Es un Blog de orientación Cristiano/Católico, dirigido a personas de 16 a años en adelante, en el que se publican diariamente las Lecturas del Día, de acuerdo al Calendario Litúrgico Católico, la Lectio Divina, el Santoral del Día, la Liturgia de las Horas (Laudes, Vísperas y Completas, y otros artículos de orientación espiritual y moral.
La Homilía de Betania. XI Domingo del Tiempo Ordinario
17 de junio de 2012
1.- EL REINO DE DIOS VA CRECIENDO CADA DÍA
Por Pedro Juan Díaz
1.- Después de 4 meses en donde hemos celebrado la resurrección, con la preparación en Cuaresma y la vivencia en la Pascua, además de los domingos de la Santísima Trinidad y del Corpus, retomamos, con este domingo, el hilo del tiempo ordinario. Un tiempo en el que seguimos haciendo lectura continuada del evangelio de Marcos, con el deseo de profundizar en nuestro seguimiento de Jesús y ser más y mejores discípulos suyos.
2.- El tiempo ordinario en la liturgia nos invita a fijarnos en lo cotidiano de nuestra fe, en el día a día, en la fidelidad constante que nos pide el Señor a nuestra condición de discípulos, en el compromiso de hacer que su Palabra llegue cada vez más a nuestra vida y la haga más cristiana, más al estilo de Jesús. Esta Palabra es la mejor escuela para aprender de Jesús. Y Jesús enseñaba, sobre todo, con sus parábolas.
3.- Jesús con sus parábolas se hacía entender por todos, acercaba el mensaje del Reino de Dios a la sencillez de la vida de aquellas personas, tomando una escena de su vida cotidiana y desvelando al Dios cercano, Padre de todos, que ama la vida y está en ella. Lo mismo hace el profeta Ezequiel en la primera lectura. De la rama pequeña de un árbol, plantada de nuevo, Dios va a hacer surgir un futuro de esperanza para el pueblo de Israel, que vive tiempos de crisis. Son imágenes simbólicas que no necesitan muchas explicaciones porque son cotidianas y accesibles para todos.
4.- En la primera parábola, Jesús compara el reino de Dios a una semilla sembrada en la tierra. El sembrador hace su tarea, pero después, mientras él descansa, “la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola. Primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega”. Es una imagen que invita a confiar en que Dios, después de nuestro trabajo, también hace el suyo, que es el que hace eficaz el nuestro.
5.- En la segunda parábola, Jesús compara el reino de Dios con un grano de mostaza: “al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas”. Esta parábola nos hace reflexionar sobre lo pequeño, sobre lo que nosotros pensamos que cuenta poco, o más bien nada. Con eso es con lo que actúa Dios, para confundir a sabios y entendidos. San Pablo decía aquello de que “la fuerza de Dios se manifiesta en mi debilidad”, precisamente para que se vea que es Dios el que actúa. El grano de mostaza que, al ser pequeño, puede ser considerado por muchos como algo despreciable o inútil, es para Dios un grano lleno de vida y de fuerza.
6.- El reino de Dios va creciendo cada día. Ese es el mensaje que nos transmiten estas parábolas. Y crece de manera sencilla, con el esfuerzo y el trabajo de muchos de nosotros, pero, sobre todo, con la acción de Dios, que supera nuestras debilidades y nuestra fragilidad, y que “endereza el tronco”, para que no hagamos crecer “nuestros pequeños reinos de taifas”, sino que sea como Dios quiere, que sea su reino el que crezca entre nosotros.
7.- Dios sigue sembrando en los corazones de muchas personas la inquietud por como están las cosas, la esperanza en un futuro mejor, el deseo de una vida más digna para todos… son las pequeñas semillas de una nueva humanidad. Habrá que estar atento, acoger todo eso, rezar cada una de nuestras acciones, para que verdaderamente sea el reino de Dios el que crezca, para que el fruto que se produzca sea la felicidad para todas las personas, sin distinción. Eso es lo que quiere Dios. Ese es su Reino.
2.- SEMBRADORES DE SONRISAS Y DE COMPRENSIÓN
Por Antonio García-Moreno
1.- LABRANTÍO DE DIOS.- El hombre de campo cuida la tierra con empeño y ternura. El buen labrador rotura la tierra, abriendo anchos surcos para que la semilla se arrope, ahonde sus raíces sanas y eche sus brotes verdes. El que planta y trasplanta, el que injerta y poda. Con una gran ilusión por el fruto que llegará. Con una larga paciencia espera confiadamente en el momento de la cosecha final.
