Es un Blog de orientación Cristiano/Católico, dirigido a personas de 16 a años en adelante, en el que se publican diariamente las Lecturas del Día, de acuerdo al Calendario Litúrgico Católico, la Lectio Divina, el Santoral del Día, la Liturgia de las Horas (Laudes, Vísperas y Completas, y otros artículos de orientación espiritual y moral.
La Homilía de Betania: XV Domingo del Tiempo Ordinario
15 de julio de 2012
1.- FUE LA PRIMERA MISIÓN Y TUVO UN ÉXITO ROTUNDO
Por Antonio García-Moreno
1.- EL CORAJE DE UN PROFETA.- Amós era labrador. Allá por las tierras del sur, cultivaba las verdes higueras de Judá, pastoreaba su rebaño, inmerso en la soledad ancha de aquellos paisajes llenos de historia santa. Y un día llegó a sus oídos la voz recia de Yahvé, esa voz de muchas aguas que estaba buscando quien proclamara su mensaje de justa indignación. Israel, la adúltera del norte, se había olvidado de Dios. Y era preciso recordarle las exigencias de este Dios enamorado. Y Amós fue escogido y enviado. Y esa vocación y misión serán su carta de garantía, como la firma que avala la autenticidad de sus palabras.
Y es que el verdadero profeta sólo lo es el llamado por Dios, el que recibe la misión de hablar en su nombre. Por eso en la Iglesia, en el pueblo de Dios, sólo se puede considerar verdadero profeta al que llama Dios a través de sus apóstoles, de sus obispos. Y será buen profeta cuando transmita el mensaje que se le ha confiado. Tanto es así, que cuando caigan en la tentación de pronunciar palabras propias, o palabras ajenas a las que le fueron confiadas, estarán traicionando al que le envió.
Estamos necesitados de verdaderos profetas, de hombres llamados por Dios, enviados con la misión de proclamar el divino mensaje. Hombres fieles que no se dejen llevar de sus propios intereses, que no pretendan estar de moda, atraerse el aplauso de la multitud. Hombres que no traicionen al que le envió, al Obispo que le confió la delicada misión de hacer resonar en las mentes y en los corazones la palabra de Dios.
Amós ha llegado hasta Betel, llevando palabras de fuego contra los que no cumplen la ley de Yahvé, contra todos aquellos que reducían el culto de Dios a una serie de prácticas meramente externas, a un vivir cómodo y sin complicaciones personales, sin entrega total y sin abnegación de sí mismos. Su palabra escuece, levanta inquietud y zozobra en los espíritus aburguesados, en los que quieren vivir a gusto, sin lucha, sin doblegarse ante el criterio del que hace cabeza.
También Amasías, el sacerdote de Betel, ha sentido en su carne el golpe rudo de la palabra de Amós. Y protesta y se revuelve rabioso: Vete a tu tierra, visionario. Come allí tu pan y predica a los tuyos. Déjanos en paz... Amasías estaba a gusto, tranquilo en su vida fácil, sin lucha. Por eso las exigencias de este hombre de campo que brama en nombre de Dios, le molestan, le resultan insoportables. Y le manda callar.
Como hemos hecho nosotros cuando la palabra de Dios nos ha llegado preñada de exigencias y de renuncias. Nos hemos rebelado, nos hemos justificado, hemos buscado mil razones para escabullirnos, para seguir haciendo lo que nos ha resultado más fácil. Y hemos protestado contra los que, en nombre de Dios y enviados por él, nos han hablado claramente de entrega, de justicia, de verdad, de humildad.
2.- ENVIADOS DE CRISTO.- El Señor fue preparando de forma paulatina a sus apóstoles; aquellos hombres que, a pesar de sus limitaciones, fueron escogidos para la misión de implantar el Reino de Dios sobre la tierra. Eran hombres rudos, algunos incluso ignorantes, torpes a menudo para entender las cosas de Dios. Sin embargo, fueron generosos, audaces a la hora de seguir a Jesús. Se olvidaron de sus propios defectos y confiaron plenamente en el poder divino.
Para aumentar su confianza en Dios, fueron enviados sin dinero, con lo puesto casi. Ellos no lo pensaron dos veces y marcharon por los caminos de Palestina, recorriendo los pueblos y alquerías para anunciar que la salvación había llegado con Jesús de Nazaret, el joven Rabí que enseñaba la comprensión mutua, la conquista de un mundo mejor a través de la propia renuncia, de la entrega por amor a Dios en el servicio a todos los hombres.
