Es un Blog de orientación Cristiano/Católico, dirigido a personas de 16 a años en adelante, en el que se publican diariamente las Lecturas del Día, de acuerdo al Calendario Litúrgico Católico, la Lectio Divina, el Santoral del Día, la Liturgia de las Horas (Laudes, Vísperas y Completas, y otros artículos de orientación espiritual y moral.
La Homilía de Betania: XIII Domingo del Tiempo Ordinario
1 de julio de 2012
1.- REINCORPORADAS A LA VIDA POR LA FE
Por Pedro Juan Díaz
1.- Las lecturas de esta celebración podríamos decir que se mueven entre la vida y la muerte. De ellas podemos sacar una valiosa contribución para nuestra manera de entender ambas cosas. Podríamos decir que en la primera lectura se encuentra la parte más teórica y que en el evangelio está la praxis concreta de Jesús.
2.- Empezando por la teoría, el libro de la Sabiduría comienza con una frase que es rotunda: “Dios no hizo la muerte ni goza destruyendo a los vivientes”. Parece algo obvio, pero cada vez que nos enfrentamos a la muerte de alguna persona querida, nos cuestionamos: “¿por qué se lo ha llevado Dios?”. Como si Dios se dedicara a jugar con nosotros y “al que le toque, al hoyo”. No. Dios no tiene nada que ver con la muerte, sino con la vida. Creo al mundo y a las personas para la vida y la felicidad. ¿Y entonces la muerte? El libro de la Sabiduría continúa diciendo que “la muerte entró en el mundo por la envidia del diablo”. Por lo tanto, Dios nos llama a la vida, nos sostiene en ella y nos acoge tras la muerte.
3.- Todo esto lo lleva a la práctica Jesús. En el evangelio de hoy vemos dos ejemplos claros, a través de los cuales Jesús se mantiene fiel al proyecto inicial de Dios de hacer prevalecer la vida sobre la muerte. Son dos mujeres, una muere y la otra está enferma, una tiene doce años y la otra lleva doce años enferma, ambas están excluidas de la vida social. En ambos casos, la fe se hace explícita y manifiesta.
4.- Jairo es un judío, jefe de una Sinagoga que, ante la desesperación por la enfermedad de su hija, acude a Jesús, llevado por las habladurías de la gente, de las que habrá oído que es un profeta poderoso, que hace milagros, y demás. Jairo se echa a los pies de Jesús y le suplica. Pero de camino a la casa, le comunican que la niña ha muerto. Sin embargo, Jesús no se rinde, y le pide al Padre que tenga fe, no miedo. Jesús dice a viva voz que la niña no está muerta, que solo está dormida. Todos se rieron de Él. Jesús se acerca a la niña, la coge de la mano y la levanta. La fe de su padre ha hecho posible el milagro. La niña ha sido reincorporada a la vida por la fe.
5.- El otro caso es el de una mujer que lleva enferma doce años, padeciendo flujos de sangre. Esta mujer también se acerca a Jesús con mucha fe, pero no quiere llamar la atención, aunque finalmente lo hace. Prefiere acercarse a Jesús discretamente. No necesita su palabra, ni su atención. Sabe, por lo que ha oído de Jesús, que con solo tocarle será suficiente. Su fe es grande y produce el milagro. La mujer “notó que se cuerpo estaba curado”. Y Jesús también notó la fe de aquella mujer. Y se volvió para buscarla. Jesús no quería que aquel testimonio de fe pasara desapercibido para sus discípulos y para la gente. Por eso la busca, la encuentra y alaba su fe públicamente. Aquella mujer también fue reincorporada a la vida por la fe.
6.- El evangelio es la puesta en práctica por parte de Jesús del proyecto de Dios para todas las personas: la vida y la felicidad. Esta praxis se lleva a cabo a través del testimonio de fe de dos personas que salieron revitalizadas de su encuentro con Jesús, que fueron reincorporadas a la vida, de la que estaban excluidas por su enfermedad. No podremos decir nunca que Dios no quiere nuestro bien, que las enfermedades y las muertes son culpa suya o que nos castiga. Aquí le vemos al servicio de la vida y del bien de las personas. Y lo único necesario se lo dice Jesús a Jairo: “basta que tengas fe”. Jesús se manifiesta como el que reincorpora a la vida y a la sociedad a las personas separadas, excluidas, marginadas, por cualquier motivo o razón, en este caso la enfermedad. Jesús está al servicio de la vida y del bien de todos.
7.- En la Iglesia, todos somos continuadores de ese servicio de Jesús. Estamos llamados a trabajar por la vida y el bien de las personas. Para ello habremos de “distinguirnos por nuestra generosidad”, como dice San Pablo a los cristianos de Corinto. Tarea nuestra es igualar la realidad social para que nadie quede excluido, ni apartado, ni marginado, por ninguna razón, compartiendo lo que tenemos, ayudando a levantarse a los que viven caídos, ser imagen de Jesucristo para nuestros hermanos más necesitados. Ese es nuestro distintivo como creyentes, como cristianos, como seguidores de Jesús, como colaboradores del plan de Dios, que es vida y felicidad para todos sus hijos. No nos quedemos dormidos. Hoy Jesús nos coge de la mano y nos levanta. Pongámonos manos a la obra.
