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Es un Blog de orientación Cristiano/Católico, dirigido a personas de 16 a años en adelante, en el que se publican diariamente las Lecturas del Día, de acuerdo al Calendario Litúrgico Católico, la Lectio Divina, el Santoral del Día, la Liturgia de las Horas (Laudes, Vísperas y Completas, y otros artículos de orientación espiritual y moral.

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La Homilía de Betania: XIV Domingo del Tiempo Ordinario

La Homilía de Betania: XIV Domingo del Tiempo Ordinario
8 de julio de 2012

1.- MARAVILLADOS Y ESCANDALIZADOS

Por Pedro Juan Díaz

1.- Maravillados y, al mismo tiempo, escandalizados. Ese podría ser el resumen del evangelio de hoy, de cómo la gente reacciona ante Jesús. Para situarnos, Jesús va a su pueblo, Nazaret, con sus discípulos, y el sábado comienza a enseñar en la Sinagoga. La gente que lo escucha, que dice el evangelio que era “una multitud”, se maravilla porque habla con autoridad, porque ven en sus palabras “sabiduría” y en sus acciones “milagros”. Por eso dicen: “¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos?”. Ven que no habla como los demás, como los maestros de la ley, algo es distinto en Él, algo es nuevo, sus obras le avalan. Por eso más adelante también dirá: “Si no me creéis a mí, creed a las obras que veis que realizo”.

2.- Sin embargo, al mismo tiempo que se asombran y se maravillan, también se escandalizan. Se escandalizan porque está en su pueblo y lo conocen todos, porque saben que es “el hijo del carpintero”, de María y José, y conocen a sus familiares, que son paisanos del pueblo. Además, Nazaret es un pueblo pequeño y pasa lo que en todos, que todos acaban siendo familia. Para ellos, Jesús es una persona “normal”, y piensan que una persona “normal” no puede hacer las cosas que hace Él. El aspecto positivo de esta reacción es que la persona de Jesús, sus palabras y sus obras, les han cuestionado, no han permanecido indiferentes. El aspecto negativo es que la consecuencia de ese cuestionamiento ha sido el rechazo.

3.- Jesús se siente despreciado en su propio pueblo, rechazado por sus propios paisanos, incluso por sus parientes y por los de su casa. La experiencia es muy fuerte. No puede hacer ningún milagro, salvo curar a algunos enfermos, porque les falta fe en Él. Es la experiencia del fracaso, que se hace más dura cuando se produce con personas cercanas y queridas. Quizá algunos de nosotros podemos sentirnos identificados con estas experiencias de fracaso: matrimonios rotos, proyectos naufragados, negocios venidos abajo, incluso planes pastorales, grupos, iniciativas parroquiales que no han llegado a buen fin, decepciones personales con amigos, dificultades para vivir y hacer vivir la fe…

4.- Pero hay algo muy importante en todo esto, algo que hace que el profeta no se hunda en su fracaso. Ezequiel, el profeta de la primera lectura, recibe su vocación de profeta directamente de Dios, y es enviado a un pueblo rebelde para que realice entre ellos su vocación de profeta, pero con un matiz muy especial. Dios le dice: “a ellos te envío para que les digas: esto dice el Señor. Ellos, te hagan caso o no te hagan caso… sabrán que hubo un profeta en medio de ellos”. Ni Ezequiel, ni Jesús, ni Pablo (en la segunda lectura) se dan por vencido frente al rechazo o al fracaso. Dice Pablo: “Por eso, vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque, cuando soy débil, entonces soy fuerte”. Porque cuando fracasamos nosotros, triunfa la fuerza de Dios, que se manifiesta en nuestra debilidad. Así actuó Jesús. Ante el fracaso de la Cruz, triunfó el proyecto de Dios; ante la muerte, triunfó la vida. Ante la dificultad, Dios nos llama a mantenernos firmes y perseverantes, fieles a la tarea que nos ha encomendado, “te hagan caso o no te hagan caso”.

5.- Jesús, ante el fracaso, no deja de actuar. Cura a algunos enfermos y sigue predicando por los pueblos de alrededor. El profeta nunca deja de ser profeta. El proyecto de Dios es muy importante y se hace fuerte frente a las adversidades, frente a nuestras debilidades. Dios, muchas veces, se fija en lo que el mundo rechaza. A Pablo le dice: “Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad”. Reconocernos débiles ante Dios no es un fracaso, es necesario para que se haga en nuestra vida y en nuestro mundo el proyecto de Dios.

6.- En la Eucaristía no rezamos a un muerto, aunque a veces lo parezca por nuestra actitud, sino a alguien que vive porque ha sabido superar el fracaso de morir en una cruz. En Jesús se ha manifestado la fuerza de Dios. En la debilidad de un hombre crucificado, Dios ha manifestado su fuerza resucitándolo de entre los muertos. Lo que aparentemente era un proyecto fracasado, Dios lo convirtió en el fruto más grande para hacer crecer el Reino de Dios.

