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18 enero 2013 5 18 /01 /enero /2013 20:02

Meditación: II Semana Tiempo Ordinario. Ciclo C. Domingo, 20 de Enero, 2013. Meditación: San Fabián, papa y mártir. San Sebastián, mártir

SAN FABIÁN, PAPA Y MÁRTIR

Fue el vigésimo Papa de la Iglesia católica, ejerciendo entre los años 236 y 250.
Elegido papa durante las persecuciones que contra los cristianos había ordenado el emperador Decio, las extraordinarias circunstancias de la misma fueron relatadas por el historiador Eusebio de Cesarea quien en el tomo sexto de su obra Historia de la Iglesia relata cómo estando reunidos los electores para seleccionar al sucesor del papa Antero, una paloma se posó sobre Fabián, un granjero laico que se encontraba en Roma accidentalmente y como simple espectador. El pueblo tomó esto como una señal milagrosa de Dios que escogía a Fabián como su candidato e inmediatamente procedieron a ordenarlo sacerdote y obispo.

Debido al crecimiento de Roma dividió la ciudad en siete distritos poniendo a cargo de cada uno de ellos a un diácono para su gobierno y administración. Consagró a varios obispos, entre ellos a San Denis de París al que envió a misionar las Galias, y según la tradición, Fabián instituyó las cuatro órdenes menores. Estableció que todos los años el Jueves Santo fuese renovado el Santo Crisma y que se quemara el del año anterior. También reguló que el Santo Crisma debería prepararse con aceite mezclado con bálsamo.

San Fabián murió mártir el 20 de enero de 250, bajo la persecución de Decio y fue enterrado en la catacumba de San Calixto.

El culto de San Fabián ha estado siempre unido al de San Sebastián, ambos se celebran el 20 de enero, en la festividad de los Santos Mártires.

Es patrón de la aldea de Peñaullán perteneciente al concejo de Pravia en Asturias y co-patrón de Valsinni, una localidad de Italia situada en la provincia de Matera.

SAN SEBASTIÁN, MÁRTIR

Sebastián, hijo de familia militar y noble, era oriundo de Narbona, pero se había educado en Milán. Llegó a ser capitán de la primera corte de la guardia pretoriana. Era respetado por todos y apreciado por el emperador, que desconocía su cualidad de cristiano. Cumplía con la disciplina militar, pero no participaba en los sacrificios idolátricos. Además, como buen cristiano, ejercitaba el apostolado entre sus compañeros, visitaba y alentaba a los cristianos encarcelados por causa de Cristo. Esta situación no podía durar mucho, y fue denunciado al emperador Maximino quien lo obligó a escoger entre ser su soldado o seguir a Jesucristo.

El santo escogió la milicia de Cristo; desairado el Emperador, lo amenazó de muerte, pero San Sebastián, convertido en soldado de Cristo por la confirmación, se mantuvo firme en su fe. Enfurecido Maximino, lo condenó a morir asaeteado: los soldados del emperador lo llevaron al estadio, lo desnudaron, lo ataron a un poste y lanzaron sobre él una lluvia de saetas, dándolo por muerto. Sin embargo, sus amigos que estaban al acecho, se acercaron, y al verlo todavía con vida, lo llevaron a casa de una noble cristiana romana, llamada Irene, que lo mantuvo escondido en su casa y le curó las heridas hasta que quedó restablecido.

Sus amigos le aconsejaron que se ausentara de Roma, pero el santo se negó rotundamente pues su corazón ardoroso del amor de Cristo, impedía que él no continuase anunciando a su Señor. Se presentó con valentía ante el Emperador, desconcertado porque lo daba por muerto, y el santo le reprochó con energía su conducta por perseguir a los cristianos. Maximino mandó que lo azotaran hasta morir, y los soldados cumplieron esta vez sin errores la misión y tiraron su cuerpo en un lodazal. Los cristianos lo recogieron y lo enterraron en la Vía Apia, en la célebre catacumba que lleva el nombre de San Sebastián.

El culto a San Sebastián es muy antiguo; es invocado contra la peste y contra los enemigos de la religión, y además es llamado además el Apolo cristiano ya que es uno de los santos más reproducidos por el arte en general.

Fuente: www.almudi.org

 

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18 enero 2013 5 18 /01 /enero /2013 19:30

Meditación: I Semana Tiempo Ordinario. Ciclo C. Sábado, 19 de Enero, 2013.

«Y se fue otra vez a la orilla del mar. Y toda la muchedumbre iba hacia él, y les enseñaba. Al pasar vio a Leví el de Alfeo sentado en el telonio, y le dijo: Sígueme. El se levantó y le siguió. Y ocurrió que, estando a la mesa en casa de éste, se sentaron con Jesús y sus discípulos muchos publicanos y pecadores, pues eran muchos los que le seguían. Los escribas de los fariseos, viendo que comía con pecadores y publicanos, decían a sus discípulos: ¿Por qué come con los publicanos y pecadores? Al oír Jesús esto, les dijo: No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos; no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.» (Marcos 2, 13-17)

 

1º. Jesús, acabas de curar a un paralítico ante multitud de gente que se agolpaba a las puertas de tu casa en Cafarnaún.

Por eso, cuando sales hacia el lago, «toda la muchedumbre»te sigue.

Tal vez esperan recibir algún milagro o ver cosas portentosas.

Jesús, tienes toda una muchedumbre de «seguidores», pero te vienes a fijar en uno que no está entre ellos: Leví, más conocido por Mateo, San Mateo el Evangelista.

Él no había ido a tu casa, ni perseguía al Profeta que hacía milagros.

Allí estaba, en su mesa, en su trabajo.

A él le llamas y le dices: «Sígueme.» «Mateo no opuso ni un momento de resistencia, ni dijo, dudando: ¿Qué es esto? ¿No será una ilusión que me llama a mí, que soy hombre tal? Humildad, por cierto, que hubiera estado totalmente fuera de lugar» (San Juan Crisóstomo).

Jesús, tal vez yo tampoco era uno de los que te seguía por todos los sitios o participaba en todo tipo de actos piadosos.

Tal vez, ni siquiera te buscaba con verdadero interés.

Sin embargo, una cosa si trataba de hacer bien: mi trabajo, mi estudio.

Y es allí donde te encontré, donde viniste a buscarme: en mi mesa de trabajo, en mi clase, en mi empresa.

También a mí me has dicho: «Sígueme.»

Ojalá sepa responder prontamente como Mateo: «Él se levantó y le siguió».

 

2º. «Estás lleno de miserias. -Cada día las ves más claras. -Pero no te asusten.  El sabe bien que tú puedes dar más fruto.

Tus caídas involuntarias -caídas de niño- hacen que tu Padre-Dios tenga más cuidado y que tu Madre María no te suelte de su mano amorosa: aprovéchate, y, al cogerte el Señor a diario del suelo, abrázale con todas tus fuerzas y pon tu cabeza miserable sobre su pecho abierto, para que acaben de enloquecerte los latidos de su Corazón amabilísimo» (Camino.-884).

Jesús, no has venido a llamar a los que se creen justos y piensan que ya lo hacen todo bien.

Has venido a buscar a los que se dan cuenta de que tienen que mejorar mucho si quieren ser cristianos, si quieren «ser perfectos como tu Padre Celestial es perfecto». (Mateo 5,48).

Yo me veo lleno de miserias, pero sé que entonces me puedo apoyar mas en Ti, porque «no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos.»

Jesús, cuanto más débil me siento, más fuerte soy en realidad; porque acudo más a Ti, porque te pido más ayuda, porque no me fío de mí, sino que me apoyo en tu gracia, en la fuerza que recibo de los sacramentos y en la oración.

Y entonces me curas, porque eres Médico; y me levantas de mis caídas, porque eres mi Padre-Dios.

Madre mía, tú eres Salud de los Enfermos y Refugio de los Pecadores.

Tú eres mi Madre.

No me sueltes de tu mano amorosa.

Recuérdame siempre tu ejemplo de humildad, para que no me crea perfecto.

Porque el «perfecto» no lucha por mejorar, y su misma complacencia le lleva a los defectos más ridículos.

Y sobre todo, porque sólo siendo humilde podré entender a tu Hijo Jesús, que se humilló a sí mismo haciéndose hombre por amor a mí.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

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Fuente: www.almudi.org

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17 enero 2013 4 17 /01 /enero /2013 15:58

Meditación: I Semana Tiempo Ordinario. Ciclo C. Viernes, 18 de Enero, 2013.

Encuentros con Jesús misericordioso

“Entró de nuevo en Cafarnaum; al poco tiempo había corrido la voz de que estaba en casa. Se agolparon tantos que ni siquiera ante la puerta había ya sitio, y Él les anunciaba la Palabra.
Y le vienen a traer a un paralítico llevado entre cuatro. Al no poder presentárselo a causa de la multitud, abrieron el techo encima de donde Él estaba y, a través de la abertura que hicieron, descolgaron la camilla donde yacía el paralítico. Viendo Jesús la fe de ellos, dice al paralítico: «Hijo, tus pecados te son perdonados».
Estaban allí sentados algunos escribas que pensaban en sus corazones: «¿Por qué éste habla así? Está blasfemando. ¿Quién puede perdonar pecados, sino Dios sólo?». Pero, al instante, conociendo Jesús en su espíritu lo que ellos pensaban en su interior, les dice: «¿Por qué pensáis así en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: “Tus pecados te son perdonados”, o decir: “Levántate, toma tu camilla y anda” Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados -dice al paralítico-: “A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”».
Se levantó y, al instante, tomando la camilla, salió a la vista de todos, de modo que quedaban todos asombrados y glorificaban a Dios, diciendo: «Jamás vimos cosa parecida»
(Marcos 2,1-12).

