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Es un Blog de orientación Cristiano/Católico, dirigido a personas de 16 a años en adelante, en el que se publican diariamente las Lecturas del Día, de acuerdo al Calendario Litúrgico Católico, la Lectio Divina, el Santoral del Día, la Liturgia de las Horas (Laudes, Vísperas y Completas, y otros artículos de orientación espiritual y moral.

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La Homilia de Betania: XI Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo C. 16 de junio de 2013

La Homilia de Betania: XI Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo C. 16 de junio de 2013 1.- NO JUZGAR CON LIGEREZA A LOS DEMÁS Por Antonio García-Moreno 1.- HE PECADO.- David era el más joven de sus hermanos, tan joven que cuando llegó Samuel a elegir rey de entre los hijos de Isaí, éste le presenta a todos menos a David, entonces simple pastor de ovejas. Demasiado niño para pensar en él como rey. Pero Yahvé se había fijado en él, le había elegido para la dignidad suprema del pueblo hebreo. David quedó, después de la unción, transido por la fuerza del Espíritu. Su brazo es fuerte y su puntería certera cuando se enfrenta con el temible filisteo. Después de su victoria sobre el gigante Goliat, vendrían otras muchas victorias, pues Dios estaba con él, luchaba a su lado sin que hubiera enemigo que se le resistiera. Pero luego David se olvidó de Dios. Lo mismo que nosotros hemos hecho tantas veces. Nos olvidamos fácilmente de la misericordia de Dios para con nosotros y le ofendemos. Reflexionemos en esta verdad y reaccionemos llenos de compunción y de deseos de expiar nuestro pecado. David, a pesar de todo, era noble y generoso, sensible y fácil al arrepentimiento. Sus buenos sentimientos se pusieron muchas veces de manifiesto. Sobre todo al perdonar a su mortal enemigo que, con tanta saña como injusticia, trataba de matarlo. Sin embargo, David se ve de pronto envuelto por la maraña de una baja pasión. Se enamoró de Betsabé, la mujer de Urías. Y llevado de esa pasión, salta por encima de lo más sagrado, con tal de lograr su propósito: avasalla, mata, traiciona. Somos capaces de todo. Basta un descuido, una mirada indebida, una simple negligencia para que el corazón se nos descontrole, se nos pudra. No podemos descuidarnos, no podemos bajar la guardia, ni dejar de luchar contra nuestras malas inclinaciones, esos deseos bastardos que sólo morirán con nosotros mismos. Y si llega el pecado, si caemos víctima de nuestra condición de barro, que sepamos confesarlo en el Sacramento de la Reconciliación, decir aquello que en medio de un profundo pesar dijo el rey David: He pecado contra Dios... El Señor le perdona su pecado y así se lo hace saber por medio del profeta Natán. Es suficiente reconocer la propia falta, y confesarla con humildad, para que el perdón de Dios no se haga esperar. 2.- EL FARISEO Y LA PECADORA.- Hoy encontramos a Jesús en casa de un fariseo. Él sabía que la invitación para que comiera en su casa, no era más que una ocasión para observarle de cerca, para ver si podía cogerlo en falta. Sin embargo, el Señor acepta la invitación como manifestación de su buena voluntad hacia todos, también hacia quienes le miraban con malos ojos. Se dio cuenta enseguida de la falta de corrección de aquel hombre principal que, aunque debía saber las normas de la hospitalidad judía, prescinde de aquellos detalles de cortesía que suponían cordialidad y benevolencia hacia el visitante. Pero Jesús no dijo nada entonces y disimulando se sentó a la mesa de Simón el fariseo. Mientras estaban recostados según la costumbre del tiempo, una mujer se acercó a los pies de Jesús para besarlos, mientras lloraba copiosamente. Simón se da cuenta de que aquella mujer era una pecadora, una mujer de la calle, despreciada por todos, evitada en público y requerida quizá en privado, objeto de escándalo y motivo de vergüenza. Pero el Señor la deja que siga llorando, mientras le enjuga los pies con sus cabellos y se los unge con un costoso perfume. Simón se escandaliza de lo que estaba ocurriendo, se persuade de que Jesús no puede ser un profeta, y mucho menos el Mesías, pues no sabía qué clase de mujer era aquella que le besaba entre lágrimas y suspiros. Es la misma actitud que muchas veces adoptamos también nosotros al juzgar con ligereza a los demás, al despreciar a quienes consideramos pecadores. Sin darnos cuenta de que a los ojos de Dios, esas personas que consideramos despreciables, son quizás más agradables ante el Señor y con un corazón más encendido y limpio de soberbia y de orgullo que el nuestro. Desde luego en el pasaje que comentamos, Simón aparece ante la mirada de Jesucristo como un hombre que no le ha sabido comprender, que le ha tratado con indiferencia, que le ha mirado con prevención. Por el contrario, la mala mujer aparece acongojada y arrepentida, llena de amor y de fe por Cristo. Entonces el Señor habló y manifestó al fariseo que la pecadora se había portado él mejor que él. En efecto, le había invitado a su casa y no le había ofrecido agua para lavarse los pies, ni le había dado el beso de paz. El fariseo consideraba que nada tenía de qué ser perdonado, lo mismo que esos que demoran la confesión o la consideran innecesaria, sin darse cuenta de su condición de pecadores. En cambio, la pecadora, se llena de desconsuelo al reconocerse como tal, y no duda ni por un momento en postrarse a los pies de Jesús e implorar su perdón. ________________________________________ 2.