Que nos sigamos dejando maravillar por Dios y que no nos escandalicemos de su manera de actuar en nuestro mundo.


2.- ESE MALOLIENTE MENDIGO…

Por José María Maruri, SJ

1.- Dicen los exégetas –y creámosles al menos por una vez siquiera—que el Señor Jesús fue a Nazaret al menos tres veces: dos evangelistas dicen que fue a su patria y San Lucas, más delicado siempre, dice a Nazaret, donde se había criado, donde tenía sus raíces, donde había pasado su niñez, su adolescencia y donde se había hecho adulto… toda una historia de sucesos de cada día, toda un gama de parientes, primos, primas, tíos y tías, un pequeño pueblo lleno de buenos recuerdos para Jesús. ¡Cuántos amigos de infancia! Tres veces volvió a su patria chica esperando acogida y comprensión y al final tuvo que alejarse de ella para siempre.

Nadie es profeta en su propia casa. Y en castellano tenemos otra expresión que dice: “nadie es grande para su ayuda de cámara”. Yo he tenido la suerte de largos años junto a un hombre grande: el Padre Arrupe, pero, realmente, el hacerle la maleta no me ayudaba nada para considerarlo grande, los mismos calcetines de todos, los mismos pañuelos, las mismas aspirinas, la misma bufanda y otros muchos etcéteras… ¡Si siquiera hubiera tenido yo que meter en la maleta una mitra o un báculo!

Pues esa fue la tragedia de los vecinos de Nazaret: no encontraron ni un báculo, ni una mitra, ni un cetro, ni armiños. Todo el equipaje del Señor Jesús era el mismo de todos ellos, de todos nosotros. Una familia corriente, unos parientes, un oficio bastante vulgar, ninguna formación escriturística. Y eso, con los pañuelos y calcetines, con las aspirinas y las bufandas, no cuadraba con sus milagros (que reconocen), ni con su maravillosa doctrina y prefieren cerrar la maleta y no creer en Él.

2.- Pensamos que nos gustaría tener a Dios visible y palpable y sin embargo, en realidad, le preferimos lejos, allá en los Cielos. Creer en un Dios Padre con barba blanca como un Santa Claus nos gusta. Tener un Hijo Dios sentado a la diestra del Padre, bien; aunque no sepamos que es eso de la diestra, y admitir una paloma que sobrevuela sobre la Iglesia, pase, aunque no nos gusten las palomas…

Pero creer en un Dios que, aunque no le vemos, nos dejó dicho que está con nosotros hasta el fin de los tiempos, que si damos de comer y beber es a Él al que lo hacemos. Total, un Dios, sentado junto a mi, ante la televisión verduzca y sospechosa… ¡eso no!

No nos gusta sentarnos junto a Dios, encontrarnos en la entrada de El Corte Inglés, en la caja del supermercado o en la cola de Banesto o del BBVA, o pidiendo en el atrio de la Iglesia. Como aquellos convecinos, un Yahvé, tronando en el Sinaí, pero un Dios carpintero, sudoroso, con alguna que otra viruta colgada de la barba… ¡eso no!

Un Dios por cuyas venas corra sangre vulgar, que si se investigaran sus antepasados se encontrarían seres poco honorables, como nos insinúa San Mateo con aquellas 72 generaciones que narra como antepasados del Dios Mesías… ¡eso es demasiado para nosotros!

3.- Ni los de Nazaret ni nosotros creemos en un Dios que se ha hecho hombre, un Dios sentado a mi lado y si lo viera daría yo un respingo y me alejaría como si tuviera junto a mí a un maloliente mendigo.

Nos hemos fabricado a nuestro dios, somos idolatras y adoramos a un dios inventado por nosotros, que ama a los que amamos, odia a los que odiamos, castiga a los malos (que siempre son los otros) y está con el palo en alto para coger en falta a quienes nos han engañado.

Cuántos ateos a nuestro alrededor no creen en nuestro dios, son ateos de nuestro dios, no del Dios Verdadero… son ateos gracias a Dios. Claro que ateos de conveniencia.

4.- Y sin embargo, entre tanta gente falta de fe, hubo quien a contra corriente de todos creyó en el Señor, convecinos, testigos de su bondad de corazón, y de la bondad de su madre y creyeron en el Él, y Él correspondió imponiéndoles las manos y curándolos.

Un poquito de bálsamo para el corazón del Señor, pues en medio de nuestro ateísmo, admitamos un Dios cercano, en el niño, en el compañero de trabajo, en el marido, en la esposa, en el conductor del autobús, en la mujer de la limpieza, en el pobre que nos tiende su mano…


3.- ¿DE DÓNDE SACA TODO ESO?

