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Es un Blog de orientación Cristiano/Católico, dirigido a personas de 16 a años en adelante, en el que se publican diariamente las Lecturas del Día, de acuerdo al Calendario Litúrgico Católico, la Lectio Divina, el Santoral del Día, la Liturgia de las Horas (Laudes, Vísperas y Completas, y otros artículos de orientación espiritual y moral.

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La Homilia de Betania: XII Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo C. 23 de junio de 2013

La Homilia de Betania: XII Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo C.23 de junio de 2013

1.- RENUNCIAR, TOMAR LA CRUZ Y SEGUIRLE

Por José María Martín OSA

1.- Jesús espera la respuesta. La lectura del Evangelio se centra en la figura de Pedro, el portavoz de los apóstoles. Lucas presenta la famosa “confesión de San Pedro” y la respuesta de Jesús a tal confesión de fe... ¿Quién dice la gente que soy yo?” Jesús comienza con una pregunta impersonal. ¿Qué impresión tienen los otros de mí? ¿Cómo me ven? A esto responden los discípulos: “Unos dicen que Juan el Bautista, otros que Elías, Jeremías o uno de los profetas.” Lo evidente es que la gente percibe a Jesús como un hombre santo, en línea con los profetas. En este momento crítico de la historia de la salvación judía, le ven como portavoz de Dios. “Y vosotros ¿Quién decís que soy yo?” Jesús no deja a los apóstoles sólo en un nivel superficial. Quiere una relación más personal: ¿quién pensáis vosotros que soy yo? "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.” Así respondió Pedro a aquel examen, hablando por sí mismo y por los demás apóstoles. Es una profesión de fe de más alcance que la expresada por la gente. Jesús no es un mero profeta; es mucho más. Es el Mesías largamente esperado, el Ungido de Dios, realmente el Hijo mismo de Dios. Conociéndole y permaneciendo con él, Pedro y los apóstoles poseen la auténtica presencia de Dios, aquella “luz atractiva” imposible de despreciar y de renunciar. Esta misma pregunta nos la hace Jesús a cada uno de nosotros: ¿Y tú, quién dices que soy yo? En otras palabras te está preguntando ¿para ti, quién soy yo? Debes pensar antes de responder, no se trata de contestar con palabras bonitas aprendidas del catecismo, se trata de responder con la vida. ¿En tu comportamiento en el trabajo, en casa, en la vida pública, tienes presente lo que Jesús espera de ti?

2.- “El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo”. Son tres las condiciones que Cristo pone: renunciar a sí mismo, tomar la cruz y seguirle. La primera es la más difícil de comprender. El hombre tiene arraigado en el profundo de su ser la tendencia a pensar en sí mismo, a poner la propia persona en el centro de los intereses y a ponerse como medida de todo. ¿Cómo, entonces, se le ocurre a Jesús pedir al hombre, y más aún al joven, que renuncie a sí mismo, a su vida, a sus planes? Jesús no pide que se renuncie a vivir, sino que se acoja una novedad y una plenitud de vida que sólo Él puede dar. He aquí el elemento que nos hace entender las palabras evangélicas. No se nos pide renunciar, sino todo lo contrario. Cuando el seguimiento del Señor se convierte en el valor supremo, entonces todos los otros valores reciben de aquel su justa colocación e importancia. Renunciar a sí mismo significa renunciar al propio proyecto, con frecuencia limitado y mezquino, para acoger el de Dios. Pero debemos entenderlo correctamente. Ante nuestros proyectos limitados y mezquinos se encuentra la plenitud del proyecto de Dios. ¿En qué consiste esta plenitud? En primer lugar, ante el limitado plan humano del tener y poseer bienes, Dios nos ofrece la plenitud de ser un bien para los demás. En realidad, el Señor no quiere que rechacemos los bienes, por el contrario desea que nosotros nos convirtamos en un bien y usemos de lo material en la medida que nos ayude a ser ese bien para los demás. La vida verdadera se expresa en el don de sí mismo.


2.- AHORA, NOS DIRIGE EL SEÑOR LA MISMA PREGUNTA…

Por Antonio García-Moreno

1.- PROMESAS QUE SE CUMPLEN.- Una vez más Dios consuela a su pueblo con grandes promesas. Así trataba de mantenerlos en su amor, les ayuda a que no se desanimen ante las dificultades que se les presentan. Sobre todo en esa desesperación que puede provenir de la propia limitación y miseria. Los pecados y faltas del hombre pueden alzarse como una muralla que los separa de Dios, como un peso muerto que impide levantar el vuelo hacia lo alto.

