sentado a la derecha del Padre, ensalzado sobre todos los seres del cielo y de la tierra, visibles e invisibles.

Bajo la luz divina descubrieron también que Cristo es la Cabeza de la Iglesia, de todos nosotros que formamos su Cuerpo místico, los miembros de su gran pueblo, destinado a alcanzar también, después de pasar por la vida y la muerte, una parte en el botín divino de su propia victoria.

4.- EL CAMINO ESTÁ ABIERTO.- "Y vosotros sois testigos de esto " (Lc 24, 48) Ellos volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios... Con estas palabras finaliza el pasaje evangélico que conmemora el día de la Ascensión del Señor. Era cierto que Jesús se había marchado, que ya no podrían oír su voz entrañable. Pero no importaba. Jesús había sido glorificado, había subido a los cielos como triunfante vencedor. Además les había prometido que, lo mismo que se había marchado, así volvería otra vez. Todo era cuestión de tiempo, de esperar confiados que pasaran raudos los días y las horas, al final, volvería con todo el esplendor de su majestad divina, rodeado de ángeles sobre las nubes del cielo.

Los dolores y sufrimientos de la Pasión habían sido superados, los horrores de la cruz estaban ya lejos. Aquellos terribles momentos sólo quedaban como memoria gloriosa de un tremendo combate, en el que Jesús había conseguido la más brillante victoria contra el más terrible enemigo. Todo aquello servía ahora para estímulo y ánimo en los momentos difíciles que también ellos, y los que vendríamos después, tendrían que superar. Por mucho que el enemigo se acerque, aunque parezca que el triunfo es suyo, no haya que tener miedo. La última batalla será ganada por Jesucristo, y en él y con él, por todos los que le han seguido, fieles hasta la muerte.

Antes de subir a lo Alto, Jesús les ha confiado la misión de ser sus testigos en todos los rincones de la tierra, durante todo el tiempo que dure la historia de los hombres. Ellos tenían que recoger la antorcha de manos de Cristo, alumbrar a los pueblos de su tiempo, y pasar después esa misma antorcha a otros hombres, que dinámicos e ilusionados, siguieran levantando en alto la Luz. Tal como el Señor dispuso, así lo hicieron ellos. Con su palabra, y sobre todo con su vida misma, los apóstoles dieron testimonio de Jesucristo, encendieron el mundo frío de su época y prendieron el fuego que Jesús trajo para incendiar la tierra y el tiempo, la Historia entera.

Ante ese triunfo de la Ascensión, el mandato de Jesús cobra una fuerza singular, entonces se comprendía el valor de la Pasión y la Muerte. Desde esa nueva perspectiva, la Cruz ya no era un escándalo ni una locura; todo lo contrario, era la fuerza y la sabiduría de Dios. Desde ese momento se podía hablar de perdón y de conversión. Ya no se podía dudar del amor y del poder divino de Jesús. Ya era posible predicar la conversión, exhortar a los hombres para que volvieran a Dios, seguros de su perdón y de su misericordia. Con la Ascensión de Jesucristo el camino está abierto, y también nosotros podemos recorrerlo.


3.- AHORA NOS TOCA A NOSOTROS

Por José María Martín OSA

1.- Está siempre con nosotros. Jesús se despide de los apóstoles, pero anuncia que no les dejará solos. Promete la llegada del Espíritu que les dará fuerza para ser testigos hasta los confines del mundo. Los discípulos no comprendían bien sus palabras, pues querían que estuviera corporalmente con ellos para siempre. Veían en El, nos dice San Agustín, un maestro, un animador y un consolador, un protector, pero humano; si esto no aparecía a sus ojos, lo consideraban ausente, aunque en realidad sigue presente entre nosotros. A nosotros nos ocurre muchas veces lo mismo: no comprendemos lo que nos pasa y nos rebelamos ante ciertas situaciones de dolor y de prueba. Hemos de mantener la calma, hay cosas que ahora no comprendemos, pero sabemos que Dios está siempre a nuestro favor.