Por Antonio García-Moreno

1.- UNA ESPINA.- En la segunda lectura de hoy, San Pablo narra a los cristianos de Corinto la grandeza de que ha sido testigo en las revelaciones extraordinarias que Dios le ha hecho. Y a renglón seguido, explica que todo eso es algo que no le pertenece, algo que Dios le ha concedido gratuitamente, sin mérito alguno por su parte. Y así explica que él no puede gloriarse de eso que no es suyo. Y añade que sólo de una cosa puede gloriarse: de su flaqueza.

Y para que no olvide su propia miseria, esa miseria está siempre patente ante sus ojos. Dice que tiene metida una espina en la carne, algo que le molesta al menor roce, algo que le duele continuamente. Un emisario de Satanás que le abofetea sin cesar. No se puede saber a ciencia cierta de qué se trata. Lo que está bien claro es que no le era fácil la vida, que tenía dificultades serias y tentaciones, tropiezos, obstáculos que había de superar con tenacidad y paciencia a lo largo de toda la vida. Gracias, Señor, por esa confidencia de Pablo. Es un gran consuelo a los que también tenemos una espina, de la clase que sea, metida muy dentro de nuestra carne.

Era algo que le humillaba, algo de lo que quisiera verse libre. Quién me librará de este cuerpo de muerte, exclamaba el Apóstol en otra ocasión. En este pasaje nos cuenta que tres veces, es decir, con insistencia, ha pedido al Señor que le libre de aquellas cadenas que pesan sobre su alma, de ese peso muerto que parece frenar continuamente su marcha ascensional hacia Dios.

Y Dios atiende a su ruego de una manera peculiar: Te basta mi gracia, pues la fuerza se realiza en la debilidad. Esto es, que no te libraré de esa losa que te aplasta, pero haré posible que, a pesar de eso, sigas caminando hacia lo alto. Conseguiré el prodigio de que lo mísero y lo mezquino llegue a ser algo grande y admirable, haré que tu opaca oscuridad se convierta en rutilante luz...

Estas palabras de San Pablo bien podemos hacerlas nuestras, porque todos sentimos, cada uno a su manera, esta debilidad que tantas veces nos atormenta. Y esas palabras de Dios también son válidas para nuestro caso. Por todo lo cual, sólo nos queda seguir pidiendo la ayuda divina y estar seguros, a pesar de todo, de que si luchamos llegaremos al final, gozosos al lograr la victoria definitiva.

2.- EL HIJO DEL CARPINTERO.- Jesús vuelve a Nazaret, su tierra, no por haber nacido en ella, sino por haber vivido allí después de volver de Egipto. Rincón risueño y escondido de Galilea, escenario y marco de su vida oculta, ejemplar y estímulo para nuestra propia existencia, hecha también de pequeños deberes, de un trabajo sencillo quizá, pero ocasión única para ofrecer al Señor, con delicadeza y cariño, esos retazos de vida, que se nos van quedando al borde de nuestra actividad de cada día.

Jesús, como judío piadoso y cumplidor que era, acude a la sinagoga el día del sábado que según la ley mosaica era sagrado. La Iglesia, desde el principio de su historia, sustituyó el sábado por el primer día de la semana, que comenzó a llamarse domingo, precisamente por ser el día del Señor, Dominus en latín. Con su conducta Jesús nos da ejemplo, para que también nosotros santifiquemos ese día dedicado desde el principio a Dios, para celebrar loa resurrección gloriosa de Cristo.

Jesús, como todo judío cumplidor, asiste al rito de la sinagoga y después de leer la lectura correspondiente, comienza a hablar, como solía hacer uno de los asistentes. Sus palabras trascienden sabiduría, fuerza y luz para quienes le escuchan con buenas disposiciones. En cambio, para quienes oyen con espíritu crítico, esas mismas palabras provocaron la desconfianza y hasta el escándalo. ¿De dónde saca todo eso? ¿No es éste el hijo del carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón?

Lo primero que hay que aclarar es que estos hermanos que se nombran aquí, así como en otros pasajes evangélicos, no se pueden entender como hermanos propiamente dichos. María, en efecto, sólo tuvo un hijo, y éste por obra y gracia del Espíritu Santo. Es decir, Santa María fue siempre virgen. Lo que ocurre es que, según el modo de hablar de los semitas, se llamaban hermanos también a los parientes más o menos cercanos, como podían ser los primos.

Por otra parte, el rechazo de los habitantes de Nazaret nos ha de poner en guardia, para no dejarnos llevar del espíritu crítico cuando escuchamos a quien nos habla en nombre de Dios. Detrás de las apariencias de la palabra humana hay que descubrir el brillo de la palabra divina. Ojalá podamos decir con Santa Teresa que jamás escuchamos un sermón sin sacar provecho para nuestra alma.

Fuente: www.betania.es

 

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