- REFLEXIONAR SOBRE NOSOTROS MISMOS Por Pedro Juan Díaz 1.- Hoy la Palabra de Dios nos invita a reflexionar sobre nosotros mismos. Esto no es una novedad, porque siempre lo hace. Pero hoy se ve reflejado de manera especial en los diálogos, tanto de la primera lectura como del Evangelio. El profeta Natán lo hace con el rey David en la primera lectura y Jesús lo hace con el fariseo, que le ha invitado a comer a su casa, en el Evangelio. La primera lectura se nos queda un poco corta. Comienza en el versículo 7, saltándose el nudo de la trama y llevándonos directamente al desenlace. Todos sabemos que el pecado del rey David fue que se “encaprichó” de una mujer, Betsabé, casada con un soldado suyo, Urías, al que mandó a la guerra para que lo mataran y quedarse con su mujer, a la que había dejado embarazada. Natán, para hacerle descubrir su pecado, le cuenta un cuento, que empezaría más o menos así: 2.- “Había en la ciudad dos hombres, uno rico y otro pobre. El rico tenía rebaños en cantidad. El pobre sólo tenía una corderilla que comía, dormía y vivía con él. Vamos, que rea como de la familia. Un día le llegó un huésped al rico, y para obsequiarle, no se le ocurrió cosa mejor que robar y matar la cordera del pobre”. El rey David, muy justo él, monta en cólera y dice al profeta que le diga quién es ese hombre, para que caiga sobre él todo el peso de la ley. Natán le dice a David: “Ese hombre eres tú. Dios puso en tus brazos a todas las mujeres de Israel, y tú mataste a Urías para quedarte con la suya”. Natán le encara con su pecado para provocar el arrepentimiento del rey y lo consigue. “¡He pecado contra el Señor!”, dice David. “El Señor ha perdonado ya tu pecado”, contesta Natán. 3.- En el Evangelio ocurre algo parecido. Jesús ha entrado en casa de un fariseo y se ha sentado a su mesa. Una mujer, pecadora, se acerca, le lava los pies con sus lágrimas y se los seca con sus cabellos. Que una mujer enseñara sus cabellos ya era un signo de provocación. Pero si además, siendo pecadora, se atrevía a entrar en casa de un “justo” y “contagiarle” su pecado tocándolo, eso era más escandaloso aún. Esta acción de la mujer provoca la reacción del fariseo, que empieza por dudar de Jesús, que permite esa acción: “Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora”. Jesús, al igual que Natán en la primera lectura, va a hacer reflexionar al fariseo para poder entender esa situación. Y lo hace también con un cuento, o parábola, que dice así: “Un prestamista tenía dos deudores; uno le debía quinientos euros y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos ¿Cuál de los dos lo amará más?”. El fariseo contesta: “Supongo que aquel a quien le perdonó más”. “¡Correcto!”, le dice Jesús. 4.- Esta mujer, definida como pecadora por la sociedad, no puede relacionarse ni con los demás ni con Dios. Pero su acercamiento a Jesús y sus atrevidos gestos nos dejan ver su arrepentimiento y su gran agradecimiento, porque Jesús, con su acogida y con su trato, le ha hecho sentirse una persona nueva. La mujer responde agradecida porque ha conocido el verdadero rostro de Dios, que libera y levanta a las personas que están hundidas. “Sus muchos pecados están perdonados porque tiene mucho amor –dice Jesús-; pero al que poco se le perdona, poco ama”. El que no es capaz de reconocer su pecado, no puede sentirse agradecido por el perdón y amar con todas sus fuerzas. Esta es la gran lección que Natán le da a David y Jesús al fariseo. 5.- Pero “para rematar la faena”, llega Pablo y le habla a los Gálatas, una comunidad amenazada por un grupo que presiona para que ellos, que antes eran paganos, comiencen a cumplir las leyes judías como requisito necesario para su salvación. Pablo les viene a decir que el amor no nace de cumplir ninguna ley, sino de la experiencia vital de encontrar a Dios en tu propia vida. En las primeras líneas repite hasta tres veces la misma expresión: “el hombre no se justifica por cumplir la ley”; y añade otras tantas veces: “sino por creer en Cristo Jesús”. Blanco y en botella… es leche, de toda la vida. El perdón, el amor, la acogida, el respeto, la dignidad de las personas, no se pueden adquirir a base de “cumplir”. La fe nos da algo más. La fe es la que nos ayuda a reconocer que Dios está en nosotros: “Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mi”. Es ese Dios el que nos ha amado primero, nos ha perdonado, nos ha acogido tal y como somos, nos respeta y valora nuestra dignidad por encima de todas las leyes. Esa es la experiencia que nos lleva a la acción. Esa es la fe que nos lleva al compromiso. Y lo demás son sucedáneos. 