1. Podemos meternos con la imaginación, en la casa junto a Pedro, muy cerca del Señor. Tenemos suerte, porque muchos no caben, se han quedado fuera. Muchos, con la esperanza de tocar su túnica al pasar. Jesús está enseñando.

No faltan varios fariseos y doctores de la ley. Son los que lo saben todo, escuchan buscando qué censurar. ¡Qué distinta la gente sencilla que nos rodea dentro de la sala!

Mientras tanto, cuatro hombres audaces, con fe en el Señor, traen a un paralítico para que lo cure. Y no pueden entrar. Pero no se dan por vencidos. Por detrás la casa suben al tejado, escuchamos sus pasos en el techo. Jesús sigue hablando. Demasiado sabe Él lo que está ocurriendo. Después, comienzan a dar golpes. Todos miramos hacia arriba: están perforando el terrado.

El Señor no se inmuta. Caen trozos de barro seco, a pesar del cuidado de quienes lo hacen. Por fin se ve, por la abertura, el cielo. Jesús sigue hablando. Pero todos miramos las manos afanosas, el boquete descubierto, que se hace más grande. Ya se ven sus rostros. Con cuerdas descuelgan la camilla, un fardo con el cuerpo de aquel hombre paralítico. Y así, lo colocan delante del Señor. Todos guardamos silencio.

El Señor suspende su enseñanza. Mira al hombre paralítico y le sonríe. Los ojos del hombre, que está ahí, en el suelo, se avivan. Los cuatro audaces se han quedado en el techo. Sus cuatro caras pegadas miran respetuosas y atentas. No dicen nada. El Señor también les mira a ellos. Quisieran esconderse, no pueden. La humildad brota en sus semblantes. Y también les sonríe.

Con Jesús volvemos nuestra mirada al paralítico. Parece como si toda su vida se agolpara en sus ojos: miran llenos de esperanza. La compasión divina se posa en esa esperanza. Vuelven a avivarse los ojos del hombre. La Misericordia infinita y la miseria ínfima, frente a frente. Y en la sala, un silencio impresionante.

-“Tus pecados te son perdonados”.

Los escribas y los fariseos se remueven en sus asientos: están pensando mal. Jesús se encarar con ellos, sin corazón, por ignorar la miseria del hombre.

-“¿Qué es lo que andáis revolviendo en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil decir: Tus pecados te son perdonados, o decir: Levántate y anda...?” Misericordiosa y protectora mirada de Jesús para el humilde caído, desafiante y acusadora para la soberbia engreída.

Los aludidos bajan los ojos y enmudecen. Sus cabezas se inclinan. El Señor les sigue hablando, pero ellos no oyen ya, turbados de vergüenza... Cuando han sentido alivio, porque los ojos de Jesús han vuelto a posarse sobre los que le miraban con silenciosa esperanza, logran levantar los suyos.

-“¡Levántate!.. . Carga con tu camilla y vete a tu casa”. Jesús al momento mira a los cuatro del tejado, y nosotros con Él. Como que es este milagro un premio a su fe callada y operativa. Y por mirar arriba no observamos cómo fueron los primeros movimientos del hombre curado. Nos sorprende, ya de pie, levantando su camilla. Por el pasmo, todos los ojos se agrandan más y más.

Es que no nos acostumbramos a los milagros: nos sorprenden siempre. Y el que había sido paralítico obedece, y sale lleno de gozo, dando gloria a Dios. Desde dentro escuchamos el clamor de las gentes en la plaza. Se sorprendieron al ver la obra de Dios, realizada a pesar de ellos.

Salió el hombre de aquella casa por donde no entró. Y volvió a su hogar por un camino que no había andado, a vista de todo el mundo, de forma que todos estaban pasmados y dando gloria a Dios, decían: Jamás habíamos visto cosa semejante.

Hoy aprendo que la audacia debe llevarnos a poner por obra lo que nos enseña la fe. A un hombre así, que vive conmigo, le encomendaron una misión dificilísima, llevada ya a cabo felizmente, porque entendía algo de aquella cuestión, y porque era lo suficientemente lanzado como para no darse cuenta que era imposible (J. A. González Lobato).

A veces no se hace algo por parálisis mental, por no entender los planes de Dios, podemos ver esos planes como algo arduo y sin libertad, cuando precisamente es dejarse querer por Él, ensanchar nuestro corazón, y al escuchar su voz descubrir que es fuente de libertad, de felicidad, y comunicarla, hacerla realidad en el mundo que nos ha tocado vivir. Cuando hay motivaciones profundas, es más fácil llevar adelante las cosas, y ese núcleo de la respuesta cristiana que es el “hacer la voluntad de Dios en nuestras vidas” ya no se ve obedecer algo externo y como impuesto, sino que responde a una motivación interior, que conduce a la oración, a frecuentar la Eucaristía. Porque sería una forma de parálisis limitar la vida cristiana a cumplir unos cuantos ritos. Conduce a buscar la formación y alimentación para el alma. Muchas veces la acción social, que hoy vemos en formas de voluntariado, es un primer paso para luego ir a la fuente del amor en Dios, y llevar de esa agua viva a los demás, como vemos en la escena de hoy.

Sólo Dios puede perdonarnos, como se recuerda hoy en el Evangelio: ante la afirmación llamativa de Jesús, que dice a un paralítico: "hijo, tus pecados te son perdonados", los oyentes sorprendidos pensaron: "¡éste blasfema! ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?". En el pecado el ofendido es el mismo Dios amor, aunque va unido esto a que el pecado nos hiere y nos daña por dentro. Pues esta herida sólo Dios puede sanarla, ahí está unido el poder infinito y su amor misericordioso. Y es lo que Jesús dice al perdonar: "pues para que veáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder para perdonar los pecados; miró al paralítico y le dijo: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa".

2. Se nos habla hoy del Sabbat, descanso… también paz, es decir estar bien. Como nos pide Jesús: "venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera".

-“Hermanos, permaneciendo aún en vigor la promesa de entrar en su descanso, debemos temer que alguno de vosotros no llegue demasiado tarde”. En el judaísmo el descanso semanal era obligatorio y religioso. ¡Dios quiere que el hombre descanse! Ya naturalmente, la vida del hombre está hecha de alternación de trabajo y descanso, de movimiento y de paro. El verdadero descanso no es solamente un «cese», una actitud negativa, es el cumplimiento de la actividad. Las posturas hieráticas del Yoga son una buena imagen de un descanso que es «concentración» suprema, y, por lo tanto, una toma de conciencia al máximo.

-“Ciertamente, hemos recibido la buena noticia lo mismo que aquellos que salieron de Egipto. Pero a ellos no les sirvió de nada oír la palabra porque lo que oyeron no la recibieron en ellos por la fe”. Toda la diferencia está entre «oír» y «escuchar». La fe es estar a la escucha intensa de Dios con todo el ser. –“Pero, los que hemos creído, hemos entrado en el descanso”. Es la tierra prometida era la figura y el anuncio del «descanso definitivo»: el cielo. En Jesús, el cielo ha comenzado ya. La oración es a la vez un momento de intensa concentración y un momento de descanso en profundidad. Una madre de familia numerosa, llena de ocupaciones, decía que no podía pasar sin el rato que dedicaba cada día a la oración: «Es mi mejor momento de la jornada... el que vigoriza todo lo restante... ¡es mi mejor descanso!»

-“Dijo Dios: «Por eso juré en mi cólera: ¡no entrarán en mi descanso!»” Por su falta de atención, por su falta de fe, la «generación del desierto» no pudo entrar en el descanso de Dios. Jesús expresó a menudo esa condenación. La peor condena, incluso humanamente, es el «stress», la agitación, falta de sueño…-«Esforcémonos pues, por entrar en ese descanso, para que nadie caiga, imitando a los que desobedecieron» (Noel Quesson).

3. El que tiene buena conciencia, está tranquilo y la misma tranquilidad es el sábado de su corazón: “Lo que oímos y aprendimos, / lo que nuestros padres nos contaron, / lo contaremos a la futura generación: / las alabanzas del Señor, su poder.” Es bueno que proclamemos el don de Dios, a nosotros nos va muy bien: “Que surjan y lo cuenten a sus hijos, / para que pongan en Dios su confianza / y no olviden las acciones de Dios, / sino que guarden sus mandamientos.” Así evitamos el mal: “Para que no imiten a sus padres, / generación rebelde y pertinaz; / generación de corazón inconstante,/ de espíritu infiel a Dios”.

Llucià Pou Sabaté

 Fuente: www.almudi.org

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16 enero 2013 3 16 /01 /enero /2013 17:02

Meditación: I Semana Tiempo Ordinario. Ciclo C. Jueves, 17 de Enero, 2013.