Era una aventura para gente joven, para hombres y mujeres que supieran de amores limpios y nobles, para "locos de remate" que se olvidaran de sí mismos y se preocuparan de los demás. Se trata de una tarea de redención universal, de una guerra donde las armas son la persuasión amable, la oración ferviente, el sacrificio escondido, la santidad personal en una palabra.
Aquellos pescadores y labriegos emprendieron una marcha que ha de durar durante siglos, la marcha de los misioneros evangélicos. Fue la primera misión y tuvo un éxito rotundo. Volvieron gozosos y radiantes porque la paz y la alegría habían brotado al conjuro de sus palabras. Aquello era sólo el principio, una prueba fehaciente de que quienes se ponen en camino en nombre de Cristo, a pesar de sus limitaciones personales, sembrarán con eficacia la semilla de la fe, del amor y de la esperanza.
2.- ELEGIDOS Y ENVIADOS POR JESÚS
Por Pedro Juan Díaz
1.- Después de “fracasar” entre sus paisanos, Jesús decide continuar con su actividad. Y lo primero que hace es elegirse un grupo, los Doce, para que estén con Él y para enviarlos a predicar. Las recomendaciones para el envío son claras: llevar solamente un bastón y unas sandalias; lo demás es prescindible. Nada que haga peso, que impida el camino, que nos “apalanque” o que nos acomode. Nada que nos distraiga de la misión. El éxito de esta no vendrá por las cosas que lleven, sino por sentirse elegidos y enviados por Jesús, con su autoridad sobre el mal y el sufrimiento.
3.- Aunque estemos en verano, conviene recordar varias cosas relativas a nuestra vida cristiana y a nuestro seguimiento de Jesús. En primer lugar, que nosotros también hemos sido elegidos por Jesús, que se ha fijado en nosotros, de manera particular. Dios tiene esa capacidad de tratarnos a cada uno de manera particular, sabe como somos, lo que pasa por nuestra cabeza y nuestro corazón, y lo que podemos dar de sí. Por eso nos llama, nos elige y nos encomienda una tarea, una vocación. Y tenemos toda la vida para descubrirla y ponerla en práctica. Así alcanzaremos la felicidad.
4.- Una vez descubierta cual es la tarea, viene la segunda parte: somos enviados por Jesús. No estamos donde estamos por casualidad. Saber que Jesús nos quiere ahí donde estamos, para hacer eso que estamos haciendo, nos sirve de sustento y de garantía. Es Él el que nos ha enviado. No es cosa nuestra, sino suya. No habremos de hacer nuestro proyecto, ni nuestros planes, sino los suyos. Saber por qué me quiere ahí donde estoy y que quiere que haga. Esa es la razón de nuestra vida.
5.- Somos elegidos por Dios y somos enviados por Él, como lo fue Jesús. Somos otro Jesús en medio de nuestro mundo. Estamos llamados a anunciar su Buena Noticia con nuestra manera de vivir. Seguramente encontraremos dificultades, rechazos. Quizá tendremos que decir cosas que no caigan bien, denunciar actitudes, injusticias. Quizá nos pase como al profeta Amós y nos digan: “vete a tu casa a predicar allí y métete en tus asuntos”. Amós, que era pastor de ovejas, contestó: “El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: Ve y profetiza a mi pueblo de Israel”. Y eso es lo que hizo. Y eso es lo que tendremos que hacer también nosotros.
6.- Hemos recibido una vocación y un envío por parte del Señor y eso es lo que nos fortalece en la misión, frente a las dificultades. Sentimos que Jesús está detrás, que nos avala, que hará fecunda nuestra tarea. San Pablo, en la segunda lectura, dice: “Él nos eligió en la persona de Cristo… y nos ha destinado… a ser sus hijos”. Ese es el gran proyecto de Dios para la familia humana: que seamos la gran familia de los hijos y las hijas de Dios; que actuemos entre nosotros como hermanos, no como extraños.
7.- Cuando nos acercamos a la Eucaristía, cada domingo, se estrechan los lazos de fraternidad. Dios, nuestro Padre, a través de Jesús, nuestro hermano, nos prepara la Mesa, para que nos sentemos juntos, alrededor, para que escuchemos la Palabra, que nos encomienda siempre anunciar la Buena Noticia. Finalmente, al terminar, recibimos el envío. El sacerdote nos dice: “podéis ir en paz”. Pero es el mismo Jesús en que nos envía a la misión, a su misión, a hacer realidad su proyecto de fraternidad entre todas las personas. No lo olvidemos nunca, aunque sea verano.
