Es un Blog de orientación Cristiano/Católico, dirigido a personas de 16 a años en adelante, en el que se publican diariamente las Lecturas del Día, de acuerdo al Calendario Litúrgico Católico, la Lectio Divina, el Santoral del Día, la Liturgia de las Horas (Laudes, Vísperas y Completas, y otros artículos de orientación espiritual y moral.
La Homilía de Betania: XXI Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo C.25 de agosto de 2013
1.- EL AMOR DIVINO Y LA VOLUNTAD DE DIOS
Por Antonio García-Moreno
1.- LA GLORIA DE UNA RAZA.- Las fronteras cerradas y estrechas del judaísmo se rompen con la llegada del Mesías. Antes de venir Cristo, los judíos pensaban que sólo los hijos de Abrahán, los de raza hebrea, podrían entrar en el Reino de Dios. Llevados de esa enseñanza procuraban no mezclarse con los gentiles, hasta el punto de considerar que era una mancha entrar en una casa de paganos. En contraste con esta doctrina Jesús enseña que no es la sangre ni la carne la que salva, que no basta con tener por antepasados a los patriarcas Abrahán, Isaac y Jacob para entrar en el Reino.
Ante el escándalo de sus oyentes, Cristo llega a afirmar que Dios puede hacer brotar hijos de Abrahán, de las mismas piedras. Y que muchos de Oriente y de Occidente se sentarán un día en la mesa del Reino. Entre nosotros puede ocurrir algo parecido. Podemos pensar que por el mero hecho de pertenecer a una familia cristiana ya somos cristianos. Hay que salir de ese error. Se es cristiano no por unas creencias o por unas prácticas semanales, sino por toda una vida en conformidad con el Evangelio.
La gloria de Dios, ese resplandor que llena de gozo y de paz el corazón del hombre. Ver la gloria divina, en efecto, es suficiente para colmar todas las ansias que acucian el espíritu humano. Buena prueba de ello es la exclamación de san Pedro cuando, en el Tabor, contempla por unos momentos la gloria del Señor y dice lo bien que se está allí. Es cierto que esa gloria sólo en el cielo se podrá contemplar plenamente, gozando sin término el mayor bien que jamás podremos ni imaginar. Pero también es cierto que el gozo de la vida eterna se comienza a gustar en esta vida de aquí abajo. Por eso los cristianos que son fieles son también felices.
El Señor, deseoso de nuestra felicidad, quiere adelantarnos algo de la dicha y la alegría del cielo. Por eso se preocupa de señalarnos bien claro el camino que hemos de recorrer por medio de sus Mandamientos, inscritos en nuestro mismo corazón como una Ley natural que determina lo bueno que nos beneficia y lo malo que nos perjudica. Es una Ley que él da a todos los hombres, pues todos están destinados a ser sus hijos, a gozar un día de la gloria eterna, y a pregustar, entre amarguras quizá, el sabor inefable de su cercanía y su amor.
2.- AMOR Y TEMOR.- San Lucas nos presenta en el Evangelio de hoy a Jesús que camina hacia Jerusalén. Es un viaje prolongado que el tercer evangelista refiere en más de una ocasión. En este detalle han visto los exégetas la intención de presentar toda la vida pública de Jesucristo como un largo itinerario hacia la Ciudad Santa, el lugar del sacrificio supremo del Señor, y también de victoria total sobre la muerte y sus enemigos. Jesús avanza, día a día, hacia la inmolación de su vida en la cruz, camina sin tregua hacia la entrega decidida y generosa a la voluntad del Padre. Es un itinerario largo, y penoso a veces, que conduce, sin embargo, al triunfo y la gloria. Un recorrer las etapas que conducen a la salvación, un ejemplo claro para que también nosotros hagamos de nuestros días un camino, empinado o llano, que nos lleva hasta Jerusalén, hasta la cruz y la gloria.
Alguien le propone al Señor una cuestión que a todos nos interesa, ya que a todos nos afecta. Le dicen si serán pocos los que se salven. La misma formulación parece esperar ya una respuesta restrictiva. No obstante, Jesús no responde en ese sentido. Se limita a decir que hay que esforzarse por entrar por la puerta estrecha. Añade que muchos intentarán entrar y no podrán hacerlo. Pudiera parecer a primera vista que entonces serán menos los que se salven que los que se condenen. En realidad el Señor sólo dice que lo intentarán inútilmente. Eso no excluye que sean más los que también lo intenten con buen resultado. Por otra parte, hemos de pensar que el sacrificio redentor de Jesucristo es de un valor infinito, capaz de cubrir con el amor que supone todos los pecados del mundo.