La misericordia de Jesús nos cura de nuestras dolencias

“En aquel tiempo, vino a Jesús un leproso suplicándole y, puesto de rodillas, le dice: «Si quieres, puedes limpiarme». Compadecido de él, extendió su mano, le tocó y le dijo: «Quiero; queda limpio». Y al instante, le desapareció la lepra y quedó limpio. Le despidió al instante prohibiéndole severamente: «Mira, no digas nada a nadie, sino vete, muéstrate al sacerdote y haz por tu purificación la ofrenda que prescribió Moisés para que les sirva de testimonio». Pero él, así que se fue, se puso a pregonar con entusiasmo y a divulgar la noticia, de modo que ya no podía Jesús presentarse en público en ninguna ciudad, sino que se quedaba a las afueras, en lugares solitarios. Y acudían a Él de todas partes” (Marcos 1,40-45).

1. Jesús, te veo con tu corazón lleno de misericordia con en el milagro de la multiplicación de los panes, y ahora con las curaciones en tu primera predicación en Galilea. Hoy es un leproso: «Si quieres, puedes limpiarme». Nos sigue diciendo el Evangelio: Jesús, «sintiendo lástima, extendió la mano» y lo curó. La lepra era considerada la peor enfermedad de su tiempo. Se pensaba que tenía que ver con los pecados, como una culpa… y por motivos de higiene nadie podía tocar ni acercarse a los leprosos. Jesús sí lo hace, como protestando contra las leyes de esta marginación.

Jesús, sientes compasión de todas las personas que sufren. Eres el salvador, vences toda manifestación del mal: enfermedad, posesión diabólica, muerte. La salvación de Dios nos ha llegado por ti.

Yo quisiera, Señor, fijarme en tus buenos sentimientos, para ser como tú, misericordioso. Veo que tu misión, Señor, es mostrarnos la misericordia divina, la esencia de toda la historia de la salvación es sentirnos amados por Dios, abrirnos a su amor misericordioso.

Esto se ve cuando tú, Jesús, curas enfermedades, que van más allá del cuerpo, vas a sanar todo, vas hasta el corazón del hombre. La lepra tiene también este sentido simbólico, de estar enfermos del alma; y ésta clama en su interior por la curación, como el paralítico de hoy. Cuando Van Thuân predicó Ejercicios en el Vaticano, dijo que “los escribas y los fariseos se escandalizan porque Jesús perdona los pecados. Sólo Dios puede perdonar los pecados. El amor misericordioso resucita a los muertos, física y espiritualmente. Jesús siempre perdonó a todos. Perdonó cualquier pecado, por más grave que fuera. Con su perdón dio nueva vida a muchas personas hasta el punto de que se convirtieron en instrumentos de su amor misericordioso. Hizo de Pedro, quien le negó tres veces, su primer vicario en la tierra, y de Pablo, perseguidor de cristianos, apóstol de las gentes, mensajero de su misericordia, pues, como él decía, "allí donde abunda el pecado, sobreabunda la gracia"». Juan Pablo II agradeció a Nguyên Van Thuân sus palabras, en una carta en la que decía: «He deseado que durante el gran Jubileo se diera un espacio particular al testimonio de personas que han sufrido a causa de su fe, pagando con valentía interminables años de prisión y otras privaciones de todo tipo. Usted ha compartido con nosotros este testimonio con calor y emoción, mostrando que, en toda la vida del hombre, el amor misericordioso, que trasciende toda lógica humana, no tiene medida, especialmente en los momentos de mayor angustia. Usted nos ha asociado a todos aquellos que, en diferentes partes del mundo, siguen pagando un tributo pesado en nombre de su fe en Cristo (…) Al basarse en la Escritura y en la enseñanza de los Padres de la Iglesia, así como en su experiencia personal, especialmente de los años en los que estuvo en prisión por Cristo y su Iglesia, usted ha puesto de manifiesto la potencia de la Palabra de Dios que es para los discípulos firmeza en la fe, comida del alma, manantial puro y perenne de la vida espiritual».

«Él manifestó su amor para con los pobres y los enfermos, para con los pequeños y los pecadores. El nunca permaneció indiferente ante el sufrimiento humano» (plegaria eucarística V/c). Nosotros deberíamos imitarle: «que nos preocupemos de compartir en la caridad las angustias y las tristezas, las alegrías y las esperanzas de los hombres, y así les mostremos el camino de la salvación» (ibídem).

¡Qué pena, una persona desconfiada, insensible, pesimista, desesperanzada!... Este posible deterioro interior lo evitaremos también con el sacramento de la Penitencia o Reconciliación es un modo práctico de vivir la divina misericordia, donde Jesús nos perdona cuando le pedimos, como el leproso, lleno sde confianza: «Señor, si quieres, puedes curarme». Y oiremos, a través de la mediación de la Iglesia, su palabra eficaz: «quiero, queda limpio», «yo te absuelvo de tus pecados».

La divina misericordia es la devoción más importante en este siglo XXI que ha de abrirnos a la esperanza en los umbrales del tercer milenio. “¡Corazón Inmaculado de María, ayúdanos a vencer el mal que con tanta facilidad arraiga en los corazones de los hombres de hoy y que con sus efectos inconmensurables pesa ya sobre nuestra época y parece cerrar los caminos del futuro! ¡Que se revele, una vez más, la fuerza infinita del Amor misericordioso! ¡Que se manifieste para todos, en vuestro Corazón Inmaculado, la luz de la Esperanza!” (Juan Pablo II).

Santa Faustina fue quien inició uno de los movimientos emocionales en torno al amor misericordioso de Dios que surgieron en Europa comienzos del siglo XX. Esa monja polaca fue canonizada por Juan Pablo II justo el año 2000, quien dijo en la homilía de la basílica de la misericordia: "hoy en este santuario quiero realizar un solemne acto de consagración del mundo a la misericordia divina”, para fomentar en todos los corazones la esperanza, y para que se cumpliera la promesa de Jesús, que dice que de esa devoción saldrá la chispa que prepare el mundo a su última avenida. Mensaje pues de amor unido a la esperanza, que recordó también Mons. Stanislaw Rylko, amigo del Papa, es el que dijo al día siguiente de la muerte que este Papa será recordado en la historia como un “Papa de la divina misericordia”, porque también su muerte fue en el día que él instituyó, el II domingo de Pascua, día de la divina misericordia, y todo su magisterio ha sido un anuncio del amor misericordioso de Cristo por la humanidad entera. Cuando en una larga entrevista André Frossard le preguntó qué pedía en su oración, contestó Wojtila: “la misericordia”. Con su lema “Totus tuus” quiso abandonarse en la Virgen, y fue llevado por ella a Dios un primer sábado, día especialmente dedicado a ella según la devoción de Fátima. En una visita al santuario romano de la divina misericordia, Juan Pablo II animó a “que seáis apóstoles de la divina misericordia”, él verdaderamente lo fue con su vida.

Una de sus encíclica más bellas, la «Dives in misericordia» (“Rico en misericordia”, 1980), era una invitación a contemplar al «Padre de las misericordias y Dios de toda consolación, que nos consuela en toda tribulación» (2 Corintios 1,3-4), y mirar a María, la Madre de la Misericordia, que durante la visita a Isabel, alababa al Señor exclamando: «su misericordia se extiende de generación en generación» (Lucas 1,50).

Nuestro mundo necesita completar la justicia con la misericordia, acoger a todos aquellos que tienen necesidad de ayuda, de perdón y de amor… construir la civilización del amor. En un mundo en que domina la idea de juicio, también el juicio divino, hemos de penetrar más el sentido de Jesús: «El Hijo del Hombre no ha venido para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (Juan 3,17).

Cada uno de nosotros podemos ser agentes de misericordia, inclinarnos ante el hombre necesitado de hoy para abrazarle y levantarle con amor redentor. Te pedimos, Señor, ser dignos de ti, con un corazón grande para quienes nos rodean. Que seamos buenos samaritanos, sin “pasar de largo” con hipocresía o indiferencia ante las necesidades de los demás, sino com-padecernos de él, “pararnos” y atenderlo, como haces tú, Jesús, con nosotros. Las obras de misericordia son innumerables, tantas como necesidades tiene el hombre: hambre y sed, vestido y hogar, sentirse escuchado y amado, acompañado en su sufrimiento y en la enfermedad y en la hora de su muerte.

2. -"Atención, hermanos! Que ninguno de vosotros tenga un corazón incrédulo... engañado por el pecado". Es siempre una llamada al corazón bueno.

-“El Espíritu Santo dice en un salmo: «Si oís hoy la voz del Señor, no endurezcáis vuestros corazones...»” Perdón, Señor, por no escucharte a veces, por no verte en cada momento de mi día, donde estás esperándome como una invitación tuya. Hazme atento a tu voz, Señor.

-“Después de haber visto mis obras durante cuarenta años... vuestros padres me desafiaron y me provocaron... entonces dije: "nunca entrarán en mi descanso..."”. El pueblo murmura (quiere volver al pasado), sin ver la presencia de Dios en la situación actual, fuese la que fuese, para refugiarse en un sueño, como a veces algunos quieren volver a “restaurar” una situación anterior. Jesús nos enseña a mirar adelante, en la obediencia y el amor. Dios quería hacer entrar a los hombres en su descanso, en su paz, en su «tierra prometida», en su propia intimidad.