Dios es un labrador bueno, un campesino experto que escoge una rama tierna de cedro alto y frondoso, para plantarla en la cima de un monte elevado. Con la gran ilusión de quien planta un árbol, soñando con el día en que crezca hasta hacerse un cedro grande y espeso. Y sea un recuerdo perenne de la mano que un día remoto lo plantó.
Cristo es la rama florecida del tronco añoso de Jesé. El alto cedro que creció en la casa de Israel, en el monte Sión. Cedro que une el cielo y la tierra, árbol noble que extiende sus ramas dando sombra y frescor ante el fuego del sol de verano, protección y abrigo en los fríos del duro invierno... Pájaros sedientos que se asfixian bajo un sol de justicia, pájaros sin nido que se estremecen en el frío de las noches largas. Eso somos muchas veces y sólo tenemos un árbol donde guarecernos, el de la Cruz. Cristo, verde retoño florido que llenará de esperanza el vacío de nuestro dolor desesperanzado.
Figura del labrador que Dios se aplica a sí mismo en repetidas ocasiones, dándole diversos sentidos, agotando toda la riqueza de su contenido. Dios ante ti como el labrador ante su viña, como el hortelano ante sus árboles frutales, como el jardinero ante sus flores. Eres un árbol plantado por Dios en su finca, en esta ancha tierra suya que es el mundo. Un árbol plantado con cariño, con mucha esperanza e ilusión.
Y Dios cuida cada día de sus árboles. Poniendo un especial esmero en los que son débiles y pequeños, cortando de raíz a los que van torcidos, sin crecer por las guías que Él mismo ha señalado. Y ese árbol seco lo riega hasta que de nuevo sus hojas sean verdes y sus frutos jugosos. Y a esos otros que sólo tienen hojas, sin acabar de dar fruto, los descuaja, los quema porque están podridos por dentro y sólo sirven para el fuego.
Deja que Dios haga las cosas a su modo, permítele que doblegue tu vida para encaminarla por la dirección que Él conoce mejor que tú. Déjale que corte, que raspe, que pode. Y serás un árbol que dé buenos frutos, el revés de ese árbol seco ennegrecido que eres sin Dios. No seas soberbio, no resistas la acción divina, no te empeñes en torcer tu vida por los vericuetos que te sugiere tu loca imaginación. Crece en el sentido de Dios, y serás, como Cristo, un árbol en forma de Cruz del que penda la salvación del mundo entero.
2.- LA MEJOR SIEMBRA.- Jesús se acomoda al hablarnos a nuestro modo de entender, usa las imágenes que constituyen el quehacer diario de nuestra vida ordinaria. Desea que comprendamos bien su doctrina para que así podamos más fácilmente llevarla a la práctica. Al fin y al cabo lo que el Señor pretende no es lucir su sabiduría ni deleitar a sus oyentes, sino sencillamente que mejoremos nuestra conducta cada día, que nos asemejemos más y más a Él.
Hoy nos habla de la semilla que se siembra y que día y noche va creciendo sin que se sepa cómo, en silencio y de forma casi desapercibida. Cuando llegue el momento, la espiga habrá granado y la cosecha será una feliz realidad. Así ha de ser también nuestra propia vida, una siembra continua de buenas obras y de buenas palabras. A veces puede ocurrir que nos parezca inútil hacer el bien, dar un consejo a los demás, o llevar a cabo un trabajo sin brillo, ocultos en el mayor de los anonimatos. Entonces hemos de pensar que ni un solo acto hecho por amor de Dios quedará sin recompensa. Hasta la más pequeña de las semillas alcanzará, si se siembra, el gozo de su propio fruto.
La más pequeña semilla, la actividad más insignificante, el papel más sencillo de la gran comedia, todo tiene su dinamismo interno que, día y noche, va creciendo a los ojos de Dios y preparando el fruto, si no estropeamos la sementera con la rutina, el cansancio o la mediocridad. Cuando llegue el momento de bajar el telón y suene el aplauso de Dios, entonces descubriremos el secreto maravilloso de la pequeña semilla que, sin darnos cuenta, creció y dio frutos de vida eterna.