2.- EL SENDERO DE LA HUMILDAD
Por Antonio García-Moreno
1.- VOLUNTAD SALVÍFICA UNIVERSAL.- A veces podemos pensar que Dios se complace en la destrucción, en castigar duramente al hombre. Lo llegamos a imaginar gozoso al aplicar la pena al pecador. Y es que medimos a Dios con nuestras mismas medidas. Y pensamos que Él, como nosotros, se alegra al ver cómo el malo sufre el castigo de su maldad.
No, Dios no se complace al aplicar su justicia. Y en el castigo, más que el aniquilamiento del reo, lo que busca es su conversión. Y es más, cuando ese castigo llega a ser irrevocable, lo que se intenta no es el dolor eterno del condenado, sino el justo castigo de su equivocada elección, junto con el temor y el arrepentimiento de los que aún están a tiempo de rectificar.
El deseo íntimo de Dios es la salvación de todos. Su proyecto primordial no podía ser más ventajoso para el hombre: Dios creó al hombre incorruptible, lo hizo imagen de su misma naturaleza. El hombre se parecía a su Creador como un hijo se parece a su padre. En su corazón existía la misma sed de amar y de ser amado. Su inteligencia se complacía y descansaba tan sólo en la verdad.
Y ahora, después de la triste experiencia de Adán, Dios nos ha regenerado y nos ha llamado de nuevo a la unión estrecha con Él, a la amistad que satisface plenamente el alma. Y cuando le somos fieles, sentimos en nuestro espíritu una alegría que se desborda, una paz sublime, imposible de explicar.
Fue él, el envidioso, el soberbio, el ángel de la Luz, el que viéndose tan hermoso y fuerte se atrevió a luchar contra Dios, a rebelarse a los planes divinos. Luzbel, Satanás, el Diablo, el Príncipe de las tinieblas. Vio cómo Dios amaba al hombre y se llenó de tristeza. Su astucia y su odio se desplegaron como sucias alas de vampiro. Y vino la tentación, la caída, las trágicas consecuencias de la desobediencia a la voluntad de Dios.
La muerte como el final de esas mil claudicaciones, la muerte como el último e inevitable capítulo de una vida de pecado. Una muerte sin esperanza, una muerte que se hunde en las tinieblas de la incertidumbre y del miedo. Una noche densa sin un posible amanecer. Una angustia desgarradora ante la duda de un futuro desconocido. La certeza aterradora de una muerte eterna.
Pero esa muerte que amedrenta es tan sólo el último eslabón de esta cadena que van forjando los pecados de los hombres. Porque la rebeldía contra Dios es una triste muerte del alma. Un paso firme hacia el tenebroso abismo. Es por eso que el hombre siente el remordimiento, el miedo de haber hecho algo tan grave que no logra sopesar plenamente. Ojalá la triste experiencia de haber tenido parte con el demonio, nos libre de ser presa para siempre de sus terribles garras.
2.- LA HUMILDAD, CAMINO SEGURO.- Jairo era un hombre importante en medio de su pueblo. Y, sin embargo, se acerca al joven rabino de Nazaret, ese mismo que muchos capitostes de Israel rechazaban. Su situación de dolor, su preocupación de padre por la hija que se le muere le ayuda a superar prejuicios y cualquier orgullo de casta. El archisinagogo acude suplicante al carpintero nazaretano. A menudo es preciso el sufrimiento para domeñar nuestra soberbia y derribar esa latente convicción de que somos mejores que los demás.
Jesús atiende de inmediato su petición y marcha con él a su casa para curar a la niña. Podemos afirmar que un hombre humilde es siempre atendido por el Señor. Un corazón contrito y humillado Dios no lo rechaza, dice el salmo Miserere. Y así es, en efecto. La omnipotencia divina, su misma justicia, parece quedar desarmada ante el pobrecito que se sabe sin nada y acude confiado a quien todo lo tiene. Sin duda que el camino de la humildad, del reconocimiento sencillo de la personal indigencia es el más fácil y andadero para llegarnos, una y otra vez, hasta Dios.
La mujer hemorroísa también escoge ese mismo sendero de humildad. Se esconde entre la multitud, se considera indigna de que Jesús la tocara o la mirara a ella, impura según la ley mosaica. Oculta en el tropel de la gente consigue por fin alargar su mano y rozar con sus dedos trémulos el borde de la túnica del Señor. El milagro se produce, Dios vuelve a mirar con la sonrisa en sus ojos a un alma sencilla y humilde.