-“¡Velad, hermanos! que no haya en ninguno de vosotros un corazón pervertido por la incredulidad que le haga apostatar del Dios vivo”. Señor, que no caiga en ese «abandono» de irme lejos de ti. -“Antes bien mientras dure ese hoy del salmo exhortaos mutuamente cada día para que ninguno de vosotros se endurezca seducido por el pecado”. Cristo, arquitecto de la casa, es superior al patriarca Moisés que no era más que el ejecutor. Y nos invita: -“Porque hemos venido a ser compañeros de Cristo.” Sí, Cristo nos «acompaña», minuto tras minuto, día tras día.

-“A condición de que mantengamos firme hasta el fin la segura confianza del principio”. No volverse atrás, mirar un templo que ya no es tal, ni añorar los sacrificios anteriores, pues Jesús se ofreció una vez por todas. Ayúdanos, Señor, a permanecer fieles a lo esencial en medio de las formas nuevas que toma entre nosotros el «DÍA de HOY de Dios» (Noel Quesson).

3. El Salmo 94 nos invita a no caer en la misma tentación de los israelitas en el desierto: el desánimo, el cansancio, la dureza de corazón. Olvidándose de lo que Dios había hecho por ellos, los israelitas «endurecieron sus corazones», «se les extravió el corazón», «no conocieron los caminos de Dios» y «desertaron del Dios vivo», murmurando de él y añorando la vida de Egipto. Dios se enfadó y no les permitió que entraran en la Tierra prometida.

Corazón duro, oídos sordos, desvío progresivo hasta perder la fe. Es lo que les pasó a los de Israel. Lo que puede pasar a los cristianos si no están atentos. Sigue actual el aviso: «no endurezcáis vuestros corazones como en el desierto», «oíd hoy su voz». Dios ha sido fiel. Cristo ha sido fiel. Los cristianos debemos ser fieles y escarmentar del ejemplo de los israelitas en el desierto.

La fidelidad es hoy difícil. Los entusiasmos de primera hora -en nuestra vida cristiana, religiosa, vocacional o matrimonial- pueden afectarse por el cansancio o la rutina, zarandeados por el miedo al compromiso, o un querer cambiar que se fomenta en nuestra cultura.

Llucià Pou Sabaté

Fuente: www.almudi.org

 

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15 enero 2013 2 15 /01 /enero /2013 19:36

Meditación: Miércoles I Semana Tiempo Ordinario: Ciclo C. Martes, 16 de Enero, 2013.

Jesús sigue curando en sábado, dando sentido al “descanso”, y nos enseña a dedicar tiempo a la oración

“En aquel tiempo, Jesús, saliendo de la sinagoga se fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre; y le hablan de ella. Se acercó y, tomándola de la mano, la levantó. La fiebre la dejó y ella se puso a servirles.
Al atardecer, a la puesta del sol, le trajeron todos los enfermos y endemoniados; la ciudad entera estaba agolpada a la puerta. Jesús curó a muchos que se encontraban mal de diversas enfermedades y expulsó muchos demonios. Y no dejaba hablar a los demonios, pues le conocían.
De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración. Simón y sus compañeros fueron en su busca; al encontrarle, le dicen: «Todos te buscan». El les dice: «Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique; pues para eso he salido». Y recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios”
(Marcos 1,29-39).

1. Jesús, te veo salir de la sinagoga donde has curado a uno, y vas a casa de Pedro y curas a su suegra: la tomas de la mano y la “levantas”, usando el mismo verbo que se usa para tu resurrección, «levantar» (en griego, «egueiro»). Veo ahí que comunicas tu victoria contra el mal y la muerte, curando enfermos y liberando a los poseídos por el demonio. Es tu misión de Mesías y Salvador: curar enfermos, consolar a los tristes, expulsar demonios, predicar.

Luego, “al atardecer, a la puesta del sol, le trajeron todos los enfermos y endemoniados; la ciudad entera estaba agolpada a la puerta. Jesús curó a muchos que se encontraban mal de diversas enfermedades y expulsó muchos demonios. Y no dejaba hablar a los demonios, pues le conocían”. Todos te llevan sus enfermos y endemoniados. Todos quieren escucharte: «Todos te buscan», te dicen los discípulos. Seguro que debías tener una actividad frecuentemente muy agotadora, que casi no le dejaba ni respirar. Señor gracias por poner atención a lo que es en verdad el sábado, y no hacer caso a los legalismos judíos. Hay una unión misteriosa entre el sábado y las bienaventuranzas de los humildes, los que poseen de verdad la tierra. Jesús nos trae el Reino de Dios, con sus curaciones (físicas y espirituales, van unidas muchas veces) quiere traernos el auténtico descanso, el sentido del sábado como reino de los cielos, anticipo del cielo.

 “De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración”. Tienes tiempo para ponerte a rezar a solas con tu Padre. Nosotros decimos frecuentemente: —¡No tengo tiempo de rezar! Realizamos un montón de cosas importantes, eso sí, pero corremos el riesgo de olvidar la más necesaria: la oración. Hemos de crear un equilibrio para poder hacer las unas sin desatender las otras. San Francisco nos lo plantea así: «Hay que trabajar fiel y devotamente, sin apagar el espíritu de la santa oración y devoción, al cual han de servir las otras cosas temporales».

El Catecismo, al frente de las tentaciones en la oración, pone ésta: “La tentación más frecuente, la más oculta, es nuestra falta de fe. Esta se expresa menos en una incredulidad declarada que en unas preferencias de hecho. Se empieza a orar y se presentan como prioritarios mil trabajos y cuidados que se consideran más urgentes” (2732).

Es muy eficaz la oración, lleva a la audacia: “En San Pablo, esta confianza es audaz, basada en la oración del Espíritu en nosotros y en el amor fiel del Padre que nos ha dado a su Hijo único. La transformación del corazón que ora es la primera respuesta a nuestra petición” (2739).

Y Jesús nos enseña a rezar, con su vida: “La oración de Jesús hace de la oración cristiana una petición eficaz. Él es su modelo. Él ora en nosotros y con nosotros” (2740). “Jesús ora también por nosotros, en nuestro lugar y favor nuestro. Todas nuestras peticiones han sido recogidas una vez por todas en sus Palabras en la Cruz; y escuchadas por su Padre en la Resurrección: por eso no deja de interceder por nosotros ante el Padre. Si nuestra oración está resueltamente unida a la de Jesús, en la confianza y la audacia filial, obtenemos todo lo que pidamos en su Nombre, y aún más de lo que pedimos: recibimos al Espíritu Santo, que contiene todos los dones” (2741).

 “Simón y sus compañeros fueron en su busca; al encontrarle, le dicen: «Todos te buscan». Él les dice: «Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique; pues para eso he salido». Y recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios”. San Pedro resumía la vida de Jesús haciendo referencia a esta dimensión taumatúrgica propia de la vida pública del Señor; así lo dice ante los judíos: ...”Jesús, el Nazareno, hombre acreditado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios hizo por su medio entre vosotros, como vosotros mismos sabéis” (Act 2,22); y ante el centurión Cornelio: ...”Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él” (Act 10,37-38).

Te doy gracias, Señor, por tus milagros, para ayudar a los pobres, para ayudarnos a creer:

- Milagros sobre los espíritus, pues ángeles como demonios se sometían públicamente a ti;

- milagros cósmicos sobre las cosas (como la conversión del agua en vino, la primera pesca milagrosa, el apaciguamiento de la tempestad; las multiplicaciones de los panes, caminar sobre las aguas, moneda extraída del pez, se seca la higuera maldita). También los portentos en algunos momentos, desde la estrella de Belén hasta el cosmos que llora a su muerte;

- milagros sobre personas, de orden moral, y curaciones: resurrecciones (tres), curaciones (16 aparecen) y milagros de majestad (de su potestad, autoridad).

Sólo Dios puede hacer milagros, y Jesucristo los ejecutaba con su propio poder, sin recurrir a la oración, como los otros taumaturgos. Por eso dice San Lucas que salía de Él un poder que sanaba a todos (Lc 6,19). Con esto se muestra, dice San Cirilo, que “no obrara con poder prestado”. El mismo Jesús declara el origen divino de su poder cuando dice: “Jesús, pues, tomando la palabra, les decía: ...lo que hace [el Padre], eso también lo hace igualmente el Hijo... Porque, como el Padre resucita a los muertos y les da la vida, así también el Hijo da la vida a los que quiere” (Juan 5,19.21).

Tiempo especialmente importante es la juventud, para ayudar en la educación integral, haciendo ver que necesitamos este tiempo de silencio creador, que es la oración, esos tiempos de reflexión: “No basta ser cristianos por el Bautismo recibido o por las condiciones histórico-sociales en que se ha nacido o se vive. Poco a poco se crece en años y en cultura, se asoman a la conciencia problemas nuevos y exigencias nuevas de claridad y certeza. Es necesario, pues, buscar responsablemente las motivaciones de la propia fe cristiana. Si no llegamos a ser personalmente conscientes y no tenemos una comprensión adecuada de lo que se debe creer y de los motivos de la fe, en cualquier momento todo puede hundirse faltalmente y ser echados fuera, a pesar de la buena voluntad de los padres y educadores. Por eso, hoy especialmente es tiempo de estudio, de meditación, de reflexión. Por eso os digo: emplead bien vuestra inteligencia, esforzaos por lograr convicciones concretas y personales, no perdáis el tiempo, profundizad en los motivos y fundamentos de vuestra fe en Cristo y en la Iglesia, para ser fieles ahora y en vuestro futuro” (Juan Pablo II).