Ante esa pesadumbre interior de quien teme el castigo divino o quizá su desprecio, ante ese desconsuelo íntimo, Dios habla de su clemencia. Él actuará, nos dice, no según su justicia sino conforme a su misericordia. Sin merecerlo, sólo porque él es bueno y compasivo, seremos tratados con benevolencia... Las promesas hechas a los israelitas se cumplieron. En efecto, él mismo, hecho hombre, vino hasta Jerusalén para hablarles y hablarnos, de perdón y de paz, para ofrecerse como víctima de expiación por todos los pecados del pueblo. Cargó con aquel tremendo peso que aplastaba al hombre y caminó a duras penas hasta el monte del sacrificio.

Traspasado de pies y manos, cosido con clavos al madero de la cruz. Levantado en alto como trágica bandera. Alzado como estandarte sangriento. Todos pudieron verle, todos le miraron con estupor. Los ángeles, quizá, se taparían el rostro para no ver al Hijo de Dios colgado de la cruz, desnudo y herido... Ya lo había dicho Jesús a Nicodemo. Lo mismo que la serpiente de bronce en el desierto, así sería levantado el Hijo del hombre, para que todo el que le mirara con ojos de fe quedara salvado.

En cierto modo el Señor sigue colgado de la cruz, levantado en alto para que todos los hombres podamos verle, mirarlo y asombrarnos, llenarnos de pena por haberle clavado, nosotros, sí, con los punzantes clavos de nuestros pecados. Muchos lloraron al verle entonces y muchos llorarían después, a lo largo de los siglos, ante el sacrificio doloroso que expiaba nuestro pecado. Así se cumplía y se cumple el presagio del profeta.

Retablo de dolores ha sido llamado el Calvario. Vamos a contemplarlo para llenarnos de compunción y arrepentimiento, de dolor de amor, de propósitos firmes de enmienda, de sinceros deseos de rectificar, de anhelos de desagraviar. Crecer además en la esperanza y en el amor, a quien tanto nos ha querido que ha entregado su vida por nosotros.

2.- ¿QUIÉN ES ÉL PARA TI? En más de una ocasión nos refieren los evangelistas, sobre todo san Lucas, que el Señor se retiraba a orar, a veces con noches enteras pasadas en oración. El pasaje de hoy nos dice, en efecto, que Jesús estaba orando a solas. De esta forma nos enseña con su vida lo que nos enseña también con sus palabras. Podemos afirmar que la necesidad de orar es uno de los puntos fundamentales de la doctrina de Jesucristo. Basados en esta enseñanza los maestros clásicos de la vida espiritual han valorado en mucho la oración, respiración del alma en frase de algunos de ellos. Santa Teresa de Jesús llegaba a asegurar la perseverancia final a quienes dedicasen cada día un cuarto de hora a la oración. Sin mí nada podéis hacer, dijo el Maestro. Y es verdad. Sólo quien está unido a Dios puede dar valor y sentido a su vida: orar es, en definitiva, unirse íntimamente con el Señor. Tratarle, quererle y dejarse querer.

A continuación Jesús pregunta a los discípulos quién dice la gente que es él. Después les pregunta qué piensan ellos. El Señor distingue entre sus discípulos y los que no lo son. Un detalle que no carece de importancia, que nos ha de llenar de alegría y, al mismo tiempo, de afán de superación. Nosotros, los que hemos sido bautizados, no somos extraños a Dios sino sus propios hijos. Una verdad que nos coloca en la esfera de la predilección divina. Hemos de tomar conciencia de esta realidad, no para enorgullecernos sino para llenarnos de gratitud, de grandes deseos por corresponder con generosidad y alegría.

La gente no sabía quién era el Señor. Pensaban algunos que era un gran profeta, o Elías que había vuelto. Ignoraban la grandeza de Jesús, no sospechaban que tenían delante al Mesías, a ese que habían anunciado los profetas de Yahvé, el Esperado durante siglos con anhelo y esperanza, el Rey de reyes, el Hijo de Dios hecho hombre. Los apóstoles, en cambio, le reconocieron y le siguieron llenos de entusiasmo y de amor. Creyeron tan seriamente en él que no les importó dejarlo todo con tal de seguirle, dispuestos a todo lo que fuera preciso por serle fieles siempre.