Junto a su profunda humildad, destaca en estos personajes evangélicos una gran fe, una confianza inquebrantable en el poder y en la bondad de Dios. Jairo no ceja en su empeño, a pesar de que la niña estaba muerta y de que la gente se ríe de Jesús porque dice que se ha dormido. La hemorroísa sabe que todos apretujan a Jesús en su afán de estar cerca de Él. Pero ella sabe también que cuando llegue a tocar el borde de la túnica que viste el Maestro quedará sana de su enfermedad vergonzosa. Y así ocurrió. Y así ocurrirá siempre que nos acerquemos hasta Jesús llenos de humildad y de compunción por nuestras faltas y pecados, confiando en su poder sin límites y en su bondad infinita.
3.- DIOS AMA LA VIDA
Por Gabriel González del Estal
1.- Las tres lecturas de este domingo nos dicen, de distintas maneras, que Dios es amante de la vida. Los cristianos debemos ser siempre defensores de la vida de las personas, desde el primer momento de su existencia hasta el último. Amar la vida es defenderla, es valorarla, es construirla; es estar siempre en contra de la muerte, de la destrucción, de la violencia, de la guerra. En el evangelio de hoy vemos a Cristo defender la vida de dos mujeres que estaban a punto de morir. La primera era una niña que tenía doce años. Su padre, Jairo, un jefe de la sinagoga judía, tenía una fe ciega en el poder de Cristo y no le importaron las críticas y las burlas que podrían venirle de los judíos piadosos que acudían cada semana a escucharle a él en la sinagoga. Ante esta fe sincera y valiente del jefe judío, Cristo se apresuró a curar a la niña: <Contigo hablo, niña, levántate>, y la niña se puso de pie y se puso a andar. Cuando la fe es sincera y valiente no se detiene ante las críticas de los increyentes o las burlas de los amigos. El “qué dirán” nunca debe ser un impedimento para que los cristianos cumplamos nuestras obligaciones religiosas y proclamemos y defendamos nuestra fe. El otro caso del que nos habla el evangelio de hoy es el de la hemorroísa, la mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. También aquí la fe sincera y valiente de esta arriesgada mujer fue lo que “obligó” a Jesús a despedirla en paz y con salud. La hemorroísa sabía muy bien que ella era una mujer legalmente impura y que no podía tocar a ninguna persona sin contagiarle su impureza. Así estaba escrito en el libro del Levítico. Pero su fe fue más fuerte que su miedo a una ley que, en su caso, ella sabía muy bien que era una ley injusta. Y Cristo, para quien “el hombre es siempre superior al sábado”, no lo dudó ni un momento: <tu fe te ha curado>. Cuando nos encontramos ante una persona en grave necesidad lo primero que tenemos que hacer es ayudarla a resolver su problema, antes de preguntarle de dónde es, o que por qué está como está. La misericordia y el amor son anteriores a cualquier otro juicio.
2.- Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser. En este libro de la Sabiduría se habla ya claramente de una vida inmortal. Dios no sólo defiende esta vida, aquí en la tierra, sino que quiere que sigamos viviendo eternamente junto a él en el cielo. Los cristianos, los que aún vivimos en esta orilla temporal, sabemos que también hay vida más allá de la orilla del río de la vida terrena, en un cielo nuevo y en una tierra nueva. Esta fe en la vida inmortal no sólo no empequeñece nuestro aprecio por esta vida terrena, sino que le da un sentido y un valor sobre añadido. Sabemos que Dios ha establecido una correspondencia justa entre lo que hacemos y somos mientras aquí vivimos y existimos, con la vida y el gozo del que participaremos en la vida eterna. Esta fe y esta esperanza en la vida inmortal fue una fuente de fuerza y valor para los mártires y para tantas y tantas personas que tuvieron que luchar, en este valle de lágrimas, contra innumerables dificultades e injusticias. Amar y defender la vida en este mundo es también una manera de expresar nuestra fe en la vida inmortal.
3.- Al que recogía mucho no le sobraba; y al que recogía poco no le faltaba. San Pablo les recuerda esta frase de la Escritura a los Corintios, para animarles a ser generosos en la colecta que estaban haciendo en favor de los cristianos pobres de Jerusalén. Las comunidades cristianas de los primeros tiempos fueron un modelo admirable de caridad y de justicia social entre ellos. Fueron verdaderamente Iglesia, es decir asamblea de hermanos que comparten entre ellos todo lo que tienen. San Lucas nos dirá de ellos que nadie padecía necesidad y que todos los que les veían se quedaban admirados de su generosidad y se decían: “mirad cómo se aman”. Aunque es evidente que hoy día la situación es mucho más compleja y distinta, sin embargo este ejemplo de hermandad y fraternidad cristiana de nuestros padres en la fe debería ser para nosotros un estímulo en nuestra lucha diaria contra la injusticia social y la desigualdad lacerante que padecemos. También esto es amar y defender la verdadera vida.
Fuente: www.betania.es