Lo que agobia y cansa es lo que se teme. Se teme lo que se deja para más tarde y como se deja para mas tarde sabiendo que se debe hacer agobia, es como una losa que se lleva encima, pesa. Jesús nos enseña a poder atender a la gente, porque atendemos a nuestra alma, donde habita el principal que hemos de atender, el Señor.

2. –“Puesto que los hombres tienen todos una naturaleza de carne y de sangre, Jesús quiso participar de esa condición humana”. Es el realismo de la encarnación. ¡«Participar de la condición» de aquellos que se quiere salvar! Así ha de ser el sacerdote, según el último Concilio: «Los presbíteros, tomados de entre los hombres, viven con los demás hombres como hermanos. Así también el Señor Jesús... En cierta manera son segregados en el seno del pueblo de Dios, no de forma que se separen de él, ni de hombre alguno... No podrían ser ministros de Cristo si no fueran testigos y dispensadores de una vida distinta a la terrena; pero tampoco podrían servir a los hombres, si permanecieran extraños a su vida y a sus condiciones.»

-“Así también, por su muerte, pudo Jesús aniquilar al señor de la muerte, es decir, al Diablo”. Jesús vence todo mal. –“Y liberó a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud. De esta manera, afrontando la muerte, nos libra de ella”. Viviéndola, nos muestra que no hay que tenerle miedo, puesto que tampoco el temió pasar por ella como algo necesario para acceder a la verdadera vida. Señor, ayúdame a no tener miedo a la muerte... o por lo menos a que este miedo no me esclavice. Quédate conmigo, Señor, cuando llegue mi hora.

-“Porque ciertamente no son ángeles a los que quiere ayudar... por eso le fue preciso asemejarse en todo a sus hermanos...” ¡Gracias; Señor! –“Para ser, en sus relaciones con Dios, sumo Sacerdote, misericordioso y fiel”. Es el sacerdocio de Cristo, la puerta que nos lleva al Padre.

-“Habiendo sido probado en el sufrimiento de su pasión, puede ayudar a los que se ven probados”. La prueba. La experiencia del sufrimiento. Decimos a menudo: «¡no lo podéis comprender! es preciso pasar por ello para saberlo». El hombre que ha de soportar esa misma prueba adquiere una capacidad nueva de comprensión. Como Jesús, es capaz de ayudar a los probados (Noel Quesson).

3. “Dad gracias al Señor, invocad su nombre, / dad a conocer sus hazañas a los pueblos. / Cantadle al son de instrumentos, / hablad de sus maravillas.” El Señor es sacerdote perfecto, que nos abre las puertas de la casa del Padre. Él mismo es la puerta de la salvación: “Gloriaos de su nombre santo, / que se alegren los que buscan al Señor. / Recurrid al Señor y a su poder, / buscad continuamente su rostro.”

En el prefacio de la misa en que se celebra la Unción de los enfermos recordamos el ejemplo de Jesús: «Tu Hijo, médico de los cuerpos y de las almas, tomó sobre sí nuestras debilidades para socorrernos en los momentos de prueba y santificarnos en la experiencia del dolor»: “Se acuerda de su alianza eternamente, / de la palabra dada, por mil generaciones; / de la alianza sellada con Abrahán, / del juramento hecho a Isaac”.

Llucià Pou Sabaté

Fuente: www.almudi.org

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14 enero 2013 1 14 /01 /enero /2013 20:15

Meditación: Martes I Semana Tiempo Ordinario. Ciclo C. Martes, 15 de Enero 2013

Jesús tiene “autoridad” e impacta

“Llegó Jesús a Cafarnaum y el sábado entró en la sinagoga y se puso a enseñar. Y quedaban asombrados de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas. Había precisamente en su sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: «¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios». Jesús, entonces, le conminó diciendo: «Cállate y sal de él». Y agitándole violentamente el espíritu inmundo, dio un fuerte grito y salió de él.
Todos quedaron pasmados de tal manera que se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva, expuesta con autoridad! Manda hasta a los espíritus inmundos y le obedecen». Bien pronto su fama se extendió por todas partes, en toda la región de Galilea”
(Marcos 1,21-28).

1. Jesús enseñando en la sinagoga... el contexto de este comienzo de la predicación nos lo dan otros pasajes: «Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: "Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios; convertíos y creed en el Evangelio (la Buena Noticia)"». Ayer leímos estas palabras del comienzo de la vida pública de Jesús que recoger, el contenido fundamental de su mensaje (1,4s), como también narra Mateo: «Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y las dolencias del pueblo» (4, 23; cf. 9, 35). Y señala Benedicto XVI: “Ambos evangelistas definen el anuncio de Jesús como «Evangelio». Pero, ¿qué es realmente el Evangelio?

Recientemente se ha traducido como «Buena Noticia»; sin embargo, aunque suena bien, queda muy por debajo de la grandeza que encierra realmente la palabra «evangelio». Este término forma parte del lenguaje de los emperadores romanos, que se consideraban señores del mundo, sus salvadores, sus libertadores. Las proclamas que procedían del emperador se llamaban «evangelios», independientemente de que su contenido fuera especialmente alegre y agradable. Lo que procede del emperador —ésa era la idea de fondo— es mensaje salvador, no simplemente una noticia, sino transformación del mundo hacia el bien.

Cuando los evangelistas toman esta palabra —que desde entonces se convierte en el término habitual para definir el género de sus escritos—, quieren decir que aquello que los emperadores, que se tenían por dioses, reclamaban sin derecho, aquí ocurre realmente: se trata de un mensaje con autoridad que no es sólo palabra, sino también realidad. En el vocabulario que utiliza hoy la teoría del lenguaje se diría así: el Evangelio no es un discurso meramente informativo, sino operativo; no es simple comunicación, sino acción, fuerza eficaz que penetra en el mundo salvándolo y transformándolo. Marcos habla del «Evangelio de Dios»: no son los emperadores los que pueden salvar al mundo, sino Dios. Y aquí se manifiesta la palabra de Dios, que es palabra eficaz; aquí se cumple realmente lo que los emperadores pretendían sin poder cumplirlo. Aquí, en cambio, entra en acción el verdadero Señor del mundo, el Dios vivo”.

Hoy vemos el impacto que causa la proclamación del Evangelio, de la palabra que salva: «Quedaban asombrados de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas». Esta observación inicial es impresionante. Nos encuadra el estupor que tienen los que escuchan. Veamos algún aspecto de su sorpresa.

Jesús comienza a curar en sábado; no se ha despertado aún la polémica de las curaciones en sábado, pero sí que quedan pasmados por el modo en que enseña con autoridad, tiene potestad, núcleo esencial del mensaje que luego se irá explicitando: que Jesús está por encima del sábado, “cuya observancia escrupulosa es para Israel la expresión central de su existencia como vida en la Alianza con Dios. Incluso quien lee los Evangelios superficialmente sabe que el debate sobre lo que es o no propio del sábado está en el centro del contraste de Jesús con el pueblo de Israel de su tiempo. La interpretación habitual dice que Jesús acabó con una práctica legalista restrictiva introduciendo en su lugar una visión más generosa y liberal, que abría las puertas a una forma de actuar razonable, adaptada a cada situación. Como prueba se utiliza la frase: «El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado» (Mc 2, 27), y que muestra una visión antropocéntrica de toda la realidad, de la cual resultaría obvia una interpretación «liberal» de los mandamientos. Así, precisamente del conflicto en torno al sábado, se ha sacado la imagen del Jesús liberal. Su crítica al judaísmo de su tiempo sería la crítica del hombre de sentimientos liberales y razonables a un legalísmo anquilosado, en el fondo hipócrita, que degradaba la religión a un sistema servil de preceptos a fin de cuentas poco razonables, que serían un impedimento para el desarrollo de la actuación del hombre y de su libertad. Es obvio que una concepción semejante no podía generar una imagen muy atrayente del judaísmo; sin embargo, la crítica moderna —a partir de la Reforma— ha visto representado en el catolicismo este elemento «judío», así concebido”, dice Benedicto XVI: “En cualquier caso, aquí se plantea la cuestión de Jesús —quién era realmente y qué es lo que de verdad quería— y también toda la cuestión sobre judaísmo y el cristianismo: ¿fue Jesús en realidad un rabino liberal, un precursor del liberalismo cristiano? ¿Es el Cristo de la fe y, por consiguiente, toda la fe de la Iglesia, un gran error?

Con sorprendente rapidez, Neusner deja a un lado este tipo de interpretación; puede hacerlo porque pone al descubierto de un modo convincente el verdadero punto central de la controversia. Con respecto a la discusión con los discípulos que arrancaban las espigas tan sólo afirma: «Lo que me inquieta no es que los discípulos incumplan el precepto de respetar el sábado. Eso sería irrelevante y pasaría por alto el núcleo de la cuestión». Sin duda, cuando leemos la controversia sobre las curaciones en el sábado, y los relatos sobre el dolor lleno de indignación del Señor por la dureza de corazón de los partidarios de la interpretación dominante del sábado, podemos ver que en estos conflictos están en juego las preguntas más profundas sobre el hombre y el modo correcto de honrar a Dios. Por tanto, tampoco este aspecto del conflicto es algo simplemente «trivial»”, como es el caso de las espigas del sábado”.