Hemos de pensar que también a nosotros, los discípulos de Cristo de ahora, nos dirige el Señor la misma pregunta. Pero la respuesta que hemos de dar no puede reducirse a palabras. Sólo nuestras obras, nuestra vida misma, podrán dar testimonio de lo que Jesús es para cada uno de nosotros.


3.- LOS CRISTIANOS DEL SIGLO XXI

Por Gabriel González del Estal

1. El que pierda su vida por mi causa la salvará. En este siglo XXI en el que nos ha tocado vivir, lleno de luces y de sombras, este texto evangélico nos dice que para que una persona pueda ser llamada santa, auténticamente cristiana, debe ser una persona que esté dispuesta a perder su vida por la causa de Jesús. La causa de Jesús es la realización del reino de Dios, es decir, una sociedad en la que los supremos valores sean la justicia, la paz, la verdad y el amor. Sólo una persona que esté dispuesta hoy a vivir entregada plenamente a defender estos valores puede hoy ser llamada santa, un Cristo viviente. Una persona así tiene que ser una persona con una capacidad heroica de valor y de sufrimiento: el que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Negarse a sí mismo significa renunciar a todo egoísmo o ventaja personal, para poner todo su ser y todo su tener al servicio del reino de Dios, es decir, de la justicia, de la paz, de la verdad, del amor, de la libertad, de la vida… Esto es sumamente difícil y hasta imposible sin una especial gracia de Dios. Porque todos nos sentimos naturalmente inclinados a vivir con comodidad, satisfaciendo nuestros egoísmos y alimentando cada día nuestros pequeños placeres. Vivir únicamente para el reino de Dios, trabajando día y noche por la causa de Jesús, es algo heroico; por eso, podemos llamar santos, Cristos vivientes, a los que viven así. Lo que nadie puede dudar es que nuestra sociedad necesita de estas personas, de estos verdaderos cristianos del siglo XXI, aunque también sea verdad que esta misma sociedad puede terminar crucificándolos.

2. Derramaré sobre la dinastía de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia y de clemencia. Los cristianos creemos que esta profecía del profeta Zacarías se cumplió en Jesús de Nazaret y queremos que se haga realidad en todos los cristianos de este siglo. Los cristianos de este siglo debemos vivir llenos de gracia y de clemencia, es decir, derramando amor y perdón a manos llenas. Nuestra lucha a favor de la justicia, de la paz, de la verdad y del amor, debe ser una lucha llena de fuerza y vigor, de gracia y de clemencia, pero sin violencia, ni agresividad orgullosa. Así lo hizo nuestro Señor Jesucristo, con un corazón manso y humilde, que no se acobardó nunca, ni se echó atrás ante las amenazas de muerte que se cernían sobre él. Hoy se necesita mucho valor y mucha fe, mucho amor cristiano, para no ceder ante el menosprecio, la incomprensión y el materialismo puro y duro en el que vive sumergida nuestra sociedad actual.

3. Ya no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres, porque todos sois uno en Cristo Jesús. Este texto de san Pablo, en su carta a los Gálatas, ha sido citado miles de veces para defender la igualdad ante Dios de todos los cristianos y de todo el género humano, en general. San Pablo basa esta igualdad en el bautismo, por el que todos pasamos a ser, con la misma dignidad, hijos de Dios, justificados por la fe, y herederos de la promesa. En teoría, esta igualdad ha sido siempre reconocida por la Iglesia Católica, aunque no siempre se ha visto confirmada en la práctica. A lo largo de los siglos, la superioridad del hombre sobre la mujer, del blanco sobre el negro, del rico sobre el pobre, ha sido aceptada y consentida graciosamente en nuestra sociedad cristiana y hasta en nuestra querida Iglesia. Hoy todos los cristianos queremos que este texto de san Pablo se haga de una vez realidad en nuestro mundo y, de manera preferente, en nuestra iglesia. Sólo así, podremos llamarnos en verdad cristianos del siglo XXI.

Fuente: www.betania.es

 

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