Es un Blog de orientación Cristiano/Católico, dirigido a personas de 16 a años en adelante, en el que se publican diariamente las Lecturas del Día, de acuerdo al Calendario Litúrgico Católico, la Lectio Divina, el Santoral del Día, la Liturgia de las Horas (Laudes, Vísperas y Completas, y otros artículos de orientación espiritual y moral.
La Homilía de Betania: XXX Domingo del Tiempo Ordinario, 28 de Octubre, 2012.
1.- EL CIEGO BARTIMEO
Por Pedro Juan Díaz
1.- Seguimos viendo a Jesús en su camino a Jerusalén, con sus discípulos. Es un camino espiritual y pedagógico, donde va a ir abriéndoles los ojos con su enseñanza. Esta vez va a ser a través de un ciego (paradojas del evangelio) que vive en las afueras de Jericó. El evangelio nos dice que se llamaba Bartimeo. Pero además de él, es importante ver también el papel que juega la gente y Jesús. Estos tres son los personajes que aparecen en este pasaje.
2.- Pero antes, para centrar el evangelio, me gustaría retroceder en el tiempo, haciéndome eco de la primera lectura. El pueblo de Israel ha vivido en el destierro de Babilonia. Fueron expulsados de su tierra, perdieron el Templo y hasta pensaron que Dios se había olvidado de ellos. Pero llega el momento de volver a Jerusalén, y lo hacen unos pocos, “el resto de Israel”, y lo hacen con alegría. Dice el texto del profeta Jeremías que, entre los que volvían, “hay ciegos y cojos, preñadas y paridas”. Pero no todos entran en la ciudad santa. Algunos tienen que quedarse “al borde del camino”, por su enfermedad, sinónimo de su pecado para la mentalidad judía. Y entre ellos está el ciego Bartimeo.
4.- Bartimeo es ciego, por lo tanto pobre y pecador, no tiene trabajo, ni lo podrá tener por su enfermedad, sinónimo de pecado, y tiene que pasar el resto de su vida pidiendo limosna y viviendo en las afueras de la ciudad, en los bordes de los caminos, alejado de la vida social y religiosa. Su única posesión es un manto para taparse del frío y hasta eso lo suelta para responder a la llamada de Jesús y seguirle con libertad. Soltar el manto es un símbolo de conversión, de dejar atrás su antigua vida y abrirse a la vida nueva que Jesús le ofrece.
5.- A pesar de todo, Bartimeo manifiesta su fe en Jesús llamándole “hijo de David”, que era el título con el que la gente del pueblo designaba al Mesías. Por lo tanto, su fe en Jesús es grande y es la que hace posible el milagro. Su reacción al recuperar la vida es convertirse en discípulo de Jesús y seguirle en su camino hacia Jerusalén, hacia su pasión y muerte. Por eso Bartimeo es el prototipo de todo discípulo, porque a los que somos discípulos de Jesús nos cuesta verle en ocasiones, estamos ciegos. Sin embargo, cuando le descubrimos a nuestro lado, nos llena de alegría y nos ponemos a caminar con Él.
6.- Además de Bartimeo, la gente que rodea a Jesús también juega un papel importante. Hay mucha gente porque es el tiempo de la peregrinación pascual a Jerusalén y Jesús y sus discípulos están a punto de emprender el último ascenso hasta la ciudad santa. Esta gente simboliza a la comunidad cristiana, a la Iglesia. Y su primera reacción es rechazar al pobre andrajoso que está molestando a Jesús. De entrada, los pobres molestan. Pero Jesús les utiliza como mediación para que les haga llegar su llamada. Es la comunidad la que le hace ver al ciego la llamada de Jesús: “ánimo, levántate, que te llama”. Y finalmente es la comunidad la que le acoge como un nuevo discípulo que se incorpora a caminar con ellos, tras Jesús.
7.- Y finalmente, destacamos de Jesús que no se mueve por el centro de la ciudad, ni por los lugares de poder y prestigio, sino que camina por las afueras, donde se puede encontrar con los pobres y excluidos, con los que viven en los márgenes de la vida, y que acogen con alegría su mensaje salvador. En esas personas encuentra Jesús la fe necesaria para hacer los milagros que le piden. Su grupo de discípulos estará compuesto, fundamentalmente, por personas así, sencillas y pobres.
8.- ¿Quiénes son los “Bartimeos” de hoy? ¿A quién encontramos tirados “al borde del camino” de la vida? ¿Qué produce estas situaciones? ¿Qué papel jugamos nosotros como cristianos ante estas realidades? A Jesús le pedimos, como el ciego, que “veamos” estas realidades, que no pasemos de largo, que nos convirtamos en “prójimos” de los “arrinconados” por la sociedad. Caritas, Pobreza Cero y muchas otras organizaciones, cristianas y no cristianas, ya están “embarcadas” en esta tarea de hacer del mundo un lugar mejor y más digno para todas las personas, sin distinción. Así nos lo enseñó Jesús de Nazaret. El Evangelio abre siempre nuevas posibilidades de una vida más digna y más justa para todos, nuevas esperanzas, nuevos retos…
9.- Al sentarnos hoy “alrededor de la mesa” de la Eucaristía nos comprometemos a ser esa comunidad de discípulos del Nazareno que abre sus puertas, sus corazones y sus vidas a los “preferidos” de Jesús, a ser una Iglesia más acogedora y más samaritana.