La razón de la admiración de los oyentes no es por tanto “la doctrina”, sino “el maestro”; no “aquello” que se explica, sino “Aquél” que lo explica: Jesús enseñaba «con autoridad»: «No lo hacía como los escribas». La curación del hombre lleva a decir: «¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva, expuesta con autoridad!» (Mc 1,27). La doctrina es «nueva». Jesús comunica algo inaudito (nunca como aquí este calificativo tiene sentido), con tal autoridad que «hasta a los espíritus inmundos le obedecen». Además de la autoridad, veo en ti, Señor, la fuerza contra los espíritus del mal. Jesús, ayúdame a tener conciencia de que ningún otro hombre ha hablado jamás como tú, la Palabra de Dios Padre. ¿Me siento rico de un mensaje que tampoco tiene parangón? ¿Me doy cuenta de la fuerza liberadora que Jesús y su enseñanza tienen en la vida humana y, más concretamente, en mi vida? Movidos por el Espíritu Santo, digamos a nuestro Redentor: Jesús-vida, Jesús-doctrina, Jesús-victoria, haz que, como le complacía decir al gran Ramon Llull, ¡vivamos en la continua "maravilla" de Ti! (A. Oriol).

2. Jesús es el hombre cabal y perfecto, el nuevo Adán: "Jesús es el primogénito de una multitud de hermanos". Habiendo compartido toda la aventura humana, él es, "por la gracia de Dios, la salvación de todos".

Jesús, eres uno de nosotros, que también es Dios y nos salva. –“¿A quién sometió Dios el mundo venidero? No fue a los ángeles”.

-“Mas al presente, no vemos todavía que le esté sometido todo”. Y sin embargo, a Jesús que fue hecho algo inferior a los ángeles, le vemos ahora "coronado de gloria y de honor" a causa de su pasión y muerte.

-“Si pues experimentó la muerte, por la gracia de Dios fue para el bien de todos”. Jesús siente la muerte, fue su bautismo, y en él hemos sido curados.

-“Convenía, en efecto, que Aquel creador de todo y para quien es todo llevara muchos hijos a la gloria...” es el objetivo de Dios: llevar a los hombres a su propia vida, a su propia gloria divina... ¡tener hijos a quienes colmar de bienes! ¡Una vasta empresa de amor!

-“Y era normal que lleve a su perfección, mediante el sufrimiento, a aquel que iba a guiarlos a la salvación”. Así, Jesús es, en verdad, «la perfección del proyecto de Dios», su «cumplimiento»: en El se lleva a término la transformación radical del hombre elevándolo hasta Dios.

-“Pues tanto Jesús el santificador, como los hombres, los santificados, son de la misma raza. Por eso no se avergüenza de llamarlos hermanos”. Solidaridad de Jesús con la humanidad. Hay una especie de superioridad de los hombres respecto a los ángeles. Jesús se hizo uno de nosotros, sometiéndose totalmente a la condición humana, incluida la muerte.

3. El salmo declara: "Oh Dios, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él?... Le hiciste algo inferior a los ángeles... De gloria y de honor le coronaste. Todo lo sometiste bajo sus pies". Al someterle todo, nada dejó que no le estuviera sometido. Es la vocación sublime del hombre en la creación, recordando el proyecto de Dios en el Génesis (1, 26): «dominad la tierra y sometedla». ¿Estoy convencido de la permanencia de esa misión del hombre? ¿No podríamos ver en la técnica que transforma el mundo una cierta aplicación de ese mandamiento del Creador? Un mejor conocimiento de las leyes cósmicas: físicas, biológicas, psicológicas permitirá dominarlas para impedir que aplasten al hombre. Uno de los fines de la ciencia es liberar al hombre de cantidad de alienaciones que la naturaleza bruta hace pesar sobre él. Vencer la sequía, el hambre, la enfermedad. Utilizar las energías destructoras del fuego, de la electricidad, del átomo para el bien del hombre. El hecho de que el Hijo de Dios se hiciera hombre no hace más que reforzar esta vocación sorprendente (Noel Quesson).

Llucià Pou Sabaté

Fuente: www.almudi.org

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13 enero 2013 7 13 /01 /enero /2013 16:31

Meditación: I Semana Tiempo Ordinario. Ciclo C. Lunes, 14 de Enero, 2013.

«Después de haber sido apresado Juan, llegó Jesús a Galilea predicando el Evangelio de Dios, y diciendo: El tiempo se ha cumplido y está cerca el Reino de Dios; haced penitencia y creed en el Evangelio.

Y, al pasar junto al mar de Galilea, vio a Simón, y a Andrés, el hermano de Simón, que echaban las redes en el mar; pues eran pescadores. Y les dijo Jesús: Seguidme, y os haré pescadores de hombres. Y, al instante, dejaron las redes y le siguieron. Y avanzando un poco, vio a Santiago el de Zebedeo y a Juan, su hermano, que remendaban las redes en la barca. Y en seguida los llamó. Y dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras él.» (Marcos 1, 14-20)

 

1º. Hoy empieza lo que la Iglesia llama el tiempo ordinario.

Este tiempo ocupa las partes del año que no son Adviento, Navidad, Cuaresma o Pascua.

Parece que durante este tiempo -que es la mayor parte del año- no pasa nada importante, y que por ello recibe el nombre de «ordinario».

Sin embargo, Jesús, Tú quieres enseñarme a convertir lo ordinario en extraordinario; lo que parece que no tiene valor, en joya de gran precio. Pero ¿cómo puedo aprender a hacer esto?

«Haced penitencia y creed en el Evangelio.»

Para convertir lo ordinario en extraordinario -lo humano en divino- he de comenzar por convertirme yo primero: he de dejar de ser tan mundano y mirar a Dios cara a cara, con la mirada limpia.

Y para poder convertirme de verdad necesito hacer oración.

«En la oración tiene lugar la conversión del alma hacia Dios, y la purificación del corazón» (San Agustín).

Jesús, si trato de hacer la oración cada día, Tú podrás acercarte a mí y -como a los apóstoles- me dirás: sígueme.

Si quiero de verdad ser cristiano, si quiero aprender de Ti, parecerme a Ti, he de seguirte más de cerca.

Y para seguirte, seguramente tendré que dejar cosas en el camino: esas redes que me atan a mis planes y deseos personales, tal vez lícitos, pero excesivamente egoístas para un apóstol.

2º. «No tengas miedo, ni te asustes, ni te asombres, ni te dejes llevar por una falsa prudencia.

La llamada a cumplir la Voluntad de Dios -también la vocación- es repentina, como la de los Apóstoles: encontrar a Cristo y seguir su llamamiento...

-Ninguno dudó: conocer a Cristo y seguirle fue todo uno» (Forja.-6).

Jesús, en el Evangelio aparecen personajes que te buscan, haciendo tal vez largos viajes para encontrarte, como los Reyes de oriente.

Otros envían mensajeros.

Alguno, como el paralítico, es llevado a Ti por sus amigos.

También están los que te encuentran sin querer, como Simón de Cirene cuando es obligado a llevar tu Cruz.

Hoy, el Evangelio habla de un caso distinto a todos estos: Tú mismo te acercas y llamas.

Jesús, te has metido en mi vida casi sin darme cuenta.

Yo he hecho bien poco por buscarte, por conocerte.

Pero te has acercado a mi orilla y, como a los apóstoles, me has dicho: sígueme.

En otras palabras: Tú, en medio de tus circunstancias personales, también estás llamado a ser santo, a ser otro Cristo.

Y tras el primer sobresalto, parece que me dices: «No tengas miedo ni te asustes, ni te asombres, ni te dejes llevar de una falsa prudencia.»

Jesús, me doy cuenta de que, por ser cristiano, quieres que sea santo, apóstol tuyo «-pescador de hombres-» en mi familia, en mi trabajo, entre mis amigos y conocidos.

Que no dude, que no me quede en mi barca -en mi vida, en mis cosas-; que te siga de cerca.

Y entonces, me enseñarás a vivir lo ordinario -mi vida ordinaria- de modo extraordinario.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

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11 enero 2013 5 11 /01 /enero /2013 19:23

Meditación: Solemnidad del Bautismo del Señor. Ciclo C. Domingo, 13 de Enero, 2013.

¨En aquel tiempo, fue Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo, diciéndole: -«Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?» Jesús le contestó: -«Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere. » Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo que decía: - «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto». (Mateo 3,13-17).

 

1º. Jesús, hoy se acaba el tiempo de Navidad, y mañana empieza lo que la Iglesia llama el tiempo ordinario: treinta y cuatro semanas siguiendo tu vida, tus palabras y tus milagros.

Con el Bautismo, empieza tu ministerio público: tres años que serán definitivos para la historia del mundo.

Abandonas así treinta años de vida oculta, trabajando junto a José y María, en Nazaret.

Da la impresión de que San José ha muerto hace poco, una vez cumplida su misión.