Además hemos de tener presentes otros pasajes de las Sagradas Escrituras en los que se habla de la muchedumbre enorme que nadie podría contar. Así en el Apocalipsis, además de los escogidos de Israel, se habla de esa multitud innumerable perteneciente a toda nación, tribu, pueblo y lengua. Otro dato que nos ha de llenar de esperanza es el saber que en Dios destaca de forma particular su misericordia, su capacidad infinita de perdón y de olvido. Dios es amor, nos dice san Juan en una descripción sencilla y entrañable. Amor que sabe de compasión y de perdón. Sin embargo, no nos engañemos, no nos fijemos sólo en un aspecto de la cuestión. En este mismo pasaje habla Jesús de que habrá quienes se queden fuera, quienes sean arrojados a las tinieblas exteriores, al fuego eterno donde reina la tristeza y el dolor, donde habrá llanto y rechinar de dientes... Ojalá que el amor divino nos mueva eficazmente a cumplir siempre la voluntad de Dios. Y si tan grande amor no nos mueve, que al menos nos conmueva la terrible y cierta amenaza de un castigo eterno.
2.- UNA PUERTA ABIERTA A TODOS
Por José María Martín OSA
1.- El mensaje de este texto del Tercer Isaías es claramente universalista. Israel descubrió el universalismo de la salvación en la dolorosa experiencia de su deportación a Babilonia, al vivir entre los gentiles. El libro de Isaías se cierra abriendo el horizonte de una visión ecuménica y misionera: Yahvé reunirá a todas las naciones vecinas y les manifestará su gloria. La palabra que ha sido enviada a todos los pueblos no volverá vacía. Utilizando todos los medios humanos de transporte, las naciones del mundo llevarán a Jerusalén a los hijos de Israel que estaban dispersos. Y esta gran repatriación será como una ofrenda a Yahvé y un reconocimiento de que él es el Señor y Dios de las naciones. En recompensa, Yahvé elegirá también de entre los gentiles a sacerdotes y levitas. En adelante, todos serán pueblo elegido, un solo pueblo elegido.
2.- La carta a los Hebreos anima a ser fuertes en la fe en medio de las dificultades.Las tribulaciones que padecemos deberían ser entendidas como una muestra de amor que Dios tiene a sus hijos. A nadie le gusta que le castiguen, pero un castigo justo y oportuno nos ayuda a alcanzar la verdadera paz y llevar una vida intachable. El autor del texto exhorta a sus lectores para que no se desanimen. Se dirige a unas comunidades cristianas en las que ya ha desaparecido el entusiasmo de los comienzos y empieza a notarse la vacilación ante las primeras dificultades y la persecución que padecen. La vida cristiana no es una vida en "un mundo feliz", sino lucha y responsabilidad en medio de un mundo hostil que contradice al evangelio. El misterio del dolor y de los sufrimientos que tenemos que aguantar por causa del evangelio se hace más aceptable para los que creen de verdad en la pasión, muerte y resurrección de Jesús.
3. - Puerta estrecha, pero abierta a todos. A la pregunta que le hacen a Jesús, éste no responde diciendo el número de gente que se va a salvar -si muchos o pocos-, sino indicando cómo hay que actuar para formar parte de su comunidad. El acceso al Reino de Dios no es cosa fácil en principio, pues hay que esforzarse para entrar por la puerta estrecha, o lo que es igual, hay que hacerse violencia para hacer propia la opción por Jesús y ponerla en práctica en un mundo en el que los valores evangélicos no prevalecen. Para Jesús la cuestión no es, por tanto, salvarse, pues para esto, como le dijo al joven rico, basta con cumplir los mandamientos que miran al prójimo, sino adherirse o no a su mensaje para transformar el mundo, suplantando la injusticia que hay en él. La salvación, según Jesús, comienza por la puesta en práctica de los valores evangélicos, y no por la pertenencia a un determinado pueblo. Cualquiera, de oriente u occidente, del norte o del sur, del pueblo de Israel o no, podrá sentarse a la mesa en el banquete del reino de Dios, pues el reino es una comunidad de puerta estrecha, a la que se entra negando los valores mundanos que se oponen al evangelio, pero abierta para quien desee adherirse a su mensaje humanizador.