2.- QUÉ DIFÍCIL ES VER LO ESENCIAL, HOY
Por Gabriel González del Estal
1.- Maestro, que pueda ver. El ciego Bartimeo quería ver cosas físicas, objetos, árboles, personas, porque sus ojos estaban físicamente dañados y no podía ver. Nosotros, hoy tenemos muchísimas más facilidades para ver cosas físicas, que en los tiempos del ciego Bartimeo. Pero han aumentado tanto las cosas que se nos presentan todos los días ante nuestra vista, que lo difícil es acertar a ver qué es lo más importante y esencial en que deberemos fijar nuestra atención. Una vez más, los muchos árboles pueden no dejarnos ver el bosque. Los medios de comunicación hacen posible hoy que cualquier persona reciba al minuto cientos de rumores, noticias y libres opiniones. Es verdad que recibimos noticias de todos los colores y para todos los gustos, pero también es una triste verdad que los medios de comunicación nos atiborran diariamente con noticias superfluas, insustanciales y banales. Y aquí es donde debemos demostrar nuestra capacidad para ver lo esencial, lo que de verdad interesa a nuestra salud física, psíquica y espiritual. Esto, sobre todo para las personas más jóvenes, es muy difícil. Por eso, creemos que hoy, más que en tiempos del ciego Bartimeo, debemos tener nuestros oídos muy atentos para escuchar al Jesús que pasa junto a nosotros, al Jesús que es nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida, para suplicarle con humildad y a gritos: ¡Maestro, que vea! Que no sea la cultura de la banalidad y la superfluidad la que toque y dirija mi vista, sino que vea en cada momento qué es lo más importante y esencial para mi vida.
2.- Al momento recobró la vista y lo seguía por el camino. El ciego Bartimeo demostró ser una persona decidida y arriesgada no sólo para pedir la vista, sino también para usar correcta y santamente la vista recobrada. No sólo vio a la persona física que le había curado, sino que su fe le iluminó para ver también al Maestro espiritual que podía conducirle hasta la vida eterna. Nuestra visión de Cristo no debe ser sólo un conocimiento histórico y cultural, sino que debe ser ante todo un conocimiento vital y vivencial, un encuentro con él. Conocer a Jesús y no seguirle no sirve para mucho; el conocimiento de Cristo sólo es un conocimiento vivo y eficaz para nosotros si nos lleva hasta el seguimiento, hasta hacer de Cristo el guía y conductor del camino de nuestra vida.
3.- Entre ellos hay ciegos y cojos, preñadas y paridas. También el profeta Jeremías, como el Segundo Isaías, habla a su pueblo de la experiencia dolorosa del destierro y del gozoso y feliz retorno del pueblo de Israel hacia la patria soñada, hacia Jerusalén. Hasta los ciegos y los cojos, las preñadas y las paridas, que se marcharon llorando, volverán entre consuelos. Los maestros espirituales de todos los tiempos han querido ver en el destierro del pueblo de Israel una imagen de nuestra vida, aquí en la tierra, como un destierro, un valle de lágrimas; vivimos en la tierra como desterrados hijos de Eva. Pero también nosotros caminamos, mientras vivimos, hacia la Jerusalén celestial; porque “este mundo es camino para el otro, que es morada sin pesar”, como nos dijo el poeta. Si nos dejamos conducir por Cristo caminaremos con esperanza y alegría hacia un reino nuevo, hacia un reino de paz, de vida, de gracia y de amor. En nuestro caminar terrenal hacia ese reino nuevo Cristo debe ser nuestro guía.
4.- Él puede comprender a los ignorantes y extraviados, ya que él mismo está envuelto en debilidades. El autor de esta Carta a los Hebreos nos dice, una vez más, que Cristo, por su muerte en cruz, fue constituido por el Padre como nuestro sumo sacerdote. La vida de Cristo, ofrecida por sí mismo al Padre, nos reconcilió de una vez para siempre con Dios. Este sumo sacerdote nos comprende a nosotros, ignorantes y extraviados, porque él mismo asumió nuestras debilidades, haciéndose en todo semejante a nosotros, menos en el pecado. Cristo sabe que nosotros caminamos por la vida llenos de debilidades, como ciegos y cojos; él quiere ser nuestra luz y nuestro guía. Dejémonos conducir por él, para que en cada momento de nuestra vida veamos con claridad el mejor camino que nos conduzca hacia Dios.
