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Es un Blog de orientación Cristiano/Católico, dirigido a personas de 16 a años en adelante, en el que se publican diariamente las Lecturas del Día, de acuerdo al Calendario Litúrgico Católico, la Lectio Divina, el Santoral del Día, la Liturgia de las Horas (Laudes, Vísperas y Completas, y otros artículos de orientación espiritual y moral.

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La Homilía de Betania: XXVI Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo C. 29 de septiembre de 2013

La Homilía de Betania: XXVI Domingo Tiempo Ordinario. Ciclo C. 29 de septiembre de 2013

Pobre-.1.jpg1.- IGLESIA POBRE Y PARA LOS POBRES

Por José María Martín OSA

1.- Lo primero: la justicia. San Pablo en la Primera Carta a Timoteo anima a la práctica de varias virtudes: la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza. Es curioso, pero la primera de todas es la justicia. No hay caridad (amor) sin justicia, la piedad desligada de la justicia puede ser falsa, la fe que no se traduce en obras está muerta, la paciencia y la delicadeza no son enemigas de la denuncia y del compromiso solidario con los oprimidos.

2.- La parábola hoy. ¿Cómo podríamos hacer una adaptación actual de la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro? Puede ser ésta: En un país de África, en una zona devastada por la guerra y la sequía, vivía un pobre hombre que se moría de sed y de hambre. Su aspecto escuálido apareció un día en el telediario después del comentario sobre la utilización de armas químicas en Siria. Era una imagen desagradable que "estropeaba" la opípara comida que cada día disfrutaba la familia. Tras las imágenes de la orgía disoluta de la "gente del corazón", parecía de mal gusto que las agencias internacionales sirvieran esta escena. Nadie sabía dónde estaba exactamente ese país, pues África es un continente desconocido para la gran masa. Y ya se sabe... lo que no sale en los medios de comunicación, no existe. Pero ese día la noticia produjo un escalofrío en todos los miembros de la familia. Pero duró sólo un instante, pues a continuación entraba el presentador de la sección de deportes, comentando la polémica que estaba ocasionando que el entrenador no pusiera de titular al portero de siempre. Durante más de diez minutos esta noticia y sus comentarios correspondientes ocupó la pantalla del televisor. La otra imagen, la del pobre desnutrido, pronto se borró de la memoria de toda la familia. No se volvió a saber nada de aquél hombre, pero la realidad es que murió unas horas después. Muchas familias lo vieron, pero sólo alguna reaccionó. ¿Qué les dirá nuestro Padre del cielo cuando lleguen a las moradas eternas? ¿Qué justificación a su indolencia podrán aducir todos aquellos que vieron el telediario? Seguro que el Padre abriría las puertas de su mansión a aquel pobre hombre de África, como las abrió para que entrara el pobre Lázaro. El rico, en cambio, se quedó a las puertas, ¿podrá entrar en un lugar donde es preciso amar y practicar la misericordia?

3.- La injusticia no tiene nombre. Sabemos cómo se llama el pobre, Lázaro, pero en la parábola no se dice el nombre del rico. Se le ha puesto después el nombre de Epulón, “el comilón”. Las lecturas denuncian la desigualdad y el injusto reparto de las riquezas que es mayor cada día. La crisis económica hace que en muchos hogares no llegue la comida. ¿Cómo puede justificarse que el 1 % de la población rica posee más que el 57 % restante, o que las 358 personas más ricas del mundo disfruten de una renta superior a 2.600 millones de personas. Los bienes de la tierra están mal repartidos y esto es una injusticia sangrante. Dios quiso el destino universal de los bienes, que han sido creados por Dios para que puedan disfrutarlos todos los hombres. Si en alguna parte del mundo hay hambre, entonces nuestra celebración de la Eucaristía queda de algún modo incompleta en todas partes del mundo. En la Eucaristía recibimos a Cristo hambriento en el mundo. El no viene a nosotros solo, sino con los pobres, los oprimidos, los que mueren de hambre en la tierra. Por medio de él estos hombres vienen a nosotros en busca de ayuda, de justicia, de amor expresado en obras. Como señaló en cierta ocasión el P. Arrupe, no podemos recibir dignamente el pan de Vida si al mismo tiempo no damos pan para que vivan aquellos que lo necesitan, sean quienes sean y estén donde estén. Porque el mundo es, hoy día, una aldea global en la que todos somos conciudadanos. ¿A qué me comprometo yo cuando recibo la Sagrada Comunión? Es una pregunta exigente y vital. Y también apremiante. Quiera Cristo, a quien recibimos, dar a cada uno de nosotros la valentía para no rehusar este don de nosotros mismos, no echarnos atrás ante él, no ponerle límites. Ojalá seamos nosotros tan generosos con él, como El lo es con nosotros. El Papa Francisco ha declarado que le gustaría "una Iglesia pobre y para los pobres"