3.- EL TESTIMONIO DE VIDA
Por José María Martín OSA
1.- El profeta no puede callar. El profeta Amós, pastor y campesino procedente del reino de Judá, actuó en el reino de Israel en el siglo VIII a. C. Condenó la injusticia social, el lujo, la depravación religiosa y el formalismo de un culto vacío; anunció por vez primera el exilio del Reino del Norte. Como un verdadero profeta, habló donde era preciso hablar y en el momento oportuno, que es cuando hablan los profetas y callan los maestros y sacerdotes que viven de su oficio. Por eso sus palabras resultaron insoportables. Cuando el profeta Amós se atreve a profetizar en el santuario nacional de Betel, en el reino del Norte, sus palabras resultan subversivas. No es de extrañar que le salga al paso el sumo sacerdote Amasías que, como buen funcionario, debe velar por los intereses del rey de Israel. El sacerdote denunciaría la predicación del profeta Amós ante Jeroboan II. Pero antes de que el rey actúe, decide por su cuenta echar de Betel al hombre de Dios. Amasías cree que Amós es uno de esos profesionales que se pasan la vida profetizando. No tiene nada contra ese oficio, pero le dice al profeta que se gane tranquilamente el pan en su propia tierra. Amós le responde enérgicamente y le dice que él no es un profeta de oficio, que no pertenece a ninguna escuela profética, y que para vivir le basta con cultivar higos y cuidar un rebaño de cabras. Si él predica la palabra de Dios no lo hace por vocación humana o por simple interés, sino porque Dios le ha mandado profetizar contra Israel. Por encima de la voluntad de Amasías y la presión del poder está la autoridad indiscutible de Dios. Como siempre, quieren silenciar a aquél que molesta porque dice la verdad. Pero él no puede callar, porque se siente enviado por Dios. Hacen falta hoy día profetas valientes como Amós.
2.- El plan de Dios es la auténtica "partícula de Dios". El prólogo de la carta a los Efesios es un himno y a la vez una auténtica oración, una contemplación teológica de todo el plan salvífico de Dios. Ya la introducción es claramente trinitaria: el Padre, Cristo y el Espíritu, son los grandes agentes de la salvación. El Padre no es el Dios de la creación, el trascendente e inaccesible, sino el Dios que se nos ha revelado como Padre de nuestro Señor Jesucristo y Padre nuestro. Él nos ha elegido desde toda la eternidad para ser sus hijos en su Hijo, para que vivamos una vida de amor. Cristo, nuestro hermano, es la síntesis y el cumplimiento del plan de Dios: en El, todos nosotros y toda la creación somos una sola cosa; Él es el centro de todo, y nosotros no podemos menos de girar en su órbita, y vivir en una segura esperanza de la herencia que nos está destinada. No hay azar, no basta "el bosón de Higgs", la partícula que explica el origen de la masa de las demás partículas, para explicar el origen del mundo. Dios tiene un "plan": Dios ha creado para nosotros el mundo, casa abierta para los hijos de Dios. No vamos a la deriva, caminamos hacia una meta: todos los hombres reunidos en torno a Cristo formando un inmenso Cuerpo, la humanidad regenerada sentada en torno a la mesa familiar, el encuentro definitivo de los hombres con Dios y de los hombres entre sí.
3.- Anunciar con nuestra vida la verdadera transformación. El envío por parejas que presenta el evangelio era una costumbre habitual en el judaísmo. Según la legislación judicial judía, para la validez de un testimonio se requerían al menos dos varones adultos. La misión de los doce no es para enseñar, sino para proclamar la conversión. El término conversión expresa un cambio radical de mentalidad, un giro copernicano en las categorías mentales, las cuales, a su vez, determinan la actuación del hombre. La misión de los doce busca provocar una transformación. El alcance de esta transformación queda puesto de manifiesto en el poder que Jesús les confiere sobre los espíritus inmundos. Esta expresión mitológica engloba todo lo que de inhumano y hostil destruye al hombre. Los doce deben ser ellos mismos signo visible de la conversión que proclaman. En las circunstancias concretas de su momento histórico, los doce no necesitan más bagaje de un bastón, que casi resultaba imprescindible como protección, y unas sandalias, sin las que no se podía caminar por el suelo pedregoso de Palestina. La fuerza y credibilidad de la misión no estriban en los medios empleados, sino en la coherencia de vida que acompaña al mensaje. De poco sirve hoy día emplear los medios más modernos, si no acompañamos el mensaje con el testimonio de vida.
Fuente: www.betania.es