3.- ES JESÚS DE NAZARET QUE PASA…
Por Antonio García-Moreno
1.- EL GOZO DE JEREMÍAS.- El profeta de los lamentos, el hombre de las maldiciones duras, Jeremías, el plañidero. En este pasaje su alma se derrama en exclamaciones de gozo. Ante su mirada clarividente de profeta se despliega el espectáculo maravilloso de la Redención. Ese pueblo que ha sido destrozado, ese pueblo que tuvo que abandonar la tierra, y caminar hacia países lejanos bajo el yugo del extranjero, ese pueblo deportado a un exilio deprimente, ese pueblo, el suyo, ha sido salvado, ha recobrado la libertad.
Todo parecía perdido. Como si Dios hubiera desatado totalmente su ira y el castigo fuera el aniquilamiento definitivo. Pero no, Dios no podía olvidarse de su pueblo. Le amaba demasiado. Y a pesar de sus mil traiciones, le perdona, le vuelve a recoger de entre la dispersión en donde vivían y morían... Esta realidad palpitante que se sigue repitiendo sin cesar, debe mantenernos en la confianza en el amor de Dios. Nunca es tarde, nunca es mucho, nunca es demasiado. Nada puede apagar nuestra esperanza. Nada ni nadie puede cerrarnos al amor. La capacidad infinita de perdón que tiene Dios, su actitud permanente de brazos abiertos, pide y provoca espontáneamente una correspondencia generosa, un sí decidido y constante a cada exigencia de nuestra condición de hijos de Dios.
Caminar por una ruta retorcida, dura y empinada. Dejando el hogar cada vez más lejos, los rincones que nos vieron crecer, los recuerdos de los momentos decisivos, las alegrías y las penas, la tierra donde la vida propia echó sus raíces y sus ramas, sus flores y sus frutos. Marchar. Teniendo por delante un horizonte desconocido, un paisaje envuelto en el azul difuso de las distancias, con unas personas diferentes, entreviendo situaciones difíciles, con la inquietante duda de lo que se ignora. Una caravana que avanza perezosamente entre cantos de nostalgias, en el silencio de las lágrimas.
Pero Dios nos traerá nuevamente hasta nuestra buena tierra. Nos guiará entre consuelos. Y las lágrimas se cambiarán en risas, los lamentos en canciones alegres. Dios nos devolverá el gozo del corazón. Nos colocará junto al torrente de las aguas, nos llevará por un camino ancho y llano, en el que no hay posible tropiezo.
Señor, mira nuestra vida afincada en el destierro, sembrada en este valle de lágrimas. Compadécete de nosotros, de este pueblo que camina doliente por esta tierra extraña y triste. Allana el camino, abre nuevas sendas, deja que nos apoyemos en ti. Estate siempre muy cercano, quédate con nosotros que la tarde se muere y la noche negra nos atemoriza.
2.- COMO BARTIMEO.- Bartimeo era un pobre ciego que pedía limosna al borde del camino que, procedente de Jerusalén, llega a Jericó. Hasta que un día pasó Jesús cerca de él. Al principio, el ciego sólo percibía el rumor de la gente que pasaba, más bulliciosa que de costumbre. Extrañado ante aquel alboroto preguntó que ocurría: Es Jesús de Nazaret que pasa, le dijeron. Entonces la oscuridad que le envolvía se tornó luminosa y clara por la fuerza de su fe, y lleno de esperanza comenzó a gritar con todas las fuerzas: “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí..."
También nosotros somos muchas veces pobres ciegos sentados a la orilla del camino, pordioseando a unos y otros un poco de luz y de amor para nuestra vida oscura y fría. Sumidos como Bartimeo en las tinieblas de nuestro egoísmo o de nuestra sensualidad. Quizá escuchamos el rumor de quienes acompañan a Jesús, pero no aprovechamos su cercanía y seguimos sentados e indolentes, tranquilos en nuestra soledad y apagamiento. Es preciso reaccionar, es necesario recurrir a Jesucristo, nuestro Mesías y Salvador. Gritarle una y otra vez que tenga compasión de nosotros.
La voz del ciego se alzaba sobre el bullicio de la gente, tanto que era una nota discordante y estridente, molesta para todos. Cállate ya, le decían. Pero él gritaba aún más. Jesús no quiso hacerle esperar y llevado de su inmensa compasión llamó a Bartimeo. Cuando el mendigo escuchó que el Maestro lo llamaba, arrojó su manto, loco de contento, dio un salto y se acercó como pudo a Jesús.
Eran sentimientos de júbilo indescriptible, que también han de embargar nuestros corazones, pues también a nosotros nos llama Cristo para preguntarnos como a Bartimeo: "¿Qué quieres que haga yo por ti?”. Bartimeo no dudó ni un momento en suplicar: "Maestro, que pueda ver". Jesús tampoco retarda su respuesta: "Anda, tu fe te ha curado". Y al instante la oscuridad del ciego se disipa bajo una luz que le permite contemplar extasiado cuanto le rodea, ese espectáculo único que es la vida misma.
Vamos a seguir clamando con la misma plegaria en el fondo de nuestra alma, sin cansarnos jamás: Señor, que yo vea. Señor, que pueda contemplar tu grandeza divina en las mil minucias humanas y materiales que nos circundan, que tu luz mantenga encendido nuestro amor y brillante nuestra esperanza.
Fuente: www.betania.es