Sembradores incansables que echan a manos llenas, en amplio y generoso abanico, la simiente divina que Dios nos ha entregado desde que, por medio del Bautismo, hemos comenzado a ser hijos suyos. Sembradores que creen en el valor divino de cada uno de los momentos, que viven unidos a Dios por la gracia santificante. Sembradores de sonrisas y de comprensión, de esfuerzos por un trabajo bien hecho. Alegres y esperanzados siempre, persuadidos de que, aunque no se vea, el grano que se siembra nunca se pierde, sino que dará al final su preciado fruto.
3.- LA PACIENCIA EN LA CONSTRUCCIÓN DEL REINO
Por José María Martín OSA
1- El profeta de la esperanza mesiánica. Los exiliados en Babilonia, especialmente después de la destrucción de Jerusalén, perdieron toda esperanza y padecían mucho recordando junto a los canales la solemnidad de las fiestas que en otro tiempo celebraban en el templo de Jerusalén. Tenían que soportar las burlas de un pueblo extranjero que les había vencido y deportado y que interpretaba su victoria como una victoria de sus dioses sobre Yahvé. Todos estos sentimientos los hallamos recogidos en algunos salmos compuestos en el destierro. Ezequiel anuncia el restablecimiento de la dinastía de David. Yahvé mismo trasplantará un retoño y éste crecerá en el más alto monte de Israel, en Sion, hasta convertirse en un cedro frondoso en el que anidarán toda clase de aves. Se trata, pues, de una profecía mesiánica, alusión a un señorío universal a cuyo amparo acudirán todos los pueblos. Esta imagen la encontramos de nuevo en la parábola evangélica del grano de mostaza del evangelio de hoy. El soberbio árbol del imperio de Babilonia será humillado por Yahvé, que ensalzará al humilde árbol de la casa de David.
2.- El encuentro con el Señor. El hombre tiene su verdadera patria en el Señor y ahora en este mundo está desterrado. No está claro si Pablo se refiere a la parusía del Señor o si aquí afirma también un encuentro con el Señor en la muerte individual de los creyentes. Seguramente en la mente de Pablo está también afirmar que el sentido de la muerte individual es un encuentro con el Señor. De todas formas, lo importante es en este mundo aceptar la responsabilidad cristiana y agradar al Señor, ante quien todos comparecerán para ser juzgados. Pero sabemos que en ese juicio Dios actúa con misericordia, es un juicio para la salvación, a pesar de nuestros pecados.
3.- Colaboradores del Reino de Dios. Hoy Jesús habla a la gente de una experiencia muy cercana a sus vidas: un hombre echa el grano en la tierra; el grano brota y crece. La tierra da el fruto por sí misma; primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. Con estas palabras se refiere al Reino de Dios, que consiste en la santidad y la gracia, la verdad y la vida, la justicia, el amor y la paz. La semilla de la que habla el evangelio tiene una fuerza que no depende del sembrador. Una vez sembrada, crece misteriosamente hasta dar fruto, sin que el sembrador intervenga. Este ni siquiera sabe cómo acontece todo el proceso de crecimiento de la semilla. Lo mismo ocurre con el Reino de Dios, que nadie puede detener y ha de llegar a su plenitud cuando sea la hora. La Iglesia está todavía en camino hacia la plena manifestación y el establecimiento definitivo del Reino. Lo importante en la segunda parábola es la desproporción entre la pequeñez del principio (grano de mostaza) y la magnitud del final (el arbusto). Este Reino de Dios —que comienza dentro de cada uno— se extenderá a nuestra familia, a nuestro pueblo, a nuestra sociedad, a nuestro mundo. Hoy el Señor nos invita a sembrar con la humildad de quien sabe que la semilla, que es la Palabra, hará su obra por la fuerza divina que posee, y no por la eficacia humana que nosotros queramos darle. Por eso el evangelizador debe ser consciente de que es un colaborador de Dios y no el dueño que pueda manipular a su arbitrio la salvación. Aprendamos a trabajar por el Evangelio sin querer violentar los caminos de Dios. Aprendamos a escuchar al Señor y a llevar su mensaje de salvación orando para que el Señor haga que su Palabra rinda abundantes frutos de salvación en aquellos que son evangelizados. El Reino de Dios es la civilización del amor, de la que hablaba Pablo VI.