7.- ¿Por qué venimos a la Eucaristía cada domingo? ¿Para “cumplir”? Más bien para dar gracias, que eso es lo que verdaderamente significa la Eucaristía. Damos gracias a Dios por su Hijo Jesús que entregó su vida por nosotros sin esperar nada a cambio. Damos gracias a Dios porque nos ha amado desde el primer momento de nuestra vida y lo seguirá haciendo durante toda la eternidad. Damos gracias a Dios por lo que somos y tenemos, por su amor, su perdón, su acogida, su respeto, porque nos hace libres, porque somos su mejor obra, porque no consentirá nunca que nuestra dignidad sea menospreciada. Tenemos tantos motivos para darle gracias a Dios… Por eso venimos a la Eucaristía, por eso la celebramos en comunidad, y por eso nos sentimos enviados y comprometidos a extender esta Buena Noticia allá donde estemos. ¿Son esas tus motivaciones para estar hoy aquí? ________________________________________ 3.- EL AMOR Y EL PERDÓN Por Gabriel González del Estal 1.- El amor y el perdón cristianos son dos caras de una misma moneda. Frecuentemente se dice que el perdón es la cara humilde del amor. Hay personas que dicen que ellas no pueden perdonar algunas ofensas graves que les han hecho. ¿Cómo van a perdonar unos padres el asesinato vil y alevoso de un hijo, al que mataron únicamente por tener unas ideas políticas distintas de las de sus asesinos? Yo creo que en estos casos se confunde perdón cristiano con olvido psicológico. Y no es o mismo: el perdón cristiano es no querer devolver mal por mal, es desear de verdad que la persona que nos ha ofendido se arrepienta de su pecado y empiece a ser buena y feliz. Claro que psicológicamente nunca podremos olvidar el mal profundo que nos han hecho, pero sí podemos perdonarles cristianamente. Muchas personas lo han hecho y han dado públicamente un ejemplo de perdón cristiano. Porque si amas cristianamente a una persona no puedes desear para ella ningún mal y Cristo nos dijo que deberíamos amar a todas las personas, incluso a nuestros enemigos. El verdadero amor cristiano busca siempre el bien de las personas a las que ama cristianamente. El amor psicológico es otra cosa y nadie podrá nunca obligarnos a amar psicológicamente a todas las personas, sencillamente porque esto es algo humanamente imposible. Nadie está obligado a hacer lo que no puede hacer. El amor cristiano y el perdón cristiano sí pueden convivir y realizarse al mismo tiempo. Este amor y este perdón es el que nos pide Dios que tengamos con todas las personas, hasta con nuestros enemigos. 2.- “El Señor ha perdonado ya tu pecado”. El pecado del rey David fue realmente un pecado horrendo y monstruoso. No tanto por haberse enamorado de Betsabé y haberla hecho su mujer, sino por los medios inicuos de los que se valió para conseguirlo. Fue un pecado repugnante y así se lo hizo saber al rey el profeta Natán. Pero el rey David se arrepintió con el propósito de ser durante toda su vida cantor de las grandezas del Señor y defensor de la Ley y el templo. Cualquiera de nosotros en un momento determinado puede cometer un pecado, pero si sabemos arrepentirnos con el propósito de cambiar de vida Dios siempre nos perdona. 3-. “Tus pecados están perdonados”. La pecadora del evangelio amaba mucho a Jesús, a juzgar por el comportamiento que tuvo cuando se vio delante de Jesús de Nazaret. Le amaba bastante más que Simón, el fariseo que había invitado al Maestro a comer en su casa. Jesús no la juzgaba por los pecados que hubiera cometido antes, la juzgaba por las muestras de amor y arrepentimiento que le estaba dando en aquel momento. El perdón de Jesús y el amor de la pecadora aparecen aquí íntimamente relacionados. Porque la pecadora amaba mucho, Jesús le perdonó mucho y porque Jesús le había perdonado mucho, la pecadora le amaba aún con más intensidad. Al que poco se le perdona, dice Jesús, poco ama, mientras que al que tiene mucho amor se le perdona todo. El amor y el perdón se alimentan mutuamente. Cuando somos conscientes de que hemos ofendido gravemente a una persona y vemos que, a pesar de todo, esa persona nos ama y nos perdona, nos sentimos impulsados a amar aún más a la persona a la que previamente habíamos ofendido. El que sabe amar y perdonar como nos mandó Jesús puede vivir en paz con Dios y con el prójimo. Fuente: www.betania.es
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