2.- ¿Nos quedamos mirando al cielo? Es la hora de recoger el "relevo" que Cristo nos da. Es la hora de la Iglesia y del Espíritu. Es la hora de la madurez. Es como si Jesús nos hubiera dado un empujón desde la rampa de lanzamiento para que ahora nosotros siguiéramos la carrera con lo que Él nos había enseñado. El Reino tenemos que construirlo nosotros mismos, Dios con su providencia amorosa velará para ayudarnos, pero no le pidamos que Él sea el que nos solucione todo, somos nosotros los que tenemos que hacerlo. La gran tentación que tenemos es quedarnos parados mirando al cielo: "¿qué hacéis ahí plantados?". Hoy día también somos tentados si vivimos una fe desencarnada de la vida. La Iglesia somos todos los cristianos, luego todos tenemos que implicarnos más en la defensa de la dignidad del ser humano, de la vida, de la paz, de la justicia. ¿Cómo vivo yo el encargo que Jesús me hace de anunciar su Evangelio?, ¿qué estoy haciendo para que mi fe me lleve a la transformación de este mundo?, ¿cómo asumo el compromiso de la Eucaristía, la misión que cada domingo se me encomienda en la mesa del compartir? Recuerda que la Eucaristía es el sacramento del servicio. a Dios y al hermano.

3.- Los dos brazos de la cruz. Para llegar a Dios hay que acoger al hermano. Así lo hizo Jesucristo, que se abajó para subir al Padre. El camino del cristiano tiene que ser igual que el suyo. Primero hay que estar al lado del hermano que sufre, que pasa dificultades, que está solo y abandonado. Sólo así podremos ascender... Subir al monte nos ilusiona, el esfuerzo que ponemos parece que nos compensa. Es más difícil caminar por el llano, sin un reto aparente. Dos hombres vestidos de blanco dicen a los discípulos: ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? Nos está diciendo también a nosotros, discípulos del siglo XXI, que no nos quedemos contemplando, que hay que pasar a la acción, que tenemos que ser sus testigos por todo el mundo. Mira a la cruz: ves en ella un brazo vertical que se eleva hacia el cielo, pero también tiene un brazo horizontal que mira a la tierra. Si quieres seguir el ejemplo de Jesús asume la cruz, pero con los dos brazos, mirando al hermano y teniendo siempre la presencia de Dios en tu vida.

4.- San Agustín nos recuerda que la necesidad de obrar seguirá en la tierra, pero el deseo de la ascensión ha de estar en el cielo: "aquí la esperanza, allí la realidad". Hemos de poner atención a los mismos asuntos humanos. Con frecuencia se ha acusado a los cristianos de desentenderse de los asuntos de este mundo, mirando sólo hacia el cielo. No podemos vivir una fe desencarnada de la vida. La Iglesia somos todos los cristianos, luego todos debemos implicarnos más en la defensa de la vida, de la dignidad del ser humano, de la justicia y de la paz. ¿Cómo vivo yo el encargo que Jesús me hace de anunciar su Evangelio?, ¿qué estoy haciendo para que mi fe me lleve a la transformación de este mundo?, ¿cómo asumo el compromiso de la Eucaristía y la misión que cada domingo se me encomienda en la mesa del compartir? No es fácil la tarea que nos asigna el Señor. Soplan vientos contrarios a todo aquello que esté relacionado con el Evangelio. La cultura de hoy ridiculiza la fe, confunde a las personas sencillas y desorienta mediante la ceremonia de la confusión y la burla. Parece como si el cristiano hoy no pudiera hablar ni manifestarse. Sin embargo, Jesús nos pide que seamos sus testigos. No hay que temer a nada ni a nadie. Contamos con el apoyo de la gracia de Dios. Caminemos confiados hacia la esperanza del cielo porque es veraz quien ha hecho la promesa; pero vivamos de tal manera que podamos decirle con la frente bien alta: "Cumplimos lo que nos mandaste, danos lo que nos prometiste" (San Agustín, Sermón 395).

Fuente: www.betania.es

 

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