2.- EL GRAN ABISMO QUE SE ABRE ENTRE LOS RICOS EPULONES Y LOS POBRES LÁZAROS

Por Gabriel González del Estal

1.- Entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso. La parábola refleja un mundo real que existía en tiempos de Jesús y que existe en nuestro mundo actual. También hoy hay entre nosotros muchos ricos epulones, que banquetean espléndidamente, y hay muchísimos Lázaros que no tienen ni lo necesario para vivir con dignidad. Esto no es una consecuencia necesaria de la naturaleza humana, sino una consecuencia de la naturaleza humana, cuando ésta se deja llevar de la tentación de un inmenso egoísmo y de una inmensa ambición. Podemos luchar contra esta tentación y podemos vencerla, como la vencieron muchos santos y muchas personas justas y honradas. Los cristianos tenemos la obligación moral y religiosa de luchar valientemente contra la desigualdad social que existe en nuestra sociedad. Renunciar a la lucha contra la desigualdad no puede ser nunca una actitud cristiana. Jesús, el Cristo, vivió en lucha continua contra la desigualdad social de su tiempo y empeñó su propia vida en esta batalla. Una persona, o una sociedad, que no trata con todas sus fuerzas de suprimir el abismo que existe entre los más ricos y los más pobres no es una persona, o una sociedad, cristiana. Es verdad que, ordinariamente, una sola persona no puede hacer mucho para remediar la inmensa desigualdad social, el inmenso abismo, que existe en nuestra sociedad, pero cada uno de nosotros debe hacer lo poco, o mucho, que pueda hacer. Nuestra condición de cristianos nos lo exige.

2. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abrahán y a Lázaro en su seno. Es interesante observar que, según la parábola, el rico epulón, cuando banqueteaba espléndidamente, no había visto al pobre Lázaro, al que tenía muy cerca echado en su portal, y, en cambio ahora lo vio desde muy lejos. La vida, desgraciadamente, es así: no vemos al que nos necesita, aunque esté delante de nuestras propias narices, y en cambio sí vemos, hasta de lejos, a aquel que nosotros necesitamos. Esto es algo muy habitual entre nosotros, pero no por ser habitual podemos decir que es bueno moralmente. Los cristianos debemos vivir siempre mirando al prójimo, sobre todo al prójimo más necesitado. Es verdad que, en el caso concreto de dar o no dar una limosna económica a alguna persona que nos la pide, no siempre nos va a resultar fácil discernir con claridad a quiénes debemos dársela y a quiénes no. En la mendacidad organizada puede haber mucho engaño, o afán de engañar, pero hay muchas maneras de ayudar económicamente a las personas necesitadas y los cristianos debemos estar siempre dispuestos a mirar y ver a las personas que, de verdad, necesitan nuestra ayuda.

3.- Os ungís con perfumes exquisitos y no os doléis del desastre de José. El profeta Amós, ocho siglos antes de Cristo, no se anduvo con rodeos a la hora de criticar a los ricos epulones de su tiempo. Les dice, en nombre del Señor, que su pecado va a ser duramente castigado: “se acabará la orgía de los disolutos”. Porque Yahveh es un Dios justo y liberador, y no va a permitir que sus hijos sean injustos y corruptos. Lo mismo nos diría hoy el profeta Amós a los cristianos del siglo XXI, porque el Dios de Jesús de Nazaret es un Dios justo y misericordioso, y no puede permitir que los que nos llamamos sus hijos, los cristianos, seamos injustos e inmisericordes con el prójimo.

4.- Hombre de Dios, practica la justicia, la piedad, la fe, el amor. Si nosotros, los cristianos, llevamos a la práctica estos consejos que da Pablo a Timoteo, seguro que Dios nos va a considerar como auténticos hijos suyos y nos admitirá en su reino eterno. Pero si no escuchamos en esta vida a Pablo, a los profetas, a Cristo Jesús; si vivimos como ricos epulones, sin ver a los pobres Lázaros que sufren a nuestro lado, nadie podrá salvarnos de la condena de nuestro Dios.


3.- SÍ EL AMOR, PARA ATRAERNOS Y SALVARNOS

Por Antonio García-Moreno

1.- AUTODESTRUCCIÓN.- La palabra de Amós sigue sonando con rabia. Son acentos duros, acentos que queman, que escuecen, que hieren en lo más vivo. Hoy su protesta es contra los que confiaban en Dios, pensando tenerlo propicio por el sólo hecho de que su templo estuviera sobre el monte Sión en Jerusalén, o sobre el monte Garizim, en Samaría. Se fiaban de sus prácticas religiosas, creyendo que dando culto a Dios ya se podía faltar, impunemente, a los más sagrados deberes de justicia y de caridad.