4.- Lo que importa es la adhesión al mensaje evangélico. De ahí que habrá primeros -los que desde siempre, perteneciendo al pueblo de Israel gozaron de ser “el pueblo elegido”, pero rechazaron el mensaje de Jesús- que serán últimos -como los paganos lo habían sido-, y habrá últimos -los paganos, excluidos según los judíos del reino de Dios- que serán primeros, a condición de que acepten por norma de vida el mensaje de Jesús. Dios ofrece su salvación a todos por igual. Ya no bastará con pertenecer a un pueblo, a una raza, a una cultura para considerarse salvado, ni la salvación será la cuestión más importante a debatir. La entrada en el reino o comunidad cristiana, que es puerta de salvación, se realizará por la opción personal y por la adhesión individual al mensaje vivido en la práctica de cada día. Quienes así lo hagan, pertenezcan o no al pueblo de Israel, ya están salvados en vida, pues han aprendido que la verdadera vida comienza cuando, como Jesús, nos comprometemos a darla para que los demás tengan vida abundante.
3.- TODOS CONVOCADOS A LA SALVACIÓN
Por Pedro Juan Díaz
¿Qué hubiera sido de nosotros si el mensaje de la salvación no se hubiera abierto a todos los pueblos? No lo podemos saber. Lo que sí que podemos saber es que nosotros somos esos “paganos” de los que habla el Evangelio. Nuestros antepasados fueron evangelizados y convertidos en “nuevos cristianos”. Cuando Jesús decía “vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios” pensaba también en nosotros.
2.- La fe del pueblo de Israel fue viviendo distintas etapas. Siempre creyeron que su Dios era solo uno, pero empezaron reconociendo que podrían existir otros dioses y que cada pueblo podía tener uno o más, pero que ellos sólo tenían uno. De ahí pasaron a creer que su Dios era el único para todos los pueblos y que los demás dioses eran falsos. Con el tema de la salvación ocurrió algo parecido: pasaron de creer que la salvación era para ellos solos, que eran el pueblo elegido, a creer en la dimensión universal de la salvación, es decir, en un Dios que había creado todo el mundo y toda la humanidad y que, por tanto, ofrecía y abría la salvación a todas las personas.
3.- Ya el profeta Isaías lo anuncia en este “pregón” que puede ser la primera lectura de hoy. El profeta hace una gran convocatoria para todos los pueblos, incluyendo los paganos, en el monte santo de Sión, en Jerusalén. Todos están convocados a contemplar la gloria y la fama de Dios. La salvación que Dios ofrece es universal para todos sus hijos e hijas, y todos estamos convocados a ella, porque Él lo ha creado todo y nos ha creado a todos. Y Jesús lo avala hablando de una Mesa en la que se sentarán gentes de todos los puntos cardinales, “de oriente y de occidente, del norte y del sur”.
4.- Por tanto, y esta es la segunda idea de hoy, la salvación no está “reservada” y exigen una gran responsabilidad. “Esforzaos en entrar por la puerta estrecha”. La pertenencia a un grupo determinado no nos asegura nada, porque “hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos”. ¿Qué quiere decir Jesús con todo esto? Que nuestra fe nos lleva necesariamente al compromiso. Que, aunque el Señor nos ofrece la salvación de manera gratuita, esa salvación es acogida por nosotros a través de un compromiso moral y una exigencia de vida, es decir, a través de un estilo de vida. No podemos vivir como los paganos, que no conocen a Dios, decía San Pablo. Nuestra vida ha de ser reflejo de esa fe y de esa salvación que el Señor nos regala y que nosotros acogemos.
5.- Por eso no es cuestión de conformarnos con lo que hacemos y ya, la fe siempre nos exige un poquito más, un paso más, para acercarnos cada vez más a Dios, para conocerle mejor, para amarle más, para seguirle más de cerca, más comprometidos con la vida, con nuestros hermanos y hermanas, especialmente con los más pobres y desfavorecidos. No nos podemos conformar con nuestras prácticas religiosas. La fe se vive; su espacio de realización es la vida; somos cristianos en nuestro día a día, no solo cuando venimos a la Iglesia. Aquí dentro es muy fácil ser cristiano, pero el “esfuerzo” que nos pide el Evangelio hoy, la “puerta estrecha” está ahí fuera.
6.- Para poder salir ahí fuera y ser signo de la presencia amorosa de Dios entre las personas necesitamos vivir este encuentro aquí dentro. Necesitamos encontrarnos con otros hermanos, vivir la fraternidad, reconocer al Señor Jesús en medio de nosotros, alimentarnos con su Pan de Vida y sentirnos enviados a anunciar la salvación de Dios a todas las personas. Ojala que este encuentro semanal sea revitalizador para nuestra fe y nos haga salir a la vida con fuerzas renovadas.
Fuente: www.betania.es