En el pueblo, aún eres conocido como «el hijo de José» (Lucas 4,22); pero José ya no vuelve a aparecer en el Evangelio.

Sí en cambio tu Madre, que te seguirá fielmente hasta la cruz.

¿Por qué tardaste tanto en empezar tu vida pública?

¿No habrías podido curar más enfermos, atender a más pobres, formar mejor a tus discípulos, si la hubieras comenzado antes?

¿Por qué has gastado tanto tiempo trabajando como uno más, si ese tiempo era más precioso que el tiempo de un Presidente de Gobierno, si era el tiempo de un Dios?

Jesús, esos años -oscuros para algunos- son una gran luz para mí: ese trabajo normal de cada día tiene un valor tan inmenso, que Tú le dedicaste la mayor parte de tu vida.

Durante esos treinta años, de una manera normal en apariencia, pero con gran intensidad de amor de Dios, estabas ya redimiendo al mundo.

Y eso es lo que me pides que siga haciendo yo desde mi sitio, sin llamar la atención.

2º. «Los hijos... ¡Cómo procuran comportarse dignamente cuando están delante de sus padres!

Y los hijos de Reyes, delante de su padre el Rey, ¡cómo procuran guardar la dignidad de la realeza!

Y tú... ¿no sabes que estás siempre delante del Gran Rey, tu Padre-Dios?» (Camino.-265).

Jesús, cuando sales del agua, como indicando que empiezas ya tu vida pública, se manifiesta solemnemente la Santísima Trinidad: la voz del Padre, el Espíritu Santo en forma de paloma, y el Hijo hecho hombre, que eres Tú mismo.

En ese momento, ante la presencia del Bautista, recibes de tu Padre el máximo elogio: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido.»

Jesús, con el Bautismo he recibido la gracia de ser hijo de Dios.

«Todo lo que aconteció en Cristo nos enseña que después del baño de agua, el Espíritu Santo desciende sobre nosotros desde la alto del cielo y que, por la Voz del Padre, llegamos a ser hijos de Dios» (San Hilario).

¿Cómo estoy viviendo esta filiación, la filiación divina?

¿Soy consciente de que tu Padre -mi Padre Dios- me está mirando continuamente, no como quien espía, sino como quien vela por su hijo?

¿Me doy cuenta de que si un príncipe ha de comportarse con dignidad por ser hijo del rey, mucho más motivo tiene un cristiano, pues es hijo de Dios?

Jesús, quiero acompañarte en tu vida pública y aprender de Ti a comportarme como un buen hijo de Dios.

Al final, el gran ideal de mi vida debe ser conseguir que Dios pueda decirme lo que te ha dicho hoy a Ti: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido.»

Jesús, muéstrame el camino para ser buen hijo de Dios: ese camino que pasa por imitarte a Ti; por coger tu cruz; por ser limpio de corazón; por amar a los demás como Tú los has amado; por ser pobre de espíritu; por ser alma de oración.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

Fuente: www.almudi.org

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11 enero 2013 5 11 /01 /enero /2013 15:54

Meditación: Sabado II Semana de Navidad. Ciclo C. 12 de Enero, 2013.

Jesús, el Esposo que viene a buscarnos; que lo acojamos bien preparados 

“En aquel tiempo, Jesús fue con sus discípulos a la región de Judea, donde pasó algún tiempo con ellos, bautizando. También Juan estaba bautizando en Enón, cerca de Salim, donde había mucha agua. La gente acudía y era bautizada. Esto sucedió antes que metieran a Juan en la cárcel. Por entonces, algunos de los seguidores de Juan comenzaron a discutir con un judío sobre la cuestión de las purificaciones, y fueron a decirle a Juan: «Maestro, el que estaba contigo al oriente del Jordán, aquel de quien nos hablaste, ahora está bautizando y todos le siguen». Juan les dijo: «Nadie puede tener nada si Dios no se lo da. Vosotros mismos me habéis oído decir claramente que yo no soy el Mesías, sino que he sido enviado por Dios delante de él. En una boda, el que tiene a la novia es el novio; y el amigo del novio, que está allí y le escucha, se llena de alegría al oírle hablar. Por eso, también mi alegría es ahora completa. Él ha de ir aumentando en importancia, y yo, disminuyendo»” (Juan 3,22-30).

1. El pueblo de Israel, una imagen de la vida del hombre, es un continuo éxodo, la historia del mundo y la nuestra. Todas las circunstancias de la vida son camino hacia el Señor. Hay que ensanchar las perspectivas de nuestra visión, y para ello ensanchar nuestro corazón. El vino nuevo, en odres nuevos, algo misterioso que puede significar que para acoger la buena nueva hemos de hacernos buenos y para esto hemos de hacernos nuevos, nacer de nuevo, renovarnos en el interior. Acabamos el tiempo de Navidad, y este tiempo “fuerte”, de gran belleza litúrgica, vuelve a Juan Bautista como al comienzo, cerrando un ciclo en el que nos hemos acercado a Jesús, al fuego de su amor encarnado. Nos hemos percatado estos días de que no estamos solos. Por fin llegó la plenitud de los tiempos, el momento escogido por Dios para encarnarse. Esta es la gran alegría que hemos celebrado estos días.

Juan el Bautista invita a una conversión de corazón. Hoy le vemos antes de caer preso. Quizá en la cárcel pudiera escribir cartas como la que alguien ha imaginado: “Ya llevo varios meses en estas mazmorras de Maqueronte y deseo comunicarme con vosotros, especialmente con los que no habéis podido venir a visitarme, a la vez que os suplico que sigáis acercándoos por aquí y me contéis cuanto sepáis de lo que hace Jesús, mi primo”; y que, al recordar el Bautismo del Señor, añade: “Me di cuenta entonces de que mi misión estaba cumplida; mi voz se hacía cada día más débil, más remota, porque El es la Palabra, y yo sólo necesitaba señalarlo, descubrirlo, ante las gentes; hacedlo ahora vosotros por mí. Ofrezco a Dios mi encierro... Desde estas prisiones estoy viviendo su hora y me lleno de gozo. Presiento que ya no van a ser necesarios los sacrificios de corderos y toros en nuestro templo, y que los sacerdotes y los levitas, los hijos de Aarón, serán olvidados. El viene a cumplir la ley de nuestros padres y a darnos la gracia de Dios; a fundar un nuevo pueblo. Hay que ensanchar el corazón. Me han dicho que incluso ha salido de nuestras fronteras, que ha pasado por Samaría anunciando la adoración a Yahwéh en cualquier lugar en espíritu y en verdad... ‘No se puede echar vino nuevo en odres viejos’ es una frase suya muy misteriosa y, a la vez, significativa. Nosotros hemos sido esas viejas vasijas y El es el vino nuevo. Y ese vino maravilloso, cuando se bebe con fe, tiene la virtualidad de convertir en nuevo a todos los que lo gustan y saborean. Si me habéis seguido cuando el pueblo sencillo venía a mí, seguidme también ahora cuando me acerco a Él; es el anunciado por los profetas y yo, el último, os lo confirmo, porque ya no habrá otros profetas que lo anuncien. ¡Ha llegado!"

Juan el Bautista remite a Jesús, que es el Mesías, el "nuevo Moisés", el Profeta tan esperado, aquel que viene para darnos a Dios. «¿Qué ha traído [Jesús]? La respuesta es muy sencilla: a Dios. Ha traído a Dios» (Benedicto XVI).

Juan aclara el sentido del bautismo: realmente, se trata de una purificación, pero «se distingue de las acostumbradas abluciones religiosas» de aquel tiempo, y -como afirmó el papa Benedicto- «debe ser la consumación concreta de un cambio que determina de modo nuevo y para siempre toda la vida». Así, pues, el bautismo cristiano comporta un cambio tan radical como un nacer de nuevo hasta el punto de convertirnos en un nuevo ser.

Juan Pablo II hablaba de esta preparación con el sacramento de la confesión, y decía: “¡Empeñaos en vivir en gracia! Jesús ha nacido en Belén precisamente para esto: para revelarnos la verdad salvífica y para darnos la vida de la gracia! Empeñaos en ser siempre partícipes de la vida divina  infundida en nosotros por el Bautismo. Vivir en gracia es dignidad suprema, es alegría inefable, es garantía de paz, es ideal maravilloso, y debe ser también lógica preocupación de quien se dice discípulo de Cristo. Navidad por tanto significa la presencia de Cristo en el alma mediante la gracia.

”Y si por la debilidad de la naturaleza humana se pierde la vida de divina por el pecado grave, Navidad entonces debe significar el retorno a la gracia mediante la confesión sacramental, vivida con seriedad de arrepentimiento y de propósitos. Jesús viene también para perdonar. El encuentro personal con Cristo se convierte en una conversión, en un nuevo nacimiento para asumir totalmente las propias responsabilidades de hombre y de cristiana".