Son situaciones que no han pasado, situaciones que todavía se dan. Sí, hay quienes piensan que con asistir a Misa, con comulgar de cuando en cuando, con rezar determinadas oraciones o dar algunas limosnas, ya está todo arreglado. Y viven completamente al margen de lo que es el camino señalado por Dios, seguros de que al final todo se solucionará, de que habrá tiempo de arrepentirse. Y mientras llega ese momento, tan lejano al parecer, viven como paganos, sin pensar más que en sí mismos.

Amós es un hombre de campo, rudo y recio, acostumbrado a las inclemencias del tiempo, curtido por el viento y el sol del desierto. Por eso tiene una sensibilidad especial para reaccionar contra toda aquella molicie que contemplan sus ojos. Y se querella contra esa vida fácil y comodona de sus coetáneos, les echa en cara su culto al confort, su vida aburguesada y muelle.

Son hombres que no luchan, que no se esfuerzan, que no son capaces de enfrentarse con la dificultad, que la soslayan, escogiendo el camino más ancho... El confort excesivo destruye al hombre, le corrompe, le pudre. El que no está habituado al sacrificio acaba convirtiéndose en un hombre inútil, débil, un ser derrotado antes de la lucha. Si no hay esfuerzo, no hay fortaleza. Y sin fortaleza el hombre no puede realizarse, salvarse a sí mismo. El que no pone empeño en la vida, acabará prematuramente sumergido en la muerte.

2- EL MÁS IMPORTANTE AVISO.- Jesús actuaba y hablaba con plena franqueza, decía con libertad lo que tenía que decir, tanto a los de arriba como a los de abajo, tanto a los ricos como a los pobres. Tocaba, además, todos los temas. En muchas ocasiones sus palabras aquietan el alma, en otras inquietan al hombre. Habla de premio pero también de castigo. Nos refiere cuán grande es el amor y la misericordia del Padre, pero nos advierte también cuán terrible es su ira y su eterno castigo. Él nos quiere transmitir la verdad, pero toda la verdad, esa que nos hace libres y nos redime si la aceptamos con el entendimiento y la acatamos con la voluntad, luchando para que toda nuestra vida se acople a las enseñanzas del Evangelio.

3.- Hoy nos habla el Señor de aquel ricachón que se daba la gran vida, sin reparar siquiera en el pobre Lázaro que mendigaba a la puerta de su casa, ávido de recibir unas migajas de las muchas que se caían de la mesa del epulón. Sólo los perros se le acercaban para lamerle las llagas. El hombre rico estaba tan abismado en sus negocios y en sus francachelas que no veía, porque no quería ver, la miseria que rodeaba su grandeza.

Pero la muerte iguala al poderoso y al débil. Ambos murieron y ambos fueron enterrados. El uno con gran pompa y festejos, el otro de modo sencillo. Uno fue a reposar en un gran nicho de mármol, el otro en la blanda tierra. Sin embargo, tanto uno como otro fueron pasto de los gusanos y la podre. Sus cuerpos, que sin nada llegaron a la tierra, despojados volvieron a ella. Pero ahí terminaba su historia, pues, digan lo que digan, en el hombre hay un algo distinto de los animales, y ese algo se llama alma inmortal.

El tribunal de Dios no admite componendas, no hace distinciones entre el rico y el pobre. Sólo mira en el libro de la vida donde se hallan escritas las buenas y las malas acciones. Según sea el balance, así es la sentencia. Aquel que en su abundancia se olvidó de la necesidad ajena fue arrojado al infierno, el que nada tuvo y aceptó con humildad su pobreza fue llevado por los ángeles al descanso y la paz.

Es verdad que no podemos hacernos una idea clara del infierno, ni tampoco del cielo. Pero lo cierto es que ambas realidades existen y que en una se sufre lo indecible y sin remedio, mientras que en la otra realidad se goza plenamente y sin fin. Casi siempre se habla del fuego, también del llanto y las tinieblas, de la desesperación que hace rechinar los dientes, de la sed insaciable, de la separación insalvable, de la imposibilidad de amar y de ser amado. Es la más terrible amenaza, el último y tremendo recurso que el Amor, sí el Amor, tiene para atraernos y salvarnos. Es verdad que la lejanía de ese castigo, aunque quizá sea mañana, nos puede dejar indiferentes. Peor para nosotros. Luego no diremos que nadie nos avisó

Fuente: www.betania.es

 

 

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