Prepararse significa luchar contra los principales obstáculos para nuestra vida cristiana: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y el orgullo de la vida. "La concupiscencia de la carne no es sólo la tendencia desordenada de los sentidos en general (...) no se reduce exclusivamente al desorden de la sensualidad, sino también a la comodidad, a la falta de vibración, que empuja a buscar lo más  fácil, lo más placentero, el camino en apariencia más corto, aun a costa de ceder en la fidelidad a Dios (...). El otro enemigo (...) es la concupiscencia de los ojos, una avaricia de fondo, que lleva a no valorar sino lo que se puede tocar (...) Los ojos del alma se embotan; la razón se cree autosuficiente para entender todo, prescindiendo de Dios. Es una tentación sutil, que se ampara en la dignidad de la inteligencia, que Nuestro Padre Dios ha dado al hombre para que lo conozca y lo ame libremente. Arrastrada por esa tentación, la inteligencia humana se considera el centro del universo, se entusiasma de nuevo con el seréis como dioses y, al llenarse de amor por sí misma, vuelve la espalda al amor de Dios. / La existencia nuestra puede de este modo, entregarse sin condiciones en manos del tercer enemigo, de la ‘superbia vitae’. No se trata sólo de pensamientos efímeros de vanidad o de amor propio: es un engreimiento general. No nos engañemos, porque éste es el peor de los males, la raíz de todos los descaminos" (san Josemaría).

Esta purificación para despojarse del "hombre viejo" es morir a uno mismo y -por la gracia- nacer a una nueva vida: vemos como el Bautista es humilde, no quiere lucir, sino mostrarnos a Jesús, la Verdad, para que podamos participar de la vida divina, algo que «nadie puede tener si Dios no se lo da». «Amar a Dios es exclusivamente un don de Dios. Él mismo que, sin ser amado, ama, nos concedió que le amásemos. Fuimos amados cuando todavía le éramos desagradables, para que se nos concediera algo con que agradarle» (El Concilio II de Orange). Le pedimos hoy al Bautista profundizar en la humildad para abrir espacio a la acción de Dios y dejarle hacer. Lo importante no es tanto lo que yo haga, cuanto que Él actúe en mí: «Él ha de ir aumentando en importancia, y yo, disminuyendo». Y nuestra alegría será tanto más completa cuanto más desaparezca el propio yo y más presente se haga el Esposo en nuestro corazón y en nuestras obras.

Dejar obrar a Dios es el centro de la predicación de Juan sobre el Reino: conviene que Él crezca en mí, es decir dejar hacer a Dios en mi alma, dejarle espacio. La respuesta central que reclama el anuncio de Cristo es dejar actuar al Espíritu Santo en nosotros (cf. Rom 8,14), con docilidad, es decir atenta escucha (oración-fe) y respuesta de obras (caridad) en una alegría esperanzada. La acción del Espíritu es ésta, difícilmente separaremos las tres virtudes pues, aun teniendo objetos diferenciables en su estudio, en la práctica corresponden a una única actividad en el Espíritu de Dios y nuestro. Conviene dejar hacer a Dios, darle espacio, tenerle confianza, sustituir nuestra lógica pobre (en blanco y negro y dos dimensiones) por la suya (a todo color, y de tres dimensiones).

Juan habla de la imagen del Esposo. Jesús es el Esposo. El Cantar de los Cantares acaba con la contemplación de la belleza del encuentro: “tu hablar es vino generoso, que fluye dulcemente sobre mis caricias, y se derrama entre los labios de quien sueña... (otra traducción: Que va derecho hacia mi amado, y moja los labios de los que dormitan. Yo soy para mi amado, objeto de su deseo. ¡Oh, ven, amado mío, salgamos al campo, pasemos la noche en las aldeas! De mañana iremos a las viñas, a ver si la vid está en cierne, si se abren las yemas, si florecen los granados. Allí te entregaré el don de mis amores. La mandrágora exhala su fragancia, nuestras puertas rebosan de frutos: todos, nuevos y añejos, los guardo, amado, para ti”. Después de ese hacer planes, que refleja el amor providente de Dios a lo largo de ese éxodo divino, viene un diálogo lleno de entusiasmo: “¡Ah, si fueras mi hermano, criado a los pechos de mi madre! Podría besarte en plena calle, sin miedo a los desprecios. Te llevaría, te metería en casa de mi madre y tú me enseñarías. Te daría vino aromado, beberías el licor de mis granadas. Su izquierda está bajo mi cabeza, me abraza con la derecha”. En varios lugares, la idea de amor – hermandad está muy presente. La identificación con Cristo está también muy unida a su comunión con Él y con los demás (amado con el que identificarse-amigo y hermano con el que compartir la vida). Es este estar en él y con él. “Os conjuro, muchachas de Jerusalén, que no despertéis ni desveléis, a mi amor hasta que quiera”. Parece que el amor se personifique, que tenga personalidad y actúe, aunque el amor es quizá inseparable de la persona amada.

“¿Quién es ésta que sube del desierto, apoyada en su amado? Debajo del manzano te desperté, allí donde tu madre te concibió, donde concibió la que te dio a luz. Ponme como sello en tu corazón, como un sello en tu brazo. Que es fuerte el amor como la Muerte, implacable como el Seol la pasión. Saetas de fuego, sus saetas, una llamarada de Yahvé. No pueden los torrentes apagar el amor, ni los ríos anegarlo”. Es una proclamación del amor auténtico, que bebe en las fuentes del Amor.

2. San Juan nos dice: -“Lo que nos da confianza ante Dios es que nos escucha si le pedimos algo según su voluntad”. La «oración» es signo de nuestra «comunión» con Dios. Ayúdanos, Señor, a no pedirte más que lo que sea conforme a lo que Tú quieres para nosotros... Sabemos que quieres nuestro mayor bien. Esta es la invitación de Jesús en el Padrenuestro: «Hágase tu voluntad.»

-“Si alguno ve que su hermano comete un pecado que no es de muerte, rogará, y Dios dará de nuevo vida al pecador”. El pecado suscita la oración y no la condena. «Dios ama a los pecadores». El «pecado contra el Espíritu Santo» es más grave, es el rechazo de la luz, el rechazo del ver claro.

-“Toda injusticia es pecado, pero hay pecados que no son de muerte”. Son los que no dañan «directamente» nuestra relación con Dios. -“Lo sabemos: El hombre que ha nacido de Dios no comete pecado. El Hijo engendrado de Dios lo protege, y el maligno no llega a tocarlo”. Tenemos experiencia de que muchos de nuestros pecados en lugar de alejarnos de Dios, nos conducen a El... (Noel Quesson).

3. “Cantad al Señor un cántico nuevo, / resuene su alabanza en la asamblea de los fieles; / que se alegre Israel por su Creador, / los hijos de Sión por su Rey.” Al Señor se dirigen nuestros cantos, nuestras danzas; y en Él está nuestro pensamiento, lleno de gratitud y alabanza: “Alabad su nombre con danzas, / cantadle con tambores y cítaras; / porque el Señor ama a su pueblo / y adorna con la victoria a los humildes.” Vivimos alegres y seguros en Dios que nos ama, y proclamamos su Nombre a todas las naciones: “Que los fieles festejen su gloria / y canten jubilosos en filas, / con vítores a Dios en la boca; / es un honor para todos sus fieles”.

        Llucià Pou Sabaté

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Fuente: www.almudi.org

 

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10 enero 2013 4 10 /01 /enero /2013 19:39

Meditación: II Semana de Navidad. Ciclo C. Viernes, 11 de Enero, 2013.

San Lucas 5, 12-16:
Señor, si quieres, puedes limpiarme

Evangelio 

 

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 5, 12-16

En aquel tiempó, estando Jesús en un poblado, llegó un leproso, y al ver a Jesús, se postró rostro en tierra, diciendo: “Señor, si quieres, puedes curarme”. Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: “Quiero. Queda limpio”. Y al momento desapareció la lepra. Entonces Jesús le ordenó que no lo dijera a nadie y añadió: “Ve, preséntate al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que Moisés prescribió. Eso les servirá de testimonio”.

Y su fama se extendía más y más. Las muchedumbres acudían a oírlo y a ser curados de sus enfermedades. Pero Jesús se retiraba a lugares solitarios para orar.

Meditación

Vemos que los Evangelios nos presentan a Jesús que se dedica completamente a la predicación y a la curación de los enfermos en los pueblos de Israel. El Evangelio de hoy que narra la curación de un leproso nos lleva a reflexionar que nuestra relación con Dios se puede resumir así: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”. Es Jesús que se acerca a cada persona, extiende su mano, toca nuestra alma con llagas y nos hace salir de nuestros pecados.

Los enfermos de los que hablan los Evangelios son imagen de lo que hace el pecado en nosotros. El mal nos ata y poco a poco nos va paralizando espiritualmente con la envidia, el rencor, la mentira, y todos los demás pecados. El hombre, paralizado por el pecado ¡tiene necesidad de Cristo!

Podemos también recordar a los enfermos de todas las partes del mundo, que no sólo sufren a causa de la falta de salud, sino también por la soledad o el olvido. La enfermedad es un rasgo típico de la condición humana, pero nosotros podemos aliviar ese dolor llevando a Cristo “médico de las almas”, a todos los enfermos, por medio de nuestras oraciones ofrecidas por ellos.

Reflexión Apostólica

El apostolado debe comenzar con la práctica de la caridad, el servicio y la donación con todos los que nos rodean.

Propósito

Como el leproso, acercarme con decisión y confianza al amor de Jesús que puede perdonar mis pecados y renovar mi vida.

 

Autor: Regnum Christi

Fuente: Regnum Christi        

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